XVII. Eloísa

Eloísa estaba en la puerta de estación Tormenta desde las 5:50 de la madrugada. Tenía alerta sus sentidos: me moja el rocío, hay mucha humedad, fue un error esta chamarra de poliéster. Miraba impaciente el reloj sabiendo que al menos una vez vería hacia el sitio correcto en el momento correcto. Le urgía entrar a la estación Tormenta, sentarse en una banca y ver gente, ver sus preocupaciones, sus rostros, pescar alguna conversación, algo la inspiraría. No había escrito nada para su blog desde que se enteró que había otra escritora más o menos de su edad con un blog idéntico: perfiles de personas que esperan en una estación. El otro blog tenía más antigüedad aunque menos éxito; esa casualidad la había desanimado.

Tenía la esperanza de que el primer pasajero en entrar a la estación después de ella fuera cafeína. Uno: hombre de aproximadamente treinta y cinco, cabeza grande, cabello lavado ayer, camisa con cuello arrugado y suéter ligero, sin panza. Su mochila tiene un número 7 bordado en amarillo. Eloísa pensó: soltero, durmió en otra casa, va regresando con prisa para poder cambiarse antes del trabajo. El hombre durmió con una mujer porque de haber dormido con un hombre habría pedido una camisa limpia y un abrigo más adecuado al clima. ¿Y ahora, qué?

Desgraciadamente, debajo de los pensamientos de Eloísa, el 7 amarillo hacía trabajo sucio, apenas con verlo se detonó su compulsión por el azar. Ahora repararía en la séptima persona observada. En las temporadas largas en las que no tiene marido, el azar es su más presente interlocutor.

Eloísa apuntaba: #7: mujer con trabajo en un sitio lejano; sin maquillaje pero con una bolsa grande y uñas pintadas, seguro se maquillará en el camino.  #14: pinche de algún restaurante o carnicería, trae delantal blanco en bolsa de plástico transparente, posible enfermo, color poco saludable, casado desde hace kilos, la argolla de matrimonio le aprieta.  #21: mujer de treinta y cuatro que ignoró la mirada puesta en sus nalgas de un tipejo descarado, sólo metió la mano a su bolso y agarró algo con fuerza.

Por un momento, la chica veintiuno le movió algo, ahí había algo verdadero de lo que tal vez escribir. Ella había padecido esas miradas. Ella también metía la mano a su bolsa. Cargaba desde hace casi una década el consejo que a una amiga española le había dado su abuelo, quien había peleado en la guerra civil: si un hombre te ataca, toma entre tus dedos una llave, aunque también funciona un lápiz con punta o una pluma, como si fuera un cuchillo y la clavas en la yugular.  Pero tenía miedo siquiera de pensarlo. Se sabía capaz de matar a alguien en defensa propia pero le atormentaba demasiado pensar si llegado el momento podría hacerlo o si su defensa sería insuficiente. Tachó todo lo que pudo a la chica veintiuno.

Siguió contando y escribiendo hasta que un joven se paró delante de ella con un espejo en un marco barroquísimo que le devolvía un rostro familiar y ajeno al mismo tiempo. Ella era la #49. Así se las gastaba su amigo el azar. Exactamente así.

Escribió: #49. Mujer de cuarenta y cuatro, mirada cansada, ojos pequeños, cuello severo, cabello con freeze. ¿Qué no había algo lindo que pudiera verse? Pero el chico se llevó su reflejo barroco al entrar al vagón.

Eloísa se dejó ir sin la más mínima nostalgia. Se acabó el juego. Miró sus apuntes. Subrayó cuello severo, cabello con freeze. Cerró el cuaderno. El azar había querido decirle algo. Ya casi eran las ocho de la mañana. Eloísa saldría de estación Tormenta y pasaría a la cafetería de la esquina, pediría un chocolate caliente con leche light deslactosada y un croissant de los que tienen almendras y azúcar glass y lo chopearía. Y tal vez repetiría chocolate y croissant. Y otra vez. Otra.

 

Mónica Flores Lobato

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