XXV. Samya

El Colectivo Pink Hat convocó a las 13 horas para una protesta de besos en estación Tormenta. Algunos despistados creen que se trata de besar a quien más les guste. Otros creen que será uno de esos experimentos que circulan por internet donde tienen que mirarse fijamente a los ojos por un minuto y luego besarse apasionadamente. Lo que Samya sabe, porque ha ido a varias protestas, es que el evento consiste en agrupar a las personas por sus preferencias políticas y después de que todos han accedido a participar con un beso, se les comunica que besarán a alguien del grupo contrario. Samya piensa que detrás de cada boca hay una cabeza con una acumulación de ideas más o menos correctas, más prejuicios, desinformación, conveniencia, y, porque se siente una persona promedio, que probablemente su cabeza tenga más o menos la misma cantidad de basura que la de los demás. Pero en algo sí cree y es en la abolición del odio. Odiar sólo lleva a la ruptura, lo sabe porque ha odiado y ha sido odiada. Y no quiere vivir en un país donde las decisiones se tomen odiando a los de enfrente, vamos, no quiere ese estilo de vida ni para su cuadra o su edificio. No le desea eso a nadie. Así que en un acto pacifista está dispuesta a darle un beso a algún enemigo político, como una afirmación simbólica de aceptación a pesar de las diferencias previas a cualquier diálogo.

En la entrada, los de Pink Hat reciben a todos con pancartas para que no quede duda: quien entra a la estación acepta los términos de la protesta. Samya está formada. Mastica un chicle de hierbabuena para causar una buena impresión. Mira en todas direcciones y cree no equivocarse en su lectura sobre a qué partido político corresponde cada persona. Se lleva algunas sorpresas. Cuando los acomodan, el barbón de lentes y suéter hippie se va al partido conservador mientras una señora de traje sastre y tacones queda en el partido comunista. Cada quien va sonriendo a “los suyos”. Samya queda en el partido de izquierda que jamás ha tenido un presidente en el poder. Ha votado por ellos desde los dieciocho.

Samya espera, pero siente una mirada fuerte y no sabe si levantar la vista. Quema, es una energía que podría reventarle la cabeza en una sobreexposición. Levanta la vista y es el barbón de lentes a unos cuantos metros, desde el ala conservadora. ¿Acaso la está odiando? Samya desvía la mirada.

El colectivo Pink Hat da unas instrucciones mientras una pareja de chicas adolescentes demuestran los besos permitidos y luego los no permitidos. Son muy explícitas, quedó claro para todos.

 Comienzan a hacer las parejas y a Samya le toca un hombre mayor del partido de centro-derecha. Cuando dan la señal, el hombre mira a Samya con miedo y responde con una mueca de asco a la expresión amistosa de Samya. El señor sale de la fila y se marcha diciendo “No puedo”, “No puedo”.

Un chicho de Pink Hat toma a otro conservador y lo lleva hasta Samya, es el barbudo de lentes. A Samya no le nace sonreírle. Le parece un embustero que en realidad quiere mirar a los ojos a todos los que odia. Quiere provocar. ¿Y si es de los que a la hora de la hora sueltan una mordida y salen en las noticias? O tal vez quiere ser besado para someter, sentir la prepotencia de aceptar un beso con desprecio. Ahora es ella la que siente un gran rechazo. No quiere besarlo, no se siente capaz de no odiarlo. El hombre ve la tormenta en Samya; cierra los ojos, respira profundo y después de una larga exhalación, los abre. Su rostro está neutro, como una página en blanco. Samya siente el trabajo de voluntad que está haciendo ese hombre y quiere poder quitar su propia cara de asco y enojo antes de ser ella quien se marche diciendo “No puedo”.

Todos a su alrededor ya se están besando. La mujer en tacones se agachó un poco para besar, primero en las mejillas, luego un beso suave en la boca, a su regordete y moreno equivalente conservador. Otros antagonistas sí que se están besando en el límite de los besos. Hay pasión y juventud en muchos, evidentemente.

Samya y el barbudo se ríen. Parecen dos ridículos adolescentes tímidos en una kermes. Samya dice “paz” y se acerca. El dulce olor a hierbabuena llega hasta las barbas del hombre, que responde “paz” y se acerca otro poco al rostro de Samya. Miran sus labios sin deseo, con respeto, con reconocimiento. Se besan. No están preparados para esa tibieza pero la abrazan, dejan que llegue hasta sus ideas y prejuicios. Para eso están ahí. La tibieza y suavidad de ambos labios quedará grabada en cada uno y cuando todo el mundo esté incitando al odio y a la descalificación, Samya, el barbudo y algunos cientos más de pacifistas amorosos, repetirán que el odio no es el camino.

 

Mónica Flores Lobato

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