Objects in mirror (1)

*

Me recuerdo colgada de la ventana del asiento trasero, con la boca bien abierta, llenando los pulmones a tope

            ¿sí respiro más aire, viviré más?

mientras me perdía en el paisaje barrido por la velocidad y me dejaba golpear el rostro por el sol.

Me recuerdo con la mano extendida afuera del auto en movimiento, venciendo con trabajo el empuje del aire

            ¿podría la fuerza del aire arrancarme los dedos uno a uno?

 o disfrutando en secreto del punzante dolorcillo de los goterones de lluvia impactándose contra mi palma pequeña.

Me recuerdo repitiendo seis, quince, treinta y tres veces, “objects in mirror are closer than they appear”, como una suerte de mantra incomprensible,

            ¿sabías que cuando repites tu nombre muchas veces dejas de reconocerlo

                        de reconocerte en él?

nomina barbara, sonido y eco que a mis ocho años no era suficiente para invocar a dios ni para terminar de darle sentido a lo que yo empezaba a entender como vida.

**

Pero hoy soy yo quien va al volante y ya no recuerda. Le sostengo la mirada al semáforo en rojo porque sé que he olvidado el aire a tope en los pulmones, el dolor gozoso de la lluvia en las manos, el paisaje embarrado siguiéndonos durante todo el viaje.

Hoy me encuentro absorta en la calamidad del entorno, en las calles grises, en el calor, en la hostilidad de las palabras arrojadas por las ventanas de los automóviles, en la improcedencia de estar aquí.

Hoy encuentro en mí un dolor antiguo que se me desborda del cuerpo. Y lloro. A mares. A lágrima viva. A raudales

            como dicen.

Como Magdalena. Y como María. Y como Laura. Y como Beatriz. Y como Cecilia. Y como Fátima. Y como todas las mujeres que han llorado desde hace siglos con los ojos muy abiertos y el cuerpo entero comprometido, sintiendo la insuficiencia de los pulmones y la estrechez del pecho para contener la estampida de un llanto así.

Hoy lloro, en medio del tráfico, frente a un semáforo en rojo y alguien me mira. El espejo lateral me sorprende de pronto con la imagen de una mujer que llora y no soy yo. Nos miramos temblando en la misma incontinencia de nuestras lágrimas

            otra vez el punzante dolorcillo

            otra vez el aire a punto de hacer explotar los pulmones

                        ¿es esto la vida? ¿es esto el cuerpo?

y nos reconocemos, la mujer que llora y yo, nos acompañamos, de algún modo, nos abrazamos en medio del espejo. Seguimos llorando y no importa si nuestros nombres son Karla, María, Magdalena, Beatriz o Fátima. En este instante somos, hemos sido y seremos la misma mujer que llora desde hace siglos un dolor milenario, inexplicable.

***

La impaciencia de un claxon nos devuelve al tiempo. La luz verde nos urge a separarnos y continuar nuestros respectivos caminos. Nos incorporamos, corroboramos la permanencia de nuestros rostros en el otro espejo, nos sincronizamos para hacernos rápidamente de un pañuelo y eliminar los rastros del encuentro inesperado.

Regreso a buscarla. El espejo lateral ha quedado vacío de su imagen, pero lleno de la única certeza que tengo el día de hoy: “objects in mirror are closer than they appear”.

Karla Marrufo

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Silencio personal

Cuando esperas algo con tanto amor e ilusión, intenta esperar en silencio. A veces compartimos de más, decimos cuanto nos viene a la mente y al corazón. Hacer partícipes a nuestros seres queridos de lo que nos ocurre, nos hace sentir más cerca de ellos. Las amistades se nutren con experiencias propias y compartidas. “Nada de lo que hagas en esta vida será legendario si tus mejores amigos no están ahí para verlo”.  Muchas veces es cierto, pero no necesariamente es una regla.

Es maravilloso descubrir la belleza de compartir los sueños sólo con uno mismo. Ser nuestros cómplices. Tener nuestros secretos. Disfrutarlo desde que es una cosquillita que se transforma en un sueño, hasta ver el proceso y, después, disfrutar del resultado. “Recordar es vivir”. ¿Qué si queremos compartirlo después? No pasa nada, pero nadie te quitaré el haberlo vivido en exclusividad.

