Tiempo Perdido

Me pasó su teléfono mi mejor amiga, pero me advirtió:

—Tú le marcas y le dices que te lo recomendó el Doctor Salvatierra y no olvides referirte a él como “licenciado”

—¿Es en serio?

—No te vas a arrepentir.

Seguí las instrucciones aunque me parecieran un poquito ridículas. Por suerte el licenciado resultó ser muy amable y me citó esa misma tarde usando la frase que más deseaba escuchar.

—Lo último que necesitamos es perder el tiempo.

Lo último.

El mismo me abrió la puerta de su oficina, que también era su casa y me condujo hasta ella después de bordear un mar de juguetes de todo tipo desperdigados en el piso.

—Veo que tiene niños pequeños.

—No, vivo solo desde hace mucho.

Seguí caminando con la idea de no volver a abrir mi gran boca hasta entender más a quien me estaba enfrentando.

El despacho, estaba decorado sobria y elegantemente, maderas finas en escritorio y libreros poblados de buenos volúmenes, cuadros de arte abstracto, todo más acorde con la edad que representaba, unos cincuenta años, que podrían parecer menos si no hubiera sido por la barriga y las canas. De todas formas era un tipo agradable, hasta guapetón.

Me invitó a sentarme, en una mesita de al lado había una tetera humeante y una cesta de pan dulce.

Tomé una taza y una magdalena de la canastita, principalmente para seguir con mi plan de permanecer callada hasta que se explicara, pero el té estaba soberbio y no pude evitar decírselo.

—Esto está delicioso.

Sonrió complacido.

—Lo sé y lo malo es que va a terminarse y usted se va a quedar queriendo más.

El comentario me cortó un poco, tuve la sensación de que me había excedido suponiendo que el té era para mí y que tal vez me estaba terminando la última taza, no de esa oficina, del mundo.

—Perdón, yo…

Ni siquiera me volteó a ver cuando ya estaba de pie echando un discurso:

—No solo va a querer más, sino que va a querer repetir la impresión exacta que le produjo ese primer sorbo. Ese es exactamente nuestro problema. Somos unos nostálgicos empedernidos. Pero yo he encontrado la solución y puedo vendérsela por un precio bastante razonable.

Pensé con auténtica codicia en la época en qué me emocionaban los regalos de navidad, o cuando un novio y yo no podíamos quitarnos las manos de encima ni un segundo, el primer orgasmo, el final de un libro que me movió hasta las lágrimas. Más aún. ¿Qué tal de lo que ni siquiera recordaba la primera vez? Como los sabores, los colores, el mar…

Sería perfecto, no importaba el precio, pagaría lo que fuera. Ya estaba sacando la cartera cuando volteé de nuevo hacia el pasillo y la imagen del licenciado de rodillas jugando a los cochecitos chocones me devolvió la cordura.

Le di las gracias y me despedí no sin antes devorarme la magdalena de un bocado.

 

Catalina Kühne Peimbert

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