XXVII. Sandía

Cuando Sandía eligió, allá en Beijing, allá en su clase de español, llamarse Sandía en lugar de Sun, le pareció que la palabra era una sonrisa franca y fresca. Quedó prendada de los cuadros de Rufino Tamayo y de los rojos que tenían un matiz alegre. Pero llegada a las tierras mexicanas donde nadie sabe ya con qué comerse su dolor, el nombre Sandía desató burlas, parecía cargar con una nube del ridículo. La sonrisa que calculó generar, desaparecía, como si a la paleta de Tamayo le hubiesen caído chorros de cinismo lúgubre, llevándose los colores oaxaqueños.

Sandía debía tomar una decisión: cambiarse el nombre o intentar abrirle un espacio a su inocencia, a la candidez con la que se enamoró de un color y de una palabra justo en el país donde esa palabra tenía algún significado dulce.

Abrió su Facebook y por todos lados estaba la noticia del rinoceronte blanco que acababa de morir. Ningún emoticón, ningún comentario, meme o pensamiento era suficientemente triste. Ella estaba en estación Tormenta y, de pronto, supo cómo se sentía sentirse devastada. Levantó la vista del celular. ¿Cómo podemos seguir así? Tenía ganas de gritarle a todos “el hermoso rinoceronte blanco está a punto de desaparecer para toda la eternidad, carajas madres” (todavía no sabía enojarse bien en español) e imaginó un mundo en el que todos se detenían en shock, luego lloraban, luego sus vidas se modificaban para siempre adquiriendo una sencillez iluminada en la que las prioridades cambian. No un shock como cuando murió Xu Ting o David Bowie, no. Un shock cuya inercia comenzó en el inicio de las especies, cruzó todos los tiempos y vino a estamparse frente a nosotros en el año 2018. Pero Sandía no dijo nada. Lloró sola y el poquísimo rímel de sus pestañas escurrió en gotas negras sobre su blusa.

Dejó un comentario en una página de periódico lamentando la muerte del animal. No había terminado de leer los otros comentarios cuando comenzaron a atacarla por su nombre. “¡Me voy con melón!”, le decían. “Sandía, qué pinche feo nombre te pusieron”. “Cállate, pinche fruta”.

Sandía cerró su teléfono sin tomar ni media letra personal. Era algo más triste. Como si el mundo forjara un horizonte de piedras lanzadas por manos bárbaras. Los rinocerontes blancos de todas las especies y sensibilidades, ¿con qué contaban?, sus defensas eran fantasmales, su amor por la vida muy etéreo, tomaba tanto tiempo y trabajo materializar una vía para cruzar ese horizonte que parecía imposible.

En este día tan triste, el shock atemporal no hizo vibrar a muchos ni un poquito.

Sandía tuvo el deseo de saltar a las vías en ese instante. No lo hizo. Secó sus ojos. Dejó bajar a las personas con prisa. Abordó el tren repleto. ¿No sería ella misma un rinoceronte blanco?

 

Mónica Flores Lobato

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Monique

Soñé que estaba en estación Tormenta, pero también era mi casa. Soñé que entraba al andén y una mujer parecida a mí exhalaba intimidad como si estuviera desvistiéndose en su recámara.

La mujer parecida a mí seguía retirando cada prenda y colocándola cuidadosamente en el piso. Se levantaba un poco de polvo. Me acerqué y le dije “¿no tienes miedo?”. Pero no me escuchó. Se quedó en ropa interior y echó a un lado su cabello largo. Comenzó a tejer una trenza bastante suelta. Di un paso atrás. Una señora, con tono chismoso y cómplice, se acercó a comentar: “¿está sola? ¿Está pidiendo que la ataquen?”.

Hubiese querido defender el derecho a la desnudez como un gesto radical, pero en mi pesadilla una mano invisible me amordazaba y se extendía sobre mi cabeza y la empujaba para que asintiera y exprimía mi garganta para que le dijera a la señora “sí, qué barbaridad, sí, sí, es terrible”.

