Breve romance sonoro

Soy una persona de hábitos. La rutina me ayuda a ordenar el cerebro, a tener los pies sobre la tierra.  Mientras vaya palomeando una a una las tareas que tengo ordenadas en la lista del día a día, me siento tranquila.

Despertar. Leer. Bañarse. Desayunar y etcétera.

Se vale combinar las tareas por supuesto, así que saludo al Sol mientras despierto, me tomo un té mientras leo, oigo las noticias mientras me baño.

Por años escuché la misma estación de radio. Me gustaba el enfoque periodístico, la música de las cortinillas, la sección de deportes, pero sobre todo eso me encantaba la voz del conductor principal. Grave y aterciopelada, pero no impostada, fingida como esas miles que oyes por todas las frecuencias y te hacen pensar que fueron entrenadas en la misma escuela en que les daban puntos por acabar las frases con un cantadito entre interrogativo y pomposo, que metidos en esta sociedad de prensa comprada, daba una hueva impresionante.

Mi favorito, no. Sus palabras llegaban a mis oídos, colándose entre el sonido del agua de la regadera como las de alguien familiar y misterioso a la vez, me sorprendí más de una vez alargando el tiempo de la ducha para seguir oyéndolo.

Y es que no era solo la voz, también tenía un excelente sentido del humor y una inteligencia certera y nada pretensiosa. Para no desperdiciar agua, empecé a invertir más tiempo en mi arreglo personal, de manera que me iba poniendo más guapa a medida que lo iba conociendo.

Me ilusionó tanto que decidí salir del anonimato y me convertí en la fan número uno del programa. Yo, un animal de costumbres, empecé a mandar tuits diarios al programa. Agudos comentarios acerca de los acontecimientos de actualidad y el día a día del programa, para que notara mi existencia. Y funcionó.

La primera vez que leyó uno al aire, casi me parto la cabeza por el brinco de emoción que pegué sobre los azulejos con los pies mojados, al cabo de un tiempo no pasaba un día sin que me dedicara un segundo.

—Y por supuesto, muchos saludos a mi consentida, @laoriginal425

Me encantaba mi romance radiofónico. Fue una época de mañanas felices.

Hasta que, maldita sea, se me apareció en otro contexto, totalmente apartado de los deliciosos aromas que siguen a un buen baño.

Sentado, esperándome, afuera de mi oficina, iba respondiendo a una entrevista de trabajo. Un tipo que me pareció desagradable a primera vista y me rompió el corazón en cuanto abrió la boca para presentarse.

—Lucío Vázquez, para servirle. Tal vez me haya oído en la radio.

—No lo siento, soy una persona de hábitos y nunca escucho la radio.

Catalina Kühne Peimbert

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La soledad y el silencio

 

A ti, EAGS

 

No está a discusión: hay soledades que se disfrutan.

Si la soledad fuera un regalo, lo guardaría para usarlo en una ocasión especial: mi cumpleaños, alguna noche lluviosa o cuando tenga ansiedad por hurgar en mis recuerdos más agradables.

Pero también está la soledad que duele. Esa en la que echas un vistazo al abismo de tu vida, donde el vértigo detona que te separes de tu cuerpo para verte a ti mismo de puntitas en el borde. Entonces lo cuestionas todo. Y duele no tener respuestas.

*

Se dice que el silencio es aquel estado en el que no hay ruido ni voces.

Sin embargo, en una soledad llena de silencios, esta definición se vuelve absurda pues estamos casi obligados a escucharnos a nosotros mismos, a darle la cara a esas respuestas que solemos ocultar debajo de todo ese escándalo que son nuestros pensamientos.

Y aun así, hay silencios que se disfrutan.

Si el silencio fuera un regalo, lo usaría con prudencia y recato: para reproducir el audio de algún recuerdo alegre: la risas y los juegos de la infancia, la canciones de amor con dedicatoria, las conversaciones a media noche con nuestras personas favoritas.

