XXXVII. Azul

A mi Tachito.

 Para Azul y su papá

 

Es lunes y su padre ha ido a recogerla a la escuela. Él es un hombre grande y fuerte, como los árboles o como los pilares de los edificios antiguos. Azul le muestra el dibujo familiar que ha hecho en clases: la abuela, papá, ella, y Tachito. A la abuela la ha dibujado sentada con un libro en la mano; a él, con su traje de trabajo, el tatuaje en el brazo izquierdo  y una sonrisa; en su dibujo ella lleva un vestido con flores y le da la mano derecha a su padre y con la mano izquierda toca la cabeza de un gatito atigrado de ojos negros alegres con un collar de corazones rojos. El padre mira con dificultad el dibujo y el entusiasmo. Es muy lindo, dice, tu dibujo. Difícilmente podría sonreír en ese momento.

Caminan hacia la estación. Bajan las escaleras y el padre se detiene en seco.

Se pone en cuclillas, toma la manita de Azul entre las suyas y le dice en voz muy baja: Azul, tengo que darte una mala noticia.

Azul ya tiene diez años. Es una niña grande si se le compara con un bebé. Es un bebé si se le compara con un anciano. Las malas noticias nos vuelven un poco ancianos a partir del día en que las escuchamos por primera vez. Pero nadie nos pregunta si estamos listos para empezar a envejecer. O si estamos listos para entender qué significa nunca. O si nos cambiará la mirada para siempre al entender de golpe que el sol, las nubes, los árboles verdes y la gente en general, no se terminan, no se detienen, no se apagan, cuando una vida que nos importa, sí.

Tachito, el gato pequeñito, el último en nacer de una camada de cinco, el que creció muy poquito, el que llevaba 87 días en la familia, el que se acercaba a todos y pedía que lo tuvieran cargado en las piernas, el bichito especial que requería cuidados especiales y que nunca lloró porque todo él era juego y camaradería, el causante de sus carcajadas más estridentes, su amigo besable, su cómplice para comunicarse en una clave exclusiva de ternura, ese Tachito había muerto. Sí, mi amor, hoy, hace unas horas, estaba muy enfermo, por eso no crecía. No llores tanto, mi amor, él está mejor, él ahora descansa.

Azul no quiso entrar a estación Tormenta. Le pidió a su padre ir a sentarse a un parque cercano. Ahí estuvieron juntos. Él la abrazó. Ella, con el dibujo sobre las piernas, volvió a llorar.

Los autos, las conversaciones de paso, todo ese ruido de la calle y de la sociedad se volvieron exteriores, lejanos, de los otros; el amor y la memoria se mezclaron interiores como vapores a punto de materializarse. Ese día su padre terminó siendo tan grande como ese abrazo solidario con que la sostuvo.

Tachito vivirá todo el tiempo que quiera en ella.

 

Mónica Flores Lobato

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Los hombres tristes

Todas las mañanas, como un retrato plantado en medio de las vías del tren, me encuentro al hombre joven. He llegado a pensar que tiene un nombre sencillo: Juan, Luis, José; que lo han nombrado como al padre, al abuelo, como a algún tío cercano, querido y muerto años atrás. Luego me figuro que no, que quizás ante el asombro de una película o una canción en inglés, le habrán querido imprimir la magia de lo ajeno en el nombre y que entonces responde a Rudy, Harold o Richard.

El destino de su nombre me importa menos que su rutina, que ese modo de sostenerse tan erguido al pie de las calles vendiendo periódicos. Lo he mirado preparándose un incierto desayuno, diluyendo en un vaso gigante, improvisado con una botella de pet de coca cola de dos litros, seis sobres de azúcar en un agua muy poco oscura para ser café y nada clara para ser sólo agua; masticando con una lentitud de domingo los restos de galleta que guarda en los bolsillos. He visto sus pasos equilibrados sobre las rieles, como si jugara, como si algo del pequeño Rudy se imaginara a punto de caer de la cuerda floja de un circo invisible y repleto de un público expectante. Lo he visto detenerse, coche a coche, ofreciendo las noticias del día, pero con la templanza firme de quien no se mortifica por vender, de quien seguro tiene el pensamiento en otro lado.