Llegó el tren y bajaron de él hombres y mujeres en tropel. Se abrían líneas, como si fueran hormigas quienes iban a las salidas, rumbo a sus trabajos. Los que se dirigían hacia la mujer parecida a mí eran otro tipo de animales. Unos tipos enterraban el cuello entre los hombros riendo como idiotas, tocándole los senos a la mujer parecida a mí como si estuvieran tocando palabras que suenan sucias. Unas mujeres le gritaban “Tápate, loca. Qué haces. Tápate”, y aceleraban el paso. Un hombre desabrochó su cinturón con el gesto idéntico al de un comensal que se coloca una servilleta blanca sobre la camisa antes de atascarse de carne. Tuve una elipsis, todo se fue a negro. Luego vi que la mujer parecida a mí entraba de nuevo a la estación. Se detenía en el andén como si estuviera en su recámara. Volvía a retirarse prenda por prenda. Le pregunté “¿Por qué haces esto?” y dijo: “El sábado entraron a mi casa. Nadie debió hacerlo sólo porque está en la calle. Porque no tiene alarmas”. Y yo entendí, no sin una enorme opresión, que perdimos el derecho a la herida. Otra vez, negro.

Me quité las prendas y la sensación en mi cuerpo era la de quitarme capas de yeso, mi piel tenía ese peso, esa textura, ese color. Sentía la exposición total de mis ladrillos. Sabía, como en un deja vú, que cuando se abrieran las puertas del vagón los salvajes bajarían en jauría sobre mí. Me culparían por frágil. Por expuesta. Por no tener rejas suficientes ni chapas de alta seguridad. Y yo era, en esta reencarnación, una casa defendiendo su derecho a estar vulnerable. Mi esperanza era una mujer parecida a mí que me observaba con miedo e incredulidad a unos metros de distancia. Alguna otra, algún otro.

Y de nuevo, cuando la jauría bajó del tren, nadie entendió mi protesta.

“La culpa no es de la casa”, alcancé a decir, antes de despertar agitada.

 

Mónica Flores Lobato

XXV. Samya

El Colectivo Pink Hat convocó a las 13 horas para una protesta de besos en estación Tormenta. Algunos despistados creen que se trata de besar a quien más les guste. Otros creen que será uno de esos experimentos que circulan por internet donde tienen que mirarse fijamente a los ojos por un minuto y luego besarse apasionadamente. Lo que Samya sabe, porque ha ido a varias protestas, es que el evento consiste en agrupar a las personas por sus preferencias políticas y después de que todos han accedido a participar con un beso, se les comunica que besarán a alguien del grupo contrario. Samya piensa que detrás de cada boca hay una cabeza con una acumulación de ideas más o menos correctas, más prejuicios, desinformación, conveniencia, y, porque se siente una persona promedio, que probablemente su cabeza tenga más o menos la misma cantidad de basura que la de los demás. Pero en algo sí cree y es en la abolición del odio. Odiar sólo lleva a la ruptura, lo sabe porque ha odiado y ha sido odiada. Y no quiere vivir en un país donde las decisiones se tomen odiando a los de enfrente, vamos, no quiere ese estilo de vida ni para su cuadra o su edificio. No le desea eso a nadie. Así que en un acto pacifista está dispuesta a darle un beso a algún enemigo político, como una afirmación simbólica de aceptación a pesar de las diferencias previas a cualquier diálogo.

En la entrada, los de Pink Hat reciben a todos con pancartas para que no quede duda: quien entra a la estación acepta los términos de la protesta. Samya está formada. Mastica un chicle de hierbabuena para causar una buena impresión. Mira en todas direcciones y cree no equivocarse en su lectura sobre a qué partido político corresponde cada persona. Se lleva algunas sorpresas. Cuando los acomodan, el barbón de lentes y suéter hippie se va al partido conservador mientras una señora de traje sastre y tacones queda en el partido comunista. Cada quien va sonriendo a “los suyos”. Samya queda en el partido de izquierda que jamás ha tenido un presidente en el poder. Ha votado por ellos desde los dieciocho.

Samya espera, pero siente una mirada fuerte y no sabe si levantar la vista. Quema, es una energía que podría reventarle la cabeza en una sobreexposición. Levanta la vista y es el barbón de lentes a unos cuantos metros, desde el ala conservadora. ¿Acaso la está odiando? Samya desvía la mirada.

El colectivo Pink Hat da unas instrucciones mientras una pareja de chicas adolescentes demuestran los besos permitidos y luego los no permitidos. Son muy explícitas, quedó claro para todos.

