Tardes de sol

Es en el Tiempo Muerto donde se repite la mirada,
donde las cosas retoman el nombre de una falta.
Es como la piel que muestra, sin presunción, una huella,
un lunar, una mancha, tal vez ya vista,
pero de nuevo retomada por el asombro.
Algún resabio queda de las olvidadas tardes de sol.
H.C.M.

Y lo vuelvo a leer: es bello tener lazos, pero no siempre son conexiones.

De pronto conozco nuevas personas, nuevos horizontes, modos distintos de estar y contemplar el mundo. Yo misma me transformo en medio de esas novedades, me despojo de las palabras e intento sentir la vida vibrante en los objetos y las imágenes que ellos, los otros, se van apropiando:

            -entonces éramos jóvenes y las noches se nos iban en el encanto de estar juntos. Ahora volvemos al sitio de la fiesta, lo que es como volver el tiempo atrás pero con los años encima: uno no sale ileso de estos encontronazos con la memoria…

            .entonces yo era un niño, sólo un niño, abierto al asombro de los seres magníficos y las coincidencias, de las cacerolitas de mar y las piezas de barro. En ese entonces, el regreso a este sitio era el encuentro inconmensurable con el mar y el verano; nunca el destino ni la despedida, nunca la vida ni sus amores inciertos, ni sus fracasos…

            ~entonces yo era muy pequeña, pequeñita, y para mí la verdadera felicidad se traducía en agua: en todas las fuentes me transformaba en pez y en alga, en ola y espuma, en vida líquida… pero ahora, aquí, frente a esta visión de manantiales posibles, recuerdo de súbito que había olvidado por completo mi vocación por el agua, supongo que de esto se trata envejecer.

            *entonces yo también era pequeña y creía que el mundo entero se reducía al trópico, al sol implacable filtrado entre palmeras, a los huracanes indolentes del verano, a la fragilidad de las casas y las cosas nuestras… Ahora sé que no todo es trópico y que la fragilidad no es exclusiva de las casas y las cosas nuestras, sino que es condición inherente a la vida y a los asuntos que alguna vez pasaron por el corazón…

Y lo recuerdo otra vez, como si de una cita impostergable se tratara: es bello tener lazos, pero no siempre son conexiones… De entre todas estas historias voy sacando, uno a uno, los hilos que van tejiendo la belleza del encuentro y la posible conexión. Me apropio del recuerdo ajeno y me renuevo a través del asombro, algún resabio quedará de estas tardes de sol.

 

Karla Marrufo

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Bitácora del llanto [2]

Quien llora sabe que ha perdido algo pero muchas veces le es imposible recordar de qué se trataba o si en realidad lo tuvo alguna vez.

*

A la manera de Virginia Woolf: para llorar también es necesario tener una habitación propia. O bien, un espacio cualquiera en el que, por un periodo de entre quince y noventa minutos, se sepa que no va a interrumpir nadie. Esto por supuesto es un lujo, el privilegio de unos pocos. Por eso ante la imposibilidad de reprimir el llanto se vuelve necesario desarrollar la habilidad para suspenderlo.

*

La condena se multiplica como en los espejos encontrados porque mientras se llora una pérdida (aunque no a causa de eso) otras milimétricas cosas siguen perdiéndose sin que el llorador pueda percatarse.

*

Todo depende de la habilidad del llorador pero digamos que para los principiantes cuatro minutos es un tiempo razonable. En cuatro minutos se puede caminar con disimulo hacia la puerta de la oficina, girar la perilla y hacerse de un rincón discreto en dónde lagrimear con cierta comodidad.

       El perfeccionamiento de la habilidad para suspender el llanto justo a tiempo, es decir, la prolongación del periodo que inicia con el aviso de la llegada inminente de la lágrima, permite incluir en el repertorio una mayor variedad de locaciones. De esta forma, los lloradores expertos, quienes alcanzan a suspenderlo hasta por periodos de dos horas, cuentan con el consecuente beneficio de poder elegir para su desahogo sitios casi ideales. Por ejemplo: el automóvil, el diván del psicoanalista o el sillón de la sala de una amiga.

