LOS OJOS DE MI PADRE

Me dicen que de mi padre soy los ojos. Los recuerdo. Cada vez más enrojecidos, cada vez más temerosos del polvo y el viento, ojos que he visto nublarse pero que guardan la misma precisión, la exactitud de un espejo.

Mi padre es el maestro de la mirada. A fuerza de mirar y mirar es capaz de distinguir lo que ya casi nadie ve. Más allá de sus estudios, mi padre es un médico forjado a la antigua. Un clínico. Si vamos por la calle le basta con observar los colores en los rostros, el cabello, las líneas, el tono de  los dientes, el matiz alrededor del iris, las manos. Así, observando, es capaz de decir si tal o cual persona come mal, si alguien padece de cirrosis o cualquier enfermedad hepática. El azul en los labios habla del pulmón, la oscuridad en los pliegues de la diabetes. Y lo mismo ocurre con las enfermedades del alma. Le basta mirar durante unos minutos el comportamiento de alguien para saber si el miedo, si la neurosis, si un antiguo dolor, si la migraña o una levísima propensión a los desordenes anímicos.

Incluso si no mira traduce lo mirado; para el diagnóstico es suficiente con una descripción escueta, nada fuera de lo habitual: derecha o izquierda, punzada o dolor continuo, rojizo o café. Ha aguzado la vista a tal punto que intuye lo mismo en los animales, pero también los mosaicos flojos en pisos y paredes, las casi imperceptibles desviaciones en los muros, la inexactitud milimétrica en la medida. Así, a mi padre no hay que decirle muchas cosas. Con él, que aprendió a mirar, es suficiente con guardar silencio. He ahí que a veces salgo con un vestido corto que deja al descubierto piernas y espalda. Él me mira de reojo y encuentra un moretón, una marca en el brazo, un piquete, un rasguño; en mi rostro un nuevo lunar, en mi hombro un golpe, en mis ojos un secreto, en mi boca un dolor que no tiene palabras ni nombres ni culpables. Casi nunca hace preguntas; con mi padre no hay necesidad de demasiadas explicaciones. Sabe, él lo sabe, si el moretón obedece a una caída o a un golpe; si el rasguño fue autoinflingido o alguien más dejó sus uñas, su paso, sobre mi piel. La convivencia diaria con decenas y decenas de seres humanos, seres en pena, seres que recuerdan su cuerpo a través del dolor, le ha enseñado a leer cada gesto, a descubrir la mentira y no menospreciarla por menos cierta que la verdad. Él reconoce la culpa, reconoce la fragilidad y valora, sobre todas las cosas, lo que no se dice. Por eso en días en los que todo parece estar fuera de lugar,  no hay otra persona cuya silenciosa presencia pueda devolverme a la cotidianeidad sin fisuras, sin sobresalto; devolverme entera, como si un pintor en su fantasía me colocara ahí y dibujara una infancia, trazando olas, una madre, un hermano y pasillos de hospital. En esos días revueltos sólo busco a mi padre y a sus ojos que me seguirán siempre, esos que ven todo lo que yo no: lo que viene, lo que está más allá.

 

Nidia Cuan

NICHOS DE OPORTUNIDAD

Últimamente me da por ver nichos de oportunidad en todas partes. Así con esas palabras que puestas en mi boca suenan  a todo menos a éxito rotundo.

Supongo que una parte de mí se ha dejado seducir por el discurso del emprendimiento, que entre otras cosas cumple con el objetivo de darme una razón para justificar el por qué hay que pasarse las vacaciones comiendo de abonado o acampando en la casa familiar: no he sido suficientemente emprendedora ni previsora ni libre ni atrevida ni ingeniosa ni innovadora.

Imaginé que el primer paso para ser una emprendedora era hacer una labor de introspección y ver cuáles son esas características de uno mismo que pueden servir para algo jamás imaginado por ningún otro ser. Descarté desde el primer momento mi facilidad para caer en pánico ante cualquier evento que ponga en peligro el frágil equilibrio universal, pues eso al parecer no le sirve a nadie para nada. Lo mismo hice con mi facilidad para carcajearme ante el más mínimo estímulo y con mi habilidad de hablar al revés.  Poco a poco advertí que mis mayores virtudes —ser capaz de comer lo mismo por muchos días, esconder el desorden en cajones y alacenas sin que nadie lo note y decir mentiras— no servían para absolutamente nada.

