Mujer que indaga

Le dijeron acude, y fue sin prisa.

Escuchó que el problema era que había flores arriba de las flores que impedían distinguirlas. Flores que no dejaban ver los colores de otras flores.

Le dijeron voltea, y vio el árbol.

Advirtió que había demasiados pájaros cantando. Que había música de pájaros encima del trinar de otros pájaros que hacía imposible diferenciar el canto.

Le dijeron abre los ojos, y miró al cielo.

Anotó que había estrellas dentro de las estrellas. Estrellas cuyo brillo desde adentro era más oscuro y triste.

Le dijeron es peligroso, y caminó hasta la orilla.

Vio la lluvia caer en el mar y a la línea que dividía ambas aguas unificarse hasta desconocer el final de la que cae y el inicio de la que descansa.

Le dijeron no lo sabrás nunca. Y pisó la arena y vivió los días y escuchó a los pájaros y se mojó en la lluvia y al ver las estrellas entendió que todo aquello no era mas que la vida escondida en sí misma.

 

Alisma De León

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Circunferencias

Siempre temo que alguien interrumpa el silencio. La luz está encendida en la sala. Al centro el sofá. Yo sentada en él. Piernas cruzadas, una encima de la otra, o casi. Los brazos a los costados. Ojos abiertos. Mirada fija en la televisión de plasma que refleja mi imagen pequeñita. Una vela en la mesa y unos libros apilados. Afuera, el sonido de los carros al deslizarse por la calle mojada. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cuento cinco carros en los primeros minutos, ¿o habrá pasado sólo uno? No debo pensar. Pongo la mente en blanco de nuevo y surge la punzada de dolor en el omóplato derecho, el dolor que me persigue desde la mañana. La molestia entonces se vuelve electricidad en el antebrazo y viaja a mis manos, a mis dedos. Luego el movimiento inconsciente de mi mano izquierda. El masaje a mi brazo derecho. Y la pesadez en mi frente. Los párpados que quieren cerrarse. Mis manos sobre los muslos. La nube densa que baja desde mi cabeza y se instala en mis hombros, en el omóplato adolorido, en el pecho y las piernas. Los ojos se cierran y un pájaro canta. No, dos pájaros cantan. Abro los ojos y escucho con atención. Me concentro en los sonidos que llegan del exterior y entiendo que los pájaros que pensé afuera se encontraban dentro de la mente que suponía en blanco. Siento sed y noto que olvidé servirme un vaso con agua. No sé cuánto tiempo ha pasado pero tampoco he escuchado ya el sonido de los carros. Entonces, como si de golpe regresara al mundo, se escucha el sonido de un auto, de dos, sobre el pavimento mojado. Alejándose. De inmediato, el zumbido del aire acondicionado que se enciende. Una corriente toca mi mejilla y viene un escalofrío. Los ojos se resisten, otra vez, a los párpados cansados. Abro y cierro la mano derecha. El zumbido del aparato penetra un poco más en mi oído y se convierte en el eco de un ceceo continuo. Los ojos se rinden y vuelve el canto de los pájaros. Su batir de alas. Batir: amo el sonido de esa palabra. Recuerdo que debo mantener los ojos abiertos y no pensar. Observo la pared color crema detrás de la tele de plasma. Mi yo pequeñito. Mis manos ya no sobre mis piernas sino en el sofá. Sobre la tela del sofá, sobre los hilos de la tela. Sobre lo áspero. Y sigo en espera de esa nada que no llega porque la nada ahora es lo que me rodea. El pensamiento se desvía y mi mirada se posa en la vela, en el círculo alrededor de la mecha. En lo quemado de la mecha. En la hondura de la circunferencia. En el sigilo de esa noche que adivino del otro lado y que, sin pensarlo, se ilumina.

Alisma De León

Porque para hablar de mí preciso otra cosa

El asunto es que recuerdo poco –recuerdo imágenes que ni siquiera proceden de mi memoria– entonces para hablar de mí necesito partir de otro lado, desde otras vidas.

