La soledad y los pueblos

para quienes saben de la hospitalidad

y no dudan en compartir su saber

 

 

Siempre he sido sola. Así, con la contundencia del ser y no el capricho pasajero del estar. Y digo que he sido sola no porque no guarde lazos estrechísimos con seres a los que me vinculan muchas formas de amor, sino porque cuando estoy conmigo encuentro un sentido muy puro de realidad que se proyecta en los espacios que habito y los objetos que me rodean, como si a través de ellos se manifestara la vida misma en su más nítida expresión.

Esta suerte de soledad no implica estar aislada o incomunicada del prójimo, sino que tiene lugar en un instante de contemplación donde lo observado me absorbe por completo y me devuelve otra. Ante nuevos paisajes, imágenes, músicas y ritmos de vida suceden el asombro y esa cápsula de tiempo capaz de iluminar las cosas con nuevos matices.

Suele ser difícil sumergirse en esta soledad cuando lo cotidiano nos apresura con sus urgencias y pendientes, pero de repente, un descanso de segundos posando la mirada en una planta, en el agua que corre, en el viento balanceando el césped, puede también transportarnos a ese sitio.

Estos últimos días he visitado algunos pueblos pequeños, pequeñísimos a decir verdad (dos de ellos rondaban los 150 habitantes). Repasé sus callejuelas y sus monumentos históricos, sus ruinas y sus campos, sus iglesias y plazas. Más allá de los siglos que cargan a cuestas, en cada palmo de tierra, en cada muro derruido, en cada jardín cuidado con esmero y en cada fuente, fui encontrando múltiples espacios de esa soledad donde la vida se revela en todo su esplendor, como si en cada porción de espacio palpitara algo que florece únicamente para quien se detiene a mirar.

Ahora vuelvo a una de esas que llaman grandes ciudades y recuerdo con una enorme gratitud la hospitalidad de los pueblos, recuerdo también las palabras de Pavese que desde hace mucho tiempo me acompañan y explican a la perfección el sentido de esta soledad: “un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

 

Karla Marrufo

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Antípodas

La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita.

J. Millás

Dicen que exactamente del otro lado del mundo tenemos un antípoda, una suerte de doble cuya vida transcurre de manera paralela a la nuestra, pues su pensar, sentir y actuar encuentran eco en el devenir de nuestra vida y viceversa. Aunque la vida propia y la de nuestro antípoda se interrelacionen con tal intensidad, dicen que resulta imposible llegar a coincidir con nuestro doble, ya que en el momento en que decidamos recorrer la mitad del mundo para llegar al otro extremo, es muy seguro que nuestro antípoda haya tenido el mismo pensamiento y llegue al punto de donde hemos partido.

Recordando las pésimas decisiones que he tomado en la vida, imagino a mi antípoda (a quien por razones que ahora desconozco llamaré Emilia) maldiciéndome por meterla en problemas con sus padres, por ser irresponsable, por decir que sí a todos, por no saberse perdonar, por no arriesgarse lo suficiente. Pero también, evocando aquellas situaciones en que no logro explicarme las razones de mis actos y mis palabras, un gesto de reclamo hacia Emilia se me escapa hasta el otro lado del mundo.

Quizás ahora Emilia esté escribiendo algo sobre mí, mientras combate un obstinado dolor de cabeza en una ciudad ajena fundada a la orilla de un río. Debe encontrarse en un punto de su vida donde ha depurado sus días de preocupaciones y compromisos, y aspira a llegar en cualquier instante a una serena calma largamente añorada. O no, tal vez esté preparando una gran sorpresa para nosotras y que yo aún no he logrado identificar en mi pensamiento.        

Saber que Emilia existe podría ser un modo de evadir mi responsabilidad, de escudarme en ella y culparla por mis actos y omisiones. Sin embargo, también es una forma de estar acompañada, de no enfrentarme tan sola a esa reconstrucción del mundo que he de habitar y que me habita. Ella, ahí, del otro lado, debe estar pensando lo mismo.