Sin ninguna idea en la cabeza, decidí ir mejor por rubros de negocio. Creí que tal vez podía dedicarme a vender algo, pero pensé que mi terror a incomodar a los demás me prohíbe insistir lo suficiente como para vender cualquier cosa, así sea el periódico por entregas. Lo mismo me pasó con las áreas de “asesorías” y “finanzas”, áreas que además no son para nada innovadoras ni atrevidas ni libres.

Ya con el cerebro seco, estaba a un paso de sentirme completamente desilusionada de mí misma por no ser capaz de encontrar nichos de oportunidad para mí, aunque bien lo he hecho con otros. Pero, ¡oh, sabio universo!, después de 24 horas de pensarlo, después de hiperventilar, dar vueltas como una loca alrededor de la casa y de googlear varias veces “1000 ideas de negocios” o “Ideas de emprendimiento”, me di cuenta de una cosa: soy suficientemente emprendedora como para levantarme todos los días e ir a mi nada innovador y poco estresante trabajo. Y eso ya es bastante.

 

Nidia Cuan

PERDERSE EN LOS AÑOS

Hace un par de meses que vivo en otras coordenadas. En otro año. Cuando alguien me pregunta por una cita o un pendiente impostergable, no puedo hacer más que guardar silencio, abrir la agenda y repasar las hojas en blanco mientras intento recordar, aunque sea vagamente, los números, las fechas, los datos exactos que mi interlocutor exige.

Pero la verdad es que vivo en otro año y lo de revisar la agenda es un gesto inútil. Ni siquiera sirve que anote en una de las hojas en blanco la fecha que me piden con números gigantes o que marque los pendientes con plumones fosfo y letreritos de urgencia.

Esta vuelta atrás, este vivir en otro año, es algo irremediable.

Por eso, en lugar de pelearme con el asunto he preferido aceptarlo. Abro los ojos y con solo ver la luz me doy cuenta de que estoy otra vez en 1992, el año del eclipse, y que ahí afuera se siente exactamente el mismo calor, se respira la misma humedad cargada, el mismo brío de espejos contra el cielo. Otras, despierto y veo que estoy en 2009, el año que regresé a mi casa, y que las nubes lucen exactamente igual que aquellas tardes de café junto a amigos que, sin saberlo, me enseñaban otra vez por primera vez a hablar, a caminar, a reír, a comer.

Y es que al parecer llega un momento en que la vida se nos desborda. En que los recuerdos se acumulan y el cuerpo tiene que sacar los remanentes. La vida se nos ordena de maneras inusitadas: se nos ordena en la piel y basta un roce; se nos guarda en la nariz, y un aroma; en los dedos de los pies y la piedra en el zapato. Y de pronto el más mínimo estímulo, la hace estallar. O, mejor dicho, abalanzarse. Avasallar. Tal como una bola de nieve.

Así, de año en año, me he pasado los días de abril y los de mayo. Nunca sé en qué año voy a parar. Si voy a terminar el día sonriendo o extrañando tocar lo que apenas es un olor, el vago recuerdo de una voz que nunca volveré a escuchar. En todo caso, no importa. Si hago falta, búsquenme allá: en 2010, el año en que soñaba que para tanta vida sólo bastaría con una nueva.

Nidia Cuan

LO QUE APRENDÍ EN LA PRIMARIA

Nunca voy a olvidar el día en que me regañó mi maestra de primaria. Estaba de pie, mostrándole mi cuaderno, mientras ella hablaba con alguien más. Yo había observado muchas veces a mi papá hacer un juego con la lengua y la mejilla, una especie de chasquido muy leve que me gustaba repetir porque me parecía algo muy de adulto, una expresión entre solemne y reflexiva que siempre antecedía a un comentario perspicaz.

¡Tú, deja de hacerme muecas!, gritó de repente.

Es que no…

No me contestes, interrumpió antes de continuar su conversación.

Creo que es probable que ese sea mi recuerdo más antiguo de la palabra frustración. De la frustración cayendo sobre mí como cemento fresco, como arenas movedizas. Sin dobles intenciones, había hecho algo con mi cuerpo, algo que no sabía que estaba prohibido, que no sabía que era igual a rebelarse contra la autoridad, que hasta ese momento no cabía en la larga lista de faltas que repasaba a diario con el propósito de no caer. De ser perfecta.

Un rato después, la maestra se acercó a mí. Recuerdo con claridad ese sentimiento ambiguo entre el deseo de replicar y la impotencia; por los ojos casi se me escurrían las lágrimas.

¿Qué tienes?, preguntó.