Esta semana recordé tantísimas cosas (eso pasa cuando limpias tu habitación a profundidad) y me di cuenta que muchas no las había compartido con nadie: pensamientos, ideas, conclusiones, todas ellas encerradas en recuerdos, en objetos, cartas y fotos en mi habitación. Me sentí cómplice, sentí satisfacción y una pequeña pizca de maldad porque no se lo dije a nadie.

Por costumbre, guardo y tiro de todo, pero permanecen conmigo las cosas que para mí son más valiosas, ni una sola se va a la basura. “Sandra, ese suéter no volverá a quedarte, además,  ya no está de moda”, eso me dije cuando puse en la pila de “donar o vender” un suéter a rayas de colores talla chica, si me lo pongo me veré como tamalito.

La revelación llegó cuando por fin mi habitación estuvo de nuevo ordenada. “¿Cuántos años tengo?” pensé. ¿Cuántas de esas cosas guardé sin darme cuenta?

A veces es tan fácil sacar, tirar, dejar ir, y otras veces es impensable. No sé si es el tiempo surtiendo efecto, la edad que llega de golpe (y no me siento mayor) o simplemente las cosas dejaron de amarse o de doler porque todo tiene su función y tiempo de vida. En algún momento saldrán a la luz, en una plática casual o inspiradora. El tono de la conversación dirá si se comparte o no, pero comprendí que no es necesario compartirlo con todo el mundo.

Sí, sí se pueden ver cosas en mis redes sociales, y sí lo comparto sabiendo que la gente lo verá, No sé por qué lo hago. En general pienso que no me agradan las redes sociales. Aun así, tengo mi cuenta de Facebook y un cambio de foto de perfil cada cierto tiempo.

Es imposible no dejarse llevar, aunque sea un poco, por la marea, pero comprendí que intentar sostener el sueño de guardar las cosas para uno mismo tanto como sea posible, vale la pena.

 

Sandra Ramírez

AUTORRETRATO TEXTIL

Soy el pequeño mandil con estampado de panal que me empeñé en usar como vestido cuando era una niña y que olía al cajón de cedro del ropero de mi abuela.

Soy los vestidos de interminable tul, idénticos a los de mi hermana, que utilicé en contra de mi voluntad y dentro de los cuáles lloré porque ya quería ser adulta, cuando pensaba que eso implicaba la capacidad de decidir.

Los zapatos de piel marca Kinder, porque “para eso trabajo tanto, no para que usen zapatos de plástico, por mucho que los anuncie Xuxa”.

Soy mi primer reloj de pulsera, que me hacía sentir ocupada como los mayores a mi alrededor y, por tanto, importante.

Soy mi uniforme blanco y azul con falda por debajo de la rodilla, zapatos de charol de doble traba y calcetas hasta arriba, porque en mi escuela la vanidad era un pecado.

Soy un par de medias y payasito negro, maloliente y roído por la duela del salón de danza, que a veces se convertía también en pijama porque mi cuerpo exhausto no daba para más.

Soy la blusa de encaje que me puse la primera vez que se me ocurrió enamorar a alguien.

Soy todos y cada uno de los vestuarios cargados de sudor y nervios que fueron utilizados sólo una vez y luego condenados a una vida inútil.

Soy una universitaria camiseta cualquiera, tomada al azar porque no tenía ganas de vestirme, porque todo en la casa era un caos y había que dosificar la poca energía vital existente.

Soy una toga y un birrete pretenciosos y absolutamente descontextualizados, prometiéndome un futuro próspero, supuestamente garantizado por mis años de estudio.

He sido un arete en la nariz como marca de rebeldía y el posterior hueco en la nariz como signo afiliación al rebaño laboral.

Un uniforme institucional como ofrenda a mi empleador, cómo muestra de que no trataré de ir en contra de su autoridad y de que, en caso de tener ideas, las pasaré por oficio foliado.

