Lección: la fuente de la eterna juventud

Es un día lluvioso. Lluvioso como cuando Georgie salió a navegar su barquito de papel. Llevo el pantalón mojado hasta las rodillas y los pies húmedos y fríos. Espero bajo el techo de una tiendita, sin paraguas. Uno, dos, cinco camiones han pasado durante los cuarenta minutos que he estado esperando. Todos iban hasta la madre. Todos. Ninguno atendió mi señal de parada. De milagro pasa un taxi que se detiene sin que yo haga alguna señal. Subo sin pensarlo demasiado.

En la radio se escucha November rain. Le indico al chofer mi destino, no es muy lejos, y me dispongo a cantar en voz bajita mientras busco una distracción por la ventana. El chofer, un hombre que a simple vista luce mayor que yo, me nota apasionada por la canción y se anima a preguntarme:

—Oiga, ese es el video del barco, ¿verdad?

—¿Cuál barco?– contesto.

—El barco donde se tiran al mar.

—No, es el de la boda, donde empieza a llover.

—Ah, sí, ya me acordé… –creí que sería todo pero…– yo los fui a ver, cuando vinieron por primera vez a Monterrey, al Universitario, ¿se acuerda?, el Axl abrió golpeando un gong y luego el griterío de la gente, también fui a ver a Deep Purple, ¿los conoce?

—Sí, cómo no– ya tenía toda mi atención.

—Bueno. También vi al Ozzy, el que andaba de vocalista de Black Sabbath que comía murciélagos.

—¿Ah, sí?

—Cuando tenía como quince años me tocó ir a uno de Queen. Fíjese que yo tenía boleto pero como había tantísima gente pues no nos dejaron pasar y nos tuvimos que saltar la barda, nombre, ¡otra cosa!, esos eran conciertos, no como ahora. Al último al que fui fue al de Scorpions hace unos meses… esas sí son canciones no chingaderas, ¿verdad?

—Estoy de acuerdo –yo fascinada, omito el mal recuerdo de no haber asistido a ningún concierto desde que vivo en Monterrey.

—Me muero de ganas de ir a ver a AC/DC, pero esos sólo vienen al DF. Tengo 52 años y sigo rockeando –llegamos–, ése es el secreto para no envejecer– y sonríe de forma contagiosa.

Lo observo: casi no tiene arrugas ni canas, sus ojos verdes brillan cuando habla y sus brazos parecen bastante fuertes. Ya no parece tan mayor, pienso en un joven adulto de los ochenta, un rebelde sin causa. Le pago y le doy las gracias. Siga rockeando, me dice, y hace la señal de los cuernos con la mano “l..l,”. Sonrío pero tardo en contestar el saludo como Dio habría querido. Sólo puedo pensar en dónde carajos están mis discos de hace quince años y qué pasó conmigo, en qué momento dejé de ser joven para convertirme en un ser mortal común que se encabrona cuando llueve. Frustrada y vieja entro a la oficina, saco mis audífonos del cajón y busco el playlist más intenso que guardo en YouTube. Aunque claro, los milenials dirán que YouTube es muy de la vieja escuela.

 

Abby García

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Aquí nada pasa

Alguien me observa. Antes de que yo note su presencia se acerca y, con preocupación, pregunta “¿estás bien?”. Debe ser mi cara sin maquillaje, las ojeras, el (des)peinado o mi nulo entusiasmo. Sólo supongo. Seguro ha estado observándome desde hace un buen rato y ha hecho sus propias conclusiones, supongo otra vez. “No es nada”, contesto sin levantar la vista (y es que si lo hiciera probablemente lloraría). He intentado disimular, por lo visto no me sale. Pero aquí nada pasa, pienso, es sólo la habitual tristeza y su habitar en el cuerpo.

No sé cómo, pero se nota: supongo que pesa y nos encorva. Es un globo que se infla dentro del pecho, deja entrar sólo el aire justo, supongo, para no asfixiarnos. Es un globo o un montón de recuerdos.

Hay presión en las costillas —y eso no lo supongo, ya he estado en ese dolor—, es ahí donde se esconden las lágrimas

            te hinchan

            te oprimen

            te llenan.

Cuando los suspiros duelen, es la tristeza que no cabe.

