Clóset

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Un día, hace muchos años, descubrí que guardamos los recuerdos en los ojos. Es por eso que basta apretar la mirada para que la nostalgia nos caiga encima, para que el pasado nos aplaste con aquello que el corazón añora de aquellos días.

Sucede que llevamos en el interior de los ojos un clóset repleto de cajitas ordenadas, y no tanto, unas sobre otras. Su materia y forma varían de acuerdo al tipo de recuerdos que almacenan: algunas de ellas guardan incendios y al abrirlas, arden en la oscuridad detrás de los párpados. Otras más grandes albergan días lluviosos o mares enteros, y es suficiente moverlas un poco para que el clóset se inunde y se desborde hacia afuera.

Están también esas que guardan insectos: la de las mariposas que gustan de jugar dentro de los vientres o de los ciempiés que se divierten haciéndonos cosquillas en los labios.

A veces olvidamos manejar con cuidado las que encierran huracanes y sin querer éstos aparecen y alborotan todo, o despeinan; a lo largo del día es recomendable recurrir en repetidas ocasiones a las que guardan alguna canción para bailar, para sonreír, para llorar o para suspirar, y destapar de vez en vez las que guardan aromas para volver a los platillos de mamá, a los postres favoritos o  a la calma que habita en el sueño de un recién nacido.

Las hay de terciopelo o de cristal, de cartón o de acero. En forma rectangular o cilíndrica, de colores luminosos, estampados sicodélicos y hasta algunas que brillan en la oscuridad. Pueden llevar la etiqueta de algún nombre, alguna ciudad o alguna fecha. Existen, sin duda, las que en ocasiones olvidamos en los rincones y se empolvan, o se maltratan, pero siempre reaparecen y nos hacen estornudar con su polvillo, o nos apapachan en su melancolía.

He de decir que mi clóset se vuelve a veces mi lugar favorito. En ese momento, las cajitas de los recuerdos más recientes cobran vida, son las más pequeñas y traviesas, entonces brincan y bailan, y se carcajean, y me jalan hacia afuera con destellos de los días que me estoy perdiendo.

 

Abby García

Notas al pie del hartazgo

No pretendo convencer a nadie de que hay arte en esta hartura. La emprendí porque es el último recurso que me queda para acercarme a la sensibilidad.

Canción de tumba, Julián Herbert.

 

Hoy escribo desde el desencanto. O quizá siempre ha sido así, no podría decirlo.

Se me terminaron las obsesiones y los placeres culposos. No me apetece recurrir a mis anécdotas románticas ni a los cuentos viejos, tampoco a los poemas-muy-malos, ni a los textos sobre la empatía, mucho menos a esos sobre la gente que me quiere o sobre la que no quiero. Tal vez sólo es que no me apetece escribir.

Corrijo: –por favor no se ofenda, sépase apreciado y querido, amigo lector– lo que sucede es que generalmente escribo porque siento la necesidad de decir algo, aunque también lo he hecho aun con la sensación de no tener nada relevante que decir, otras veces he dicho más de lo que debía, y he escrito con intención y por diversión, con enojo, con amor, con entusiasmo. Hoy sólo no me apetece escribir, ni nada en absoluto.

Hoy, y desde hace muchos días, me estoy queriendo poco.

No es sólo la pelea con mi imagen o apariencia, también están los fracasos profesionales, las decepciones amorosas, los conflictos existenciales y un putamadral de frustraciones que suelo callar por hacer como que la vida sigue, aunque en realidad no avance. Cuando todo se acumula, e incluso si no hay nada acumulado, caigo en el limbo de la hartura.

Un día repruebas una materia, la ropa ya no te queda, tu crush deja de enviarte mensajes, en la oficina se quejan y se quejan de tu trabajo o alguien inicia una conversación sin preguntarte cómo estás, cómo te sientes, cómo estuvo el fin de semana. Lo más insignificante puede volverse detonador y todo explota: prefieres quedarte tirado en la cama, viendo el techo. O dejar de usar tus jeans favoritos. O bajar la mirada cuando parece que alguien te coquetea. O comerte dos órdenes de tacos porque es más sencillo que salir a correr por las mañanas. O ignorar todas las notificaciones del celular, preparar una maleta pequeña e irte a vivir a una ciudad desconocida, o mejor dicho, a una ciudad donde nadie te conozca.

