Luz blanca sobre muchacha de la frontera

Pareciera como si la luna jugara a los aparecidos. Tan pronto se oculta tras ligeras nubes, como reaparece sobre ti y sobre la carretera solitaria. Eso vas pensando, sin ganas de pensar, mientras el frío de la madrugada cala tu dolorido cuerpo de muchacha. En tu huida, ya no te estremeces, ni lloras, ni tiritas; corres casi a ciegas, sumida en la angustia helada. Aturdida por el miedo, aún no logras comprender cómo  has escapado, cómo eres quizá la única sobreviviente de aquellas atrocidades que se leen en los periódicos. Ahora serás tú la excepción. Hablarán de cadáveres y de  terrenos baldíos, pero también de una que salió viva de entre tanto crimen contra mujeres, casi niñas, empleadas de maquiladoras yendo rumbo a sus trabajos, o saliendo de la disco.

Ahora lo has visto todo, y llevas el horror grabado en tu mente. Podrás contar de ese  infierno vivido, escuchado, olfateado, sentido en la piel. Tus pulmones casi reventaron gritando y pidiendo auxilio  en aquellos parajes solitarios. Tus  entrañas retorcidas, tu piel impregnada de olores irrespirables, de encierro, vejación y tortura. Cómo soportaste estados repetidos de ausencia y conciencia, no lo sabes. Un extraño azar  favoreció la huida poco después de haber visto sus rostros, escuchado sus nombres y reconocido sus escondites.

Avanzas bajo el frío de la noche.  Ah, si apareciera alguien; ah, si la gente supiera;  pero qué frío sientes.

 Afuera la gente especulaba: que si estaban coludidos todos, que si autoridades, narcos, policías, o quizá millonarios de ambas fronteras; también que si tráfico de órganos; y ahora tú podrás desenmascarar a los verdaderos culpables.

Tu cuerpo mal cubierto, la ropa hecha jirones, tu piel sangrante,  el frío de la madrugada.  Vas marcada, en tus muñecas dejó huella el metal de las esposas, así igual describían en los diarios las marcas de las que hallaban muertas.

Una luz lejana se acerca pero tú no la ves aún. Con la mirada baja, vigilas el paso de tus pies descalzos sobre el asfalto. Dejas que tus piernas corran solas hacia donde quieran llevarte. La luz se aproxima. Está cada vez más cerca y se distinguen los faros de un auto. Bajo la gran capa del sereno, la luz parece hielo luminoso que te cubre y le inventa resplandores a tu cuerpo. Levantas el rostro y un  intenso relámpago anuncia el golpe quebrantado de centellas. Ves tras el parabrisas del auto el rostro desesperado de un hombre al volante intentando esquivarte. Sientes caer y el ruido del motor cesa.  Baja el hombre y llega hasta ti. Te interroga pero tú apenas balbuceas; las fuerzas te abandonan; un cielo sin luna transfigura el instante y, cambiando sus tonos, va cegándote con albos candores nevados, se tiñe de un gris plomizo, vira al sepia, cada vez más, atezándose, y se precipita hacia una apizarrada oscuridad.

Recobras conciencia  en otro sitio. Quisieras aferrarte a ruidos y voces. Percibes gente que sale y entra, oyes débiles timbres telefónicos. Te parece oír la voz del hombre de la carretera exigiendo le otorguen constancia de que estás  viva. Quisieras hablar pero no puedes.

Los diálogos apenas audibles. Silencio. Y esa luz tan blanca cegándote en el instante mismo del dolor, y sientes  en los brazos piquetes de agujas, sin poder luchar más con  un sueño espeso que va envolviéndote.

Los días sin tiempo van pasando  por encima de ti; las heridas de tu cuerpo van sanando; al fin vas a poder hablar; podrás denunciarlos ya.

******

Ahora percibes la luz de una diferente blancura, sientes que te estalla en los ojos. Una luminosidad hiriente se adueña del  entorno y mil puntos lacerantes clavados en tus pupilas te hieren en un suplicio de alfileres. No puedes ver, quizá el oído podrá guiarte; percibes sonidos del exterior: ruidos sordos, pasos, golpeteos de charolas de lámina, mesas rodantes  y objetos metálicos trajinan del otro lado de la puerta.

No discurres por qué el aire tiene olor a ausencia, a frío. Casi percibes, pero no, quizá no, es algo así como el estallido de un vidrio, el sonido de una navaja cortando, como un estruendo de pólvora.

