El mar

El mar no siempre me gustó. Hasta hace unos años le tuve mucho miedo. La idea de grandes olas, inmensas olas sacudiéndome de un lado a otro como un pez muerto me aterraba con sólo ver una imagen en alguna revista. En el cine, mi corazón se aceleraba y cerraba los ojos cuando en toda la pantalla las inmensas olas sumergían al barco que como, es típico, se quedaba a la deriva.

Conocí el mar desde niña, pero nunca he sabido nadar. Y la verdad es que meterme entre las olas saladas tampoco me resultaba algo muy grato. Mucho menos sentir esas algas tocándome las piernas, sentir un roce de algo que no se ve a simple vista me hacía pensar que era una medusa: de esas azules que dicen que si te toca hasta te puedes morir, un cangrejo -y sus grandes tenazas-, un tiburón de dos metros con sus dientes afilados, o peor; un pulpo. Todo pasaba por mi cabeza. Así que siempre que iba me quedaba en la orilla enterrándome los pies.

El mar, por alguna razón lo tenía presente hasta cuando dormía. Por años mantuve un sueño que se repitió constantemente: yo estaba en la orilla del mar; sola y, de repente, el mar empezaba a subir, se cubría toda la arena y yo me empezaba a enterrar sin poder salir. De inmediato -como pasa en los sueños -aparecía una palmera a mi lado y yo la empezaba a escalar muy rápido- en los sueños siempre tenemos habilidades y poderes- cuando me encontraba sobre la palmera, veía como el agua subía tapando toda la arena y empezaba a cubrir la palmera donde yo estaba. Gritaba pidiendo auxilio, pero nadie escuchaba. Cuando todo a mi alrededor estaba cubierto de agua y tocaba uno de mis pies, despertaba. Con sueños así, menos me gustaba el mar.

Pero las cosas que nos dan miedo tenemos que buscarle el modo.

En Tampico, con varias cervezas encima, unos amigos y una juventud de: somos invencibles, tomamos la ruta Tampico-Playa. Era más de media noche, sin gente alrededor, con unas sillas llenas de arena que jalamos hasta donde las olas tocaban nuestros pies. No sé si era el alcohol o qué, pero todo se veía realmente maravilloso, las olas brillaban, el sonido era agradable, y mis pies se enterraban cada vez que el agua tibia los cubría.

Con alcohol, el miedo se empieza a ir.

En Xalapa pasó casi lo mismo. Amigos -no recuerdo si había cerveza, pero es probable- y la misma juventud aventurera. La playa estaba a más de una hora. Encendimos el carro y tomamos algunas provisiones. Nos quedamos dormidos sobre una sábana que echamos sobre la arena, sin gente, sin luces, solo con el sonido de las olas golpeándose unas con otras. Guardo una foto que tomé casi a las seis de la mañana, desperté para ver salir el sol. Las olas de nuevo brillaban.

Quizá al mar siempre le tendré miedo. Tal vez por esos videos que he visto donde se sale y tapa toda la ciudad. O por ese sueño que aun puedo recordar claramente.

He disfrutado el mar, no digo que no. He admirado su belleza, su sonido, incluso su color cuando se ve a lo lejos. Me gusta cuando no hay gente, en la oscuridad, en el amanecer. En compañía.

Le he escrito al mar, muchas veces. Quizá porque pienso que está solo.

 

Asenat Velázquez Jiménez

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Tips para llorar… con el psicólogo.

Busca tu desdicha, sin duda hay muchas. Pero elige una.

Haz una cita. Siéntate frente a él, te pedirá que escribas una carta que después no recordará dónde la puso; ni qué decía. Pero inspírate y escríbela con todo el sentimiento. Cuéntale tus problemas. Llora. Por llorar mucho o poco no te cobrará más, así que aprovecha para sacar ese llanto que llevas dentro. Deja que escriba en su libreta café. Quizá esté jugando gato con él mismo o dibujando rayitas, es un misterio, nunca lo sabrás. Pero deja que escriba. Sécate las lágrimas, respira, saca tu espejo y revisa si no se te ha corrido el rímel. Cuando veas que ya no tienes los ojos rojos, paga tu consulta. Haz cita para la próxima semana.

Regresa a la cita. Siéntate frente a él. Deja que pregunte de qué hablaron la semana pasada porque no lo recuerda. Dile que no eres la divorciada, que te está confundiendo. Te dirá que lamenta confundirte así que te contara sobre esa paciente. Escúchalo. Tú no la conoces, pero ya sabes que se está divorciando, que le fueron infiel y tiene problemas con su madre. Siéntete menos desdichada, date cuenta de que muchos la pasan peor. Deja que escriba en su libreta que ahora es roja. Cuéntale tus dolencias. Llora. Es momento de que alguien le importe tu llanto. En su libreta ahora anotó sólo una palabra mientras apretaba los labios. ¿Que anotó? Recuerda que es un misterio. Para de llorar, saca tu espejo del bolso, revísate el rímel. Sí, ahora usas un rímel contra el agua. Paga tu consulta. Haz una nueva cita.