**

Si tuviera la manera, te regalaría tanta soledad como para llenar tu tiempo con aquello que te acelera el corazón: la música, el arte, las letras. El amor a ti mismo y al universo que te rodea.

Si tuviera la manera, te regalaría tanto silencio como para llenar tu soledad con las palabras precisas: las de amor que te hagan falta, las de prudente ánimo para que despiertes con ganas. Te regalaría silencios abigarrados de melodías que te devuelvan a momentos felices y te reenamoren de tu presente.

Pero en mí no está regalarte ni la soledad ni el silencio, a lo mucho puedo regalarte un poco de mi tiempo: el suficiente para que ambos busquemos aquello que te entusiasme de nuevo.

Si es soledad lo que necesitas: aquí está mi tiempo, el suficiente para acompañarte tan quieta como para que no me notes. Si es silencio lo que necesitas: aquí está mi tiempo, el necesario para quedarme tan callada como tú quieras.

 

Abby García

XXXIV. Claudia

Sus padres, su novio y su maestro de esgrima se decepcionarían cuando la vieran regresar a casa, pensó Claudia. Abriría la puerta y los encontraría todavía maniacos en el comedor, imaginando las medallas que traería de vuelta, en una sobremesa con pasteles y café y digestivos de licor de ciruela para las tías. Imaginaba un coro al unísono diciendo “¿pero qué haces aquí?”. De antemano le dolía la expresión de sus padres. Seguirían con preguntas del tipo “¿por eso no quisiste que te lleváramos al aeropuerto, para perder el vuelo?” ó “¿sí sabes lo que perdiste, Claudia, lo sabes?” y las tías se retirarían mareadas dejando a los padres y al maestro con la chica que no les dejó soñar ni medio día.

Eso pensaba Claudia, parada junto a su equipaje en estación Tormenta. ¿Qué le había pasado? Sus padres no dejaban de presumir su independencia: “ella planeó todo cuando le dijeron que estaba calificada para competir en Seúl”. Llegó al aeropuerto sola porque no quería escenas de despedidas. Se despidió de todos antes de subir al uber frente a la casa. Sentía que debía de abordar sin mirar atrás. Quería estrenar la sensación de ser adulta. Y cuando fue a documentar, ya en el mostrador del aeropuerto, le dijeron “lo sentimos, señorita, pero este boleto era para ayer”. Ahora no quería pedir un auto sino alargar el tiempo para llegar a casa; cargar el equipaje y que pesara. Arrastrarlo y detenerse a pensar: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

¿Y si mejor no regresaba? ¿Y si subía al tren y bajaba en una estación al azar y caminaba sin rumbo hasta empezar una nueva vida? ¿Qué le diría a todos?

No dejaba de parecerle extraño que había soñado esto veinte veces: llegar al aeropuerto y perder el avión. Pero se sentía distinto. En los sueños nunca sentía ese dèja vú de lo soñé. Entonces despertó. Miró el cuarto oscuro. Sintió el cuerpo contra la cama. La disposición. Las sábanas. Estaba en Seúl.

Tomaba el equipaje y se subía al tren. Pegaba la cabeza al vidrio. Su familia era pasado. Sólo importaba la dirección del tren. Y su novio. Había un novio. No le había visto la cara, pero estaba en el comedor, con sus papás. Sonó la alarma. Eran las ocho. ¿Cómo era posible? A esa hora era la competencia. ¿Cómo pudo poner mal el despertador? ¿Qué haría ahora? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Despertó con los puños cerrados y las mandíbulas trabadas.

Claudia llegó con una sensación pesada a la competencia y se condujo demasiado autoconsciente de la técnica, pero sintió que tenía gracias y había embestidas sorpresivas en las que luchaba contra esa chica perdida en estación Tormenta con su maleta y el pasaporte sin sellar. Ganó sin muchas dificultades. Mencionaron su nombre para el primer lugar. Ya en el podio, notó que se tardaban demasiado en traer la medalla de oro. Pensó en sus padres, en su maestro y en su novio esperando ansiosos la medalla. ¿Y si no llegaba nunca esa medalla hasta su cuello adolorido? Se movió un poco, era ya insoportable dormitar con la cabeza apoyada en la ventana del tren.

