Frascos

Fracaso y frasco comparten letras pero no circunstancia.

El frasco encierra, o puede encerrar: frijol, granos de elote, azúcar, clavos a medio oxidar, leche en polvo y una larga lista de objetos siempre que estos le quepan por la boca.

El fracaso, en cambio, almacena toda clase de otras cosas y es capaz de contener elementos de gran volumen: años de la vida, aspiraciones, recetas fallidas, afectos imposibles y cosas con engañosa apariencia de buena idea.

Al frasco se le puede dejar en la vitrina, debajo de la cama, adentro de la nevera. Es así que uno puede salir y hacer su vida, conducir el auto, besar a un bebé o contemplar la tarde sin que el recuerdo del frasco haga su aparición por la memoria.

El problema del fracaso es que se prende al cuerpo, que no a la ropa (situación que sería mucho más sencilla), y valiéndose de un sofisticado mecanismo se incrusta en cualquier elemento que uno se haya propuesto disfrutar. Se le puede ver allá, como un marsupial indeseado justo al final del jajajá o en el último sorbo del café.

Uno se puede llenar de frasquitos de todos los colores y tamaños porque nunca se sabe qué cosa requerirá almacenamiento. A quien guarda frascos se le llama precavido.

Por otra parte, uno puede llenarse también de fracasos de variada profundidad porque el anhelo es terreno fértil para su propagación. A quien guarda fracasos no se le llama de ninguna forma porque de los fracasos no se hace alarde, como sí se haría de los frascos.

Yo, por ejemplo, no tengo frascos secretos pero sí fracasos inconfesables de distintos modelos. Algunos con la boca más ancha que los otros.

Los frascos por lo general no varían de tamaño, por eso uno puede confiar en que la alacena no estallará un día, de buenas a primeras, ni se vaciará a menos que una mano intervenga. Con los fracasos es un poco distinto porque, cuando hay suerte o tiempo, llegan a desaparecer. Lo malo es que son autónomos en cuanto a su capacidad para expandirse y es ahí cuando la cosa se pone difícil.

Ojalá los fracasos se parecieran más a los frascos —pienso—, y ya con ese deseo contribuyo a la multiplicación.

 

Lolbé González Arceo

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AUTORRETRATO TEXTIL

Soy el pequeño mandil con estampado de panal que me empeñé en usar como vestido cuando era una niña y que olía al cajón de cedro del ropero de mi abuela.

Soy los vestidos de interminable tul, idénticos a los de mi hermana, que utilicé en contra de mi voluntad y dentro de los cuáles lloré porque ya quería ser adulta, cuando pensaba que eso implicaba la capacidad de decidir.

Los zapatos de piel marca Kinder, porque “para eso trabajo tanto, no para que usen zapatos de plástico, por mucho que los anuncie Xuxa”.

Soy mi primer reloj de pulsera, que me hacía sentir ocupada como los mayores a mi alrededor y, por tanto, importante.

Soy mi uniforme blanco y azul con falda por debajo de la rodilla, zapatos de charol de doble traba y calcetas hasta arriba, porque en mi escuela la vanidad era un pecado.

Soy un par de medias y payasito negro, maloliente y roído por la duela del salón de danza, que a veces se convertía también en pijama porque mi cuerpo exhausto no daba para más.

Soy la blusa de encaje que me puse la primera vez que se me ocurrió enamorar a alguien.

Soy todos y cada uno de los vestuarios cargados de sudor y nervios que fueron utilizados sólo una vez y luego condenados a una vida inútil.

Soy una universitaria camiseta cualquiera, tomada al azar porque no tenía ganas de vestirme, porque todo en la casa era un caos y había que dosificar la poca energía vital existente.

Soy una toga y un birrete pretenciosos y absolutamente descontextualizados, prometiéndome un futuro próspero, supuestamente garantizado por mis años de estudio.

He sido un arete en la nariz como marca de rebeldía y el posterior hueco en la nariz como signo afiliación al rebaño laboral.

Un uniforme institucional como ofrenda a mi empleador, cómo muestra de que no trataré de ir en contra de su autoridad y de que, en caso de tener ideas, las pasaré por oficio foliado.

Soy un pantalón negro y la cara lavada, en señal de protesta porque aquella tesis de maestría la escribí pero no fue mía, no se parecía a mí.

