Estrellas

En la dinámica habitual de la marcha derecho izquierdo, un pie –entonces pequeño–sostuvo el peso de todo el organismo. Un cuerpo vegetal conoció la carne, yo conocí los espinos. Fue una presentación sensorial.

también les dicen estrellas, ¿lo sabías?

En ese entonces yo creía que las estrellas de mar habían caído del cielo la noche anterior. Al pedir un deseo –siempre el mismo– pensaba que de alguna forma estaba siendo cómplice de esa muerte.

era justo que las estrellas-astilla me cobraran

en el pie

los deseos que se me habían ido acumulando durante las noches de julio

Cada verano lo olvidaba. No logro entender por qué, supongo que funciona así, que el dolor trae consigo una pequeña dosis de desmemoria. No encuentro otra forma de explicarme esa compulsión humana de tomar –de nuevo y cada vez– el sendero plagado de espinos, con la inocencia de quien se asoma a una habitación ajena.

debe ser porque el dolor es un llegar a casa

Había que caminar muchísimo antes del encuentro con el agua. Cortar camino era un riesgo. A nosotros nos gustaba ignorar el no vayas por ahí, de los adultos. Teníamos la convicción de que sólo en la desobediencia podíamos alcanzar la cuota de libertad a la que aspirábamos en esos años.

era necesario sentarse sobre la arena caliente

–la primera astilla del verano atravesándome la piel–

tomar el pie entre las manos

y retirar los espinos de a uno

Con la acumulación de veranos fui aprendiendo que el malestar de la extracción sobrepasa, por mucho, al de la inserción. Por eso Jacinta, la prima mayor, trece años entonces, se encargaba de vigilar que todos lleváramos zapatos.

¿Qué tiene Jesús en la cabeza? Quise saber. Me dijeron que era una corona de espinas. Se la pusieron los romanos para burlarse. Cuando pecas le agregas una espina más, ¿ves? Por eso le gotea la sangre.  Tus pecados pueden atravesarle la frente.

pecado, deseo, dolor y muerte

había similitud entre las estrellas de los deseos y las del mar

entre las estrellas de mar y las de la hierba

Al finalizar el verano, eso es lo bueno del dolor, bastaba con apoyar la planta del pie en un ángulo determinado para hacer la invocación. Para recordar que la sal y el escándalo del viento en la oreja estaban a cuarenta y cinco minutos de la escuela.

 

Lolbé González Arceo

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Los mecanismos de la memoria

Dicen que las cosas en realidad no se olvidan, que la memoria funciona por asociación

acertijo

mecanismo arbitrario

aprendizaje, le llama la neurociencia. Aprender es, entonces, colocar una vivencia junto a la otra y, sobre todo, tener a la mano esas coordenadas.

Por eso al fabricar recuerdos voluntarios

el nombre de una ciudad

un elemento de la tabla periódica

hay que dejar que la mente, con su sabiduría de canica de feria para encajar en el orificio exacto, realice el engarce de forma autónoma. Después es necesario poner atención, guardar en algún lugar esa especie de llave.

El mecanismo de la memoria es similar al del capricho. Por eso las madrugadas tratando de recordar la ubicación de un libro.

Por eso también las tardes intentando olvidar cuándo empezó un dolor.

Que ojalá fuera tan fácil

cosa de ir deshaciendo el sendero

colocando el pie sobre la huella previa

No como los cangrejos que desplazan de lado sino como los senderistas que han equivocado el camino.

Pero no se puede prescindir de un elemento

como se deshace el tejido

jalando el hilo hasta que no quede nada

sin arruinar todo el entramado. Porque en el encadenamiento de una cosa con la otra: eucalipto, jueves por la mañana, suéter de lana, biblioteca de la universidad, Cristina, esa horrible canción, tierra seca, veintisiete de marzo, la última tarde en Coyoacán

deshacerse de algo puede implicar deshacerse del todo.

