Luces en los cerros

Para mi portador de fuego

 

¿Has querido explicar con palabras un sentimiento? Algo así como saciar el hambre con sólo mirar un pastel, como encontrar la calma tras el resonar del trueno.

Un día noté que tus pasos podían estremecerlo todo, que tu sonrisa podía hacerme cantar con los ojos y que en tu voz cualquier historia sonaba dulce.

¿Has deseado alguna vez llorar de tanto miedo? No estás solo, te digo, estoy contigo –pero soy yo la que se vuelve valiente cuando aprieta tu mano–, y te canto y te invento un cuento.

Quise contarle al mundo que la felicidad había llegado, que podía no dormir y aun así sonreír por la mañana, que en mí jamás habría otra vez miedo.

¿Has advertido cuán rápido corre el tiempo? Desearía tener una bitácora de tus días conmigo, por si la memoria llega a fallarme, por si la rutina me distrae y su peso por fin me aplasta.

Entonces cometí un error, y uno más, y muchos otros. Nunca deseé tanto ser buena en algo, nunca pensé tanto en las consecuencias de mis actos.

¿Has nombrado a alguien y se te desbordan todos los sentimientos? Lo poco que sé del amor me lo contagiaste tú cuando en mi voz nació tu nombre y le diste forma.

Con el tiempo descubrí que bailar contigo era mi pasatiempo favorito, que cocinar valdría la pena siempre y cuando fuera para cumplir tu antojo, que con un poquito de esfuerzo, quizá hasta yo podría ser buena madre y buen ejemplo.

¿Has notado las luces que de noche escarchan los cerros? Siempre encuentro en ellas algo de tu amor espontáneo y mucho de tus te-amo antes del sueño.

 

Abby García

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Algoritmos para la vida

Filosofía de vida: enamórate de canciones, no de personas.

Soy muy de la vieja escuela, así que ni Spotify ni Soundcloud, y mucho menos Apple Music me sirven para vivir. YouTube es mi pastor, nada me faltará: es el Celestino perfecto para la mayoría de mis obsesiones musicales. Casi nunca se equivoca. Sabe muy bien lo que quiero, lo que me gusta, lo que necesito. Y lo peor que puede pasar en los rompimientos es llegar al hartazgo o al veto.

Claro, en las relaciones interpersonales el hartazgo es también un factor para los rompimientos, y el veto será opción siempre que todo acabe mal. Pero cuando de obsesiones se trata, no se puede garantizar salir bien librado de los finales.

Muchas veces creo que YouTube es la vida misma hablándome bonito al oído, tratándome como Dios manda. Diciendo: Calma, calma. Todo se pondrá mejor.

YouTube me recomienda: Monsieur Periné – Bailar Contigo

Escuchar una y otra vez la misma canción es un ritual relajante que desintoxica mi rutina. En días normales, antes de que llegue el tedio, antes de que esa relación se vuelva tóxica, ya hay otra canción que suplantará la desgastada melodía. Imagino que es políticamente incorrecto hablar así cuando se involucran personas. ¡Oye!, tu mejor amiga, en otra ciudad, domina el sarcasmo y el humor negro, pocas cosas la ofenden y no se anda con sentimentalismos raros, ahora que te has mudado pondré cerca de ti a esta otra que cumple masomenos los mismos lineamientos. Altamente recomendada para ti.

YouTube me recomienda: Aterciopelados – Play ft. Ana Tijoux

Todo sería más fácil si nuestros encuentros sociales se dieran por los mismos algoritmos. Que un factor externo tomara por nosotros las decisiones difíciles. Poder soltar para agarrar mejor lo que viene. ¿Ya no soportas sus patanadas? Ten, te lo cambio por éste, es mejor partido y su mamá te va a querer mucho.

YouTube me recomienda: The Dø I A Take Away Show

Las posibilidades de fracaso serían casi casi nulas, sin necesidad de lidiar con silencios incómodos, relaciones tormentosas, amistades falsas o malosentendidos peligrosos. ¿Tuviste un novio alto y barbón que te hacía muy feliz con sus detalles? Va, aquí te dejo éste que, sin temor a equivocarme, superará por mucho al anterior. No la vayas a cagar.