Por Mónica Flores Lobato

Sobrevivientes del fin del mundo

*

Ya se sabe: los blatodeos (cucarachas), en sus más de cuatrocientas variantes, constituye una de las especies más resistentes a las adversidades del planeta desde hace aproximadamente 300 millones de años. Sobreviven temperaturas cercanas a los cero grados suspendiendo sus funciones orgánicas por tiempo indefinido y, en cuanto se restablece la temperatura a una más cálida, reactivan sus funciones como si nada hubiera pasado. Pueden pasar varias semanas sin alimento ni agua, pues tienen la capacidad de absorber humedad del ambiente. Gracias a un proceso enzimático, logran desarticular las moléculas de los insecticidas hasta hacer de ellos sustancias inocuas. Son prácticamente ciegas y sin embargo tienen un alto nivel de captación de vibraciones, luminosidad, temperatura y amenazas varias a través de sus antenas. Pueden vivir sin cabeza un tiempo considerable, soportan la radiación nueve veces más que los humanos, saben que lo más estratégico es desplazarse en zig zag y no en línea recta cuando presienten peligro y, según mis observaciones a lo largo de varios años y como clara evidencia de mi entomofobia, nos miran y nos juzgan.

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De todos los paisajes y parajes que he habitado a través de los libros, mis favoritos siguen siendo aquellos que me han obligado a asomarme al insondable abismo de lo que somos. Son libros que me han dejado temblando, cuyas páginas he deslavado un poco con mis muchas lágrimas y cuya lectura me repasa el corazón como con una aplanadora de revelaciones. Son libros que al cerrarlos en la última página siguen palpitando como una decisión irreversible y en la que se ha comprometido la vida toda, la vida misma, la vida y la muerte. Lugar común, lo sé: lecturas después de las cuales nada vuelve a ser igual.

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Pero no quería hablar de cucarachas sólo porque sí. Una de las cualidades más desasosegantes de estos seres es su capacidad para resistir novecientas veces su peso sin sufrir daño alguno, es decir, los pisotones no son del todo infalibles para aniquilar especímenes de este tipo. Sucede que la estructura de los blatodeos está conformada por partes rígidas y partes flexibles, así como por un exoesqueleto comprimible. Esta capacidad de compresión les permite no sólo sobrevivir a los pisotones sino también hacerse de una cantidad ingente de refugios como ranuras, grietas, coladeras y resquicios por donde uno no pensaría que podría deslizarse una cucaracha.

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Últimamente he leído historias que me han dejado en vilo, en una suerte de limbo que no he terminado de comprender. Son historias en apariencia anodinas pero que en el flujo de la cotidianidad que cuentan van horadando un caminito hacia lo que más duele e importa. Al final he sentido que el corazón se me congela, que le falta aire y pulso, que un peso novecientas veces superior a él le ha caído encima con un punto final a esas historias. Como en las más sublimes obras de arte, lo importante no es la superficie de lo que se cuenta de principio fin; lo importante es lo otro, lo que amenaza con la extinción, lo que roba el aliento, lo que podría destruirnos molecularmente, lo que nos congela y paraliza, el peligro aterrador al que nos enfrenta: el aplastamiento total de lo que somos.

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Pero al igual que los blatodeos, el corazón humano no se rompe, se comprime ante el dolor y el asombro, se reincorpora y reestructura después del pisotón, renace y vuela y encuentra refugio en los sitios menos pensados; y tal vez, como los blatodeos, sea capaz de sobrevivir al mismísimo fin del mundo.

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P.d. para quienes se lo hayan preguntado, la última historia que me ha comprimido con brutalidad el corazón fue Autorretrato de familia con perro de Álvaro Uribe.

 

Karla Marrufo

El conflicto del arete solitario

Para Alisma en agradecimiento

por las risas, las letras y la amistad.