 

Karla Marrufo

El infinito mapa

El secreto está en dejarse llevar,

aun el timonel ignora

su real destino: el infinito mapa.

J. Esquinca

 

Llevo tiempo esperando un tiempo que ha llegado: el tiempo del dulce no hacer nada. Y así, de un día para otro, me encuentro suspendida en ese tiempo como si flotara en la imprecisión de las cosas que apenas suceden.

Regreso ligera a la ciudad que alguna vez fue y poco a poco voy reconociendo este sitio donde las gentes se mueven al ritmo de sus voces espesas y unos larguísimos días de verano. Me incorporo muy lentamente, como si al volver a dormir continuara el sueño truncado que apenas comenzaba a tener algo de sentido. Me pierdo en estas calles como si fuera la primera vez, aunque casi de inmediato reconozco las sombras, los colores, los vértices inconfundibles de ciertos edificios.

Regreso y no hago nada y esa nada es dulce pero confusa. Tanto nos obligamos a vivir para el futuro que cuando no hay más que presente nos sentimos un poco a la deriva. Así he empezado a dejarme llevar, despojándome de lo innecesario, intentando “vivir con lo que salvaríamos de un naufragio”

:

con nada o casi nada

apenas unas hojas y una pluma

y libros

unos cuantos

|nada o casi nada

              recuerdos

no ocupan mucho espacio y siempre

              siempre

nos llevan de la mano a lo imposible

|una fotografía quizás

            pues cómo no ayudar a la memoria

|un amuleto

|una navaja

|ningún espejo

            nunca ningún espejo

|y así, con solo apenas eso, dejarse llevar por el infinito mapa del dulce no hacer nada o del naufragio.

 

 

Karla Marrufo

Los dichos de Irene

Irene decía que no importaba lo mal que las cosas estuvieran, siempre iban a estar bien. Cuando lo decía, y esto podía suceder en las circunstancias más diversas, yo comprendía su afirmación de modos muy distintos, uno más superficial que el otro. Frases hechas y tontas como “ve el lado positivo de las cosas” o “después de lo malo siempre viene algo bueno” acudían a mi cabeza cada vez que intentaba develar el misterio de su optimismo.

Irene solía decir que lo mejor de todo era que uno siempre podía ser feliz sin dejar de estar triste. Y ponía especial énfasis en ser, dejando muy en claro que no quería decir estar. Yo le sonreía con una candidez condescendiente y sincera, aunque tampoco lograba asimilar muy bien el sentido de lo que entonces me parecía una más de sus frases contradictorias.

Irene decía que sólo entre los tontos incomoda el silencio. Y entonces ella callaba con una media sonrisa de lo más elocuente y así nos perdíamos horas en la genialidad de un diálogo silencioso que casi dejaba escuchar el ascenso del humo del cigarro y el café, y el desplazamiento de la tarde cuando se convierte en noche.

Irene creía en la reencarnación, en la felicidad, en el destino, en las coincidencias, en los sueños y sus revelaciones, en las personas y sus promesas, en las sonrisas tanto como en las lágrimas, en la música, en la luna, en que el mar era siempre el mismo y nunca igual, en la poesía –en especial en Altazor–, en la capacidad revitalizadora de una puesta de sol, en los múltiples universos esbozados en los ojos de los gatos, en la generosidad, en el sentido del humor y en el sentido común, aunque sabía que era el menos común de los sentidos. Además, Irene creía que la respuesta a todas las adversidades con el prójimo debía buscarse en la amabilidad, en una amabilidad genuina aunque costara un enorme esfuerzo manifestarla, en una amabilidad acompañada de una leve sonrisa y una mirada de confirmación.