Una vez deseé con todas mis fuerzas

            —literalmente—

que volviera un ser amado

Y no hay tristeza más densa que esa de desear imposibles:

apretar los ojos: exigir el llanto

arañarse el pecho: arrancar certezas

                                               futuros

                                               ausencias

                                               promesas.

He pasado un par de días disimulando:

Chocar las muelas, fruncir los labios, morderse los dedos

            También de disimular se cansa el cuerpo.

 

La tristeza es un hoyo negro: nos traga.

No hay manera de encender la luz desde adentro.

 

 

Abby García

Mis viajes largos

Se dice que para no preocuparse de más por cosas que no lo ameritan, uno debe dedicarle un tiempo a solas a las preocupaciones, para darles la atención (in)necesaria que requieren y que no molesten más con su insistencia a lo largo del día.

Como buena adulta —madura y responsable—, tengo agendado un momento dentro de mi rutina para cultivar mis dramas internos, pero a veces estoy tan seca y cansada que no puedo darme el lujo de llorar. Me mantengo ocupada, hago una o varias cosas de las que pueda sentirme orgullosa, o masomenos funcional, pero cuando necesito un desahogo, cuando el cuerpo me exige un desahogo, ya no puedo manejar tanto sentimiento reprimido.

Es entonces cuando recurro al viejo truco de la automutilación. Vuelvo en mis recuerdos y repaso todas las despedidas que aún están legibles en mi memoria (y en mis dolencias). De esas despedidas conservo los viajes largos que me trajeron de vuelta a casa, esos que funcionaron para asimilar el adiós, y para ir soltando poco a poco lo que tuve que dejar atrás (aunque en realidad no haya soltado del todo).

Porque decir adiós también podría interpretarse como una pequeña muerte, o una resurrección: uno nunca es el mismo luego de irse y, sobre todo, jamás se vuelve igual de aquellos lugares en los que tuvimos que decir adiós con la certeza de que jamás podríamos regresar.

A veces me pregunto si he aprendido la lección, mas sé que no es necesario aprender ninguna, aunque lo ignoremos nos llevaremos algo de esa despedida: algo del otro, algo del sitio, algo de uno mismo que encontramos o (re)descubrimos en la travesía.

Estoy segura que en un cielo sin contaminación, sobre un viaje en carretera, se pueden encontrar tantas razones para volver como puntos brillantes, y así como uno no se pregunta, mientras mira al cielo, qué cosa son las estrellas, tampoco se preguntaría si desea volver, cuando de repente aparecen las ganas de hacerlo, en forma de punzada en el pecho o de llanto contenido, pareciéndose más a una estrella fugaz: tan veloz que no nos permite pensar en un deseo.

Yo no sé nada del cielo, ni de los astros. En cambio sé un poco, o un mucho, sobre despedidas, sobre los nudos en la garganta que quedan luego de decir un adiós que no era otra cosa que miedo. Sé también sobre el fraude que es dedicarle diez o quince minutos a las preocupaciones vanas del día a día, al final, antes de dormir, éstas siempre vuelven. Pero lo que de verdad debo admitir en tono de confesión, es que, después de tantos viajes largos, sé bastante sobre las ganas de volver.

 

Abby García

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Sobre represiones y secretos oscuros

Fui una de esas niñas que sorprendía con comentarios como “nunca me voy a casar”… “Pero, ¿qué va a pasar cuando quieras tener hijos?” me preguntaban, y recuerdo que, desde mis cinco o seis años, contestaba con seguridad “pues voy a adoptar”. Claro, duuh, ¿no era obvia la respuesta? Adoptar era entonces la única opción porque yo no sospechaba que casarse no era un requisito biológico para tener hijos propios.

Continué con la idea antimatrimonio por mucho tiempo hasta que viví por poquito más de tres años una relación que creí sería la última, la única. Já, ¡a los veinte! Nunca hubo propuesta, nunca se iniciaron los planes. Por el contrario, resultó que mi pareja ni siquiera se veía en un futuro conmigo. Y qué bueno. Adiós, goodbye. Next.

Pero no hubo un next. Con los años comprendí que no necesitaba una gran boda ni una pareja para ser una mujer plena. Me gustaba –y me gusta– estar sola y disfrutar de mí misma. Y sí, pensaba en los hijos, aunque me incomodaba la idea de ser madre pensaba que si algún día me llegaba ese instinto recurriría a un acuerdo con la otra parte, un acuerdo en el que nuestras libertades no se vieran recortadas –sin querer queriendo es el único plan de vida que se ha cumplido.