Si puedes te duermes tres días, si no, sólo te dejas llevar por el modo automático. No se siente tan mal ir con la corriente, no se siente tan mal ser un zombi, pero no hay chispa, y al final lo único que deseas es mandar todo a la mierda, que el tiempo pase, que se desvanezca el hartazgo.

Porque ni tú mismo lo comprendes, te limitas a sentir. Ni siquiera es tristeza o depresión, es que de verdad estás hasta la madre. Y ninguna frase de ánimo te animará realmente. A veces sólo queda suspirar y cerrar los ojos.

Sé que visto desde el otro lado parece drama, pero hoy, y desde hace muchos días, de verdad la vida se está sintiendo muy mal aquí abajo y el mundo no parece un lugar cómodo ni seguro; hoy, y desde hace muchos días, la yo funcional se fue de vacaciones, dejó en su lugar a un zombi que para nada está de acuerdo conmigo.

Abby García

Planta de frijol

No sé bien por qué tengo muy pocos recuerdos de mi primera infancia. Si no fuera por las fotos que mi mamá se encargó de guardar, mi mente no podría recrear momentos importantes de mi niñez. De los pocos que puedo evocar sin fotografías, hay uno al que le tengo especial cariño:

—Los frijolitos lloran– me dijo mi abuelita materna–, lloran cuando nadie se los come.

Entonces mi mente infantil arrojó una escena de los frijoles que no me apetecía comer, con carita triste, en el bote de basura, llorando porque yo los había desperdiciado. Luego de un rato, con un machito de tortilla, me los comí a regañadientes hasta que no quedó nada en mi plato.

Al día siguiente llegué a la primaria entusiasmada por contar la historia a mis compañeros. Recuerdo que, con toda la fe que un niño puede tener en las historias fantásticas, les expliqué por qué no debíamos desperdiciar el manjar aquel. Algunos callaron atentos, otros rieron. La niña más popular, que ahora me parece la más cruel del grupo, se burló de mí y de mi abuela, nos llamó tontas y remedó mi narración. Más niños rieron a modo de burla. El niño bufón se sentó en una esquina del salón para emular un llanto ridículo y fingir que era un frijolito llorón. Nunca más volví a acercarme a platicar con ellos. Me pregunté muchas veces si algo malo les pasaba, por qué no creyeron la historia de mi abuelita, por qué se burlaron de los pobres frijolitos llorones. Hoy aún no me explico si fue que ellos habían crecido muy pronto o si yo me había tardado demasiado en madurar, porque yo de verdad creí, aunque tenía ya diez años, para mí no fue sólo un cuento. Supongo que gracias a mi abuela tengo la costumbre de no dejar comida en el plato. En el fondo aún pienso que si desperdicio esos alimentos, se pondrán muy tristes porque no me los comí.

Cada vez que tengo que tirar algo de comida a la basura, pido perdón a mi abuelita, que murió hace muchos años (y a todos los niños de África que no tienen qué comer), por las tortillas que se me quemaron, por la sopa vieja que ya no me comeré o por aquellas verduras que olvidé y perecieron en el fondo del refrigerador. Pero cuando se trata de frijoles, vuelvo a los días en que mi abuela me arrullaba en su mecedora de jardín y me hacía piojito, a esa muñeca de trapo que ella escondió durante meses para dármela en Navidad, a sus alcancías llenas de pennys que eran mis tesoros de domingo, a los mimos que sólo las abuelitas pueden darle a los nietos consentidos.

Cuando tengo que tirar a la basura los frijolitos que no me comí, imagino que con la ayuda de sus lagrimones germinará una planta con el rostro arrugado de mi abuelita. Una planta de frijol es mi recuerdo más dulce de la infancia; una planta de frijol como la que debió brotar del experimento de primaria que llevé en un frasco lleno de algodón y agua, y que nunca se logró; una planta de frijol que a susurros me cuenta más historias fantásticas que lo niños tontos y malvados jamás creerán, historias que podrían ayudar algún día a que otros niños, obedientes y soñadores, coman con disciplina todo lo que sirve su mamá en el plato.

Una planta de frijol es mi abuelita.

De cómo empiezan a afectarme los treinta

Anoche soñé que me linchaban en el mundo virtual por decir algo en un mensaje supuestamente privado. ¿Cómo puede uno ir tan campante por la vida, contar intimidades y esas cosas, cuando existen las capturas de pantalla, las filtraciones de la nube y los ociosos que se divierten al quebrantar la privacidad de los demás?