Lo miro todos los días y algo me estremece al reparar en sus manos sucias, sus pantalones parchados, la misma camisa de siempre, su delgadez de niño enfermo, y me da por suponer que debe ser un hombre triste. Pero de inmediato viene el desconcierto, pues sucede que hay días, muchos días, en que el hombre joven se detiene y mira al horizonte, siguiendo el punto de fuga que forman las rieles en el camino hasta unirse con el cielo. En este punto sonríe, con una sonrisa enorme y verdadera, y sus ojos se encienden como si reconociera el amor en la lejanía, y su sonrisa guarda la serenidad sublime y limpia de quien ha comprendido cabalmente el sentido de las cosas. He seguido por el retrovisor el curso de esa mirada, intentando yo también contemplar la fuente de la revelación o de la certeza o del amor o de lo que sea, pero hasta el día de hoy no he visto sino la calle de diario envuelta en su rutina de automóviles y prisas.

Todos los días lo miro y pienso en detenerme, en robarle un gesto de espontaneidad al tiempo para plantarme junto a Rudy o Harold o Luis y, mirando fijamente el punto donde se desvanecen las vías del tren, preguntarle cómo hacen para mirar así los hombres tristes.

 

Karla Marrufo

Ridículo

Soy una mujer a la que se le ha roto un zapato. Una parte de mí se detiene para darle vueltas al asunto y otra se da prisa, porque he llegado tarde al trabajo. En circunstancias así no queda otra opción más que ajustar la perspectiva porque el calzado, ya está visto, no tiene posibilidades de ajuste.

Puedo pensar, por ejemplo, que este zapato roto da cuenta de todos mis defectos vitales, que los desaciertos cometidos durante los últimos años han tenido como resultado, entre otras cosas, el que yo esté llegando hoy al trabajo con retraso y con el zapato roto. Que quizá si en algún momento hubiera tenido la sabiduría suficiente para cambiar el rumbo, hacer otras elecciones, dotarme de los hábitos de las astutas, volverme precoz y precavida… pero no.

Se me ocurre también, si me pongo mística, si interpreto cada suceso como un mensaje del universo, que debo de leer los signos de la circunstancia: el deterioro, la distracción, la prisa.

Podría ser, pero parece otra cosa.

De pronto, reconozco el ridículo. Ese creer en la solidez de un algo que sostiene ‒¿un zapato?‒ y luego persuadirse, en la peor de las circunstancias, de que no se tiene nada ahí. Este es el lugar.

Entre mis posibilidades está la del ejercicio de la ridiculez, tarea en la que no he sido sistemática pero sí he sido constante:

Estudié para un examen que se canceló

choqué de frente contra un cristal que confundí con la nada,

respondí un saludo dirigido a otra persona,

preparé una fiesta a la que no llegó ningún invitado,

me vestí demasiado elegante en una reunión informal,

llegué tarde a la junta del año,

coqueteé sin ser correspondida,

asistí a un concierto en el que faltó la única canción importante,

pasé años atribuyendo el significado erróneo a unas cuantas palabras,

equivoqué la cercanía con intimidad,

confundí a Sartre con Kierkegaard,

desconecté la computadora sin guardar el archivo,

abrí el horno antes de que estuviera listo el pan.

Salí buscando mermelada de fresa y regresé a la casa con mezcla de frutos rojos.

[entre otras cosas]

Es decir, que tengo experiencia y, sin embargo, cada ridículo está envuelto con el velo de una novedad que caduca pronto.

Si puedo elegir, y creo que puedo, elijo ser ridícula. Ufanarme en mi ridiculez y, de ser posible, rodearla de luces navideñas, decorarla. Presiento que esa será la única forma de salvar los días venideros.