Soy un pantalón negro y la cara lavada, en señal de protesta porque aquella tesis de maestría la escribí pero no fue mía, no se parecía a mí.

Soy la bolsa que lleva más de lo que sería práctico cargar sobre la espalda en un día cualquiera. Soy los zapatos de la semana reunidos y esperando en la puerta de la casa, con su generosidad para disculparme por no llevarlos a su sitio porque estoy muy ocupada, porque hoy si no puedo más.
Soy un tatuaje que no termina de asimilarse como inquilino de mi cuerpo.

Soy también y a escondidas un vestido negro que no uso pero que no me atrevo a desechar porque a veces percibo muy cerquita la muerte y quiero sentir que estoy preparada, que soy más lista que ella, que la vida (todavía) es hoy.

 

Lolbé González Arceo

Pies de plomo

La casa estaba envuelta en un silencio total, a tal grado que el ruido de mis pisadas rebotó contra las paredes haciendo eco, y eso a pesar de haber tomado la precaución de quitarme los zapatos. Me pareció la mejor de las ideas. Cuando planeé todos los detalles para colarme por la noche, en el número uno de mi lista decía con mayúsculas:

  1. ENTRAR DESCALZA.

Por supuesto que es necesario dejar los ruidos en su mínima expresión cuando una quiere pasar desapercibida, pero había una razón para que justamente esa precaución estuviera en el número uno de la lista, no solo era precaución, era un gusto. Resulta que odio los zapatos. Me parecen más que una prenda de vestir un instrumento de tortura, la cosa más incómoda que se haya podido inventar. Si por mí fuera nunca volvería a usarlos en mi vida. Y la vida que sabe más y que gusta de hacer chistes a nuestra costa, tomó nota y me concedió el deseo. ¿Quién lo hubiera dicho? Pero eso fue después.

Fue por eso que me volví una ladrona, porque por primera vez quería algo con todas mis fuerzas, algo sin lo que sentí que no podía seguir viviendo. Y aunque pregunté en donde lo habían comprado, busqué en todas las tiendas y sitios de internet y, finalmente, supliqué que me lo regalaran, no tuve una respuesta favorable.

Fue por eso que planeé lo que yo consideraba que sería el robo perfecto. Un robo que además ningún policía en su sano juicio querría perseguir porque no se trataba de llevarse nada que costara mucho dinero. No tocaría las joyas, ni la televisión de plasma o cualquier otro de los aparatos de última generación que estaban en casi todos los cuartos.

La casa estaba silenciosa y oscura. Era una noche sin luna y una casa con pocas ventanas, pero no había problema porque la conocía como a la palma de la mano. Había estado ahí muchas veces, hasta hace poco me consideraba una de las mejores amigas de la familia,  pero después de la actitud con la que me negaron lo que quería, ya no me importaba.

Así que me deslicé escaleras arriba hacia la recámara principal. La puerta estaba entornada y rechinó al empujarla, un rechinido digno de película de terror que me enchinó el cuero de la espalda, pero no dejé que el miedo me detuviera.

Avanzaba hacia dentro cuando me detuvo aquella suavidad inusitada en la planta de los pies colándose entre mis dedos. Ahí estaba el objeto de mis desvelos,  un simple tapete que parecía estar hecho tan solo de colas de conejos blancos bebés. Desde la primera vez que lo vi pensé que justo así se sentiría pisar esas nubes gordas que se ven desde la ventana del avión. ¡Era tan suave! Decidí esperar unos minutos más para disfrutar de aquella delicia. ¿Qué importaba si me daba ese gusto?

Mucho. Resulta que importaba mucho.

En el siguiente segundo sentí un golpe seco en los tobillos que me derribó al suelo.

Lo último que vi fueron los pies separados de mi cuerpo y a aquel delicioso tapete pintándose de rojo.

 

Catalina Kühne Peimbert

Presagios

Los muertos ya son felices. Es la única certeza que tengo. Y el único consuelo.