Giras la cabeza penosamente, como si tu mirada ausente intentase enfocar la puerta deslumbrante, alba y densa. Comprendes que comienzas a estar a salvo, la puerta blanca tan sólida como un muro se convierte en un monolito inamovible y bienhechor, es una lápida sepulcral para inhumar tras ella el dolor y la violencia.

Yaces sobre un colchón cubierto con sábanas blancas, parecido a un catafalco, donde  la iluminación casi solar de una lámpara colgada del alto cielo da claridad a cada poro del  techo, se desliza  por los muros y rueda hacia el piso para chorrear el colchón, la sábana y tu cuerpo insensible. En tu cerebro, como blanco algodón saturado de olvido,  no hay memoria y  quedan sin respuesta los porqués, los cuándo, los quién;  pero da igual porque tampoco hay preguntas. Nadie te interroga.

¿Qué sucedió? Imposible saberlo si en la oquedad de tu mente flota la nada.

Quizá desde antes, ellos –y tú ya no podrás decir quiénes–,  te han decretado un corazón deshabitado y un cerebro vacío, blanco, iluminado por una luz fría. Y la desmemoria  campea entre las tumbas cavadas en tu corazón aquella noche de tu huida.

Quizá frente al chirrido de llantas en la carretera, cuando estabas presta para contarlo todo, algo milagroso como tu instinto de conservación dio  refugio a otra luz, a esa llama imperceptible nacida dentro de ti solo para entibiar tu cuerpo.

O no, y quizá fuiste vencida por algo o por alguien que ya  previó por ti un mundo resguardado, donde seas intocable, donde las buenas conciencias te murmuran al oído palabras como estas:

—Estás bien, muchacha, en esta luz blanca y fría de la total amnesia. Mejor vivir así en la absoluta inconsciencia, la tuya y la de todos.

 

Graciela Ramos Domínguez

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Quijotas somos y en el camino andamos

Para Choche, Mar, Erika, Daniela, Pany, Rosy, Val, Caro, Claudia y Libertad.

 

Siempre había tenido la tentación, como todo el mundo supongo, pero ni en sueños se me había pasado por la cabeza que me ordenarían ser una súper heroína. Vaya legitimidad para defender las causas justas y combatir a los malos.

Me esperaba un futuro excelente, divertido y lleno de significado. Un futuro con causa.

Pero claro, en la descripción del puesto no advierten que tienes que correr varias veces alrededor de la Tierra a una velocidad imposible para hacerte merecedora del uniforme reglamentario y que, una vez que lo tienes, no es exactamente de tu talla. Es incómodo tratar de salvar a la humanidad con las botas apretadas o si te tropiezas a cada segundo con la capa.

En ocasiones debes recurrir a la invisibilidad para no molestar, aunque eso no quiera decir que aun siendo transparente, no te las arregles para pisar los callos equivocados.

Como a todas las paladinas de la justicia llega también el momento en que gracias a variaciones kriptoniticas y hábiles trampas que te pone el enemigo, combinadas, con –he de admitirlo–, una absurda vanidad, se pierde de vista el objetivo.

De tanto volar, te crees que algunas cosas son más pequeñas o menos importantes de lo que realmente son. O al revés.

Es cuando el público exclama:

¿Es que todo se ha perdido? ¿Podrá nuestra heroína salir de este tremendo predicamento?

Yo no sé decirlo, sólo estaba cumpliendo órdenes, lo que sí sé es que las películas de súper héroes siempre tiene secuelas y en las secuelas siempre aparecen los súper amigos… y amigas.

Así que tarde o temprano esta historia CONTINUARÁ…

Catalina Kühne Peimbert

La contemplación de las flores

Para las estaciones del Tranvía: gracias por cada viaje

 

Por casi diez días, a finales de marzo y a principios de abril, la primavera anuncia su llegada —a Japón— a través del Hanami.

Lo que me gusta del hanami es su recordatorio de la impermanencia de la vida, la idea de florecer con plena consciencia de la muerte, y abrazar la belleza de ese ciclo natural para luego desbordarse a la esperanza del renacimiento. La flor del cerezo tiene una vida muy corta, de ahí la metáfora —de los japoneses— de que la vida es bella pero efímera. Así, el hanami embelese el cliché del sólo se vive una vez y la adictiva mentira de disfrutar el momento. Nos recuerda la celebración que debería ser el cotidiano vivir y aunque no tenemos la certeza de volver —a florecer— una vez muertos, más nos vale considerar la brevedad de la belleza y ponerla en nuestro contexto diario para no olvidar que estamos de paso.