 

Lolbé González Arceo

Lucía y las pecas de su mejilla derecha

De niña, acostumbraba verme al espejo todo el día. Examinaba mis ojos, mis escasas cejas, mi boca, mis orejas. Me observaba tanto que podía decirle a cualquiera la cantidad exacta de pecas que tenía en mi mejilla derecha. Mejilla que, por cierto, tenía veinte pecas más que la mejilla de mi lado izquierdo. Esto me preocupaba bastantísimo. ¿Dónde estaban las pecas que me faltaban? ¿Se las habrían robado de chiquitas? ¿Las perdí yo? ¿O es que nunca las tuve y sólo soy una niña rara? Por si las moscas, cada que saludaba o platicaba con alguien, procuraba darles mi lado completo, así, lograba distraerlos y podrían considerarme una niña como cualquier otra y no esta especie de alienígena caído en familia de humanos.

Un día escuché a una amiga de mamá decir que tomaba ácido fólico para que su bebé (ese que traía en la panza) naciera sin problemas. Entonces entendí que segurito eso había pasado y a mamá jamás le dijeron del dichoso ácido fólico y nací con pecas de menos. Pero cuando le pregunté, mamá dijo que claro que ella también había tomado eso en todos sus embarazos y mi hipótesis se fue directo al cesto de basura.

La preocupación por mis pecas ausentes me mantuvo estresadísima, hasta que, tiempo después, en la escuela la maestra nos dejó de tarea que estudiáramos acerca de los dos hemisferios del cerebro.

El libro decía que en el cerebro teníamos dos hemisferios: el lado izquierdo que se encargaba de la creatividad y el derecho de la lógica. Además, decía que el lado derecho del cerebro le decía a su lado izquierdo del cuerpo lo que debía hacer y al revés. ¡Entonces fue que entendí TODO lo que estaba pasando! No era que me faltaran pecas, ¡no!, era que esas pecas estaban ocupadas en actividades artísticas que seguro las mandó a realizar ese hemisferio derecho del que hablaba el libro. Es que esa explicación tenía todo el sentido del mundo.

Imaginé entonces a algunas de mis pecas en el escenario de un teatro repleto de gente. De vestido largo y sedoso que se paseaban de extremo a extremo mientras actuaban y cantaban y el público emocionado las admiraba. Otras más, era sin duda de manos ágiles siempre ocupadas en notas, acordes, pianos y guitarras. Pero había una en la que siempre pensaba, era la peca más bonita de todas. Esa peca aparecía en mis sueños y rodeada de música de ballet, hacía mil piruetas y demi-pliés y me decía “Baila también, Lucía”.

Años después leí otros estudios que echaban por los suelos mi hipótesis porque, aunque sí los hemisferios están separados, el cuerpo calloso que los une, los hace funcionar como un todo. O al menos eso leí. Pero cuando niña, esas pecas, cuya desaparición era en realidad inexplicable, eran todo lo que yo quería ser.

Alisma De León

COSAS DE GIGANTES

Aparte de ancha y ajena soy de una estatura fuera de lo común. Muy alta.

Cuando era más chica, (de edad, ya quedamos que soy grandota) esta peculiaridad me incomodaba hasta el complejo.

Siempre era la última de la fila, de las bancas del salón, la última que escogían en los equipos de deportes, menos en básquet, claro. Pero ni así me pasaban la pelota.

Los pocos amigos que tenía no podían evitar que el tiempo que pasaban conmigo les resultara en dolores de cuello, espalda y garganta, de tanto estirarse y de tanto gritar para que alcanzara a escucharlos.

Después, en la adolescencia, se puso peor, los galanes huían despavoridos ante mi gran tamaño.

Mi psico terapeuta me sugirió que una solución sería, por lo menos al inicio de la relación amorosa, hacerme la chaparra un ratito, sólo hasta que lograran discernir la maravillosa persona que estaba dentro de ese cuerpesote. Sin ofender, claro.

