LOS OJOS DE MI PADRE

Me dicen que de mi padre soy los ojos. Los recuerdo. Cada vez más enrojecidos, cada vez más temerosos del polvo y el viento, ojos que he visto nublarse pero que guardan la misma precisión, la exactitud de un espejo.

Mi padre es el maestro de la mirada. A fuerza de mirar y mirar es capaz de distinguir lo que ya casi nadie ve. Más allá de sus estudios, mi padre es un médico forjado a la antigua. Un clínico. Si vamos por la calle le basta con observar los colores en los rostros, el cabello, las líneas, el tono de  los dientes, el matiz alrededor del iris, las manos. Así, observando, es capaz de decir si tal o cual persona come mal, si alguien padece de cirrosis o cualquier enfermedad hepática. El azul en los labios habla del pulmón, la oscuridad en los pliegues de la diabetes. Y lo mismo ocurre con las enfermedades del alma. Le basta mirar durante unos minutos el comportamiento de alguien para saber si el miedo, si la neurosis, si un antiguo dolor, si la migraña o una levísima propensión a los desordenes anímicos.

Incluso si no mira traduce lo mirado; para el diagnóstico es suficiente con una descripción escueta, nada fuera de lo habitual: derecha o izquierda, punzada o dolor continuo, rojizo o café. Ha aguzado la vista a tal punto que intuye lo mismo en los animales, pero también los mosaicos flojos en pisos y paredes, las casi imperceptibles desviaciones en los muros, la inexactitud milimétrica en la medida. Así, a mi padre no hay que decirle muchas cosas. Con él, que aprendió a mirar, es suficiente con guardar silencio. He ahí que a veces salgo con un vestido corto que deja al descubierto piernas y espalda. Él me mira de reojo y encuentra un moretón, una marca en el brazo, un piquete, un rasguño; en mi rostro un nuevo lunar, en mi hombro un golpe, en mis ojos un secreto, en mi boca un dolor que no tiene palabras ni nombres ni culpables. Casi nunca hace preguntas; con mi padre no hay necesidad de demasiadas explicaciones. Sabe, él lo sabe, si el moretón obedece a una caída o a un golpe; si el rasguño fue autoinflingido o alguien más dejó sus uñas, su paso, sobre mi piel. La convivencia diaria con decenas y decenas de seres humanos, seres en pena, seres que recuerdan su cuerpo a través del dolor, le ha enseñado a leer cada gesto, a descubrir la mentira y no menospreciarla por menos cierta que la verdad. Él reconoce la culpa, reconoce la fragilidad y valora, sobre todas las cosas, lo que no se dice. Por eso en días en los que todo parece estar fuera de lugar,  no hay otra persona cuya silenciosa presencia pueda devolverme a la cotidianeidad sin fisuras, sin sobresalto; devolverme entera, como si un pintor en su fantasía me colocara ahí y dibujara una infancia, trazando olas, una madre, un hermano y pasillos de hospital. En esos días revueltos sólo busco a mi padre y a sus ojos que me seguirán siempre, esos que ven todo lo que yo no: lo que viene, lo que está más allá.

 

Nidia Cuan

Ausencia programada

Julián salió de mi casa una tarde de jueves, casi cuarenta y cinco minutos después de que terminó la transmisión en vivo del partido de futbol.

Lo primero que hice tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse fue mirar el reloj, eran las 6:53pm. Me quedé ahí parada, como si de mi quietud dependiera la única posibilidad de que el universo conservara su forma. Contemplé el girar de las agujas hasta que dieron las 7:01 y Pitahaya, la que hasta entonces había sido nuestra gata, me mordisqueó uno de los dedos de la mano.

Me pareció ilógico que alguien se fuera así, de un momento para otro, porque siempre he tenido claro que lo último que se va es el cuerpo pero hay otras cosas que empiezan a irse desde antes, poco a poco. Traté de entender desde cuándo habría empezado a irse Julián, me llené de rabia al pensar que lo había planeado desde antes de las 3pm de aquel día y que decidió esperar cuatro horas nada más solo para ver, tranquilamente, cómo quedaba el marcador del juego.