Hace poco menos de un año inicié un Wedding Plan Folder. No sé bien en qué momento me surgió el interés por casarme, tal vez la edad, la maternidad, las parejas a mi alrededor, la presión social, o que me encanta hacer las cosas al revés, no sé. Mi obsesión comenzó con anillos de compromiso y de ahí salté a los vestidos de novia. Ahora colecciono fotos de jardines decorados, de ramos de flores, de tocados y peinados, hasta de bodas temáticas. Aún estoy segura de que la plenitud –o al menos la mía– no está ligada a la convivencia con otra persona. Pero por si se presenta la oportunidad: plan de boda: ⊗ checked.

¿Qué clase de tipa loca planea una boda que no sabe si sucederá, sin consultar al novio o sin siquiera tener un novio? Cualquiera que sepa lo que guardo en esa carpeta secreta –ya no tan secreta– podría salir huyendo. Seguido me causa conflicto la idea de querer casarme algún día: ¡puff!, me siento retrógrada, mocha, machista, idiota, ¡qué incómodo tener estos deseos tan ñoños! Tal vez en realidad soy, o me convertí en, aquello de lo que quería huir. No podré saberlo hasta que suceda, si es que sucede. La cosa es que aceptar el problema es el primer paso para curarse.

Por supuesto que también me atrae la idea de casarme conmigo misma, de enamorarme de la yo del espejo, de mis ideas tontas o locas, de mis inseguridades y de mis talentos. Llegar a admirarme tanto que por fin me decida a ir a la joyería y gastar mi sueldo entero en el solitario que más me guste; organizar una fiesta en grande sólo porque sí y usar el vestido que me parezca más lindo para la ocasión, para mí misma. Porque antes el amor propio que cualquier otro. Antes prometerme fidelidad a mí que a cualquiera. Antes aceptar pasar el resto de mi vida conmigo que con algún extraño.

Pero eso implicaría olvidarse de la utopía de tener quien lave los trastes cuando esté cansada, olvidarse de tomar el teléfono y quedar para una cena romántica, olvidarse de la posibilidad de recibir un masaje al llegar a casa después de un día largo, y sobre todo, significaría olvidarse de que también es posible encontrar el hogar en otros labios.

 

Abby García

Clóset

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Un día, hace muchos años, descubrí que guardamos los recuerdos en los ojos. Es por eso que basta apretar la mirada para que la nostalgia nos caiga encima, para que el pasado nos aplaste con aquello que el corazón añora de aquellos días.

Sucede que llevamos en el interior de los ojos un clóset repleto de cajitas ordenadas, y no tanto, unas sobre otras. Su materia y forma varían de acuerdo al tipo de recuerdos que almacenan: algunas de ellas guardan incendios y al abrirlas, arden en la oscuridad detrás de los párpados. Otras más grandes albergan días lluviosos o mares enteros, y es suficiente moverlas un poco para que el clóset se inunde y se desborde hacia afuera.

Están también esas que guardan insectos: la de las mariposas que gustan de jugar dentro de los vientres o de los ciempiés que se divierten haciéndonos cosquillas en los labios.

A veces olvidamos manejar con cuidado las que encierran huracanes y sin querer éstos aparecen y alborotan todo, o despeinan; a lo largo del día es recomendable recurrir en repetidas ocasiones a las que guardan alguna canción para bailar, para sonreír, para llorar o para suspirar, y destapar de vez en vez las que guardan aromas para volver a los platillos de mamá, a los postres favoritos o  a la calma que habita en el sueño de un recién nacido.

Las hay de terciopelo o de cristal, de cartón o de acero. En forma rectangular o cilíndrica, de colores luminosos, estampados sicodélicos y hasta algunas que brillan en la oscuridad. Pueden llevar la etiqueta de algún nombre, alguna ciudad o alguna fecha. Existen, sin duda, las que en ocasiones olvidamos en los rincones y se empolvan, o se maltratan, pero siempre reaparecen y nos hacen estornudar con su polvillo, o nos apapachan en su melancolía.

He de decir que mi clóset se vuelve a veces mi lugar favorito. En ese momento, las cajitas de los recuerdos más recientes cobran vida, son las más pequeñas y traviesas, entonces brincan y bailan, y se carcajean, y me jalan hacia afuera con destellos de los días que me estoy perdiendo.

