Doña Eulalia

Doña Eulalia está sentada muy derechita en su silla predilecta; de cuando en cuando, trata de erguir aun más su espalda y enderezar su cuello elevando el mentón. Su altiva figura y la rigidez  de su postura manifiestan fuerza y carácter pero,  en claro contraste,  ostenta también finura y delicadeza innata en el rostro noble. Ese rostro, antes hermoso, ahora está como burilada por surcos profundos que la recorren y llegan a desaparecer en lo más alto de su amplia frente.  Su cabellera, orlada por suaves ondas de canas, va  recogida en alto chongo como albo copo de nieve.

La mujer ahora alarga el brazo, tiembla su mano añosa,  y toma la campanilla de plata de la mesita. Con tenaces movimientos la hace sonar al aire, una, dos, tres veces. La doncella aparece de inmediato  respondiendo al tilín, tilín y se acerca  a la anciana con pasos presurosos, sabedora de la presteza que su estricta patrona espera de quienes la rodean. La muchacha se ve agitada y muestra señales de llanto reciente, pero es evidente que se esfuerza por ocultarlo para complacer a la señora quien, con aristocrático ademán, le ordena retirar el brillante servicio de té y las servilletas de lino y encaje.

—Retira y vete a dormir —dice  Doña Eulalia con  cascada  voz.

—Si la señora no desea nada más, quisiera salir un rato esta  noche.

—Mira si serás irresponsable.  Cuando se te contrató quedó perfectamente claro que no me gusta quedarme  sola. ¿Ya lo olvidaste?

—No, señora.

—Pero así son todas ustedes, nunca entienden nada; seguro quieres salir a verte por ahí con algún fulano que te convenció.  Pues no, no hay permiso.  ¿Está claro ahora?

—Sí, señora.

—¿Cuándo aprenderás que los hombres no merecen nuestra atención? Nunca, ni un minuto, lo oyes, ni por un segundo, debes andar de complaciente con ellos.  ¿Oíste bien? —inquiere insistente con despectiva altivez,  casi gritando.

—Sí, señora.

—Retírate y ocúpate de algo de provecho, como pulir la plata; está opaca, no brilla como a mí me gusta. Y avísale a la lavandera que tendrá que planchar otra vez la mantelería de lino, no la aceptaré así de ajada.

—Sí, señora.

La anciana queda sola en la alcoba, encorvada y hundida en pensamientos que son su única compañía porque, desde tiempo atrás, su ser altivo alejó a la gente que solía rodearla. Y no es fácil, ya no es fácil nada, ni siquiera conservar su espalda erguida, como antes cuando por su grácil talle y juvenil belleza fuera tan lisonjeada. Suspira y flexiona un poco la espalda, aflojando la forzada postura que siempre trata de llevar. Un remolino de recuerdos y nostalgias la ciñe de pronto pero ella se resiste, no piensa sucumbir ante el vendaval, y éste,  poco a poco se aleja dejándola otra vez sola.

En un impulso se dirige con paso cansino a su secreter de caoba. Del pequeño cajón toma una llave que introduce en el chapetón de bronce  y gira abriendo la puertecita. Su mano trémula acaricia el entrepaño de terciopelo púrpura, luego toma una caja que coloca en la mesita. Batalla un poco pero al fin logra sacar de la caja la botella de tequila. La destapa y le da un trago grande;  con los ojos húmedos musita al vacío:

—Por ellos, aunque mal paguen… los hijos de su pelona.

 

Graciela Ramos Domínguez

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Cuando todos teníamos uno

Recién casada llegué a vivir al Distrito Federal y tuve un VW Sedán, era color verde pistache; el de mi esposo era verde java. Mis hermanos Hugo y Leonel también tuvieron sus “escarabajos” cuando estudiaban en México. (Ubaldo, el mayor de los tres, vivió toda aquella época en París, si no, seguro habría tenido uno.) Toda la familia se prendó de ellos, hasta mi padre; cuando iba a vernos de Reynosa a México, le causaba gracia ver “tanto carrito chiquito”, como les decía. Le encantaron, fue amor a primera vista, y abandonó su usual pick-up por una catarina; parecía niño con juguete nuevo, se lo recomendaba a sus amigos de Reynosa. Un “volsguaguen” se podía estacionar en cualquier sitio y era muy económico. También mi hermana Edna, ya próxima a ser piloto aviador de jet, manejaba uno. Anabella, mi hermana menor, en gratas épocas de giras teatreras, viajaba en uno color plateado; y sé que mi cuñado Mónico Salvador, tuvo uno azul. Sólo recuerdo los colores, modelo y año no venía al caso para mí. Democracia total, y muy poca diferencia de modelos. Parecía que todo México era devoto del VW.

Mi esposo Pepe hacía entonces especialidad en Ginecología y tenía guardias hospitalarias pesadas y de mucho encierro, por ello prefería huir de la Ciudad de México cada fin de semana libre. Salíamos ligerísimos de equipaje y sin rumbo fijo. No íbamos muy lejos: poblaciones pintorescas como Cuernavaca, Tequisquiapan, Querétaro, San Juan del Río. Otras veces era la ruta de la Independencia, Guanajuato, San Miguel, Dolores.  En aquel tiempo trepábamos al vocho sin más previsión que llenarlo de gasolina, con poco dinero en la bolsa y confiados en nuestro fiel carrito. En fechas “puente”, llegábamos hasta Guadalajara, Barra de Navidad, Vallarta, Colima, Puebla.

Un sábado al oscurecer, andábamos con mis hermanos paseando en el VW por Avenida Reforma. Baldo nos visitaba de Europa y Nelo ya estudiaba ahí en la Ciudad de México. Impulsivamente alguien propuso (quizá yo): “¿Y si nos vamos a Reynosa?” Un entusiasta “¡Sí!” coral, unido a la nostalgia por el terruño, acompañó al viraje en “U” que tomamos rumbo al norte. Enfilamos hacia Querétaro, tomamos la autopista, y no paramos durante esos mil kilómetros hasta llegar a la casa paterna en la calle Madero. Ya era domingo. Almorzamos con papá y mamá y después de una sabrosa plática, tomamos carretera de regreso y transcurridos los mismos mil kilómetros que de ida, llegamos anocheciendo a la casa, y a dormir: debíamos trabajar el lunes. Locos pero en VW.