Quizá, pensé, su determinación de dejarme había tomado forma esa misma mañana, al abrir los ojos, pero el olor a chilaquiles y café recién tostado lo habían hecho postergar la partida.

Nunca se sabe, a lo mejor las cosas venían desde más atrás, desde el día en que cambié de fecha mi exposición en el museo porque él ya había planeado una cena para los jefes de su compañía. Pudo pensar, por ejemplo, que los ravioles estaban bien y la ensalada en su punto, pero que no podía permanecer tanto tiempo al lado de una persona con tan poca convicción, una que a la primera solicitud lo mueve todo para complacer.

Aun con toda esta evidencia me queda sospecha de que él empezó a irse hace dos años, la noche en la que hablamos por primera vez. Me dijo su nombre a las ocho en punto y lo recuerdo bien porque el reloj de péndulo del salón hizo un escándalo que me obligó a preguntarle de nuevo cómo se llamaba. Estoy segura que desde ese momento supo que se iría un jueves como hoy, a las 6:53pm.

 

Lolbé González Arceo

CASI FELIZ

Desde acá todo se ve más claro. Desde acá se ve la salida. Por ahí entré. Por la salida, decidida. Hice muchas cosas al revés. Llegué cuando todos se fueron, al final. Y ahora, en vez de bajar, permanezco arriba.

Aunque la verdad es que estando aquí, el arriba y el abajo pierden el sentido por completo.

Estoy tranquila, casi feliz.

Y pensar en el miedo que me daba, manos temblorosas, mirada itinerante, piel de gallina, no pensaba hacerlo nunca. Era una promesa. Olvidé mis preocupaciones por mucho tiempo. Cada vez que pasaba por la feria miraba hacia el cielo y respiraba tranquila.

Pero los años fueron empolvando la promesa, la oxidaron y le quitaron el brillo, hasta que lo único que quedó fueron sus cualidades de pretexto.

Un pretexto muy versátil por cierto, no lo creerían. Así son los pretextos nacidos y alimentados de miedo. El miedo engorda al pretexto y el pretexto al miedo, como si fuera una de esas serpientes que se comen su propia cola por toda la eternidad. Cada día más grande, cada día más gorda.

Primero fue la negativa a subir y poco a poco la negativa a todo lo demás.

Siempre dejé todo para otro momento. Seguro habría alguno más apropiado, seguro si esperaba un poquito más nunca me pasaría nada.

La vida me pasó de largo y se volvió plana.

Lo que sí sucedió fue que cada célula de mi cuerpo tenía miedo. Miedo a atreverse, a romper las promesas, a que nadie subiera con ellas, a dejar de tener miedo.

La promesa era mi barrera.

Me oculté tras ella de forma que nadie pudiera ver demasiado de mí. Ni siquiera yo misma. No la pasaba bien, no la pasaba mal. O no lo sé, no lo sabía.

Hasta hoy. Estaba dormida y desperté. Me despertó el ruido de las cancioncillas irreales e infantiles de la feria. Me despertaron sus chirridos mecánicos y las risas de los niños y los pregones del altavoz.

—¡Últimos días! ¡No se lo puede perder!

Recuerdo que me soñé viendo hacia la rueda que subía y bajaba, mientras todos sus ocupantes se reían de mí. Yo trataba de correr a su encuentro, pero estaba pegada al piso como una estatua a su pedestal. Trataba de gritar, de reclamar, pero mi boca no emitía sonido alguno. Trataba de llorar y lloraba. Me desperté llorando. Estaba dormida.

La música me tranquilizó, me dejó en una especie de duermevela, pero me levanté. Llegué hasta acá sonámbula.

Esperé en casa hasta que bajó el barullo. Me abrigué y tomé algo de dinero de la cartera. No cargué con nada más, preferí caminar.

