XXIII. Lucía

Lucía y sus tres compañeras del trabajo reían de todo: de los malabares que hacía Lucía en el vagón por su fobia a tomar los tubos sudados, del intercambio de miradas que Sol, la pelirroja, tenía con el deportista a tres asientos de distancia, pero particularmente encontraban hilarantes los comentarios crueles sobre sus compañeros de oficina.

Se desocuparon unos asientos y dos mujeres se sentaron. Lucía no, bajaría en la siguiente estación, en Tormenta.

Todo fue muy rápido cuando se acercó a la puerta: una chica de unos veintitrés la tocó en el hombro y le puso muy discreta y velozmente una tarjeta en la mano. La tarjeta decía: *100 x lo que digan* y tenía el whatsapp de Tinto Merengue, el seudónimo de la espía. No era entonces leyenda urbana; podía contratar a una “infiltrada” que le pasaría con detalles la conversación de sus compañeras de los siguientes cinco minutos a su partida. Sólo tenía que darle, como lo hizo, un billete de cien pesos sobado sobre la mano.

Lucía bajó del vagón y miró de nuevo la tarjeta. Tenía entre sus manos un souvenir del museo de las miserias y la curiosidad le picaba como roncha en el ánimo. Podría apostar otros cien pesos a que cuando contactara a Tinto Merengue el reporte sería asqueroso, todas, pero más Sol, habrían dicho cosas horribles de ella: sacarían a colación su mal gusto para elegir zapatos y novios, su soledad, sus enojos en confidencia, sus ganas de sobresalir en la oficina y sabe Dios qué más. Miró el reloj y apenas habían pasado dos minutos. Mandaría mensaje en tres. ¿Y si no decían nada? ¿Y si ella era tan insignificante para sus compañeras que no valía siquiera una mención negativa? ¿Y si pasaba sin ser vista? Sintió un hueco. Todo podía ser peor. Casi deseó que Tinto Merengue fuese una trampa dedicada a paranoicos.

Le mandó mensaje.

                        Hola, TM, bajé en estación Tormenta. ¿Tienes algo?

                        Sí… ¿Quieres audio o resumen?

                        Audio.

Llegaron cuatro archivos.

Lucía fue a sentarse a una de las bancas del andén. Llegó un tren. Se fue. La estación se quedó un poco sola.

En su teléfono inteligente estaba la aniquilación del sueño de la convivencia. Lucía no pudo abrir los archivos.

No pudo borrarlos.

No pudo ir a su casa.

No pudo llorar.

No pudo decidirse.

Vivió por dentro una pequeña muerte: lenta, sorda, definitiva.

MFL

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