La soledad y los pueblos

para quienes saben de la hospitalidad

y no dudan en compartir su saber

 

 

Siempre he sido sola. Así, con la contundencia del ser y no el capricho pasajero del estar. Y digo que he sido sola no porque no guarde lazos estrechísimos con seres a los que me vinculan muchas formas de amor, sino porque cuando estoy conmigo encuentro un sentido muy puro de realidad que se proyecta en los espacios que habito y los objetos que me rodean, como si a través de ellos se manifestara la vida misma en su más nítida expresión.

Esta suerte de soledad no implica estar aislada o incomunicada del prójimo, sino que tiene lugar en un instante de contemplación donde lo observado me absorbe por completo y me devuelve otra. Ante nuevos paisajes, imágenes, músicas y ritmos de vida suceden el asombro y esa cápsula de tiempo capaz de iluminar las cosas con nuevos matices.

Suele ser difícil sumergirse en esta soledad cuando lo cotidiano nos apresura con sus urgencias y pendientes, pero de repente, un descanso de segundos posando la mirada en una planta, en el agua que corre, en el viento balanceando el césped, puede también transportarnos a ese sitio.

Estos últimos días he visitado algunos pueblos pequeños, pequeñísimos a decir verdad (dos de ellos rondaban los 150 habitantes). Repasé sus callejuelas y sus monumentos históricos, sus ruinas y sus campos, sus iglesias y plazas. Más allá de los siglos que cargan a cuestas, en cada palmo de tierra, en cada muro derruido, en cada jardín cuidado con esmero y en cada fuente, fui encontrando múltiples espacios de esa soledad donde la vida se revela en todo su esplendor, como si en cada porción de espacio palpitara algo que florece únicamente para quien se detiene a mirar.

Ahora vuelvo a una de esas que llaman grandes ciudades y recuerdo con una enorme gratitud la hospitalidad de los pueblos, recuerdo también las palabras de Pavese que desde hace mucho tiempo me acompañan y explican a la perfección el sentido de esta soledad: “un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

 

Karla Marrufo

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