 

Lolbé González Arceo

 

Descubrimiento lunar

No tengo idea de quién soy. Eso lo sospechaba ya, pero lo comprobé apenas el jueves por la tarde, cuando me descubrí un lunar. Algo pasó con ese hallazgo que me hizo sentir viva de una forma inquietante.
Su complicada ubicación –a un costado del cuerpo, donde la cadera se convierte en pierna– me impidió hacer exploraciones directas. Para verlo de cerca tuve que ayudarme de un espejo y de una cámara.
Tras el primer acercamiento me di a la tarea de ir en busca de mi antigua libreta de pastas azules, una especie de bitácora en la que, durante la infancia, registré datos inútiles con fe y paciencia. Abrí la libreta y en las páginas de en medio pude ver la descripción de los lunares que tuve desde 1997 hasta el 2001.
Durante esos años lo que me impulsó para hacer el registro fue la creencia de que el mundo iba a terminarse en algún punto del año dos mil, antes de que yo cumpliera quince años. Me parecía desafortunado no sólo morir tan joven sino hacerlo sin haber besado jamás a nadie. Pensaba, por una inconexa asociación de ideas, que a falta de experiencia carnal el autoconocimiento metódico podía representar una especie de consuelo.
Mi registro terminó siendo más aburrido, monótono y corto de lo que yo recordaba. Tenía datos como los siguientes:

Lunar de la cara
Ubicación: mejilla izquierda, cerca de la oreja.
Color: café.
Forma: puntito de pluma.

También puede verse que en el año 2001, a finales de marzo, dejé de registrar cosas. Decepcionada, me di cuenta de que tanto los registros como la intensidad vital que había sostenido durante cuatro años (de los once a los quince años) habían servido para nada. Por otra parte, de las diecinueve entradas de mi registro, ninguna coincidía con el lunar recién descubierto. Fue así que regresé la libreta en la caja de galletas de donde la había sacado.
De niña pensaba que un lunar podía cambiarlo todo. En las obras de la escuela me pintaba un lunar arriba de la boca y ya, según yo, era otra persona. Por mucho tiempo esa idea fue una especie de maleta bajo la cama. Creía que un lunar en el sitio adecuado bastaba para ser otra, que en caso de que mi futuro resultara desalentador podría dibujarme un lunar y cambiar de cuidad, empezar de nuevo.
Algo de esa idea infantil debe haber permeado a través de los años porque tras el descubrimiento del lunar me he sorprendido con la sensación de habitar un cuerpo distinto. Como un caracol desmemoriado al que una mañana le amanece en una casa nueva.
He estado a punto de contactar a los seres que en algún momento de la vida han visto esa parte de mi cuerpo, empezando por mi madre y terminando con algún viejo amor. No obstante, caí en la cuenta de que sus respuestas podían ir desde la vaguedad hasta la desmemoria y que aquello le añadiría decepción a esta búsqueda, ya de por sí un tanto insulsa.
Mis temores no son dermatológicos y tampoco estéticos, más bien son de corte existencial. Lo que me asusta no es la aparición de un nuevo lunar sino la posibilidad de que siempre haya estado ahí sin que yo lo percibiera. Si descubro que no es nuevo pensaré:
a) Que me soy más ajena de lo que creía.
b) Que puedo pasar la vida sin ver lo obvio.
c) Que hay partes de mí que sólo me será posible conocer con la ayuda de otros.

Por lo general la gente organiza pesquisas para encontrar lo que se ha perdido. A lo mejor por eso me siento ridícula con todo este tiempo empleado en tratar de tener más información sobre algo que encontré más bien de casualidad.
Al final, he optado por mantener la fe en el misterio, tengo suficiente evidencia de que hay cosas que es mejor dejar así. Sin embargo, cada tanto, me levanto un poco el vestido frente al espejo sólo para asegurarme de que mi lunar, ese que me ha hecho otra, sigue ahí.

 

Lolbé Gozález Arceo

Bitácora del llanto [2]

Quien llora sabe que ha perdido algo pero muchas veces le es imposible recordar de qué se trataba o si en realidad lo tuvo alguna vez.