***

Sobreviviendo voy a los plazos inaplazables de inicios de junio. Han sido estos últimos unos meses amontonados, llenos de asuntos en desorden, como si el tiempo se hubiera cambiado de casa y todavía siguiera con las cajas a medio vaciar, desperdigadas por todo el espacio de los días. En medio del caos volví a recordar los dichos de Irene y haciendo balance advierto que las cosas han estado mal pero que nunca dejé de creer que seguirían estando bien, he sido inmensamente feliz sin dejar de estar triste un solo instante, he guardado silencio y he sido amable aun ante la hostilidad del prójimo. Sigo creyendo en las felices coincidencias, en las promesas, en el mar y en los sentidos revelados en sueños. He procurado ser generosa y vivo atenta a los múltiples universos que habitan en los ojos de los gatos y en la poesía…

No se trata de una receta, pero descubro que funciona: al final de cada día, la vida se convierte en una suave complacencia, en una certeza –pequeñita, pero al fin y al cabo certeza– de que ser parte de este universo, de esta dimensión, es un privilegio maravilloso.

Caleidoscopio [1]

En la costa más clara y en las playas solitarias que ya no existen una misma voz siempre distinta me estuvo repitiendo que en cada agujero del mundo hay una sorpresa, que la vida se encuentra tanto en las entramadas galerías de un hormiguero como en el soplo de aire que se rompe cuando los perros de la calle se hacen uno en sus ladridos, porque todo perece en su propio movimiento y renace asimismo en la quietud de lo que fue o porque quietud y movimiento son muerte y vida en distintos círculos concéntricos.

Puse el oído atento en el ombligo de un recién nacido y escuché un coro de sangres replicando las notas escritas, tramo a tramo en la piel de una madre que escucha, de una abuela que escucha, de una bisabuela que escucha, así también sílaba a sílaba, la misma canción de cuna.

Alcé las manos para tocar la oscuridad más profunda de mi sueño y ahí encontré la bondad de mi memoria configurando espacios luminosos de perfecta acústica para que habiten siempre, hermosos y sutiles, para que no dejen de hablarme nunca en el abrazo, todos y cada uno de mis muertos.

En la redondez exquisita de una gota de sudor que resbala por mi frente descubro el reflejo de todas las células que se multiplican belicosas, coloridas, entre el bien y el mal; y todas en su lucha son una fiesta de destinos arracimados, deformes, contráctiles, estriados, que sólo detendrán su danza en espiral cuando exhalen por fin el último aliento para comenzar de nuevo hospedando gusanos y semillas.

En el olor de la hierba recién cortada, en el de la lluvia que no llega, en el del flamboyán que se abre a punto del verano, encuentro a la niña que jugaba con la tierra y en la cúspide del árbol, la que respiración contenida se estiraba saladamente hasta tocar el fondo del mar, la que miedo vencido escapó de casa a la mitad de una noche anaranjada. La encuentro y me sonríe: “te lo dije, en cada agujero del mundo hay una sorpresa”.

Porque todo perece y renace en su propia quietud y en su propio movimiento, a veces somos ese ojo que espía lo evidente y lo insondable, lo que ha sido y lo que en las tardes de nostalgia imaginamos que fue, lo que se multiplica a nuestro alrededor con la vitalidad instantánea de lo que se sabe sorpresa y está a punto de la revelación.

[1] Parafraseando a Tamara Kamenszain.

Karla Marrufo

Autosabotaje

Siempre me ha conmovido la compasión implícita en un reloj que de pronto se detiene. Imagino que al mirarlo, en su tiempo congelado, me dice “mira, no vayas deprisa, no te aflijas, sigue durmiendo, come despacio, lanza de nuevo la pelota a tu perro, no pasa nada, he detenido el tiempo”.

También imagino que se trata de una decisión y no de un destino impuesto por fuerzas ajenas. Así, el reloj decide no andar más y yo me pregunto qué aspecto del mundo le habrá llevado a tomar esa decisión

:

si será el peso de lo cotidiano, con su aplastante segundo a segundo

si será la nostalgia por el tiempo desbordado de alguna pasión inconfesable en su minutero

si habrá en él una voluntad en rebelión negándose a seguir las convenciones temporales

si sabrá que la inmovilidad es el ámbito más puro para la existencia plena.

