Bienaventurados los ociosos

Gracias a una inexplicable devoción por lo que algunos llaman ocio, he llegado a olvidar por completo qué significa aburrirse. De igual manera he olvidado el significado de eso que se conoce como “tiempo libre” u “horas muertas”. Entre la libertad y la muerte quizás no haya distancias relevantes y de ahí los adjetivos para hacer del tiempo una huella un poco menos carnicera.

            No es que me debata entre el “tiempo de ocio” y el “tiempo productivo”, pues nunca he creído ni creeré que ver una película o contemplar el techo por dos horas es algo ocioso ni tampoco que el tiempo o es productivo o no es. Se trata, creo, de una desviación en mis particulares nociones de utilidad, ocio y aprovechamiento del tiempo que me ha llevado a creer que nunca tengo tiempo libre ni vacaciones, que trabajo demasiadas horas, y que ninguna de esas construcciones sobre mi disposición del tiempo importa en realidad.

            Lo que pasa es que el tiempo discurre de modos muy otros cuando la vida se te va en cada cosa que haces y así, de repente, en una tarde de domingo o en cualquier otra tarde muy parecida a la de un domingo, te encuentras reconcentrada en una lectura “no obligatoria” según los esquemas del tiempo de trabajo y el productivo, pero que en ese justo momento resulta crucial para tu porvenir. Y lo mismo sucede cuando acicalas hasta la somnolencia al perro o al gato sabiendo que el tiempo transcurrido en esta empresa no puede estar mejor aprovechado; o cuando tu mente maquina con el más mínimo detalle cómo sería tu vida si no fueras quien ahora eres, no por inconformidad con tu ser actual sino por explorar las posibilidades de tu curiosidad más insana.

Y así, en este curso de cosas, se me pierden los espacios para el aburrimiento, ahí mismo donde se esconde mi total incomprensión para con los seres que viven alegando estar siempre aburridos. Si de pronto una pausa de letargo amenaza con empezar a abrirse camino en medio de mis días, sucede de inmediato que una urgencia nueva hace acto de presencia, algo así como deshierbar los arriates o salir al patio a mirar el magnífico cielo de esta ciudad o escuchar la radio, algo fútil en apariencia pero que en mi fuero interno se vuelve impostergable y que además, me llena la sangre de una suave felicidad. Ya me lo decía la buena Emilia: bienaventurados los ociosos, porque de ellos serán los reinos del presente.

 

Karla Marrufo

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EL CUENTO DE CUANDO FUIMOS TODO

  1. La primera vez que alguien se miró al espejo quiso arrojarse a él con la esperanza de convertirse en flor. Antes de estrellarse, dicen, vio su nombre en latín, grabado con unas letras blancas que descifraban con esfuerzo un puñado de niños exploradores.
  2. Del primer hombre que trepó a un árbol, la historia registra que estaba tan deseoso de convertirse en ceniza o fénix, daba igual, que no dudó en abalanzarse contra el sol. Fue tal el impulso que en el momento preciso en que las llamas de la velocidad abrasaban sus precario vuelo, el hombre se vio a sí desde las alturas, trinando su nombre en una lengua extraña que décadas más tarde un grupo de expertos se empeñaría en transcribir.
  3. De la primera mujer que escaló la cima de una montaña se dice que, una vez que hubo echado una ojeada al mundo de los hombre, se negó rotundamente a bajar, y entre lágrimas gritó su nombre con tal fuerza que las rocas, que habían permanecido indiferentes, se cimbraron para sí hasta que por acción del calor, la mujer transmutó en una nube alargada que a los estudiosos les dio por llamar cúmulo.
  4. Desde entonces, cuando un niño se ve por primera vez en un espejo su reflejo florece.
  5. A partir de entonces, cuando alguien ve por primera vez las hojas remeciéndose, despuntan en sueños dos pequeñas alas.
  6. Desde entonces, cuando una niña da el primer paso, de su danza nace la lluvia.
  7. Desde entonces, cuando alguien nace, por brevísimo tiempo se sabe flor, se sabe pájaro, se sabe nube, hasta el día en que pide, en su propio nombre, otra historia.

