Caleidoscopio [1]

En la costa más clara y en las playas solitarias que ya no existen una misma voz siempre distinta me estuvo repitiendo que en cada agujero del mundo hay una sorpresa, que la vida se encuentra tanto en las entramadas galerías de un hormiguero como en el soplo de aire que se rompe cuando los perros de la calle se hacen uno en sus ladridos, porque todo perece en su propio movimiento y renace asimismo en la quietud de lo que fue o porque quietud y movimiento son muerte y vida en distintos círculos concéntricos.

Puse el oído atento en el ombligo de un recién nacido y escuché un coro de sangres replicando las notas escritas, tramo a tramo en la piel de una madre que escucha, de una abuela que escucha, de una bisabuela que escucha, así también sílaba a sílaba, la misma canción de cuna.

Alcé las manos para tocar la oscuridad más profunda de mi sueño y ahí encontré la bondad de mi memoria configurando espacios luminosos de perfecta acústica para que habiten siempre, hermosos y sutiles, para que no dejen de hablarme nunca en el abrazo, todos y cada uno de mis muertos.

En la redondez exquisita de una gota de sudor que resbala por mi frente descubro el reflejo de todas las células que se multiplican belicosas, coloridas, entre el bien y el mal; y todas en su lucha son una fiesta de destinos arracimados, deformes, contráctiles, estriados, que sólo detendrán su danza en espiral cuando exhalen por fin el último aliento para comenzar de nuevo hospedando gusanos y semillas.

En el olor de la hierba recién cortada, en el de la lluvia que no llega, en el del flamboyán que se abre a punto del verano, encuentro a la niña que jugaba con la tierra y en la cúspide del árbol, la que respiración contenida se estiraba saladamente hasta tocar el fondo del mar, la que miedo vencido escapó de casa a la mitad de una noche anaranjada. La encuentro y me sonríe: “te lo dije, en cada agujero del mundo hay una sorpresa”.

Porque todo perece y renace en su propia quietud y en su propio movimiento, a veces somos ese ojo que espía lo evidente y lo insondable, lo que ha sido y lo que en las tardes de nostalgia imaginamos que fue, lo que se multiplica a nuestro alrededor con la vitalidad instantánea de lo que se sabe sorpresa y está a punto de la revelación.

[1] Parafraseando a Tamara Kamenszain.

Karla Marrufo

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s