Me pregunto también por qué decide detenerse a una hora particular. Busco señales, regreso sobre mis pasos intentando recordar qué sucedió en ese momento, le atribuyo posibles sentidos a la hora fijada definitivamente.

En tiendas de antigüedades, en bazares, en una de las casas donde alguna vez viví, he visto cementerios de relojes, todos abandonados, todos detenidos. Y en ese espectáculo de un espacio destinado a albergar la representación más vívida del tiempo muerto, he encontrado la mejor expresión de lo que es la vida: una colección de momentos cristalizados en el cementerio de la memoria, algunos aún brillan pero no hay posibilidad de continuidad en ellos.

Tal vez a esto se deba mi afición por los relojes, a la esperanza de que algún día se detendrán para hablar de mis prisas innecesarias o de sus nostalgias, para recordarme que la paz existe en algún lado, para hacer de cada momento un posible tesoro en mi archivero personal.

Pero al escribir esto miro mi reloj más nuevo, veo la hora y también advierto el autosabotaje: es solar, no utiliza pila, se carga con la luz del día o la de cualquier foco y, por supuesto, nunca se detendrá.

Karla Marrufo

#SiNosMatan

Catalina Kühne

#SiMeMatan

Si me matan me gustaría que en el momento en que inventen la historia de mi vida, sean un poco más creativos, que no sólo sugieran que mi comportamiento relajado en hábitos sexuales, sociales o inclusive de vestimenta, eran indicios claros de que merecía ser asesinada.

Unos pretextos con un enfoque más literario, algo, por ejemplo, en el género de la acción. Que sí, claro que era obvio que algo tenía que sucederme, pero como respuesta directa a mis acciones, porque en realidad mi otra yo, era una vengadora anónima y sanguinaria que se ejecutaba a la primera persona que se le pusiera en frente fuera hombre, mujer o quimera.

O apelando a la ciencia ficción, decir que no morí, que simplemente me deslicé asqueada a un universo paralelo en donde no es necesario cuidarse de nada, ni de nadie. Oh, adorable utopía.

También podría hablarse de un misterioso asesinato del tipo de Agatha Christie que incluyera pistas ocultas en letras de canciones infantiles y mensajes misteriosos traídos por guapos extranjeros desde un tren del Cairo.

Vaya, aunque fuera que me hicieran un ataúd de cristal y me dejaran en animación suspendida esperando que llegara alguien a salvarme al darme un beso de amor verdadero.

También se valdría la clásica de que me suicidé, pero publicando mi carta en los periódicos, una carta en la que explicara con hermosas palabras e impecable retórica que este mundo ya no vale la pena porque sus inventos, además de ser una agresión directa a las víctimas, no tienen chiste, sabor, son trillados y aburridísimos.

*****

Abby García

#SiMeMatan

Que se sepa de una vez y que lo sepan por mí. Que se sepa antes de que me maten.

Viví cuatro meses en unión libre con un hombre que enseguida me dejó por otra.

Me gusta coquetear y bailar cachondo. Me gustan los tatuajes, tengo varios. Me gusta la literatura erótica y las historias perturbadoras de la Deep Web.

No me da pena pedir caguamas ni tomar directo de la botella. Abuso de las malas palabras a la menor provocación. Tuve un hijo fuera del matrimonio y sólo lleva mis apellidos.

Me he enamorado tres veces de hombres que conocí en internet. Volvería a hacerlo sin problema.

He regresado a casa de madrugada, caminando, sola y medio borracha. O muy borracha. He hablado con extraños. He bebido con extraños. He aceptado aventones de extraños. He besado a extraños.

Me maquillo sólo para subir selfies a mis redes.

No exijo pensión alimenticia pero a veces tengo que pedir prestado en el trabajo porque mi sueldo no me alcanza. Me acomplejan mis piernas y mi cadera ancha, aun así uso vestido, minifalda y pantalones entallados. Me quejo de estar soltera pero le digo que NO a los hombres que no me gustan.

