XVI. Lorenza

Lorenza arrastra los pies por el andén. Busca y disfruta el sonido que hace la fricción de sus suelas contra el mármol. Mis sueños son tan vívidos, piensa. Más reales que el pasado: son pasado. Prefiere no observar a la gente que pasa con prisas antes de empezar. Algunos van comiendo sándwiches, tamales, donas o pan dulce caliente. Las migajas caen por todos lados. Lorena retira con la punta del pie las migajas que están en su territorio y pone la grabadora en el piso. Prende y busca el track 03.

Anoche sobreviví al final del mundo, piensa.

Un chelo inicia la canción en modo menor. Ella deja correr la música como si fuera normal llegar con una gran grabadora a una gran estación y empujar el silencio hacia las vías o a la salida del andén de enfrente. Es junio y está por empezar el verano. Hace calor; llueve.

El aire de la estación se siente espeso. Apenas son las ocho de la mañana y ya huele a sudor y comida. Lorenza no siente ganas de cantar, y aún así sube el volumen de la grabadora. Es su trabajo. Inhala, clava los pies al suelo, empuja leve el diafragma; canta. Al principio, la voz  tropieza. Hay una canción atorada como un Ícaro, pegada a los labios de Lorenza.

El lagarto está llorando… La lagarta está llorando.

Es un poema de García Lorca que ella misma musicalizó.

Anoche, Lorenza soñó otra vez que era el fin del mundo. Afuera de la estación Tormenta el cielo estaba rojo, había dos soles y la gente estaba en el último grado de desesperación posible. Curiosamente, evocar la pesadilla con un fondo de chelos en modo menor le prestó algo de vida. Sintió un bosque a sus espaldas y no yeso descarapelado.

Lorenza encuentra su columna de aire. Ya puede vibrar, lanzar la voz a la cabeza. Por fin, la canción surge.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¿Son más reales las monedas que le deja su público de paso que las personas que en su sueño corrían como hormigas extraviadas, en gritos, en horror, porque el cielo se estaba abriendo?

¡Ay! su anillito plomado.

Lorenza apenas es el perchero de su vestido gris y de sus zapatos cafés, pero cuando canta produce escalofríos. La canción entra en el público y los desgaja antes de partir a sus trabajos. No es su voz clara, ni las notas altas de afinación precisa, es otra cosa. Lorenza canta desde adentro y hacia la nada. Hoy canta hacia alguien que vive en la nada: el hombre desconocido, ese que apareció anoche en la pesadilla del fin del mundo. Él la reconoció entre la multitud del sueño y la tomó de la mano. Ella en el sueño sabía, y se lo dijo a sí misma: esto es el fin, y lo acompañó a una habitación alta, con vista panorámica de la destrucción terrenal y el cielo rojo. Ella lo abrazó. Él le quitó la ropa. Se besaron con gritos de madres nombrando a sus hijos y niños llorando de fondo. Ante el fin, decidieron que la devastación los sorprendiera rumbo a los límites de sus cuerpos.

Mientras Lorenza canta a Lorca recuerda la urgencia del sueño. Caería el meteorito, o sonaría el maldito despertador, ella sólo quería sentir que habitaba por completo y exuberantemente su cuerpo, como nunca, un instante antes de que todo acabara —la vida, la noche, el sueño—, y ella fuera arrancada de la experiencia limítrofe más enérgica de su vida.

¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran!

¡Ay, ay, cómo están llorando!

Lorenza levantó las monedas. Apagó la grabadora. Se retiró a casa.

 

Mónica Flores

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