 Comienzan a hacer las parejas y a Samya le toca un hombre mayor del partido de centro-derecha. Cuando dan la señal, el hombre mira a Samya con miedo y responde con una mueca de asco a la expresión amistosa de Samya. El señor sale de la fila y se marcha diciendo “No puedo”, “No puedo”.

Un chicho de Pink Hat toma a otro conservador y lo lleva hasta Samya, es el barbudo de lentes. A Samya no le nace sonreírle. Le parece un embustero que en realidad quiere mirar a los ojos a todos los que odia. Quiere provocar. ¿Y si es de los que a la hora de la hora sueltan una mordida y salen en las noticias? O tal vez quiere ser besado para someter, sentir la prepotencia de aceptar un beso con desprecio. Ahora es ella la que siente un gran rechazo. No quiere besarlo, no se siente capaz de no odiarlo. El hombre ve la tormenta en Samya; cierra los ojos, respira profundo y después de una larga exhalación, los abre. Su rostro está neutro, como una página en blanco. Samya siente el trabajo de voluntad que está haciendo ese hombre y quiere poder quitar su propia cara de asco y enojo antes de ser ella quien se marche diciendo “No puedo”.

Todos a su alrededor ya se están besando. La mujer en tacones se agachó un poco para besar, primero en las mejillas, luego un beso suave en la boca, a su regordete y moreno equivalente conservador. Otros antagonistas sí que se están besando en el límite de los besos. Hay pasión y juventud en muchos, evidentemente.

Samya y el barbudo se ríen. Parecen dos ridículos adolescentes tímidos en una kermes. Samya dice “paz” y se acerca. El dulce olor a hierbabuena llega hasta las barbas del hombre, que responde “paz” y se acerca otro poco al rostro de Samya. Miran sus labios sin deseo, con respeto, con reconocimiento. Se besan. No están preparados para esa tibieza pero la abrazan, dejan que llegue hasta sus ideas y prejuicios. Para eso están ahí. La tibieza y suavidad de ambos labios quedará grabada en cada uno y cuando todo el mundo esté incitando al odio y a la descalificación, Samya, el barbudo y algunos cientos más de pacifistas amorosos, repetirán que el odio no es el camino.

 

Mónica Flores Lobato

XXIV. Pina

Pina llevaba demasiados años en psicoanálisis y así como a los citadinos los delata la piel pálida, a los psicoanalizados los delata el musgo que deben rasurarse de la cara por las mañanas y la tierra que acumulan bajo las uñas cada vez que se ponen de rodillas para desenterrar su infancia. Han perdido frescura a cambio de tener en el piso de su memoria un catálogo de piezas identificadas, dispuestas y accesibles para explicar las siguientes piezas que se explorarán y clasificarán.

Pero Pina, justo ese día, se propuso vivirlo como “un día sin análisis”. ¿Podría dejar pasar las horas y tener una interacción con la realidad más instantánea? ¿Sería capaz de contener su instinto de escarbar a la primera provocación? ¿Existe la posibilidad de una mirada limpia? ¿Cómo sería pasar un día sin sentir el peso de todas las etiquetas y juicios que ya se había acostumbrado a cargar?

Pina casi muerde su puño al notar que de tres estaciones cercanas, sin chistar, ella había elegido estación Tormenta. Pero trató de que el nombre de la estación no le hablara, no le estuviera diciendo nada más sobre sí misma y sus acciones.

Si quería limpiar su mirada hacia las personas, debía dejar de juzgar lo más mínimo sobre ellas. Debía mirarlas y reconocer su total opacidad.

Pasaron diez minutos sin trenes y el andén se llenó. La gente miraba impaciente sus relojes. Punto. Tenían caras de angustia o fastidio. Punto. Pina se sintió afortunada por partida doble: durante diez minutos su mente había estado callada y además había conseguido asiento.

De pronto llegó un hombre que se sentó en la esquina izquierda de la banca al que Pina tuvo que mirar rápidamente a los ojos para no analizar su posible personalidad partiendo de juicios sobre la vestimenta, los colores elegidos, el tipo de zapatos, la higiene, etcétera.

—¿Puedo? —dijo él.

—Sí, claro —dijo Pina.

