Autorretrato en un lunes por la mañana

Y es cuando pienso si no vamos bebiéndonos la vida a tragos, ansiosamente, como intentando despertar a la fuerza hasta que nos damos cuenta de que ya se mira el fondo del vaso y nunca logramos despertar del todo.

                        : pero esta no soy yo. Los lunes por la mañana no llevo prisa. Más bien soy la lenta, la sorda, la un poco estrábica, la sin palabras. Me pongo los ojos entrecerrados y el ropón negro que resuelve todas las inseguridades; el labial apenas rojo que sabe a beso fresco y disimula cualquier nostalgia.

Como todos los días, rehúyo de la gente, o más bien, de ese pozo negro de otros abismos mediados por el lenguaje que son los otros. Los saludo sin dar pie a la conversación sobre el clima o el tráfico o el fin de semana. No contesto el teléfono, miro los mensajes con recelo y evito las zonas concurridas del edificio. Me encierro en la oficina e inicio la rutina detrás del escritorio con mi lentitud de espera improcedente, a pesar de mi devoción por resolver a la brevedad los asuntos de la vida práctica.

Y al paso de las horas los resuelvo.

Los lunes en particular, advierto que mi cuerpo sigue debilitándose día con día, como si le urgiera desaparecer de una vez de este mundo. Yo intento frenarlo en su carrera: consumo proteínas, suplementos alimenticios y cantidades industriales de bromuro de piridostigmina. Cuando no tengo más fuerzas para continuar con esta empresa, sencillamente duermo, con los ojos abiertos, frente al monitor, como si descubriera la cura al mal mortal que padece mi trabajo.

Aunque me pase toda la mañana y parte de la tarde en una jaula de vidrio, me dejo estremecer por el viento fresco que anuncia la proximidad de noviembre y reactiva a su paso el recuerdo de otros tiempos y otras ciudades: ciertas calles olorosas a café y a pan recién horneado, los mercados tapizados de flores para el día de muertos, las calaveras multicolor asomando la sonrisa en cada esquina, y la vida y la muerte, y el privilegio de seguir en esta dimensión.

Los lunes por la mañana se recrudecen mi condición de entrega a la añoranza, mis ansias de fabulación y mi incapacidad para la estafa y la mentira. Peco de honesta hasta la imprudencia, de despistada y abúlica. Nada que no se cure  -u olvide-, al anochecer del lunes, con una copa de vino y una pizza.

 

Karla Marrufo

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Ciclos de amistad

Al tratarse de amigos, cuando tenía ocho o diez años, tenía tantísimos que era imposible contarlos: mis vecinitos, mis amigas de la escuela, las niñas de la clase de natación en verano, el niño que conocí en un McDonald´s, la señora de la tiendita, mi amigo el que vendía elotes, la señora que me sonrió en la caja del supermercado y el chico que nos ayudó a subir las compras al taxi. O mi amigo el que limpiaba el parabrisas del auto de papá en el crucero.

Amigos por doquier. ¿Qué tan difícil era hacer amigos? ¡Claro que no lo era!

Cuando entré a la secundaria, hubo un cambio. Mis amigos ya no eran todas las personas con las que me topaba. Los maestros mantenían su distancia y se limitaban a enseñar; el guardia de la entrada nos saludaba amablemente cuando llegábamos. Pero todos mis compañeros de grado eran mis amigos, porque amigos son aquellos con los que convives, te ríes, vas a la escuela, haces grupos para hacer tarea y les hablas de lo que sea. También descubrí un par de palabras que juntas adquirían un gran significado: “Mejores amigos”. Ya en la secundaria ese término era común.

Era casi inimaginable que alguien no tuviera un amigo a quien otorgarle ese título. Yo tuve una mejor amiga, luego un mejor amigo, luego esa mejor amiga se convirtió en “muy buena amiga” porque ella adoptó a una nueva mejor amiga y yo también.

