XIX. Orquídea

Visto desde el andén, unos jóvenes sostienen una sábana blanca que esconde a alguien. Unos pies descalzos –regordetes, pequeños, con las uñas pintadas de color azul– dan pasos cuidadosos siguiendo las líneas del mármol blanco. Por encima de la sábana se alcanza a ver un chongo de cabello negro alborotado. Esa cabeza y esos pies son de Orquídea, una estudiante de teatro. Mide 1.60 metros y pesa casi ochenta kilos, pero daría lo mismo si fueran cincuenta o cien porque Orquídea vive por completo en su cabeza y coge al mundo desde la boca. Lo coge, lo come, lo degusta, lo devora, lo escupe y lo habla, pero no sabe cómo ponerlo en la masa enorme que crece año con año debajo de su cuello.

Para Orquídea es muy extraño estar desnuda en el andén de estación Tormenta con dos amigos de la clase de teatro cubriéndola. “Esto es un performance”, dicen sus compañeros y con eso ganan espacio para caminar entre la gente con Orquídea pegada a la pared. Aunque no es hora pico, Orquídea siente cómo se forma una corriente ,con el aire caliente de todos los cuerpos en tránsito, antagónica al aire frío que la rodea en su desnudez, igual que las corrientes entre el aire de las butacas y el de proscenio. La tarea es muéstrate desnuda frente a desconocidos. Orquídea eligió este andén como escenario. Le es familiar. Queda cerca de la escuela. Quiere regresar como perro cobrador con una anagnórisis entre las fauces aunque es más probable que sólo salga con los pies extremadamente sucios.

Un par de adultos pregunta insistentemente a los compañeros de Orquídea “¿qué están haciendo?” “¿Es un anuncio de jabones?”. Orquídea disfruta el run-run de voces e improvisa y levanta sus brazos sobre la sábana para hacer la mímica de quitarse la ropa que invisible, vuela hacia el público. Ese movimiento sencillo, ficticio, atrae a más y más personas. Sus amigos se miran.

El aire que provoca la llegada de un tren al andén levanta la tela blanca que ondea como bandera y se pega más de la cuenta sobre el cuerpo de Orquídea. “Una encuerada”, dice un chiquillo, y lo dice con la alegría y convicción con la que se descubren continentes. El continente está ahí, apenas pasando una tela. La tela que atrapa al fantasma y le da una geografía con curvas, límites y abismos que, quién lo diría, atrae a la gente distrayéndolos de sus destinos y prisas y pasos rápidos y hambre para acercarlos al enjambre, al teatro de un cuerpo cubierto.

“Oíd”, dice Orquídea, usando su voz más teatral. “Una mujer semidesnuda aplasta a un piojo entre los dedos”. Y con un movimiento rápido arranca la sábana de las manos de sus compañeros y se envuelve en ella, dejando al frente su mano, con el dedo índice y pulgar haciendo presión. Todas las miradas van de sus dedos a su rostro, de su rostro a sus clavículas, a sus pechos y gran panza cubiertos, a sus rodillas, de vuelta a los dedos. “Entonces aplasta al mundo”. Y deja caer la sábana.

Orquídea sale en silencio de la estación. Sus compañeros narran atropellados en tono de épica lo ocurrido en el andén. Orquídea ya se puso una playera y pants y camina con ellos pero no dice nada. Soba sus brazos, puede sentir con la punta de sus dedos fríos los vellos erectos y la insurrección circulando bajo su piel. Escucha con una nueva conciencia localizada quién sabe dónde, a millones de bocas abiertas desde sus poros que le reprochan este “performance” estúpido, esta exposición, esta libertad, en gritos de frecuencias imposibles.

 

Mónica Flores Lobato

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