Últimamente siento la paranoia de cuidar todo lo que digo en redes sociales (en la vida real no hay respaldo de información ni existe la caché, podemos atribuir todo a un fallo en la memoria). Intento ser prudente tanto en las conversaciones casuales de Whatsapp como al emitir mis opiniones personales en Twitter o Facebook. Muchas veces fracaso, claro está.

Una de las razones, no voy a negarlo, es que disfruto mucho quejarme. Aunque no me guste aceptarlo, soy noventa por ciento millennial, nativa digital, entonces mis quejas van de la mano con la tecnología. Soy una persona promedio, tengo una rutina bastante ordinaria y eso me permite tener a diario suficientes motivos para vivir en una queja constante. Pero, sobre todo, me encanta, me fascina, me complace chingón quejarme de mi sueldo. Así, cada vez que lanzo un improperio al respecto, me muerdo las uñas y la lengua ante la idea de que el comentario llegue a oídos de quien pudiera influir en la decisión de anular tan preciado detallito de mi vida laboral.

**Nota aclaratoria para quien corresponda: la verdad es que no gano mal (¿o sí?), pasa que, igual que a cualquier persona promedio de este país, no me alcanza para una chingada.

Manejo la oscura creencia de que al usar mis redes sociales en la computadora de la oficina, toda conversación, todo movimiento, toda búsqueda, click, me gusta o retuit, quedará grabado para siempre en el historial del servidor y su poderoso software vigilante que vendrá después, guadaña en mano, para juzgarme, acusarme y cercenarme los dedos y la nariz, sobre todo por todo lo emitido en horario laboral, por supuesto.

La cosa no queda ahí. Si por algún impulso emocional yo me viera en la necesidad de quejarme, no sé, de alguien, quien sea: qué miedo que el receptor de mi queja la haga pública o se la envíe al interesado. Qué vergüenza.

Ni hablar de la posibilidad romántica de enviar nudes o sextear, es algo inconcebible: en automático, todos a mi alrededor se enterarían de mi pecaminoso hábito. Para ambos casos, debo tener preparado un discurso para justificarme: que si la emoción del momento, que si la libertad sexual femenina, que si todo era una pequeña broma muy bien elaborada para desconcertar al otro: ¡mira, yo también guardé nuestra conversación! ¡También tengo fotos tuyas muy comprometedoras!

¿Porno? En mi historial no existe. ¿Qué tal que muero y quien se quede con mi laptop o celular le da por indagar en mis visitas más frecuentes en la red? No. No. No.

En mi defensa diré que todo es culpa de la edad. No es que tema a la pequeña inquisición que se ha formado aquí y allá, no, ni a los bandos rudos y técnicos, intelectuales, opinólogos, jueces y verdugos, que poseen la autoridad amoral para exponer, linchar, quemar y desprestigiar a cualquiera. No, no es que tenga miedo. No es que nadie antes que yo no haya hecho un screenshot o compartido un meme, o que nadie se haya quejado de su trabajo o del colega insoportable. Lo que pasa es que madurar es autocensurarse y yo ya estoy grandecita.

Abby García

Lloro porque quiero

No confío en la gente que no llora. Quizá porque soy una llorona con talento. Lloro cuando el camión no atiende a mi señal de parada porque va llenísimo, cuando no escucho el despertador y se me hace tarde, cuando el microondas no calienta bien mi comida y debo esperar otros dos minutos hambrienta. Creo con firmeza que si uno siente la necesidad de tirarse al llanto, debe hacerlo. Es sano, es puro, es reconfortante. No importa si es en medio de una junta de trabajo, a la espera en la línea de teléfono o de paseo en un centro comercial muy concurrido.

Tengo tal obsesión por la lloradera que en ocasiones busco excusas para llorar: que si el día está alegre y soleado, que si la lluvia entorpece el tráfico y los vuelve a todos unos pendejos, que si el arreglo floral de mi escritorio luce demasiado colorido entre tanto neutro. Ahí voy, a internet, con la ilusión de encontrar nuevas canciones de desamor, poemas sobre la muerte, películas tristísimas o recuerdos de momentos felices. Cualquier cosa. Lloro porque lo importante es romperse, qué más da si es de tristeza, nostalgia, alegría o ridiculez.