Es imprescindible evocar a mis muertos: al abuelo Pedro y mi primera pérdida, a mi abuela y sus bromas, a una tía con cara de muñeca y una tienda con sótano secreto.

Necesito además hablar de mi madre y su paciencia; de amigas a las que poco veo; de mi padre y el humor negro; para explicarme necesitaría platicar de mis hijos, de mi hermano y mis sobrinos. Requeriría partir, también, de mi miedo a no ser suficiente.

Para hablar de mí sería forzoso nombrar a mi ciudad. Una ciudad caracol que viene de vivir hacia afuera, a vivir hacia dentro. En la que corrí por sus calles y anduve en bicicleta. Una ciudad caracol en la que jugué al bebeleche y al basta, en la que trepé bardas y excavé en baldíos.

Requiero, por otra parte, hablar de la lluvia y de mis libros. De historias comprendidas entre ambos, en tardes de sol caliente y tierra suelta.

Por esto es que yo, para ser capaz de hablar de mí, preciso hablar de todo.

 

Alisma De León

Respirar con labios fruncidos

Inspire (inhale) lentamente, a través de su nariz, en dos tiempos.[i]

Cuando el mundo se pone pesado, respirar es más difícil de lo que creemos. Ya no se trata del mecanismo automático en el cual nuestro cuerpo permite la entrada de oxígeno a los pulmones. Cuando el mundo se pone denso, para respirar necesitamos bastante soledad. Callar nuestro entorno. Escuchar el viento, andar en piyama, hacernos un café, poner música para también ahí, en los acordes, respirar un poco.

Sienta cómo se agranda el vientre a medida que inhala

Para respirar requerimos separarnos de todo y de todos. Tomar un libro y echarnos en el sofá. Quedarnos dormidos. Esperar, sin movernos, a que llegue la tarde. Salir a caminar. Pararnos frente a un árbol. Dejarnos el cabello suelto. Abrir los brazos para después cerrarlos de nuevo y estrecharnos fuerte.

Frunza los labios, como si fuera a silbar o a apagar una vela

También podemos cantar y bailar solos. O brincar hasta lo más alto, hasta donde la rodilla dice ya basta. Y caer al suelo para soltar una carcajada que sea una bocanada de aire. Lejos de noticias que hablan de disparos masivos, de lobos solitarios, de opiniones que apoyan la posesión de armas para luego leer del incremento en las ventas de esas mismas armas, incluso después del conteo de las víctimas: diez, veinte, cincuenta o quinientas.

Espire (exhale) lentamente, a través de los labios, en cuatro o más tiempos

Hay ocasiones en que debemos buscar en la respiración y nuestro latir el propio ruido. Recordar quienes somos y pensar que, como nosotros, hay otros más que anhelan respirar. Y con ese convencimiento, reír de nuevo, confiar de nuevo. Creer otra vez que hay formas de coexistir en este mundo convulso.

 

Alisma De León

 

[i] https://medlineplus.gov/spanish/ency/patientimages/000267.htm

 

Cómo se hace una autopsia

Ayer vi la foto de un niño muerto, de varios

la autopsia se le hace a cadáveres*

dos eran adolescentes, niños apenas

camiseta azul, pantalón naranja

y una playera verde que decía: México

 

la autopsia también se le realiza a fotografías

o a un país

 

¿cómo se realiza la autopsia de un país convertido en cascajos?

dónde si la morgue abarca miles de kilómetros

 

Para la autopsia los patólogos realizan un examen externo del cuerpo, sus cavidades y fluidos

¿cómo se realiza la autopsia en un cuerpo que son en realidad tantos cuerpos?

¿cómo se analizan los fluidos que no son sólo los de ese cuerpo sino que se unen a las lágrimas de todos los demás cuerpos?

¿cómo se le realiza la autopsia a un cuerpo contra una pared, a un cuerpo en el suelo, a un cuerpo con la palabra México en la espalda?

