Los dichos de Irene

Irene decía que no importaba lo mal que las cosas estuvieran, siempre iban a estar bien. Cuando lo decía, y esto podía suceder en las circunstancias más diversas, yo comprendía su afirmación de modos muy distintos, uno más superficial que el otro. Frases hechas y tontas como “ve el lado positivo de las cosas” o “después de lo malo siempre viene algo bueno” acudían a mi cabeza cada vez que intentaba develar el misterio de su optimismo.

Irene solía decir que lo mejor de todo era que uno siempre podía ser feliz sin dejar de estar triste. Y ponía especial énfasis en ser, dejando muy en claro que no quería decir estar. Yo le sonreía con una candidez condescendiente y sincera, aunque tampoco lograba asimilar muy bien el sentido de lo que entonces me parecía una más de sus frases contradictorias.

Irene decía que sólo entre los tontos incomoda el silencio. Y entonces ella callaba con una media sonrisa de lo más elocuente y así nos perdíamos horas en la genialidad de un diálogo silencioso que casi dejaba escuchar el ascenso del humo del cigarro y el café, y el desplazamiento de la tarde cuando se convierte en noche.

Irene creía en la reencarnación, en la felicidad, en el destino, en las coincidencias, en los sueños y sus revelaciones, en las personas y sus promesas, en las sonrisas tanto como en las lágrimas, en la música, en la luna, en que el mar era siempre el mismo y nunca igual, en la poesía –en especial en Altazor–, en la capacidad revitalizadora de una puesta de sol, en los múltiples universos esbozados en los ojos de los gatos, en la generosidad, en el sentido del humor y en el sentido común, aunque sabía que era el menos común de los sentidos. Además, Irene creía que la respuesta a todas las adversidades con el prójimo debía buscarse en la amabilidad, en una amabilidad genuina aunque costara un enorme esfuerzo manifestarla, en una amabilidad acompañada de una leve sonrisa y una mirada de confirmación.

***

Sobreviviendo voy a los plazos inaplazables de inicios de junio. Han sido estos últimos unos meses amontonados, llenos de asuntos en desorden, como si el tiempo se hubiera cambiado de casa y todavía siguiera con las cajas a medio vaciar, desperdigadas por todo el espacio de los días. En medio del caos volví a recordar los dichos de Irene y haciendo balance advierto que las cosas han estado mal pero que nunca dejé de creer que seguirían estando bien, he sido inmensamente feliz sin dejar de estar triste un solo instante, he guardado silencio y he sido amable aun ante la hostilidad del prójimo. Sigo creyendo en las felices coincidencias, en las promesas, en el mar y en los sentidos revelados en sueños. He procurado ser generosa y vivo atenta a los múltiples universos que habitan en los ojos de los gatos y en la poesía…

No se trata de una receta, pero descubro que funciona: al final de cada día, la vida se convierte en una suave complacencia, en una certeza –pequeñita, pero al fin y al cabo certeza– de que ser parte de este universo, de esta dimensión, es un privilegio maravilloso.

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