Sucede que la sensación que sobreviene al llanto me resulta revitalizadora y adictiva. Como si supiera, después de llorar, que todo, absolutamente todo, estará mejor: los pendientes en la oficina, el amor a distancia, el familiar enfermo, los trastes sucios o la cartera vacía. Todo se compone un poco. De pronto, que el camión tarde demasiado en pasar tiene algo de poético, la añoranza del pasado se convierte en motivación para el futuro o simplemente mi vida parece, por mucho, más afortunada que la de cualquiera por el solo hecho de poder llorar gracias a estas trivialidades.

Dicen que nada resolvemos al llorar, y así es como inicia la represión. Si eres mujer y estás en ánimo llorón: te va a bajar, son las hormonas, ¡qué pinche sensibilita, azotada e insoportable andas! Si eres hombre ni se diga: no tienes derecho, no puedes, no debes, que-ni-se-te-ocurra. Y entonces llorar es malo y anormal.

Yo, si no lloro al menos una vez a la semana, siento que mi cuerpo se expande y acumula aquello que me hace daño, y al liberarlo de esa presión dejo salir lo que puede echarse a perder para carcomerme desde adentro.

Lloro porque hay suficiente amargura en el mundo como para ser otra mujer indiferente. Lloro porque a veces siento que no puedo, aunque sepa perfecto que puedo y bastante bien. Lloro nomás porque pienso en la utopía de tener a alguien que me abra los brazos y reciba mis lágrimas, sin juzgarme: ¿quieres llorar?, aquí está mi hombro y mi pecho y un pañuelo; ¿quieres llorar y estar sola?, aquí me quedo y te veo, sin decir nada, sin moverme; ¿quieres llorar a gritos?, ven, te llevo a donde el silencio no sea un requisito obsceno; ¿quieres llorar con pizza y nieve y ver Netflix?, no busques más, te acompaño, ya conozco tu sabor favorito.

Cuando quiero llorar, pienso en todas estas cosas para decidir si lo hago o no y por qué. Al final, siempre lloro sólo porque quiero.

 

Abby García

Elegir nuestras batallas

Cuando creemos poseer la verdad sobre algún tema, sentimos la obligación de compartirla. Buscamos la libre expresión, decir lo que opinamos respecto a lo que sea, pero lo que sentimos como obligación es sacar al otro de su error; debemos rescatarlo, corregirlo, encaminarlo hacia la verdad: la nuestra.

En el mejor de los casos podríamos quedarnos con la satisfacción de haber soltado nuestro sentir y dejar que el libre albedrío resuelva la situación. Pero no. No nos conformamos, no hay liberación del alma si el otro no cambia de parecer en el momento en que nos ha escuchado. Es necesario convencerlo, que acepte su error, que nos dé la razón y exprese que ahora está de acuerdo con nuestra idea. Pero el mundo no funciona así.

Para empezar la verdad es la verdad y no puede cambiarse. Es la relación entre la realidad y lo que conocemos. De ahí que Sócrates alegara sólo saber que no sabía nada. Las verdades científicas, por ejemplo, pueden replantear totalmente nuestra realidad. Como aquello de que existen sistemas solares más allá del nuestro donde también podría existir vida, cuando, no hace tanto, pensábamos que el Sol giraba en torno a la Tierra. No es que las verdades cambien, lo que sucede es que conocemos poco y descubrimos o redescubrimos conocimientos. Las verdades están ahí, pero nuestro alcance intelectual no da para conocerlas todas.

La verdad relativa, en cambio, es más un punto de vista generado por los contextos culturales del ser. Lo que para alguien de oriente es correcto, para un occidental puede ser absurdo. Pero en ninguno de los casos se trata de algo absoluto e irrefutable.

Es por eso que cuando entramos en discusiones de opinión, a veces nos topamos con argumentos bobos, o más bien nulos, que son defendidos a garra y diente. Otras veces somos nosotros mismos quienes opinamos de primer golpe, sin analizar, sin reflexionar, porque nos gana ese deseo por corregir al otro. Muchas de las veces no nos tomamos siquiera el tiempo para hacernos responsables de lo que decimos. No cuestionamos si nos estamos equivocando al opinar.