 

Abby García

Notas al pie del hartazgo

No pretendo convencer a nadie de que hay arte en esta hartura. La emprendí porque es el último recurso que me queda para acercarme a la sensibilidad.

Canción de tumba, Julián Herbert.

 

Hoy escribo desde el desencanto. O quizá siempre ha sido así, no podría decirlo.

Se me terminaron las obsesiones y los placeres culposos. No me apetece recurrir a mis anécdotas románticas ni a los cuentos viejos, tampoco a los poemas-muy-malos, ni a los textos sobre la empatía, mucho menos a esos sobre la gente que me quiere o sobre la que no quiero. Tal vez sólo es que no me apetece escribir.

Corrijo: –por favor no se ofenda, sépase apreciado y querido, amigo lector– lo que sucede es que generalmente escribo porque siento la necesidad de decir algo, aunque también lo he hecho aun con la sensación de no tener nada relevante que decir, otras veces he dicho más de lo que debía, y he escrito con intención y por diversión, con enojo, con amor, con entusiasmo. Hoy sólo no me apetece escribir, ni nada en absoluto.

Hoy, y desde hace muchos días, me estoy queriendo poco.

No es sólo la pelea con mi imagen o apariencia, también están los fracasos profesionales, las decepciones amorosas, los conflictos existenciales y un putamadral de frustraciones que suelo callar por hacer como que la vida sigue, aunque en realidad no avance. Cuando todo se acumula, e incluso si no hay nada acumulado, caigo en el limbo de la hartura.

Un día repruebas una materia, la ropa ya no te queda, tu crush deja de enviarte mensajes, en la oficina se quejan y se quejan de tu trabajo o alguien inicia una conversación sin preguntarte cómo estás, cómo te sientes, cómo estuvo el fin de semana. Lo más insignificante puede volverse detonador y todo explota: prefieres quedarte tirado en la cama, viendo el techo. O dejar de usar tus jeans favoritos. O bajar la mirada cuando parece que alguien te coquetea. O comerte dos órdenes de tacos porque es más sencillo que salir a correr por las mañanas. O ignorar todas las notificaciones del celular, preparar una maleta pequeña e irte a vivir a una ciudad desconocida, o mejor dicho, a una ciudad donde nadie te conozca.

Si puedes te duermes tres días, si no, sólo te dejas llevar por el modo automático. No se siente tan mal ir con la corriente, no se siente tan mal ser un zombi, pero no hay chispa, y al final lo único que deseas es mandar todo a la mierda, que el tiempo pase, que se desvanezca el hartazgo.

Porque ni tú mismo lo comprendes, te limitas a sentir. Ni siquiera es tristeza o depresión, es que de verdad estás hasta la madre. Y ninguna frase de ánimo te animará realmente. A veces sólo queda suspirar y cerrar los ojos.

Sé que visto desde el otro lado parece drama, pero hoy, y desde hace muchos días, de verdad la vida se está sintiendo muy mal aquí abajo y el mundo no parece un lugar cómodo ni seguro; hoy, y desde hace muchos días, la yo funcional se fue de vacaciones, dejó en su lugar a un zombi que para nada está de acuerdo conmigo.

Abby García

Planta de frijol

No sé bien por qué tengo muy pocos recuerdos de mi primera infancia. Si no fuera por las fotos que mi mamá se encargó de guardar, mi mente no podría recrear momentos importantes de mi niñez. De los pocos que puedo evocar sin fotografías, hay uno al que le tengo especial cariño:

—Los frijolitos lloran– me dijo mi abuelita materna–, lloran cuando nadie se los come.

Entonces mi mente infantil arrojó una escena de los frijoles que no me apetecía comer, con carita triste, en el bote de basura, llorando porque yo los había desperdiciado. Luego de un rato, con un machito de tortilla, me los comí a regañadientes hasta que no quedó nada en mi plato.