 

Estaba sentada en la mesa del restaurante esperando a que llegara mi cita. Esta vez en verdad me esmeré en mi arreglo, quería lucir espectacular y según yo lo había logrado. ¿O no? Dudé de nuevo y en vista de que para variar se me había hecho temprano, me levanté para ir al tocador y darle una última checada a todo el conjunto. Tal vez retocarme el maquillaje, sólo un poco, para que no pareciera tan intencionado.

Me paré frente al espejo con mirada crítica y me sorprendí de lo bien que lo había logrado, de pies a cabeza. Zapatos, medias, vestido, peinado. ¡Chingada madre! Me faltaba un arete. Se me había caído en algún lado, porque me fijé muy bien en todo antes de salir de casa.

No podía enfrentar a mi cita con esa cojera de bisutería. Imposible. No me quedaba otra que desandar mis pasos hasta encontrarlo. Con suerte y estaba dentro de las instalaciones. Salí del baño con la mirad fija en el piso, recorriendo exactamente el mismo camino hacia mi mesa, escudriñando por todos lados y nada.

Cuando le pedí ayuda a la gerente, me aseguró que desde que entré había notado la falta del pendiente, pero no pensó en decirme para no molestarme. Tal vez era una decisión estilística personal. Pensé que ese tipo de decisión sería por decir lo menos desafortunada, para luego considerarla como un pretexto plausible cuando mi cita me hiciera notar la asimetría de mis orejas. Pero por supuesto que no me iba a decir nada, aunque lo notara y yo me sentiría todo el tiempo incómoda y ladeada, un poco incompleta. Ni modo, había que continuar el viaje hacia el pasado,

Salí del restaurante, busqué en la banqueta, nada. Después pedí mi coche y me zambullí entre los asientos con un hilo de esperanza, tampoco. Regresé a mi casa, busqué en cada escalón sin creer que el conflicto del arete solitario me estuviera pasando otra vez. Cada cita era lo mismo. Y eso que ya había sustituido la alfombra peluda de la sala, por cerámica blanca a prueba de camuflaje.

Para el momento en que entré a mi habitación estaba resignada, aventé los zapatos donde cayeron, cambié mi vestido de terciopelo negro por un pijama, me desmaquillé y me quité al maldito sobreviviente para guardarlo en el cajón con sus miles de compañeros solitarios. Nunca he podido deshacerme de ellos. Algún parecido tenemos.

 

Catalina Kühne Peimbert

Bienaventurados los ociosos

Gracias a una inexplicable devoción por lo que algunos llaman ocio, he llegado a olvidar por completo qué significa aburrirse. De igual manera he olvidado el significado de eso que se conoce como “tiempo libre” u “horas muertas”. Entre la libertad y la muerte quizás no haya distancias relevantes y de ahí los adjetivos para hacer del tiempo una huella un poco menos carnicera.

            No es que me debata entre el “tiempo de ocio” y el “tiempo productivo”, pues nunca he creído ni creeré que ver una película o contemplar el techo por dos horas es algo ocioso ni tampoco que el tiempo o es productivo o no es. Se trata, creo, de una desviación en mis particulares nociones de utilidad, ocio y aprovechamiento del tiempo que me ha llevado a creer que nunca tengo tiempo libre ni vacaciones, que trabajo demasiadas horas, y que ninguna de esas construcciones sobre mi disposición del tiempo importa en realidad.

            Lo que pasa es que el tiempo discurre de modos muy otros cuando la vida se te va en cada cosa que haces y así, de repente, en una tarde de domingo o en cualquier otra tarde muy parecida a la de un domingo, te encuentras reconcentrada en una lectura “no obligatoria” según los esquemas del tiempo de trabajo y el productivo, pero que en ese justo momento resulta crucial para tu porvenir. Y lo mismo sucede cuando acicalas hasta la somnolencia al perro o al gato sabiendo que el tiempo transcurrido en esta empresa no puede estar mejor aprovechado; o cuando tu mente maquina con el más mínimo detalle cómo sería tu vida si no fueras quien ahora eres, no por inconformidad con tu ser actual sino por explorar las posibilidades de tu curiosidad más insana.