 

Una vez terminada la revisión, se vuelven a colocar los órganos dentro del cuerpo

y el pantalón naranja, la camisa azul

y toda la esperanza hecha cachitos

se coloca de nuevo dentro

dentro del cuerpo que posteriormente se cierra.

* https://www.vix.com/es/btg/curiosidades/5040/como-se-hace-una-autopsia

 

Alisma De León

Terror al espejo

Hace unas semanas me vi algunas arrugas más y me aterré como nunca. Era, sin duda, signo inequívoco del Apocalipsis. Supe que ya le quedaban poquísimos años a mi existencia y que no había hecho lo suficiente; estuve segura de no haber encontrado nunca mi vocación real, ese talento innato que todavía yacía adormecido en alguna parte, ese que cada uno de nosotros tiene en su torrente sanguíneo y brota a fuerza de constancia.

Iba y venía del espejo a mi cama sin poder dar crédito a lo que veía, porque eso no me podía estar pasando a mí con tantos planes por delante, con tanta vida.

Para evitar la hecatombe, me unté cuanta crema tenía a la mano sin checar siquiera la fecha de caducidad –después temí que la cara se me atestara de granos o se me enrojeciera a causa de infecciones por ingredientes caducos o ¡aún peor!, que amaneciera toda arrugada.

Y entiendo que la edad es sólo un número que establece nuestro tiempo en el mundo y el tiempo, sabemos, no es más que un invento del hombre. Lo comprendo bien. Y tampoco es que la vejez como tal me traume pero una zozobra me asaltaba cada que me veía al espejo.

Culpé al mundo, a las revistas con modelos jovencísimas, a mi yo del pasado que se quejaba de lo fea que estaba o de lo gorda o lo flaca, a mi yo del presente que recordaba a ese yo del pasado y se arrepentía de tanta queja porque ahora sí –ahora sí– tenía por qué preocuparse. Sentí todo el terror de saber que hoy estoy pero mañana sabrá quién en mi lugar.

En mi punto más bajo culpé a la iluminación, al ángulo de la luz que me daba en plena cara y supe que el responsable era el espejo. Lo maldije y decidí cambiarlo a la esquina más oscura del vestidor, lo de menos era lavarme los dientes con los mosaicos de acompañantes. Preferible salir con rastros de pasta en la comisura de la boca a facilitarle el trabajo al devorador de esperanzas. Entendía que todo lo malo que me sucediera de ahí en adelante sería culpa de él, supe que él hacía las veces de un vidente implacable que llega y sin preguntar si quieres, te lee tu mala fortuna. Con repulsión y no menos horror, lo retiré del baño.

Hablé con mi madre y le comuniqué mi angustia. Ella sonrió y dijo no pasa nada. Al colgar, hundí la cara en el colchón porque yo sabía que sí pasaba, entendía que desde ese momento no podría mirar ningún espejo sin saber que el monstruo come vida estaba ahí, escondido y al acecho.

Resolví que no había tiempo que perder, que ese era el momento justo para hacerlo, que si era cuestión de luchar por mi vida, más valía que me pusiera a ello y no escatimara recursos. Fui a la tienda y busqué entre todas las cremas aquellas que tuvieran anti oxidantes, pedí las más sofisticadas, esas que dejarían mi tarjeta de crédito ardiendo pero no importaba: algo trascendental estaba en juego.

Desde ese día, cada noche me las unto con rigor y miro desafiante al enemigo que ha regresado a su lugar en el baño. Aún ríe de mí, pero yo reiré más cuando vea que con el vapor de la regadera, él se oxida mucho antes que yo.

 

Alisma De León

Lo cierto es que los días no se detienen y las fotos se acumulan

Recuerdo una época en la que todo era tangible, incluso las fotos.

Tengo en mi laptop, sin temor a exagerar, alrededor de 10,000 fotos. Y es que –para quienes no somos fotógrafos profesionales–  la vida era muchísimo más simple antes de las cámaras digitales y los smartphone.