Del mismo modo, cada estación de este Tranvía me recuerda la urgencia de desacelerar para darle lugar a cosas que, en un día normal, me pasarían desapercibidas.  Encuentro en cada andén la pausa que pide el alma para contemplar su propio florecimiento, su propio hanami, como un suspiro de desahogo ante la imponente monotonía del caos. No es raro que al final de la lectura termine conmovida, como si se tratara del fin de aquel ciclo de diez días por el cual la belleza nace, resplandece y muere.

No es abril ni primavera, no hay cerezos en México ni acostumbramos a reunirnos a las faldas de un árbol a filosofar sobre el paso de la vida, pero diciembre me pone sentimental y sirva esta reflexión como despedida de año, como esa pausa obligada para replantearnos el rumbo si es que queremos seguir andando. Yo nunca he visitado Japón y es muy poco probable que lo haga pronto, mas puedo decir que he contemplado las flores y, mejor aún, he disfrutado el viaje.

 

Abby García

Objects in mirror (2)

*

Si me hubieran preguntado entonces qué era el amor hubiera dicho que era ese rincón de la hamaca donde me permitía dormir cuando el miedo me impedía cerrar los ojos y amenazaba con arrebatarme el corazón.

Hubiera dicho que era su mano estrujando la mía con urgencia para cruzar la calle, atravesar el mercado o apresurar el paso hasta la siguiente farola encendida. Eran su mano y ese dolor preciso que sólo infligen quienes nos aman.

Si me hubieran preguntado qué era el amor, hubiera pensado en un vidrio muy frágil y transparente capaz de contener en su interior todas las noches estrelladas, todas las sonrisas, todos los días de verano y todas las flores a punto de brotar.

Pero a los ocho años nadie me preguntaba nada.

**

Hoy me preguntan muchas cosas, pero no qué es el amor.

Mis respuestas han cambiado porque ahora sé que uno no mira el vidrio frágil y transparente desde afuera, sino que el amor consiste en encontrarse siempre adentro a punto de tropezar y desencadenar una secuencia de pequeñas catástrofes que terminarán por lo romperlo

            y lo que es rompible está roto ya

                        dicen.

Por eso es necesario andar a tientas, muy pendiente de la sutil disposición de los objetos, de la elocuencia de las manos, de los rincones compartidos y de las flores ya olvidadas. Es indispensable reconocerse en ese espacio múltiple que a cada segundo se modifica y nos desordena, que nos sorprende como las puertas que en un sueño conducen a la brisa serena de una playa o al abismo.

***

Si hoy me preguntaran qué es el amor mi respuesta la encontraría en el fondo de un espejo

:

La miro a ella a través del retrovisor. Lleva una blusa blanca, el cabello lacio, castaño, recogido en una coleta y una sonrisa radiante

obscena (fuera de escena: se desborda y da la vuelta al mundo en un segundo)

y clara. Intento leer en medio de esa sonrisa una canción, pero ella no canta. Me pongo a buscar en el asiento del pasajero al responsable de aquella magnífica sonrisa pero sólo encuentro un espacio vacío.

Algo brilla en sus ojos. Es una luz muy suya que al refractarse se estrella en todos los espejos de los autos, deslumbrándonos de claridad.

El tránsito no avanza, pero a ella no sólo no le importa sino que hasta parece hacerle gracia.

****

Miro por el espejo lateral y lo encuentro a él. Leva una camisa azul, el cabello negro impecable y la sonrisa enmarcada en una barba de candado. Él tampoco canta, él también va sólo en su camioneta, a él también le brillan los ojos con un resplandor de otro mundo.

Los miro alternadamente y algo de esa felicidad suya se me mete en la boca y canto y sonrío y dejan de importarme el embotellamiento y llegar tarde a la oficina.

Ellos se miran de un vehículo a otro y la sonrisa de ambos se hace una. Yo, desde afuera, contemplo fascinada el interior del vidrio transparentísimo que ellos han construido y advierto cómo se iluminan todas las noches estrelladas y los días de verano, cómo en ese encuentro se abren las flores y se detiene el tiempo.

