El mar

El mar no siempre me gustó. Hasta hace unos años le tuve mucho miedo. La idea de grandes olas, inmensas olas sacudiéndome de un lado a otro como un pez muerto me aterraba con sólo ver una imagen en alguna revista. En el cine, mi corazón se aceleraba y cerraba los ojos cuando en toda la pantalla las inmensas olas sumergían al barco que como, es típico, se quedaba a la deriva.

Conocí el mar desde niña, pero nunca he sabido nadar. Y la verdad es que meterme entre las olas saladas tampoco me resultaba algo muy grato. Mucho menos sentir esas algas tocándome las piernas, sentir un roce de algo que no se ve a simple vista me hacía pensar que era una medusa: de esas azules que dicen que si te toca hasta te puedes morir, un cangrejo -y sus grandes tenazas-, un tiburón de dos metros con sus dientes afilados, o peor; un pulpo. Todo pasaba por mi cabeza. Así que siempre que iba me quedaba en la orilla enterrándome los pies.

El mar, por alguna razón lo tenía presente hasta cuando dormía. Por años mantuve un sueño que se repitió constantemente: yo estaba en la orilla del mar; sola y, de repente, el mar empezaba a subir, se cubría toda la arena y yo me empezaba a enterrar sin poder salir. De inmediato -como pasa en los sueños -aparecía una palmera a mi lado y yo la empezaba a escalar muy rápido- en los sueños siempre tenemos habilidades y poderes- cuando me encontraba sobre la palmera, veía como el agua subía tapando toda la arena y empezaba a cubrir la palmera donde yo estaba. Gritaba pidiendo auxilio, pero nadie escuchaba. Cuando todo a mi alrededor estaba cubierto de agua y tocaba uno de mis pies, despertaba. Con sueños así, menos me gustaba el mar.

Pero las cosas que nos dan miedo tenemos que buscarle el modo.

En Tampico, con varias cervezas encima, unos amigos y una juventud de: somos invencibles, tomamos la ruta Tampico-Playa. Era más de media noche, sin gente alrededor, con unas sillas llenas de arena que jalamos hasta donde las olas tocaban nuestros pies. No sé si era el alcohol o qué, pero todo se veía realmente maravilloso, las olas brillaban, el sonido era agradable, y mis pies se enterraban cada vez que el agua tibia los cubría.

Con alcohol, el miedo se empieza a ir.

En Xalapa pasó casi lo mismo. Amigos -no recuerdo si había cerveza, pero es probable- y la misma juventud aventurera. La playa estaba a más de una hora. Encendimos el carro y tomamos algunas provisiones. Nos quedamos dormidos sobre una sábana que echamos sobre la arena, sin gente, sin luces, solo con el sonido de las olas golpeándose unas con otras. Guardo una foto que tomé casi a las seis de la mañana, desperté para ver salir el sol. Las olas de nuevo brillaban.

Quizá al mar siempre le tendré miedo. Tal vez por esos videos que he visto donde se sale y tapa toda la ciudad. O por ese sueño que aun puedo recordar claramente.

He disfrutado el mar, no digo que no. He admirado su belleza, su sonido, incluso su color cuando se ve a lo lejos. Me gusta cuando no hay gente, en la oscuridad, en el amanecer. En compañía.

Le he escrito al mar, muchas veces. Quizá porque pienso que está solo.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s