Soy la bolsa que lleva más de lo que sería práctico cargar sobre la espalda en un día cualquiera. Soy los zapatos de la semana reunidos y esperando en la puerta de la casa, con su generosidad para disculparme por no llevarlos a su sitio porque estoy muy ocupada, porque hoy si no puedo más.
Soy un tatuaje que no termina de asimilarse como inquilino de mi cuerpo.

Soy también y a escondidas un vestido negro que no uso pero que no me atrevo a desechar porque a veces percibo muy cerquita la muerte y quiero sentir que estoy preparada, que soy más lista que ella, que la vida (todavía) es hoy.

 

Lolbé González Arceo

Latido

Las mujeres de esta familia: la calidad del impulso eléctrico cardiaco nos encierra a todas en una categoría.

Miro el estetoscopio y sospecho que sé cómo usarlo.

Tras la pared de carne percibo el tucutún.

Tucutún: la vida es esto.

Tucutún: harás espacio para el dolor.

Tucutún: no pierdas tiempo.

Se necesita valor para dejar flotando en el aire una verdad incomprensible. Para escuchar el misterioso aleteo y resistir la tentación de estirar el brazo en busca de una red.

Alguien ha dejado un estetoscopio falso en el cuarto de mi abuela.

Tucutún: no entiendes nada.

Si estás parada sobre los escombros o los cimientos.

Cuál de las lealtades es la prioritaria.

Con qué instrumento precisar la cantidad de tiempo que debiera ser colocado sobre cada cosa.

Entre la sístole y la diástole hay fotografías que sólo cobran sentido cuando se las coloca en un álbum. Todo dependerá, por supuesto, de la mano que organiza el álbum.

Por toda la casa hay souvenirs. A esta mujer le importa lo mismo el alce de fibra de vidrio de Canadá que el pisapapeles de rumbera cubana, es decir, nada.

El impulso eléctrico cardíaco es una garra metálica dentro de la caja transparente del centro comercial.

Tucutún: estamos solas.

Un posible Clemente

Tuve que hacer un esfuerzo para retirarme el pelo de la cara y lo vi allá, flaco, husmeando entre los restos que los pescadores habían dejado cerca de las embarcaciones. La escena tenía rasgos de milagro potencial: yo estaba sola y él también.

Pensé en la conveniencia de incorporar un perro a mi vida. Nunca he tenido mascotas porque me rehúso a hacerme cargo de la existencia ajena. Es esta sensación, la de ser una egoísta perpetua, la que irónicamente me lleva a sostener las crisis de cuanto familiar y amigo se me atraviesa.

Lo que no sabía era si la circunstancia me daba derecho de sacarlo de su hábitat. Clemente, así decidí que podría llamarse, estaba acostumbrado a la arena y a la sal, mal que bien tenía una vida. Por eso, traté de pensar en la subjetividad de Clemente, en su mundo interno. Llevármelo al departamento podía ser una señal de amor o uno más de mis actos de salvadora autoproclamada.

A pocos metros de ahí, cerca de la orilla de la playa, un hombre pasó caminando. Llevaba en la cabeza una tabla llena de dulces cubiertos por un plástico transparente. Merengueeeees, gritó, como si se dirigiera a una multitud invisible. Clemente, lamió una lata vacía de cerveza, y yo miré a mi alrededor en busca de posibles clientes para el merenguero.

Me pregunté cuánto podría ganar ese hombre vendiendo dulces en una playa sin turistas. Mi situación no era muy diferente a la de él. Por casi dos años ahorré suficiente dinero como para dejar la venta de bienes raíces y dedicarme a planear un pequeño despacho de diseño interior. Pero ahí estaba yo un jueves por la mañana, mirando a un perro flaco, perdiendo el tiempo. Prepararlo todo para la perfección me había dejado en blanco.

Clemente olisqueó la espuma de mar en la arena. Me puse de pie y, aunque no me volteó a ver, supe que el perro había advertido mi presencia porque caminó de lado, como un cangrejo, alejándose.

¿Qué tan cerca es la distancia aceptable? Supongo que depende del punto de vista desde el que se le mire. Con Luis, por dar un ejemplo, nunca sabré si fui acompañante o invasora. Pero curarse de una ruptura amorosa adoptando a un animal es uno de los clichés más socorridos y yo procuro vigilar muy de cerca el no convertirme en uno.