Pasaron dos minutos más sin trenes y el andén ya parecía un hormiguero. La gente se iba replegando hacia las paredes. Pina pensó que sería bueno platicar con el hombre y probar ser espontánea, fresca como si nunca hubiera pasado por un diván. Una mujer y dos hijos pequeños quedaron bastante cerca de Pina. La mujer, de pie, cargaba mochilas y tomaba a los niños de la mano mientras ellos decían “mamá, me quiero sentar”. “Mamá, ya me cansé”. “Mamá, tengo hambre”.

Pina le dijo al hombre que estaba sentado junto a ella en la banquita:

—¿Sabe? Cuando escucho la palabra “mamá” siento un deseo de sumergir los pies en agua caliente y quedarme dormida. Probablemente…

Y Pina habló durante 20 minutos más después de que el andén se hubo despejado.  Después de que la madre y sus dos pequeños lograron abordar. El hombre no supo cómo detener el flujo narrativo de esa mujer extraña que le estaba vaciando su vida y la ponía enfrente de él en piezas pequeñas y grandes con etiquetas, muy ordenada, catalogada, mientras salía tierra de sus uñas y un paño de musgo tupido comenzaba a cubrir su frente.

 

Mónica Flores Lobato

XXIII. Lucía

Lucía y sus tres compañeras del trabajo reían de todo: de los malabares que hacía Lucía en el vagón por su fobia a tomar los tubos sudados, del intercambio de miradas que Sol, la pelirroja, tenía con el deportista a tres asientos de distancia, pero particularmente encontraban hilarantes los comentarios crueles sobre sus compañeros de oficina.

Se desocuparon unos asientos y dos mujeres se sentaron. Lucía no, bajaría en la siguiente estación, en Tormenta.

Todo fue muy rápido cuando se acercó a la puerta: una chica de unos veintitrés la tocó en el hombro y le puso muy discreta y velozmente una tarjeta en la mano. La tarjeta decía: *100 x lo que digan* y tenía el whatsapp de Tinto Merengue, el seudónimo de la espía. No era entonces leyenda urbana; podía contratar a una “infiltrada” que le pasaría con detalles la conversación de sus compañeras de los siguientes cinco minutos a su partida. Sólo tenía que darle, como lo hizo, un billete de cien pesos sobado sobre la mano.

Lucía bajó del vagón y miró de nuevo la tarjeta. Tenía entre sus manos un souvenir del museo de las miserias y la curiosidad le picaba como roncha en el ánimo. Podría apostar otros cien pesos a que cuando contactara a Tinto Merengue el reporte sería asqueroso, todas, pero más Sol, habrían dicho cosas horribles de ella: sacarían a colación su mal gusto para elegir zapatos y novios, su soledad, sus enojos en confidencia, sus ganas de sobresalir en la oficina y sabe Dios qué más. Miró el reloj y apenas habían pasado dos minutos. Mandaría mensaje en tres. ¿Y si no decían nada? ¿Y si ella era tan insignificante para sus compañeras que no valía siquiera una mención negativa? ¿Y si pasaba sin ser vista? Sintió un hueco. Todo podía ser peor. Casi deseó que Tinto Merengue fuese una trampa dedicada a paranoicos.

Le mandó mensaje.

                        Hola, TM, bajé en estación Tormenta. ¿Tienes algo?

                        Sí… ¿Quieres audio o resumen?

                        Audio.

Llegaron cuatro archivos.

Lucía fue a sentarse a una de las bancas del andén. Llegó un tren. Se fue. La estación se quedó un poco sola.

En su teléfono inteligente estaba la aniquilación del sueño de la convivencia. Lucía no pudo abrir los archivos.

No pudo borrarlos.

No pudo ir a su casa.

No pudo llorar.

No pudo decidirse.

Vivió por dentro una pequeña muerte: lenta, sorda, definitiva.

MFL

XXII. Beata

Últimamente, el mundo que pasa delante de Beata, así esté en el trabajo, en el supermercado, poniendo orden en el departamento o preparando la cena para sus hijos, es un mundo de amores perdidos cuya flama extinta alumbra un proyector privado. Hoy, por ejemplo, ha ignorado a varios trenes en estación Tormenta por estar en la ensoñación de un beso muy largo que se dio en un cine hace más de veinte años. Surgió así, de la nada. Ya no vive quien le dio el beso. Ya no existe el cine en el que se besaron. No recuerda el nombre de la película, pero recuerda con exactitud los pormenores de aquel momento: John Malkovich hablaba con su esposa en la pantalla, eran un matrimonio que dormía en cuartos separados, como ella ahora, cuando la mano de su amigo tocó su pierna buscando su mano. No recuerda haberle visto a los ojos, sino a los labios. Pequeños, entreabiertos, a punto de algo eterno. La ensoñación fue interrumpida por la reescritura de aquellos labios a la luz de la muerte y la ausencia. El beso le pareció entonces algo más vivo.