No estaba haciendo muecas…

Yo sé que no estabas haciendo muecas…

¿Y entonces por qué me regañó?, pregunté.

Porque a veces me equivoco.

Yo nunca pensé que iba a dedicar varios años de mi vida a dar clase. Pero cada que pienso en lo que eso significa recuerdo a esa maestra, porque quizá –entre muchas otras cosas– de eso se trate enseñar: de aprender en conjunto, de reconocer en comunión que hay un espacio en donde alumno y maestro somos iguales; ese espacio, mucho más elocuente que cualquier frase célebre, mucho más definitivo que los años que nos separan, que nos hace iguales: vulnerables, seres humanos que inevitablemente se equivocan.

#SiNosMatan

Catalina Kühne

#SiMeMatan

Si me matan me gustaría que en el momento en que inventen la historia de mi vida, sean un poco más creativos, que no sólo sugieran que mi comportamiento relajado en hábitos sexuales, sociales o inclusive de vestimenta, eran indicios claros de que merecía ser asesinada.

Unos pretextos con un enfoque más literario, algo, por ejemplo, en el género de la acción. Que sí, claro que era obvio que algo tenía que sucederme, pero como respuesta directa a mis acciones, porque en realidad mi otra yo, era una vengadora anónima y sanguinaria que se ejecutaba a la primera persona que se le pusiera en frente fuera hombre, mujer o quimera.

O apelando a la ciencia ficción, decir que no morí, que simplemente me deslicé asqueada a un universo paralelo en donde no es necesario cuidarse de nada, ni de nadie. Oh, adorable utopía.

También podría hablarse de un misterioso asesinato del tipo de Agatha Christie que incluyera pistas ocultas en letras de canciones infantiles y mensajes misteriosos traídos por guapos extranjeros desde un tren del Cairo.

Vaya, aunque fuera que me hicieran un ataúd de cristal y me dejaran en animación suspendida esperando que llegara alguien a salvarme al darme un beso de amor verdadero.

También se valdría la clásica de que me suicidé, pero publicando mi carta en los periódicos, una carta en la que explicara con hermosas palabras e impecable retórica que este mundo ya no vale la pena porque sus inventos, además de ser una agresión directa a las víctimas, no tienen chiste, sabor, son trillados y aburridísimos.

*****

Abby García

#SiMeMatan

Que se sepa de una vez y que lo sepan por mí. Que se sepa antes de que me maten.

Viví cuatro meses en unión libre con un hombre que enseguida me dejó por otra.

Me gusta coquetear y bailar cachondo. Me gustan los tatuajes, tengo varios. Me gusta la literatura erótica y las historias perturbadoras de la Deep Web.

No me da pena pedir caguamas ni tomar directo de la botella. Abuso de las malas palabras a la menor provocación. Tuve un hijo fuera del matrimonio y sólo lleva mis apellidos.

Me he enamorado tres veces de hombres que conocí en internet. Volvería a hacerlo sin problema.

He regresado a casa de madrugada, caminando, sola y medio borracha. O muy borracha. He hablado con extraños. He bebido con extraños. He aceptado aventones de extraños. He besado a extraños.

Me maquillo sólo para subir selfies a mis redes.

No exijo pensión alimenticia pero a veces tengo que pedir prestado en el trabajo porque mi sueldo no me alcanza. Me acomplejan mis piernas y mi cadera ancha, aun así uso vestido, minifalda y pantalones entallados. Me quejo de estar soltera pero le digo que NO a los hombres que no me gustan.

He viajado sola. He comido sola. He visto porno, sola.

No me gusta lavar los trastes. Pospongo el quehacer hasta que no se puede vivir más en la casa. Creo en los horóscopos, en el tarot, en el karma, en la reencarnación, en un primer motor de todas las cosas y en la existencia de las buenas personas.

Juzguen ahora que lo saben. Júzguenme. Lo confieso por si me matan.