Por si las dudas esperé un rato, para no asustar al que hubiera podido llamarse Clemente, y me dirigí de vuelta al auto. Antes de irme miré por la ventana al que ya no sería mi compañero y casi me alegré de que nuestras manías jamás iban a entrecruzarse y de que la ausencia del otro no iba a hacer mella en la existencia de ninguno de los dos. No hay forma más eficaz de evitar las despedidas que anular el encuentro.

Lolbé González Arceo

Certezas

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Su voz se inserta en el espacio justo en el que aquello debió ser pronunciado. Ningún pájaro se escapa de su boca, no hay ave que se le atore en la garganta.

Hay un tiempo para todo. Está el tiempo en el que el mundo es hacia arriba, es preciso levantar la cabeza para mirar a los hablantes. Los frascos no se abren. La mano traza figuras fallidas, no por irreconocibles sino por involuntarias. Se es receptor de promesas que –ojalá, no siempre, vamos a ver si se puede, esta vez va a estar difícil– podrían no cumplirse.

Hay un tiempo para todo. Aprender a tejerse los cabellos alrededor del rostro para formar una especie de capullo. No mirar entre los espacios, trenzar hasta las rodillas. Los pies se me ponen fríos. Lo mejor será no mirar. Hay que mantener intacto el territorio de adentro ¿cuál adentro? ¿cuál intacto?

Hay un tiempo en el que las palabras se han estirado tanto que ya no significan nada. Se les mira desvencijadas sobre el mantel y es preciso tirarlas en el bote de basura, aquel que se abre con un mecanismo de pedal. Sabes que debes evitar observarlas mientras caen. Lo bueno es que no hacen ruido. Desvencijadas. Te lo dije.

Hay un tiempo para todo, incluso uno en el que es preciso tomar el propio rostro entre la mano. Luchar con la mandíbula, apretar los dedos. Dos años, siete meses, veinticuatro días, nueve horas, cuarenta y tres minutos. Resulta ridículo negarse a mirar.

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Sospecho que tiene un guion. Por lo menos, que ha escrito los pasos a seguir en el papel de las tortillas. Todo está apuntado ahí.

 

Lolbé González Arceo

Algo entre manos

La mano izquierda me sirve para ocultar, porque la derecha debe continuar ejecutando las labores de costumbre.

Cuando despierto tengo marcas de mis uñas en la cara interior de la mano. Justo como le ocurría a mi madre en los días de mayor tensión. No es necesario separar los dedos o asomarme para saber que aquello sigue ahí. Su presencia es rotunda.

Su presencia me acompaña con la naturalidad de un lunar o un apéndice. Excepto porque nadie debe ocuparse de cargar su apéndice para todos lados. Es así como ha habido tardes en las que me río, cuento un chiste, tomo un té y casi soy la de antes.

Hay tareas que ahora me resultan, si no imposibles, al menos innecesariamente trabajosas. Quizá por eso sueño con todo lo que podía hacer antes, cuando no me era necesario prescindir de la mano izquierda: peinarme, apagar el despertador, preparar el café, alistar los documentos, cerrar el vestido.

Pienso que, si soy disciplinada, si logro mantener mi postura por algún tiempo, es posible que esto se disuelva y sea absorbido por mi piel. Que un día abriré la mano y encontraré sólo dedos.

Tal proceso implicaría, ya lo he pensado, que los elementos de esta sustancia se incorporen de forma definitiva a mi organismo, pasen al torrente sanguíneo y me recorran las venas, integrándose a la totalidad de las células de mi cuerpo. También entiendo que no habría manera de dar marcha atrás, no importa. De todas formas, el tiempo se ha encargado de demostrarme que no es posible hacer desaparecer los objetos.

Lo que traigo entre manos es un dulce robado.

Es el cadáver de un erizo de mar.

Es el anillo que sustraje del alhajero de la tía Eunice.

Es el acordeón que metí de contrabando al examen, con tanta torpeza que me equivoqué de materia (hoy tocaba geografía, no ciencias naturales).

Nada desaparece, vuelvo a decírmelo, y lo que traigo entre manos tampoco lo va a hacer. Repetir es una forma de entender y por eso ahora sustituyo unas reiteraciones por otras.

Es posible, ya lo he contemplado, que esto no logre absorberse, que la mano haya sido ocupada de una vez y para siempre. Que a partir de ahora tenga que renunciar a actividades como manejar la bicicleta o cargar a un bebé. Uno tiene que asumir estas complicaciones y, con la mano que me queda libre, las asumo.