Hicimos viajes aventurados por casi todo el país. Disfrutábamos la playa, nos lanzábamos hacia Acapulco, Hugo mi hermano nos acompañaba por el puro antojo de comer un domingo, en Puerto Marqués, almejas frescas con limón y salsa, vivitas y coleando. El incansable vocho nos llevaba por Veracruz, Catemaco, Villa Hermosa. En vacaciones acampábamos en sitios arqueológicos de Yucatán y Chiapas. Disfrutábamos Palenque, Chichén, Campeche, Coatzacoalcos. Íbamos a Mérida, cambiábamos la tierra por el mar, subíamos a veleros, trasbordábamos en el avioncito a Cozumel e Isla Mujeres, nos atiborrábamos de cocteles de caracol, y ya hartos de mar y cielo, volvíamos a rodar las carreteras en nuestra “catarinita” que nos parecía tan cómoda entonces.

En el D. F., saliendo de mi trabajo en Columbia Pictures, me quedé con mi auto varado por lluvias torrenciales e inundación cerca del viaducto. El agua llegaba a media puerta del coche. Varias horas esperé a que bajara el nivel. Sorprendentemente, no entró ni una gota de agua al hermético escarabajo.

El 73, por carretera y cerca de Piedras Negras, el VW volvió a ser un héroe. Hacía mucho calor y mandamos las chamarras a la cajuela. Yo iba cantando y Pepe manejaba; de pronto me dijo que la atmósfera se percibía algo rara y que se veía extraño el monte. El calor era casi insoportable y de forma abrupta, en cosa de segundos llegó el viento y bajó el termómetro; era claro que iba a helar. Como vestíamos ropa muy ligera, comenzamos a padecer el descenso de temperatura. Me castañeteaban los dientes de frío cuando minutos antes la carretera parecía lumbre. Los vidrios se empañaron por el helado chubasco que nos acometió. El vertiginoso viento norte casi nos tumbaba en la carretera mientras intentábamos avanzar por aquel páramo desierto. Padecimos fríos un buen rato aunque gracias a la calefacción del VW no estuvo peor: con el aire tibio de las ventilas nos reconfortábamos las manos que sentíamos casi congeladas. El radio animó el trance con música, o con la voz del locutor dando recados muy simpáticos, o encargos así: “Manda decir Felipe Villarreal, del ejido Las Comitas, a Juan García del rancho Framboyanes, que meta las chivas porque va a helar”.

El VW también motivó creatividad. Cambiamos la carrocería de uno por fibra de vidrio, sin techo, añadiéndole una barra estabilizadora, convirtiéndolo en un “buggy”, popular cochecito deportivo muy de moda entonces en las playas. Y si de creatividad hablamos, Hugo manejó su VW sin parar, hasta meterlo y dejarlo plasmado para siempre en una de sus canciones.

Regresamos a vivir a Reynosa y yo manejaba un lindo vocho verde de nuevo y muy tranquilamente. Después nació mi primera hija, Marifer, y todo cambió. Ya con una bebé, me supe vulnerable por primera vez. Tuve miedo de llevarla en un auto tan frágil y decidimos cambiarlo por un coche grande, sin embargo nunca olvidé esa época de los serviciales escarabajos que nunca nos fallaron.

Cuando la VW de Puebla vendió su última edición del Sedán, me sentí triste al ver desaparecer un símbolo. La conclusión de los fabricantes fue tan irrefutable como comprensible: “No se hará otro más, porque las verdaderas estrellas saben cuando es tiempo de retirarse”.

 

Graciela Ramos Domínguez

MIEDO Y MAGIA

“Los dos estamos idos de la mente/Desde que nos queremos/

Desde que nos amamos/ Los dos estamos idos de la mente /

Andamos como locos/Por el mundo perdidos.”

Canción del cantautor reynosense Cornelio Reyna.

 

Por momentos, ya sólo el miedo permanecía firme en mí. Carácter, valor y energía se me estaban apagando hasta casi agotarse. A cualquier hora y lugar me hostigaba el pánico. Ante una puerta, suponía tras ella hombres enmascarados; un tenue ruido natural de la casa era presagio de terribles invasores. Salir a la calle era opción insensata: temor a los asaltos, a las balaceras y a la violencia toda. Una vida condenada sin remedio a perecer, temerosa, debido a este entorno nuestro, peligroso, grave y nefasto.

Un día, sin buscarlo y sin esperarlo, de pronto, surgió el milagro, un remedio mágico: me enamoré.

Mis temores ya no me agobiaron más. Ahora, antes de trasponer un umbral, adivino tras la puerta figuras benévolas protegiéndome. Logro razonar que un sonido no siempre es peligroso, pues los rateros casi no hacen ruido. Si hay que salir a la calle ya no tiemblo, sólo me encomiendo a los ángeles del cielo, evoco a los corazones enamorados y me unjo todita de amor a la vida.

Aquí donde vivo es preferible andar “idos de la mente”, así como bien apunta la canción norteña. Así  se les dice a quienes dejan de lado el pensamiento racional, la consciencia del peligro, idos de la mente, o locos. Y todo cambia ante el poder del amor. Es una suerte de bálsamo divino amar y ser correspondido, sentir y vivir emoción, ilusión, pasión, cursilería. ¿Cursilería?  ¡Sí! ¿Y? El amor es fuerza inmutable y única, ha sostenido al ser humano a través de los siglos, y sólo así  hemos sobrevivido.

Una vida con miedo es muy dolorosa. Ya no quiero vivir el temor, ni tomarlo de tema para intelectualizar. Le voy más al sentir que al pensar. Por siempre y desde siempre ha sido así, más vale amar y ser amado, porque creo que nos eternizamos en  la magia del amor mutuo.

