Diván

Intenté dejar de ir a terapia, lo intenté por las buenas, pero mi psicóloga se negó en redondo.

—¿Está segura? No está lista para tomar decisiones por sí misma. Piénselo bien

—Estoy lista, estoy segura, estoy tomando la decisión –dije en un arrebato inusitado de lógica y valentía. La mujer me da terror. Con esa voz tan grave, los miles de diplomas que repiten su mirada severa colgando de las paredes, su insistencia en llevar las sesiones a manera tradicional conmigo sumida en la franca inferioridad del diván y sin tener posibilidad de ver la reacción de su cara ante los insospechados vericuetos que tomaba mi cabecita loca.

Además, claro, sabe demasiado.

Ante mi intentona, me demostró, por medios bastante crueles, que en los altos círculos de su profesión se conocen como “ponerle limón a la herida” que distaba mucho de estar curada y me devolvió a mi horizontal indefensión sin posibilidad de chistar.  A pesar de que eso yo ya lo sabía. ¿Acaso alguien se cure alguna vez de sí mismo? Lo dudo.

Deberían entender que vamos a terapia cuando nos sobra un poco de dinero y nos falta regodearnos un poco en nuestra miseria, nuestros conflictos, nuestra supuesta complejidad interior, narradas en la propia voz, en primerísima persona.

Pero una se cansa, aunque la otra no. Hice lo mejor que pude y le envié un correo explicándole que no volvería, me torturaba pensar en el cuidado que pondría en analizar cada frase confirmando mi inmadurez y mi locura, así que una vez terminado, di de baja mi cuenta e intenté desaparecer.

Pero no funcionó.

Soñaba con las sesiones, la veía por todas partes. No estoy segura de si era ella, o la paranoia combinada con la miopía, pero varias veces me pareció verla a mi alrededor. En el café donde había quedado con un amigo, en la parada del camión, en la papelería. Oculta tras esa mirada condescendiente. Tal vez estaba alucinando y por más que me molestara, tendría que volver a ponerme en manos profesionales, regresar suplicando arrepentida.

Pero no fue necesario. Ayer por la mañana salí de hacer ejercicio como todos los días y como todos los días decidí meterme un rato al vapor, me recosté boca arriba con el ánimo de descansar un poco cuando entre la bruma distinguí el cuerpo borroso de otra mujer envuelta en una toalla.

—Buenos días– saludé amablemente.

—¿Está segura de que son buenos? Piénselo bien y responda.

Aquella voz era inconfundible.

 

Catalina Kühne Peimbert

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