*****

La impaciencia de un claxon nos arroja de vuelta al movimiento lento pero definitivo de la fila de autos. Me pierdo por un momento en mi camino, en los minutos de retraso, en los pendientes. Miro por ambos espejos en busca de ella y de él. Sus carros se separan con calma. Ambos ríen. Él levanta una mano que lanza un beso, ella lo recibe delineando con sus labios un “te amo” inaudible.

Una vez más, los objetos en el espejo se encuentran más cerca, mucho más cerca, de lo que aparentan.

Karla Marrufo

XXV. Samya

El Colectivo Pink Hat convocó a las 13 horas para una protesta de besos en estación Tormenta. Algunos despistados creen que se trata de besar a quien más les guste. Otros creen que será uno de esos experimentos que circulan por internet donde tienen que mirarse fijamente a los ojos por un minuto y luego besarse apasionadamente. Lo que Samya sabe, porque ha ido a varias protestas, es que el evento consiste en agrupar a las personas por sus preferencias políticas y después de que todos han accedido a participar con un beso, se les comunica que besarán a alguien del grupo contrario. Samya piensa que detrás de cada boca hay una cabeza con una acumulación de ideas más o menos correctas, más prejuicios, desinformación, conveniencia, y, porque se siente una persona promedio, que probablemente su cabeza tenga más o menos la misma cantidad de basura que la de los demás. Pero en algo sí cree y es en la abolición del odio. Odiar sólo lleva a la ruptura, lo sabe porque ha odiado y ha sido odiada. Y no quiere vivir en un país donde las decisiones se tomen odiando a los de enfrente, vamos, no quiere ese estilo de vida ni para su cuadra o su edificio. No le desea eso a nadie. Así que en un acto pacifista está dispuesta a darle un beso a algún enemigo político, como una afirmación simbólica de aceptación a pesar de las diferencias previas a cualquier diálogo.

En la entrada, los de Pink Hat reciben a todos con pancartas para que no quede duda: quien entra a la estación acepta los términos de la protesta. Samya está formada. Mastica un chicle de hierbabuena para causar una buena impresión. Mira en todas direcciones y cree no equivocarse en su lectura sobre a qué partido político corresponde cada persona. Se lleva algunas sorpresas. Cuando los acomodan, el barbón de lentes y suéter hippie se va al partido conservador mientras una señora de traje sastre y tacones queda en el partido comunista. Cada quien va sonriendo a “los suyos”. Samya queda en el partido de izquierda que jamás ha tenido un presidente en el poder. Ha votado por ellos desde los dieciocho.

Samya espera, pero siente una mirada fuerte y no sabe si levantar la vista. Quema, es una energía que podría reventarle la cabeza en una sobreexposición. Levanta la vista y es el barbón de lentes a unos cuantos metros, desde el ala conservadora. ¿Acaso la está odiando? Samya desvía la mirada.

El colectivo Pink Hat da unas instrucciones mientras una pareja de chicas adolescentes demuestran los besos permitidos y luego los no permitidos. Son muy explícitas, quedó claro para todos.

 Comienzan a hacer las parejas y a Samya le toca un hombre mayor del partido de centro-derecha. Cuando dan la señal, el hombre mira a Samya con miedo y responde con una mueca de asco a la expresión amistosa de Samya. El señor sale de la fila y se marcha diciendo “No puedo”, “No puedo”.

Un chicho de Pink Hat toma a otro conservador y lo lleva hasta Samya, es el barbudo de lentes. A Samya no le nace sonreírle. Le parece un embustero que en realidad quiere mirar a los ojos a todos los que odia. Quiere provocar. ¿Y si es de los que a la hora de la hora sueltan una mordida y salen en las noticias? O tal vez quiere ser besado para someter, sentir la prepotencia de aceptar un beso con desprecio. Ahora es ella la que siente un gran rechazo. No quiere besarlo, no se siente capaz de no odiarlo. El hombre ve la tormenta en Samya; cierra los ojos, respira profundo y después de una larga exhalación, los abre. Su rostro está neutro, como una página en blanco. Samya siente el trabajo de voluntad que está haciendo ese hombre y quiere poder quitar su propia cara de asco y enojo antes de ser ella quien se marche diciendo “No puedo”.

