Espejito, espejito

Compré un espejo nuevo en una tienda de antigüedades, grande, de cuerpo entero. Tenía un hueco en la pared y el marco me pareció precioso, ni siquiera me fijé en el estado del cristal hasta que lo instalaron en mi casa y eso después de un par de días.  Yo no me había dado cuenta, no estaba usando el espejo para lo que sirven los espejos, sino como un adorno, hasta que una mañana que iba de salida, como no queriendo la cosa, noté una iluminación distinta y volví sobre mis pasos, me puse en el centro de su visor y me dije sorprendida:

–Pero qué barbaridad, qué guapa que te estás poniendo.

Seguí mi día muy segura de mí misma, de buen humor, arrasando con todo lo que se me presentaba en el camino, hasta que fui al baño de un café y al levantar la cabeza después de lavarme las manos vi a una persona muy distinta.

Peinado descompuesto, bolsas en los ojos y hasta unos kilitos de más. Lo atribuí al cansancio, pero volví al cuarto en donde colgaba mi nuevo espejo y ahí estaba mi más excelente yo, mirándome con cínica coquetería.

El gusto que me dio volver a esa apariencia me distrajo del fenómeno por un momento, pero la situación se repitió al día siguiente y al siguiente.

Con toda la intención de realizar una comprobación científica invité a comer a mi amigo más feo para hacer el experimento.

El pobre pasó enfrente más de cuatro veces sin siquiera alzar la vista. Tan acostumbrado estaba a no gustarse. Cuando por fin dio con el rebote mejorado de su imagen, se quedó un largo rato paralizado, sin habla, disfrutando el momento. Aún después de unos minutos el efecto permanecía, por un instante pude notar en él algo que nunca antes había visto.

Si bien mirado hasta guapo estaba. Me le acerqué por la espalda para compartir la refracción.

Desde entonces compartimos también la cama y la vida.

Tenemos el espejo cubierto, reservado para ocasiones especiales, ha resultado la mejor compra que he hecho en la vida y ni siquiera es necesario estarlo jorobando con eso de que sí quien es la más bonita del reino, porque así sin trono, ni reino, tengo alguien que me comprenda.

Catalina Kühne Peimbert

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