YouTube me recomienda: Carlos Sadness – Te Quiero un Poco

Es quizá una burrada plantear esta utopía. ¿Dónde queda el aprendizaje de los sinsabores de la vida?, ¿las carcajadas después de haber superado toda adversidad que retaba a la suerte? Sí, se necesita algo más que un buen algoritmo para llenar la necesidad humana. Ya sé, ya sé: te aburriste a media conversación con Fulanito, omitiré encuentros futuros con ejemplares similares.

YouTube me recomienda: Dua Lipa covers Arctic Monkeys Do I Wanna Know?

El universo tiene formas mucho más interesantes de jodernos, y viceversa. Si YouTube, Spotify, Soundcloud o Apple Music fueran la vida hablándonos, ¿qué clase de personas serían nuestras favoritas?: ¿un reguetón cachondo y romántico?, ¿un cumbión infantil? Quizá una balada rock con letra misógina o tal vez un corrido nacionalista pa’echar trago. Uno no puede hablar del buen vivir sin experimentar.

YouTube me recomienda: Tash Sultana – Notion

 

Abby García

El que era mi pueblo

Hola, soy Abby García, casi reynosense, me fui de una ciudad insegura y violenta donde –como dice Graciela Ramos– a cualquier hora y lugar te puede alcanzar una bala.

 

Es fácil escribir desde una oficina en total tranquilidad. Es muy muy fácil escribir en una ciudad en aparente calma. Es mucho más fácil escribir sin el miedo latente de que en cualquier momento se puede poner fea la cosa allá afuera.

Hace casi cinco años dejé Reynosa para vivir en Monterrey. No nací en Reynosa, pero los años que viví ahí me dieron mucho que agradecer. Ya casi no me acuerdo de la situación que se vivía en aquellos tiempos, pero sí recuerdo que llegué a un Monterrey callado, al centro de esta ciudad que estaba casi desierto, y me tocó conocer un Barrio Antiguo desolado y abandonado. Por suerte, también me tocó vivir un resurgimiento de espacios culturales y el reavivamiento de algunos buenos sitios en el Barrio y el centro. Hoy ya es otra cosa andar por estas calles.

De Reynosa conservo grandes amigos, muchos buenos recuerdos y el hábito de revisar en las redes sociales los reportes donde ciudadanos y vecinos se alertan y se cuidan entre sí cada vez que se pone fea la cosa.

Es duro saber que otra gente la está pasando mal. Es muy muy duro saber que gente a la que estimas está viviendo momentos difíciles. Es mucho más duro saber que ellos y otros sobreviven con cierto miedo, porque no tienen de otra, porque así lo decidieron, porque es lo que hay. Pero tú te fuiste, y es todavía más duro saber que, desde tu oficina tranquila, en tu ciudad en calma, con un miedo distinto, no puedes mover ni una piedra para mejorar la situación.

Hoy sé de un pueblo de tierra ardiente y viento en llamas donde la gente solía ser brava. Un pueblo de lares que han sido refugio de migrantes y cuna de fieras carreteras. Sé de un pueblo atrapado en guerra de nadie, que se duele. Un pueblo de cantina, trova y guitarra, de corrido ajeno y carne asada. Un pueblo-laberinto-derrumbado, de durmiente minotauro, de revolución olvidada. De carcajada que contagia, de lágrima callada, de villano que va disfrazado de valiente y de valiente que se esconde, pero se queda y es valiente para a diario gritar “basta”, murmurando, porque sabe que el grito no basta para salvarlo.

 

Abby García

De personas distraídas y yo

¿Has conocido gente que con gran facilidad pierde las llaves, la cartera, el celular? Hay hasta quien pierde el hilo de una conversación o la noción del tiempo. Bueno, pues yo soy del tipo que pierde amigos, así tal cual. Pierdo amigos y ya perdí la vergüenza de admitirlo.

