PONCHADA

Estaba tranquila, mal que bien sosegada, confiada en que me esperaba una época en la que no habría sorpresas ni sobresaltos, ilusa de mí, me distraje solo un poco y se me rompió la burbuja.

Fue así, de repente, me quedé inmóvil de brazos caídos, sentada en el charco jabonoso de todas mis especulaciones, pegajosa e insegura.

Me moría de vergüenza al pensarme ahí a la vista de todos, sin esa hermosa capita transparente de jabón que hacía que los ojos se me vieran más brillantes y las formas más redondas, capaces de rebotar en cualquier superficie, volar un poquito y aterrizar suavemente –vamos, hasta con gracia– en el siguiente claro del bosque.

Lo peor es que era obvio que no tenía por qué acercarme a objetos punzo cortantes, es al ABC de los habitantes de las burbujas: “no corras hacia las tijeras”.

Pero no, esta vez (malhaya) la cabeza se me llenó de aire, el aire pasó a la burbuja, la infló más, creció, se sintió poderosa, hizo que desde dentro se perdiera un poco la visibilidad, que necesitara entrecerrar continuamente los ojos y no viera con claridad que eso que se estaba acercando de manera tan encantadora y musical era un alfiler con punta de diamante, que ni siquiera tuvo que dirigirse justo al centro para reventarme y ¡plaf!

Lastimera imagen con el pelo embarrado en la cara y tratando de fingir que ni me había salpicado tanto. No tanto.

Por un momento que pareció eterno, pero en realidad no duró nada, seguí confundida, volteando para todos lados, con disimulo primero, con una especie de digna resignación después, hasta que de pronto empecé a sentir el viento circulando de nuevo entre los pliegues de mi vestido, secándolo poco a poco. Fue entonces cuando me deslumbró un pequeño puntito brillante. ¡El maldito alfiler! Tan chico, tan insignificante, que una ráfaga un poco más fuerte se lo llevó arrastrando fuera de mi vista.

El aire se intensificó inflando mi pelo hacia el cielo, sus puntas culminaron caminitos de espuma coronándome con una nueva burbuja, más cercana, más compacta. Todo lo que quedó dentro, por cierto, se ve mucho mejor.

 

Catalina Kühne Peimbert

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