Inventé un sistema complicadísimo de vestidos que cubrían como un telón mis piernas permanentemente en cuclillas, pero antes de que se me reventaran los meniscos, me incorporaba fastidiada ante el noviete en turno que juraba que no le importaba para nada en el tamaño, mientras desaparecía del mapa para nunca regresar. No los culpo, después de todo, había tratado de engañarlos.

Engañarme a mí misma también, caminando encorvada, huyendo de los tacones y de los espacios abiertos para que no se notara tanto.

Agachada y disminuida de por vida, no fuera a importunar a nadie.

Mi cuerpo estaba atrofiado y mis ánimos, paradójicamente, por los suelos.

Caí enferma. Postrada en la cama con esa calentura tan grave que te ataca cuando no te quieres nadita. Estuve tan mal que por unos días perdí la noción del tiempo y el espacio.

Sucedió que como los niños, ese episodio febril me hizo estirarme hasta proporciones insospechadas. Mi estatura sobrepasó las expectativas, los récords y uno que otro edificio.

No me ha quedado más que ponerme de pie cuan larga soy y estirar los brazos hacia el cielo, que parece, es el único límite.

 

Catalina Kühne Peimbert

Anxietas

A veces estoy hecha sólo de nudos. Soy un amasijo de hilos de distintos tipos que forman una bola gigante de nudos más complejos. Permanezco inmóvil. Existe el riesgo constante de que, al estirar alguna hebra inocente que esté a la vista, el nudo maestro se vuelva más fuerte e imposible de resolver.

Hay días en los que llevo tanto ruido dentro que no encuentro sitio para el silencio. Entonces tiemblo y lloro. Vuelvo sobre mis pasos en un ciclo sin fin. Hago en voz alta las preguntas –esas preguntas– hasta que resuenan por encima, y ni así brotan las respuestas.

También he sido una torre de arena y me he deshecho con la brisa, con la lluvia, con las olas. He recogido mis pedazos para armar una yo distinta, una que ni yo misma reconozca. He sido mar picado y también tensa calma.

Y llevo el pecho abierto y los ojos vidriosos. Y nada me consuela.

Cada instante viene siempre de la angustia por aquello que todavía no es, para bien o para mal, de aquello que no se ha conseguido, de aquello que anhelo y me provoca miedo. Uno a uno. De aquello que temo perder sin siquiera poseerlo.

El cuerpo reacciona, se considera en peligro, se prepara para la emergencia, busca la amenaza: me pone en alerta y, en una suerte de proceso decisivo, mezclo el instinto de supervivencia con el miedo, la ira, la tristeza o la felicidad, para huir o quedarme a luchar.

En los peores episodios implica malestar físico, cambios incontrolables en mi forma de actuar, pensamientos negativos en masa, dificultad para respirar. Ante la posibilidad de perder un bien preciado, ¿huir o luchar? Ante el miedo a lo que pueda suceder, ¿fluir o evadir? Ante la incógnita, ¿hablar o callar?

Cuando todo pasa, soy un sauce y me abrazo a mí misma. Ni el viento, ni la tormenta, ni el río logran arrancarme del suelo.

Abby García

Espacio vacío

Siempre he creído que los espacios que habitamos son una proyección de lo que llevamos dentro. Cuando vivía lejos de esta ciudad, con cada regreso advertía cómo la casa se iba deteriorando: las paredes se habían ido poblando de burbujas oscuras de humedad, grietas, opacidades semejantes a ciertos olvidos hostiles. Las ventanas, por muy limpias que yo me empeñara en dejarlas no filtraban plenamente la luz del sol. El piso se deslizaba bajo mis pies con una pausa pesada que no desaparecía por mucho que tallara los azulejos. Y en fin, nunca, en aquel tiempo, logré hacer reverdecer ninguna de las pocas plantas que habían sobrevivido a mi retorno.

Pero eso era entonces, cuando viajaba por huir o huía para poder viajar. De qué o de quién, no importa. Eso era entonces y en cada travesía yo guardaba en la maleta siempre la consigna leída hace tiempo en un libro prestado: antes de preocuparte del lugar donde fijar tu residencia, busca la salida a tu inquietud. Si hay salida, habrá sosiego. Imagino que nunca en esos años hallé el sosiego necesario, porque a mi vuelta el escenario era siempre el mismo y mi andar, un errar en la vagancia y el error, y el espacio un escenario de abandono exigiendo atenciones.

