En el patio de atrás

Yo debía revolver con los dedos la viscosa y tibia sustancia roja: bien revuelta, mover y mover, suavemente y sin parar. Estábamos en el patio de atrás y sobre la mesa  había  hacha y  martillo, eran para dar el golpe en la cabeza. Yo ya había visto amarrar, colgar, despellejar y separar la piel. También había ahí un par de cuchillos bien puntiagudos: el más grueso para despellejar y el delgado para sangrar; esos los cuidaban  mucho porque se desafilaban al topar con hueso. Decían que se debe meter el filo muy bien entre el cráneo y la última vértebra, por la mera nuca, y cortar la yugular cuando todavía esté bombeando el corazón para que salga bien la sangre  y luego a comenzar a mover, a revolver, a no dejar que cuaje.  Mi pequeña mano seguía meneado el líquido al ir cayendo dentro de la cacerola que antes me había dado papá, y él sostenía y manipulaba la pieza colgada. Al terminar el trabajo el ayudante se llevó la cacerola a la cocina; iba riendo y decía que no cualquiera sabía guisar el cabrito en sangre, que ese platillo llamado fritada sólo quedaba sabroso cuando lo cocinaba mi mamá. Papá y yo nos lavamos las manos en la pileta del patio de atrás. Mientras iba poniendo en orden las herramientas me felicitó porque para mis ocho años yo había sido muy buena ayudante. También dijo que las niñas debíamos aprender otras cosas, diferentes, así como yo, que ya estaba aprendiendo a tocar el piano.

Graciela Ramos Domínguez

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