XX. Petra

Es un septiembre que parece enero. Por la calle, la gente está tan gorda y tan pálida como si llevara dos semanas sin fiestas. Pero es septiembre y el rojo de la bandera es tan rojo, piensa Petra sin perder la cuenta en su tejido. Tal vez al rato vaya a comprar estambre, buscar madejas de lana color arena. Por ahora teje una bufanda, aunque apenas lleva los primeros quince centímetros de altura, mientras espera un tren más vacío en estación Tormenta. Quizás lo que más disfruta de tejer es respirar y apagar la mente, que el tiempo se vuelva otra cosa, algo que se mide en vueltas, algo con una progresión tangible.

De pronto siente una punzada entre las costillas: un adolescente se ha sentado junto a ella y le pide que le entregue todo. Petra no alcanza a ver el arma aunque la siente incluso a pesar del suéter.

—Toma —dice Petra serena.

—Todo. Dame eso que tienes.

Petra lo mira a la cara.

—Llevas el dinero de mis pasajes, mi celular, ¿para qué quieres mi tejido?

—Dámelo.

Petra ve pasar ese momento a toda velocidad en su cabeza. Lo había pensado muchas veces: se dijo que en un asalto podría usar el ganchillo de crochet como un arma que entrara en el cuello o en el muslo y jalara de la arteria. Era defensa personal.

Era algo atroz.

¿Valía la pena tasar sus pertenencias como algo a la par de una vida?

Ella no es atroz. ¿Qué son unas cuantas cosas? Nada. No son nada.

Miró al chico que la apuraba con los labios apretados y los nudillos presionando contra sus costillas. No había rastro de persona en los ojos grandes, eran de un negro deslavado, como de maniquí.

Petra entregó el tejido y el chico lo enrolló, lo guardó en la bolsa y miró hacia ambos lados.

—Podría ser tu madre, eh, y tejerte un suéter —dijo ella.

—Felices fiestas patrias —dijo el chico, y se fue caminando, tranquilo, con su insignificante botín.

Tenía el pulso acelerado. ¿Qué había querido robarle?, se preguntaba Petra. ¿No es esto absurdo?

Tuvo el impulso de escribirle a sus amigas tejedoras para contarles, pero en su bolsa se había ido el celular. Era una pena. No quería llegar a casa. Quería hablar con alguien que le tejiera un poco de paz, que la invitara a su casa para regalarle un abrazo apretado y un chocolate caliente.

Ahora tendría que medir el tiempo mirando el reloj.

Un niño pasó frente a ella y la señaló con el dedo.

—Mira, mamá, mira.

Petra miró en la dirección del dedo. Era su abdomen, su suéter, la banca, eran gotas de sangre en el mármol blanco del suelo. El niño la siguió viendo hasta que él y su madre se perdieron entre la multitud.

 

Mónica Flores

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