Entra a la cita. Siéntate frente a él. Deja que vuelva a preguntar de qué hablaron la semana pasada porque tampoco lo recuerda. Dile que no eres a la que se le murió el gato, que te está confundiendo. Te preguntará si te gustan los gatos. Tú di que sí, haz platica. Cuéntale del gato de tu madrina, de los mitos de los gatos negros y del que no te deja dormir porque anda en celo. Cuéntale tus males. Llora. Aquí has agarrado confianza y ya traes tus propios pañuelos. Ya no se te quedarán los mocos embarrados en las manos. Deja que escriba en su hoja. Hoy no hay libreta, de ningún color. Ahora el misterio se hizo tan grande que no te diste cuanta qué escribió. Permite que la doble y la meta en medio de un libro. Se perderá igual que la carta que escribiste al inicio. Pero no importa, ya lloraste tanto como querías. Saca tu espejo y acomódate las pestañas. Paga tu consulta. Haz una nueva cita. A la que sabes que no regresarás.

Sal del consultorio con una sonrisa. Camina como si todo se hubiera resuelto. De seguro te sientes curada. Y tu rímel está perfecto.

No borres sus datos. Porque en unos meses que te des cuenta de que no solucionaste nada, regresarás.

En tu lista de pendientes puedes borrar: ir a terapia. Puedes contar que fuiste y fue muy rápido y fácil.

Por último, te recomiendo comprar algún libro que hable de autoengaño.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

#SiNosMatan

Catalina Kühne

#SiMeMatan

Si me matan me gustaría que en el momento en que inventen la historia de mi vida, sean un poco más creativos, que no sólo sugieran que mi comportamiento relajado en hábitos sexuales, sociales o inclusive de vestimenta, eran indicios claros de que merecía ser asesinada.

Unos pretextos con un enfoque más literario, algo, por ejemplo, en el género de la acción. Que sí, claro que era obvio que algo tenía que sucederme, pero como respuesta directa a mis acciones, porque en realidad mi otra yo, era una vengadora anónima y sanguinaria que se ejecutaba a la primera persona que se le pusiera en frente fuera hombre, mujer o quimera.

O apelando a la ciencia ficción, decir que no morí, que simplemente me deslicé asqueada a un universo paralelo en donde no es necesario cuidarse de nada, ni de nadie. Oh, adorable utopía.

También podría hablarse de un misterioso asesinato del tipo de Agatha Christie que incluyera pistas ocultas en letras de canciones infantiles y mensajes misteriosos traídos por guapos extranjeros desde un tren del Cairo.

Vaya, aunque fuera que me hicieran un ataúd de cristal y me dejaran en animación suspendida esperando que llegara alguien a salvarme al darme un beso de amor verdadero.

También se valdría la clásica de que me suicidé, pero publicando mi carta en los periódicos, una carta en la que explicara con hermosas palabras e impecable retórica que este mundo ya no vale la pena porque sus inventos, además de ser una agresión directa a las víctimas, no tienen chiste, sabor, son trillados y aburridísimos.

*****

Abby García

#SiMeMatan

Que se sepa de una vez y que lo sepan por mí. Que se sepa antes de que me maten.

Viví cuatro meses en unión libre con un hombre que enseguida me dejó por otra.

Me gusta coquetear y bailar cachondo. Me gustan los tatuajes, tengo varios. Me gusta la literatura erótica y las historias perturbadoras de la Deep Web.

No me da pena pedir caguamas ni tomar directo de la botella. Abuso de las malas palabras a la menor provocación. Tuve un hijo fuera del matrimonio y sólo lleva mis apellidos.

Me he enamorado tres veces de hombres que conocí en internet. Volvería a hacerlo sin problema.

He regresado a casa de madrugada, caminando, sola y medio borracha. O muy borracha. He hablado con extraños. He bebido con extraños. He aceptado aventones de extraños. He besado a extraños.

Me maquillo sólo para subir selfies a mis redes.

No exijo pensión alimenticia pero a veces tengo que pedir prestado en el trabajo porque mi sueldo no me alcanza. Me acomplejan mis piernas y mi cadera ancha, aun así uso vestido, minifalda y pantalones entallados. Me quejo de estar soltera pero le digo que NO a los hombres que no me gustan.

He viajado sola. He comido sola. He visto porno, sola.

No me gusta lavar los trastes. Pospongo el quehacer hasta que no se puede vivir más en la casa. Creo en los horóscopos, en el tarot, en el karma, en la reencarnación, en un primer motor de todas las cosas y en la existencia de las buenas personas.

Juzguen ahora que lo saben. Júzguenme. Lo confieso por si me matan.