Nidia Cuan

Estrellas

En la dinámica habitual de la marcha derecho izquierdo, un pie –entonces pequeño–sostuvo el peso de todo el organismo. Un cuerpo vegetal conoció la carne, yo conocí los espinos. Fue una presentación sensorial.

también les dicen estrellas, ¿lo sabías?

En ese entonces yo creía que las estrellas de mar habían caído del cielo la noche anterior. Al pedir un deseo –siempre el mismo– pensaba que de alguna forma estaba siendo cómplice de esa muerte.

era justo que las estrellas-astilla me cobraran

en el pie

los deseos que se me habían ido acumulando durante las noches de julio

Cada verano lo olvidaba. No logro entender por qué, supongo que funciona así, que el dolor trae consigo una pequeña dosis de desmemoria. No encuentro otra forma de explicarme esa compulsión humana de tomar –de nuevo y cada vez– el sendero plagado de espinos, con la inocencia de quien se asoma a una habitación ajena.

debe ser porque el dolor es un llegar a casa

Había que caminar muchísimo antes del encuentro con el agua. Cortar camino era un riesgo. A nosotros nos gustaba ignorar el no vayas por ahí, de los adultos. Teníamos la convicción de que sólo en la desobediencia podíamos alcanzar la cuota de libertad a la que aspirábamos en esos años.

era necesario sentarse sobre la arena caliente

–la primera astilla del verano atravesándome la piel–

tomar el pie entre las manos

y retirar los espinos de a uno

Con la acumulación de veranos fui aprendiendo que el malestar de la extracción sobrepasa, por mucho, al de la inserción. Por eso Jacinta, la prima mayor, trece años entonces, se encargaba de vigilar que todos lleváramos zapatos.

¿Qué tiene Jesús en la cabeza? Quise saber. Me dijeron que era una corona de espinas. Se la pusieron los romanos para burlarse. Cuando pecas le agregas una espina más, ¿ves? Por eso le gotea la sangre.  Tus pecados pueden atravesarle la frente.

pecado, deseo, dolor y muerte

había similitud entre las estrellas de los deseos y las del mar

entre las estrellas de mar y las de la hierba

Al finalizar el verano, eso es lo bueno del dolor, bastaba con apoyar la planta del pie en un ángulo determinado para hacer la invocación. Para recordar que la sal y el escándalo del viento en la oreja estaban a cuarenta y cinco minutos de la escuela.

 

Lolbé González Arceo

La fila

Para mi tío Manuel, con toda admiración.

A pesar de ser domingo, me levanté temprano. Hasta entusiasmada. Por primera vez en mi vida me iba a tocar opinar. Aunque fuera sólo marcando un tache en una papeleta. Un tache negro, sí, pero el equivalente a estar en clase y levantar la mano para decir que sí o no, para contar entre los que están de acuerdo, o los que no, los que siempre pierden.
No importa, por lo menos, por una vez, alguien me va a preguntar lo que opino y el mío será uno de todos los taches que se junten para tener una postura.
Me bañé y me preparé un café, quería estar presentable y despierta, pensé que como era temprano y estaba decidida todo sería muy rápido y tendría tiempo después para desayunar copiosamente y ver a la demás gente pasar con la tranquilidad de quien ya cumplió su deber, pero apenas salir de mi casa empezaron a presentarse los obstáculos.
En la puerta me encontré con unas amigas que no le daban ninguna importancia a mis planes y me invitaban a pasar el día comiendo quesadillas y tomando tequilas en una trajinera en Xochimilco. Total, ya me había bañado. ¿Por qué diablos iba a querer desperdiciar una hermosa mañana de domingo en decir sí o no a gente que en realidad nunca iba a oírme? Aunque fue tentador, no lograron acabar con mi entusiasmo y rechacé la oferta, prometiendo que pronto las alcanzaría.
Apenas di una docena de pasos y me encontré con que la fila daba dos vueltas a la cuadra y se movía muy lentamente. ¿Qué más daba? Era domingo, desayuno o no, no tenía tanto qué hacer.
Después de un buen rato de estar de pie a pleno rayo de sol, decidí sentarme en la banqueta, me entretuve viendo una hilera de hormigas que parecía infinita desde mi perspectiva. Un punto negro sucedía al otro sin prisa y sin pausa. De pronto sin aviso alguno, alguien llegó por atrás de mí y me tapó los ojos.
—¡Hola! Adivina quién soy.
Adiviné enseguida que era mi jefe, lo cual no hizo la situación menos incómoda.
—¿Qué diablos hace aquí sentada? En vez de aprovechar su domingo haciendo cosas productivas. Esto no tiene caso.
Le di esquinazo lo más educadamente que pude y permanecí en mi lugar.
A ratos la línea avanzaba, pero muy lentamente y de pronto parecía como si alguien más se hubiera colado, porque retrocedíamos no poco, sino un par de cuadras. Un paso adelante y dos para atrás, como dice el dicho.
Pasaron muchos domingos. Lo vi todo. Tormentas, fiestas, temblores, gente que simplemente se levantaba y se iba, gente que después de un rato ya no podía levantarse.
Casi me pasa, me dolían las rodillas, me pregunté una y mil veces si no debía rendirme. Las noticias que llegaban desde el frente, no eran alentadoras. Todo lo que estaba ahí no era más que una ilusión. Igual que las hormigas, una fila que no llevaba a ningún lado.
Pero si llevaba, sólo era cuestión de esperar sesenta años. Aunque soy paciente, estoy ansiosa por ver qué sorpresas nos depara el hormiguero.

