Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Sobre represiones y secretos oscuros

Fui una de esas niñas que sorprendía con comentarios como “nunca me voy a casar”… “Pero, ¿qué va a pasar cuando quieras tener hijos?” me preguntaban, y recuerdo que, desde mis cinco o seis años, contestaba con seguridad “pues voy a adoptar”. Claro, duuh, ¿no era obvia la respuesta? Adoptar era entonces la única opción porque yo no sospechaba que casarse no era un requisito biológico para tener hijos propios.

Continué con la idea antimatrimonio por mucho tiempo hasta que viví por poquito más de tres años una relación que creí sería la última, la única. Já, ¡a los veinte! Nunca hubo propuesta, nunca se iniciaron los planes. Por el contrario, resultó que mi pareja ni siquiera se veía en un futuro conmigo. Y qué bueno. Adiós, goodbye. Next.

Pero no hubo un next. Con los años comprendí que no necesitaba una gran boda ni una pareja para ser una mujer plena. Me gustaba –y me gusta– estar sola y disfrutar de mí misma. Y sí, pensaba en los hijos, aunque me incomodaba la idea de ser madre pensaba que si algún día me llegaba ese instinto recurriría a un acuerdo con la otra parte, un acuerdo en el que nuestras libertades no se vieran recortadas –sin querer queriendo es el único plan de vida que se ha cumplido.

Hace poco menos de un año inicié un Wedding Plan Folder. No sé bien en qué momento me surgió el interés por casarme, tal vez la edad, la maternidad, las parejas a mi alrededor, la presión social, o que me encanta hacer las cosas al revés, no sé. Mi obsesión comenzó con anillos de compromiso y de ahí salté a los vestidos de novia. Ahora colecciono fotos de jardines decorados, de ramos de flores, de tocados y peinados, hasta de bodas temáticas. Aún estoy segura de que la plenitud –o al menos la mía– no está ligada a la convivencia con otra persona. Pero por si se presenta la oportunidad: plan de boda: ⊗ checked.

¿Qué clase de tipa loca planea una boda que no sabe si sucederá, sin consultar al novio o sin siquiera tener un novio? Cualquiera que sepa lo que guardo en esa carpeta secreta –ya no tan secreta– podría salir huyendo. Seguido me causa conflicto la idea de querer casarme algún día: ¡puff!, me siento retrógrada, mocha, machista, idiota, ¡qué incómodo tener estos deseos tan ñoños! Tal vez en realidad soy, o me convertí en, aquello de lo que quería huir. No podré saberlo hasta que suceda, si es que sucede. La cosa es que aceptar el problema es el primer paso para curarse.

Por supuesto que también me atrae la idea de casarme conmigo misma, de enamorarme de la yo del espejo, de mis ideas tontas o locas, de mis inseguridades y de mis talentos. Llegar a admirarme tanto que por fin me decida a ir a la joyería y gastar mi sueldo entero en el solitario que más me guste; organizar una fiesta en grande sólo porque sí y usar el vestido que me parezca más lindo para la ocasión, para mí misma. Porque antes el amor propio que cualquier otro. Antes prometerme fidelidad a mí que a cualquiera. Antes aceptar pasar el resto de mi vida conmigo que con algún extraño.

Pero eso implicaría olvidarse de la utopía de tener quien lave los trastes cuando esté cansada, olvidarse de tomar el teléfono y quedar para una cena romántica, olvidarse de la posibilidad de recibir un masaje al llegar a casa después de un día largo, y sobre todo, significaría olvidarse de que también es posible encontrar el hogar en otros labios.

 

Abby García

Clóset

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Un día, hace muchos años, descubrí que guardamos los recuerdos en los ojos. Es por eso que basta apretar la mirada para que la nostalgia nos caiga encima, para que el pasado nos aplaste con aquello que el corazón añora de aquellos días.

Sucede que llevamos en el interior de los ojos un clóset repleto de cajitas ordenadas, y no tanto, unas sobre otras. Su materia y forma varían de acuerdo al tipo de recuerdos que almacenan: algunas de ellas guardan incendios y al abrirlas, arden en la oscuridad detrás de los párpados. Otras más grandes albergan días lluviosos o mares enteros, y es suficiente moverlas un poco para que el clóset se inunde y se desborde hacia afuera.

Están también esas que guardan insectos: la de las mariposas que gustan de jugar dentro de los vientres o de los ciempiés que se divierten haciéndonos cosquillas en los labios.