 

Lolbé González Arceo

Aviso de semicapacidad

Aquel día yo trataba de acomodar las latas de puré de tomate, ahora con menos sodio, colocando las más económicas cerca del piso, las medianamente caras a la altura del rostro y las importadas hasta arriba.

Tener tareas así de rutinarias, estoy convencida, es lo más cercano a la meditación. Por eso son buenos los días en los que me asignan a almacén o exhibición de productos. Sin embargo, aquel jueves la lectura de las etiquetas se me dificultó a causa de los gotones que me nublaban la vista. Aun así, pude ver con claridad el formulario que Ramiro me puso en frente de la cara:

—¿Esto qué es?— le pregunté mientras me limpiaba las lágrimas.

—Solicitud de aviso de semicapacidad.

—Oye, Ramiro, pero yo no estoy “semicapacitada”, hago todo lo que se me pide.

—Mira, Raquel, yo no pienso meterme en tus asuntos, pero bien que he notado que en estos días llegas despeinada, sin una gota de maquillaje y además lloras cada que crees que nadie te ve —dicho esto señaló las cámaras que estaba arriba de nosotros.

—Lo único que te pido —añadió— es que cumplamos con lo administrativo porque un trabajador triste es un peligro para la empresa.

Ramiro y yo habíamos entrado a trabajar a Víveres Tejepixtlán más o menos al mismo tiempo pero él rápidamente había escalado en puestos y responsabilidades.  Asignarle la subgerencia había sido lo que se conoce como darle alas al alacrán.

—Tienes autorización para entrar mañana con una hora de retraso bajo el entendido de que deberás entregar tu solicitud sellada por el Instituto.

Sólo de pensar en el panorama de tramitología que me esperaba en el Instituto los ojos se me volvieron a llenar de agua. Esta vez me los limpié rápido ante el temor de que Ramiro pudiera descubrirme de nuevo.

Tratar de llenar la solicitud se añadió a la lista de agobios de aquellos días pues tenía que escoger entre tres modalidades: desconsuelo común, tristeza iracunda o melancolía existencial.

Elegí tristeza común porque me pareció lo más sencillo y porque estaba segura de que no sentía ira ni estaba atravesando por un periodo de desconcierto existencial.

Al llegar frente al especialista, éste me preguntó, casi persuadiéndome, si no creía que a fuerza de voluntad yo podría recomponerme. En un arrebato de honestidad, de fe espontánea en las instituciones, le dije la verdad:

—No, creo que esto va a tardar en curarse.

Fue así como sin decir palabra escribió en mi solicitud una frase incomprensible y selló con más fuerza de la que se hubiera necesitado. Su conclusión —me enteré más tarde— era que yo necesitaba regresar al Instituto cada dos días para que él verificara el avance de mi evolución emocional.

Asimismo, solicitaba a la empresa su cooperación para enviar informes acerca de cualquier falta o irregularidad mía, que incluía, según el formato: desvaríos, alucinaciones, temblor de manos, ceño fruncido, ataque espontáneo de llanto y hasta “actitud cortante en una conversación”.

Comencé a ver al especialista todos los lunes miércoles y viernes. Invariablemente él se sentaba frente a mí y me preguntaba:

—¿Segura que no se siente mejor?

Al principio yo estaba segura pero conforme pasaron las semanas comencé a dudarlo. El instituto quedaba más cerca de mi casa que el trabajo y por eso me era posible levantarme con menos prisa. De este modo empecé a poner música por las mañanas y otro día incluso me senté junto a la ventana para tomar el café.

Cuando salía de la oficina del especialista la mayoría de la gente ya había entrado a su trabajo y por eso el camión que me llevaba a Víveres Tejepixtlán tenía asientos vacíos. Así podía yo sentarme cómodamente y contemplar los árboles que iban en dirección contraria a mí o a los pájaros negros que tomaban agua de los charcos.

Fue así como cerca de las tres semanas, al fin, pude responder que sí, que ya me sentía mejor. El especialista sonrió, seguro de que había hecho conmigo un excelente trabajo. Antes de darme el documento de liberación me tomó la temperatura, me pesó e incluso revisó mis amígdalas.

Cuando le entregué el documento a Ramiro éste me miró con algo de reservas, pero yo tuve la precaución de peinarme ese día y de meter los tenis a la lavadora para que él se sintiera seguro. Me entregó el papel de vuelta y añadió:

—Me alegra haberte ayudado.