He viajado sola. He comido sola. He visto porno, sola.

No me gusta lavar los trastes. Pospongo el quehacer hasta que no se puede vivir más en la casa. Creo en los horóscopos, en el tarot, en el karma, en la reencarnación, en un primer motor de todas las cosas y en la existencia de las buenas personas.

Juzguen ahora que lo saben. Júzguenme. Lo confieso por si me matan.

*****

Alisma De León

#SiMeMatan

Sería tanto lo que podrían decir:

era una descuidada, iba a cualquier lado, a cualquier hora, daba vueltas innecesarias, aceptaba compromisos sin fijarse, manejaba de noche, era divorciada, no iba a la iglesia, usaba escotes, maldecía, se maquillaba en exceso, llevaba siempre la boca roja, era lesbiana, tenía muchos novios –o no tenía ninguno–, acostumbraba andar por la calle sin  compañía, incluso la vieron en un cine o un café sola, alguna vez se la encontraron caminando con alguien que traía un tatuaje, ella misma tenía uno, dos o muchos –escondidos o a plena vista–, compartió casa con un hombre, de cascos ligeros, una golfa, una payasa, chocante, impertinente, con dos tarjetas de crédito hasta el tope, estudiante mediocre, ratón de biblioteca, coqueta, platicaba con quien fuera –hombre, mujer, joven o viejo–, salía a la calle en mini falda, pantalón a la cadera, leggins, necia, inconforme, usaba demasiado Facebook, Instagram, Twitter, chateaba con gente que apenas conocía, subía selfies, anunciaba donde estaba y lo que hacía, no medía sus palabras, andaba de fiesta hasta la madrugada, visitaba bares y cantinas, tomaba poco o en exceso –margaritas, vodka, tequila, cerveza–, fumaba, se drogaba a veces, era una creída, mala influencia, mala hija, mala madre, mala esposa, mala novia

Si me mataran mañana y se dijera algo de todo eso o todo eso junto, incluso tú, que sabes quién soy y la parte que de lo dicho es mentira, dudarías.

*****

Nidia Cuan

#SiMeMatan dirán

que era demasiado confiada, que le sonreía a los extraños, que siempre terminaba hablando con desconocidos. Si me matan dirán que revelaba mi información personal con demasiada facilidad, que tocaba mucho a las personas, que hacía muchas preguntas, que usaba vestidos cortos y pantalones entallados, que no me vestía como una mujer casada, que no me vestía como una mujer de mi edad. Dirán, seguramente, que siempre tuve amigas sospechosas, que me juntaba con “hippies” y drogadictos, que muchas veces salía sin mi marido, que tenía amigos que me llamaban a menudo por teléfono, que me escribían cartas, que me buscaban siempre. Dirán que tomaba terapia, que iba al psiquiatra, que nunca se sabía qué esperar de mí. Si me matan, dirán que salí de mi casa cuando tenía 18 años, que nunca me cuidé como debía, que les contestaba a los que me gritaban en la calle.

Dirán, no me cabe duda, que fue una consecuencia lógica, que no se podía esperar otra cosa.

*****

Lolbé González

#SiMeMatan dirán:

Que nunca pagué las multas de tránsito.

Que pasé cuatro años sin devolver un libro a la biblioteca y otro me lo quedé para siempre.

Que tenía la sospechosa costumbre de planear qué ropa ponerme. Una coqueta.

Que usaba un piercing en la nariz, signo claro de inestabilidad.

Que me gustaba mucho estar sola.

Que iba a terapia.

Que me enojaba con facilidad o me emocionaba demasiado ante situaciones anodinas.

Que cantaba canciones de despecho en el auto como si tuviera roto el corazón a perpetuidad.

Que encontraba en todos lados un motivo para hablar de feminismo y a veces lo hacía hasta caer mal.

Que no entendía un comino de los trámites de hacienda y vivía con el miedo de me fueran a embargar.