Pude sentir las miradas de la gente sobre los hombros, aunque no me conocían sabían perfectamente que todo había cambiado.

El muchacho que la controlaba me advirtió:

—Estamos a punto de cerrar.

—No importa, sólo quiero dar una vuelta.

—Pero es que sería usted la única en subir. ¿No le importa hacerlo sola?

Le extendí un billete que cubría tres vueltas con la rueda llena.

—Si a usted no le importa, no.

Por supuesto que no le importó. Me ayudó a subir al asiento y aseguró la oxidada barra metálica a la altura de mi pecho.

—¿La quiere con luz y música?

—Por favor.

Un escalofrío me llegó con una ráfaga de aire.

—No tenga miedo.

—Si tengo, pero no importa.

Me sonrió y arrancó el juego. Conseguí dar dos vueltas en éxtasis absoluto. El importante viaje duró un instante. Después se oyó un crujido, se fundió la luz, cesó la música y la rueda de la fortuna se detuvo conmigo en el cenit.

El muchacho me hace gestos desde abajo para tranquilizarme.

Estoy tranquila, tengo el pretexto perfecto para no volver a hacer una promesa.

 

Catalina Kühne Peimbert

Clóset

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Un día, hace muchos años, descubrí que guardamos los recuerdos en los ojos. Es por eso que basta apretar la mirada para que la nostalgia nos caiga encima, para que el pasado nos aplaste con aquello que el corazón añora de aquellos días.

Sucede que llevamos en el interior de los ojos un clóset repleto de cajitas ordenadas, y no tanto, unas sobre otras. Su materia y forma varían de acuerdo al tipo de recuerdos que almacenan: algunas de ellas guardan incendios y al abrirlas, arden en la oscuridad detrás de los párpados. Otras más grandes albergan días lluviosos o mares enteros, y es suficiente moverlas un poco para que el clóset se inunde y se desborde hacia afuera.

Están también esas que guardan insectos: la de las mariposas que gustan de jugar dentro de los vientres o de los ciempiés que se divierten haciéndonos cosquillas en los labios.

A veces olvidamos manejar con cuidado las que encierran huracanes y sin querer éstos aparecen y alborotan todo, o despeinan; a lo largo del día es recomendable recurrir en repetidas ocasiones a las que guardan alguna canción para bailar, para sonreír, para llorar o para suspirar, y destapar de vez en vez las que guardan aromas para volver a los platillos de mamá, a los postres favoritos o  a la calma que habita en el sueño de un recién nacido.

Las hay de terciopelo o de cristal, de cartón o de acero. En forma rectangular o cilíndrica, de colores luminosos, estampados sicodélicos y hasta algunas que brillan en la oscuridad. Pueden llevar la etiqueta de algún nombre, alguna ciudad o alguna fecha. Existen, sin duda, las que en ocasiones olvidamos en los rincones y se empolvan, o se maltratan, pero siempre reaparecen y nos hacen estornudar con su polvillo, o nos apapachan en su melancolía.

He de decir que mi clóset se vuelve a veces mi lugar favorito. En ese momento, las cajitas de los recuerdos más recientes cobran vida, son las más pequeñas y traviesas, entonces brincan y bailan, y se carcajean, y me jalan hacia afuera con destellos de los días que me estoy perdiendo.

 

Abby García

Acerca de una alegría cauta y de cosas que quisiera no pasaran nunca

 

“Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del silencio”

Cristina Rivera Garza, “Dolerse, textos desde un país herido”

 

Esto sucedió un noviembre, hace tres años, pero podría haber sucedido ayer:

Planeaba dedicar el sábado para terminar de leer textos y no pude. Mis hijos y yo nos levantamos temprano y a las 7:45 a.m., cuando me encontraba preparando el desayuno, se desató un episodio más de los que la ciudadanía llama situación de riesgo. En mi ciudad, Reynosa, estas SDR pasan con más frecuencia de la que desearíamos. Lo diferente en esta ocasión es que, parte de ella, se desarrolló en el terreno contiguo al lugar en el que vivo.