A veces olvidamos manejar con cuidado las que encierran huracanes y sin querer éstos aparecen y alborotan todo, o despeinan; a lo largo del día es recomendable recurrir en repetidas ocasiones a las que guardan alguna canción para bailar, para sonreír, para llorar o para suspirar, y destapar de vez en vez las que guardan aromas para volver a los platillos de mamá, a los postres favoritos o  a la calma que habita en el sueño de un recién nacido.

Las hay de terciopelo o de cristal, de cartón o de acero. En forma rectangular o cilíndrica, de colores luminosos, estampados sicodélicos y hasta algunas que brillan en la oscuridad. Pueden llevar la etiqueta de algún nombre, alguna ciudad o alguna fecha. Existen, sin duda, las que en ocasiones olvidamos en los rincones y se empolvan, o se maltratan, pero siempre reaparecen y nos hacen estornudar con su polvillo, o nos apapachan en su melancolía.

He de decir que mi clóset se vuelve a veces mi lugar favorito. En ese momento, las cajitas de los recuerdos más recientes cobran vida, son las más pequeñas y traviesas, entonces brincan y bailan, y se carcajean, y me jalan hacia afuera con destellos de los días que me estoy perdiendo.

 

Abby García

Notas al pie del hartazgo

No pretendo convencer a nadie de que hay arte en esta hartura. La emprendí porque es el último recurso que me queda para acercarme a la sensibilidad.

Canción de tumba, Julián Herbert.

 

Hoy escribo desde el desencanto. O quizá siempre ha sido así, no podría decirlo.

Se me terminaron las obsesiones y los placeres culposos. No me apetece recurrir a mis anécdotas románticas ni a los cuentos viejos, tampoco a los poemas-muy-malos, ni a los textos sobre la empatía, mucho menos a esos sobre la gente que me quiere o sobre la que no quiero. Tal vez sólo es que no me apetece escribir.

Corrijo: –por favor no se ofenda, sépase apreciado y querido, amigo lector– lo que sucede es que generalmente escribo porque siento la necesidad de decir algo, aunque también lo he hecho aun con la sensación de no tener nada relevante que decir, otras veces he dicho más de lo que debía, y he escrito con intención y por diversión, con enojo, con amor, con entusiasmo. Hoy sólo no me apetece escribir, ni nada en absoluto.

Hoy, y desde hace muchos días, me estoy queriendo poco.

No es sólo la pelea con mi imagen o apariencia, también están los fracasos profesionales, las decepciones amorosas, los conflictos existenciales y un putamadral de frustraciones que suelo callar por hacer como que la vida sigue, aunque en realidad no avance. Cuando todo se acumula, e incluso si no hay nada acumulado, caigo en el limbo de la hartura.

Un día repruebas una materia, la ropa ya no te queda, tu crush deja de enviarte mensajes, en la oficina se quejan y se quejan de tu trabajo o alguien inicia una conversación sin preguntarte cómo estás, cómo te sientes, cómo estuvo el fin de semana. Lo más insignificante puede volverse detonador y todo explota: prefieres quedarte tirado en la cama, viendo el techo. O dejar de usar tus jeans favoritos. O bajar la mirada cuando parece que alguien te coquetea. O comerte dos órdenes de tacos porque es más sencillo que salir a correr por las mañanas. O ignorar todas las notificaciones del celular, preparar una maleta pequeña e irte a vivir a una ciudad desconocida, o mejor dicho, a una ciudad donde nadie te conozca.

Si puedes te duermes tres días, si no, sólo te dejas llevar por el modo automático. No se siente tan mal ir con la corriente, no se siente tan mal ser un zombi, pero no hay chispa, y al final lo único que deseas es mandar todo a la mierda, que el tiempo pase, que se desvanezca el hartazgo.

Porque ni tú mismo lo comprendes, te limitas a sentir. Ni siquiera es tristeza o depresión, es que de verdad estás hasta la madre. Y ninguna frase de ánimo te animará realmente. A veces sólo queda suspirar y cerrar los ojos.

Sé que visto desde el otro lado parece drama, pero hoy, y desde hace muchos días, de verdad la vida se está sintiendo muy mal aquí abajo y el mundo no parece un lugar cómodo ni seguro; hoy, y desde hace muchos días, la yo funcional se fue de vacaciones, dejó en su lugar a un zombi que para nada está de acuerdo conmigo.