En la preparatoria ese término se desvaneció sin darme cuenta y la población escolar creció considerablemente (había por lo menos seis salones de primero y en la secundaria eran sólo tres) pero yo mantenía casi el mismo número de amigos que en la secundaria, aunque el título ya no tenía el mismo significado. ¿Amigos son todos aquellos con los que hablas, no?

Mi grupo se conformaba de chicas, con las que salía, estudiaba, iba al descanso y ocasionalmente se nos unía el grupo de chicos que empataba el nuestro. Estas chicas lo eran todo para mí en la preparatoria, y todas pensaban lo mismo. Sentíamos esa unión que duraría toda la vida (y así fue) incluso nos vimos en la necesidad de hablar con la directora y pedirle nos pusiera juntas el siguiente semestre, ¡y lo hizo!

La facultad pasó de largo, me enfoqué tanto en la escuela que las amistades, lamentablemente, se quedaron en segundo plano sin que me percatara. ¡Claro que tenía a mis amigos!, pero ya no me sentaba a platicar con cualquiera en el salón, y ni siquiera supe cómo se llamaban los alumnos de otros salones. Llevaba una relación cordial, amable y simpática, pero mi círculo de amistades era pequeño.

Me di cuenta de pronto que hoy ya no llamo “amigo” a todo el mundo. En retrospectiva, descubrí que utilizo palabras como compañero, conocido, una chica, un chico, pero el título de amigo lo reservo para mis más cercanos.

Hace poco, mi sobrina me platicó sobre un amigo de su nueva escuela. Me contó que jugaba con él en el recreo y que le caía muy bien. Cuando le pregunté cómo se llamaba me dijo “¡No sé!, sólo es mi amigo”

Se rio y me siguió contando. No pareció importarle la falta de información y estoy segura que seguirá jugando con él sin hacer esa pregunta, pues no es importante. Recordé la belleza en la inocencia de convivir con quien sea, ofrecer una amistad sincera sin importar absolutamente nada, y recibirla de regreso.

Me encanta haber pasado por cada una de esas etapas, en las que poco a poco descubrí y pulí el significado de una verdadera amistad. Se nutre conforme vamos entregando a esa otra persona una pequeña parte de nuestro ser. Agradezco cada oportunidad de conocer a alguien nuevo, un nuevo prospecto (y ser uno también) y comenzar a sembrar lo que pudiera cosecharse por muchos años más.

 

Sandra Ramírez

Un posible Clemente

Tuve que hacer un esfuerzo para retirarme el pelo de la cara y lo vi allá, flaco, husmeando entre los restos que los pescadores habían dejado cerca de las embarcaciones. La escena tenía rasgos de milagro potencial: yo estaba sola y él también.

Pensé en la conveniencia de incorporar un perro a mi vida. Nunca he tenido mascotas porque me rehúso a hacerme cargo de la existencia ajena. Es esta sensación, la de ser una egoísta perpetua, la que irónicamente me lleva a sostener las crisis de cuanto familiar y amigo se me atraviesa.

Lo que no sabía era si la circunstancia me daba derecho de sacarlo de su hábitat. Clemente, así decidí que podría llamarse, estaba acostumbrado a la arena y a la sal, mal que bien tenía una vida. Por eso, traté de pensar en la subjetividad de Clemente, en su mundo interno. Llevármelo al departamento podía ser una señal de amor o uno más de mis actos de salvadora autoproclamada.

A pocos metros de ahí, cerca de la orilla de la playa, un hombre pasó caminando. Llevaba en la cabeza una tabla llena de dulces cubiertos por un plástico transparente. Merengueeeees, gritó, como si se dirigiera a una multitud invisible. Clemente, lamió una lata vacía de cerveza, y yo miré a mi alrededor en busca de posibles clientes para el merenguero.

Me pregunté cuánto podría ganar ese hombre vendiendo dulces en una playa sin turistas. Mi situación no era muy diferente a la de él. Por casi dos años ahorré suficiente dinero como para dejar la venta de bienes raíces y dedicarme a planear un pequeño despacho de diseño interior. Pero ahí estaba yo un jueves por la mañana, mirando a un perro flaco, perdiendo el tiempo. Prepararlo todo para la perfección me había dejado en blanco.

