Cosa de nada

Estoy segura de que las cosas no importan. A veces son bonitas, incluso impresionantes, pero sólo son cosas. El problema es el significado. Porque una lámpara puede ser la amistad de dos ancianos; una casa de muñecas, la ilusión de una niña que cree que por una vez, todo va a estar bien; una pluma, la realización profesional de un joven de porvenir; un cuadro, el inicio de una vida en pareja. Y todo eso puede romperse, quemarse, perderse y finalmente, acabarse para siempre.

Debe ser por eso que cuando una está triste dice que se le rompió el corazón. A mí me pasó. Creía que lo tenía muy bien guardado y asegurado con muchos candados inexpugnables, pero un día se me ocurrió sacarlo de su caja, me descuidé y al suelo, todavía servible, pero roto.

El fenómeno que se presentó a continuación me dejó en medio de la oscuridad para ver lo que las fisuras habían dejado salir.

Sentimientos bastante podridos a fuerza del encierro. Algún chispazo de ira, de esa de verdad.  Y otra yo.

No estoy segura si es una que dejé atrás hace muchos años o algo distinto. O más bien si lo que pasó fue que siempre había estado ahí escondida, esperando a que la matrushka que la contenía se abriera para salir o simplemente esto fue el producto natural de tan estrepitosa caída.

Pero ahí está esa otra entidad y se está apoderando de todo. Como apenas la conozco, me sorprende reaccionado de maneras que nunca hubiera pensado y me hace sentir insegura, como cuando estás estrenando unos zapatos muy lindos, pero que te aprietan.

Quiero pensar más, pero la otra va y hace cosas. Cosas inexplicables. Saluda a todos por la calle. Tiene las emociones a flor de piel. Puede estar muy feliz, muy enojada, convencida de que todo se arreglará y de que está destinada al fracaso. Todo en cuestión de minutos.

Estoy cansada, me gusta el sillón nuevo que la otra compró. Es cómodo, yo nunca me hubiera atrevido. Tiene unas aplicaciones en dorado que no son lo mío. Pero es tan cómodo. Mientras la otra, yo misma, sigue trajinando, busca cosas. Tira cosas. Le dio por deshacerse de ellas. Juntó muchas cajas y las llenó con la parte de la vida que no le decía nada, todas las que yo había significado. Viéndolo bien esto era un exterminio. Tal vez auto infligido, pero exterminio al fin y al cabo. El suicidio de la historia.

Y yo simplemente no estoy segura de querer dejarlo todo así de drásticamente, de querer irme, pero ella me empuja, me mete a la caja de cartón con todas las demás cosas.

Al principio no se ve nada, pero poco a poco empiezo a acostumbrarme a la oscuridad y distingo,  primero texturas, después lo demás. Soy una muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca. Y me van a  tirar o a regalar porque sólo soy una cosa, porque mi humanidad se fue resquebrajando o encerrando en otras muñecas que no sienten nada más que están rodeadas de cosas.

Y las cosas no son importantes.

Catalina Kühne Peimbert

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