Escudo

Al final sólo nos queda la memoria, pero si la frontera entre el recuerdo y la imaginación es tan endeble ¿a partir de dónde construimos nuestras evocaciones?

Las mías, y esto lo he pensado ya varias veces, inician en la biblioteca de papá. Yo no tenía por costumbre hurgar entre sus libros sobre impuestos y retenciones gubernamentales pero esa mañana me desperté y mis pies de seis años se dirigieron a su estudio instalado en el rincón de un cuarto.

De la pared colgaba un cuadro de madera tallada con el escudo de la ciudad en donde podía verse un castillo y una criatura de proporciones extrañas que en su momento interpreté como un dragón.

Cuando papá no estaba en casa yo solía sentarme por mucho rato en su gran sillón del escritorio para mirar aquel escudo. Me preguntaba por qué lo tendríamos en casa ¿nos lo habría dado un rey?, ¿un presidente?, ¿era el premio a papá por ser el mejor contador del mundo?

Preguntar era algo que no me pasaba por la cabeza, prefería mirar el escudo y elaborar improbables hipótesis que siempre desembocaban en que papá era un hombre honorable y que aquel halo de virtud a su alrededor nos abarcaba también a nosotras, es decir, a mamá y a mí. A Julián todavía no lo incluía en el nosotros porque apenas era un bebé y yo ignoraba sus opiniones sobre las cosas importantes del mundo.

Fue en una de esas incursiones en su estudio que dejé de lado mis elucubraciones sobre el origen del escudo y comencé a rondar por sus libros que no tenían ningún dibujo, como los míos, y que estaban llenos de anotaciones, resaltados, subrayados y notas con letra preciosa. Fue en Enfoques para la administración de inventarios, con su solapa azul marino y letras doradas, que encontré dos billetes de quinientos pesos. Supuse que además de importantes, en mi familia éramos lo bastante ricos como para tener esos billetes por cada rincón de la casa, que el dinero había sido colocado ahí como una especie de juego de pascua y que yo había sido lo bastante lista como para encontrarlo.

Creí que mi premio podía ser el dinero, o bien, el reconocimiento familiar. Ante el reciente nacimiento de Julián al fin yo iba a tener una hazaña que los asombraría a todos.

Es así como fui corriendo hasta donde estaba mamá, los ojos se le iluminaron. “Lo sabía”, pensé.

—Nati –dijo mamá–, ¿de dónde sacaste eso?

Mi nombre en diminutivo me dio la clave de que había hecho algo extraordinario, que pronto escucharía las trompetas del triunfo. Le expliqué que había encontrado el dinero dentro de uno de los libros de papá, ella sonrió y lanzó una propuesta:

—Hagámosle una broma.

Esa complicidad era poco usual entre nosotras así que la percibí como parte del premio que me había ganado. La broma consistía, según me explicó mamá, en que yo le entregara a ella los billetes y ambas simularíamos que no habíamos encontrado nada.

Esperé toda a la tarde junto a la ventana a que papá llegara del trabajo. Cuando escuché el ruido del motor de su auto y el tintinear de las llaves corrí a mi cuarto para hacerme a la dormida.

Como nadie venía por mí para levantarme en brazos ni para felicitarme entre risas, pegué la oreja a la puerta. Pronto descubrí varias cosas, por ejemplo, que no éramos ricos. También supe que papá había escondido ese dinero de nosotras. Que mamá en realidad no quería hacer una broma, ella sabía desde el principio que aquello no iba a hacer reír a nadie.

Me enteré de que teníamos problemas de dinero y que aquella circunstancia enmarcaba las frustraciones, reclamos y gritos en medio de los cuáles había nacido mi hermano Julián.

Más tarde descubriría también que el escudo en la oficina de papá distaba mucho de ser el regalo de un rey.  Podía comprarse en una esquina del centro de la ciudad y en la compra de dos escudos venía de regalo un abrecartas de madera con el mango en forma de búho.

La semana pasada mi padre murió y yo regresé a casa en busca de aquel escudo, pero nadie, ni Julián ni mi mamá, supo darme razón acerca de él.

He pensado en mencionarle a mi madre el día del libro y el dinero pero temo mucho que por vergüenza u olvido ella haya trasladado ese recuerdo al cajón de las incertidumbres, de lo que quién sabe si fue. Y las pérdidas, ya se sabe, es mejor dosificarlas.

 

Lolbé González

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