Todos a su alrededor ya se están besando. La mujer en tacones se agachó un poco para besar, primero en las mejillas, luego un beso suave en la boca, a su regordete y moreno equivalente conservador. Otros antagonistas sí que se están besando en el límite de los besos. Hay pasión y juventud en muchos, evidentemente.

Samya y el barbudo se ríen. Parecen dos ridículos adolescentes tímidos en una kermes. Samya dice “paz” y se acerca. El dulce olor a hierbabuena llega hasta las barbas del hombre, que responde “paz” y se acerca otro poco al rostro de Samya. Miran sus labios sin deseo, con respeto, con reconocimiento. Se besan. No están preparados para esa tibieza pero la abrazan, dejan que llegue hasta sus ideas y prejuicios. Para eso están ahí. La tibieza y suavidad de ambos labios quedará grabada en cada uno y cuando todo el mundo esté incitando al odio y a la descalificación, Samya, el barbudo y algunos cientos más de pacifistas amorosos, repetirán que el odio no es el camino.

 

Mónica Flores Lobato

Frascos

Fracaso y frasco comparten letras pero no circunstancia.

El frasco encierra, o puede encerrar: frijol, granos de elote, azúcar, clavos a medio oxidar, leche en polvo y una larga lista de objetos siempre que estos le quepan por la boca.

El fracaso, en cambio, almacena toda clase de otras cosas y es capaz de contener elementos de gran volumen: años de la vida, aspiraciones, recetas fallidas, afectos imposibles y cosas con engañosa apariencia de buena idea.

Al frasco se le puede dejar en la vitrina, debajo de la cama, adentro de la nevera. Es así que uno puede salir y hacer su vida, conducir el auto, besar a un bebé o contemplar la tarde sin que el recuerdo del frasco haga su aparición por la memoria.

El problema del fracaso es que se prende al cuerpo, que no a la ropa (situación que sería mucho más sencilla), y valiéndose de un sofisticado mecanismo se incrusta en cualquier elemento que uno se haya propuesto disfrutar. Se le puede ver allá, como un marsupial indeseado justo al final del jajajá o en el último sorbo del café.

Uno se puede llenar de frasquitos de todos los colores y tamaños porque nunca se sabe qué cosa requerirá almacenamiento. A quien guarda frascos se le llama precavido.

Por otra parte, uno puede llenarse también de fracasos de variada profundidad porque el anhelo es terreno fértil para su propagación. A quien guarda fracasos no se le llama de ninguna forma porque de los fracasos no se hace alarde, como sí se haría de los frascos.

Yo, por ejemplo, no tengo frascos secretos pero sí fracasos inconfesables de distintos modelos. Algunos con la boca más ancha que los otros.

Los frascos por lo general no varían de tamaño, por eso uno puede confiar en que la alacena no estallará un día, de buenas a primeras, ni se vaciará a menos que una mano intervenga. Con los fracasos es un poco distinto porque, cuando hay suerte o tiempo, llegan a desaparecer. Lo malo es que son autónomos en cuanto a su capacidad para expandirse y es ahí cuando la cosa se pone difícil.

Ojalá los fracasos se parecieran más a los frascos —pienso—, y ya con ese deseo contribuyo a la multiplicación.

 

Lolbé González Arceo

A la espera

Esa mañana y rumbo al trabajo se repetía a sí misma que debía esperar. Había aguardado durante el fin de semana tratando de restarle importancia al tema; pero ya no le era posible ver lo sucedido como una nimiedad. A cada paso se convencía más: sabía que al llegar el lunes, su cuerpo volvería a temblar de gozo al estar frente a él. Pero también, y bien lo sabía, iba a sentir el vergonzoso descenso emocional, el descalabro, la ruptura de su propia imagen, sin saber cómo restablecer el vínculo entre los dos.  Si él la repudiara, si hubiera pedido cambio de departamento, o algo así, no podría soportarlo Se había esforzado en esperar hasta el lunes, y ya era lunes; un día como todos, o así debía de ser.

Al llegar a la oficina y verlo, la dicha la cubrió; él ya estaba allí, absorto en la revisión de unos folios. Se saludaron con un inocente buenos días y se aplicaron a su trabajo. Volvía a estar cerca de él, los dos muy próximos, juntos una vez más. Cada uno se enfrascaba en sus labores como si nada hubiera pasado.

Por el gran ventanal de la oficina entraba la luz lujuriante de verano, echándose con abandono felino sobre los sobrios muebles.  Las brillantes baldosas del pasillo ataviadas de luz, marcaban la distancia que mediaba entre los dos únicos ocupantes del enorme espacio.