Al menos en mi vida, todo se complicó un poco hace nueve años. Justo cuando me adentré en el oscuro túnel de la tecnología y compré mi primer smartphone. También puedo afirmar que es desde entonces que vivo en un estado de angustia permanente: temo que mi celular caiga desde el segundo piso, que la pantalla cambie a negro y sea señal de que ha muerto; temo perderlo, atropellarlo, dejarlo sobre la cajuela y arrancar el carro sin darme cuenta; me da miedo que entren en mi casa y se roben mi laptop y mi celular con todos mis recuerdos.

Para mi infortunio algunas de las situaciones anteriores han pasado  –no diré cuáles–, por eso vivo pensando que de este fin no pasa, que ahora sí revisaré todas las fotos, aunque pase noches en vela, y seleccionaré aquellas dignas de ponerse en unos lindos álbumes. Porque yo estoy  chapada a la antigua y me parece que los recuerdos se aprecian mejor cuando pueden tocarse. Cuando están viéndonos con ojos fijos desde un bonito marco de 4×6 o 5×7 o desde la magnificencia y atrevimiento de uno 15×20 y no desde la acuosidad de esos portarretratos digitales en los que las imágenes pasan una tras otra y nos dicen hola por escasos segundos. Y es que la memoria no funciona así, al menos no la mía. Para recordar, requiero más tiempo, una preparación previa de la mente, algunos minutos para que los recuerdos que surgen a partir de la foto se vuelvan tridimensionales y la imagen se convierta también en sonido y  aromas lejanos.

Por eso añoro esa época en que llevaba el pequeño rollo a revelar y en una hora tenía las fotos listas y no acumulándose en mi computadora para siempre. Pero como el día es corto y mi organización no ayuda, tengo, además de todas las carpetas guardadas en mi laptop, 1,244 fotos más en mi celular y por cada una de ellas temo.

Y no quisiera sonar alarmista pero lo angustiante es que se trata de un fenómeno –a nada de volverse síndrome– que no sólo a mí me persigue (¡ojalá fuera la única!): cada que veo que alguien saca su celular y toma una foto, sé que esa también es una pobre alma atormentada.

 

Alisma De León

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Reflejo de luz sobre un objeto brillante o sobre una superficie u otra cosa

Reverberación es, por definición, lo que apunta el título de esta entrada. Pero sé que tiene, además, incrustada la palabra evocación. Porque así es con el brillo que nace del choque de un rayo de luz en la memoria, lo que sucede en quien lo recibe y proyecta.

Al decir reverberación, también puedo hablar de ideas que al enunciarse provocan el surgimiento de otras ideas más, complementarias o distintas. Como dar una caricia y recibir un abrazo.

Puede ser, por otra parte, que me refiera a prestar oídos a penas que son ajenas y compartir su peso para convertirnos en un objeto conductor de agobios, en una muñequita quitapenas, que por las noches escucha y absorbe. Que nos sana.

O podría estar contando de ese rayo de sol que se filtra por las cortinas y da en la amatista que corona el anillo de esa abuela que ya no está. O la claridad en la mejilla rosada de un niño que duerme hasta tarde.

Y es que la palabra reverberación tiene un significado establecido pero al mismo tiempo tantos más que llega a ser el brillo de la luna a mitad de un primer beso. O de un segundo y un tercero. Es el calor que surge y se asienta entre dos cuerpos que se rompen en mil fragmentos luminosos traducidos en vidas comunes y plenas.

Mi fascinación es tal porque con esta palabra puedo hablar de brillos, proyecciones, de cuerpos y (des)composiciones, del sol y varios atardeceres.

 

Alisma De León

Acerca de una alegría cauta y de cosas que quisiera no pasaran nunca

 

“Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del silencio”

Cristina Rivera Garza, “Dolerse, textos desde un país herido”

 

Esto sucedió un noviembre, hace tres años, pero podría haber sucedido ayer:

Planeaba dedicar el sábado para terminar de leer textos y no pude. Mis hijos y yo nos levantamos temprano y a las 7:45 a.m., cuando me encontraba preparando el desayuno, se desató un episodio más de los que la ciudadanía llama situación de riesgo. En mi ciudad, Reynosa, estas SDR pasan con más frecuencia de la que desearíamos. Lo diferente en esta ocasión es que, parte de ella, se desarrolló en el terreno contiguo al lugar en el que vivo.