Clemente olisqueó la espuma de mar en la arena. Me puse de pie y, aunque no me volteó a ver, supe que el perro había advertido mi presencia porque caminó de lado, como un cangrejo, alejándose.

¿Qué tan cerca es la distancia aceptable? Supongo que depende del punto de vista desde el que se le mire. Con Luis, por dar un ejemplo, nunca sabré si fui acompañante o invasora. Pero curarse de una ruptura amorosa adoptando a un animal es uno de los clichés más socorridos y yo procuro vigilar muy de cerca el no convertirme en uno.

Por si las dudas esperé un rato, para no asustar al que hubiera podido llamarse Clemente, y me dirigí de vuelta al auto. Antes de irme miré por la ventana al que ya no sería mi compañero y casi me alegré de que nuestras manías jamás iban a entrecruzarse y de que la ausencia del otro no iba a hacer mella en la existencia de ninguno de los dos. No hay forma más eficaz de evitar las despedidas que anular el encuentro.

Lolbé González Arceo

Espacios atrabiliarios

Despierto como eternizada entre las sábanas.  Estática sobre el lecho evito toda movilidad; de ser posible dejaría hasta de respirar.  Quisiera  convertirme en una cosa, un trebejo, un objeto inanimado siquiera por un rato,  y que nadie en este día supiera de mi despertar. Pausadamente voy abriendo los ojos. Mis  párpados se van apartando entre sí,  mientras mi cuerpo sigue inmóvil y sosegado bajo las sábanas. Nadie que me viera descubriría mi vigilia, a no ser por mis ojos abiertos a la luz de la mañana.

El  albor entrando a chorros refulgentes cubre ya la mitad del estudio, en este piso alto delimitado por benévolos y sabios muros de silencio donde me guarezco, donde me salvo del asedio y la opresión.  Aquí nadie entra salvo  la luz formidable arrollando el espacio, metiéndose por la ventana desprovista de cortinas.

Estoy en esta mi mitad de casa, en mi trozo de barrio,  en medio de  mi ciudad ya no tan mía, disminuida en la región ardua y espinosa de mi casi país desvalijado  y sin rumbo. Estoy aquí donde corre el tiempo y vuela la vida y  desfilan cosas aterradoras. Y no quiero pensar ya ni en lo pavoroso de allá afuera ni en lo arruinado de acá adentro.

Proyecto la mirada por la distancia que me separa de la ventana.  Entre ella  y mi sitio de reposo hay varios metros. Atravieso con la vista este íntimo sitio que me ampara; mis ojos disfrutan el paseo.  Apenas ahora me percato de que no es tan pequeño, son nueve o diez metros de inmensidad, de nada, y la nada luminosa del espacio siempre es un lujo.

Gozo al deslizar la mirada lentamente, de ida y vuelta, por el piso, las paredes, el área entre mi sitio y el ventanal, siempre bordeando, no quiero ni siquiera acercarme a los libreros o al escritorio, a nada que me haga pensar en el  trabajo.  Voy concentrándome, sigilosa,  apenas posando la vista sobre el tapete extendido entre mi descanso de almohadones y la ventana.  Miro el cielo raso, las paredes y la alfombra,  dando a los ojos todo el tiempo del mundo, y llego por último a los cristales de la ventana, por donde  constato el cielo pleno y matinal, azul y luminoso, contenido por un suave arco superior que suaviza las rectas del marco.  En el ángulo inferior veo parte del alero de la casa vecina.  A la derecha registro algo del techo del segundo piso de alguna construcción sólida,  como son las de por aquí, que funge como base y recorta el enmarcado del  cielo, otro alarde arquitectónico sobresaliente del panorama.