Una camioneta, en plena huida, perdió el control y se estrelló contra el poste de luz de mi casa. La mañana se transformó en pesadilla. El grito de una mujer horrorizada se sumaba al entorno de gritos, voces, pausas y balas. Corrí por mis hijos, nos refugiamos en el clóset y tan solo una pared nos separó del terror.

Permanecimos escondidos durante hora y media. En ese tiempo, temí que alguien se brincara la barda y entrara a mi casa. Me atreví a salir del closet hasta que mi madre llamó para decirme que mi tía, quien vivía en la casa de al lado, le había dicho que los únicos que quedaban en la calle, rodeando mi casa, eran los de la Marina y el Ejército y que los sonidos que ahora yo escuchaba eran los de la grúa al retirar la camioneta.

Por los daños en el poste, nos quedamos sin luz casi todo el sábado. Las lecturas pendientes para ese día trataban sobre la guerra, la que por lo general vemos y sabemos lejos pero después de esas primeras horas no sentía ánimos cuando una, desde hace muchos años ya, se libra a mí alrededor. Entonces comencé a preguntarme si sería posible escribir sobre el dolor desde el terror. Después recordé el horror al enterarme de lo sucedido a los estudiantes de Ayotzinapa y el dolor de saber, por otra parte, de todos los desaparecidos que tiene mi norte. Todos esos desaparecidos de los que nadie habla o habla poco y olvida fácil. Me enojó pensar que cada que algo pasa en mi tierra, si acaso se sabe, se convierte en noticia, tuits, de un día. Parte de algún programa informativo o de debate que termina por resumir nuestro presente en una frase: Tamaulipas es un Estado fallido. Eso somos. Y vamos a un corte.

Me encolericé, pero en esas primeras horas el dolor fue mi voz. Me costó alejar el sentimiento y comprender que sí, que quizá por fin, que tal vez Ayotzinapa nos ayudaría a poner un punto final a este enunciado de impunidad que se antoja eterno. Luego el sábado se me vino encima. Y la desesperanza y el sinsabor llegaron con esa hora y media en que estuve encerrada con mis hijos. Y me pregunté de qué sirve. Y esas horas se transformaron en herida al escuchar a un niño de siete años decirme que no podía quitarse lo que había vivido de la cabeza, un niño que lloraba si lo dejaba solo.

Esa mañana de noviembre, al despertar, les había prometido colocar el pinito navideño. Lo hicimos por la noche. El ser humano –nosotros– no se acostumbra; el ser humano –nosotros– tan solo sobrevivimos de la mejor forma posible. Y le seguimos.

Porque aunque de entrada nos paralicemos, después hay un resorte que nos impulsa a movernos, quizá más lento, quizá con una –ahora y para siempre– especie de alegría cauta. Al día siguiente a ese sábado, de pronto, al barrer, trapear, manejar, leer o escribir, me volvía el nudo a la garganta y con él, el miedo y de nuevo, las ganas de llorar.

Dice Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás: “A la hora de recordar, la fotografía cala más hondo” y, sin duda, las fotografías, como dice Sontag, movilizan, hacen patente el horror de lo que sucede en otros lugares y lo congelan en la memoria. Las fotografías, nos dice también, mueven a reflexionar; pero, aun así, ¿cómo se retrata el grito de la mujer que se encuentra en el lugar y momento equivocado, cómo su sonido? ¿Cómo el estruendo de una sucesión de balas? ¿Cómo el miedo constante? ¿Cómo hacerlo si no es con palabras? ¿Hasta dónde nos acercan, de verdad, al dolor y la realidad de quien vive la guerra? ¿Hasta dónde una imagen quebranta la inmunidad del ser humano que formula dictámenes de sobremesa acerca de lo que sucede en otra parte?

¿Hasta cuándo?