Así sí. Así sí deseo quedarme otro rato más en esta vida que nos tocó. En mi opinión, conviene, pues, enamorarnos y andar casi locos de remate.

 

Graciela Ramos

La primera amiga

A Norita Cantú Martínez

 

A la hora del recreo cerca de mediodía, no es tan fácil encontrar un sitio fresco donde descansar.  Maestros y alumnos salimos a caminar o a jugar al patio, sobre el áspero piso de cemento, ahí donde el silencio se vuelve risa de niños y de los salones brota la vida joven a borbollones.

Ambas salimos, tímida y cautelosamente, tomadas de las puntas de los dedos. Reclamamos suavemente un espacio entre la muchedumbre, y avanzamos a favor de la marejada de uniformes de gabardina azul tabloneada y planchadas blusas blancas. Yo jalo el brazo de ella para rescatarla del tumulto, y para ello afianza mi mano al muero gris de la escalera de cemento que surge al pasar del patio viejo al patio nuevo. Vamos recorriendo todo el lugar; caminamos pegadas a las paredes de las aulas para llegar al tendajito. Ahí ella compra un refresco y me ofrece; yo tomo un poco. Seguimos recorriendo el gran patio de las niñas, donde las rondas infantiles son ejecutadas con pericia por las alumnas mayores. Somos un par de compañeritas, que con anhelantes ojos, estrenamos asombros al observar rebosantes de inquietud el bullicio de los otros; luego quizá nos preguntaremos en silencio cuántos meses y qué tantos centímetros de estatura faltarán para ser incluidas en juegos de grupo del colegio. Damos una última vuelta por el rumbo de los cedros del poniente, cuidando de no trasponer la línea virtual pero incuestionable que divide nuestro territorio femenino del patio de los varones. Suena entonces la campana y nosotras, y todo mundo, vamos a formar filas y entrar a las aulas.

En fila, hacemos el recorrido de patios y pasillos para regresar al salón. De nuestros pequeños cuerpos, bajo el candente sol, emana inocencia y frescura. Nuestras risas aumentan al acercarnos al aula del kínder. Llegamos. Es nuestro territorio y nuestras vivas miradas se posan inquietas en los dos viejos pianos, varios pizarrones, mesas, sillitas, cuadernos, lápices y colores.

Quedamos un poco azoradas cuando la maestra nos pide pintar un sol y una luna. Intercambiamos miradas, señales como claves secretas, antes de comenzar su labor. Trabajamos un buen rato en la mesa redonda de madera verde pistache. Cuando terminamos de dibujar nos mostramos la una a la otra los trabajos, y reímos nuevamente. Desde hoy somos amigas.

—Ya no tiene que quedarse mi nana Julia toda la mañana cuidándome por la ventana del salón, ya no me da miedo, porque hoy entró al salón una niña nueva y es mi amiga y nos vamos a ir juntas a la escuela—, dice ella en casa.  Mientras que yo, en la mía, comento a mis papás:

—No importa ya si soy la nueva, ahora tengo una amiguita y ella sí conoce todo. Mañana no me tienen que llevar ustedes, porque yo sé llegar sola y voy a pasar por ella.

Al día siguiente a las ocho y quince de la mañana, bien uniformadas según la disciplina escolar, vamos caminando, tomadas de la mano rumbo a la escuela. La calle sin pavimento se ve limpia luego de la lluvia; las piedritas como de fina grava filtran el agua que al resumirse en la tierra no hace lodo, como en otras calles. La lluvia reciente convirtió los terrenos baldíos en mágicos campos de girasoles.

Pareciera entonces como si dos pequeñas flores caminantes, ataviadas de azul y blanco, acabaran de erigirse en símbolo de feliz inocencia y de amistad inquebrantable.

Graciela Ramos Domínguez

Los ensueños

Somos nuestra memoria… ese montón de espejos rotos.

J. L. Borges

 

 

Entre los espejos rotos que pueblan nuestra memoria, hay algunos que por ser retratos minuciosos nos resultan absolutamente verosímiles.

Yo guardé un trozo de esos espejos por mucho tiempo, desde la candidez de mi muy corta edad, cuando yo intuía lo que iba a pasar en los siguientes minutos. Bastaba una leve variación de sus rutinas para adivinarlo: mis padres saldrían esa noche, sin mí. Aunque pronunciaran palabras cariñosas y me aceptaran en su habitación y en su cama, yo percibía que disfrazaban una silenciosa culpa.

Él me daba el usual beso de buenas noches. Ella, un amoroso abrazo pero no el acostumbrado beso; cuidaba el rojo intenso de sus labios, tan parecido al de los geranios del jardín pero nunca igual. La seda de sus pestañas apenas acariciaba mi frente y yo alcanzaba a ver sus aretes exquisitos y fulgurantes muy cerca, y mis dedos casi atrapaban el profuso juego de luces y dibujos de los pequeños brillantes, como un caleidoscopio en fuga; aquellas espejeantes chispas de fuego, tan presentes en mi recuerdo, se me iban, se escabullían para ir a jugar y a recorrerle cuello y escote, y al final acunarse en el corpiño negro de su vestido de noche.

No la perdía de vista cuando se dirigía al tocador y tomaba entre sus manos el frasco cuadrado que ella destapaba con suaves movimientos. En aquel silencio solo se oía el sonido seco al retirar el tapón para perfumarse, un pequeño rodillo de vidrio que terminaba en tersa burbuja.

Y comenzaba el ritual: Mamá rozaba sus sienes con el pequeño globo vidriado, luego volvía a introducirlo al frasco,  lo pasaba por su nuca, de nuevo lo impregnaba para apenas rozar cada lóbulo de la oreja, y terminaba la ceremonia guiando con suavidad el pulido cristal desde su cuello hasta el centro del escote.