Un día somos inseparables, nos consideramos familia, amigos por siempre, befos, y al otro ya me emputa ver sus fotos con diez kilos menos, sus checkpoint con el grupito de la prepa en el restaurante al que quiero ir, o sus ridículos intentos por disimular que ya no soy de sus personas favoritas: los saludos forzados, los tqm que chocan en los dientes o las conversaciones incómodas que nos ponen al día, cuando en realidad tratas de omitir información que pueda delatar tu falta de entusiasmo.

Juan decidió coquetear con Mirna en las vacaciones de verano y así romper con nuestro trío de “best-ies”. A Aldo lo perdí en un templo cristiano durante la alabanza. Ingrid se fue cuando le mandé un meme dentro de una conversación inapropiada. Cinthya me dejó en cuanto vio que yo solita podía hacer nuevas amistades. Salma de plano no soportó esperar a que le escribiera mientras yo estaba “en línea” con alguien más. Alexis prefirió no invitarme a su fiesta de cumpleaños porque vivo lejos y al fin que ni iba a ir de todos modos.

Aunque de vez en cuando me acongoja ser tan distraída y perder amistades con tanta ligereza, la verdad es que he contemplado la partida de cada uno con cierta calma, y hasta he logrado adivinar el momento preciso en el que deben irse, antes de que inicie el caos, por el bien de todos: que se vaya, que se vaya, shuu shuuu.

Algunos días me pregunto qué tengo de malo. ¿Por qué todos se van? ¿Por qué los dejo irse? Y es que de verdad soy muy descuidada, me pasa que caigo en la creencia de que un buen amigo es para siempre, que la amistad no debería afectarse ni por la distancia ni por el tiempo. ¿Si yo sigo siendo la misma persona por qué habría de cambiar algo en la relación? Pues nada, pasa que no soy la misma de ayer, ni la de hace un mes, mucho menos la de hace cinco años. No debo esperar que los otros sean tal cual los conocí por siempre. La gente se va, algunos crecen, otros nos quedamos atrás. Los más suertudos se acompañan durante la travesía y evolucionan.

En días más melancólicos me pregunto qué habrá sido de cada uno de esos amigos que perdí: ¿será que Aldo encontró por fin a su manic pixie dream girl? ¿Habrá renunciado a su trabajo la pobre de Salma? ¿Seguirán juntos Juan y Mirna, tendrán hijos? ¿Ahora quién será quien acompañe a Alexis a los conciertos? Pero la pregunta que más ruido me hace: ¿será que alguno me extraña?

 

Abby García

Fui polilla vampiro

No vuelvas, no he cambiado.

No vuelvas, ya me perdoné.

Soñé que era una polilla. Me vi a mí misma en una pared, con las alas muy abiertas. Mi cuerpo se perdía en el gris viejo del tapiz, sobresalían mis lunares color ocre.

Después él: no lo vi llegar, ya estaba ahí. Leía Canción de tumba recostado en mi cama, con un marlboro entre los dedos. Me esperaba, entonces supe que no era real, que se trataba de un sueño.

***

No hablaré más del círculo virtuoso que era observarlo para sentirme más y más feliz. Omitiré todas las veces que encontré en sus ojos paz, hasta el punto de desear construir mi casa del árbol en ellos; callaré también los momentos en que usé sus labios de columpio y las horas en que me quedé ahí, inmóvil y silente, sin más necesidad que el impulso de sus pestañas.

Callaré, además, que marzo fue el mes que no llegó. A nadie le contaré sobre la luna de miel en Japón. No celebraré mi cumpleaños durante el Hanami, bebiendo sake bajo algún árbol de sakuras ni tomaremos fotos con el florecer de los cerezos al fondo.

Ya no podré quejarme sobre las canciones que arruinó con su recuerdo. No podré enojarme porque olvidó su regalo de bienvenida en mi librero. No volveré a hablarle sobre mis días malos ni sobre mi padre.

Nunca más será prudente justificar el miedo a cometer errores, ese miedo sazonado con melodrama. Ya no me permitiré dormir con la angustia en el estómago ni las inseguridades en el pecho.

No seré de nuevo quien era, y qué bueno.

***

Lo observé.