 

Nunca imaginé qué sería de mi vida sin él, es que nunca quise saberlo en realidad; despertaba y de alguna forma sabía que estaba ahí, en casa o en algún otro lado. Ese domingo, el espejo quiso prevenirme, advertirme de lo contrario. Desde niña tengo la mala costumbre de pasar mucho tiempo viéndome al espejo: poso frente a él, bailo, canto, y me cepillo el cabello un rato: antes de dormir y cada mañana al levantarme.

 

El espejo es mi lugar favorito de la casa.

 

Él despertó en la madrugada para salir a trabajar. Me dejó un beso en cada párpado y la promesa de volver a la hora del almuerzo. En un domingo normal, él hacía una pausa en su turno de 24 horas y volvía antes de que yo despertara. Aquel domingo llegó el mediodía, el sol que entró por la ventana fue quien me despertó. Adormilada fui directo al espejo de armar y comencé a cepillarme el cabello. En un momento, no sabría explicar cómo, mi reflejo se detuvo, me vio con ojos muy abiertos y me preguntó sin mover los labios: “¿Qué vas a hacer cuando él ya no esté?”. La imaginación buscó respuestas y me llevó lejos, a días que deseé imposibles; el temor cayó sobre mi ombligo y me dobló, me gotearon los ojos, se me desconectaron los músculos. De pronto la desesperación: no ha llegado, ya es tarde, no ha regresado. Algo surgió y se retrasó, repetí para tranquilizarme. De algún sitio en mi interior tomé fuerza y continué el día. El domingo terminó y él no llegó, tampoco llamó.

No me gustan los domingos, me deprimen. Los lunes, en cambio, son mi día favorito de la semana.

 

El lunes desperté extrañamente feliz. Evité en lo posible el contacto visual con los ojos de mi reflejo. Cepillé mi cabello con indiferencia, diez o quince minutos. Llegué a la oficina y me cambié los converse por tacones; preparé café y empecé a revisar mis pendientes con el playlist de los lunes. Escuchaba Yellow Ledbetter, de Pearl Jam, cuando sonó mi teléfono; el lamento del solo de guitarra me arrugó el corazón al mismo tiempo, con un sentimiento irreconocible. Si no supiera que es un músculo, juraría que en ese instante sufrí una fractura masiva de huesos del corazón.

Una voz femenina y fría pidió hablar conmigo. Soy yo, contesté dudando. Entonces se me vino de nuevo el miedo: (…) Hospital General (…) informarle (…) hospitalizado de urgencia (…) ¿es usted su pariente? (…) su presencia es necesaria.

¿Necesaria?, ¿necesaria-papeleo simple para tener la seguridad que alguien pagará la cuenta de hospital?, ¿necesaria-trasfusión de sangre urgente?, ¿necesaria-identificación de cadáver? ¿Qué tan necesaria es mi presencia?

 

La mujer colgó antes de que yo terminara de entender la “necesidad” de su llamada. Salí de la oficina corriendo, así, en tacones. Al llegar alcancé a verlo a través de un cristal en el pasillo del hospital. Me sonrió y levantó la mano, pero tuvo que taparse la boca para toser muy fuerte. Sus ojos miel lucían tristes. Sus ojos, sólo pude pensar en sus ojos, sin preguntarme cuál había sido la emergencia. Una enfermera estiró la cortina y me lo arrebató de la vista. Ésa fue la última vez que lo vi.

Nadie dijo nada. Me entregaron sus cosas en una bolsita de plástico. Y nadie dijo nada. Ni siquiera dijeron que las voces alarmadas que escuché detrás del cristal, ocultas por la cortina, eran las enfermeras y doctores que trataban de revivirlo. Nadie dijo nada. Nadie me dijo que cuando dejó de toser estaba muriendo. Nadie dijo nada. Hasta dos horas después, una mujer delgada y alta, de voz muy fría, fue quien lo dijo tan simple que tardé en unir las frases que llegaban a mí entrecortadas: sentimos informarle murió paro cardiaco.

No dije nada.

—Necesita traer estos documentos –me dio un papel– para que podamos entregarle el cuerpo.

El cuerpo. Suena tan ajeno. Su cuerpo. Un cuerpo que ya no significa nada más que un cuerpo muerto. Mi cuerpo, mi cuerpo vivo, su peso, cayó de nuevo sobre mi ombligo; me incliné hasta quedar hincada en el suelo, con los ojos goteando.