Aquel aroma llegaba cubriéndolo todo, acuñando el advenimiento de mi tristeza. Ese perfume —traído desde un país lejano como en los cuentos infantiles pero sin final feliz—, aborrecido por mí, flotaba hasta alcanzarme y se plantaba al lado de mi angustia en el instante cuando se entremezclaba, dominándolo todo, con la esencia cotidiana de mamá.  Como ella vivía mimetizada con su jardín tan amado, la fragancia de su jardín era para mí lo mismo que su amor maternal. Aquella delicia aromática que habitaba en ella, adherida a su piel, a sus manos, eran bálsamos de amor hechos de manzanilla, reseda y azar. Pero cuando se acicalaba distinto, como para salir, y yo percibía el otro perfume, el intruso, ella dejaba de pertenecerme.

Aquel frasco y yo éramos dos desconocidos presenciando el preludio a mi desamparo. Allí habitaba la ominosa señal, la amenaza terrible: era de noche y papá y mamá no me querían, me abandonaban, y me dejaban al cuidado de alguien. Yo, sin ellos, rechazaba, lloraba y gritaba con precoz arrebato a quien fuera que ellos hubieran asignado a cuidarme durante esas horas. Lloraría todo el tiempo hasta que me venciera el cansancio. Y quizá dormiría finalmente, sí, pero no habría ensueños felices.

Ciertos recuerdos infantiles, indelebles, se imprimen en las más profundas capas de la memoria de una pequeña. Porque aunque los bellos recuerdos de mi niñez fueran muchos, yo tuve clavada esa espinita de angustia infantil, de temor a no ser querida y de nunca conocer las felices ensoñaciones del amor.

Sólo al paso de muchos años pude retirar esa espina; era un trocito de espejo roto tan pequeño que no me servía ya para mirarme en él. Y sí se dan los ensueños felices, ya lo he comprobado. Libre de temores sí se dan, porque germinan cuando ya no hay duda ni desconfianza, algo que sucede solo cuando amas y eres amada plenamente.

 

Graciela Ramos Domínguez

Luz blanca sobre muchacha de la frontera

Pareciera como si la luna jugara a los aparecidos. Tan pronto se oculta tras ligeras nubes, como reaparece sobre ti y sobre la carretera solitaria. Eso vas pensando, sin ganas de pensar, mientras el frío de la madrugada cala tu dolorido cuerpo de muchacha. En tu huida, ya no te estremeces, ni lloras, ni tiritas; corres casi a ciegas, sumida en la angustia helada. Aturdida por el miedo, aún no logras comprender cómo  has escapado, cómo eres quizá la única sobreviviente de aquellas atrocidades que se leen en los periódicos. Ahora serás tú la excepción. Hablarán de cadáveres y de  terrenos baldíos, pero también de una que salió viva de entre tanto crimen contra mujeres, casi niñas, empleadas de maquiladoras yendo rumbo a sus trabajos, o saliendo de la disco.

Ahora lo has visto todo, y llevas el horror grabado en tu mente. Podrás contar de ese  infierno vivido, escuchado, olfateado, sentido en la piel. Tus pulmones casi reventaron gritando y pidiendo auxilio  en aquellos parajes solitarios. Tus  entrañas retorcidas, tu piel impregnada de olores irrespirables, de encierro, vejación y tortura. Cómo soportaste estados repetidos de ausencia y conciencia, no lo sabes. Un extraño azar  favoreció la huida poco después de haber visto sus rostros, escuchado sus nombres y reconocido sus escondites.

Avanzas bajo el frío de la noche.  Ah, si apareciera alguien; ah, si la gente supiera;  pero qué frío sientes.

 Afuera la gente especulaba: que si estaban coludidos todos, que si autoridades, narcos, policías, o quizá millonarios de ambas fronteras; también que si tráfico de órganos; y ahora tú podrás desenmascarar a los verdaderos culpables.

Tu cuerpo mal cubierto, la ropa hecha jirones, tu piel sangrante,  el frío de la madrugada.  Vas marcada, en tus muñecas dejó huella el metal de las esposas, así igual describían en los diarios las marcas de las que hallaban muertas.

Una luz lejana se acerca pero tú no la ves aún. Con la mirada baja, vigilas el paso de tus pies descalzos sobre el asfalto. Dejas que tus piernas corran solas hacia donde quieran llevarte. La luz se aproxima. Está cada vez más cerca y se distinguen los faros de un auto. Bajo la gran capa del sereno, la luz parece hielo luminoso que te cubre y le inventa resplandores a tu cuerpo. Levantas el rostro y un  intenso relámpago anuncia el golpe quebrantado de centellas. Ves tras el parabrisas del auto el rostro desesperado de un hombre al volante intentando esquivarte. Sientes caer y el ruido del motor cesa.  Baja el hombre y llega hasta ti. Te interroga pero tú apenas balbuceas; las fuerzas te abandonan; un cielo sin luna transfigura el instante y, cambiando sus tonos, va cegándote con albos candores nevados, se tiñe de un gris plomizo, vira al sepia, cada vez más, atezándose, y se precipita hacia una apizarrada oscuridad.

Recobras conciencia  en otro sitio. Quisieras aferrarte a ruidos y voces. Percibes gente que sale y entra, oyes débiles timbres telefónicos. Te parece oír la voz del hombre de la carretera exigiendo le otorguen constancia de que estás  viva. Quisieras hablar pero no puedes.

Los diálogos apenas audibles. Silencio. Y esa luz tan blanca cegándote en el instante mismo del dolor, y sientes  en los brazos piquetes de agujas, sin poder luchar más con  un sueño espeso que va envolviéndote.

Los días sin tiempo van pasando  por encima de ti; las heridas de tu cuerpo van sanando; al fin vas a poder hablar; podrás denunciarlos ya.

******

Ahora percibes la luz de una diferente blancura, sientes que te estalla en los ojos. Una luminosidad hiriente se adueña del  entorno y mil puntos lacerantes clavados en tus pupilas te hieren en un suplicio de alfileres. No puedes ver, quizá el oído podrá guiarte; percibes sonidos del exterior: ruidos sordos, pasos, golpeteos de charolas de lámina, mesas rodantes  y objetos metálicos trajinan del otro lado de la puerta.