Lo vi levantarse y desaparecer entre el humo de su cigarro.

Todo oscureció, alcé el vuelo y mis alas se desintegraron.

Escribí con polvo, desde donde el pasado parece siempre un mejor lugar; dentro de una habitación donde la nostalgia era una nube de polillas en mi contra, entre penumbras, desde donde por fin tuve voluntad para encender la luz.

Y desperté.

Abby García

Presagios II

“¿Qué sonrisa habrá tenido Dios al verte llegar temprano?”

A los jardines de cera – Edel Juárez

***

Me gustan las salas de espera: hospitales, aeropuertos, terminales de autobús donde las historias se cruzan sin enredarse. Me gusta observar a la gente, con su intimidad casi expuesta, esperando, de puntitas muy a la orilla, ese futuro que, aunque incierto, les da esperanza.

***

Debe buscar algo de ropa. Negra, de preferencia. En algún lugar de su mente hace frío y llueve, afuera está soleado y el pavimento quema. Sale de la regadera envuelta en una toalla. De la cajonera escoge un blusón, negro, y unos jeans, también negros. Se detiene frente al espejo y desconoce a la mujer en él: demasiado elegante para un funeral. También hay elegancia en la muerte, hay elegancia en su manera sutil de pausarlo todo, de callarlo todo. Cierra los ojos para cepillarse el cabello, evita en lo posible su reflejo. En dos minutos está lista.

En la funeraria: que-nadie-se-me-acerque, piensa con la mandíbula apretada. Hay demasiada gente, entran y salen, ¿esto es una sala de espera? ¿Qué se espera en el lobby de una despedida? No distingue el nombre que le corresponde a cada rostro pero sabe que están ahí por ella, la pena en todos los ojos los delata. Una mujer canosa que tampoco reconoce se le acerca, que-no-me-abrace, suplica en su interior: nadie escucha.

La capilla está casi vacía. Tiene un lugar en primera fila desde el que no es posible ver el rostro completo de su muerto. El perfil apenas se vislumbra en el ataúd. Si a los muertos les dieran a elegir un lugar para dejar sus cuerpos, ¿en dónde se quedarían? ¿Y las almas? ¿A dónde van las almas? Decide que su alma elegirá quedarse en un espejo, su lugar favorito de la casa.

Una fotografía con sonrisa afable la observa mientras se reza el rosario. Ese rostro resulta más cálido que el del cuerpo en el ataúd: tan correcto e imperturbable, tan ajeno a la fotografía, inexpresivo, con párpados y labios sellados, con la piel tiesa y fría cual maniquí durmiente en casa de muñecas.

Lo siento mucho, dice uno. La abraza, la sofoca y solloza en su hombro. Cuando por fin se marcha, alguien más llega y acapara de nuevo su cuerpo. Todo irá bien, no estás sola. No estoy sola pero quisiera. Es incapaz de rescatarse de aquel caos, incapaz de reconocer a los que llegan uno tras otro. ¿A quién le lloran?, piensa, ¿será posible que lloren al mismo muerto?, ¿a mi muerto? Llora, lo que no sacas se pudre dentro, dice uno más, tienes que llorar. Termina consolando a algunos cuantos: Gracias por estar aquí. Palmadita en la espalda. Gracias por venir. Sonrisa condescendiente. Gracias por acompañarme. Apretón de hombro. Gracias, muchas gracias. Beso en la frente. Eres una mujer fuerte, remata el último de la fila. No. Ella no quiere ser fuerte. Las condolencias terminan.

Es hora de cerrar la capilla, dice el vigilante, ¿alguien va a quedarse? Por supuesto, yo me quedo. A solas, se acerca al ataúd y siente la tormenta venir. El rostro apagado casi gris, los brazos cruzados en el pecho, el crucifijo plateado entre sus manos, el uniforme de gala y la elegancia de la muerte. La fotografía no sonríe más, arruga la frente, tuerce la boca, no entiende qué sucede. La habitación se oscurece, todo alrededor es negro como su ropa. La tormenta emerge y por fin llora. Adentro ya no llueve.