 

Catalina Kühne Peimbert

 

XXXIII. Ema

Ema tenía once años y ya tenía que volver sola de la escuela. Comía en estación Tormenta un sándwich, iba a sus clases de tae kwon do y luego llegaba a casa a las seis, prendía la tele, miraba las últimas caricaturas de la barra infantil comiendo cereal a puños en un tazón sin leche y se quedaba dormida en el sillón de la sala hasta que algún adulto llegaba. La vida se sucedía bajo las preguntas: por qué nadie me ve y qué programa sigue.

Un día Ema alteró la rutina y decidió no llegar más a casa. Se quedó en estación Tormenta. No iría más al tae kwon do, ni a la escuela, ni a dormir a la sala con la tele prendida. Los puños cerrados. El uniforme rojo de la escuela por única ropa. Así, horas.

Le pareció ver a su madre con unos policías buscándola. Pasaron de largo frente a ella porque buscaban a una niña perdida, a una niña que correría a sus brazos; no a una niña furiosa. Su padre se les unió en la estación y gritaba Emi. Emi, el diminutivo que nunca le dijeron ahora sí lo usaban.

Ema vio a mamá y papá partir de estación Tormenta sollozando, con las manos vacías, pero a ella sólo le dolían las marcas que se había hecho con las uñas en las palmas: ocho lunas rojas. Estaba agotada cuando dieron las dos de la mañana y la estación cerró. Cuando abrieron, llegaron los de intendencia con sus máquinas para lavar el piso y ella tuvo que sortearlas. Seguía furiosa e invisible en estación Tormenta sin decidirse a abordar ningún tren.

Robó algunas loncheras. Con el paso de los días, algunos amigos del colegio le llevaron los apuntes y le regalaron ropa y así pasaron semanas. Era curioso cómo seguía sintiendo que la vida era un programa de televisión que veía a un metro y medio de distancia de los ojos y a una distancia mucho mayor de su alma. Esa sensación duró aún cuando fue encontrada y llevada a casa. Duró toda la adolescencia. La juventud. Las personas que la rodeaban no tenían profundidad. Ema las arreglaba con una mirada benévola y generosa con tal de no tener que verlas con sus verdaderos, defectuosos y humanos rostros.

Cuando Ema cumplió cuarenta y dos años, la vida dejó de verse así. Fue un cambio sencillo, simplemente el modo televisión ya no prendió más. Durante un desayuno familiar, vio a su madre incapaz hasta de cuidar de un pequeño gatito, peleaba con una amiga que insistía en regalarle uno. Vio a su padre organizando metódicamente por fechas y secciones una pila de periódicos mientras contaba chistes del mundial. En la sala, en esa misma donde se quedaba dormida de niña, sintió la mirada azul iceberg de su pareja cortarle cualquier entusiasmo con una insensibilidad pegajosa, grosera, desagradable. Todos eran como eran.