Que, en ocasiones, se me antojaba un trago de cerveza como sólo se puede antojar un beso.

Que nunca superé la adicción a ciertos dolores.

Que renuncié a un trabajo estable para vivir quién sabe cómo.

Que adquirí una deuda bien grande.

Que una vez robé un chamoy de la farmacia, mentí, usé calzones gigantes, traicioné, no comí frutas, lloré, salí sin sujetador, pasé días sin comer, hice trampa en el examen, olvidé ponerme desodorante, me bañé desnuda en el mar.

Si me matan dirán que parecía una buena amiga/hija/nieta pero que estaba llena de secretos. Que por eso me mataron.

*****

Mónica Flores

#SiMeMatan

Dirán que era una control freak… pero hagan exactamente lo que les pido. Amen con locura a quienes amé y me aman, den apoyo y consuelo, porque cada persona a la que le falta alguien por violencia sufre lo indecible. Persigan y juzguen al asesino en lugar de ser viles conmigo. Al funcionario que no pueda garantizar justicia y seguridad para su pueblo o comunidad, (qué va a renunciar), sáquenlo. Aspiren a un pueblo nerd, sensible, solidario y bondadoso y hagan lo que tengan que hacer para construir en esa dirección.

*****

Asenat Velázquez

#SiMeMatan  (que no deberían. Nadie, absolutamente nadie debe matarme.)

Pero por si las moscas, me matan, no inventen cosas de mí, por ejemplo: que fui muy buena persona, una persona increíble o cosas por el estilo. Ya muchos saben que no es cierto, yo lo sé.

Si me matan, para no llevarme cosas pesadas a la tumba, informo que sufrí acoso callejero y da miedo, acoso laboral pero el jefe –es jefe – y siempre gana, violencia de pareja (de esa que hace que prefieras quedarte sola). Y sobreviví, así como muchas sobrevivimos.  Nos matan el alma, eso sí, de ahí nos quedamos muertas.

Si me matan, muchos dirán que es porque vivo en Reynosa. Pero informo que ya me apuntaron con armas largas y levanté las manos, estuve con mi grupo de estudiantes bajo los mesabancos mientras las balas cruzaban por la calle y salimos ilesos. Digan que me dedico al arte. Que no soy tan mala persona.

Si me matan puede ser que digan que es porque bebía cerveza, salía de noche, provoque a alguien, tenía un brazo desnudo, levante la ceja, mi cabello era provocador, llevaba zapatos abiertos y mi pie se veía expuesto e incitaba, o algo más absurdo.

Pero si me matan y mi cuerpo no aparece, entonces sí. Digan cosas bonitas, aunque sean mentiras. Porque siempre se hablará bien o mal del que no está presente.

Pero entiendan, nadie debe de matarme. No doy ni el permiso ni la autorización para hacerlo. Solo digo si me matan, porque hay cientos de mujeres que no alcanzaron a decirlo.

*****

Karla Marrufo

#SiMeMatan

dirán que era antisocial, depresiva, arrogante

que siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta

que mantuvo en la friendzone a varios hombres buenos

y que sin embargo solía usar vestidos escotados y cortísimos

dirán que viajaba sola o sólo con amigas que es lo mismo

dirán que vivía sola

caminaba sola

hacía las compras sola

paseaba al perro sola

se paseaba a sí misma sola

que se dormía en trenes, aviones, autobuses, como esperando a que algo sucediera

dirán que nunca se casó ni tuvo hijos, que despreció desde siempre su instinto maternal

dirán que era atea, agnóstica, esotérica y coqueteaba con la santería

que el orden impecable en su casa delataba sin duda un trastorno psiquiátrico

y que en realidad nunca tuvo amigos

dirán que sin embargo se le solía ver acompañada de lesbianas, homosexuales, transgénero, teatreros, músicos, literatos en general y poetas en particular, todos ellos tatuados, con los cabellos de colores y perforados de las narices y otras partes menos decentes

dirán que a veces se desaparecía semanas enteras

            seguramente para dedicarse a los sacrificios que exige la santería

            seguramente para participar de orgías pérfidas con esa caterva de hippiosos

            seguramente para empastillarse hasta la inconsciencia

y luego reaparecía como si todo estuviera tan normal

dirán que bebía demasiado

dirán que era abstemia y eso no es normal

dirán que parecía que siempre estaba mariguana

dirán que nunca fumó pero seguro se metía otras cosas

dirán que la mataron porque para un ser así no había lugar.

