CASI FELIZ

Desde acá todo se ve más claro. Desde acá se ve la salida. Por ahí entré. Por la salida, decidida. Hice muchas cosas al revés. Llegué cuando todos se fueron, al final. Y ahora, en vez de bajar, permanezco arriba.

Aunque la verdad es que estando aquí, el arriba y el abajo pierden el sentido por completo.

Estoy tranquila, casi feliz.

Y pensar en el miedo que me daba, manos temblorosas, mirada itinerante, piel de gallina, no pensaba hacerlo nunca. Era una promesa. Olvidé mis preocupaciones por mucho tiempo. Cada vez que pasaba por la feria miraba hacia el cielo y respiraba tranquila.

Pero los años fueron empolvando la promesa, la oxidaron y le quitaron el brillo, hasta que lo único que quedó fueron sus cualidades de pretexto.

Un pretexto muy versátil por cierto, no lo creerían. Así son los pretextos nacidos y alimentados de miedo. El miedo engorda al pretexto y el pretexto al miedo, como si fuera una de esas serpientes que se comen su propia cola por toda la eternidad. Cada día más grande, cada día más gorda.

Primero fue la negativa a subir y poco a poco la negativa a todo lo demás.

Siempre dejé todo para otro momento. Seguro habría alguno más apropiado, seguro si esperaba un poquito más nunca me pasaría nada.

La vida me pasó de largo y se volvió plana.

Lo que sí sucedió fue que cada célula de mi cuerpo tenía miedo. Miedo a atreverse, a romper las promesas, a que nadie subiera con ellas, a dejar de tener miedo.

La promesa era mi barrera.

Me oculté tras ella de forma que nadie pudiera ver demasiado de mí. Ni siquiera yo misma. No la pasaba bien, no la pasaba mal. O no lo sé, no lo sabía.

Hasta hoy. Estaba dormida y desperté. Me despertó el ruido de las cancioncillas irreales e infantiles de la feria. Me despertaron sus chirridos mecánicos y las risas de los niños y los pregones del altavoz.

—¡Últimos días! ¡No se lo puede perder!

Recuerdo que me soñé viendo hacia la rueda que subía y bajaba, mientras todos sus ocupantes se reían de mí. Yo trataba de correr a su encuentro, pero estaba pegada al piso como una estatua a su pedestal. Trataba de gritar, de reclamar, pero mi boca no emitía sonido alguno. Trataba de llorar y lloraba. Me desperté llorando. Estaba dormida.

La música me tranquilizó, me dejó en una especie de duermevela, pero me levanté. Llegué hasta acá sonámbula.

Esperé en casa hasta que bajó el barullo. Me abrigué y tomé algo de dinero de la cartera. No cargué con nada más, preferí caminar.

Pude sentir las miradas de la gente sobre los hombros, aunque no me conocían sabían perfectamente que todo había cambiado.

El muchacho que la controlaba me advirtió:

—Estamos a punto de cerrar.

—No importa, sólo quiero dar una vuelta.

—Pero es que sería usted la única en subir. ¿No le importa hacerlo sola?

Le extendí un billete que cubría tres vueltas con la rueda llena.

—Si a usted no le importa, no.

Por supuesto que no le importó. Me ayudó a subir al asiento y aseguró la oxidada barra metálica a la altura de mi pecho.

—¿La quiere con luz y música?

—Por favor.

Un escalofrío me llegó con una ráfaga de aire.

—No tenga miedo.

—Si tengo, pero no importa.

Me sonrió y arrancó el juego. Conseguí dar dos vueltas en éxtasis absoluto. El importante viaje duró un instante. Después se oyó un crujido, se fundió la luz, cesó la música y la rueda de la fortuna se detuvo conmigo en el cenit.

El muchacho me hace gestos desde abajo para tranquilizarme.

Estoy tranquila, tengo el pretexto perfecto para no volver a hacer una promesa.

 

Catalina Kühne Peimbert

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