No discurres por qué el aire tiene olor a ausencia, a frío. Casi percibes, pero no, quizá no, es algo así como el estallido de un vidrio, el sonido de una navaja cortando, como un estruendo de pólvora.

Giras la cabeza penosamente, como si tu mirada ausente intentase enfocar la puerta deslumbrante, alba y densa. Comprendes que comienzas a estar a salvo, la puerta blanca tan sólida como un muro se convierte en un monolito inamovible y bienhechor, es una lápida sepulcral para inhumar tras ella el dolor y la violencia.

Yaces sobre un colchón cubierto con sábanas blancas, parecido a un catafalco, donde  la iluminación casi solar de una lámpara colgada del alto cielo da claridad a cada poro del  techo, se desliza  por los muros y rueda hacia el piso para chorrear el colchón, la sábana y tu cuerpo insensible. En tu cerebro, como blanco algodón saturado de olvido,  no hay memoria y  quedan sin respuesta los porqués, los cuándo, los quién;  pero da igual porque tampoco hay preguntas. Nadie te interroga.

¿Qué sucedió? Imposible saberlo si en la oquedad de tu mente flota la nada.

Quizá desde antes, ellos –y tú ya no podrás decir quiénes–,  te han decretado un corazón deshabitado y un cerebro vacío, blanco, iluminado por una luz fría. Y la desmemoria  campea entre las tumbas cavadas en tu corazón aquella noche de tu huida.

Quizá frente al chirrido de llantas en la carretera, cuando estabas presta para contarlo todo, algo milagroso como tu instinto de conservación dio  refugio a otra luz, a esa llama imperceptible nacida dentro de ti solo para entibiar tu cuerpo.

O no, y quizá fuiste vencida por algo o por alguien que ya  previó por ti un mundo resguardado, donde seas intocable, donde las buenas conciencias te murmuran al oído palabras como estas:

—Estás bien, muchacha, en esta luz blanca y fría de la total amnesia. Mejor vivir así en la absoluta inconsciencia, la tuya y la de todos.

 

Graciela Ramos Domínguez

A la espera

Esa mañana y rumbo al trabajo se repetía a sí misma que debía esperar. Había aguardado durante el fin de semana tratando de restarle importancia al tema; pero ya no le era posible ver lo sucedido como una nimiedad. A cada paso se convencía más: sabía que al llegar el lunes, su cuerpo volvería a temblar de gozo al estar frente a él. Pero también, y bien lo sabía, iba a sentir el vergonzoso descenso emocional, el descalabro, la ruptura de su propia imagen, sin saber cómo restablecer el vínculo entre los dos.  Si él la repudiara, si hubiera pedido cambio de departamento, o algo así, no podría soportarlo Se había esforzado en esperar hasta el lunes, y ya era lunes; un día como todos, o así debía de ser.

Al llegar a la oficina y verlo, la dicha la cubrió; él ya estaba allí, absorto en la revisión de unos folios. Se saludaron con un inocente buenos días y se aplicaron a su trabajo. Volvía a estar cerca de él, los dos muy próximos, juntos una vez más. Cada uno se enfrascaba en sus labores como si nada hubiera pasado.

Por el gran ventanal de la oficina entraba la luz lujuriante de verano, echándose con abandono felino sobre los sobrios muebles.  Las brillantes baldosas del pasillo ataviadas de luz, marcaban la distancia que mediaba entre los dos únicos ocupantes del enorme espacio.

Ella giró la cabeza hacia él y, con disimulo, observó al joven: pulcro, resuelto, atractivo, enfrascado en lo suyo… y distante.  Al menos está aquí, se dijo. El tenso ambiente parecía aguardar las palabras que no se daban. Era tan diferente a otras ocasiones cuando el silencio era roto por ella iniciando la charla. Pero no era así esta vez, y en el espacioso local imperaba, junto a la callada voz de los papeles, la indiferencia.

Era como si él también hubiera estado esperando al lunes, resuelto a ignorar el incidente. Qué tonta, se culpó; esperando el lunes solo se había desgastado maquinando aclaraciones y disculpas, y ahora estaba convencida de que aquel silencio era lo mejor para los dos.

Sintió de pronto el impulso de agradecérselo. Después de todo él era tan gentil al no hacer alusión al hecho reciente, cuya reminiscencia la avergonzaba ahora.  Pero cómo empezar:  “Cuánto te agradezco el que… Gracias por… Qué bueno que…” Se dio por vencida. Era inútil, tenía el pensamiento entorpecido y la elocuencia   desahuciada.

Gran dilema para una mujer de costumbres antiguas y con ese fardo implacable de ser tan como era ella, pensó.  Bien, le daría las gracias y también ella intentaría no recordarlo más. Pero cómo iban a bloquear la asociación de ideas, la recreación los llevaría al recuerdo insalvable. Lo conducente era darle sepultura, como a un ave débil y agonizante que acabara de morir. Mencionar era revivir, no existía un modo de aludir a un no pensar, sin pensar en ello.  Recordaba aquella película donde un fiscal manipula a los miembros del jurado pidiéndoles no pensar en un caballo azul, logrando precisamente lo contrario, que surgiera en las mentes un imprevisto galopar color añil.

La memoria la hacía regresar otra vez al motivo de su sonrojo.  Pudo verse y oírse de nuevo ante él, expresándole sin pudor audaces pensamientos y deseos locos. Era como ver pasar una procesión de sombras culpables, cuando inexplicablemente habían brotado de sus labios las desatinadas palabras. Cómo había podido pronunciarlas con aquel desenfado, cómo fueron saliendo sin inhibiciones.   Sintió vergüenza.  ¿Por qué lo había hecho, si nunca había sido alentada por él, si sólo podía aspirar al impersonal aprecio del joven compañero de trabajo? Había expuesto algo tan valioso, su cercanía cotidiana, los gratos momentos de conversación.