*

A la manera de Virginia Woolf: para llorar también es necesario tener una habitación propia. O bien, un espacio cualquiera en el que, por un periodo de entre quince y noventa minutos, se sepa que no va a interrumpir nadie. Esto por supuesto es un lujo, el privilegio de unos pocos. Por eso ante la imposibilidad de reprimir el llanto se vuelve necesario desarrollar la habilidad para suspenderlo.

*

La condena se multiplica como en los espejos encontrados porque mientras se llora una pérdida (aunque no a causa de eso) otras milimétricas cosas siguen perdiéndose sin que el llorador pueda percatarse.

*

Todo depende de la habilidad del llorador pero digamos que para los principiantes cuatro minutos es un tiempo razonable. En cuatro minutos se puede caminar con disimulo hacia la puerta de la oficina, girar la perilla y hacerse de un rincón discreto en dónde lagrimear con cierta comodidad.

       El perfeccionamiento de la habilidad para suspender el llanto justo a tiempo, es decir, la prolongación del periodo que inicia con el aviso de la llegada inminente de la lágrima, permite incluir en el repertorio una mayor variedad de locaciones. De esta forma, los lloradores expertos, quienes alcanzan a suspenderlo hasta por periodos de dos horas, cuentan con el consecuente beneficio de poder elegir para su desahogo sitios casi ideales. Por ejemplo: el automóvil, el diván del psicoanalista o el sillón de la sala de una amiga.

*

 

No debe confundirse el llanto con la tristeza. Llorar es a veces la manifestación más inmediata de un dolor físico o espiritual pero esto es sólo un fragmento de su espectro de posibilidades.

*

 

En este punto se vuelve necesario aclarar que la suspensión del llanto sólo debe emplearse en ciertas circunstancias. Se sabe de casos en los que el abuso llevó a algunas personas a caer en una rara asincronía caracterizada por presentar episodios de llanto en momentos en los que no lo requerían y por carcajearse en eventos solemnes.

       Otra consecuencia común del uso indiscriminado de la suspensión del llanto es el caso de personas que lo postergaron tanto que llegó el punto en el que ya no les fue posible llorar bajo casi ninguna circunstancia. Quizá esto último sea lo peor, he conocido algunos casos.

 

Lolbé González Arceo

Bitácora del llanto [1]

Empecé a llorar, me dicen, la última noche de un año catastrófico en el que la tierra, cansada, decidió sacudirse de encima edificios, casas, escuelas y hospitales.

*

 

Mi propensión al llanto es tal que gran parte de mi infancia la dediqué al estudio y puesta a prueba de diversas técnicas que me evitaran la vergüenza de llorar en público. Enlisto a continuación algunas de ellas:

  1. Argumentar impostergables ganas de ir al baño
  2. Imaginar que aquello no estaba ocurriéndome a mi sino a otra persona
  3. Recordar los episodios graciosos de ciertas caricaturas
  4. Mantener, mecánicamente, un control estricto de las comisuras de los labios, evitando así que éstas vayan hacia abajo.

Casi todas técnicas fracasaron con el tiempo y no puede decirse que sin consecuencias puesto que durante tres años experimenté un efecto inesperado: uno de los dos ojos se negó a llorar mientras el otro continuó alegre (es un decir) con su tarea. Mirarse al espejo era entonces como observar el monte en esas tardes en las que sólo llueve de un lado y es necesario pararse ahí, entre un estado del tiempo y el otro, porque da la idea de que se empiezan a notar las costuras de la creación.

*

 

Quien llora apela a la vulnerabilidad infantil de la que provenimos todos. Por eso cada llanto ajeno, si se le mira de frente, encierra el peligro de remitirnos a las páginas arrancadas, los borrones, las equivocaciones de apariencia intrascendente y los sueños que al despertar ya no pueden ser recordados.

*

 

El llanto causa, antes que piedad, un deseo de saber. Sin embargo, no es posible llorar y, al mismo tiempo, explicar la causa del llanto porque llorar es una acción que lo abarca todo. En un episodio de llanto se vuelve imposible recitar un poema de memoria, hacerse una prueba de la vista, recordar los países y capitales de un continente, contar dinero o dar instrucciones a un desconocido para encontrar una dirección.