***

Me gustan las salas de espera: la vida, el duelo, el dolor permanente, la esperanza del futuro. La cuenta regresiva hacia el viaje del reencuentro.

Abby García

La contemplación de las flores

Para las estaciones del Tranvía: gracias por cada viaje

 

Por casi diez días, a finales de marzo y a principios de abril, la primavera anuncia su llegada —a Japón— a través del Hanami.

Lo que me gusta del hanami es su recordatorio de la impermanencia de la vida, la idea de florecer con plena consciencia de la muerte, y abrazar la belleza de ese ciclo natural para luego desbordarse a la esperanza del renacimiento. La flor del cerezo tiene una vida muy corta, de ahí la metáfora —de los japoneses— de que la vida es bella pero efímera. Así, el hanami embelese el cliché del sólo se vive una vez y la adictiva mentira de disfrutar el momento. Nos recuerda la celebración que debería ser el cotidiano vivir y aunque no tenemos la certeza de volver —a florecer— una vez muertos, más nos vale considerar la brevedad de la belleza y ponerla en nuestro contexto diario para no olvidar que estamos de paso.

Del mismo modo, cada estación de este Tranvía me recuerda la urgencia de desacelerar para darle lugar a cosas que, en un día normal, me pasarían desapercibidas.  Encuentro en cada andén la pausa que pide el alma para contemplar su propio florecimiento, su propio hanami, como un suspiro de desahogo ante la imponente monotonía del caos. No es raro que al final de la lectura termine conmovida, como si se tratara del fin de aquel ciclo de diez días por el cual la belleza nace, resplandece y muere.

No es abril ni primavera, no hay cerezos en México ni acostumbramos a reunirnos a las faldas de un árbol a filosofar sobre el paso de la vida, pero diciembre me pone sentimental y sirva esta reflexión como despedida de año, como esa pausa obligada para replantearnos el rumbo si es que queremos seguir andando. Yo nunca he visitado Japón y es muy poco probable que lo haga pronto, mas puedo decir que he contemplado las flores y, mejor aún, he disfrutado el viaje.

 

Abby García

Presagios

Los muertos ya son felices. Es la única certeza que tengo. Y el único consuelo.

 

Nunca imaginé qué sería de mi vida sin él, es que nunca quise saberlo en realidad; despertaba y de alguna forma sabía que estaba ahí, en casa o en algún otro lado. Ese domingo, el espejo quiso prevenirme, advertirme de lo contrario. Desde niña tengo la mala costumbre de pasar mucho tiempo viéndome al espejo: poso frente a él, bailo, canto, y me cepillo el cabello un rato: antes de dormir y cada mañana al levantarme.

 

El espejo es mi lugar favorito de la casa.

 

Él despertó en la madrugada para salir a trabajar. Me dejó un beso en cada párpado y la promesa de volver a la hora del almuerzo. En un domingo normal, él hacía una pausa en su turno de 24 horas y volvía antes de que yo despertara. Aquel domingo llegó el mediodía, el sol que entró por la ventana fue quien me despertó. Adormilada fui directo al espejo de armar y comencé a cepillarme el cabello. En un momento, no sabría explicar cómo, mi reflejo se detuvo, me vio con ojos muy abiertos y me preguntó sin mover los labios: “¿Qué vas a hacer cuando él ya no esté?”. La imaginación buscó respuestas y me llevó lejos, a días que deseé imposibles; el temor cayó sobre mi ombligo y me dobló, me gotearon los ojos, se me desconectaron los músculos. De pronto la desesperación: no ha llegado, ya es tarde, no ha regresado. Algo surgió y se retrasó, repetí para tranquilizarme. De algún sitio en mi interior tomé fuerza y continué el día. El domingo terminó y él no llegó, tampoco llamó.

No me gustan los domingos, me deprimen. Los lunes, en cambio, son mi día favorito de la semana.

