Reflejo de luz sobre un objeto brillante o sobre una superficie u otra cosa

Reverberación es, por definición, lo que apunta el título de esta entrada. Pero sé que tiene, además, incrustada la palabra evocación. Porque así es con el brillo que nace del choque de un rayo de luz en la memoria, lo que sucede en quien lo recibe y proyecta.

Al decir reverberación, también puedo hablar de ideas que al enunciarse provocan el surgimiento de otras ideas más, complementarias o distintas. Como dar una caricia y recibir un abrazo.

Puede ser, por otra parte, que me refiera a prestar oídos a penas que son ajenas y compartir su peso para convertirnos en un objeto conductor de agobios, en una muñequita quitapenas, que por las noches escucha y absorbe. Que nos sana.

O podría estar contando de ese rayo de sol que se filtra por las cortinas y da en la amatista que corona el anillo de esa abuela que ya no está. O la claridad en la mejilla rosada de un niño que duerme hasta tarde.

Y es que la palabra reverberación tiene un significado establecido pero al mismo tiempo tantos más que llega a ser el brillo de la luna a mitad de un primer beso. O de un segundo y un tercero. Es el calor que surge y se asienta entre dos cuerpos que se rompen en mil fragmentos luminosos traducidos en vidas comunes y plenas.

Mi fascinación es tal porque con esta palabra puedo hablar de brillos, proyecciones, de cuerpos y (des)composiciones, del sol y varios atardeceres.

 

Alisma De León

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