 

Alisma De León

XVI. Lorenza

Lorenza arrastra los pies por el andén. Busca y disfruta el sonido que hace la fricción de sus suelas contra el mármol. Mis sueños son tan vívidos, piensa. Más reales que el pasado: son pasado. Prefiere no observar a la gente que pasa con prisas antes de empezar. Algunos van comiendo sándwiches, tamales, donas o pan dulce caliente. Las migajas caen por todos lados. Lorena retira con la punta del pie las migajas que están en su territorio y pone la grabadora en el piso. Prende y busca el track 03.

Anoche sobreviví al final del mundo, piensa.

Un chelo inicia la canción en modo menor. Ella deja correr la música como si fuera normal llegar con una gran grabadora a una gran estación y empujar el silencio hacia las vías o a la salida del andén de enfrente. Es junio y está por empezar el verano. Hace calor; llueve.

El aire de la estación se siente espeso. Apenas son las ocho de la mañana y ya huele a sudor y comida. Lorenza no siente ganas de cantar, y aún así sube el volumen de la grabadora. Es su trabajo. Inhala, clava los pies al suelo, empuja leve el diafragma; canta. Al principio, la voz  tropieza. Hay una canción atorada como un Ícaro, pegada a los labios de Lorenza.

El lagarto está llorando… La lagarta está llorando.

Es un poema de García Lorca que ella misma musicalizó.

Anoche, Lorenza soñó otra vez que era el fin del mundo. Afuera de la estación Tormenta el cielo estaba rojo, había dos soles y la gente estaba en el último grado de desesperación posible. Curiosamente, evocar la pesadilla con un fondo de chelos en modo menor le prestó algo de vida. Sintió un bosque a sus espaldas y no yeso descarapelado.

Lorenza encuentra su columna de aire. Ya puede vibrar, lanzar la voz a la cabeza. Por fin, la canción surge.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¿Son más reales las monedas que le deja su público de paso que las personas que en su sueño corrían como hormigas extraviadas, en gritos, en horror, porque el cielo se estaba abriendo?

¡Ay! su anillito plomado.

Lorenza apenas es el perchero de su vestido gris y de sus zapatos cafés, pero cuando canta produce escalofríos. La canción entra en el público y los desgaja antes de partir a sus trabajos. No es su voz clara, ni las notas altas de afinación precisa, es otra cosa. Lorenza canta desde adentro y hacia la nada. Hoy canta hacia alguien que vive en la nada: el hombre desconocido, ese que apareció anoche en la pesadilla del fin del mundo. Él la reconoció entre la multitud del sueño y la tomó de la mano. Ella en el sueño sabía, y se lo dijo a sí misma: esto es el fin, y lo acompañó a una habitación alta, con vista panorámica de la destrucción terrenal y el cielo rojo. Ella lo abrazó. Él le quitó la ropa. Se besaron con gritos de madres nombrando a sus hijos y niños llorando de fondo. Ante el fin, decidieron que la devastación los sorprendiera rumbo a los límites de sus cuerpos.

Mientras Lorenza canta a Lorca recuerda la urgencia del sueño. Caería el meteorito, o sonaría el maldito despertador, ella sólo quería sentir que habitaba por completo y exuberantemente su cuerpo, como nunca, un instante antes de que todo acabara —la vida, la noche, el sueño—, y ella fuera arrancada de la experiencia limítrofe más enérgica de su vida.

¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran!

¡Ay, ay, cómo están llorando!

Lorenza levantó las monedas. Apagó la grabadora. Se retiró a casa.

 

Mónica Flores

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Estaba perdida

Miré por cuarta vez el letrero pegado en la pared que indicaba los horarios de parada del autobús. Y estaba claro pero sólo si se sabía el número de autobús. Sin saberlo, primero debía descifrar qué significaba tanto número porque en ninguna parte decía el nombre de las estaciones.

No había nadie cerca de mí. Mis datos de internet se terminaron porque, sin querer, dejé la carga de fotografías automática que consumió todos mis megas.