*****

Alisma De León

#SiMeMatan

Sería tanto lo que podrían decir:

era una descuidada, iba a cualquier lado, a cualquier hora, daba vueltas innecesarias, aceptaba compromisos sin fijarse, manejaba de noche, era divorciada, no iba a la iglesia, usaba escotes, maldecía, se maquillaba en exceso, llevaba siempre la boca roja, era lesbiana, tenía muchos novios –o no tenía ninguno–, acostumbraba andar por la calle sin  compañía, incluso la vieron en un cine o un café sola, alguna vez se la encontraron caminando con alguien que traía un tatuaje, ella misma tenía uno, dos o muchos –escondidos o a plena vista–, compartió casa con un hombre, de cascos ligeros, una golfa, una payasa, chocante, impertinente, con dos tarjetas de crédito hasta el tope, estudiante mediocre, ratón de biblioteca, coqueta, platicaba con quien fuera –hombre, mujer, joven o viejo–, salía a la calle en mini falda, pantalón a la cadera, leggins, necia, inconforme, usaba demasiado Facebook, Instagram, Twitter, chateaba con gente que apenas conocía, subía selfies, anunciaba donde estaba y lo que hacía, no medía sus palabras, andaba de fiesta hasta la madrugada, visitaba bares y cantinas, tomaba poco o en exceso –margaritas, vodka, tequila, cerveza–, fumaba, se drogaba a veces, era una creída, mala influencia, mala hija, mala madre, mala esposa, mala novia

Si me mataran mañana y se dijera algo de todo eso o todo eso junto, incluso tú, que sabes quién soy y la parte que de lo dicho es mentira, dudarías.

*****

Nidia Cuan

#SiMeMatan dirán

que era demasiado confiada, que le sonreía a los extraños, que siempre terminaba hablando con desconocidos. Si me matan dirán que revelaba mi información personal con demasiada facilidad, que tocaba mucho a las personas, que hacía muchas preguntas, que usaba vestidos cortos y pantalones entallados, que no me vestía como una mujer casada, que no me vestía como una mujer de mi edad. Dirán, seguramente, que siempre tuve amigas sospechosas, que me juntaba con “hippies” y drogadictos, que muchas veces salía sin mi marido, que tenía amigos que me llamaban a menudo por teléfono, que me escribían cartas, que me buscaban siempre. Dirán que tomaba terapia, que iba al psiquiatra, que nunca se sabía qué esperar de mí. Si me matan, dirán que salí de mi casa cuando tenía 18 años, que nunca me cuidé como debía, que les contestaba a los que me gritaban en la calle.

Dirán, no me cabe duda, que fue una consecuencia lógica, que no se podía esperar otra cosa.

*****

Lolbé González

#SiMeMatan dirán:

Que nunca pagué las multas de tránsito.

Que pasé cuatro años sin devolver un libro a la biblioteca y otro me lo quedé para siempre.

Que tenía la sospechosa costumbre de planear qué ropa ponerme. Una coqueta.

Que usaba un piercing en la nariz, signo claro de inestabilidad.

Que me gustaba mucho estar sola.

Que iba a terapia.

Que me enojaba con facilidad o me emocionaba demasiado ante situaciones anodinas.

Que cantaba canciones de despecho en el auto como si tuviera roto el corazón a perpetuidad.

Que encontraba en todos lados un motivo para hablar de feminismo y a veces lo hacía hasta caer mal.

Que no entendía un comino de los trámites de hacienda y vivía con el miedo de me fueran a embargar.

Que, en ocasiones, se me antojaba un trago de cerveza como sólo se puede antojar un beso.

Que nunca superé la adicción a ciertos dolores.

Que renuncié a un trabajo estable para vivir quién sabe cómo.

Que adquirí una deuda bien grande.

Que una vez robé un chamoy de la farmacia, mentí, usé calzones gigantes, traicioné, no comí frutas, lloré, salí sin sujetador, pasé días sin comer, hice trampa en el examen, olvidé ponerme desodorante, me bañé desnuda en el mar.

Si me matan dirán que parecía una buena amiga/hija/nieta pero que estaba llena de secretos. Que por eso me mataron.

*****

Mónica Flores

#SiMeMatan

Dirán que era una control freak… pero hagan exactamente lo que les pido. Amen con locura a quienes amé y me aman, den apoyo y consuelo, porque cada persona a la que le falta alguien por violencia sufre lo indecible. Persigan y juzguen al asesino en lugar de ser viles conmigo. Al funcionario que no pueda garantizar justicia y seguridad para su pueblo o comunidad, (qué va a renunciar), sáquenlo. Aspiren a un pueblo nerd, sensible, solidario y bondadoso y hagan lo que tengan que hacer para construir en esa dirección.

*****

Asenat Velázquez

#SiMeMatan  (que no deberían. Nadie, absolutamente nadie debe matarme.)

Pero por si las moscas, me matan, no inventen cosas de mí, por ejemplo: que fui muy buena persona, una persona increíble o cosas por el estilo. Ya muchos saben que no es cierto, yo lo sé.