Y así, en este curso de cosas, se me pierden los espacios para el aburrimiento, ahí mismo donde se esconde mi total incomprensión para con los seres que viven alegando estar siempre aburridos. Si de pronto una pausa de letargo amenaza con empezar a abrirse camino en medio de mis días, sucede de inmediato que una urgencia nueva hace acto de presencia, algo así como deshierbar los arriates o salir al patio a mirar el magnífico cielo de esta ciudad o escuchar la radio, algo fútil en apariencia pero que en mi fuero interno se vuelve impostergable y que además, me llena la sangre de una suave felicidad. Ya me lo decía la buena Emilia: bienaventurados los ociosos, porque de ellos serán los reinos del presente.

 

Karla Marrufo

EL CUENTO DE CUANDO FUIMOS TODO

  1. La primera vez que alguien se miró al espejo quiso arrojarse a él con la esperanza de convertirse en flor. Antes de estrellarse, dicen, vio su nombre en latín, grabado con unas letras blancas que descifraban con esfuerzo un puñado de niños exploradores.
  2. Del primer hombre que trepó a un árbol, la historia registra que estaba tan deseoso de convertirse en ceniza o fénix, daba igual, que no dudó en abalanzarse contra el sol. Fue tal el impulso que en el momento preciso en que las llamas de la velocidad abrasaban sus precario vuelo, el hombre se vio a sí desde las alturas, trinando su nombre en una lengua extraña que décadas más tarde un grupo de expertos se empeñaría en transcribir.
  3. De la primera mujer que escaló la cima de una montaña se dice que, una vez que hubo echado una ojeada al mundo de los hombre, se negó rotundamente a bajar, y entre lágrimas gritó su nombre con tal fuerza que las rocas, que habían permanecido indiferentes, se cimbraron para sí hasta que por acción del calor, la mujer transmutó en una nube alargada que a los estudiosos les dio por llamar cúmulo.
  4. Desde entonces, cuando un niño se ve por primera vez en un espejo su reflejo florece.
  5. A partir de entonces, cuando alguien ve por primera vez las hojas remeciéndose, despuntan en sueños dos pequeñas alas.
  6. Desde entonces, cuando una niña da el primer paso, de su danza nace la lluvia.
  7. Desde entonces, cuando alguien nace, por brevísimo tiempo se sabe flor, se sabe pájaro, se sabe nube, hasta el día en que pide, en su propio nombre, otra historia.

Nidia Cuan

Estrellas

En la dinámica habitual de la marcha derecho izquierdo, un pie –entonces pequeño–sostuvo el peso de todo el organismo. Un cuerpo vegetal conoció la carne, yo conocí los espinos. Fue una presentación sensorial.

también les dicen estrellas, ¿lo sabías?

En ese entonces yo creía que las estrellas de mar habían caído del cielo la noche anterior. Al pedir un deseo –siempre el mismo– pensaba que de alguna forma estaba siendo cómplice de esa muerte.

era justo que las estrellas-astilla me cobraran

en el pie

los deseos que se me habían ido acumulando durante las noches de julio

Cada verano lo olvidaba. No logro entender por qué, supongo que funciona así, que el dolor trae consigo una pequeña dosis de desmemoria. No encuentro otra forma de explicarme esa compulsión humana de tomar –de nuevo y cada vez– el sendero plagado de espinos, con la inocencia de quien se asoma a una habitación ajena.

debe ser porque el dolor es un llegar a casa

Había que caminar muchísimo antes del encuentro con el agua. Cortar camino era un riesgo. A nosotros nos gustaba ignorar el no vayas por ahí, de los adultos. Teníamos la convicción de que sólo en la desobediencia podíamos alcanzar la cuota de libertad a la que aspirábamos en esos años.

era necesario sentarse sobre la arena caliente

–la primera astilla del verano atravesándome la piel–

tomar el pie entre las manos

y retirar los espinos de a uno

Con la acumulación de veranos fui aprendiendo que el malestar de la extracción sobrepasa, por mucho, al de la inserción. Por eso Jacinta, la prima mayor, trece años entonces, se encargaba de vigilar que todos lleváramos zapatos.