 

La mujer se alejó con prisa y yo quedé ingrávida en medio del pasillo. No dije nada. No sé cuánto tiempo pasé llorando. Recuerdo unos brazos que me apretaron por la espalda. Recuerdo un “tranquila, todo va a estar bien”. Recuerdo sus ojos. No sé cómo llegué a casa ni cómo encontré los documentos de la lista. No sé en qué momento cambié los tacones por los converse que había dejado en la oficina. Sé que no me gustan los domingos, que me encantan los lunes y el solo de guitarra de Yellow Ledbetter. Sé que paso mucho tiempo frente al espejo, cepillándome el cabello.

 

Sé que los muertos ya son felices. Son felices ellos que pueden flotar y volar, partir y volver y estar, y quedarse callados o gritar. Sé que son felices aunque nos vean llorando.

 

AG

Circunferencias

Siempre temo que alguien interrumpa el silencio. La luz está encendida en la sala. Al centro el sofá. Yo sentada en él. Piernas cruzadas, una encima de la otra, o casi. Los brazos a los costados. Ojos abiertos. Mirada fija en la televisión de plasma que refleja mi imagen pequeñita. Una vela en la mesa y unos libros apilados. Afuera, el sonido de los carros al deslizarse por la calle mojada. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cuento cinco carros en los primeros minutos, ¿o habrá pasado sólo uno? No debo pensar. Pongo la mente en blanco de nuevo y surge la punzada de dolor en el omóplato derecho, el dolor que me persigue desde la mañana. La molestia entonces se vuelve electricidad en el antebrazo y viaja a mis manos, a mis dedos. Luego el movimiento inconsciente de mi mano izquierda. El masaje a mi brazo derecho. Y la pesadez en mi frente. Los párpados que quieren cerrarse. Mis manos sobre los muslos. La nube densa que baja desde mi cabeza y se instala en mis hombros, en el omóplato adolorido, en el pecho y las piernas. Los ojos se cierran y un pájaro canta. No, dos pájaros cantan. Abro los ojos y escucho con atención. Me concentro en los sonidos que llegan del exterior y entiendo que los pájaros que pensé afuera se encontraban dentro de la mente que suponía en blanco. Siento sed y noto que olvidé servirme un vaso con agua. No sé cuánto tiempo ha pasado pero tampoco he escuchado ya el sonido de los carros. Entonces, como si de golpe regresara al mundo, se escucha el sonido de un auto, de dos, sobre el pavimento mojado. Alejándose. De inmediato, el zumbido del aire acondicionado que se enciende. Una corriente toca mi mejilla y viene un escalofrío. Los ojos se resisten, otra vez, a los párpados cansados. Abro y cierro la mano derecha. El zumbido del aparato penetra un poco más en mi oído y se convierte en el eco de un ceceo continuo. Los ojos se rinden y vuelve el canto de los pájaros. Su batir de alas. Batir: amo el sonido de esa palabra. Recuerdo que debo mantener los ojos abiertos y no pensar. Observo la pared color crema detrás de la tele de plasma. Mi yo pequeñito. Mis manos ya no sobre mis piernas sino en el sofá. Sobre la tela del sofá, sobre los hilos de la tela. Sobre lo áspero. Y sigo en espera de esa nada que no llega porque la nada ahora es lo que me rodea. El pensamiento se desvía y mi mirada se posa en la vela, en el círculo alrededor de la mecha. En lo quemado de la mecha. En la hondura de la circunferencia. En el sigilo de esa noche que adivino del otro lado y que, sin pensarlo, se ilumina.

Alisma De León

XXIII. Lucía

Lucía y sus tres compañeras del trabajo reían de todo: de los malabares que hacía Lucía en el vagón por su fobia a tomar los tubos sudados, del intercambio de miradas que Sol, la pelirroja, tenía con el deportista a tres asientos de distancia, pero particularmente encontraban hilarantes los comentarios crueles sobre sus compañeros de oficina.

Se desocuparon unos asientos y dos mujeres se sentaron. Lucía no, bajaría en la siguiente estación, en Tormenta.