Sigo sin encontrar plenamente la salida a mi inquietud, quizás porque sin darme mucha cuenta he ido dejando en el camino todos los pesos muertos y abierto el espacio al sosiego. Ahora la casa se transforma y está vacía en un sentido tan claro que me llena de plenitud. Y todo reverdece y las paredes blancas permanecen fieles en su frescura y su color, y las ventanas saben mejor que nadie los trayectos del sol, y en los arriates se sonroja una explosión de tulipanes y las hojas gigantes de la flor de mayo visten con una sombra amable y necesaria las tardes de calor, y el viento corre por dentro de la casa con una levedad de incienso que reconforta y purifica, y ese vacío de los objetos de los que me he despojado en todos estos años es el mejor reflejo del ser que soy ahora: una partícula de luz en el presente.

 

Karla Marrufo

Experimento 251

Para A.

 

Probemos: una mujer busca en medio de la noche. Sabe que de debe encontrar. Una urgencia ilocalizable –por totalitaria– le recorre el cuerpo, guiada por eso camina. Lo que empezó como intuición se transforma en rumor para derivar en una franca solicitud: «ven».

Aguza el oído, porque la llamada se disuelve en un amasijo de reminiscencias. Ven, dice él. Pero no hay forma de acercarse. En la espalda, en los tobillos, en los brazos, ella trae una enredadera que comenzó a crecer desde quién sabe cuando.

Por eso el andar tan pesado.

Por eso la sensación de caminar contra la marea de un océano pequeño y personal que la acompaña a todas partes.

Para llegar hasta ese «ven» hay que entender primero que será necesario desafiar toda la lógica que se ha aprendido en una vida: atravesar un cristal sin romperlo, creer que se puede estar aquí y allá, aunque las cuentas no cuadren.

La buena noticia, y esto lo sabe ella sólo hasta que lo ha hecho, es que la transgresión de ciertos límites nos transforma de modo irrevocable. Que quizá sean los sueños y no los acontecimientos diurnos, aquello que nos cambia. Que la vida subterránea, la que ocurre a oscuras, sea la que determine los “acepto” y los me “niego rotundamente” que se van repartiendo a lo largo del día.

Es posible, A. que lo que tanto desdeñamos en la vigilia venga con toda su fuerza cada madrugada para gritarnos secretos y cantarnos viejas canciones de cuna.

Esa es la razón por la que «puedes despertar» quizá sea también una invitación a subvertir el orden de lo conocido, a abandonar una infancia que por prolongada se ha vuelto prisión, a distinguir entre cuerpo y planta, a dejar de pasear por toda la ciudad con un bosque atado a las extremidades.

 

Lolbé González Arceo

Mujer de pocas palabras

Se me dificulta hablar con desconocidos y jamás contaría un secreto ajeno. Rara vez siento incómodos los silencios y nunca, nunca nunca, le sigo el juego a las palabras necias.

Pero tengo una debilidad: basta coincidir con la persona correcta, alguna de esas que hacen las preguntas precisas y provocan un maremoto de ideas que chocan entre sí, para desatar en mí una conversación profunda o surreal. Me gusta ser abordada con cosas del tipo “¿existe Dios?”, “¿qué piensas del amor?”, “¿crees en el destino?”, “¿qué te hace feliz?”, “¿es real el patriarcado?” o simplemente “¿qué fue lo que más te gustó de la película?”. Esa es la manera más fácil de obtener de mí mis más reservadas reflexiones, producidas en mis más intensos soliloquios.

