Sitios incomunicables

Hay lugares que son sólo míos. Ya sea porque en ellos encuentro remanencias de un silencio esquivo (de esos útiles en los días de guerra) o porque en su interior habita la oscuridad cerrada, el diablo de la infancia.

Dentro esos lugares acomodo, en orden alfabético y por colores, los secretos que me crecen debajo de la lengua o atrás de las orejas. Así, para protegerlos, construyo murallas, laberintos, cuevas subterráneas y puertas protegidas con toda clase de contraseñas:

  1. El nombre de mi primer pez
  2. El número de lunares que tengo en el brazo izquierdo
  3. El único cuento que mi padre solía contarme antes de dormir

A veces, cuando amo a alguien, empiezo por contarle de la posible existencia de estos lugares y, así, voy preparando el terreno para el caso de que un día yo quiera invitarle a dar un recorrido.

Algunos han escuchado con una incredulidad tal que no me atrevo ni siquiera a mencionar de nuevo los nombres de esos territorios imposibles.

Otros se han apresurado creyendo, en un alarde de brusquedad, que la mejor forma de acceder a esos sitios es forzar las puertas: empujar, arruinar la cerradura, incendiar las chapas. Tras aquello, mis lugares terminan como una ciudad saqueada, sin nada que ofrecer más que ruinas, polvo, pedazos de espejo. El único remedio es la clausura temporal y, miles de años después, la reconstrucción en solitario.

Hay quien, una vez que ha accedido al lugar, intenta imponer su orden o hacer observaciones sobre cómo debería decorarse un sitio de esas dimensiones. Toma uno de los secretos y, tras leer la etiqueta de clasificación, dice cosas como “esto no debería estar aquí”.

Otros pocos, los menos, hacen el recorrido y observan de forma atenta, pero sin asombro. Sé entonces que ellos guardan mapas de sitios similares con contraseñas quizá más complicadas que las mías.

Pero también hay otro tipo de visitantes, los que no se exaltan ante la noticia de un suelo inesperado, los que esperan detalles de la ubicación con la paciencia de un viajero de mil años. A esos (pero sobre todo a esas) les pido sus ojos, sus oídos. Les escribo, con una caligrafía impecable, la invitación para que estén siempre. Para que, por favor, no se vayan.

 

Lolbé González Arceo

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