 

El lunes desperté extrañamente feliz. Evité en lo posible el contacto visual con los ojos de mi reflejo. Cepillé mi cabello con indiferencia, diez o quince minutos. Llegué a la oficina y me cambié los converse por tacones; preparé café y empecé a revisar mis pendientes con el playlist de los lunes. Escuchaba Yellow Ledbetter, de Pearl Jam, cuando sonó mi teléfono; el lamento del solo de guitarra me arrugó el corazón al mismo tiempo, con un sentimiento irreconocible. Si no supiera que es un músculo, juraría que en ese instante sufrí una fractura masiva de huesos del corazón.

Una voz femenina y fría pidió hablar conmigo. Soy yo, contesté dudando. Entonces se me vino de nuevo el miedo: (…) Hospital General (…) informarle (…) hospitalizado de urgencia (…) ¿es usted su pariente? (…) su presencia es necesaria.

¿Necesaria?, ¿necesaria-papeleo simple para tener la seguridad que alguien pagará la cuenta de hospital?, ¿necesaria-trasfusión de sangre urgente?, ¿necesaria-identificación de cadáver? ¿Qué tan necesaria es mi presencia?

 

La mujer colgó antes de que yo terminara de entender la “necesidad” de su llamada. Salí de la oficina corriendo, así, en tacones. Al llegar alcancé a verlo a través de un cristal en el pasillo del hospital. Me sonrió y levantó la mano, pero tuvo que taparse la boca para toser muy fuerte. Sus ojos miel lucían tristes. Sus ojos, sólo pude pensar en sus ojos, sin preguntarme cuál había sido la emergencia. Una enfermera estiró la cortina y me lo arrebató de la vista. Ésa fue la última vez que lo vi.

Nadie dijo nada. Me entregaron sus cosas en una bolsita de plástico. Y nadie dijo nada. Ni siquiera dijeron que las voces alarmadas que escuché detrás del cristal, ocultas por la cortina, eran las enfermeras y doctores que trataban de revivirlo. Nadie dijo nada. Nadie me dijo que cuando dejó de toser estaba muriendo. Nadie dijo nada. Hasta dos horas después, una mujer delgada y alta, de voz muy fría, fue quien lo dijo tan simple que tardé en unir las frases que llegaban a mí entrecortadas: sentimos informarle murió paro cardiaco.

No dije nada.

—Necesita traer estos documentos –me dio un papel– para que podamos entregarle el cuerpo.

El cuerpo. Suena tan ajeno. Su cuerpo. Un cuerpo que ya no significa nada más que un cuerpo muerto. Mi cuerpo, mi cuerpo vivo, su peso, cayó de nuevo sobre mi ombligo; me incliné hasta quedar hincada en el suelo, con los ojos goteando.

 

La mujer se alejó con prisa y yo quedé ingrávida en medio del pasillo. No dije nada. No sé cuánto tiempo pasé llorando. Recuerdo unos brazos que me apretaron por la espalda. Recuerdo un “tranquila, todo va a estar bien”. Recuerdo sus ojos. No sé cómo llegué a casa ni cómo encontré los documentos de la lista. No sé en qué momento cambié los tacones por los converse que había dejado en la oficina. Sé que no me gustan los domingos, que me encantan los lunes y el solo de guitarra de Yellow Ledbetter. Sé que paso mucho tiempo frente al espejo, cepillándome el cabello.

 

Sé que los muertos ya son felices. Son felices ellos que pueden flotar y volar, partir y volver y estar, y quedarse callados o gritar. Sé que son felices aunque nos vean llorando.

 

AG

Lección: la fuente de la eterna juventud

Es un día lluvioso. Lluvioso como cuando Georgie salió a navegar su barquito de papel. Llevo el pantalón mojado hasta las rodillas y los pies húmedos y fríos. Espero bajo el techo de una tiendita, sin paraguas. Uno, dos, cinco camiones han pasado durante los cuarenta minutos que he estado esperando. Todos iban hasta la madre. Todos. Ninguno atendió mi señal de parada. De milagro pasa un taxi que se detiene sin que yo haga alguna señal. Subo sin pensarlo demasiado.