Todo fue muy rápido cuando se acercó a la puerta: una chica de unos veintitrés la tocó en el hombro y le puso muy discreta y velozmente una tarjeta en la mano. La tarjeta decía: *100 x lo que digan* y tenía el whatsapp de Tinto Merengue, el seudónimo de la espía. No era entonces leyenda urbana; podía contratar a una “infiltrada” que le pasaría con detalles la conversación de sus compañeras de los siguientes cinco minutos a su partida. Sólo tenía que darle, como lo hizo, un billete de cien pesos sobado sobre la mano.

Lucía bajó del vagón y miró de nuevo la tarjeta. Tenía entre sus manos un souvenir del museo de las miserias y la curiosidad le picaba como roncha en el ánimo. Podría apostar otros cien pesos a que cuando contactara a Tinto Merengue el reporte sería asqueroso, todas, pero más Sol, habrían dicho cosas horribles de ella: sacarían a colación su mal gusto para elegir zapatos y novios, su soledad, sus enojos en confidencia, sus ganas de sobresalir en la oficina y sabe Dios qué más. Miró el reloj y apenas habían pasado dos minutos. Mandaría mensaje en tres. ¿Y si no decían nada? ¿Y si ella era tan insignificante para sus compañeras que no valía siquiera una mención negativa? ¿Y si pasaba sin ser vista? Sintió un hueco. Todo podía ser peor. Casi deseó que Tinto Merengue fuese una trampa dedicada a paranoicos.

Le mandó mensaje.

                        Hola, TM, bajé en estación Tormenta. ¿Tienes algo?

                        Sí… ¿Quieres audio o resumen?

                        Audio.

Llegaron cuatro archivos.

Lucía fue a sentarse a una de las bancas del andén. Llegó un tren. Se fue. La estación se quedó un poco sola.

En su teléfono inteligente estaba la aniquilación del sueño de la convivencia. Lucía no pudo abrir los archivos.

No pudo borrarlos.

No pudo ir a su casa.

No pudo llorar.

No pudo decidirse.

Vivió por dentro una pequeña muerte: lenta, sorda, definitiva.

MFL

La casa no pierde

En algún pozo sin memoria nos arrojaron de este día.

El agua ya no existe,

pero a veces la humedad presiente nuestros labios

y deja en ellos la tristeza de una casa en ruinas.

G.F.

La casa no pierde.

La casa cae hacia adentro de sí como un gusano

protegiéndose en medio de sus filamentos más oscuros,

palpita en sus entrañas azarosas,

se remueve escarabajo adormecido

pulmón de ave alerta

y resplandece de súbito como si recordara.

 

La casa no pierde, se renace

:

explota de placer en las bombillas

despilfarrando en un instante la luz

tan solo para dejarnos luego en la oscuridad más bruja.

 

A veces cosquillea de termitas

y se ríe, cómo ríe,

desmenuzándose una a una las repisas,

las mesas sin migajas, las patas de las sillas y las cercas

convierte en polvorón las impostadas geometrías humanas.

 

Arroja sus techos al olvido de las tempestades

y los vientos del Norte

para atragantarse de cielos y de pájaros

de eclipses y constelaciones.

 

Se desnuda las paredes

y en su obsceno espectáculo de pronto es posible

asomarnos a un laberinto

de vigas y hormigones, cucarachas, tindarapos,

de pasajes oscuros como el ciego rincón donde alguna vez lloramos

siendo niños.

 

Retoños de un verdor impecable se cuelan por las ventanas,

se adhieren a los bordes que fijan

aquello que día a día nos sostiene

en amor sin la cama el agua clara de nuestras voces el aire vivo de los sueños

e incluso se permite acunar las raíces

de un árbol imposible en la base del inodoro.

 

Pero la casa nunca pierde

se abraza a sí misma y se contiene

se transforma

se embellece cuerpo adentro cuando intuye

la cercanía de la vejez o el abandono.

 

Así, a veces, nosotros.

