XVII. Carmen

Carmen estaba un poco desconcertada en la antepenúltima banca del fondo del andén. ¿Realmente acababa de recordar su vida en el vientre de su madre? ¿Había avanzado a tal grado en la terapia que llevó hace años que el misterio previo al nacimiento ya no era un misterio, o alguno de sus psiquiatras, analistas, terapeutas, sus sueños, incluso sus lecturas, le habían sembrado un falso, falsísimo recuerdo? Sus dudas debían volverla una mujer llamativa porque la gente no podía evitar mirarla de reojo mientras ella esperaba paciente a que llegara el tren a la estación Tormenta.

Esto es lo que tenía vívidamente en su memoria: una temperatura cálida rodeándola. Un color específico, como durazno, como rojo, como negro rojizo. Casi un silencio. Un mundo al otro lado. Una atmósfera solitaria. Una percusión y un flujo potente. En un sueño, le pareció que vivía bajo el mar. En la vida real, ella nunca había ido al mar. En el sueño, ella sólo buscaba llegar al fondo para encorvarse y acercar su rostro vencido hacia las rodillas y seguir cayendo.

Carmen notó que su cuerpo quería decirle algo. Se siente como un corderito soñoliento al que la piel se le ha puesto fina. Lo primero que piensa: ¡estoy embarazada! Seguido por: imposible. Carmen no ha cogido en años. De pronto, una duda, que no sabe si es suya o también fue sembrada por los programas de Discovery Channel y sus propios deseos, tiene que hacerse responsable de sus propios deseos, se columpia en ella mientras trata de ser racional. ¿Y si tengo un embarazo psicológico como los animales? Carmen escuchó alguna vez la historia de una perrita que vivió muy trastornada por un problema así. Se imaginó llevando su propio deseo hasta las últimas consecuencias con todas las graduaciones posibles de locura. ¿No debería escribir esta idea en su bitácora de ideas raras en lugar de estar sintiendo que podría dar a luz después de un embarazo imaginario a un bebé imaginario?

Algunos pasaban y la miraban de reojo, otros primero veían su seno de fuera, sus brazos y luego le miraban la cara sin disimulo. Carmen estaba ensimismada pensando muchas cosas y las personas le parecían buenas mientras no despertaran a su bebé. Era un suéter, debía hacerse responsable por la realidad, su realidad, sus símbolos. Un suéter verde. Pero era un bebé si llevaba hasta el extremo su deseo, como la perrita que eligió cuidar de un calcetín, le podía pasar a cualquier creatura viva, y por si las dudas, ella pues le cantaría una canción al bebé sin importar si era suyo o si se lo había sembrado algún programa o algún hombre o un hijo de vecino o un perro alto. Alguien.

Mónica Flores Lobato

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