De pronto me sorprendo al ver aparecer en el cielo azul celeste,  una enorme parvada de lóbregas aves  volando en tropel hacia el poniente.  Son una gran cantidad, se vuelven más y más, y continúan, y siguen pasando frente a mí.  Son muchos los pájaros ahora. No se acaban. Revolotean.

Tras un buen rato observándolos veo disminuir su número,  poco a poco, cada vez son menos, y cuando dejo de verlos y creo que concluyó su procesión, aparece uno, es el último.  Se ha quedado hasta el final y ahora mismo quizá esté deseando alcanzar a sus compañeros, aunque  eso no lo puedo comprobar desde el limitado campo visual  que me ofrece el distante ventanal.  No me muevo y sigo viendo a través del cristal, mirando el cielo,  preguntándome si ese pájaro que se ha quedado atrás estará enfermo, o si tal vez fue abandonado por indolente,  o  quizá no desea  acompañar al grupo, será este su acto más rebelde, su negada y propia voluntad. Quisiera saber si logrará alcanzar a los demás. ¿Qué pasará con él?  ¿Será débil,  será diferente,  aborrecerá la competencia,  anhelará  estar solo,  lejos de todos,  pidiendo que a él lo dejen vivir, quizá ser sedentario?

Pero mi pensamiento se inhibe cuando  veo que irrumpen de nuevo los pájaros oscuros atravesando el aire, esta vez vuelan en sentido contrario, ahora van hacia el oriente.  Los veo pasar de regreso mientras continúo inmóvil, y solo mis ojos los siguen.  Vuelan con arrogancia, salpicando de negro el panorama azul celeste, en garbosos movimientos crean un calidoscopio,  giran y  hacen un remolino para modificar el rumbo… no podría decir más… ¿irán hacia el oriente o hacia el poniente? No logro precisarlo y los miro con un poco de angustia porque en su vuelo agresivo están a punto de estrellarse, de lacerarse entre sí. Violentos,  aleteando con desenfreno, buscando liberarse de todo mal, llevando su gran acrobacia a la espiral, con un arrojo espectacular y único.  De pronto  aparece un nuevo  grupo, son aves claras,  contrastan las oscuras con estas por su albor: son palomas saliendo del alero de la casa vecina que ahora se enfrentan en las alturas al  grupo de aves negras.

El paisaje volátil me recuerda  una vieja fotografía  instantánea en blanco y negro.  Aves distintas volando juntas, acercándose,  amenazantes, van unas contra otras pero sin mezclarse totalmente, atacan, zarandean, agitan  y remontan vuelo cual rehilete.  Sus donosas alas van abriéndose paso, cortando con ímpetu el espacio añil más allá de mi ventana, aproximándose y separándose violentamente de la casa, surcando inquietos los aires y, poco a poco, alejándose.  Al partir, imprimen en el modo de volar su sello de aves atrabiliarias, violentas e iracundas.  Y ahora se dispersan, una por una avanzan veloces hasta desaparecer en la lejanía.

 Vuelvo a cerrar los ojos por breves momentos, minutos, segundos,  el tiempo que sea, solo el suficiente para lograr levantarme y, así, poder  iniciar  la tarea atroz de enfrentar el día.

 

Graciela Ramos Domínguez

Ocho de la mañana con cinco minutos

Todos los días a las ocho de la mañana, cuando paso por ese lugar, me entran ganas de suicidarme.

El cielo deja de ser inmenso y se cierra sobre mis hélices, siento como si una fuerza invisible me invitara a perder el control, a dejarme caer en picada sin preocuparme por las consecuencias, sin preocuparme por nada nunca más.

Ansias de morir, de terminar con todo de un solo golpe. La promesa de la nada se me antoja maravillosa.

Todos los días a las ocho de la mañana, el ruido que produzco me resulta casi imperceptible, solo alcanzo a distinguir un pequeño zumbido, constante, molesto, pero soportable. Lo siento lejos de mí, aunque venga de dentro, junto a la opresión en el pecho llega penetrante y cíclico, justo al mismo tiempo en que la angustia aparece de la mano de mis ganas de rendirme.