Ella giró la cabeza hacia él y, con disimulo, observó al joven: pulcro, resuelto, atractivo, enfrascado en lo suyo… y distante.  Al menos está aquí, se dijo. El tenso ambiente parecía aguardar las palabras que no se daban. Era tan diferente a otras ocasiones cuando el silencio era roto por ella iniciando la charla. Pero no era así esta vez, y en el espacioso local imperaba, junto a la callada voz de los papeles, la indiferencia.

Era como si él también hubiera estado esperando al lunes, resuelto a ignorar el incidente. Qué tonta, se culpó; esperando el lunes solo se había desgastado maquinando aclaraciones y disculpas, y ahora estaba convencida de que aquel silencio era lo mejor para los dos.

Sintió de pronto el impulso de agradecérselo. Después de todo él era tan gentil al no hacer alusión al hecho reciente, cuya reminiscencia la avergonzaba ahora.  Pero cómo empezar:  “Cuánto te agradezco el que… Gracias por… Qué bueno que…” Se dio por vencida. Era inútil, tenía el pensamiento entorpecido y la elocuencia   desahuciada.

Gran dilema para una mujer de costumbres antiguas y con ese fardo implacable de ser tan como era ella, pensó.  Bien, le daría las gracias y también ella intentaría no recordarlo más. Pero cómo iban a bloquear la asociación de ideas, la recreación los llevaría al recuerdo insalvable. Lo conducente era darle sepultura, como a un ave débil y agonizante que acabara de morir. Mencionar era revivir, no existía un modo de aludir a un no pensar, sin pensar en ello.  Recordaba aquella película donde un fiscal manipula a los miembros del jurado pidiéndoles no pensar en un caballo azul, logrando precisamente lo contrario, que surgiera en las mentes un imprevisto galopar color añil.

La memoria la hacía regresar otra vez al motivo de su sonrojo.  Pudo verse y oírse de nuevo ante él, expresándole sin pudor audaces pensamientos y deseos locos. Era como ver pasar una procesión de sombras culpables, cuando inexplicablemente habían brotado de sus labios las desatinadas palabras. Cómo había podido pronunciarlas con aquel desenfado, cómo fueron saliendo sin inhibiciones.   Sintió vergüenza.  ¿Por qué lo había hecho, si nunca había sido alentada por él, si sólo podía aspirar al impersonal aprecio del joven compañero de trabajo? Había expuesto algo tan valioso, su cercanía cotidiana, los gratos momentos de conversación.

Furtivamente volvió a fijarse en él; su rostro varonil denotaba concentración en el trabajo del día.  Aquel abordaje del pasado viernes, iniciado por ella a pesar de ser una mujer de habitual timidez, timidez que se había ido disipando al calor de las palabras y los sentimientos, permitiéndole pronto hablar sin cortapisas, al ir otorgándose a sí misma y en secreto los justificantes a su conducta inusual. Como si esperara la dispensa que otorgamos a los desconocidos cuando, en ciertas circunstancias, nos platican audacias un tanto vergonzosas, confesiones que recibimos con cierta indiferencia al no tener vínculos emotivos con ellos.

Luego, varias veces, llevándose de encuentro su vanidad femenina, se había preguntado ¿en verdad no le gusté, no le parecí guapa?   Era inútil el cuestionamiento ahora.  Quizá había intentado salir de su asfixiante existencia, un capricho tardío en su solitaria vida de mujer sola. Se preguntaba si él habría percibido esto. Pero finalmente qué importaba; ni ella misma lo comprendía del todo.  Mas no recapitularía ni en los gozos ni en las atriciones, pensó.  Nada había para celebrar, pero tampoco para reprocharse.  De qué le serviría ahora revolcarse pesarosa en el polvo del arrepentimiento.

Desde ese momento le negaría la cabida a más emociones atormentadas… Después de todo, qué había sido si no un simple encuentro entre un hombre y una mujer, eso era lo que un hombre pensaría, y claro, con la peculiaridad inusual de haber sido propuesto por la mujer.  Y de ello ya se había arrepentido lo suficiente.  Ahora, él le extendía con gentileza el olvido, y ella estúpidamente hasta quería darle las gracias; qué patética.