*****

Sandra Ramírez

#SiMeMatan

Si me matan quisiera conocer antes el papel que desempeñaré cuando esté inerte. ¿Seré una alcohólica? ¿Una drogadicta? ¿Una ramera? ¿O las tres cosas?

¿Representaré un caso de violación provocada?, ¿seré una infiel de quien se vengó su pareja? o ¿seré una mujer con problemas emocionales que no pudo con su lamentable vida?

Si ven mi cuerpo y no soy suficiente para un papel, quisiera saber cómo manipularán mi historia.

Si me culparán por viajar sola y ponerme a merced de cualquier asesino. Si mi derecho a decir lo que pienso me dará el pase directo a una fosa clandestina. Si no fui precavida cuando quise verme bonita para salir y usé un vestido corto con escote. Si comprar libros y no tener tiempo suficiente para terminarlos dará la señal para asesinarme.

Quiero tener claro si mi nulo interés por ser ama de casa, tener sexo, hijos, novio y una deuda hipotecaria, son razones suficientes para que cualquiera termine con mi vida.

Me gusta salir, gastar dinero que no tengo y hace rato que dejé de ahorrar para el futuro. Me desvelo aun cuando tengo sueño.  Veo series que no me gustan sólo porque son populares. Escucho música que no encasillo en ningún género.  Canto a todo pulmón de regreso a casa cuando manejo de noche. Continúo una discusión hasta desgastarme por buscar una empatía que no existe en la otra persona. Me apego a la gente porque siento que lo necesita y malamente me engancho cuando lo necesito yo.  Me falta frialdad.

Mando mensajes en la madrugada, reviso whatsapp aun cuando no recibo alertas de respuesta. No me gusta Facebook, pero parece un requisito social. Muestro mis sentimientos demasiado pronto. Sonrío, muchas veces, con esfuerzo. No me permito llorar, cuando lo hago desahogo el llanto luchando contra la asfixia que provoca. Me gusta besar. Disfruto dar un abrazo sin que me lo pidan, porque mi ego piensa tener lo que el otro requiere, pero muchas veces yo lo necesito más. Estoy enamorada de un chico mucho menor que yo. No me maquillo lo suficiente, no me visto llamativa, jamás me he pintado el cabello y tengo miedo de operarme la vista.

Quisiera saber, antes de cerrar los ojos, cómo quedará mi historia, o tener claro si se dejará por un lado la vida que tuve para inventar una a placer del público.

Ven conmigo y ve [1]

Para quienes se desaniman a veces.

Para quienes no saben cómo.

Para quienes han sobrevivido.

Para quienes están por nacer.

Ven conmigo y te diré. Súbete, observa por encima de mis orejas que son la espiral menos áurea que existe, ven y contempla desde ahí arriba cómo manufacturan sus nidos de hamaca las oropéndolas.

Ven y ve los sargazos rojizos desvelarse a la orilla de tus sueños y los míos, en la costa de este mar verde opulencia, y ve cómo nos ven nacer con cada ola.

Ven y ve los cabellos al viento de las mujeres de esta tierra y el calor en sus pupilas y en sus manos, en las bolsas cansadas de sus frutas y en las semillas de naranja que han dejado en las aceras.

Ven y ve las parejas de enamorados besándose a la luz de este sol de piedra, a la sombra que no existe bajo nuestros árboles y que imaginamos a veces como mundos de tarjeta postal.