Si me matan, para no llevarme cosas pesadas a la tumba, informo que sufrí acoso callejero y da miedo, acoso laboral pero el jefe –es jefe – y siempre gana, violencia de pareja (de esa que hace que prefieras quedarte sola). Y sobreviví, así como muchas sobrevivimos.  Nos matan el alma, eso sí, de ahí nos quedamos muertas.

Si me matan, muchos dirán que es porque vivo en Reynosa. Pero informo que ya me apuntaron con armas largas y levanté las manos, estuve con mi grupo de estudiantes bajo los mesabancos mientras las balas cruzaban por la calle y salimos ilesos. Digan que me dedico al arte. Que no soy tan mala persona.

Si me matan puede ser que digan que es porque bebía cerveza, salía de noche, provoque a alguien, tenía un brazo desnudo, levante la ceja, mi cabello era provocador, llevaba zapatos abiertos y mi pie se veía expuesto e incitaba, o algo más absurdo.

Pero si me matan y mi cuerpo no aparece, entonces sí. Digan cosas bonitas, aunque sean mentiras. Porque siempre se hablará bien o mal del que no está presente.

Pero entiendan, nadie debe de matarme. No doy ni el permiso ni la autorización para hacerlo. Solo digo si me matan, porque hay cientos de mujeres que no alcanzaron a decirlo.

*****

Karla Marrufo

#SiMeMatan

dirán que era antisocial, depresiva, arrogante

que siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta

que mantuvo en la friendzone a varios hombres buenos

y que sin embargo solía usar vestidos escotados y cortísimos

dirán que viajaba sola o sólo con amigas que es lo mismo

dirán que vivía sola

caminaba sola

hacía las compras sola

paseaba al perro sola

se paseaba a sí misma sola

que se dormía en trenes, aviones, autobuses, como esperando a que algo sucediera

dirán que nunca se casó ni tuvo hijos, que despreció desde siempre su instinto maternal

dirán que era atea, agnóstica, esotérica y coqueteaba con la santería

que el orden impecable en su casa delataba sin duda un trastorno psiquiátrico

y que en realidad nunca tuvo amigos

dirán que sin embargo se le solía ver acompañada de lesbianas, homosexuales, transgénero, teatreros, músicos, literatos en general y poetas en particular, todos ellos tatuados, con los cabellos de colores y perforados de las narices y otras partes menos decentes

dirán que a veces se desaparecía semanas enteras

            seguramente para dedicarse a los sacrificios que exige la santería

            seguramente para participar de orgías pérfidas con esa caterva de hippiosos

            seguramente para empastillarse hasta la inconsciencia

y luego reaparecía como si todo estuviera tan normal

dirán que bebía demasiado

dirán que era abstemia y eso no es normal

dirán que parecía que siempre estaba mariguana

dirán que nunca fumó pero seguro se metía otras cosas

dirán que la mataron porque para un ser así no había lugar.

*****

Sandra Ramírez

#SiMeMatan

Si me matan quisiera conocer antes el papel que desempeñaré cuando esté inerte. ¿Seré una alcohólica? ¿Una drogadicta? ¿Una ramera? ¿O las tres cosas?

¿Representaré un caso de violación provocada?, ¿seré una infiel de quien se vengó su pareja? o ¿seré una mujer con problemas emocionales que no pudo con su lamentable vida?

Si ven mi cuerpo y no soy suficiente para un papel, quisiera saber cómo manipularán mi historia.

Si me culparán por viajar sola y ponerme a merced de cualquier asesino. Si mi derecho a decir lo que pienso me dará el pase directo a una fosa clandestina. Si no fui precavida cuando quise verme bonita para salir y usé un vestido corto con escote. Si comprar libros y no tener tiempo suficiente para terminarlos dará la señal para asesinarme.

Quiero tener claro si mi nulo interés por ser ama de casa, tener sexo, hijos, novio y una deuda hipotecaria, son razones suficientes para que cualquiera termine con mi vida.

Me gusta salir, gastar dinero que no tengo y hace rato que dejé de ahorrar para el futuro. Me desvelo aun cuando tengo sueño.  Veo series que no me gustan sólo porque son populares. Escucho música que no encasillo en ningún género.  Canto a todo pulmón de regreso a casa cuando manejo de noche. Continúo una discusión hasta desgastarme por buscar una empatía que no existe en la otra persona. Me apego a la gente porque siento que lo necesita y malamente me engancho cuando lo necesito yo.  Me falta frialdad.