Había sucedido como cuando los fuegos artificiales llegan inesperadamente y atemorizan y fascinan a la vez, así la poblaron chispazos de luminosa evocación. Se volvió a ver a sí misma, conviniendo con él una cita, fuera del sitio de trabajo, y se recordó confesándole sentimientos amorosos que la ahogaban. Aquella  noche junto a él, en íntima entrega, de pronto se halló  preguntándose,  “Qué hago aquí, qué es esto”, y reconocido tan solo un trastorno de los sentidos, de las pasiones incendiadas de dos, como si en ella habitara una extraña e irreconocible mujer  que había hablado desde dentro de sí.  Pero había sido ella, sólo ella quien, caprichosamente, se había atrevido, sin ninguna cortapisa, a entregarle su intimidad a un hombre, al decirle me gustas mucho, pienso en ti, te deseo, bésame.

Y había algo más.  Algo que se dio entre la cercanía de la piel, de la respiración, de las palabras surgidas entre los sentimientos y la pasión, en ese lapso eterno entre la sorpresa y la entrada al gozo, del placer, horas antes de la despedida.  Había aprendido que después de la entrega de dos cuerpos descubriéndose e inventándose, ya nada era igual entre ellos.  Pero así como paladeaba íntimamente su sueño realizado, también probaba ahora la amargura del arrepentimiento.

De nuevo miró hacia él, enfrascado en la lectura de algunos papeles.  Volvían a sus rituales, los dos bien plantados en la cotidianeidad. Comprobaba que no quedaba ningún resabio y, superado el peligro, se sentía bien. De nuevo amigos; pero no, el trato entre ellos nunca había alcanzado ni siquiera el rango de amistad. Ahora, de vuelta en la rutina, vivía el momento embarazoso, deseando decirle gracias por no acordarte, pero optaba por el silencio, un mudo gracias, un mensaje callado y sin riesgos, porque tras su atormentada penitencia a la espera del lunes, se sabía ya exculpada de su pecado de transgresión,

Y también sabía que ya comenzaba una nueva espera, distinta, larga e ilimitada, porque era ahora cuando empezaba a amarlo verdaderamente.

Graciela Ramos Domínguez

Historia de un paraguas

Hay cuentos que se parecen a otros cuentos, personajes que brincan de una historia a otra como los lobos, las brujas, las abuelitas y una que otra princesa que se queda dormida durante toda la historia o no duerme por un simple e infeliz chicharito, el guisante, no el futbolista.

Es por eso que pido un poco de indulgencia para el protagonista de esta historia que es un paraguas de color rojo.

Evoco alguna memoria visual en que sobresalía de todos los demás paraguas en una ciudad gris para encontrar el amor. ¿O era amarillo? No sé, en todo caso piensen en este como en otro capítulo de su vida.

Como todos tuvo sus momentos de gloria. Salió de la tienda, reluciente, hermoso y gran protector. De la lluvia, del sol, hasta de algunas señoras abusivas del metro. Funcionó como espada y bastón, provocó elogios entre la concurrencia. Pero su fortuna terminó y no porque lo perdieran como le ha pasado a tantos de sus compañeros olvidados en salas de espera, restaurantes, oficinas de gobierno, bancas del parque o casas ajenas. No, le pasó tal vez lo más terrible.

Un día sintió como empezaba a ceder el segurito que lo mantenía cerrado, hasta que se rompió y de pronto dio un salto del perchero y se abrió al llegar al piso, repentino y escandaloso como el hipo de un borracho.

En ese momento corrí desesperada inmediatamente a levantarlo, pero cuando traté de cerrarlo me di cuenta del terrible desperfecto. Ya poca gente se fija en ese tipo de cosas, pero por desgracia lo había comprado yo, una mujer supersticiosa que de ninguna manera consentiría tener un paraguas abierto bajo techo. Mala, malísima suerte.

No dudé un minuto en ponerlo de patitas en la calle. Así abierto, expuesto al vaivén del viento, no tuvo de otra que echarse a volar.

Fue irónico, pero se sintió más poderoso en el abandono. Se convirtió en globo aerostático, pájaro exótico, cometa de papel y de polvo de estrellas, nube con pretensiones nocturnas de súper luna.

Justo cuando estaba en el paroxismo de su ego, con las alas extendidas en la punta la montaña más alta, se desató la tormenta y un rayo certero lo convirtió precisamente en los pedazos de la propia lluvia para la que estaba planeado que se defendiera.

