Agitada, pero no revuelta.

Me tomé el Martini de un trago para poder comerme la aceituna rápido, pero sin contradecir las más elementales reglas de etiqueta.

No tenía ganas de tener paciencia, lo que resultó una pésima idea porque me quedé sola frente a una copa vacía mucho más tiempo del necesario. Podía pedir otro, claro, pero pensé que estar sola frente a dos copas vacías y medio borracha, no era la opción, así que ordené un vaso de agua equivocándome una vez más, porque para qué vas a estar sentada en un bar sin hacer lo único para lo que está diseñado, tomar. No agua. La ebriedad hubiera combinado perfectamente.

Volví a cambiar de opinión justo cuando el lugar empezó a llenarse ocultándome a mí y a mis pobres decisiones.

Otros se encargaron de abusar de sus bebidas con sincero entusiasmo y yo me sentí un poco perdida y defraudada. Levanté la mano para llamar nuevamente al mesero que no parecía percatarse en lo más mínimo de mi existencia.

Fue entonces que el tiempo como siempre, hizo lo que quiso y para mi sorpresa, transformó la media hora que permanecí en aquel banquito alto e incómodo en un par de décadas.

Cuando por fin se dignaron a hacerme caso, me di cuenta de que mis manos estaban llenas de manchas y mi cutis arrugado. No podía escuchar al mesero que prácticamente me gritaba al oído y, sin embargo, el lugar me resultó ruidoso y molestísimo.

Para colmo se me habían entumido las piernas y tuvieron que llevarme casi en andas hasta una butaca porque me negué rotundamente a irme sin mi trago.

– ¿Qué no le da vergüenza estar haciendo esos desfiguros a su edad?

Ante mis cada vez más airadas reclamaciones me miraban como si estuviera loca, como si no se hubieran tardado años en atenderme, pero no, ya no era la mujercilla pusilánime que se dejaba mangonear, que había entrado al caer la tarde. ¡De ninguna manera!

Las canas que me habían sacado en ese mismo lugar me daban el derecho de por una vez en mi vida hacer mi sacrosanta voluntad. Así que no cejé hasta que me trajeron un segundo Martini, aunque esta vez no me importó comerme la aceituna primero.

 

Catalina Kühne Peimbert

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