Una camioneta, en plena huida, perdió el control y se estrelló contra el poste de luz de mi casa. La mañana se transformó en pesadilla. El grito de una mujer horrorizada se sumaba al entorno de gritos, voces, pausas y balas. Corrí por mis hijos, nos refugiamos en el clóset y tan solo una pared nos separó del terror.

Permanecimos escondidos durante hora y media. En ese tiempo, temí que alguien se brincara la barda y entrara a mi casa. Me atreví a salir del closet hasta que mi madre llamó para decirme que mi tía, quien vivía en la casa de al lado, le había dicho que los únicos que quedaban en la calle, rodeando mi casa, eran los de la Marina y el Ejército y que los sonidos que ahora yo escuchaba eran los de la grúa al retirar la camioneta.

Por los daños en el poste, nos quedamos sin luz casi todo el sábado. Las lecturas pendientes para ese día trataban sobre la guerra, la que por lo general vemos y sabemos lejos pero después de esas primeras horas no sentía ánimos cuando una, desde hace muchos años ya, se libra a mí alrededor. Entonces comencé a preguntarme si sería posible escribir sobre el dolor desde el terror. Después recordé el horror al enterarme de lo sucedido a los estudiantes de Ayotzinapa y el dolor de saber, por otra parte, de todos los desaparecidos que tiene mi norte. Todos esos desaparecidos de los que nadie habla o habla poco y olvida fácil. Me enojó pensar que cada que algo pasa en mi tierra, si acaso se sabe, se convierte en noticia, tuits, de un día. Parte de algún programa informativo o de debate que termina por resumir nuestro presente en una frase: Tamaulipas es un Estado fallido. Eso somos. Y vamos a un corte.

Me encolericé, pero en esas primeras horas el dolor fue mi voz. Me costó alejar el sentimiento y comprender que sí, que quizá por fin, que tal vez Ayotzinapa nos ayudaría a poner un punto final a este enunciado de impunidad que se antoja eterno. Luego el sábado se me vino encima. Y la desesperanza y el sinsabor llegaron con esa hora y media en que estuve encerrada con mis hijos. Y me pregunté de qué sirve. Y esas horas se transformaron en herida al escuchar a un niño de siete años decirme que no podía quitarse lo que había vivido de la cabeza, un niño que lloraba si lo dejaba solo.

Esa mañana de noviembre, al despertar, les había prometido colocar el pinito navideño. Lo hicimos por la noche. El ser humano –nosotros– no se acostumbra; el ser humano –nosotros– tan solo sobrevivimos de la mejor forma posible. Y le seguimos.

Porque aunque de entrada nos paralicemos, después hay un resorte que nos impulsa a movernos, quizá más lento, quizá con una –ahora y para siempre– especie de alegría cauta. Al día siguiente a ese sábado, de pronto, al barrer, trapear, manejar, leer o escribir, me volvía el nudo a la garganta y con él, el miedo y de nuevo, las ganas de llorar.

Dice Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás: “A la hora de recordar, la fotografía cala más hondo” y, sin duda, las fotografías, como dice Sontag, movilizan, hacen patente el horror de lo que sucede en otros lugares y lo congelan en la memoria. Las fotografías, nos dice también, mueven a reflexionar; pero, aun así, ¿cómo se retrata el grito de la mujer que se encuentra en el lugar y momento equivocado, cómo su sonido? ¿Cómo el estruendo de una sucesión de balas? ¿Cómo el miedo constante? ¿Cómo hacerlo si no es con palabras? ¿Hasta dónde nos acercan, de verdad, al dolor y la realidad de quien vive la guerra? ¿Hasta dónde una imagen quebranta la inmunidad del ser humano que formula dictámenes de sobremesa acerca de lo que sucede en otra parte?

¿Hasta cuándo?

 

Alisma De León