Lección: la fuente de la eterna juventud

Es un día lluvioso. Lluvioso como cuando Georgie salió a navegar su barquito de papel. Llevo el pantalón mojado hasta las rodillas y los pies húmedos y fríos. Espero bajo el techo de una tiendita, sin paraguas. Uno, dos, cinco camiones han pasado durante los cuarenta minutos que he estado esperando. Todos iban hasta la madre. Todos. Ninguno atendió mi señal de parada. De milagro pasa un taxi que se detiene sin que yo haga alguna señal. Subo sin pensarlo demasiado.

En la radio se escucha November rain. Le indico al chofer mi destino, no es muy lejos, y me dispongo a cantar en voz bajita mientras busco una distracción por la ventana. El chofer, un hombre que a simple vista luce mayor que yo, me nota apasionada por la canción y se anima a preguntarme:

—Oiga, ese es el video del barco, ¿verdad?

—¿Cuál barco?– contesto.

—El barco donde se tiran al mar.

—No, es el de la boda, donde empieza a llover.

—Ah, sí, ya me acordé… –creí que sería todo pero…– yo los fui a ver, cuando vinieron por primera vez a Monterrey, al Universitario, ¿se acuerda?, el Axl abrió golpeando un gong y luego el griterío de la gente, también fui a ver a Deep Purple, ¿los conoce?

—Sí, cómo no– ya tenía toda mi atención.

—Bueno. También vi al Ozzy, el que andaba de vocalista de Black Sabbath que comía murciélagos.

—¿Ah, sí?

—Cuando tenía como quince años me tocó ir a uno de Queen. Fíjese que yo tenía boleto pero como había tantísima gente pues no nos dejaron pasar y nos tuvimos que saltar la barda, nombre, ¡otra cosa!, esos eran conciertos, no como ahora. Al último al que fui fue al de Scorpions hace unos meses… esas sí son canciones no chingaderas, ¿verdad?

—Estoy de acuerdo –yo fascinada, omito el mal recuerdo de no haber asistido a ningún concierto desde que vivo en Monterrey.

—Me muero de ganas de ir a ver a AC/DC, pero esos sólo vienen al DF. Tengo 52 años y sigo rockeando –llegamos–, ése es el secreto para no envejecer– y sonríe de forma contagiosa.

Lo observo: casi no tiene arrugas ni canas, sus ojos verdes brillan cuando habla y sus brazos parecen bastante fuertes. Ya no parece tan mayor, pienso en un joven adulto de los ochenta, un rebelde sin causa. Le pago y le doy las gracias. Siga rockeando, me dice, y hace la señal de los cuernos con la mano “l..l,”. Sonrío pero tardo en contestar el saludo como Dio habría querido. Sólo puedo pensar en dónde carajos están mis discos de hace quince años y qué pasó conmigo, en qué momento dejé de ser joven para convertirme en un ser mortal común que se encabrona cuando llueve. Frustrada y vieja entro a la oficina, saco mis audífonos del cajón y busco el playlist más intenso que guardo en YouTube. Aunque claro, los milenials dirán que YouTube es muy de la vieja escuela.

 

Abby García

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