Todos los días a las ocho de la mañana con un minuto, decido no prestar atención, ignorar el ruido por completo, con un poco de esfuerzo incluso logro incorporar aquel malestar a la normalidad, darle la vuelta a la almohada y dormir los últimos minutos antes de empezar el día y seguir con mi vida como si nada estuviera pasando, surcar el cielo y pretender que me olvido de que tengo miedo, terror de darme cuenta de que soy capaz de cumplir mis más oscuros deseos, de que tengo el poder para destruirme.

Hasta hoy a las ocho de la mañana en punto en que el ruido fue diferente, se volvió cada vez más fuerte, salió de mi cuerpo, rebasándome, ensordeciéndome. Todo perdió su cíclico compás.

Antes de que me diera cuenta ya me había dejado llevar por el momento y lanzado en picada directo a la ventana de mi cuarto, el impacto rompió una parte de la pared, los vidrios estallaron cayendo en astillas a los pies de la cama, las aspas, sin embargo, siguieron girando sin pausa, destrozando todo a su alrededor, no logro discernir si es solo eso lo que acaba conmigo, no puedo creer que al fin esté pasando, ni siquiera lo entiendo del todo.

De todas formas es doloroso, de todas formas me doy cuenta de que estoy muriendo, mientras recibo los golpes, los cortes, mientras los restos de mi cuerpo y de la maquina se confunden en un mismo amasijo de sangre, carne y fierros retorcidos.

La muerte no es tan dulce como me la imaginaba desde el cielo.

A las ocho de la mañana con cinco minutos, la nada que tanto añoraba.

 

Catalina Kühne Peimbert

XXII. Beata

Últimamente, el mundo que pasa delante de Beata, así esté en el trabajo, en el supermercado, poniendo orden en el departamento o preparando la cena para sus hijos, es un mundo de amores perdidos cuya flama extinta alumbra un proyector privado. Hoy, por ejemplo, ha ignorado a varios trenes en estación Tormenta por estar en la ensoñación de un beso muy largo que se dio en un cine hace más de veinte años. Surgió así, de la nada. Ya no vive quien le dio el beso. Ya no existe el cine en el que se besaron. No recuerda el nombre de la película, pero recuerda con exactitud los pormenores de aquel momento: John Malkovich hablaba con su esposa en la pantalla, eran un matrimonio que dormía en cuartos separados, como ella ahora, cuando la mano de su amigo tocó su pierna buscando su mano. No recuerda haberle visto a los ojos, sino a los labios. Pequeños, entreabiertos, a punto de algo eterno. La ensoñación fue interrumpida por la reescritura de aquellos labios a la luz de la muerte y la ausencia. El beso le pareció entonces algo más vivo.

Beata mira la pared de estación Tormenta. Todavía está la marca de la inundación que sufrió la estación el mes pasado. Hay pequeñas zonas de yeso ligeramente abombadas y el dibujo de líneas salitrosas es el testimonio del contacto profundo que pared y agua tuvieron hace un tiempo. Sonríe. Así absorbemos cuando estamos viviendo con el cuerpo.

Con el talón, discretamente, Beata da un pequeño golpe a la parte baja de la pared y el trozo de yeso cae vuelto polvo al piso. La zona donde su pie impactó a la pared queda desnuda. Nadie más observa.

Beata se recarga parada sobre esa minúscula zona de escombros y regresa al beso. Ahora a otro, al de un parque, a un beso malogrado, lleno de ansiedad. Pasan varios trenes antes de que Beata suba al que la llevará hasta la escuela por sus hijos.

 

Mónica Flores

Credo

Creo en la primera partícula de energía que despertó la vida en la sopa probiótica de la cual emergieron los cielos y la tierra, los mares y todo lo que en ellos hay, creadora de todo lo visible y lo invisible y más allá.

Y en la Luz que nace en las miradas de quienes aman, odian, ríen, bailan, son profundamente felices o miserables con cada partícula de su ser.