Ese día decidió todo. Caminó hasta estación Tormenta. Necesitaba empezar por ahí. Al llegar al andén sintió un escalofrío cuando miró en la banca del andén a una niña furiosa. Sola, pequeña. Con un suéter rojo comiendo un sándwich, limpiándose los lagrimones que escurrían por sus mejillas, los labios apretados. Ema se sentó junto a ella y la niña lloró aún más, su pequeño cuerpo se sacudía. Ema le dio besos muy suaves en el cabello. La tomó de las mejillas tratando de quitarle el frío de soledad con la tibieza de sus manos. La niña temblaba. Ema la abrazó y le dijo al oído que ya, por fin, había llegado una persona adulta para cuidar bien de ella, la cuidaría por siempre. La niña furiosa se calmó desapareciendo entre los brazos de Ema, que sintió en su pecho un calor tan agradable, tan luminoso, expansivo y cierto como que empezaba el verano y el resto de su vida.

 

Mónica Flores Lobato

Sin filtros

Después de todo, ¿qué es la verdad, y el amor,

y el renombre, y el buen parecer?

E. L. R.

Y todo comienza con un pequeño olvido: la cafetera encendida, la puerta del patio abierta, las llaves del carro en el fondo mismo del misterio. Un pequeño olvido que se va transformando en otras cosas, en asuntos de otras dimensiones porque de repente uno busca y busca tanto que termina por olvidar el objeto perdido mientras contempla con nostálgica devoción el álbum que da fe de aquella remota costumbre de imprimir las fotografías o de escribir cartas en hojas rústicas y con la impronta de la emoción en el trazo de cada palabra.

Todo comienza con un pequeño olvido que cual bola nieve se va nutriendo de diversas materias: incertidumbres, miedos irracionales, manías varias y situaciones hipotéticas. Si yo fuera crema de cacahuate, ¿sería cremosa o con trocitos? ¿Por qué al dar el siguiente paso el suelo no se despeña hacia un abismo? ¿Por qué la línea del horizonte da la impresión de una intachable línea recta? Y así se nos van ciertas tardes, haciendo lo que es debido pero con la mente en lo más distante.

Y con el olvido también vienen otras cuestiones, pues uno siempre se olvida de lo que se olvida y de algo más. Es entonces cuando surge el comentario impertinente, espontáneo y sin malicia o cuando uno se desborda en carcajadas hasta el llanto o se desborda de llanto hasta la carcajada. Y es también cuando uno se olvida de darle demasiada importancia al hecho de llevar calcetines que no hacen par o al huequito en el costado de la blusa o al delineador de ojos barrido por el rumbo de las ojeras o a los cabellos que juegan a imitar los rumbos del viento.

A pesar de las consecuencias, me gusta olvidar que olvido y pasar ciertas tardes en el placer efímero de vivir sin filtros.

 

Karla Marrufo

Los mecanismos de la memoria

Dicen que las cosas en realidad no se olvidan, que la memoria funciona por asociación

acertijo

mecanismo arbitrario

aprendizaje, le llama la neurociencia. Aprender es, entonces, colocar una vivencia junto a la otra y, sobre todo, tener a la mano esas coordenadas.

Por eso al fabricar recuerdos voluntarios

el nombre de una ciudad

un elemento de la tabla periódica

hay que dejar que la mente, con su sabiduría de canica de feria para encajar en el orificio exacto, realice el engarce de forma autónoma. Después es necesario poner atención, guardar en algún lugar esa especie de llave.

El mecanismo de la memoria es similar al del capricho. Por eso las madrugadas tratando de recordar la ubicación de un libro.

Por eso también las tardes intentando olvidar cuándo empezó un dolor.

Que ojalá fuera tan fácil

cosa de ir deshaciendo el sendero

colocando el pie sobre la huella previa

No como los cangrejos que desplazan de lado sino como los senderistas que han equivocado el camino.