 

Lolbé González Arceo

Se traspasa florería

De todas formas, ya nadie compraba flores. Por eso casi sentí alivio el día en el que cerré la puerta con candado y le entregué la llave al chico de bienes raíces.

Empecé por cambiar mi turno completo en la biblioteca por un medio tiempo que me permitía estar en la florería por las tardes para sacar las cuentas y cerrar. Poco a poco mi padre, conforme sus dolencias aumentaron, me fue dejando más responsabilidades hasta que acabé encargándome de todo.

Para hablar con la verdad nunca le encontré sentido a nuestra pequeña empresa. Ni siquiera entendí cómo, de aquel negocio pasado de moda, había podido salir para mantener la casa y pagarme la escuela.

—Los geranios eran los favoritos de tu madre — siguió diciendo papá por años.

Mucho después de que ya todos en la familia sabíamos que mamá no murió, como él afirmaba siempre, sino que se había ido a Estados Unidos a probar suerte como actriz.

Según la tía Raimunda, le pareció verla por ahí de los noventa en un talk show. Bajo su rostro, cuenta Raimunda, había un cintillo que decía: Ella es Isabel y su hija es adicta a la música satánica.

Yo no sé. Es posible. Lo único que le reprocharía a mi madre es que gracias a su inquietud vocacional papá nunca me dejó tener televisor en la casa. Por lo demás, uno se hace al medio y a mí me cuesta incluso recordar el color de su cabello.

Cuando era niña lo de la florería familiar me apesadumbraba. Una vez arranqué una flor en el jardín de la escuela porque quería que papá la viera y me dijera cuál era su nombre. La madre superiora me dio un jalón de oreja y luego preguntó si me había dolido.

—Agradece que no te la arranqué, cosa que tú sí le hiciste a la planta— me dijo.

Yo nunca había pensado en mi padre así, en los términos de un mutilador, de un cómplice del tráfico de órganos vegetales.

Por un tiempo estuve obsesionada con averiguar si las plantas podían sentir dolor, placer o miedo, pero sumergirme en esas investigaciones también me dejaba la sensación de que estaba traicionando a papá, de estar fraguando una emboscada contra él.

De todas formas, el negocio decayó cuando hubo que vender el vivero y empezamos a comprar flores a otros proveedores. Recuerdo que los paquetes llegaban en camiones refrigerados, como si en verdad se tratara de órganos.

Los ramos sólo de rosas sin otros hierberíos casi siempre eran compradas por hombres que querían impresionar a una o varias mujeres. Uno podía saber mucho de las inclinaciones estéticas y amorosas de un caballero revisando el historial de sus pedidos.

Yo, por ejemplo, sabía que jamás hubiera podido ser amante de uno de esos que tenían la indecencia de pedir arreglos en forma de corazón o que junto con las flores solicitaban también un pequeño oso de peluche.

Pero lo más redituable para nuestra florería habían sido las coronas fúnebres y los arreglos para sepelios que casi siempre llevaban rosas blancas, proteas y muy poco musgo.

También podía conocerse algo de la familia por su comportamiento en la compra de la corona. Algunos estaban obsesionados con el tamaño, otros no confiaban en que la corona pudiera quedar bien y se quedaban a presenciar toda la elaboración. También hubo familias que protagonizaban verdaderos dramas que salían a la luz en el mostrador de la florería.

Básicamente vivíamos de las aventuras amorosas de los hombres en particular y de la muerte de los humanos en general.

Nuestra ruina empezó el día en el que las funerarias comenzaron a ofrecer paquetes completos que incluían salas de velatorio, coronas de flores, misa y hasta bocadillos para los invitados.

Tuve que decirle a papá que las cosas iban tan bien que habíamos podido contratar una empleada a fin de que yo pudiera cuidar de él sin perjudicar el negocio. En algunas ocasiones incluso le he pasado a comprar flores sueltas que pido que me sean entregadas sin celofán, material que a papá siempre le pareció de lo más vulgar. Todo con tal de hacer más verosímil la mentira.

En los días en los que él está mejor alguna gente me sugiere decirle la verdad porque sostener una mentira así por años es vivir con un pendiente irresoluble. Una criatura que sólo crece con el paso del tiempo.

Yo lo dudo mucho y agradezco que la silla de ruedas le haga imposible una excursión hasta el centro de la ciudad, en donde teníamos la florería. Quizá lo peor de todo es que al final acabé siendo, al igual que mamá, una especie de mala actriz que actúa para el reducido público que es mi padre.