*

 

No debe confundirse el llanto con la tristeza. Llorar es a veces la manifestación más inmediata de un dolor físico o espiritual pero esto es sólo un fragmento de su espectro de posibilidades.

*

 

En este punto se vuelve necesario aclarar que la suspensión del llanto sólo debe emplearse en ciertas circunstancias. Se sabe de casos en los que el abuso llevó a algunas personas a caer en una rara asincronía caracterizada por presentar episodios de llanto en momentos en los que no lo requerían y por carcajearse en eventos solemnes.

       Otra consecuencia común del uso indiscriminado de la suspensión del llanto es el caso de personas que lo postergaron tanto que llegó el punto en el que ya no les fue posible llorar bajo casi ninguna circunstancia. Quizá esto último sea lo peor, he conocido algunos casos.

 

Lolbé González Arceo

MIEDO Y MAGIA

“Los dos estamos idos de la mente/Desde que nos queremos/

Desde que nos amamos/ Los dos estamos idos de la mente /

Andamos como locos/Por el mundo perdidos.”

Canción del cantautor reynosense Cornelio Reyna.

 

Por momentos, ya sólo el miedo permanecía firme en mí. Carácter, valor y energía se me estaban apagando hasta casi agotarse. A cualquier hora y lugar me hostigaba el pánico. Ante una puerta, suponía tras ella hombres enmascarados; un tenue ruido natural de la casa era presagio de terribles invasores. Salir a la calle era opción insensata: temor a los asaltos, a las balaceras y a la violencia toda. Una vida condenada sin remedio a perecer, temerosa, debido a este entorno nuestro, peligroso, grave y nefasto.

Un día, sin buscarlo y sin esperarlo, de pronto, surgió el milagro, un remedio mágico: me enamoré.

Mis temores ya no me agobiaron más. Ahora, antes de trasponer un umbral, adivino tras la puerta figuras benévolas protegiéndome. Logro razonar que un sonido no siempre es peligroso, pues los rateros casi no hacen ruido. Si hay que salir a la calle ya no tiemblo, sólo me encomiendo a los ángeles del cielo, evoco a los corazones enamorados y me unjo todita de amor a la vida.

Aquí donde vivo es preferible andar “idos de la mente”, así como bien apunta la canción norteña. Así  se les dice a quienes dejan de lado el pensamiento racional, la consciencia del peligro, idos de la mente, o locos. Y todo cambia ante el poder del amor. Es una suerte de bálsamo divino amar y ser correspondido, sentir y vivir emoción, ilusión, pasión, cursilería. ¿Cursilería?  ¡Sí! ¿Y? El amor es fuerza inmutable y única, ha sostenido al ser humano a través de los siglos, y sólo así  hemos sobrevivido.

Una vida con miedo es muy dolorosa. Ya no quiero vivir el temor, ni tomarlo de tema para intelectualizar. Le voy más al sentir que al pensar. Por siempre y desde siempre ha sido así, más vale amar y ser amado, porque creo que nos eternizamos en  la magia del amor mutuo.

Así sí. Así sí deseo quedarme otro rato más en esta vida que nos tocó. En mi opinión, conviene, pues, enamorarnos y andar casi locos de remate.

 

Graciela Ramos

INVISIBLE

Cuando era chica y me preguntaban qué súper poder me gustaría tener yo decía que, por supuesto, el de la invisibilidad. ¡Vaya imbecilidad! Tenía la impresión de que me encantaría estar en un lugar viendo qué pasaba y lo que decía la gente de mí, mientras yo no estaba.

Vaya idea tonta (y acaso hasta ahora persistente) de que una siempre es la protagonista de todas las historias, de que estarás donde sea, aunque parezca que no.