Pasó un rato y cuando estuve a punto de ver por quinta vez aquella inútil información, llegó más gente a la parada del autobús. Un hombre alto, barbón, rubio con atices pelirrojos, se colocó justo al final de la acera. Al cabo de unos segundos una pareja adulta nos hizo compañía. Ambos se veían tan concentrados en su plática, que no me atreví a molestarlos.

Me acerqué al hombre rubio y le pregunté si sabía cuál era el número de autobús que me pudiera llevar a la estación que buscaba. Me contestó amablemente que no era de la ciudad y se disculpó por no poder ayudarme.

Agradecí y por un momento me rendí. Me imaginé caminando hasta encontrar una red wifi abierta para conectarme y revisar la ruta que me marcara el Google Maps, pero mis pies no daban para más. Tampoco quería descansar, anochecía y si de algo estaba segura era que mínimo estaba a una hora de distancia de mi destino. Asustada, lejos de casa, sin datos, cansada y con hambre. Jamás se me ocurrió que podía hacer algo tan sencillo: esperar el siguiente autobús y preguntarle al chofer.

Mientras imaginaba lo peor, escuché la voz de un hombre, noté que la edad ya había hecho de las suyas en él. Aun así, su tono amable me tranquilizó.

–¿Qué sucede señorita?, ¿puedo ayudarle?

Me miró preocupado. La señora que lo acompañaba me sonrió y analizó una hoja de periódico que llevaba consigo. Dejó que su –quizá– marido me ayudara.

–Quiero llegar a esta estación– señalé el mapa que había grabado en mi celular e inmediatamente me arrepentí. Probablemente el señor no se sentiría cómodo con estos artefactos tan nuevos. Su rostro hizo un gesto de intentar entender. Me sentí un poco mal.

–¡Ah ya!, sí, sí conozco… déjame ver – sentí una punzada de culpa por haber hecho un juicio anticipado. El señor analizó conmigo la tabla de información y murmuró algo.

–A estas cosas nunca le entiende uno – dijo finalmente.

Reí con él.

–Disculpa por no poder ayudarte, quizá lo que puedes hacer es esperar el siguiente autobús y preguntar al chofer.

Sonreí por la sencillez del asunto. “Pues sí, Sandra”, pensé.

Agradecí su amabilidad y me aparté un poco para sentarme a esperar.

Pensé por un momento en las veces que hago cosas porque considero que podría arrepentirme de no haberlas hecho: comprar algo que me gustó, ir a algún lado porque “ya estoy por aquí”, preguntarle el nombre a algún chico que me gustó en la calle pues, al final de cuentas, “no volveré a verlo”, tomar una fotografía “especial” porque así quiero recordar las cosas; y entonces me acordé que en alguna ocasión un amigo se tomó una foto con una mujer mayor que le pidió ayuda, para recordar lo bonito que se sintió ayudarla. “Quiero una foto con ese señor”, se me ocurrió “¡Ay! No, qué pena, ¿por una duda sobre el autobús?… bueno pero, me arrepentiré si no…”

Mientras decidía si sí o si no, el autobús llegó y en automático interrumpí mis pensamientos y me levanté a preguntarle al chofer quien me respondió de manera amable que tendría que esperar quince minutos más a que llegara la ruta 304ª para llegar a mi destino.

El hombre rubio subió mientras yo anotaba en mi celular la ruta. No podía olvidarla. Después alisté la cámara y busqué a la pareja. No me percaté de que ya habían subido hasta que los vi por la ventana.

Lamenté mi pequeña distracción, pero quería conmemorar su ayuda de alguna forma. Ésta fue la que encontré, espero que las letras le hagan justicia.

 

Sandra Ramírez

Los dichos de Irene

Irene decía que no importaba lo mal que las cosas estuvieran, siempre iban a estar bien. Cuando lo decía, y esto podía suceder en las circunstancias más diversas, yo comprendía su afirmación de modos muy distintos, uno más superficial que el otro. Frases hechas y tontas como “ve el lado positivo de las cosas” o “después de lo malo siempre viene algo bueno” acudían a mi cabeza cada vez que intentaba develar el misterio de su optimismo.