Pero no se puede prescindir de un elemento

como se deshace el tejido

jalando el hilo hasta que no quede nada

sin arruinar todo el entramado. Porque en el encadenamiento de una cosa con la otra: eucalipto, jueves por la mañana, suéter de lana, biblioteca de la universidad, Cristina, esa horrible canción, tierra seca, veintisiete de marzo, la última tarde en Coyoacán

deshacerse de algo puede implicar deshacerse del todo.

 

Lolbé González Arceo

 

Doña Eulalia

Doña Eulalia está sentada muy derechita en su silla predilecta; de cuando en cuando, trata de erguir aun más su espalda y enderezar su cuello elevando el mentón. Su altiva figura y la rigidez  de su postura manifiestan fuerza y carácter pero,  en claro contraste,  ostenta también finura y delicadeza innata en el rostro noble. Ese rostro, antes hermoso, ahora está como burilada por surcos profundos que la recorren y llegan a desaparecer en lo más alto de su amplia frente.  Su cabellera, orlada por suaves ondas de canas, va  recogida en alto chongo como albo copo de nieve.

La mujer ahora alarga el brazo, tiembla su mano añosa,  y toma la campanilla de plata de la mesita. Con tenaces movimientos la hace sonar al aire, una, dos, tres veces. La doncella aparece de inmediato  respondiendo al tilín, tilín y se acerca  a la anciana con pasos presurosos, sabedora de la presteza que su estricta patrona espera de quienes la rodean. La muchacha se ve agitada y muestra señales de llanto reciente, pero es evidente que se esfuerza por ocultarlo para complacer a la señora quien, con aristocrático ademán, le ordena retirar el brillante servicio de té y las servilletas de lino y encaje.

—Retira y vete a dormir —dice  Doña Eulalia con  cascada  voz.

—Si la señora no desea nada más, quisiera salir un rato esta  noche.

—Mira si serás irresponsable.  Cuando se te contrató quedó perfectamente claro que no me gusta quedarme  sola. ¿Ya lo olvidaste?

—No, señora.

—Pero así son todas ustedes, nunca entienden nada; seguro quieres salir a verte por ahí con algún fulano que te convenció.  Pues no, no hay permiso.  ¿Está claro ahora?

—Sí, señora.

—¿Cuándo aprenderás que los hombres no merecen nuestra atención? Nunca, ni un minuto, lo oyes, ni por un segundo, debes andar de complaciente con ellos.  ¿Oíste bien? —inquiere insistente con despectiva altivez,  casi gritando.

—Sí, señora.

—Retírate y ocúpate de algo de provecho, como pulir la plata; está opaca, no brilla como a mí me gusta. Y avísale a la lavandera que tendrá que planchar otra vez la mantelería de lino, no la aceptaré así de ajada.

—Sí, señora.

La anciana queda sola en la alcoba, encorvada y hundida en pensamientos que son su única compañía porque, desde tiempo atrás, su ser altivo alejó a la gente que solía rodearla. Y no es fácil, ya no es fácil nada, ni siquiera conservar su espalda erguida, como antes cuando por su grácil talle y juvenil belleza fuera tan lisonjeada. Suspira y flexiona un poco la espalda, aflojando la forzada postura que siempre trata de llevar. Un remolino de recuerdos y nostalgias la ciñe de pronto pero ella se resiste, no piensa sucumbir ante el vendaval, y éste,  poco a poco se aleja dejándola otra vez sola.

En un impulso se dirige con paso cansino a su secreter de caoba. Del pequeño cajón toma una llave que introduce en el chapetón de bronce  y gira abriendo la puertecita. Su mano trémula acaricia el entrepaño de terciopelo púrpura, luego toma una caja que coloca en la mesita. Batalla un poco pero al fin logra sacar de la caja la botella de tequila. La destapa y le da un trago grande;  con los ojos húmedos musita al vacío:

—Por ellos, aunque mal paguen… los hijos de su pelona.

 

Graciela Ramos Domínguez

Fuera de Gravedad

—Houston, tenemos un problema.

—Bueno Houston en realidad tenemos como seis problemas, pero con que me digan en dónde guardaron el helado deshidratado será suficiente.