Que por nosotros, los seres de risa fácil, de llanto fácil y de fáciles enamoramientos sin distinción de sexo, raza, especie, naturaleza o estatus ontológico, se realiza la vida en toda su plenitud, en toda su armonía y en toda su contradictoria complejidad.

Creo en la discreta utilidad de las cosas inútiles.

Y en la gente que cree ferviente, apasionada, ciegamente en lo que cree, porque ellos moverán los engranajes del mundo, para bien y para mal.

Sigo creyendo en los ojos reptilíneos de Tununa y en todos los universos posibles, alternos y amables que se revelan en los ojos de los gatos.

Creo en el milagroso poder de consolación que habita en los abrazos, en las palabras justas, en los nombres donde la alquimia transforma la coincidencia en amistad, en los libros y en su perfecta sincronía con las vidas de quienes los necesitan; en los vasos muy fríos de cerveza, en las copas de vino y en ciertas rebanadas de pizza.

Y por sobre todas las cosas creo en la literatura, esa zona donde se ha refractado la imaginación humana para desplegar múltiples modos de ser y de estar, desde donde podemos elegir amar o ser indiferentes, erigir puentes o dinamitarlos… Y creo que nada que contenga al menos en germen un poder de tales magnitudes puede ser condenado a la inutilidad.

 

Karla Marrufo

El mar

El mar no siempre me gustó. Hasta hace unos años le tuve mucho miedo. La idea de grandes olas, inmensas olas sacudiéndome de un lado a otro como un pez muerto me aterraba con sólo ver una imagen en alguna revista. En el cine, mi corazón se aceleraba y cerraba los ojos cuando en toda la pantalla las inmensas olas sumergían al barco que como, es típico, se quedaba a la deriva.

Conocí el mar desde niña, pero nunca he sabido nadar. Y la verdad es que meterme entre las olas saladas tampoco me resultaba algo muy grato. Mucho menos sentir esas algas tocándome las piernas, sentir un roce de algo que no se ve a simple vista me hacía pensar que era una medusa: de esas azules que dicen que si te toca hasta te puedes morir, un cangrejo -y sus grandes tenazas-, un tiburón de dos metros con sus dientes afilados, o peor; un pulpo. Todo pasaba por mi cabeza. Así que siempre que iba me quedaba en la orilla enterrándome los pies.

El mar, por alguna razón lo tenía presente hasta cuando dormía. Por años mantuve un sueño que se repitió constantemente: yo estaba en la orilla del mar; sola y, de repente, el mar empezaba a subir, se cubría toda la arena y yo me empezaba a enterrar sin poder salir. De inmediato -como pasa en los sueños -aparecía una palmera a mi lado y yo la empezaba a escalar muy rápido- en los sueños siempre tenemos habilidades y poderes- cuando me encontraba sobre la palmera, veía como el agua subía tapando toda la arena y empezaba a cubrir la palmera donde yo estaba. Gritaba pidiendo auxilio, pero nadie escuchaba. Cuando todo a mi alrededor estaba cubierto de agua y tocaba uno de mis pies, despertaba. Con sueños así, menos me gustaba el mar.

Pero las cosas que nos dan miedo tenemos que buscarle el modo.

En Tampico, con varias cervezas encima, unos amigos y una juventud de: somos invencibles, tomamos la ruta Tampico-Playa. Era más de media noche, sin gente alrededor, con unas sillas llenas de arena que jalamos hasta donde las olas tocaban nuestros pies. No sé si era el alcohol o qué, pero todo se veía realmente maravilloso, las olas brillaban, el sonido era agradable, y mis pies se enterraban cada vez que el agua tibia los cubría.

Con alcohol, el miedo se empieza a ir.

En Xalapa pasó casi lo mismo. Amigos -no recuerdo si había cerveza, pero es probable- y la misma juventud aventurera. La playa estaba a más de una hora. Encendimos el carro y tomamos algunas provisiones. Nos quedamos dormidos sobre una sábana que echamos sobre la arena, sin gente, sin luces, solo con el sonido de las olas golpeándose unas con otras. Guardo una foto que tomé casi a las seis de la mañana, desperté para ver salir el sol. Las olas de nuevo brillaban.