Beata mira la pared de estación Tormenta. Todavía está la marca de la inundación que sufrió la estación el mes pasado. Hay pequeñas zonas de yeso ligeramente abombadas y el dibujo de líneas salitrosas es el testimonio del contacto profundo que pared y agua tuvieron hace un tiempo. Sonríe. Así absorbemos cuando estamos viviendo con el cuerpo.

Con el talón, discretamente, Beata da un pequeño golpe a la parte baja de la pared y el trozo de yeso cae vuelto polvo al piso. La zona donde su pie impactó a la pared queda desnuda. Nadie más observa.

Beata se recarga parada sobre esa minúscula zona de escombros y regresa al beso. Ahora a otro, al de un parque, a un beso malogrado, lleno de ansiedad. Pasan varios trenes antes de que Beata suba al que la llevará hasta la escuela por sus hijos.

 

Mónica Flores

XXI. Daniela

7:51 am, Daniela aborda el tren en estación Tormenta.

Alguien le cede el asiento. No lo acepta, no lo necesita.

Inhala el aire caliente del vagón que huele a panqué horneado bajo pijamas. Hoy es la primera vez después del terremoto que sale “a la vida normal”: que va vestida para la oficina, que no estará en comunicación con gente que le era completamente desconocida hasta hace dos semanas.

También hoy es la primera vez que piensa nosotros viajamos juntos. Estoy segura entre nosotros. Para Daniela, ahora todo es nosotros. Nosotros esto. Nosotros aquello. En realidad Daniela no está segura aquí, como nadie que viva en este hoyo de corrupción, pero es fresco el descubrimiento del amor colectivo. Como vamos nosotros, estaremos bien. Nosotros es el círculo humano donde el terremoto sigue ocurriendo. El grito está al fondo de este silencio.

Observa a los jóvenes delgados que van a la escuela; a las mujeres, que curiosamente, ninguna va maquillándose; a los oficinistas; a los maestros; a los vendedores ambulantes. Los imagina con un casco amarillo en la cabeza; a todos sosteniendo una pala, una cubeta, una carretilla, charolas con comida; donde ve a alguien con un celular ahora ve a un conector, un organizador, un dador de ayuda. Se estremece. Los edificios siguen cayendo en ella y todo ruido es una alarma. Quisiera hacer algo pero los mira a todos y suspira, porque somos nosotros. Intercambia miradas que ahora no son esquivas. Los pasajeros asienten con la cabeza para saludar cuando son vistos.  La caída sigue y todos están despiertos bajo sus trajes y su ropa para el frío con los pulmones llenos de polvo.

Daniela no pudo llorar después del terremoto. Ni frente a las terribles ni corruptas noticias. Ni en las cuadras fantasmales acordonadas. Ni al mover la olla con el espagueti para cien personas; ni en los recorridos llevando ropa y almohadas. Ni en el albergue, cuando los niños reían y se correteaban sin voltear a ver a sus padres. Ni después de tres noches de insomnio y ansiedad. Fue hasta hoy, dos semanas después, a bordo de un vagón repleto de desconocidos.

 

Mónica Flores Lobato

XX. Petra

Es un septiembre que parece enero. Por la calle, la gente está tan gorda y tan pálida como si llevara dos semanas sin fiestas. Pero es septiembre y el rojo de la bandera es tan rojo, piensa Petra sin perder la cuenta en su tejido. Tal vez al rato vaya a comprar estambre, buscar madejas de lana color arena. Por ahora teje una bufanda, aunque apenas lleva los primeros quince centímetros de altura, mientras espera un tren más vacío en estación Tormenta. Quizás lo que más disfruta de tejer es respirar y apagar la mente, que el tiempo se vuelva otra cosa, algo que se mide en vueltas, algo con una progresión tangible.

De pronto siente una punzada entre las costillas: un adolescente se ha sentado junto a ella y le pide que le entregue todo. Petra no alcanza a ver el arma aunque la siente incluso a pesar del suéter.