Agucé el oído en espera de respuesta. Asentí satisfecha y abrí el compartimento de arriba a la izquierda. Bueno eso de “arriba” e “izquierda” era un decir. Todo dependía de por dónde quisieras ver las cosas. En todo caso floté hasta el compartimento y encontré el postre deseado. Me quité el casco y empecé a saborear el helado que se iba convirtiendo de galleta seca en cremosa sorpresa.

Respiré tranquila, los últimos días habían estado llenos de emociones fuertes. La misión por poco se cancela por culpa de un castigo de última hora, el Apollo 18 casi se incendia en el despegue y estuve a punto de vomitar todo el día, pero cuando salí de órbita, cuando pude ver la tierra desde la ventana como solo lo había hecho en fotografías, me di cuenta de que todo había valido la pena.

Después de acabarme el helado me dediqué a jugar con mi cuerpo desprovisto de peso alguno. Ahora entendía por qué a esa costumbre de la Tierra de atraernos al piso se le llamaba “Ley de Gravedad”, no había nada grave en estar dando volteretas por un cuarto, era magnífico y sobre todo divertido.

Decidí salir a dar un paseo a la superficie lunar. No era la primera, así que para la humanidad no iba a ser nada, pero para mí sin duda un gran salto. Y es que la Luna me quedaba un poco lejos todavía.

Tenía miedo de no lograr mi objetivo y quedarme para siempre volando en el espacio, miré la escotilla, una, dos, tres veces y no me atreví. Pensé en pedir instrucciones a Houston, pero sabía que eran unos inútiles.

Ya me lo había dicho mi abuela: “Si quieres vencer tus miedos, debes enfrentarte a ellos.”

Lo que pasa es que soy muy miedosa. No puedo ni ver el principio de una película de terror porque tengo las peores pesadillas. Me dan miedo los aviones, los coches a altas velocidades, los insectos, los fantasmas, los perros, gatos, ratas y ratones, los payasos…

Es una lista tan larga, que da miedo tarde o temprano.

Por eso me encanta el espacio exterior, acá todo se ve tan apacible y bello, las estrellas, los planetas y sobre todo aquel gran bulto plateado que crece y crece a cada segundo, la Luna.

Cuando era más chiquita estaba segura de que la Luna me seguía a todas partes, parecía tan obvio. Si tenía miedo, tan sólo tenía que voltear al cielo y ahí estaba. No siempre perfecta y redonda, a veces apenas como una sonrisa, a veces por la mitad, otras veces casi imperceptible, pero ahí estaba. Era seguro, tenía un efecto tranquilizador.

Por eso, cuando fui un poco más grande, la idea de ir a la Luna se convirtió en mi única obsesión.

Estudié todo lo que pude de mi amado satélite. Supe que no era que me siguiera, sino que era tan grande que parecía que me seguía (lo cual para mí era prácticamente lo mismo, no me ofendió para nada).

El caso es que con esta información y otra, un poco más científica y mucha más tecnológica, unos años después construí la nave que ahora me tenía a un paso, a un salto, a un vuelo de la Luna.

Bueno, ya era hora de enfrentar mis miedos porque tarde o temprano tendría que hacerlo.

¡Qué demonios! Abrí la escotilla de un golpe y me lancé a la aventura más desafiante y maravillosa de mi vida. Me sentí como un globo de esos que sueltan los niños el día de los reyes magos. Muy inflada de la cabeza, muy henchida de orgullo y a la vez volando ligero.

Ahora era yo la que seguía a la Luna, a mi pequeña Luna, ahora yo cuidaba de ella. Cuando por fin tuve los pies sobre la superficie todos los miedos parecieron esfumarse por arte de magia. Todo era paz y tranquilidad. Mantuve los ojos cerrados, aun cuando escuchaba a lo lejos el murmullo de todos los días.

—¡Niña! ¡Niña! ¿Por qué nunca me haces caso?

—Déjala, ya sabes que esa muchacha siempre está en la Luna.