Quizá al mar siempre le tendré miedo. Tal vez por esos videos que he visto donde se sale y tapa toda la ciudad. O por ese sueño que aun puedo recordar claramente.

He disfrutado el mar, no digo que no. He admirado su belleza, su sonido, incluso su color cuando se ve a lo lejos. Me gusta cuando no hay gente, en la oscuridad, en el amanecer. En compañía.

Le he escrito al mar, muchas veces. Quizá porque pienso que está solo.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Certezas

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Su voz se inserta en el espacio justo en el que aquello debió ser pronunciado. Ningún pájaro se escapa de su boca, no hay ave que se le atore en la garganta.

Hay un tiempo para todo. Está el tiempo en el que el mundo es hacia arriba, es preciso levantar la cabeza para mirar a los hablantes. Los frascos no se abren. La mano traza figuras fallidas, no por irreconocibles sino por involuntarias. Se es receptor de promesas que –ojalá, no siempre, vamos a ver si se puede, esta vez va a estar difícil– podrían no cumplirse.

Hay un tiempo para todo. Aprender a tejerse los cabellos alrededor del rostro para formar una especie de capullo. No mirar entre los espacios, trenzar hasta las rodillas. Los pies se me ponen fríos. Lo mejor será no mirar. Hay que mantener intacto el territorio de adentro ¿cuál adentro? ¿cuál intacto?

Hay un tiempo en el que las palabras se han estirado tanto que ya no significan nada. Se les mira desvencijadas sobre el mantel y es preciso tirarlas en el bote de basura, aquel que se abre con un mecanismo de pedal. Sabes que debes evitar observarlas mientras caen. Lo bueno es que no hacen ruido. Desvencijadas. Te lo dije.

Hay un tiempo para todo, incluso uno en el que es preciso tomar el propio rostro entre la mano. Luchar con la mandíbula, apretar los dedos. Dos años, siete meses, veinticuatro días, nueve horas, cuarenta y tres minutos. Resulta ridículo negarse a mirar.

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Sospecho que tiene un guion. Por lo menos, que ha escrito los pasos a seguir en el papel de las tortillas. Todo está apuntado ahí.

 

Lolbé González Arceo

En el patio de atrás

Yo debía revolver con los dedos la viscosa y tibia sustancia roja: bien revuelta, mover y mover, suavemente y sin parar. Estábamos en el patio de atrás y sobre la mesa  había  hacha y  martillo, eran para dar el golpe en la cabeza. Yo ya había visto amarrar, colgar, despellejar y separar la piel. También había ahí un par de cuchillos bien puntiagudos: el más grueso para despellejar y el delgado para sangrar; esos los cuidaban  mucho porque se desafilaban al topar con hueso. Decían que se debe meter el filo muy bien entre el cráneo y la última vértebra, por la mera nuca, y cortar la yugular cuando todavía esté bombeando el corazón para que salga bien la sangre  y luego a comenzar a mover, a revolver, a no dejar que cuaje.  Mi pequeña mano seguía meneado el líquido al ir cayendo dentro de la cacerola que antes me había dado papá, y él sostenía y manipulaba la pieza colgada. Al terminar el trabajo el ayudante se llevó la cacerola a la cocina; iba riendo y decía que no cualquiera sabía guisar el cabrito en sangre, que ese platillo llamado fritada sólo quedaba sabroso cuando lo cocinaba mi mamá. Papá y yo nos lavamos las manos en la pileta del patio de atrás. Mientras iba poniendo en orden las herramientas me felicitó porque para mis ocho años yo había sido muy buena ayudante. También dijo que las niñas debíamos aprender otras cosas, diferentes, así como yo, que ya estaba aprendiendo a tocar el piano.

Graciela Ramos Domínguez