—Toma —dice Petra serena.

—Todo. Dame eso que tienes.

Petra lo mira a la cara.

—Llevas el dinero de mis pasajes, mi celular, ¿para qué quieres mi tejido?

—Dámelo.

Petra ve pasar ese momento a toda velocidad en su cabeza. Lo había pensado muchas veces: se dijo que en un asalto podría usar el ganchillo de crochet como un arma que entrara en el cuello o en el muslo y jalara de la arteria. Era defensa personal.

Era algo atroz.

¿Valía la pena tasar sus pertenencias como algo a la par de una vida?

Ella no es atroz. ¿Qué son unas cuantas cosas? Nada. No son nada.

Miró al chico que la apuraba con los labios apretados y los nudillos presionando contra sus costillas. No había rastro de persona en los ojos grandes, eran de un negro deslavado, como de maniquí.

Petra entregó el tejido y el chico lo enrolló, lo guardó en la bolsa y miró hacia ambos lados.

—Podría ser tu madre, eh, y tejerte un suéter —dijo ella.

—Felices fiestas patrias —dijo el chico, y se fue caminando, tranquilo, con su insignificante botín.

Tenía el pulso acelerado. ¿Qué había querido robarle?, se preguntaba Petra. ¿No es esto absurdo?

Tuvo el impulso de escribirle a sus amigas tejedoras para contarles, pero en su bolsa se había ido el celular. Era una pena. No quería llegar a casa. Quería hablar con alguien que le tejiera un poco de paz, que la invitara a su casa para regalarle un abrazo apretado y un chocolate caliente.

Ahora tendría que medir el tiempo mirando el reloj.

Un niño pasó frente a ella y la señaló con el dedo.

—Mira, mamá, mira.

Petra miró en la dirección del dedo. Era su abdomen, su suéter, la banca, eran gotas de sangre en el mármol blanco del suelo. El niño la siguió viendo hasta que él y su madre se perdieron entre la multitud.

 

Mónica Flores

XIX. Orquídea

Visto desde el andén, unos jóvenes sostienen una sábana blanca que esconde a alguien. Unos pies descalzos –regordetes, pequeños, con las uñas pintadas de color azul– dan pasos cuidadosos siguiendo las líneas del mármol blanco. Por encima de la sábana se alcanza a ver un chongo de cabello negro alborotado. Esa cabeza y esos pies son de Orquídea, una estudiante de teatro. Mide 1.60 metros y pesa casi ochenta kilos, pero daría lo mismo si fueran cincuenta o cien porque Orquídea vive por completo en su cabeza y coge al mundo desde la boca. Lo coge, lo come, lo degusta, lo devora, lo escupe y lo habla, pero no sabe cómo ponerlo en la masa enorme que crece año con año debajo de su cuello.

Para Orquídea es muy extraño estar desnuda en el andén de estación Tormenta con dos amigos de la clase de teatro cubriéndola. “Esto es un performance”, dicen sus compañeros y con eso ganan espacio para caminar entre la gente con Orquídea pegada a la pared. Aunque no es hora pico, Orquídea siente cómo se forma una corriente ,con el aire caliente de todos los cuerpos en tránsito, antagónica al aire frío que la rodea en su desnudez, igual que las corrientes entre el aire de las butacas y el de proscenio. La tarea es muéstrate desnuda frente a desconocidos. Orquídea eligió este andén como escenario. Le es familiar. Queda cerca de la escuela. Quiere regresar como perro cobrador con una anagnórisis entre las fauces aunque es más probable que sólo salga con los pies extremadamente sucios.

Un par de adultos pregunta insistentemente a los compañeros de Orquídea “¿qué están haciendo?” “¿Es un anuncio de jabones?”. Orquídea disfruta el run-run de voces e improvisa y levanta sus brazos sobre la sábana para hacer la mímica de quitarse la ropa que invisible, vuela hacia el público. Ese movimiento sencillo, ficticio, atrae a más y más personas. Sus amigos se miran.