¿Qué tiene Jesús en la cabeza? Quise saber. Me dijeron que era una corona de espinas. Se la pusieron los romanos para burlarse. Cuando pecas le agregas una espina más, ¿ves? Por eso le gotea la sangre.  Tus pecados pueden atravesarle la frente.

pecado, deseo, dolor y muerte

había similitud entre las estrellas de los deseos y las del mar

entre las estrellas de mar y las de la hierba

Al finalizar el verano, eso es lo bueno del dolor, bastaba con apoyar la planta del pie en un ángulo determinado para hacer la invocación. Para recordar que la sal y el escándalo del viento en la oreja estaban a cuarenta y cinco minutos de la escuela.

 

Lolbé González Arceo

La fila

Para mi tío Manuel, con toda admiración.

A pesar de ser domingo, me levanté temprano. Hasta entusiasmada. Por primera vez en mi vida me iba a tocar opinar. Aunque fuera sólo marcando un tache en una papeleta. Un tache negro, sí, pero el equivalente a estar en clase y levantar la mano para decir que sí o no, para contar entre los que están de acuerdo, o los que no, los que siempre pierden.
No importa, por lo menos, por una vez, alguien me va a preguntar lo que opino y el mío será uno de todos los taches que se junten para tener una postura.
Me bañé y me preparé un café, quería estar presentable y despierta, pensé que como era temprano y estaba decidida todo sería muy rápido y tendría tiempo después para desayunar copiosamente y ver a la demás gente pasar con la tranquilidad de quien ya cumplió su deber, pero apenas salir de mi casa empezaron a presentarse los obstáculos.
En la puerta me encontré con unas amigas que no le daban ninguna importancia a mis planes y me invitaban a pasar el día comiendo quesadillas y tomando tequilas en una trajinera en Xochimilco. Total, ya me había bañado. ¿Por qué diablos iba a querer desperdiciar una hermosa mañana de domingo en decir sí o no a gente que en realidad nunca iba a oírme? Aunque fue tentador, no lograron acabar con mi entusiasmo y rechacé la oferta, prometiendo que pronto las alcanzaría.
Apenas di una docena de pasos y me encontré con que la fila daba dos vueltas a la cuadra y se movía muy lentamente. ¿Qué más daba? Era domingo, desayuno o no, no tenía tanto qué hacer.
Después de un buen rato de estar de pie a pleno rayo de sol, decidí sentarme en la banqueta, me entretuve viendo una hilera de hormigas que parecía infinita desde mi perspectiva. Un punto negro sucedía al otro sin prisa y sin pausa. De pronto sin aviso alguno, alguien llegó por atrás de mí y me tapó los ojos.
—¡Hola! Adivina quién soy.
Adiviné enseguida que era mi jefe, lo cual no hizo la situación menos incómoda.
—¿Qué diablos hace aquí sentada? En vez de aprovechar su domingo haciendo cosas productivas. Esto no tiene caso.
Le di esquinazo lo más educadamente que pude y permanecí en mi lugar.
A ratos la línea avanzaba, pero muy lentamente y de pronto parecía como si alguien más se hubiera colado, porque retrocedíamos no poco, sino un par de cuadras. Un paso adelante y dos para atrás, como dice el dicho.
Pasaron muchos domingos. Lo vi todo. Tormentas, fiestas, temblores, gente que simplemente se levantaba y se iba, gente que después de un rato ya no podía levantarse.
Casi me pasa, me dolían las rodillas, me pregunté una y mil veces si no debía rendirme. Las noticias que llegaban desde el frente, no eran alentadoras. Todo lo que estaba ahí no era más que una ilusión. Igual que las hormigas, una fila que no llevaba a ningún lado.
Pero si llevaba, sólo era cuestión de esperar sesenta años. Aunque soy paciente, estoy ansiosa por ver qué sorpresas nos depara el hormiguero.