*****

Alisma De León

#SiMeMatan

Sería tanto lo que podrían decir:

era una descuidada, iba a cualquier lado, a cualquier hora, daba vueltas innecesarias, aceptaba compromisos sin fijarse, manejaba de noche, era divorciada, no iba a la iglesia, usaba escotes, maldecía, se maquillaba en exceso, llevaba siempre la boca roja, era lesbiana, tenía muchos novios –o no tenía ninguno–, acostumbraba andar por la calle sin  compañía, incluso la vieron en un cine o un café sola, alguna vez se la encontraron caminando con alguien que traía un tatuaje, ella misma tenía uno, dos o muchos –escondidos o a plena vista–, compartió casa con un hombre, de cascos ligeros, una golfa, una payasa, chocante, impertinente, con dos tarjetas de crédito hasta el tope, estudiante mediocre, ratón de biblioteca, coqueta, platicaba con quien fuera –hombre, mujer, joven o viejo–, salía a la calle en mini falda, pantalón a la cadera, leggins, necia, inconforme, usaba demasiado Facebook, Instagram, Twitter, chateaba con gente que apenas conocía, subía selfies, anunciaba donde estaba y lo que hacía, no medía sus palabras, andaba de fiesta hasta la madrugada, visitaba bares y cantinas, tomaba poco o en exceso –margaritas, vodka, tequila, cerveza–, fumaba, se drogaba a veces, era una creída, mala influencia, mala hija, mala madre, mala esposa, mala novia

Si me mataran mañana y se dijera algo de todo eso o todo eso junto, incluso tú, que sabes quién soy y la parte que de lo dicho es mentira, dudarías.

*****

Nidia Cuan

#SiMeMatan dirán

que era demasiado confiada, que le sonreía a los extraños, que siempre terminaba hablando con desconocidos. Si me matan dirán que revelaba mi información personal con demasiada facilidad, que tocaba mucho a las personas, que hacía muchas preguntas, que usaba vestidos cortos y pantalones entallados, que no me vestía como una mujer casada, que no me vestía como una mujer de mi edad. Dirán, seguramente, que siempre tuve amigas sospechosas, que me juntaba con “hippies” y drogadictos, que muchas veces salía sin mi marido, que tenía amigos que me llamaban a menudo por teléfono, que me escribían cartas, que me buscaban siempre. Dirán que tomaba terapia, que iba al psiquiatra, que nunca se sabía qué esperar de mí. Si me matan, dirán que salí de mi casa cuando tenía 18 años, que nunca me cuidé como debía, que les contestaba a los que me gritaban en la calle.

Dirán, no me cabe duda, que fue una consecuencia lógica, que no se podía esperar otra cosa.

*****

Lolbé González

#SiMeMatan dirán:

Que nunca pagué las multas de tránsito.

Que pasé cuatro años sin devolver un libro a la biblioteca y otro me lo quedé para siempre.

Que tenía la sospechosa costumbre de planear qué ropa ponerme. Una coqueta.

Que usaba un piercing en la nariz, signo claro de inestabilidad.

Que me gustaba mucho estar sola.

Que iba a terapia.

Que me enojaba con facilidad o me emocionaba demasiado ante situaciones anodinas.

Que cantaba canciones de despecho en el auto como si tuviera roto el corazón a perpetuidad.

Que encontraba en todos lados un motivo para hablar de feminismo y a veces lo hacía hasta caer mal.

Que no entendía un comino de los trámites de hacienda y vivía con el miedo de me fueran a embargar.

Que, en ocasiones, se me antojaba un trago de cerveza como sólo se puede antojar un beso.

Que nunca superé la adicción a ciertos dolores.

Que renuncié a un trabajo estable para vivir quién sabe cómo.

Que adquirí una deuda bien grande.

Que una vez robé un chamoy de la farmacia, mentí, usé calzones gigantes, traicioné, no comí frutas, lloré, salí sin sujetador, pasé días sin comer, hice trampa en el examen, olvidé ponerme desodorante, me bañé desnuda en el mar.

Si me matan dirán que parecía una buena amiga/hija/nieta pero que estaba llena de secretos. Que por eso me mataron.

*****

Mónica Flores

#SiMeMatan

Dirán que era una control freak… pero hagan exactamente lo que les pido. Amen con locura a quienes amé y me aman, den apoyo y consuelo, porque cada persona a la que le falta alguien por violencia sufre lo indecible. Persigan y juzguen al asesino en lugar de ser viles conmigo. Al funcionario que no pueda garantizar justicia y seguridad para su pueblo o comunidad, (qué va a renunciar), sáquenlo. Aspiren a un pueblo nerd, sensible, solidario y bondadoso y hagan lo que tengan que hacer para construir en esa dirección.

*****

Asenat Velázquez

#SiMeMatan  (que no deberían. Nadie, absolutamente nadie debe matarme.)

Pero por si las moscas, me matan, no inventen cosas de mí, por ejemplo: que fui muy buena persona, una persona increíble o cosas por el estilo. Ya muchos saben que no es cierto, yo lo sé.

Si me matan, para no llevarme cosas pesadas a la tumba, informo que sufrí acoso callejero y da miedo, acoso laboral pero el jefe –es jefe – y siempre gana, violencia de pareja (de esa que hace que prefieras quedarte sola). Y sobreviví, así como muchas sobrevivimos.  Nos matan el alma, eso sí, de ahí nos quedamos muertas.

Si me matan, muchos dirán que es porque vivo en Reynosa. Pero informo que ya me apuntaron con armas largas y levanté las manos, estuve con mi grupo de estudiantes bajo los mesabancos mientras las balas cruzaban por la calle y salimos ilesos. Digan que me dedico al arte. Que no soy tan mala persona.