Furtivamente volvió a fijarse en él; su rostro varonil denotaba concentración en el trabajo del día.  Aquel abordaje del pasado viernes, iniciado por ella a pesar de ser una mujer de habitual timidez, timidez que se había ido disipando al calor de las palabras y los sentimientos, permitiéndole pronto hablar sin cortapisas, al ir otorgándose a sí misma y en secreto los justificantes a su conducta inusual. Como si esperara la dispensa que otorgamos a los desconocidos cuando, en ciertas circunstancias, nos platican audacias un tanto vergonzosas, confesiones que recibimos con cierta indiferencia al no tener vínculos emotivos con ellos.

Luego, varias veces, llevándose de encuentro su vanidad femenina, se había preguntado ¿en verdad no le gusté, no le parecí guapa?   Era inútil el cuestionamiento ahora.  Quizá había intentado salir de su asfixiante existencia, un capricho tardío en su solitaria vida de mujer sola. Se preguntaba si él habría percibido esto. Pero finalmente qué importaba; ni ella misma lo comprendía del todo.  Mas no recapitularía ni en los gozos ni en las atriciones, pensó.  Nada había para celebrar, pero tampoco para reprocharse.  De qué le serviría ahora revolcarse pesarosa en el polvo del arrepentimiento.

Desde ese momento le negaría la cabida a más emociones atormentadas… Después de todo, qué había sido si no un simple encuentro entre un hombre y una mujer, eso era lo que un hombre pensaría, y claro, con la peculiaridad inusual de haber sido propuesto por la mujer.  Y de ello ya se había arrepentido lo suficiente.  Ahora, él le extendía con gentileza el olvido, y ella estúpidamente hasta quería darle las gracias; qué patética.

Había sucedido como cuando los fuegos artificiales llegan inesperadamente y atemorizan y fascinan a la vez, así la poblaron chispazos de luminosa evocación. Se volvió a ver a sí misma, conviniendo con él una cita, fuera del sitio de trabajo, y se recordó confesándole sentimientos amorosos que la ahogaban. Aquella  noche junto a él, en íntima entrega, de pronto se halló  preguntándose,  “Qué hago aquí, qué es esto”, y reconocido tan solo un trastorno de los sentidos, de las pasiones incendiadas de dos, como si en ella habitara una extraña e irreconocible mujer  que había hablado desde dentro de sí.  Pero había sido ella, sólo ella quien, caprichosamente, se había atrevido, sin ninguna cortapisa, a entregarle su intimidad a un hombre, al decirle me gustas mucho, pienso en ti, te deseo, bésame.

Y había algo más.  Algo que se dio entre la cercanía de la piel, de la respiración, de las palabras surgidas entre los sentimientos y la pasión, en ese lapso eterno entre la sorpresa y la entrada al gozo, del placer, horas antes de la despedida.  Había aprendido que después de la entrega de dos cuerpos descubriéndose e inventándose, ya nada era igual entre ellos.  Pero así como paladeaba íntimamente su sueño realizado, también probaba ahora la amargura del arrepentimiento.

De nuevo miró hacia él, enfrascado en la lectura de algunos papeles.  Volvían a sus rituales, los dos bien plantados en la cotidianeidad. Comprobaba que no quedaba ningún resabio y, superado el peligro, se sentía bien. De nuevo amigos; pero no, el trato entre ellos nunca había alcanzado ni siquiera el rango de amistad. Ahora, de vuelta en la rutina, vivía el momento embarazoso, deseando decirle gracias por no acordarte, pero optaba por el silencio, un mudo gracias, un mensaje callado y sin riesgos, porque tras su atormentada penitencia a la espera del lunes, se sabía ya exculpada de su pecado de transgresión,

Y también sabía que ya comenzaba una nueva espera, distinta, larga e ilimitada, porque era ahora cuando empezaba a amarlo verdaderamente.

Graciela Ramos Domínguez

Almohada

Todas las noches ella desliza las manos sobre la almohada, la acaricia y se dispone a dormir. Busca el placer del sueño aun sabiendo que al hallarlo también se arriesga y deberá estar dispuesta a cruzar el puente entre la vida y la muerte; ensaya, comprueba y juega a morirse un poco, confiada en  volver al día siguiente, con terquedad, a la vida. Posa la cabeza sobre la almohada y se deja ir hacia rumbos distantes, a universos donde no tendrá voluntad corporal ni registro mental coherente; parte hacia lejanos firmamentos, va hacia el ignoto y, paradójicamente, confiable sueño.

La almohada es la buena amiga que atestigua sus santiamenes y sus más íntimas vivencias. Cada vez que esa corta cabellera de mujer se posa en ella, sabe que también la consultará y algo habrá de relatarle. El cráneo, sólido estuche del cerebro, sensible maquinaria y joya exquisita, nervioso fruto, es merecidamente acogido en la sedosa y blanda superficie. Juntas, encuentran el óptimo apoyo para el sueño y el descanso. Así se realiza la unión perfecta. La cabeza se reclina a dormir feliz sobre las frescas fundas de algodón y seda, fragantes de sol y preñadas con fino y albo plumaje.

Cada oscurecer, al regresar la mujer a casa  tras la batalla cotidiana, añora el reposo.  Ese descanso necesario suele encontrarlo al amparo del sueño. Pero no siempre es fácil: a veces llega el insomnio y se agolpa, encrespado, y chocan y estallan rojos pensamientos acicateados por el vehemente monstruo de la noche. Y si sucede que al mismo tiempo la energía mental no procesada en la vigilia buscara salida, entonces ocurre el cataclismo. En la desdichada duermevela la volátil energía impregna la ropa de cama con malos presagios, miedos, y barruntos de llanto.

Pero la almohada todo lo resiste sin alterarse. Tolera el mal como algo necesario ya que, en contrapeso, ha sabido de blancas y dulces nubes y remansos de paz, de tiernos prados donde ambas se han entregado a sueños de esplendor, bañados por la suave luz del edén, bajo torrentes de amor y pasión. Tolera el castigo porque conoce de la inmutable segmentación de la existencia: sueño y vigilia, placer y dolor, vida y muerte.