Al día siguiente llegué a la primaria entusiasmada por contar la historia a mis compañeros. Recuerdo que, con toda la fe que un niño puede tener en las historias fantásticas, les expliqué por qué no debíamos desperdiciar el manjar aquel. Algunos callaron atentos, otros rieron. La niña más popular, que ahora me parece la más cruel del grupo, se burló de mí y de mi abuela, nos llamó tontas y remedó mi narración. Más niños rieron a modo de burla. El niño bufón se sentó en una esquina del salón para emular un llanto ridículo y fingir que era un frijolito llorón. Nunca más volví a acercarme a platicar con ellos. Me pregunté muchas veces si algo malo les pasaba, por qué no creyeron la historia de mi abuelita, por qué se burlaron de los pobres frijolitos llorones. Hoy aún no me explico si fue que ellos habían crecido muy pronto o si yo me había tardado demasiado en madurar, porque yo de verdad creí, aunque tenía ya diez años, para mí no fue sólo un cuento. Supongo que gracias a mi abuela tengo la costumbre de no dejar comida en el plato. En el fondo aún pienso que si desperdicio esos alimentos, se pondrán muy tristes porque no me los comí.

Cada vez que tengo que tirar algo de comida a la basura, pido perdón a mi abuelita, que murió hace muchos años (y a todos los niños de África que no tienen qué comer), por las tortillas que se me quemaron, por la sopa vieja que ya no me comeré o por aquellas verduras que olvidé y perecieron en el fondo del refrigerador. Pero cuando se trata de frijoles, vuelvo a los días en que mi abuela me arrullaba en su mecedora de jardín y me hacía piojito, a esa muñeca de trapo que ella escondió durante meses para dármela en Navidad, a sus alcancías llenas de pennys que eran mis tesoros de domingo, a los mimos que sólo las abuelitas pueden darle a los nietos consentidos.

Cuando tengo que tirar a la basura los frijolitos que no me comí, imagino que con la ayuda de sus lagrimones germinará una planta con el rostro arrugado de mi abuelita. Una planta de frijol es mi recuerdo más dulce de la infancia; una planta de frijol como la que debió brotar del experimento de primaria que llevé en un frasco lleno de algodón y agua, y que nunca se logró; una planta de frijol que a susurros me cuenta más historias fantásticas que lo niños tontos y malvados jamás creerán, historias que podrían ayudar algún día a que otros niños, obedientes y soñadores, coman con disciplina todo lo que sirve su mamá en el plato.

Una planta de frijol es mi abuelita.

De cómo empiezan a afectarme los treinta

Anoche soñé que me linchaban en el mundo virtual por decir algo en un mensaje supuestamente privado. ¿Cómo puede uno ir tan campante por la vida, contar intimidades y esas cosas, cuando existen las capturas de pantalla, las filtraciones de la nube y los ociosos que se divierten al quebrantar la privacidad de los demás?

Últimamente siento la paranoia de cuidar todo lo que digo en redes sociales (en la vida real no hay respaldo de información ni existe la caché, podemos atribuir todo a un fallo en la memoria). Intento ser prudente tanto en las conversaciones casuales de Whatsapp como al emitir mis opiniones personales en Twitter o Facebook. Muchas veces fracaso, claro está.

Una de las razones, no voy a negarlo, es que disfruto mucho quejarme. Aunque no me guste aceptarlo, soy noventa por ciento millennial, nativa digital, entonces mis quejas van de la mano con la tecnología. Soy una persona promedio, tengo una rutina bastante ordinaria y eso me permite tener a diario suficientes motivos para vivir en una queja constante. Pero, sobre todo, me encanta, me fascina, me complace chingón quejarme de mi sueldo. Así, cada vez que lanzo un improperio al respecto, me muerdo las uñas y la lengua ante la idea de que el comentario llegue a oídos de quien pudiera influir en la decisión de anular tan preciado detallito de mi vida laboral.

**Nota aclaratoria para quien corresponda: la verdad es que no gano mal (¿o sí?), pasa que, igual que a cualquier persona promedio de este país, no me alcanza para una chingada.

Manejo la oscura creencia de que al usar mis redes sociales en la computadora de la oficina, toda conversación, todo movimiento, toda búsqueda, click, me gusta o retuit, quedará grabado para siempre en el historial del servidor y su poderoso software vigilante que vendrá después, guadaña en mano, para juzgarme, acusarme y cercenarme los dedos y la nariz, sobre todo por todo lo emitido en horario laboral, por supuesto.

La cosa no queda ahí. Si por algún impulso emocional yo me viera en la necesidad de quejarme, no sé, de alguien, quien sea: qué miedo que el receptor de mi queja la haga pública o se la envíe al interesado. Qué vergüenza.