Si me matan puede ser que digan que es porque bebía cerveza, salía de noche, provoque a alguien, tenía un brazo desnudo, levante la ceja, mi cabello era provocador, llevaba zapatos abiertos y mi pie se veía expuesto e incitaba, o algo más absurdo.

Pero si me matan y mi cuerpo no aparece, entonces sí. Digan cosas bonitas, aunque sean mentiras. Porque siempre se hablará bien o mal del que no está presente.

Pero entiendan, nadie debe de matarme. No doy ni el permiso ni la autorización para hacerlo. Solo digo si me matan, porque hay cientos de mujeres que no alcanzaron a decirlo.

*****

Karla Marrufo

#SiMeMatan

dirán que era antisocial, depresiva, arrogante

que siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta

que mantuvo en la friendzone a varios hombres buenos

y que sin embargo solía usar vestidos escotados y cortísimos

dirán que viajaba sola o sólo con amigas que es lo mismo

dirán que vivía sola

caminaba sola

hacía las compras sola

paseaba al perro sola

se paseaba a sí misma sola

que se dormía en trenes, aviones, autobuses, como esperando a que algo sucediera

dirán que nunca se casó ni tuvo hijos, que despreció desde siempre su instinto maternal

dirán que era atea, agnóstica, esotérica y coqueteaba con la santería

que el orden impecable en su casa delataba sin duda un trastorno psiquiátrico

y que en realidad nunca tuvo amigos

dirán que sin embargo se le solía ver acompañada de lesbianas, homosexuales, transgénero, teatreros, músicos, literatos en general y poetas en particular, todos ellos tatuados, con los cabellos de colores y perforados de las narices y otras partes menos decentes

dirán que a veces se desaparecía semanas enteras

            seguramente para dedicarse a los sacrificios que exige la santería

            seguramente para participar de orgías pérfidas con esa caterva de hippiosos

            seguramente para empastillarse hasta la inconsciencia

y luego reaparecía como si todo estuviera tan normal

dirán que bebía demasiado

dirán que era abstemia y eso no es normal

dirán que parecía que siempre estaba mariguana

dirán que nunca fumó pero seguro se metía otras cosas

dirán que la mataron porque para un ser así no había lugar.

*****

Sandra Ramírez

#SiMeMatan

Si me matan quisiera conocer antes el papel que desempeñaré cuando esté inerte. ¿Seré una alcohólica? ¿Una drogadicta? ¿Una ramera? ¿O las tres cosas?

¿Representaré un caso de violación provocada?, ¿seré una infiel de quien se vengó su pareja? o ¿seré una mujer con problemas emocionales que no pudo con su lamentable vida?

Si ven mi cuerpo y no soy suficiente para un papel, quisiera saber cómo manipularán mi historia.

Si me culparán por viajar sola y ponerme a merced de cualquier asesino. Si mi derecho a decir lo que pienso me dará el pase directo a una fosa clandestina. Si no fui precavida cuando quise verme bonita para salir y usé un vestido corto con escote. Si comprar libros y no tener tiempo suficiente para terminarlos dará la señal para asesinarme.

Quiero tener claro si mi nulo interés por ser ama de casa, tener sexo, hijos, novio y una deuda hipotecaria, son razones suficientes para que cualquiera termine con mi vida.

Me gusta salir, gastar dinero que no tengo y hace rato que dejé de ahorrar para el futuro. Me desvelo aun cuando tengo sueño.  Veo series que no me gustan sólo porque son populares. Escucho música que no encasillo en ningún género.  Canto a todo pulmón de regreso a casa cuando manejo de noche. Continúo una discusión hasta desgastarme por buscar una empatía que no existe en la otra persona. Me apego a la gente porque siento que lo necesita y malamente me engancho cuando lo necesito yo.  Me falta frialdad.

Mando mensajes en la madrugada, reviso whatsapp aun cuando no recibo alertas de respuesta. No me gusta Facebook, pero parece un requisito social. Muestro mis sentimientos demasiado pronto. Sonrío, muchas veces, con esfuerzo. No me permito llorar, cuando lo hago desahogo el llanto luchando contra la asfixia que provoca. Me gusta besar. Disfruto dar un abrazo sin que me lo pidan, porque mi ego piensa tener lo que el otro requiere, pero muchas veces yo lo necesito más. Estoy enamorada de un chico mucho menor que yo. No me maquillo lo suficiente, no me visto llamativa, jamás me he pintado el cabello y tengo miedo de operarme la vista.

Quisiera saber, antes de cerrar los ojos, cómo quedará mi historia, o tener claro si se dejará por un lado la vida que tuve para inventar una a placer del público.

¿Cómo se hace?

Lo primero que compré cuando me pagaron por todo el esfuerzo que hice en una quincena, acomodando dulces en un Seven, cuando tenía como 15 años, fue una revista de Conozca Más.

Con esa edad, un sobre con 550 pesos y un vale de despensa de 50, me sentía una mujer autosuficiente. Pensaba en todo lo que podía comprar: libros, revistas, comida chatarra, más revistas, una moto, incluso; me veía con mi propia casa y viajando por todo el mundo. Me sentía una mujer pudiente. 