Imaginando al enemigo

Tengo varios conocidos en Facebook que tienen enemigos imaginarios. Pelean con ellos, los insultan, les reclaman, los odian, los mencionan todo el tiempo que pareciera que fueran reales. Nadie les contesta, así que tengo sospecha que pelean con sus propios demonios. Son de los que se quejan hasta con su propio reflejo.

Con los niños, cierto día, en algún lado se había originado una pelea y era acarreada hasta el salón donde me encontraba. Podía ver a dos niños apunto de declararse la guerra con un guante blanco. Al preguntar qué pasaba, un tercer niño –amigo y defensor de uno de ellos– respondió: lo que pasa es que él es su enemigo. En una voz de seis años esa palabra es casi imposible de oír. El problema: le había aventado una uva a la cabeza.

Desde ese día, pensé varias veces, ¿tendré acaso un enemigo? Los he tenido, claro que sí. Dos niñas en el kínder no me querían, me arrebataban el Resistol, la plastilina y las tapitas para hacer un gusanito. Eran malas.

Más grande tuve algunos de los cuales me he querido olvidar, pero al ver su historial de vida terminé teniendo lastima por ellos.

No hablaré de las veces que me vi en el espejo. De eso no. Hay enemigos realmente graves.

La realidad es que creo que no tengo ninguno, pero ¿qué haría si yo tuviera un enemigo?

Me pongo a imaginar los enemigos que podría tener. Echo una ojeada a todos esos grandes enemigos de superhéroes y personajes de libros que hacen sufrir y, aun así, terminas amándolos. Soy sincera, en las películas y en los libros amo a los malos. Si yo tuviera un enemigo, me gustaría que fuera realmente interesante. Uno a quien presumir.

Como Batman, él siempre está ocupado por esa larga lista de villanos a los que tiene que matar. Superman, Spiderman, Capitán América, los Avengers, todos juntos para luchar contra los malos. Contra los que los quieren matar. Todos esos enemigos que tienen una vida triste de niños o por circunstancias de la vida se volvieron así: malos. Terminas por tenerles compasión.

Si el enemigo fuera mujer tendría que ser una vengativa, sin remordimiento, hipócrita y calculadora. Inteligente, eso sí. Siempre ver por el bien del género.

En cuestión de historia normalmente el malo pierde y el bueno gana, si nos cambian la formula incluso nos sentimos ofendidos. Yo necesariamente tendría que ser la buena para poder gozar del enemigo. Si no, qué chiste tendría.

Todo esto hablando un poco de fantasía. Que yo tuviera capa, antifaz, un cuerpazo, que toda la ropa ajustada me quedara de maravilla, que supiera artes marciales, que supiera pilotear cualquier avión, entendiera de tecnología y las balas nunca me tocaran. Sólo así querría un enemigo, de otra forma, creo que no gastaría tiempo con uno, uno de verdad.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Latido

Las mujeres de esta familia: la calidad del impulso eléctrico cardiaco nos encierra a todas en una categoría.

Miro el estetoscopio y sospecho que sé cómo usarlo.

Tras la pared de carne percibo el tucutún.

Tucutún: la vida es esto.

Tucutún: harás espacio para el dolor.

Tucutún: no pierdas tiempo.

Se necesita valor para dejar flotando en el aire una verdad incomprensible. Para escuchar el misterioso aleteo y resistir la tentación de estirar el brazo en busca de una red.

Alguien ha dejado un estetoscopio falso en el cuarto de mi abuela.

Tucutún: no entiendes nada.

Si estás parada sobre los escombros o los cimientos.

Cuál de las lealtades es la prioritaria.

Con qué instrumento precisar la cantidad de tiempo que debiera ser colocado sobre cada cosa.

Entre la sístole y la diástole hay fotografías que sólo cobran sentido cuando se las coloca en un álbum. Todo dependerá, por supuesto, de la mano que organiza el álbum.

Por toda la casa hay souvenirs. A esta mujer le importa lo mismo el alce de fibra de vidrio de Canadá que el pisapapeles de rumbera cubana, es decir, nada.

El impulso eléctrico cardíaco es una garra metálica dentro de la caja transparente del centro comercial.

Tucutún: estamos solas.