LA QUE HACE BOLITAS DE PAPEL

Hace unas semanas me quedé un rato platicando después de una cena con amigos. Cuando me puse de pie para marcharme, alguien señaló mi porción de mesa y descubrí que había decenas de bolitas de papel formando una figura. Soy, por decir lo menos, una persona con niveles de ansiedad ligeramente más altos que el promedio, así que la confección de bolitas no me sorprendió. Lo que sí me inquietó es que, por más que lo intenté, no logré recordar el momento en el que tomé la servilleta, la hice añicos, amasé los papelitos entre índice y pulgar y los coloqué formando algo así como una espiral.

Me llevé esa preocupación hasta la cama. Pensé que seguramente se trataba de un problema de amnesia precoz y comencé a probarme a mí misma intentando recordar datos inservibles que sé bien que he intentado olvidar sin éxito durante los últimos veinte años, cuando me di cuenta de que a mi memoria no le cabría mucho más: la lista de cuarto año de primaria, el teléfono de mi mejor amiga en el preescolar, el anuncio radiofónico del Centro de Copiado Palmas. A los pocos minutos me quedé sin hipótesis alguna: todo lo recordaba con mucha exactitud; tal como recordaba gran parte de la cena, a excepción del momento que me atormentaba.

Como no podía dormir, encendí las luces de la habitación. Me quedé un buen rato viendo a la nada, al hueco de la ventana, a las aspas del ventilador que de repente parecían avanzar pasmosamente lento. Y de repente ocurrió. Posé la mirada en el librero nuevo y me di cuenta de que los libros, aparentemente en desorden, en realidad estaban clasificados siguiendo una sintaxis ininteligible para el resto del mundo pero que para mi resultaba no solamente familiar, sino espantosamente perfecta. Una espiral. Corrí hacia el armario y advertí que lo mismo pasaba con la ropa y con los trastes en el fregadero y las latas de atún en la alacena.

No sé muy bien cuándo una parte de mí comenzó a llevar esa doble vida. No guardo el menor recuerdo de mí organizando los estantes o doblando la ropa según los caprichosos de mis emociones. No podría ni siquiera explicar cuál es la lógica que sigue ese aparente orden que lo rodea todo. Tan parecido al azar. Pero debo reconocer que en todo caso la labor de esa otra que no soy me ha resultado de lo más útil. Estoy tan agradecida con ella que hoy por la noche, por ejemplo, he pensado en dejarle como ofrenda una decena de servilletas.

 

Nidia Cuan

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