Compré revistas que hasta hace un mes, se fueron a la basura: Conozca Más, Muy interesante, National Geographic comics. Las leía tres o cuatro veces hojeándolas con delicadeza para que no se maltrataran. 

Un día, pasó un señor con una caja encima, tocó la puerta de mi casa y cuando salí, preguntó¿está tu papá o un adulto en casa? Antes podías decir con facilidad que no, que estabas sola, y no sabías a qué hora llegaban. La cosa es que ese señor vendía libros en abonos chiquitos. Me enseñó paquetes de diccionarios, enciclopedias ilustradas, de apoyo escolar, –todo lo mejor y más actualizado para que saques 10 en la escuela– lo repitió como cien veces. Terminé siendo su cliente porque, como dije en un principio, era una mujer muy pudiente y lo mejor, el señor también aceptaba vales de despensa como pago. Le compré un paquete de diccionarios, una enciclopedia, uno de Historia de México, Atlas, Biografías y mi adquisición más valiosa –cara–: un curso práctico de dibujo en cuatro tomos. Por ser buena clienta, de regalo en este último podía escoger un libro de los tres que estaban disponibles, así que llegó a : Pregúntale a Paty. Un libro de preguntas sobre la tierra, el espacio, el mundo animal, ciencias, cuerpo humano, historia y artes. Fue ahí cuando me di cuenta que me gustaba tener información de todo tipo y saber, sobre todo. ¿Para qué? Para nada, sólo por saber. Pregúntale a Paty, era como las revistas que ya tenía, sólo que el lenguaje era mucho más sencillo porque era para niños. La primera pregunta que aparecía en el libro era: ¿Cómo se formó el Universo? Y abajo, a un lado de la foto con planetas decía: Se piensa que una gran explosión hizo que las galaxias se esparcieran por todo el espacio, esta explosión es llamada Big BangUna pregunta y una respuesta corta. Todo fácil. Leí el libro completo. Más de 1000 respuestas de “¿Qué es?” o “¿Para qué sirve?”. Me convertí en una persona que tenía mucha información que a nadie le importaba. En una reunión con amigas nadie me iba a preguntar: ¿Cómo es Júpiter? ¿De qué color son las estrellas? ¿Cuáles son los animales de sangre fría? ¿Quién descubrió el subconsciente? ¿Por qué las personas tenemos distinto color de piel? ¿Cómo percibe el recién nacido a su madre? ¿Qué es un psicópata? ¿Qué obras son las más representativas de Frida Kahlo? No son temas de conversación interesantes a esa edad. Y toda mi información se quedó guardada.

Con el paso del tiempo y gracias a internet y el cable, llegaron a mí, programas de televisión: How do they do itHow does it workCinema Secrets. Ahora ya no sólo era papel. Podía saber cómo se hacía el chocolate, los chicles, la captsup, cómo funcionaba el aire acondicionado o una máquina para hacer café. Todo paso a paso desde el lugar dónde lo hacían. Como un gusto culposo, sí, acepto que paso algo de tiempo viendo esos tipos de programas que ahora están por capítulos colgados en la red, disponibles a la hora que quiero. Sigo metiendo información en mi cabeza como hace años, información que a nadie le interesa que le cuente, pero, que incluso, me da tranquilidad. 

En todas esas revistas, libros o programas las cosas se hacen o funcionan de manera lógica. Tienen un porqué y un cómo. 

No sucede tan fácil con la vida. Mucho menos cuando las preguntas te las haces a ti, ¿por qué lloras con una película? ¿Cómo se pide un abrazo? ¿Por qué sientes así? ¿Así, cómo? Pues, así. ¿Cómo decir “tenemos que hablar” sin remordimiento”Paty no tiene esas respuestas, ni tampoco ninguna máquina, ni siquiera la de hacer chocolate. Hay un porqué y un cómo, eso no lo dudo. ¿Pero por qué está tan adentro de uno? De eso tampoco tengo respuesta.

He pasado parte de mi vida buscando respuestas, pero cuando aparecen, me escondo, las ignoro o pienso que no son las correctas para seguir buscando. Todo sería más fácil si yo fuera una máquina de hacer chocolate.

Queriendo cambiar de vida, moviendo muebles

Cuando vivía con mis padres, en mi recamara movía los muebles por lo menos una vez al mes. Era una necesidad de ver el espacio diferente. Movía la cama; donde nace el sol o donde se oculta, pegada a la ventana, incluso llegué a ponerla en el centro de la recámara donde estorbaba. Movía el librero, el tocador, los muñecos de peluche, siempre para verlos en un lugar diferente, sin saber por qué.

Un día me encontré un libro. Feng Shui para mexicanos. Ese libro que encuentras solo en momentos de desesperación. En contraportada el libro me preguntaba: ¿cuándo fue la última vez que pintaste las paredes de tu casa? ¿Hace cuánto tiempo que no haces limpieza general? Y yo soy una persona que, si en un libro viene escrita una pregunta, pues le contesto. También decía: Quizá esa falta de mantenimiento o esa decoración que ya no te gusta hace que la energía se estanque en tu casa. Y yo dije; ¡claro! Eso pasa. La energía se está estancando. Aún no llegaba a los veinte años y sentía que mi energía y buenas vibras no andaban bien.