Después, agobiada por la vida moderna y el cansancio, definitivamente me incliné más por la teletransportación o, de menos, ser la mujer elástica para poder alcanzar la cerveza sin necesidad de levantarme del sillón.

Pero pasó lo de siempre, tarde y mal se te cumplen los deseos y sucede que ahora nadie me puede ver. Y no hablo de que le caiga mal a todo el mundo, aunque ahora que puedo oír algunas conversaciones está claro que no soy monedita de oro, hablo de que la invisibilidad me fue concedida.

Al pasar de los años, fui convirtiéndome en una persona reservada, seguía la corriente de cualquier cosa en la vida, para no molestar y no ser molestada. Pocas veces expresaba mi opinión y jamás en voz alta, también me cuidé de jamás vestirme de manera que llamara demasiado la atención para evitar piropos y tocamientos. Calladita me vería más bonita. O no me vería en lo absoluto, porque hace ya meses que transito por este mundo como un fantasma.

Empezó en la calle, las personas con las que me cruzaba parecían ignorarme por completo, incluso cuando les soltaba un agradable “Buenos días”, no obtenía a cambio ni siquiera un movimiento de cabeza. Estuve a punto de morir atropellada varias veces, porque aun cuando nunca atravieso la calle cuando el semáforo no me lo permite, varios listillos se han pasado el alto conmigo enfrente como si me estuvieran centrando para obtener puntos en un videojuego.

En el trabajo pasó lo mismo, no me avisaban cuando había junta, no era tomada en cuenta para los ascensos, comidas, vamos, ni siquiera me incluían en la cadena de mensajes creada específicamente para burlarse del jefe.

Pero lo más doloroso acaba de pasarme en casa, apenas el domingo mi marido se dejó caer encima de mí en el sillón de la sala. Pensé que se trataba un poco de amor apache y mi idea era continuar con lo que fuera que hubiera empezado juguetonamente, pero cuando lo intenté, hundió todo el peso de su cuerpo sobre mi costado para acomodarse mejor, encendió la televisión y se puso a ver un partido de fútbol. Perdí por default.

 

Catalina Kühne Peimbert

 

Luces en los cerros

Para mi portador de fuego

 

¿Has querido explicar con palabras un sentimiento? Algo así como saciar el hambre con sólo mirar un pastel, como encontrar la calma tras el resonar del trueno.

Un día noté que tus pasos podían estremecerlo todo, que tu sonrisa podía hacerme cantar con los ojos y que en tu voz cualquier historia sonaba dulce.

¿Has deseado alguna vez llorar de tanto miedo? No estás solo, te digo, estoy contigo –pero soy yo la que se vuelve valiente cuando aprieta tu mano–, y te canto y te invento un cuento.

Quise contarle al mundo que la felicidad había llegado, que podía no dormir y aun así sonreír por la mañana, que en mí jamás habría otra vez miedo.

¿Has advertido cuán rápido corre el tiempo? Desearía tener una bitácora de tus días conmigo, por si la memoria llega a fallarme, por si la rutina me distrae y su peso por fin me aplasta.

Entonces cometí un error, y uno más, y muchos otros. Nunca deseé tanto ser buena en algo, nunca pensé tanto en las consecuencias de mis actos.

¿Has nombrado a alguien y se te desbordan todos los sentimientos? Lo poco que sé del amor me lo contagiaste tú cuando en mi voz nació tu nombre y le diste forma.

Con el tiempo descubrí que bailar contigo era mi pasatiempo favorito, que cocinar valdría la pena siempre y cuando fuera para cumplir tu antojo, que con un poquito de esfuerzo, quizá hasta yo podría ser buena madre y buen ejemplo.

¿Has notado las luces que de noche escarchan los cerros? Siempre encuentro en ellas algo de tu amor espontáneo y mucho de tus te-amo antes del sueño.