Ven a desahogar tus instintos brujos, tus miedos, tus lamentos, ven y ve cómo el sol rebota siguiendo cada uno de nuestros pasos hasta aventarnos a una versión del paraíso ubicado al fondo de un tarro de cerveza.

Ven y ve cómo está lleno de amor por ti mi timo deforme y sus arritmias, mi uña más encarnada en el pulgar de mi pie izquierdo, mi estrabismo sin fin y los puntos suspensivos atascados en mis cuerdas vocales. Ven a verte renacer y sobrevivir en la piedra azul que he guardado en mis riñones.

Ven y ve cómo a veces podemos reírnos cual gallinas y ver que nuestra risa se eleva con un aleteo de mangos y cocodrilos.

Ven a verte sobrevivir en la lluvia promesa, en el cielo amarillo de inmortales lunas blancas.

Ven y ve a los gatos que abandonan la sombra para unirse en un duelo jadeante, amoroso, fértil, lleno de agudos espejismos donde siempre nos reflejamos.

Ven y ve cómo a veces nos morimos de tanto no saber de qué color son las dudas que nos cercan, las interrogantes que nos miran de frente como incitando al duelo. Ven a aliarte conmigo contra las torres de Babel y los gigantes.

Ven y ve cómo te llamo, cómo nos miro, cómo nos vamos por un sendero de agua tapizado de recuerdos que no fueron pero que siguen latiendo.

Ven y ve cómo lo ciudad es nuestra cuando el crujido y el humo entonan su canción más desafinada y uno se alegra porque sí porque a veces porque siempre porque nunca porque no hay más, porque camina y porque el sudor y el viento ardiente, porque está vivo, pues.

Ven y ve y te diré, todos los días, mira, aquí estamos, renacemos, sobrevivimos.

[1] Invitación estilo Palinuro.

Karla Marrufo

Reencarnación

A veces eres el viento desordenando árboles, pájaros al vuelo, los escritorios de aquellos sitios donde nadie alcanzó a cerrar a tiempo una ventana, ni a detener la cortina que volcó el café sobre los papeles importantes.

Ciertos días te he escuchado guardar el silencio más justo entre el trinar mañanero de las aves. Otras veces te he visto precipitarte, ola sobre ola, en la arena, como si marcaras el compás de una canción donde nunca figuró la mujer con sombrero.

Sé que en las noches claras recapacitas en la luna, en las nubes ausentes, en los años luz de fuego extinto en las estrellas. Te he visto espiral cuando el humo del incienso se aletarga en una calma tres veces eterna, así como en el vuelo áureo de ciertos insectos.

Cuando abrazo a los seres que amo, cuando apoyo mi rostro en la almohada, cuando mi mano amortigua la espera en mi barbilla, escucho tu aleteo de hojarasca, libre y viva.

A veces también es tu voz la que vuelve para decirme cómo se escribe una palabra, para despertarme dudas, para repetir la broma infalible, la afirmación más oportuna, la palabra del adiós.

En el tiempo te desplazas con prisa y con cautela, con el vértigo de la inmovilidad amenazada. Y es en esa convención del segundero donde sé que a veces caminas, como siempre fue tu costumbre, sin volver la vista atrás.

Has sido el hilo entretejido en mis pulseras, los centavos que encuentro al azar en el camino, mi café siempre portátil, las páginas de los libros que llevo conmigo a todas partes, mi caligrafía más despreocupada, la torpeza y la debilidad creciente de mis manos. No me creerías si te dijera que incluso eres a veces la mirada infinita y caleidoscópica de mi perro, su suavidad de nube y su abrazo impostergable.

Justo ahora, en medio del viento implacable de un abril que inicia sin titubeos, escucho tus palabras al decir “yo sí creo en la reencarnación” y mi ingenuo intento por querer saber en qué pensabas reencarnar. Ya comprendo la elocuencia del silencio con que entonces respondiste y tu media sonrisa de punto final, ésa que últimamente se me ha venido apareciendo, al final de cada día, en el espejo.

 

 

Karla Marrufo