*

 

Explicarle al que llora cuáles son las razones por las que no debiera llorar es un ejercicio inútil y habla en gran medida de la incomodidad del espectador, de su temor de que esa agua ocular no pare nunca y acabe por invadir de humedad todos los espacios del mundo.

 

Lolbé González Arceo

 

Viajar ligero

En los viajes como en la vida siempre voy con la sensación de que me falta algo. Las proporciones del elemento faltante se agrandan conforme atravieso cada uno de los puntos irreversibles.

Siento una pequeña angustia cuando cierro la maleta. El peligro es quedarme siempre en el mismo lugar, sacando una por una las cosas de la maleta, haciendo listas mentales, reacomodándolo todo otra vez. El peligro es convertirme en una estatua de sal, en una eterna habitante de la duda.

Cuando doy vuelta a la llave de la puerta de la casa lo hago con un cierto aire de desafío pero en el fondo sé que, en caso de recordar qué es aquello que estoy olvidando, todavía puedo regresar, pedirle al taxi que se detenga y subir las escaleras a toda prisa. Que con todo y eso llegaré a tiempo.

Con el clik del cinturón de seguridad del avión me doy ánimo pensando que no importa cuál sea la naturaleza del objeto que he dejado en el olvido porque llegados a este punto lo prioritario es abordar y yo lo he logrado. Que la nostalgia que siento, ese huequito en el pecho, será efecto de un virus, una bacteria o una mala postura al dormir.

Pero cuando el avión comienza a avanzar, cuando el paisaje se transforma en líneas borroneadas, cuando las llantas dejan de tener contacto con el piso, me transformo en otra. Nada puede faltarme porque la que fui empieza a disolverse y las preocupaciones de aquella mujer comienzan a verse muy pequeñas, luego son un punto, luego nada.

 

Lolbé González Arceo

Matatena

La premisa era tan sencilla que los fabricantes del juego ni siquiera consideraron la posibilidad de incluir un instructivo. Había que lanzar la pelota y tomar todas las piezas posibles. Se trataba, dijeron, de aprovechar antes del rebote de vuelta.

Pero yo siempre miraba la pelota o pensaba en ella, que para el caso es lo mismo.

Porque toda la vida me pareció que era mejor tener un ave en la mano y buscar refugio en los latidos de aquel corazón del tamaño de una moneda. Sentir de a poco el incremento de la temperatura sin saber de cuál de los dos cuerpos emanaba el calor.

Incluso si el brazo empezaba a doler, incluso si el ave se volvía de piedra.

¿Acaso no debiera uno optar por no irse a la villa?, ¿por desconfiar del bueno por conocer? Sólo se dispone del tiempo que pasa la pelota en el aire. Se trata, dicen, de elegir entre vivir el instante o hacer de este un objeto de análisis.

Pero he aquí que la mortal curiosidad se instala y hace guiños desde un rincón, que la alacena está llena de frasquitos de colores rotulados con una instrucción: bébeme.

Con lo sencillo que sería quedarse mirando y beber la miel sobrante de las glorias ajenas.

Se tratará, dicen –olvídate de pensar– de confiar en la habilidad de tus dedos.

 

 

Lolbé González Arceo

Carta a un relojero que desajustó un reloj*

Es posible que mi inconformidad le tome por sorpresa puesto que aquel día, tras pagarle la cuota establecida, me retiré de su taller sin decir nada, sin hacer siquiera un gesto.

Mi reloj no estaba descompuesto, señor, quiero recordárselo. Tenía la particularidad de que la manecilla pequeña se retrasaba un insignificante milímetro, quizá menos.

Yo a eso le llamaría marca de personalidad, forma de estar en el mundo. En todo caso, usted lo sabe, mi reloj quedó realmente perjudicado sólo después de que usted puso sus descuidadas manos sobre él. ¿Cómo se atrevió a mirar mi reloj y hablar de “un ajuste”? Usted, tan desajustado en la vida que tardó casi tres semanas en darle turno a mi encargo.