En la radio se escucha November rain. Le indico al chofer mi destino, no es muy lejos, y me dispongo a cantar en voz bajita mientras busco una distracción por la ventana. El chofer, un hombre que a simple vista luce mayor que yo, me nota apasionada por la canción y se anima a preguntarme:

—Oiga, ese es el video del barco, ¿verdad?

—¿Cuál barco?– contesto.

—El barco donde se tiran al mar.

—No, es el de la boda, donde empieza a llover.

—Ah, sí, ya me acordé… –creí que sería todo pero…– yo los fui a ver, cuando vinieron por primera vez a Monterrey, al Universitario, ¿se acuerda?, el Axl abrió golpeando un gong y luego el griterío de la gente, también fui a ver a Deep Purple, ¿los conoce?

—Sí, cómo no– ya tenía toda mi atención.

—Bueno. También vi al Ozzy, el que andaba de vocalista de Black Sabbath que comía murciélagos.

—¿Ah, sí?

—Cuando tenía como quince años me tocó ir a uno de Queen. Fíjese que yo tenía boleto pero como había tantísima gente pues no nos dejaron pasar y nos tuvimos que saltar la barda, nombre, ¡otra cosa!, esos eran conciertos, no como ahora. Al último al que fui fue al de Scorpions hace unos meses… esas sí son canciones no chingaderas, ¿verdad?

—Estoy de acuerdo –yo fascinada, omito el mal recuerdo de no haber asistido a ningún concierto desde que vivo en Monterrey.

—Me muero de ganas de ir a ver a AC/DC, pero esos sólo vienen al DF. Tengo 52 años y sigo rockeando –llegamos–, ése es el secreto para no envejecer– y sonríe de forma contagiosa.

Lo observo: casi no tiene arrugas ni canas, sus ojos verdes brillan cuando habla y sus brazos parecen bastante fuertes. Ya no parece tan mayor, pienso en un joven adulto de los ochenta, un rebelde sin causa. Le pago y le doy las gracias. Siga rockeando, me dice, y hace la señal de los cuernos con la mano “l..l,”. Sonrío pero tardo en contestar el saludo como Dio habría querido. Sólo puedo pensar en dónde carajos están mis discos de hace quince años y qué pasó conmigo, en qué momento dejé de ser joven para convertirme en un ser mortal común que se encabrona cuando llueve. Frustrada y vieja entro a la oficina, saco mis audífonos del cajón y busco el playlist más intenso que guardo en YouTube. Aunque claro, los milenials dirán que YouTube es muy de la vieja escuela.

 

Abby García

Aquí nada pasa

Alguien me observa. Antes de que yo note su presencia se acerca y, con preocupación, pregunta “¿estás bien?”. Debe ser mi cara sin maquillaje, las ojeras, el (des)peinado o mi nulo entusiasmo. Sólo supongo. Seguro ha estado observándome desde hace un buen rato y ha hecho sus propias conclusiones, supongo otra vez. “No es nada”, contesto sin levantar la vista (y es que si lo hiciera probablemente lloraría). He intentado disimular, por lo visto no me sale. Pero aquí nada pasa, pienso, es sólo la habitual tristeza y su habitar en el cuerpo.

No sé cómo, pero se nota: supongo que pesa y nos encorva. Es un globo que se infla dentro del pecho, deja entrar sólo el aire justo, supongo, para no asfixiarnos. Es un globo o un montón de recuerdos.

Hay presión en las costillas —y eso no lo supongo, ya he estado en ese dolor—, es ahí donde se esconden las lágrimas

            te hinchan

            te oprimen

            te llenan.

Cuando los suspiros duelen, es la tristeza que no cabe.

Una vez deseé con todas mis fuerzas

            —literalmente—

que volviera un ser amado

Y no hay tristeza más densa que esa de desear imposibles:

apretar los ojos: exigir el llanto

arañarse el pecho: arrancar certezas

                                               futuros

                                               ausencias

                                               promesas.

He pasado un par de días disimulando:

Chocar las muelas, fruncir los labios, morderse los dedos

            También de disimular se cansa el cuerpo.

 

La tristeza es un hoyo negro: nos traga.

No hay manera de encender la luz desde adentro.

 

 

Abby García