XXIV. Pina

Pina llevaba demasiados años en psicoanálisis y así como a los citadinos los delata la piel pálida, a los psicoanalizados los delata el musgo que deben rasurarse de la cara por las mañanas y la tierra que acumulan bajo las uñas cada vez que se ponen de rodillas para desenterrar su infancia. Han perdido frescura a cambio de tener en el piso de su memoria un catálogo de piezas identificadas, dispuestas y accesibles para explicar las siguientes piezas que se explorarán y clasificarán.

Pero Pina, justo ese día, se propuso vivirlo como “un día sin análisis”. ¿Podría dejar pasar las horas y tener una interacción con la realidad más instantánea? ¿Sería capaz de contener su instinto de escarbar a la primera provocación? ¿Existe la posibilidad de una mirada limpia? ¿Cómo sería pasar un día sin sentir el peso de todas las etiquetas y juicios que ya se había acostumbrado a cargar?

Pina casi muerde su puño al notar que de tres estaciones cercanas, sin chistar, ella había elegido estación Tormenta. Pero trató de que el nombre de la estación no le hablara, no le estuviera diciendo nada más sobre sí misma y sus acciones.

Si quería limpiar su mirada hacia las personas, debía dejar de juzgar lo más mínimo sobre ellas. Debía mirarlas y reconocer su total opacidad.

Pasaron diez minutos sin trenes y el andén se llenó. La gente miraba impaciente sus relojes. Punto. Tenían caras de angustia o fastidio. Punto. Pina se sintió afortunada por partida doble: durante diez minutos su mente había estado callada y además había conseguido asiento.

De pronto llegó un hombre que se sentó en la esquina izquierda de la banca al que Pina tuvo que mirar rápidamente a los ojos para no analizar su posible personalidad partiendo de juicios sobre la vestimenta, los colores elegidos, el tipo de zapatos, la higiene, etcétera.

—¿Puedo? —dijo él.

—Sí, claro —dijo Pina.

Pasaron dos minutos más sin trenes y el andén ya parecía un hormiguero. La gente se iba replegando hacia las paredes. Pina pensó que sería bueno platicar con el hombre y probar ser espontánea, fresca como si nunca hubiera pasado por un diván. Una mujer y dos hijos pequeños quedaron bastante cerca de Pina. La mujer, de pie, cargaba mochilas y tomaba a los niños de la mano mientras ellos decían “mamá, me quiero sentar”. “Mamá, ya me cansé”. “Mamá, tengo hambre”.

Pina le dijo al hombre que estaba sentado junto a ella en la banquita:

—¿Sabe? Cuando escucho la palabra “mamá” siento un deseo de sumergir los pies en agua caliente y quedarme dormida. Probablemente…

Y Pina habló durante 20 minutos más después de que el andén se hubo despejado.  Después de que la madre y sus dos pequeños lograron abordar. El hombre no supo cómo detener el flujo narrativo de esa mujer extraña que le estaba vaciando su vida y la ponía enfrente de él en piezas pequeñas y grandes con etiquetas, muy ordenada, catalogada, mientras salía tierra de sus uñas y un paño de musgo tupido comenzaba a cubrir su frente.

 

Mónica Flores Lobato

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