Mando mensajes en la madrugada, reviso whatsapp aun cuando no recibo alertas de respuesta. No me gusta Facebook, pero parece un requisito social. Muestro mis sentimientos demasiado pronto. Sonrío, muchas veces, con esfuerzo. No me permito llorar, cuando lo hago desahogo el llanto luchando contra la asfixia que provoca. Me gusta besar. Disfruto dar un abrazo sin que me lo pidan, porque mi ego piensa tener lo que el otro requiere, pero muchas veces yo lo necesito más. Estoy enamorada de un chico mucho menor que yo. No me maquillo lo suficiente, no me visto llamativa, jamás me he pintado el cabello y tengo miedo de operarme la vista.

Quisiera saber, antes de cerrar los ojos, cómo quedará mi historia, o tener claro si se dejará por un lado la vida que tuve para inventar una a placer del público.

El último día de abril

A veces me imagino que soy otra persona.

Imagino que soy, por ejemplo, la que a finales de abril se queda dormida mientras los alumnos dan la clase y que despierto nada más para decir que tendré que seguir durmiendo porque resulta que esta medicina que tomo para un mal incurable provoca somnolencia. Me imagino a veces que coloco todos mis libros en el patio frontal y que me siento junto a ellos fingiendo leer, en espera de que alguna vecina me vea y se decida a acompañarme.

Pienso, a veces, que soy esa persona que va a la tiendita de la esquina, se roba un dulce y después regresa llorando a pagarlo. Imagino que soy una persona que tira todo el champú en la coladera nada más por el incontrolable deseo de probar un champú nuevo con olor a chicle. Me imagino que soy esa que es capaz de reconocer a su pez entre todos los peces y que al regresar del trabajo sabe que el pez que está en la pecera es un pez usurpador que alguien ha colocado ahí para ahorrarse explicaciones.

Me gusta imaginar que soy una mujer dedicada a incubar polillas en nidos de gel y papel de baño. O la que se dedica a escribir cartas que digan lo que los otros no pudieron decir. O que soy la persona que no tiene miedo de buscar fotografías en la parte más alta de los armarios o los árboles. Pienso que yo podría ser esa persona que se tatúa las cejas con Esterbrook, que se pega monedas en las manos y se dibuja círculos rojos en los mejillas.

Imagino que soy la que se cuelga un amuleto de la suerte y la que repite una frase mágica que la hace sentir segura. Que soy la mujer que llora porque los pájaros se mueren y un pájaro nunca resucita ni con frases ni amuletos. Que soy la mujer que se come un tazón de palomitas, cinco sabalitos y dos bolsas de papas sin vomitar. Imagino que soy la mujer que duerme siestas largas y despierta para la merienda con una caricia familiar en la mejilla y una canción en los labios. Imagino, en suma, que soy esa que fui cuando fui niña.

 

Nidia Cuan

ESTRATEGIAS PARA LLORAR

Para K y L

 

Una niñita se me acerca. Yo a veces no sé qué hacer con las niñitas cuando se me acercan, pero esta vez no tengo que hacer nada. La niñita tiene un objetivo muy claro: limpiarse las lágrimas y los mocos con la mano y  la mano con mi falda.

¡Ya no llores!, le grita su mamá mientras sigue viendo entre los percheros.

Todavía retumba la voz de su madre cuando la niña comienza a suspirar de manera entrecortada como si se fuese a ahogar. No parpadea y mantiene erguido su pequeño cuerpo. Conozco esa sensación. Está haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar.

Me agacho junto a ella y le pregunto por qué llora.

No sé, me contesta. Lloro.

Ven acá. Te va a llevar la señora, le dice su mamá. Las señoras se llevan a las niñas berrinchudas.

La niñita me mira con terror y se aleja de mí como si hubiese tenido una visión. Corre en dirección a su mamá e inmediatamente deja salir todas las lágrimas que se había esmerado en tragar.  Gime como si un dolor muy añejo, de muchos más años que los que tiene, se le acurrucase dentro. Súbitamente la niña recuerda que existo, me busca con los ojos llenos de rencor y saca la lengua en un gesto de claro desprecio. En un segundo ha echado al traste una ley tácita de convivencia: como a muchos, le han enseñado que llorar está mal; llorar sin motivo es un absurdo. Especialmente porque nadie sabe qué hacer con una lágrima. Sólo los débiles lloran y se limpian las lágrimas con las faldas de los extraños. Pero ahora no tiene por qué temer. Llora por una razón: hay una señora que se lleva a las niñas que lloran. La niña tiene un pretexto para dejar salir las lágrimas de ayer, de hace una semana, de hace un mes. Y yo también. Si alguien me pregunta, diré que lloro porque una niñita preciosa me ha mirado con rencor. Salgo de la tienda y discretamente comienzo a llorar.