Esta noche le es imposible alcanzar el sueño y el descanso. No puede explicarse qué le pasa. Evoca con angustia “El almohadón de plumas”, aquel cuento de Quiroga escalofriante y leído un día lejano. Siente a la almohada convertida en su enemiga, en el vampiro cruel que succionará su sangre y su aliento mientras ella se encuentra luchando entre insomnios y malos sueños, impotente, febril, agotada, y la loca de la casa se desata del todo y atrae más pesadillas tremebundas. No será sino hasta cerca del amanecer cuando amainará la tormenta y al fin podrá dormir en paz y, acaso, soñar.  Pero aun sabiendo que sueña siente cómo la maligna noche va envolviéndola con los cardos que se han adherido a la cama.

Y llega la mañana y se inicia una nueva contienda: ahora la almohada ejerce una abominable tiranía y la toma y usa como su auténtica víctima. Se adueña de su voluntad, sujetándola, impidiéndole desprenderse de la cama. Y  allí, desfallecida, viendo al techo, escudriñando las paredes, ensayando, jugando otra vez a morirse, la mujer  continúa,  mientras  se repite a sí misma que debe huir, y se dice cuán fácil sería levantarse, darse un baño, meditar, salir, caminar. Pero cómo hacerlo, si las piernas no obedecen, si se niegan a salir de esa sepultura de cobijas. En su forma más caprichosa, la cruel y dual almohada —una mitad hundida bajo el peso de la cabeza, otra mullida y victoriosa— atestigua la matinal derrota de la mujer que llora vencida.

Así permanece, entre las sábanas.

El tiempo transita inexorable y casi es medio día. De pronto le llega una como revelación y cobra valor en su conciencia un hecho aparentemente olvidado. Esa pesadumbre agobiante, ah, ahora lo comprendía todo, se debió a un mal recuerdo que la alcanzó el día anterior. Alguien, importante para ella, le había dicho: “no me gusta lo que escribes, no me gusta ni que escribas”, y ella se había convencido y hasta prometido no volver a escribir. Eso era lo que la atormentaba. Ella ni siquiera se percataba de la triquiñuela que a veces nos hace la mente para zarandearnos y tratar de cuadrar ideas y emociones.

Decir que dejaría de escribir. ¿Cómo iba ella a dejar de escribir? Eso no. Eso nunca. Había bloqueado el incidente intentando olvidarlo, el gran error fue hacerlo sin siquiera consultar con la almohada. Pero ahora ha revivido el suceso y se arrepiente, encuentra absurda la decisión tan impuesta desde afuera, y su absurda promesa de acatarla; decide volver al fondo de sí misma.  Se lo dice entonces a la almohada, aunque sabe que ésta, de algún modo, está ya enterada. Juntas concluyen en que pensar siquiera en que ya no escribiría había sido un compromiso en falso, incongruente e inadmisible.

Un tremendo impulso de escribir la invade de golpe; ahí, tirada aun, la alcanza un delicioso cosquilleo, la sensación de hormigas pequeñitas recorriéndole el cuerpo, caminando y recorriéndola toda entera, provocándole una sensación tan estimulante, como una erótica caricia. Repentinamente algo desde muy adentro le dice que puede ir en paz porque la pesadilla ha terminado.

Ahora logra desprenderse de la almohada con facilidad, se incorpora, y de pronto sabe que el sol sí salió y la familia la ha extrañado y la vida  espera y la gente  sonríe  y ante este prodigio ella vuelve a la escritura, sin intentar absolutamente nada más, ni pretender que sus escritos gusten o no, y  sin esperar con ello convencer a nadie de nada porque finalmente sabe que su mayor placer es escribir y se dice a sí misma que algún gusto  ha  de  darse en estos tiempos en que la gente ya no  puede darse el gusto de nada.

Y la almohada, ahora en paz, se dice satisfecha: “Lo mejor que ha hecho esta mujer en su vida, en lo único en que nunca ha fallado, ha sido en ser fiel a sí misma.”

Y esta noche la mujer, disfrutando anticipadamente del placer que le traerá ya más tarde el sueño sobre su almohada, decide seguir escribiendo. “Sólo por un rato más”, se dice por enésima vez. Así lo ha estado haciendo durante todo el día a través de horas gratísimas y placenteras, cuartilla tras cuartilla, revisando, releyendo, sin intentar salir a la calle, o comer, o hablar, pues, venido a ver, así es feliz y esto de escribir sin detenerse es lo que más desea hacer por ahora.

 

Graciela Ramos Domínguez

Espacios atrabiliarios

Despierto como eternizada entre las sábanas.  Estática sobre el lecho evito toda movilidad; de ser posible dejaría hasta de respirar.  Quisiera  convertirme en una cosa, un trebejo, un objeto inanimado siquiera por un rato,  y que nadie en este día supiera de mi despertar. Pausadamente voy abriendo los ojos. Mis  párpados se van apartando entre sí,  mientras mi cuerpo sigue inmóvil y sosegado bajo las sábanas. Nadie que me viera descubriría mi vigilia, a no ser por mis ojos abiertos a la luz de la mañana.

El  albor entrando a chorros refulgentes cubre ya la mitad del estudio, en este piso alto delimitado por benévolos y sabios muros de silencio donde me guarezco, donde me salvo del asedio y la opresión.  Aquí nadie entra salvo  la luz formidable arrollando el espacio, metiéndose por la ventana desprovista de cortinas.

Estoy en esta mi mitad de casa, en mi trozo de barrio,  en medio de  mi ciudad ya no tan mía, disminuida en la región ardua y espinosa de mi casi país desvalijado  y sin rumbo. Estoy aquí donde corre el tiempo y vuela la vida y  desfilan cosas aterradoras. Y no quiero pensar ya ni en lo pavoroso de allá afuera ni en lo arruinado de acá adentro.