 

Catalina Kühne Peimbert

 

XXXIII. Ema

Ema tenía once años y ya tenía que volver sola de la escuela. Comía en estación Tormenta un sándwich, iba a sus clases de tae kwon do y luego llegaba a casa a las seis, prendía la tele, miraba las últimas caricaturas de la barra infantil comiendo cereal a puños en un tazón sin leche y se quedaba dormida en el sillón de la sala hasta que algún adulto llegaba. La vida se sucedía bajo las preguntas: por qué nadie me ve y qué programa sigue.

Un día Ema alteró la rutina y decidió no llegar más a casa. Se quedó en estación Tormenta. No iría más al tae kwon do, ni a la escuela, ni a dormir a la sala con la tele prendida. Los puños cerrados. El uniforme rojo de la escuela por única ropa. Así, horas.

Le pareció ver a su madre con unos policías buscándola. Pasaron de largo frente a ella porque buscaban a una niña perdida, a una niña que correría a sus brazos; no a una niña furiosa. Su padre se les unió en la estación y gritaba Emi. Emi, el diminutivo que nunca le dijeron ahora sí lo usaban.

Ema vio a mamá y papá partir de estación Tormenta sollozando, con las manos vacías, pero a ella sólo le dolían las marcas que se había hecho con las uñas en las palmas: ocho lunas rojas. Estaba agotada cuando dieron las dos de la mañana y la estación cerró. Cuando abrieron, llegaron los de intendencia con sus máquinas para lavar el piso y ella tuvo que sortearlas. Seguía furiosa e invisible en estación Tormenta sin decidirse a abordar ningún tren.

Robó algunas loncheras. Con el paso de los días, algunos amigos del colegio le llevaron los apuntes y le regalaron ropa y así pasaron semanas. Era curioso cómo seguía sintiendo que la vida era un programa de televisión que veía a un metro y medio de distancia de los ojos y a una distancia mucho mayor de su alma. Esa sensación duró aún cuando fue encontrada y llevada a casa. Duró toda la adolescencia. La juventud. Las personas que la rodeaban no tenían profundidad. Ema las arreglaba con una mirada benévola y generosa con tal de no tener que verlas con sus verdaderos, defectuosos y humanos rostros.

Cuando Ema cumplió cuarenta y dos años, la vida dejó de verse así. Fue un cambio sencillo, simplemente el modo televisión ya no prendió más. Durante un desayuno familiar, vio a su madre incapaz hasta de cuidar de un pequeño gatito, peleaba con una amiga que insistía en regalarle uno. Vio a su padre organizando metódicamente por fechas y secciones una pila de periódicos mientras contaba chistes del mundial. En la sala, en esa misma donde se quedaba dormida de niña, sintió la mirada azul iceberg de su pareja cortarle cualquier entusiasmo con una insensibilidad pegajosa, grosera, desagradable. Todos eran como eran.

Ese día decidió todo. Caminó hasta estación Tormenta. Necesitaba empezar por ahí. Al llegar al andén sintió un escalofrío cuando miró en la banca del andén a una niña furiosa. Sola, pequeña. Con un suéter rojo comiendo un sándwich, limpiándose los lagrimones que escurrían por sus mejillas, los labios apretados. Ema se sentó junto a ella y la niña lloró aún más, su pequeño cuerpo se sacudía. Ema le dio besos muy suaves en el cabello. La tomó de las mejillas tratando de quitarle el frío de soledad con la tibieza de sus manos. La niña temblaba. Ema la abrazó y le dijo al oído que ya, por fin, había llegado una persona adulta para cuidar bien de ella, la cuidaría por siempre. La niña furiosa se calmó desapareciendo entre los brazos de Ema, que sintió en su pecho un calor tan agradable, tan luminoso, expansivo y cierto como que empezaba el verano y el resto de su vida.

 

Mónica Flores Lobato