Con frecuencia creemos que no hay un punto medio dentro de la verdad. Pero si hablamos de estas verdades relativas que se prestan a debate, podría ser que el punto medio signifique la armonía para todos. Es decir, si Café Tacvba dice que repensará volver a tocar en sus conciertos La Ingrata para no inducir a la misoginia, ¡caray!, qué buena intención. Pero entonces yo me pregunto: ¿cuántos gatos negros se habrían salvado de su maldición si Poe no hubiera publicado el Gato Negro? No es que los Tacubos estén equivocados, son culpables de plantear una decisión exagerada, pero eso no invalida su discurso.

Mi punto es: satanizar a alguien por lo que dice, es un arma de doble filo. No propongo defender lo indefendible, ni consentir lo inaceptable. Pero creo que tanto los Tacubos, como cualquiera que emita su opinión, tienen puntos, ideas, argumentos que en algún momento de su discurso se unen al nuestro.

Últimamente he leído mucho en redes a usuarios que aconsejan, en circunstancias distintas, elegir bien nuestras batallas. Aplica también para decidir sobre qué opinar, sobre qué quedarse callado, sobre qué investigar más o sobre qué escribir y publicar. No se puede navegar con banderas de verdades absolutas en una sociedad que tiene como estandarte una revolución basada en la información; sobre todo si no sólo ejercemos el derecho a opinar, sino que también representamos ese pequeño porcentaje que es leído por otros. Debemos saber elegir con responsabilidad lo que vamos a decir, porque puede influir en lo que opinen los demás.

Abby García

Tú no sirves para amores, tienes el sueño pesado

(Aquí yace un pájaro.

Una flor.

Un violín).

Epitafio, Juan Gelman

Mientras preparo una mezcla para hornear un pastel, en la cocina suena La Zandunga; el viejo equipo de sonido está junto al sillón mecedora de mi abuelo. Hoy es su cumpleaños.

Mi abuelo pocas veces me reconoce, ya no mantiene conversaciones coherentes, es incapaz de valerse por sí mismo, ni siquiera puede ubicarse dentro de su propia casa. En ocasiones los recuerdos se le desbordan ajenos, luego desaparecen y pareciera que le falta el aire.

Desde su sillón mecedora, él observa lo que hago, con los ojos llorosos. Entonces noto que empieza a mecerse con suavidad, gesticula, quiere decir algo. Me acerco a averiguar qué le sucede. Intenta golpetear su rodilla con el índice tembloroso, y comprendo todo: mi abuelo trata de cantar. A bocanadas intenta seguir la letra de la canción, se mece al ritmo de la música aunque a destiempo.

—Güelo, ¿recuerdas la canción?

— …

— ¿Güelito?

Detiene el baile. Me observa un segundo y su mirada se pierde en un punto lejano. Sus labios tiemblan, sus ojos se cristalizan de nuevo. La piel helada y reseca me sorprende cuando tomo su mano. Su mirada vuelve a mi rostro, luego a la estufa, a mi rostro otra vez, después al suelo y una sonrisa se asoma burlona en la comisura de sus labios. Asiente. Sí recuerda la canción.

—Aaaay, Zandunga –consigue entonar muy por detrás del ritmo y se le escapa una risita. Se mece de nuevo, en silencio.

La canción termina y mi abuelo sonríe ahora sin titubeos, con una sonrisa amplia que le cierra los ojos y le transforma el rostro. Ojalá pudiera repetir la melodía para invitarlo a bailar lento, lento.

Unas horas después, mi mamá, mi hermano y yo le cantamos las mañanitas. Mi abuelo, sentado en su sillón mecedora, frente a su pastel, se pierde en la luz de la única vela.

Abby García

Héroes por un día

La semana pasada presencié una situación que me dejó mal y con culpa. Un joven adolescente intervino en una discusión de manera poco común. Mientras dos muchachos mayores que él discutían sobre un dinero –que si uno se lo debía al otro, que si pensaba dárselo y que si no, etc–, el muchachito del uniforme de secundaria decidió atacar al (aparente) agresor para salvar al (aparente) agredido.

Cabe mencionar que, en la parada del camión, más de cinco personas observábamos la discusión antes del incidente, sin decir nada. Yo, con mi heredero en brazos, me debatía entre opinar o no, pues, fuera de los empujones y manotazos, no parecían hacerse daño entre ellos. Trataba de descifrar los gestos del joven agredido para captar alguna solicitud de ayuda, pero nada. Desde lejos la escena se percibía diferente, o eso creo.