He llegado a pensar que lo que usted tenía era, sobre todo, una curiosidad morbosa. Un ansia de saber, motivada por el aburrimiento vital que le inspira su oficio. Quiso encontrar emoción en aquel mecanismo extraño y cuando abrió la tapa ya no supo qué hacer.

Puedo haber dicho: yo no tengo los instrumentos para intervenir este reloj. Al fin y al cabo es normal, sin ofender, de un negocio tan modesto como el suyo. A mí me parece bien que el ejercicio de ciertos oficios se desarrolle así, casi de forma subterránea. Yo hubiera entendido, se lo juro, si usted se hubiera negado a trabajar con mi reloj por no tener esta pinza o aquel destornillador.

Pudo haber explicado: mi experiencia es nula en mecanismos de este tipo. Yo, créame, hubiera tenido la paciencia de averiguar, de ponerme en contacto con el fabricante, de conseguir el manual original.

Pudo, para acabar pronto, pecar de honestidad y decir, desde un primer momento, que descifrar los mecanismos de mi reloj le parecía tan complicado que la cantidad de dinero que yo iba a pagarle no le resultaba atractiva ni suficiente. Yo me habría alejado, para qué mentirle, refunfuñando un poco. Aun así, guardaría un recuerdo medianamente bueno de usted.

Pero dijo en cambio qué pieza más magnífica. Señaló, cuando fui por un cambio de correa, que a estos modelos les venía bien un ajuste de vez en cuando. Usted, con su diagnóstico no solicitado, con su aire de suficiencia, me hizo pensar que tenía no sólo conocimiento sino, sobre todo, intención. El lenguaje tiene eso ¿sabe? están las cosas que se dicen pero también está todo lo otro, lo que se va moldeando de forma aledaña a lo dicho, como una especie de inevitable efecto secundario. Quizás usted habló por hablar y yo leí una promesa.

Por eso le escribo esta carta, hoy, nueve días después de haber salido de su tienda. Porque mi silencio pudo haber sido interpretado como conformidad y yo quisiera ser muy clara con usted sobre ese punto: no estoy conforme.

No enarbolaré una campaña de desprestigio en su contra.

No pediré de vuelta mi dinero.

No esperaré que arregle lo que arruinó.

Me basta con hacerle saber mi opinión sobre su trabajo y con que alguna de estas noches, cuando se disponga a dormir y los dedos se le enreden en el mar de sábana, le quede la sensación de que tiene algo pendiente y no pueda recordar qué es. Que duerma entre sobresaltos, que se despierte sin haber descansado.

Es a usted a quien debería darle vergüenza y, sin embargo, cuando miro mi reloj y tengo que recurrir a un cálculo sofisticado para saber la hora, como si de una adivinanza se tratara, se me llena el cuerpo de incertidumbre y me odio un poco. Nada más cinco minutos, o tres. No sabría decirle.

 

*De la serie de ejercicios Cartas de reclamo.

 

Lolbé González Arceo

Frascos

Fracaso y frasco comparten letras pero no circunstancia.

El frasco encierra, o puede encerrar: frijol, granos de elote, azúcar, clavos a medio oxidar, leche en polvo y una larga lista de objetos siempre que estos le quepan por la boca.

El fracaso, en cambio, almacena toda clase de otras cosas y es capaz de contener elementos de gran volumen: años de la vida, aspiraciones, recetas fallidas, afectos imposibles y cosas con engañosa apariencia de buena idea.

Al frasco se le puede dejar en la vitrina, debajo de la cama, adentro de la nevera. Es así que uno puede salir y hacer su vida, conducir el auto, besar a un bebé o contemplar la tarde sin que el recuerdo del frasco haga su aparición por la memoria.

El problema del fracaso es que se prende al cuerpo, que no a la ropa (situación que sería mucho más sencilla), y valiéndose de un sofisticado mecanismo se incrusta en cualquier elemento que uno se haya propuesto disfrutar. Se le puede ver allá, como un marsupial indeseado justo al final del jajajá o en el último sorbo del café.