Irene solía decir que lo mejor de todo era que uno siempre podía ser feliz sin dejar de estar triste. Y ponía especial énfasis en ser, dejando muy en claro que no quería decir estar. Yo le sonreía con una candidez condescendiente y sincera, aunque tampoco lograba asimilar muy bien el sentido de lo que entonces me parecía una más de sus frases contradictorias.

Irene decía que sólo entre los tontos incomoda el silencio. Y entonces ella callaba con una media sonrisa de lo más elocuente y así nos perdíamos horas en la genialidad de un diálogo silencioso que casi dejaba escuchar el ascenso del humo del cigarro y el café, y el desplazamiento de la tarde cuando se convierte en noche.

Irene creía en la reencarnación, en la felicidad, en el destino, en las coincidencias, en los sueños y sus revelaciones, en las personas y sus promesas, en las sonrisas tanto como en las lágrimas, en la música, en la luna, en que el mar era siempre el mismo y nunca igual, en la poesía –en especial en Altazor–, en la capacidad revitalizadora de una puesta de sol, en los múltiples universos esbozados en los ojos de los gatos, en la generosidad, en el sentido del humor y en el sentido común, aunque sabía que era el menos común de los sentidos. Además, Irene creía que la respuesta a todas las adversidades con el prójimo debía buscarse en la amabilidad, en una amabilidad genuina aunque costara un enorme esfuerzo manifestarla, en una amabilidad acompañada de una leve sonrisa y una mirada de confirmación.

***

Sobreviviendo voy a los plazos inaplazables de inicios de junio. Han sido estos últimos unos meses amontonados, llenos de asuntos en desorden, como si el tiempo se hubiera cambiado de casa y todavía siguiera con las cajas a medio vaciar, desperdigadas por todo el espacio de los días. En medio del caos volví a recordar los dichos de Irene y haciendo balance advierto que las cosas han estado mal pero que nunca dejé de creer que seguirían estando bien, he sido inmensamente feliz sin dejar de estar triste un solo instante, he guardado silencio y he sido amable aun ante la hostilidad del prójimo. Sigo creyendo en las felices coincidencias, en las promesas, en el mar y en los sentidos revelados en sueños. He procurado ser generosa y vivo atenta a los múltiples universos que habitan en los ojos de los gatos y en la poesía…

No se trata de una receta, pero descubro que funciona: al final de cada día, la vida se convierte en una suave complacencia, en una certeza –pequeñita, pero al fin y al cabo certeza– de que ser parte de este universo, de esta dimensión, es un privilegio maravilloso.

NICHOS DE OPORTUNIDAD

Últimamente me da por ver nichos de oportunidad en todas partes. Así con esas palabras que puestas en mi boca suenan  a todo menos a éxito rotundo.

Supongo que una parte de mí se ha dejado seducir por el discurso del emprendimiento, que entre otras cosas cumple con el objetivo de darme una razón para justificar el por qué hay que pasarse las vacaciones comiendo de abonado o acampando en la casa familiar: no he sido suficientemente emprendedora ni previsora ni libre ni atrevida ni ingeniosa ni innovadora.

Imaginé que el primer paso para ser una emprendedora era hacer una labor de introspección y ver cuáles son esas características de uno mismo que pueden servir para algo jamás imaginado por ningún otro ser. Descarté desde el primer momento mi facilidad para caer en pánico ante cualquier evento que ponga en peligro el frágil equilibrio universal, pues eso al parecer no le sirve a nadie para nada. Lo mismo hice con mi facilidad para carcajearme ante el más mínimo estímulo y con mi habilidad de hablar al revés.  Poco a poco advertí que mis mayores virtudes —ser capaz de comer lo mismo por muchos días, esconder el desorden en cajones y alacenas sin que nadie lo note y decir mentiras— no servían para absolutamente nada.