 

Abby García

XXX. Violeta

Hacía calor y Violeta se quedó dormida en su asiento. Soñó que tras un tranquilo desplazamiento del tren, llegaba a su estación. Bajaba y se dirigía al trabajo. En el trabajo, su jefe le pedía que comiera. Violeta sacaba de su bolsa dos tupperwares y los ponía sobre su escritorio. Uno era rojo y otro azul. Sonreía. Elegía el azul. El color que representa lo tranquilo, el cielo, la calma, la opción sin riesgos. Al abrir el recipiente había dos cucarachas cafés de buen tamaño. ¡Ah! Cuídame a mis hijos, dijo el jefe.

El jefe se marchó y Violeta sintió una frustración creciente. ¿Qué iba a hacer con dos cucarachas? No había terminado de preguntárselo cuando las criaturas ya estaban caminando veloces por el suelo. De pronto la oficina estaba muy transitada y Violeta sólo podía imaginar el riesgo de que pisaran a los hijos de su jefe bajo su cuidado. Por un momento pensó en devolverlas al tupperware azul pero era mayor su asco a tocarlas a su sentido de responsabilidad. Quiso seguirlas para poder dar cuenta al menos de dónde estaban pero no hubo manera de alcanzarlas. Lo que estaba más allá de la vista era simplemente el mundo de lo imposible y hacia ahí habían caminado las traviesas cucarachas.

Un llanto estridente comenzó a gestarse en su interior, tomaba fuerza la potencia contenida esperando una columna de aire para subir y salir. Era un fracaso como empleada. Como cuidadora. Como persona responsable. ¿Qué diría su jefe? Apenas pasó el nudo emocional por la garganta, Violeta pudo ser consciente de que iba a gritar y despertó. Alcanzó a hacer un ruido, una queja gutural, pero se acomodó rápidamente en su asiento, carraspeando, aparentando que no pasaba nada.

Violeta sintió que algunos pasajeros la veían. Ella no alzó la mirada. Primero pasó su mano por la comisura de la boca. Luego se ocupó de descarapelarse el esmalte viejo en las uñas.

Ya en estación Tormenta, se detuvo un momento tratando de regresar a la realidad y encontrarse. Sentía que una parte de ella se había quedado en una zona oscura tratando de arreglar algo irremediable. Miró hacia el túnel y entendió al más primitivo de los humanos porque tuvo ganas de entrar y hacer un rito. Pedirle a la oscuridad por la que había transitado le devolviera a esa que ella era antes de semejante sueño. Para no tener que partirse en dos. Para no tener una deuda capaz de alargarse tanto como las patitas de lo inalcanzable.

Mónica Flores Lobato

Algo tiene que pasar

Es dulce ser nada más que un pedazo de madera, un corcho,

una gotita de agua en las aguas torrenciales del comienzo y del fin.

Es dulce abandonarse en el corazón destrozado de las cosas.

 

 

He dibujado puentes en idiomas extraños pero no inaccesibles, he escrito el nombre del mar en todas las hojas marchitas por si algún desahuciado de navegaciones hubiera olvidado el poder de las olas; he abierto caminos, senderos y brechas, ventanas al cielo y unas cuantas rendijas.

He cruzado los dedos porque en las vueltas del azar acontezca el amor entre los otros, he entregado monedas, flores, libros; palabras transparentes destiladas de un llanto secreto y verdadero.

He sido paciente, con la paciencia alerta de quien no sabe qué esperar ni cuándo, pero cree fervientemente en las altas probabilidades del acontecimiento y el milagro. Y aún no me canso de esperar.

He compartido el vuelo y la caída, la muerte y el nacimiento, los siglos que se conjugan en el recuerdo vago de lo que alguna vez fue y que celebramos porque sí, porque es lo único de lo que disponemos hoy para sentirnos vivos.

He escrito cartas aladas y salvajes, abiertas en canal con el furor de la sangre cuando no podemos contenerla más en el cauce las venas y sale desbocada como un grito, como un canto ritual y milenario, como un dolor incongruente danzando su crueldad.