Proyecto la mirada por la distancia que me separa de la ventana.  Entre ella  y mi sitio de reposo hay varios metros. Atravieso con la vista este íntimo sitio que me ampara; mis ojos disfrutan el paseo.  Apenas ahora me percato de que no es tan pequeño, son nueve o diez metros de inmensidad, de nada, y la nada luminosa del espacio siempre es un lujo.

Gozo al deslizar la mirada lentamente, de ida y vuelta, por el piso, las paredes, el área entre mi sitio y el ventanal, siempre bordeando, no quiero ni siquiera acercarme a los libreros o al escritorio, a nada que me haga pensar en el  trabajo.  Voy concentrándome, sigilosa,  apenas posando la vista sobre el tapete extendido entre mi descanso de almohadones y la ventana.  Miro el cielo raso, las paredes y la alfombra,  dando a los ojos todo el tiempo del mundo, y llego por último a los cristales de la ventana, por donde  constato el cielo pleno y matinal, azul y luminoso, contenido por un suave arco superior que suaviza las rectas del marco.  En el ángulo inferior veo parte del alero de la casa vecina.  A la derecha registro algo del techo del segundo piso de alguna construcción sólida,  como son las de por aquí, que funge como base y recorta el enmarcado del  cielo, otro alarde arquitectónico sobresaliente del panorama.

De pronto me sorprendo al ver aparecer en el cielo azul celeste,  una enorme parvada de lóbregas aves  volando en tropel hacia el poniente.  Son una gran cantidad, se vuelven más y más, y continúan, y siguen pasando frente a mí.  Son muchos los pájaros ahora. No se acaban. Revolotean.

Tras un buen rato observándolos veo disminuir su número,  poco a poco, cada vez son menos, y cuando dejo de verlos y creo que concluyó su procesión, aparece uno, es el último.  Se ha quedado hasta el final y ahora mismo quizá esté deseando alcanzar a sus compañeros, aunque  eso no lo puedo comprobar desde el limitado campo visual  que me ofrece el distante ventanal.  No me muevo y sigo viendo a través del cristal, mirando el cielo,  preguntándome si ese pájaro que se ha quedado atrás estará enfermo, o si tal vez fue abandonado por indolente,  o  quizá no desea  acompañar al grupo, será este su acto más rebelde, su negada y propia voluntad. Quisiera saber si logrará alcanzar a los demás. ¿Qué pasará con él?  ¿Será débil,  será diferente,  aborrecerá la competencia,  anhelará  estar solo,  lejos de todos,  pidiendo que a él lo dejen vivir, quizá ser sedentario?

Pero mi pensamiento se inhibe cuando  veo que irrumpen de nuevo los pájaros oscuros atravesando el aire, esta vez vuelan en sentido contrario, ahora van hacia el oriente.  Los veo pasar de regreso mientras continúo inmóvil, y solo mis ojos los siguen.  Vuelan con arrogancia, salpicando de negro el panorama azul celeste, en garbosos movimientos crean un calidoscopio,  giran y  hacen un remolino para modificar el rumbo… no podría decir más… ¿irán hacia el oriente o hacia el poniente? No logro precisarlo y los miro con un poco de angustia porque en su vuelo agresivo están a punto de estrellarse, de lacerarse entre sí. Violentos,  aleteando con desenfreno, buscando liberarse de todo mal, llevando su gran acrobacia a la espiral, con un arrojo espectacular y único.  De pronto  aparece un nuevo  grupo, son aves claras,  contrastan las oscuras con estas por su albor: son palomas saliendo del alero de la casa vecina que ahora se enfrentan en las alturas al  grupo de aves negras.

El paisaje volátil me recuerda  una vieja fotografía  instantánea en blanco y negro.  Aves distintas volando juntas, acercándose,  amenazantes, van unas contra otras pero sin mezclarse totalmente, atacan, zarandean, agitan  y remontan vuelo cual rehilete.  Sus donosas alas van abriéndose paso, cortando con ímpetu el espacio añil más allá de mi ventana, aproximándose y separándose violentamente de la casa, surcando inquietos los aires y, poco a poco, alejándose.  Al partir, imprimen en el modo de volar su sello de aves atrabiliarias, violentas e iracundas.  Y ahora se dispersan, una por una avanzan veloces hasta desaparecer en la lejanía.

 Vuelvo a cerrar los ojos por breves momentos, minutos, segundos,  el tiempo que sea, solo el suficiente para lograr levantarme y, así, poder  iniciar  la tarea atroz de enfrentar el día.

 

Graciela Ramos Domínguez

En el patio de atrás

Yo debía revolver con los dedos la viscosa y tibia sustancia roja: bien revuelta, mover y mover, suavemente y sin parar. Estábamos en el patio de atrás y sobre la mesa  había  hacha y  martillo, eran para dar el golpe en la cabeza. Yo ya había visto amarrar, colgar, despellejar y separar la piel. También había ahí un par de cuchillos bien puntiagudos: el más grueso para despellejar y el delgado para sangrar; esos los cuidaban  mucho porque se desafilaban al topar con hueso. Decían que se debe meter el filo muy bien entre el cráneo y la última vértebra, por la mera nuca, y cortar la yugular cuando todavía esté bombeando el corazón para que salga bien la sangre  y luego a comenzar a mover, a revolver, a no dejar que cuaje.  Mi pequeña mano seguía meneado el líquido al ir cayendo dentro de la cacerola que antes me había dado papá, y él sostenía y manipulaba la pieza colgada. Al terminar el trabajo el ayudante se llevó la cacerola a la cocina; iba riendo y decía que no cualquiera sabía guisar el cabrito en sangre, que ese platillo llamado fritada sólo quedaba sabroso cuando lo cocinaba mi mamá. Papá y yo nos lavamos las manos en la pileta del patio de atrás. Mientras iba poniendo en orden las herramientas me felicitó porque para mis ocho años yo había sido muy buena ayudante. También dijo que las niñas debíamos aprender otras cosas, diferentes, así como yo, que ya estaba aprendiendo a tocar el piano.

Graciela Ramos Domínguez