 

Lolbé González Arceo

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Escudo

Al final sólo nos queda la memoria, pero si la frontera entre el recuerdo y la imaginación es tan endeble ¿a partir de dónde construimos nuestras evocaciones?

Las mías, y esto lo he pensado ya varias veces, inician en la biblioteca de papá. Yo no tenía por costumbre hurgar entre sus libros sobre impuestos y retenciones gubernamentales pero esa mañana me desperté y mis pies de seis años se dirigieron a su estudio instalado en el rincón de un cuarto.

De la pared colgaba un cuadro de madera tallada con el escudo de la ciudad en donde podía verse un castillo y una criatura de proporciones extrañas que en su momento interpreté como un dragón.

Cuando papá no estaba en casa yo solía sentarme por mucho rato en su gran sillón del escritorio para mirar aquel escudo. Me preguntaba por qué lo tendríamos en casa ¿nos lo habría dado un rey?, ¿un presidente?, ¿era el premio a papá por ser el mejor contador del mundo?

Preguntar era algo que no me pasaba por la cabeza, prefería mirar el escudo y elaborar improbables hipótesis que siempre desembocaban en que papá era un hombre honorable y que aquel halo de virtud a su alrededor nos abarcaba también a nosotras, es decir, a mamá y a mí. A Julián todavía no lo incluía en el nosotros porque apenas era un bebé y yo ignoraba sus opiniones sobre las cosas importantes del mundo.

Fue en una de esas incursiones en su estudio que dejé de lado mis elucubraciones sobre el origen del escudo y comencé a rondar por sus libros que no tenían ningún dibujo, como los míos, y que estaban llenos de anotaciones, resaltados, subrayados y notas con letra preciosa. Fue en Enfoques para la administración de inventarios, con su solapa azul marino y letras doradas, que encontré dos billetes de quinientos pesos. Supuse que además de importantes, en mi familia éramos lo bastante ricos como para tener esos billetes por cada rincón de la casa, que el dinero había sido colocado ahí como una especie de juego de pascua y que yo había sido lo bastante lista como para encontrarlo.

Creí que mi premio podía ser el dinero, o bien, el reconocimiento familiar. Ante el reciente nacimiento de Julián al fin yo iba a tener una hazaña que los asombraría a todos.

Es así como fui corriendo hasta donde estaba mamá, los ojos se le iluminaron. “Lo sabía”, pensé.

—Nati –dijo mamá–, ¿de dónde sacaste eso?

Mi nombre en diminutivo me dio la clave de que había hecho algo extraordinario, que pronto escucharía las trompetas del triunfo. Le expliqué que había encontrado el dinero dentro de uno de los libros de papá, ella sonrió y lanzó una propuesta:

—Hagámosle una broma.

Esa complicidad era poco usual entre nosotras así que la percibí como parte del premio que me había ganado. La broma consistía, según me explicó mamá, en que yo le entregara a ella los billetes y ambas simularíamos que no habíamos encontrado nada.

Esperé toda a la tarde junto a la ventana a que papá llegara del trabajo. Cuando escuché el ruido del motor de su auto y el tintinear de las llaves corrí a mi cuarto para hacerme a la dormida.

Como nadie venía por mí para levantarme en brazos ni para felicitarme entre risas, pegué la oreja a la puerta. Pronto descubrí varias cosas, por ejemplo, que no éramos ricos. También supe que papá había escondido ese dinero de nosotras. Que mamá en realidad no quería hacer una broma, ella sabía desde el principio que aquello no iba a hacer reír a nadie.

Me enteré de que teníamos problemas de dinero y que aquella circunstancia enmarcaba las frustraciones, reclamos y gritos en medio de los cuáles había nacido mi hermano Julián.

Más tarde descubriría también que el escudo en la oficina de papá distaba mucho de ser el regalo de un rey.  Podía comprarse en una esquina del centro de la ciudad y en la compra de dos escudos venía de regalo un abrecartas de madera con el mango en forma de búho.

La semana pasada mi padre murió y yo regresé a casa en busca de aquel escudo, pero nadie, ni Julián ni mi mamá, supo darme razón acerca de él.

He pensado en mencionarle a mi madre el día del libro y el dinero pero temo mucho que por vergüenza u olvido ella haya trasladado ese recuerdo al cajón de las incertidumbres, de lo que quién sabe si fue. Y las pérdidas, ya se sabe, es mejor dosificarlas.

 

Lolbé González