Me enfoqué en el libro que con varios pasos harían que mi Chi mejorara.

1.- Deshacerse de todos los objetos que estén rotos, descompuestos o que nunca usamos. Y me decía: ¿en qué bote de basura aviento mi corazón? Paso número uno, sin éxito.

2.- No conservar periódicos o revistas viejas. Tenía una gran cantidad de revistas de todo tipo. Recortes de periódicos y los suplementos dominicales de cultura. Paso dos, sin éxito.

3.- No permitir que se acumule la basura en nuestra casa; hay que sacarla todos los días. Paso tres, con éxito. Las moscas jamás las he tolerado.

4.- No debemos tener focos o lámparas descompuestas. Velas: rojas, blancas y una en forma de cirio. Porque los focos siempre se fundían. Paso cuatro, sin éxito.

5.- No tener un cuarto lleno de cosas viejas que no utilizamos y que sólo tengamos porque nos traen recuerdos. Mi recámara era ese cuarto que estaba lleno de cosas viejas que me llenaban de recuerdos. Dentro de mi recámara tenía un baúl donde guardaba más recuerdos, pero que no quieres tener a simple vista. Punto cinco, sin éxito.

6.- Regalar la ropa que ya no usamos a alguien que pueda aprovecharla. Engordé. Y tuve que regalarla. Punto seis, sin éxito.

El libro decía todo lo bueno que pasa con nuestra vida cuando acomodas las cosas como debe ser. Lo hice. Pero no funcionó. Hace 14 años no funcionó.

Esta semana moví muebles en mi propia casa. La sala cambió de lugar, el comedor está en otro. Mientras acomodaba una cortina me acordé de aquel viejo libro al que casi le rompo las hojas.

Sé que en el fondo uno mueve los muebles con toda la intención de mover nuestra vida. Ésta que de vez en vez se estanca. Deja de fluir. Se vuelve una estatua de barro pesada, sin gracia, que no es digna de exhibir. Movemos mesas, sillas, el librero, cambias el tono de luz, compras nuevos objetos, lo haces todo, y queremos que mágicamente las cosas nos hagan el cambio que tanto necesitamos.

Hay nuevas fotografías colgadas en la pared y sé que quiero regresar a esos lugares, a esa playa donde pasé una buena noche y desperté sólo para ver salir el sol.

Con el mismo corazón desganado, con la misma mente llena de dudas, nos sentamos en un rincón para disfrutar de nuestros nuevos cambios. De nuestros nuevos arreglos. Cambiar los muebles porque no tenemos la valentía de cambiar nosotros.

Buscando cosas que contar

Llevo unos días tratando de escribir sobre algo. No sé qué, sólo algo. Parece que mi cerebro ha estado congelado. Intento todas las formas que conozco para motivarme. Tomo café: con leche y sin leche; espero con ansia al chico vendedor de elotes y lo preparo, esta vez, con chile que pica para a ver si hay una reacción cerebral diferente. Me levanto y salgo a dar una vuelta, como chocolates –por esto del 14 de febrero tengo suficientes–, bebo una cerveza, vuelvo a comer, pero nada más no.

Busco en internet cuentos, poesía o sólo tarjetitas con la foto de un gatito pero nada me parece tan interesante como para ponerme a escribir sobre eso.

¿De qué escribir? De comida, de la vida, de un gato, ¿de qué?

Me levanto y me voy a mi taller. Reviso los libreros y empiezo a hojear cada libro, o bueno, los que siento que me llaman, para ver si de alguna manera hay una palabra que retumbe en mí, pueda agarrarme a ella y escribir sobre eso.

No puedo decir que tengo libros de todos los temas, la verdad es que no. Los abro, paso sus páginas y en lugar de respuestas, me dan más preguntas.

Tengo varios libros de historia del arte y digo, ¿porque se sigue llamando bellas artes a las artes? No todo el arte es bello. Tengo dos biblias, una mucho más gruesa que la otra. Ahí mejor ni me meto porque no terminaría de preguntarme cosas.

Agarro Cinco Esquinas de Vargas Llosa, pero ése no, porque Rolando Garro me cae bien gordo. Luego me acuerdo como termina y digo: pobrecito. Me pregunto porque Vargas Llosa escribe así. Así, bonito. También lo cierro.

Tengo un libro que compré en preparatoria y lo mantuve oculto por mucho tiempo porque su nombre lo decía todo. Apolo, obras maestras de la fotografía erótica. Recuerdo que lo compré en una papelería por una cantidad para la que ahorré durante mucho tiempo. Apolo era el libro de hombres desnudos y Venus, el de mujeres. Ése nunca lo pude conseguir. Hojeé Apolo despacio, porque tiene más páginas y es fotografía.