El joven héroe creyó que presenciaba un asalto. Indignado por la indiferencia de los demás espectadores, tomó una gran piedra y la dejó caer sobre la cabeza del agresor, no sin antes (en milésimas de segundo) voltear a vernos con cara de asco y desprecio. Agredido y agresor, desconcertados, alegaron inocencia: “¿qué te pasa, idiota?”, exclamó el primero, “no es un asalto, pendejo, me debe dinero”, sentenció el segundo mientras trataba de contener la sangre con sus manos. El joven no supo dónde ocultar su vergüenza. El ya-no-agredido entregó un billete de cien pesos a su ya-no-agresor y huyó de la escena. “¿Y ahora qué vas a hacer?”, preguntó el ya-no-agresor, “¿te descalabro a ti también o qué?” y el joven adolescente, con la mirada en el suelo, contestó que sí. En cuanto el ya-no-agresor tomó la piedra entonces sí intervine pidiéndole que no lo hiciera. Escuché a una mujer que gritó “¡déjalo que le pegue!, ¡o llámale a la policía para que se lo lleven!” y yo no pude decir más que “él sólo quería ayudar”.  Un señor sugirió que fueran a la cruz roja y que el adolescente pagara los daños. No me quedé a presenciar la conclusión, mi camión hacía parada y mis opciones eran subir con culpa o quedarme, sin poder hacer nada por el chico, y esperar media hora más a que pasara otro camión.

El primer resultado de Google al buscar la definición de la palabra héroe cita Persona que se distingue por haber realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor. Sin embargo, si esta hazaña le sale mal, se vuelve entonces un personaje carente de perfección, poseedor de las virtudes y defectos comunes en una persona normal. Un antihéroe. Véase el ejemplo de Hancock, un hombre con poderes sobrehumanos que en cada intento por hacer una buena obra, termina por destruir media ciudad.

Diario espero en el mismo lugar para ir a casa. Me toca ver en la pared la mancha marrón de la sangre que dejó el joven herido y no puedo evitar preguntarme si debí hacer más, si debí intervenir desde el momento en que mi Hancock adolescente se acercó con la piedra (no reaccioné a tiempo), o si debí quedarme y asegurarme de que llegara con bien a su casa; porque sí, mi preocupación siempre fue él y no el joven herido. Me preocupaba –y me preocupa– su bondad malinterpretada, su heroísmo imprudente, pero sobre todo la pérdida de su fe en los adultos.

Pero no hice nada. Y desearía tener un poco de la valentía de ese muchacho. Porque en tiempos como los de ahora todos deberíamos ser héroes, debería preocuparnos lo que sucede alrededor nuestro, tendríamos que preguntarnos si podemos hacer algo por el otro. Aunque esto signifique recibir pedradas de regreso, aunque en ello se nos vaya el juicio y la caguemos. Porque como dijo Bowie: we can be (anti) heroes just for one day.

Abby García

Vacaciones permanentes

When you’re on a golden sea

You don’t need no memory

Just a place to call your own

As we drift into the zone.

(Island in the sun – Weezer)

Si pudiera tener vacaciones de por vida despertaría temprano sin configurar ninguna alarma, sólo para ver caricaturas, y volvería a dormirme después del desayuno; caminaría por lugares desconocidos hasta que se me hincharan los pies. Tomaría el coche –que no tengo– para visitar todas las ciudades donde viven mis amigos y familia; olvidaría la fecha o el día de la semana en que vivo; usaría el celular sólo para tomar fotos y comería diario platillos que no puedo cocinar en casa. Si tuviera vacaciones permanentes tendría tiempo para pintar la cocina, para llevar a mi heredero al parque, para ver películas toda la tarde sin remordimientos por los trastes sucios.

Dicen que las buenas vacaciones son aquellas de las que tienes que reponerte, y que son buenas sobre todo si se deja atrás un ambiente hostil, si se convive con gente amada y si se conocen lugares nuevos o se vuelve a aquellos que llenan el alma.