Catalina Kühne Peimbert

XXXII. Duna

Asexual, dijo Duna, soy asexual. Asexual desde siempre. No me gustan los hombres, ni las mujeres. No quiero nunca nada. Asexual. No intentes nada, mamá, ya lo decidí.
Aunque ante el espejo, en los ensayos, su expresión era totalmente neutra, al decírselo a su madre Duna tuvo que pasarse las manos por los pants para secarse el sudor. Los ojitos de Duna se entrecerraron un poco esperando la reacción.
Su madre dejó a un lado el cereal y miró fijamente el rostro de Duna cuando escuchó por tercera vez “asexual”. Luego le miró los pechos. Otra vez la cara.
¿Estás loca? No existe eso de ser asexual. ¿Cómo crees?
Terminaron de desayunar, se alistaron y caminaron rumbo a estación Tormenta. Eran las 9 am, iban con el tiempo justo para llegar al centro cuando no hubiera tanta gente en sábado, pero la madre de Duna se detuvo frente a la panadería y tomó a Duna del codo. Ven, desayunaste muy mal, escoge un pan, por favor. ¿Prefieres una dona o un churro? ¿Quieres una concha? La madre la empujaba un poco hacia los churros. Duna la miró con asco. Ay, mamá.
Ay, mamá, qué. Es una pregunta inocente. Está bien, nos vamos sin pan a nuestras compras.
Caminaron a prisa, sin mirarse ni dirigirse la palabra pero conservando el ritmo. Entraron a la estación, pasaron los torniquetes, bajaron las escaleras y esperaron en el andén.
Duna y su madre se subieron en el primer tren. No estaba tan lleno.
Es imposible que seas asexual, Duna. Te creo que seas virgen a tus veintitrés años. No es lo normal en estos tiempos pero sí que es posible. Es sólo que no has tenido una buena oportunidad para tener sexo con un chico de tu edad.
Duna bajó la cabeza porque sintió que las palabras de su madre atraían todas las miradas hacia ella.
Eres bonita, eres inteligente, sólo te falta soltarte un poquito.
Un cantante vestido con cueros negros y una pequeña grabadora, entró al vagón, puso su pista y comenzó a cantar rock.
Duna levantó un poco la mirada y se encontró con la del cantante. El cantante, de unos treinta y dos años, descaradamente cantó toda la canción para Duna. La miraba a los ojos, hacía inflexiones sedosas con la voz, le sonreía y le cerraba los ojos en los descansos musicales.
Duna le agradeció con una sonrisa virginal.
La madre de Duna notó el la tensión sexual que se sentía entre su hija y el cantante, y siguió hablando.
Claro que me parece muy bien que seas asexual y esperes todo lo que tengas que esperar. Estamos de acuerdo. Los asexuales tienen derecho a serlo y si quieren serlo toda la vida, pues, bueno. O por algunos años más, está bien, tampoco es que exista prisa.
Pero Duna ya no la escuchaba. Sonreía y se sonrojaba y el rockero por fin se acercó a ella y le dijo Estás muy linda. ¿Te puedo volver a ver?
La madre de Duna estaba enmudecida, con los ojos muy abiertos, esperando la reacción de su hija.
@Duna en twitter, esa es mi dirección.
El rockero le pasó un dedo por la mejilla mientras la madre de Duna miraba con reprobación e incredulidad a su hija.
El rockero salió del vagón despidiéndose con la pequeña grabadora en alto y con la otra mano sobre el corazón.
¿No que asexual, Duna? Qué te pasa. ¿Con un hombre grande que canta en el transporte colectivo?
Nosotras viajamos en el transporte colectivo.
Pero Duna, ¿qué haces? No lo puedo creer.
Cambié de opinión. No soy asexual.
Ah, no, ahora vas a ser asexual hasta que yo apruebe al chico con el que quieras salir. Y este no es ningún chico, es un lagartote.
Ay, mamá.
Y discutieron hasta que por poco pierden su bajada. Corrieron a la puerta y se enfilaron hacia la salida. Duna defendió su derecho a salir con el cantante y pidió coherencia en el discurso a su madre, y la madre le cuestionó el juicio y elecciones, y pidió coherencia en el discurso de su hija.

 

Mónica Flores Lobato