Uno se puede llenar de frasquitos de todos los colores y tamaños porque nunca se sabe qué cosa requerirá almacenamiento. A quien guarda frascos se le llama precavido.

Por otra parte, uno puede llenarse también de fracasos de variada profundidad porque el anhelo es terreno fértil para su propagación. A quien guarda fracasos no se le llama de ninguna forma porque de los fracasos no se hace alarde, como sí se haría de los frascos.

Yo, por ejemplo, no tengo frascos secretos pero sí fracasos inconfesables de distintos modelos. Algunos con la boca más ancha que los otros.

Los frascos por lo general no varían de tamaño, por eso uno puede confiar en que la alacena no estallará un día, de buenas a primeras, ni se vaciará a menos que una mano intervenga. Con los fracasos es un poco distinto porque, cuando hay suerte o tiempo, llegan a desaparecer. Lo malo es que son autónomos en cuanto a su capacidad para expandirse y es ahí cuando la cosa se pone difícil.

Ojalá los fracasos se parecieran más a los frascos —pienso—, y ya con ese deseo contribuyo a la multiplicación.

 

Lolbé González Arceo

AUTORRETRATO TEXTIL

Soy el pequeño mandil con estampado de panal que me empeñé en usar como vestido cuando era una niña y que olía al cajón de cedro del ropero de mi abuela.

Soy los vestidos de interminable tul, idénticos a los de mi hermana, que utilicé en contra de mi voluntad y dentro de los cuáles lloré porque ya quería ser adulta, cuando pensaba que eso implicaba la capacidad de decidir.

Los zapatos de piel marca Kinder, porque “para eso trabajo tanto, no para que usen zapatos de plástico, por mucho que los anuncie Xuxa”.

Soy mi primer reloj de pulsera, que me hacía sentir ocupada como los mayores a mi alrededor y, por tanto, importante.

Soy mi uniforme blanco y azul con falda por debajo de la rodilla, zapatos de charol de doble traba y calcetas hasta arriba, porque en mi escuela la vanidad era un pecado.

Soy un par de medias y payasito negro, maloliente y roído por la duela del salón de danza, que a veces se convertía también en pijama porque mi cuerpo exhausto no daba para más.

Soy la blusa de encaje que me puse la primera vez que se me ocurrió enamorar a alguien.

Soy todos y cada uno de los vestuarios cargados de sudor y nervios que fueron utilizados sólo una vez y luego condenados a una vida inútil.

Soy una universitaria camiseta cualquiera, tomada al azar porque no tenía ganas de vestirme, porque todo en la casa era un caos y había que dosificar la poca energía vital existente.

Soy una toga y un birrete pretenciosos y absolutamente descontextualizados, prometiéndome un futuro próspero, supuestamente garantizado por mis años de estudio.

He sido un arete en la nariz como marca de rebeldía y el posterior hueco en la nariz como signo afiliación al rebaño laboral.

Un uniforme institucional como ofrenda a mi empleador, cómo muestra de que no trataré de ir en contra de su autoridad y de que, en caso de tener ideas, las pasaré por oficio foliado.

Soy un pantalón negro y la cara lavada, en señal de protesta porque aquella tesis de maestría la escribí pero no fue mía, no se parecía a mí.

Soy la bolsa que lleva más de lo que sería práctico cargar sobre la espalda en un día cualquiera. Soy los zapatos de la semana reunidos y esperando en la puerta de la casa, con su generosidad para disculparme por no llevarlos a su sitio porque estoy muy ocupada, porque hoy si no puedo más.
Soy un tatuaje que no termina de asimilarse como inquilino de mi cuerpo.

Soy también y a escondidas un vestido negro que no uso pero que no me atrevo a desechar porque a veces percibo muy cerquita la muerte y quiero sentir que estoy preparada, que soy más lista que ella, que la vida (todavía) es hoy.

 

Lolbé González Arceo