Sin ninguna idea en la cabeza, decidí ir mejor por rubros de negocio. Creí que tal vez podía dedicarme a vender algo, pero pensé que mi terror a incomodar a los demás me prohíbe insistir lo suficiente como para vender cualquier cosa, así sea el periódico por entregas. Lo mismo me pasó con las áreas de “asesorías” y “finanzas”, áreas que además no son para nada innovadoras ni atrevidas ni libres.

Ya con el cerebro seco, estaba a un paso de sentirme completamente desilusionada de mí misma por no ser capaz de encontrar nichos de oportunidad para mí, aunque bien lo he hecho con otros. Pero, ¡oh, sabio universo!, después de 24 horas de pensarlo, después de hiperventilar, dar vueltas como una loca alrededor de la casa y de googlear varias veces “1000 ideas de negocios” o “Ideas de emprendimiento”, me di cuenta de una cosa: soy suficientemente emprendedora como para levantarme todos los días e ir a mi nada innovador y poco estresante trabajo. Y eso ya es bastante.

 

Nidia Cuan

Las desventuras de Cástulo-escenario

Cástulo-escenario camina con dificultad porque lleva alrededor del cuerpo una complicada estructura en forma de caja, que empieza en la cintura y termina arriba de la cabeza. De este modo, su rostro queda enmarcado a los lados por cortinas de rojo terciopelo y lleva, hasta arriba, un foquito que solo enciende en ocasiones especiales, por ejemplo, siempre que tiene algo que decir.

Se rumora que proviene de un país en donde todos los bebés nacen niño-escenario pero conforme crecen se dan cuenta de que la audiencia les es necesaria para sobrevivir y por eso migran. También dicen que nuestro Cástulo-escenario era un tipo cualquiera que un día rompió el record de ventas de la farmacéutica, presentó una importante tesis postdoctoral o logró introducir un tornillo en la pared sin necesidad de usar taquete, algo así.

Al principio, Cástulo-escenario se moría de pena antes de hacer una intervención:

—Disculpe usted –decía– quisiera opinar algo.

Pero la atención es un talismán que una vez conquistado confiere valor a quien lo posee, así que empezó omitiendo las disculpas antes de hablar y terminó alzando mucho la voz en las conversaciones.

Él sabe que la soberbia es una telaraña vulgar que se instala y se va expandiendo en el interior de los que creen tener conocimiento. Por eso, Cástulo-escenario se acerca con un plumero de buenas intenciones, para explicarle a la enfermera cómo inyectar, al conferencista cómo mantener la atención del público y al niño por qué ese raspón de rodilla no duele tanto como para estar llorando. Para que no se les olvide que todos podemos aprender algo.

Dice el refrán que todos los caminos conducen a Roma pero para Cástulo-escenario todos los caminos conducen a la posibilidad de aportar algo. Despliega con inteligencia sus armas retóricas y de persuasión, de modo que, así se esté hablando de guerras o de uñeros, él logra dar testimonio de los puntos a favor, las curiosidades y las disidencias.

Por eso pasa las tardes estudiando una diversidad de tópicos. Tiene claro que no hay temas menores así que lo mismo conoce sobre alicates, toronjas y materialismo histórico. Practica frente al espejo discretas maneras de tomar la palabra: “les resultará curioso, pero…”, “por increíble que parezca…”, “este dato va a dejarte pensando…”.

Cuentan que una vez se enamoró de una mujer que lo acompañaba a todas las presentaciones. Pero un día Matilde no soltó carcajada alguna en la escena de comedia y él la exilió a la tercera fila de butacas. Poco a poco ella se mudó a la fila dieciséis y a la veintisiete, hasta que un día se fue del todo. Cástulo-escenario tardó muchísimo en darse cuenta y por eso no acertó ni siquiera a saber en qué momento debió de empezar a ponerse triste, así que dejó la tarea para después.

La gente comenta que Cástulo-escenario abandonó la ciudad hace mucho y que es posible que ahora se encuentre en Guatemala o en Perú, pero yo estoy segura de haberlo visto por aquí, explicándole las complejidades del mundo editorial a la directora de una revista.

 

Lolbé González Arceo