Porque sí, hablo sola debo admitir como si se tratase de un pecado. Pero es que en estos tiempos es tan difícil encontrar con quien hablar que prefiero ser tildada de loca que de monopolizar las conversaciones o de huir de ellas. Sí, defiendo con fervor el ejercicio de reflexión que implica un meme y sin embargo no hablo emoji; me gusta que me discutan, pero si no hay argumentos abandono el debate sin mayor esfuerzo. Podríamos improvisar un monumento literario a la trivialidad y a la estupidez humana, pero jamás soportaré una broma tonta que no venga al caso.

Y es que me parece tan importante el arte de conversar. Para mí es un trabajo en pro del desarrollo personal. Uno no debería salir ileso de una buena conversación, jamás debería ser el mismo luego de filosofar o debatir con alguien más. Algo debe quedarse obligatoriamente en nuestro ser: alguna frase o anécdota, alguna respuesta accidentada para cualquier otra cuestión, algún nombre, alguna idea-semilla para cosechar algo más grande, algún eco-mensajero-divino. Algún indicio de amor.

Dame una botella de vino y un libro de poesía y te daré pasión en voz alta. Háblame de alguna teoría conspirativa y no vamos a parar hasta que resolvamos el misterio. Pregúntame sobre alguna de mis obsesiones y conocerás el grado más alto de mi intensidad.

La belleza de las palabras está en el arte de su precisión. De ahí mi adoración por las interminables cartas a los amores imposibles, a la explicación antropológica de las situaciones complejas de la vida, a las analogías y metáforas para justificar la existencia del ser y sus inevitables procesos de enamoramiento. La verdad es que  aunque soy mujer de pocas palabras, tengo mucho que decir.

 

Abby García

XXXVI. Celia

Es 19 de septiembre. Todos estamos conectados a esta ciudad con el corazón y desde la planta de los pies. Podemos olvidar cualquier día del año menos éste.

De camino a estación Tormenta todo ha cambiado, las fachadas de los edificios, las banquetas, incluso el tipo de miradas que intercambian los vecinos. Algunos caminan silenciosos, otros francamente deprimidos. Celia repite una y otra vez en su cabeza fragmentos del día del terremoto. Sus recuerdos son pedazos muy pequeños de un recuerdo gigantesco y colectivo. Ese día el simulacro fue a las once de la mañana y sirvió para reírse con el único miembro de la familia que pensó que era real. Todos regresaron a lo suyo. Celia estaba sentada frente a la computadora del estudio. Pasaron poco más de dos horas. La puerta con vidrio comenzó a vibrar, leve y luego muy fuerte; a hacer un ruido como si una horda de fantasmas desesperados intentara abrirla segundos antes de que el piso comenzara a sacudirse violentamente. El cerebro de Celia tuvo distintas disonancias cognitivas que probablemente tomaron una fracción de segundo, pero su memoria guardó una instantánea de ese momento. Primero, la cabeza buscaba desesperada e inútilmente el sonido de la alarma frente a la evidencia en tiempo real. No suena la alarma, ¿sí está temblando? Segundo, a la realidad se le empalmaba la duda ¿pero qué no hubo un simulacro hace dos horas? Tercero, esto es un terremoto (sin alarma). Es un terremoto (después de un simulacro y en el aniversario de un terremoto). ¡Dios, es un terremoto!

Celia camina con la piel erizada. Después del temblor lloró histérica. Estaba en un pedregal donde nunca se sienten los temblores. Lloraba convencida de que se había caído la ciudad. Pasaron horas antes de tener noticias de amigos y familiares y aún cuando sus cercanos estuvieron bien, el luto se esparció por toda la ciudad como las fugas de gas en las zonas afectadas.

Faltan tres cuadras para llegar a la estación y Celia confirma la hora, ya casi es la una de la tarde. Esta fecha duele. Grietas, fachadas incompletas, edificios acordonados. Ecos de sirenas. En el último año aprendimos a convivir con los signos del desastre para poder caminar sobre tal acera o pasar bajo tal balcón, para poder volver al trabajo, a hacer compras, a la escuela, pero el tiempo no es nada; el humo sigue saliendo de los escombros que quedaron en la memoria colectiva sin que llegue la justicia a los damnificados.

 

Mónica Flores Lobato