Ni hablar de la posibilidad romántica de enviar nudes o sextear, es algo inconcebible: en automático, todos a mi alrededor se enterarían de mi pecaminoso hábito. Para ambos casos, debo tener preparado un discurso para justificarme: que si la emoción del momento, que si la libertad sexual femenina, que si todo era una pequeña broma muy bien elaborada para desconcertar al otro: ¡mira, yo también guardé nuestra conversación! ¡También tengo fotos tuyas muy comprometedoras!

¿Porno? En mi historial no existe. ¿Qué tal que muero y quien se quede con mi laptop o celular le da por indagar en mis visitas más frecuentes en la red? No. No. No.

En mi defensa diré que todo es culpa de la edad. No es que tema a la pequeña inquisición que se ha formado aquí y allá, no, ni a los bandos rudos y técnicos, intelectuales, opinólogos, jueces y verdugos, que poseen la autoridad amoral para exponer, linchar, quemar y desprestigiar a cualquiera. No, no es que tenga miedo. No es que nadie antes que yo no haya hecho un screenshot o compartido un meme, o que nadie se haya quejado de su trabajo o del colega insoportable. Lo que pasa es que madurar es autocensurarse y yo ya estoy grandecita.

Abby García

Lloro porque quiero

No confío en la gente que no llora. Quizá porque soy una llorona con talento. Lloro cuando el camión no atiende a mi señal de parada porque va llenísimo, cuando no escucho el despertador y se me hace tarde, cuando el microondas no calienta bien mi comida y debo esperar otros dos minutos hambrienta. Creo con firmeza que si uno siente la necesidad de tirarse al llanto, debe hacerlo. Es sano, es puro, es reconfortante. No importa si es en medio de una junta de trabajo, a la espera en la línea de teléfono o de paseo en un centro comercial muy concurrido.

Tengo tal obsesión por la lloradera que en ocasiones busco excusas para llorar: que si el día está alegre y soleado, que si la lluvia entorpece el tráfico y los vuelve a todos unos pendejos, que si el arreglo floral de mi escritorio luce demasiado colorido entre tanto neutro. Ahí voy, a internet, con la ilusión de encontrar nuevas canciones de desamor, poemas sobre la muerte, películas tristísimas o recuerdos de momentos felices. Cualquier cosa. Lloro porque lo importante es romperse, qué más da si es de tristeza, nostalgia, alegría o ridiculez.

Sucede que la sensación que sobreviene al llanto me resulta revitalizadora y adictiva. Como si supiera, después de llorar, que todo, absolutamente todo, estará mejor: los pendientes en la oficina, el amor a distancia, el familiar enfermo, los trastes sucios o la cartera vacía. Todo se compone un poco. De pronto, que el camión tarde demasiado en pasar tiene algo de poético, la añoranza del pasado se convierte en motivación para el futuro o simplemente mi vida parece, por mucho, más afortunada que la de cualquiera por el solo hecho de poder llorar gracias a estas trivialidades.

Dicen que nada resolvemos al llorar, y así es como inicia la represión. Si eres mujer y estás en ánimo llorón: te va a bajar, son las hormonas, ¡qué pinche sensibilita, azotada e insoportable andas! Si eres hombre ni se diga: no tienes derecho, no puedes, no debes, que-ni-se-te-ocurra. Y entonces llorar es malo y anormal.

Yo, si no lloro al menos una vez a la semana, siento que mi cuerpo se expande y acumula aquello que me hace daño, y al liberarlo de esa presión dejo salir lo que puede echarse a perder para carcomerme desde adentro.

Lloro porque hay suficiente amargura en el mundo como para ser otra mujer indiferente. Lloro porque a veces siento que no puedo, aunque sepa perfecto que puedo y bastante bien. Lloro nomás porque pienso en la utopía de tener a alguien que me abra los brazos y reciba mis lágrimas, sin juzgarme: ¿quieres llorar?, aquí está mi hombro y mi pecho y un pañuelo; ¿quieres llorar y estar sola?, aquí me quedo y te veo, sin decir nada, sin moverme; ¿quieres llorar a gritos?, ven, te llevo a donde el silencio no sea un requisito obsceno; ¿quieres llorar con pizza y nieve y ver Netflix?, no busques más, te acompaño, ya conozco tu sabor favorito.

Cuando quiero llorar, pienso en todas estas cosas para decidir si lo hago o no y por qué. Al final, siempre lloro sólo porque quiero.

 

Abby García