Abro libros ganadores de concursos. Libros que tengo con el autógrafo del autor. Así, como fan. Libros de teatro, donde al leerlos puedo escuchar tonos de voz. Libros de antología de cuentos o poesía. Y también novelas. Abro sus páginas, leo, y ya se fue la mañana. Y aún no tengo idea de que escribir.

Después de comer, me pongo a leer a Oscar Wilde. Encuentro al gato negro y me acuerdo que yo quiero un gato. No tengo gato. Cierro el libro y me pregunto ¿por qué negro? ¿Por qué no amarillo con pechito blanco?

Libros de psicología que eran de mi padre. Los leyó y terminó vendiendo muebles. Libros de brujas, vampiros, brujería. No tengo libros de superación personal (cuido mi dinero). Libros que se han hecho película y me pregunto ¿tengo alguno de Harry Potter? No, no tengo. Libros de diseño, psicología del color, de dibujo, de pintura, diccionario del arte, revistas para aprender a dibujar. Abro todos y los hojeo. Y nada. Mi cabeza dice: es hora de un café.

Este es el caso de cuando escribes quejándote. Y se llenan dos cuartillas escribiendo de cómo no tienes de qué escribir. Y te acabas el café pensando que mañana si habrá cosas por contar.

Asenat Velázquez Jiménez

Luces por todos lados

Hay un dicho que dice: aunque todo tu camino esté lleno de sombras siempre hay una luz al final del camino.

Cuando era niña había una noche que en verdad me encantaba. Pero me encantaba de esa forma que uno nunca menciona por no saber explicarla. Desde hace muchos años, en diciembre, Veracruz celebra el día del niño perdido. Cerca de las siete de la noche la gente prende veladoras haciendo un pequeño camino hacia su casa. Hay velas encendidas por toda la ciudad, se apagan las luces y solo se ven en las calles pequeñas lucecitas que se tambalean de un lado a otro luchando por no apagarse. La ciudad se vuelve oscura, pero hay una sensación de paz y alivio por esas velas que alumbran el camino y sabes que de alguna forma llegarás seguro a tu casa. Yo tenía unas vecinas que eran muy católicas y esa era un punto a favor para esa noche, pues ellas se encargaban de que en nuestra calle no faltara ni un metro por iluminar.

Las luces de esa noche hacen referencia a la vez que, de niño, Jesús se perdió en Jerusalén y tres días después sus padres lo encontraron en el Templo de Salomón platicando con los sabios. Hoy en día también hace referencia a todos esos niños que se han perdido -robados, secuestrados- y las luces sirven para iluminar su camino de regreso a casa.

Recuerdo una noche en que caminaba de la casa de mi abuela a la mía en medio de todas esas velitas. La gente platicaba afuera de su casa y me imaginaba que realmente esperaban que Jesús llegara a su puerta, cansado y con hambre, con los huaraches rotos y su trajecito blanco como de sábana enredada en su cuerpo todo sucio.

Mi casa estaba en lo alto de un cerro y para ir a la escuela tenía que bajar por unas largas escaleras. Al siguiente día, ahí estaban las velas derretidas pegadas al suelo en cada uno de los escalones. Dice la biblia que María, después de traer el Jesús en la boca, encontró a su hijo. Para algunas historias de hoy no siempre hay velas suficientes que lleven a muchos niños de regreso a casa.

Hace algunas navidades, estando en la casa de mi abuela, lanzaron globos de Cantoya y los vi alejarse con su luz prendida. El fin de año que pasó, mi mamá me contó que de nueva cuenta mis primos llevaron muchos globos que lanzaron para despedir el año. Esta vez, no sólo fueron ellos, sino toda la ciudad lanzó esos globos que iluminaron el cielo. Me hubiera encantado verlos, la verdad que sí. Aunque me puedo imaginar a esas pequeñas luces que se desprendían de todos los cerros y se elevaban como luciérnagas.

Mi madre tiene un gusto grande por las luces navideñas, siempre le decimos que no le cuelga luces al gato porque no debe. En navidad ir a visitarla es encontrar la casa oscura, con pequeñas lucecitas colgadas por las paredes que hacen brillar las hojas de las plantas y las coronas de cristo que tiene floreando en su jardín. Navidad tiene algo muy bueno: las luces navideñas que la gente cuelga en sus casas y en sus pinos adornados.

Sí, tengo un gusto por las pequeñas luces en la oscuridad. Incluso por esos botones reflejantes de carreteras que las llantas aplastan constantemente, por la noche, al prender las luces del carro.

Quizá si sea cierto eso que dicen y todos buscamos esa luz al final del camino. Yo, por tener un laberinto de vida, busco en todas partes esa pequeña luz. Uno no sabe los misterios de la vida, pero quizá todas esas luces navideñas o todas esas velas encendidas tienen un objetivo más profundo: que la gente encuentre su luz, su pequeña luz al final del camino. Aunque nadie lo sepa realmente.