 

Nidia Cuan

Superheroína

Para Alisma

 

Yo no sé muy bien cómo pero un día desperté sintiéndome SuperWoman. Hay mañanas que tengo suerte; días de sueño pesado en los que suena el despertador y no sé muy bien dónde estoy. Por dos gloriosos segundos pienso que estoy en París o que volví a los diecisiete y no he terminado la tarea de Biología. Me basta con abrir bien los ojos para descubrir el rectángulo de luz que se cuela muy tímido por la ventana de mi habitación; me paro a regañadientes mientras todos los habitantes de la casa continúan durmiendo y me convenzo de que hoy, otra vez, me toca ser SuperWoman porque ni conozco París ni me casé con Marty McFly.

Y entonces empieza el día. Reviso el Bullet Journal y veo que –maldita sea mi estampa–  tengo la nada despreciable cantidad de 18 pendientes impostergables para el día 15 de marzo: cinco están en la sección “cosas de la casa”,  diez repartidos entre mis cuatro trabajos y los dos restantes en “asuntos personales”. Por supuesto, paso de largo la sección “proyecto doctoral”, que casi todos los días amanece mirándome muy feo y enseñándome unos colmillitos harto simpáticos pero temibles. Y es justo en ese momento en el que me digo: “no, Nidia; no puede ser que unos cuantos pendientillos te derroten. Siempre has cumplido con todo”. Y no se diga más, me pongo mi capa, me como dos galletas y me lanzo por el mundo a desfacer entuertos y socorrer menesterosos.

Mientras manejo pienso en todo lo que haré cuando termine esos pendientes. Y me digo algo muy parecido a esto: “Voy a usar ese tiempo para dormir. No. Mejor para leer. ¡No, para escribir! No es suficiente.  Mejor para pintarme las uñas. O no porque pintarme las uñas implica mucho tiempo, mejor para limar las uñas. O no, mejor solo me las corto y el tiempo que me sobre me siento a no hacer nada”. A esas horas de la mañana, la resolución me parece sensata y justa, pero conforme va avanzando el día la malhadada capa me va pesando como si fuera un anorak, las mallitas me acaloran y el calzón se va encogiendo o tal vez mi compulsiva ingesta de carbohidratos para sobrevivir al día hace que las caderas se me ensanchen en un par de horas. A estas alturas siempre me topo con alguien que me dice algo como: “pero te ves muy mal, ¿no has dormido?” o “y eso que no tienes hijos” o “estás muy distraída, vives en la luna”.

Y aquí viene lo interesante. Cuando en días como hoy me pongo a reflexionar por qué rayos me comporto así, por qué se me rompen las ilusiones cuando me dicen que ando en la luna y que debo concentrarme, no tengo una respuesta. Nadie me dijo que tenía que ser Superwoman. Al parecer, nadie espera que haga todo lo que hago y permanezca fresca como una lechuga.  Y digo al parecer porque probablemente, para muchos, sí es lo esperado de una mujer adulta en etapa productiva. Esto de jugar al incansable es una cuestión aprendida: a veces somos los rescatadores y a veces los rescatados. En algún momento, mientras comía palomitas con mi hermano o quizá mientras mi mamá preparaba mi lonchera, se me quedó muy grabado que no bastaba con lo que soy, que al ser adulta tendría que convertirme en alguien, y qué mejor alguien que la mujer maravilla. Y así vamos por el mundo: para amar hay que rompernos los corazones; para trabajar, la espalda; para estudiar, quedarnos ciegos; para ser hermosos, mutilarnos. Somos, en suma, un ansia de no ser nuestros cuerpos, débiles, vulnerables, finitos, sin batería: demasiada carne para unos mallones de licra por lo demás ridículos.

 

Nidia Cuan

Cinco en rojo

Pasé de noche las clases de Física. No puedo decir que era una mala alumna. Me esforzaba mucho y cada que recibía una nota baja me convencía de la necesidad de encerrarme a repetir uno por uno los ejercicios que habíamos hecho en clase. Recuerdo con mucha claridad la inminente sensación de desastre que me impulsaba a aislarme del resto del mundo: dormía poco, comía menos y lloraba tantito entre ejercicio y ejercicio.