Algunas gotas rojas cayeron sobre mi nuevo paraguas negro, dándole un poco de contraste.

 

Catalina Kühne Peimbert

Mujer que indaga

Le dijeron acude, y fue sin prisa.

Escuchó que el problema era que había flores arriba de las flores que impedían distinguirlas. Flores que no dejaban ver los colores de otras flores.

Le dijeron voltea, y vio el árbol.

Advirtió que había demasiados pájaros cantando. Que había música de pájaros encima del trinar de otros pájaros que hacía imposible diferenciar el canto.

Le dijeron abre los ojos, y miró al cielo.

Anotó que había estrellas dentro de las estrellas. Estrellas cuyo brillo desde adentro era más oscuro y triste.

Le dijeron es peligroso, y caminó hasta la orilla.

Vio la lluvia caer en el mar y a la línea que dividía ambas aguas unificarse hasta desconocer el final de la que cae y el inicio de la que descansa.

Le dijeron no lo sabrás nunca. Y pisó la arena y vivió los días y escuchó a los pájaros y se mojó en la lluvia y al ver las estrellas entendió que todo aquello no era mas que la vida escondida en sí misma.

 

Alisma De León

XXIV. Pina

Pina llevaba demasiados años en psicoanálisis y así como a los citadinos los delata la piel pálida, a los psicoanalizados los delata el musgo que deben rasurarse de la cara por las mañanas y la tierra que acumulan bajo las uñas cada vez que se ponen de rodillas para desenterrar su infancia. Han perdido frescura a cambio de tener en el piso de su memoria un catálogo de piezas identificadas, dispuestas y accesibles para explicar las siguientes piezas que se explorarán y clasificarán.

Pero Pina, justo ese día, se propuso vivirlo como “un día sin análisis”. ¿Podría dejar pasar las horas y tener una interacción con la realidad más instantánea? ¿Sería capaz de contener su instinto de escarbar a la primera provocación? ¿Existe la posibilidad de una mirada limpia? ¿Cómo sería pasar un día sin sentir el peso de todas las etiquetas y juicios que ya se había acostumbrado a cargar?

Pina casi muerde su puño al notar que de tres estaciones cercanas, sin chistar, ella había elegido estación Tormenta. Pero trató de que el nombre de la estación no le hablara, no le estuviera diciendo nada más sobre sí misma y sus acciones.

Si quería limpiar su mirada hacia las personas, debía dejar de juzgar lo más mínimo sobre ellas. Debía mirarlas y reconocer su total opacidad.

Pasaron diez minutos sin trenes y el andén se llenó. La gente miraba impaciente sus relojes. Punto. Tenían caras de angustia o fastidio. Punto. Pina se sintió afortunada por partida doble: durante diez minutos su mente había estado callada y además había conseguido asiento.

De pronto llegó un hombre que se sentó en la esquina izquierda de la banca al que Pina tuvo que mirar rápidamente a los ojos para no analizar su posible personalidad partiendo de juicios sobre la vestimenta, los colores elegidos, el tipo de zapatos, la higiene, etcétera.

—¿Puedo? —dijo él.

—Sí, claro —dijo Pina.

Pasaron dos minutos más sin trenes y el andén ya parecía un hormiguero. La gente se iba replegando hacia las paredes. Pina pensó que sería bueno platicar con el hombre y probar ser espontánea, fresca como si nunca hubiera pasado por un diván. Una mujer y dos hijos pequeños quedaron bastante cerca de Pina. La mujer, de pie, cargaba mochilas y tomaba a los niños de la mano mientras ellos decían “mamá, me quiero sentar”. “Mamá, ya me cansé”. “Mamá, tengo hambre”.

Pina le dijo al hombre que estaba sentado junto a ella en la banquita:

—¿Sabe? Cuando escucho la palabra “mamá” siento un deseo de sumergir los pies en agua caliente y quedarme dormida. Probablemente…

Y Pina habló durante 20 minutos más después de que el andén se hubo despejado.  Después de que la madre y sus dos pequeños lograron abordar. El hombre no supo cómo detener el flujo narrativo de esa mujer extraña que le estaba vaciando su vida y la ponía enfrente de él en piezas pequeñas y grandes con etiquetas, muy ordenada, catalogada, mientras salía tierra de sus uñas y un paño de musgo tupido comenzaba a cubrir su frente.

 

Mónica Flores Lobato