He sido apacible y serena: el rocío cauteloso al amanecer de un día sin tiempo…

Pero nadie ha cruzado los puentes ni intuido las olas ni amortiguado la espera con su canto nuevo o con su diálogo herido. Sigo a la deriva en este tiempo muerto, sumergida en el dulce abandono de ser una migaja al borde de la mesa cuando todos los comensales ya han partido. Sigo escribiendo cartas, cruzando los dedos y ejercitándome en la paciencia. Algo tiene que pasar pronto en este corazón destrozado de las cosas.

 

Karla Marrufo

DESPEDIDAS

Quiero comenzar con la verdad: no puedo con las despedidas. Y con la misma ingenuidad de quien elige la clase de estadística para escapar de cálculo diferencial, parece que todas mis decisiones vitales giran alrededor de eso. Vamos, que si ya era costumbre, en los últimos tiempos despedirme se ha vuelto el pan.

Cualquiera pensaría que el arte de despedirse no es difícil de aprender. Que después de la primera, de la segunda, de la quinta, uno desarrolla un protocolo infalible para decir adiós: la espalda recta, esclerótica blanquísima, y en el mejor de los casos un “nos-vemos-muy-pronto” con la “u” alargada y sabor a sopa para enfermo. Pero la experiencia me dice que no es tan sencillo como eso de andar perdiendo.

Cuando me di cuenta de que tenía un problema con decir adiós, lo primero que se me ocurrió fue que me podía ahorrar las despedidas. Practiqué mucho lo de no volver el rostro atrás y también aquello de no mirar directamente a los ojos, sino a un lado, al infinito que se abre justo arriba de la oreja del despedido. La estrategia no funcionó porque –igual que las matemáticas– las despedidas parecen ser de esas cosas necesarias. Necesarias a la manera de las inyecciones o del “mejor-me-desvelo-ahorita-y-mañana-duermo-de-corrido”. La dosis de sufrimiento es ineludible, pero decir adiós hace saber al otro que su ausencia importa. Que al día siguiente, algo habrá cambiado en el mundo, y que ese algo solo se restaurará –si acaso– el día del reencuentro.

Ahora que el problema de despedirme me acosa casi todas las noches, he pensado que tal vez podría ingeniármelas para decirles a los que se marchan que hay algo en su ausencia que transforma. Imagino cosas como

una carta a la mitad

un corcho lleno de fotografías

una pastilla de jabón fosilizada

un cepillo de dientes verde fosfo

un domingo sin tener que salir de casa

una almohada llena de olores buenos

un silencio particular

dos versos subrayados

O tal vez, la promesa de un día aprender a decir adiós, así, sin desfiguros.

Bitácora del llanto [1]

Empecé a llorar, me dicen, la última noche de un año catastrófico en el que la tierra, cansada, decidió sacudirse de encima edificios, casas, escuelas y hospitales.

*

 

Mi propensión al llanto es tal que gran parte de mi infancia la dediqué al estudio y puesta a prueba de diversas técnicas que me evitaran la vergüenza de llorar en público. Enlisto a continuación algunas de ellas:

  1. Argumentar impostergables ganas de ir al baño
  2. Imaginar que aquello no estaba ocurriéndome a mi sino a otra persona
  3. Recordar los episodios graciosos de ciertas caricaturas
  4. Mantener, mecánicamente, un control estricto de las comisuras de los labios, evitando así que éstas vayan hacia abajo.

Casi todas técnicas fracasaron con el tiempo y no puede decirse que sin consecuencias puesto que durante tres años experimenté un efecto inesperado: uno de los dos ojos se negó a llorar mientras el otro continuó alegre (es un decir) con su tarea. Mirarse al espejo era entonces como observar el monte en esas tardes en las que sólo llueve de un lado y es necesario pararse ahí, entre un estado del tiempo y el otro, porque da la idea de que se empiezan a notar las costuras de la creación.