La primera vez que deseé no regresar después de vacaciones tenía ocho años. Estaba en la casa de mis abuelos paternos, ubicada junto a las vías del tren en un pueblito pequeño del sur de Tamaulipas. Tenía muchísimo espacio para correr y jugar, según recuerdo, y cada año se convertía en el punto de reunión para toda la familia. Una tarde de ese verano deseé quedarme a vivir ahí: para poder ver a mis primos todos los días, para viajar en tren a diario, para despertar con el canto de los gallos y corretear pollos. Pero extrañaba la tele, o los canales de antena que no llegaban a ese lugar; quería al mismo tiempo tener a mis amigos de la escuela, mis juguetes, mi cama y a mis otros abuelos. Ya en la madrugada no podía dormir, me preguntaba, con algo de angustia, si lo que se veía a lo lejos, en lo más alto de un poste, era en realidad una lechuza-bruja o sólo algún producto de mi imaginación y la debilidad visual. La culpa la tenían los cuentos de miedo que mis primos residentes me contaron antes de irnos a dormir. En ese momento deseé más fuerte regresar a casa, a mi cuarto que no tenía ventanas.

Otros recuerdos vacacionales de aquellos tiempos son los trayectos en carretera. A esa edad yo obtenía mis gustos musicales de mi papá, así que él grababa en casete las mezclas más raras para regalármelas: desde Garibaldi, Bronco o Los Tigres del Norte, hasta Los Fantasmas del Caribe, Pega Pega o Tropical Panamá (no, mi gusto por el rock no es su herencia). Me emocionaba cada vez que él llegaba con un casete nuevo, no podía esperar el momento de ponerlo en el estéreo del coche y cantar juntos a lo largo de algún viaje. De ida o de regreso.

Con la adultez, las vacaciones se vuelven brevísimas, casi siempre se acaban antes de desear volver. Pero aunque el problema es regresar –el problema siempre es regresar–, la verdad es que uno llega a cansarse del tiempo libre. Las últimas que tomé duraron casi dos semanas, regresé a casa tres días antes de retomar mis actividades laborales. Durante esas tres noches me hizo falta cansancio para silenciar las voces en mi cabeza y los pendientes Godínez que gritaban ansiosos por mi regreso. El lunes nueve de enero a las 5:00 am recordé lo que se siente desear vacaciones permanentes.

La verdad es que si pudiera tener vacaciones permanentes, me hartaría la programación de antena o no podría elegir entre tantas opciones en la televisión de paga y el internet. Preferiría no salir pues las playas, las albercas, los lugares turísticos, incluso las carreteras estarían repletos de vacacionistas; las paredes de mi casa permanecerían blancas porque las vacaciones son para descansar, sólo eso. Pero lo más importante, el dinero se terminaría junto con la comida del refri y entonces llegarían las cuentas por pagar.

Si tuviera vacaciones permanentes seguramente buscaría algún empleo temporal, algún curso de verano, cualquier otra actividad para la que nunca tengo espacio en la agenda, algo, lo que sea para usar mi tiempo libre.

Abby García

El anular izquierdo

Susana tenía un sueño, ha pasado tanto tiempo que ya casi lo olvida. Aunque al principio se frustraba y sufría bastante, hoy se siente no como pez sino como sirena en el agua.

A los treinta comenzó a incomodarle la soledad así que se consiguió un gato. “Son buena compañía y no requieren tanta atención”, le habían dicho. Con la herencia de sus padres pudo comprarse un frondoso persa de enormes ojos verdes y gesto amargado. Combinaba perfecto con las cortinas, la alfombra y el decorado de su departamento nuevo.

Al cumplir su cuarta década, usó la estrategia de anunciarse en el periódico: “Se busca hombre, trabajador, de buen ver y bailador. Mujer sola e independiente, en los 40.”. De buen ver y bailador lo pedía, aunque ella nunca había sido muy bonita y no le gustaba bailar.

Para los cincuenta ya había conocido por fin todos los love hotels de la zona urbana más cara, en compañía de veinteañeros, maduros, fetichistas, voyeristas y todo tipo de hombres que conocía a través de aplicaciones de citas. Entre más profundizaba en la web, más extraños los encontraba.

Hoy está a punto de cumplir sesenta. El instinto maternal lo agotó con el gato que murió de viejo. De la pequeña fortuna heredada ya queda muy poco. El edificio donde vive sufre el paso del tiempo, igual que su rostro; las arrugas se compensan con la figura de su cuerpo, conserva la postura de una mujer en plenitud aunque ella se siente forzada a mantenerse erguida por pura vanidad. Siempre lleva las uñas rojas, de pies y manos; el cabello cano suelto y rizado; un reloj puntualísimo color bronce y un delicado anillo, con una piedra de topacio del tamaño de una nuez, en el anular izquierdo.

Abby García