A la distancia me parece que mis problemas con la Física se resumen en que mi cabeza siempre termina perdida. Hace unas semanas, cuando la NASA anunció la existencia de tres exoplanetas con condiciones similares a las de la Tierra, mis cercanos tuvieron que aguantarme más de dos días hablando de flores que no son flores, pájarospezconpelo y humanoides que son horribles pero hermosos e inventaron una nueva manera de vivir que no se parece en nada a ir a trabajar y “ganarse” el dinero, porque eso de “ganar” y “perder” o “reprobar” y “pasar” no es otra cosa que una cárcel para matar el rato y evadir el infinito que nos espera nunca y siempre.

Y es ahí donde siempre llega el problema. En el infinito. Cuando estudiaba Física –no importaba si se trataba de velocidad o de magnitud– indudablemente pensaba en el infinito. Trataba de imaginarlo y me topaba con la imposibilidad misma de mi cinco en color rojo. Cerraba los ojos e imaginaba estrellas tras estrellas, polvitos galácticos, pero jamás podía acertar con forma alguna. Después de sumirme un buen rato en ese espacio indefinible, los números en mi escritorio habían dejado de importar. A la sensación de desastre le sucedía una nostalgia discreta pero persistente que jamás compartí con mi maestro.

Por eso pasé de noche sus clases: las pasé soñando, fuera del luminoso espacio de la vida humana o –mejor dicho– muy dentro: ahí donde conocí el tamaño de mi miedo, de mi cuerpo, pero también el peso exacto de ese cinco en color rojo y de esa nostalgia compartida con los otros que en nada opacan mi pequeñísima porción de infinito.

 

Nidia Cuan

 

QUIEN TIENE BOCA SE EQUIVOCA O LA REIVINDICACIÓN DE LOS INFIERNITOS

Para Sara

Para Sof

Hay un refrán que dice que no hay que gastar pólvora en infiernitos. En otras palabras, que no hay necesidad de invertir energía, tiempo o esfuerzo en nimiedades.

Curiosamente hay una vecina que me hace  recordar este refrán. Pensaba que de haber alguien que no gastase pólvora en infiernitos sería ella. Se trata de una mujer mayor –quizá de setenta o setenta y cinco años– muy amable, que pasa algunas tardes junto a la reja de su casa, saludando y observando a la gente ir y venir mientras soporta con temple de santa los ladridos de todos los perros que no muerden. Alguna vez me la he topado cuando salgo –presa de toda la cólera que acumulé por intentar hacerle a la imperturbable– a averiguar quién se estacionó en mi cochera. Nunca pero nunca puedo dejar de sentirme avergonzada de mis infiernotes. Al ver que me observa trato de termoregularme y me limito a sonreír. En esos momentos deseo con todas mis fuerzas sumergirme en el Leteo y finjo que reviso el carro para después entrar a mi casa a contar hasta mil y a hacer unos ejercicios de respiración que vi en la tele.

Y es que a mí los infiernitos me persiguen a todas partes. Soy piromaniaca, gastadora compulsiva de pólvora, llamarada a domicilio. Y eso, hasta hace muy poco, me parecía una imperdonable flaqueza de carácter.

Pero bien dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios; la semana pasada –de muy ociosa– me puse a pensar en los infiernitos. ¿Cuándo un infiernito se convierte en un infiernote? ¿En qué caso está justificado emplear hasta el último gramo de pólvora? ¿El respeto al infiernito ajeno es la paz o conduce a una insana multiplicación de infiernitos? Estas y otras preguntas por el estilo me ocuparon durante un buen tiempo. Y en medio de mi reflexión, justo cuando estaba más preocupada, me di cuenta de que sí: estaba gastando pólvora en infiernitos. Pero como una revelación me llegó ese otro refrán que dice que solo quien carga el costal sabe lo que lleva dentro. Y pensé que en ese caso la vecina debe tener también sus propios infiernitos. Por ejemplo, esas plantas en las que invierte todos sus esfuerzos nada más para que las destrocen los peatones o esa jauría de gatos que llega de improviso y nunca parece saciarse. Es decir, que en potencia todo puede ser un infiernito. Una nimiedad. Porque son los infiernitos, tan despreciados, los que de alguna manera nos hacen permanecer anclados al día a día. La vida, pues, no está hecha de grandes proezas, sino de hermosos y memorables infiernitos donde cada quien merecer arder –gritar, flotar, correr, reír, rabiar, preocuparse– hasta la médula.

Nidia Cuan