*

 

Quien llora apela a la vulnerabilidad infantil de la que provenimos todos. Por eso cada llanto ajeno, si se le mira de frente, encierra el peligro de remitirnos a las páginas arrancadas, los borrones, las equivocaciones de apariencia intrascendente y los sueños que al despertar ya no pueden ser recordados.

*

 

El llanto causa, antes que piedad, un deseo de saber. Sin embargo, no es posible llorar y, al mismo tiempo, explicar la causa del llanto porque llorar es una acción que lo abarca todo. En un episodio de llanto se vuelve imposible recitar un poema de memoria, hacerse una prueba de la vista, recordar los países y capitales de un continente, contar dinero o dar instrucciones a un desconocido para encontrar una dirección.

*

 

Explicarle al que llora cuáles son las razones por las que no debiera llorar es un ejercicio inútil y habla en gran medida de la incomodidad del espectador, de su temor de que esa agua ocular no pare nunca y acabe por invadir de humedad todos los espacios del mundo.

 

Lolbé González Arceo

 

Acerca de una pequeña planta carnívora o de cómo me convertí en ella

Estoy al borde de un síncope. Ya no puedo con esta vida digitalizada, toda llena de algoritmos, de aplicaciones que sugieren otras aplicaciones, que me leen la mente y que saben lo que quiero aún antes de entenderlo yo misma.

No puedo ya con esta vida que me obliga a estar pegada al celular, ni con la ansiedad que me genera separarme del aparatejo porque qué tal que durante mi proceso de separación, la tutora del colegio manda un recado al grupo de whatsapp y no lo veo, y luego a mi hijo se le olvida que le dijeron –o tal vez ni le dijeron porque me lo dijeron a mí– y eso me convierte en una mujer monstruo malévola y egoísta: en la peor mamá de la escuela entera.

De cualquier forma, hace unos días me armé de valor y dejé el celular fuera de mi alcance. Me planteé la necesidad de vivir mi vida tal y como sé debe vivirse: sin ataduras, sin tanta gente encima, sin tantísimo recordatorio. Y todo comenzó bien, me sentía libre, tan fuerte y segura como el Pípila pero sin la piedra. El problema llegó a las pocas horas. Primero fue una comezón que surgió en la punta de mis orejas, luego un cosquilleo en el cuerpo que al poco tiempo mutó a un hormigueo intenso en mi mano derecha. Después, sentí cómo mis orejas comenzaban a alargarse y mis cejas se encorvaban. No podía entenderlo, no comprendía por qué si estaba regresando por fin algo de silencio a mi vida, mi cuerpo reaccionaba con esa metamorfosis. Aguanté, sudorosa, la transformación hasta casi las diez de la noche, pero justo cuando iba a acostarme, la electricidad guardada durante todo el día, estalló por cada parte de mi cuerpo y me vi impulsada fuera de la cama. Bajé a tropezones las escaleras y fui directo al lugar en donde el celular aguardaba, paciente y burlón, mi llegada.

Cientos de notificaciones estaban ahí. Las repasé con la ansiedad de haberme perdido de algún aviso especialmente importante, de la notificación del cambio en alguna tarea, de una repentina actividad, de la modificación de último minuto en el horario o lugar de entrenamiento del equipo de futbol. Mientras leía, mis orejas, antes puntiagudas, retomaron su forma y mi cuerpo entero se tranquilizó: todo estaba bien ya. Nada irreparable había sucedido: había leído cada mensaje y estaba al tanto de todo lo que el mundo entero necesitaba que yo supiera.

Al regresar a mi cama y colocar el celular en el buró, confirmé con tristeza que, aunque quiera dejarla, esta vida digital que se vende a sí misma como servicial y útil, en realidad es una pequeña planta carnívora que, sin ninguna consideración, ya nos ha devorado.

 

Alisma De León