Asenat Velázquez Jiménez

Chavelita

Al cumplir los doce años dejó de ser Chavelita para convertirse en Isabel. A esa edad, sus pasos empezaron a tener sonido, el taconazo sonaba desde lejos y uno podía decir “ahí viene Isabel”, aunque al verla sus pasos se parecían más a los movimientos chuecos de un pato. Isabel era morena, chaparra, aunque prefería que le dijeran bajita para no sentirse ofendida. De niña era la virgen de todas las procesiones, siempre llamando la atención con su traje azul celeste con blanco, sentada en un carro alegórico, uniendo sus manos como si rezara. Los niños que la veían se preguntaban si se las amarraban para que no las bajara durante todo el recorrido, pero no, ella era tan auténtica que nunca perdía la pose.

De ser Chavelita a ser Isabel sólo tardó un día. El calor y el humo de una mañana la despertó de golpe. La Virgen de Guadalupe que cuidaba de ella, de sus hermanos y de su madre, se quedó dormida en la orilla de la ventada donde siempre estaba, dejándose caer y tumbando una vela que cayó sobre el traje azul celeste con blanco de Chavelita. Sólo escuchó el grito de su madre que decía: ¡Isabel, corre!

Nunca escuchaba el nombre de Isabel, ella era Chavelita y punto. Cuando volvió a escuchar de nuevo “¡Isabel, corre!”, supo que era a ella.

No hay muchos recuerdos de ese momento, sólo guarda una foto dentro de un libro que nunca empezó a leer. Una foto que no recuerda quien se la regaló, pero que de vez en cuando observa para no olvidarse de la cara de su madre y sus hermanos.

Después de la misa de seis, Chavelita sale de la iglesia. Cuando baja el sol, a lo lejos, sobre la calle de piedras se escuchan los taconazos de una niña. Dentro del lugar que ahora es su casa muchos hombres la esperan. Lleva siempre los ojos pintados y los labios color violeta. Hoy viste con falda floreada y blusa de tirantes. Entra, en la mesa al fondo el borracho más perdido le grita: “¡a tu salud, Chavelita!”. Se acerca, le arrebata la cerveza de la mano diciéndole: “¡soy Isabel! ¡Isabel!”, y de un tiro le rompe la botella en la cabeza haciendo una mezcla en el aire de sangre y alcohol, mientras el borracho cae. Se da la vuelta con toda tranquilidad, tiene la certeza que en ese lugar para ella las cervezas son gratis.

Asenat Velázquez Jiménez

Algunas cosas necesitan lentes

Tenía seis años cuando me colocaron los lentes. Ahí empezó más clara mi memoria, aunque tengo vagos recuerdos de cuando no los usaba, antes de ellos todo recuerdo es borroso. El oftalmólogo puso sobre mis ojos unos pequeños lentes grises de plástico con una cuerda rosita que rodeaba mi cabeza y se me enredaba en el pelo. En ese momento supe que muchas cosas en el mundo tenían que tener lentes.

Con lentes se veían mejor las letras, más claros los colores, el dolor de cabeza desaparecía, lo lejos era lejos y lo cerca era cerca. Descubrí que mi abuela era más canosa y arrugada de lo que yo suponía. Imaginé también (en aquel momento) que cuando estuviera viejita –por esto de usar lentes– quedaría ciega como mi abuelo, y la abuela tendría que andar pegada a las paredes como mosca y en silencio como fantasma.

En la noche cuando me acostaba y la luz se iba, tomaba mis lentes y me los ponía en el pecho. El corazón necesitaba lentes. Mi corazón era como una cajita que al ponerle lentes se abría para mirar los sueños.

En la primaria Lucas me decía cuatro ojos. Me quitaba los lentes y corría por el patio. Gaby, mi amiga, me dijo que yo le gustaba a Lucas. Lucas, necesitaba lentes. Él tenía que ver que a mí no me gustaba él ni tantito. Era güero; sus pelos llenos de gel se le paraban. Era como un pollo güero, remojado, flaco y sin plumas. Y me decía cuatro ojos.

Cuando murió mi abuela, mi madre dijo: tu tía llora tanto que va a formar un lago, y de tanto llorar, tu tía se va a secar. Con diez años mi imaginación llegaba a verla sentada en medio del agua llorando, inundada hasta el cuello y cuando no tenía más lágrimas, el agua empezaba a bajar enterrándola en el lodo como un renacuajo. Ahí supe que las lágrimas necesitaban lentes. Ellas debían ver que era necesario que mi tía llorara por la eternidad para que el lago nunca se secara.

A los 20 años descubrí que el amor es ciego, completa y estúpidamente ciego. El amor necesita usar lentes.

Ahora a los 30, ya no soy cuatro ojos como decía Lucas, ahora creo en eso de la intelectualidad. ¿Lucas? Desde quinto grado de primaria no sé de él. Probablemente sigue siendo un pollo güero remojado y sin plumas, desde chiquito se notaba que no mejoraría mucho.

Los lentes son fríos, cansan, lastiman, marcan la nariz. Usar lentes es tener la mirada tras un cristal que se ensucia y se limpia según el caso.

Sin lentes, no hay subtítulos en el cine. Las personas se vuelven fantasmas. Sólo cerrando los ojos a punto de escaneo puedo distinguir al bulto de persona que se acerca. Sin lentes no saludo en la calle. Porque nunca los vi.

Asenat Velázquez Jiménez