El aire que provoca la llegada de un tren al andén levanta la tela blanca que ondea como bandera y se pega más de la cuenta sobre el cuerpo de Orquídea. “Una encuerada”, dice un chiquillo, y lo dice con la alegría y convicción con la que se descubren continentes. El continente está ahí, apenas pasando una tela. La tela que atrapa al fantasma y le da una geografía con curvas, límites y abismos que, quién lo diría, atrae a la gente distrayéndolos de sus destinos y prisas y pasos rápidos y hambre para acercarlos al enjambre, al teatro de un cuerpo cubierto.

“Oíd”, dice Orquídea, usando su voz más teatral. “Una mujer semidesnuda aplasta a un piojo entre los dedos”. Y con un movimiento rápido arranca la sábana de las manos de sus compañeros y se envuelve en ella, dejando al frente su mano, con el dedo índice y pulgar haciendo presión. Todas las miradas van de sus dedos a su rostro, de su rostro a sus clavículas, a sus pechos y gran panza cubiertos, a sus rodillas, de vuelta a los dedos. “Entonces aplasta al mundo”. Y deja caer la sábana.

Orquídea sale en silencio de la estación. Sus compañeros narran atropellados en tono de épica lo ocurrido en el andén. Orquídea ya se puso una playera y pants y camina con ellos pero no dice nada. Soba sus brazos, puede sentir con la punta de sus dedos fríos los vellos erectos y la insurrección circulando bajo su piel. Escucha con una nueva conciencia localizada quién sabe dónde, a millones de bocas abiertas desde sus poros que le reprochan este “performance” estúpido, esta exposición, esta libertad, en gritos de frecuencias imposibles.

 

Mónica Flores Lobato

XVIII. Úrsula

¡Verde! Así empezó Úrsula su jueves, con el celular que no sonó, despreocupado, en la mano. Se acabó el gas y se bañó con agua fría. Cuando llegó a la pequeña mesita redonda del antecomedor, vio los materiales de su taller terapéutico de Literatura restaurativa. Debía leer el famoso fragmento de la magdalena y luego hacer algo con eso. Lo había leído en la preparatoria. Anoche había comprado un paquete Tía Rosa con dos magdalenas y usaría una bolsita de tizana de lavanda para recrear la escena y luego escribir sus impresiones para compartirlas con sus compañeros. Idealmente iba a tomarse treinta minutos, ahora debía salir en menos de diez. Prendió el agua en la estufa. Leyó dos líneas antes de guardar las fotocopias en su bolsa: “Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme (…)”. Tuvo que servirse al agua cuando apenas se formaban las bolitas más pequeñas en el fondo del pocillo.

Llegó a estación Tormenta. Ya no alcanzó banca en el andén. Recargada en la pared, sacó la bolsita de las magdalenas. La abrió ayudándose con los dientes. Cuando tuvo el panecillo emblemático entre sus dedos, puso toda la atención porque de ahí debía obtener una experiencia sublime que la catapultara a su infancia. Primero dio un sorbo a la tizana de lavanda. Luego mordió la pequeña magdalena. Masa. Muelas. Saliva. Una alfombra de grasa vegetal se extendió sobre su lengua y sobre ella pasó sin garbo el dulce avainillado del pan esponjado que acaba de masticar. Las yemas de los dedos le quedaron con brillo. Dio un trago a su tizana tibia que sólo empeoró la sensación pastosa y estéril que enterraba a sus papilas en el fondo de la mediocridad.

Su infancia había pasado casi tan inasible como los sabores agradables de esta mañana. Lo único que sabía hacer de niña era matar tardes. Todos en su edificio lo hacían en soledad. La única forma de matar las tardes era pasando todos los canales de televisión una y otra vez; alguna pausa para ir a la cocina, estirarse de puntitas y alcanzar la cajeta, las galletas Marías; dormir y despertar en el mismo programa en la interminable lista de los créditos. De su casa todos huían: sus padres, la luz del sol en las ventanas, lo divertido de cualquier juguete o juego. El tiempo era de una gordura desparramada que sólo podía organizarse con fragmentos dramáticos que tuvieran un principio, un desarrollo y un final. Se trataba de apagar la tele dos horas después de que los ojos ya dolieran de secos.

Sacó las fotocopias y se internó en las memorias de otro. Pasaron los trenes.

Se presentó con las manos vacías y perdió el turno para trabajar su asignación. Mientras los demás hablaban, Úrsula sintió que un enigma espigado, quizás como una lavanda trenzada con hojas de tilo, crecía agradable sobre su lengua.

 

Mónica Flores