Abby García

Planta de frijol

No sé bien por qué tengo muy pocos recuerdos de mi primera infancia. Si no fuera por las fotos que mi mamá se encargó de guardar, mi mente no podría recrear momentos importantes de mi niñez. De los pocos que puedo evocar sin fotografías, hay uno al que le tengo especial cariño:

—Los frijolitos lloran– me dijo mi abuelita materna–, lloran cuando nadie se los come.

Entonces mi mente infantil arrojó una escena de los frijoles que no me apetecía comer, con carita triste, en el bote de basura, llorando porque yo los había desperdiciado. Luego de un rato, con un machito de tortilla, me los comí a regañadientes hasta que no quedó nada en mi plato.

Al día siguiente llegué a la primaria entusiasmada por contar la historia a mis compañeros. Recuerdo que, con toda la fe que un niño puede tener en las historias fantásticas, les expliqué por qué no debíamos desperdiciar el manjar aquel. Algunos callaron atentos, otros rieron. La niña más popular, que ahora me parece la más cruel del grupo, se burló de mí y de mi abuela, nos llamó tontas y remedó mi narración. Más niños rieron a modo de burla. El niño bufón se sentó en una esquina del salón para emular un llanto ridículo y fingir que era un frijolito llorón. Nunca más volví a acercarme a platicar con ellos. Me pregunté muchas veces si algo malo les pasaba, por qué no creyeron la historia de mi abuelita, por qué se burlaron de los pobres frijolitos llorones. Hoy aún no me explico si fue que ellos habían crecido muy pronto o si yo me había tardado demasiado en madurar, porque yo de verdad creí, aunque tenía ya diez años, para mí no fue sólo un cuento. Supongo que gracias a mi abuela tengo la costumbre de no dejar comida en el plato. En el fondo aún pienso que si desperdicio esos alimentos, se pondrán muy tristes porque no me los comí.

Cada vez que tengo que tirar algo de comida a la basura, pido perdón a mi abuelita, que murió hace muchos años (y a todos los niños de África que no tienen qué comer), por las tortillas que se me quemaron, por la sopa vieja que ya no me comeré o por aquellas verduras que olvidé y perecieron en el fondo del refrigerador. Pero cuando se trata de frijoles, vuelvo a los días en que mi abuela me arrullaba en su mecedora de jardín y me hacía piojito, a esa muñeca de trapo que ella escondió durante meses para dármela en Navidad, a sus alcancías llenas de pennys que eran mis tesoros de domingo, a los mimos que sólo las abuelitas pueden darle a los nietos consentidos.

Cuando tengo que tirar a la basura los frijolitos que no me comí, imagino que con la ayuda de sus lagrimones germinará una planta con el rostro arrugado de mi abuelita. Una planta de frijol es mi recuerdo más dulce de la infancia; una planta de frijol como la que debió brotar del experimento de primaria que llevé en un frasco lleno de algodón y agua, y que nunca se logró; una planta de frijol que a susurros me cuenta más historias fantásticas que lo niños tontos y malvados jamás creerán, historias que podrían ayudar algún día a que otros niños, obedientes y soñadores, coman con disciplina todo lo que sirve su mamá en el plato.

Una planta de frijol es mi abuelita.

De cómo empiezan a afectarme los treinta

Anoche soñé que me linchaban en el mundo virtual por decir algo en un mensaje supuestamente privado. ¿Cómo puede uno ir tan campante por la vida, contar intimidades y esas cosas, cuando existen las capturas de pantalla, las filtraciones de la nube y los ociosos que se divierten al quebrantar la privacidad de los demás?

Últimamente siento la paranoia de cuidar todo lo que digo en redes sociales (en la vida real no hay respaldo de información ni existe la caché, podemos atribuir todo a un fallo en la memoria). Intento ser prudente tanto en las conversaciones casuales de Whatsapp como al emitir mis opiniones personales en Twitter o Facebook. Muchas veces fracaso, claro está.

Una de las razones, no voy a negarlo, es que disfruto mucho quejarme. Aunque no me guste aceptarlo, soy noventa por ciento millennial, nativa digital, entonces mis quejas van de la mano con la tecnología. Soy una persona promedio, tengo una rutina bastante ordinaria y eso me permite tener a diario suficientes motivos para vivir en una queja constante. Pero, sobre todo, me encanta, me fascina, me complace chingón quejarme de mi sueldo. Así, cada vez que lanzo un improperio al respecto, me muerdo las uñas y la lengua ante la idea de que el comentario llegue a oídos de quien pudiera influir en la decisión de anular tan preciado detallito de mi vida laboral.

**Nota aclaratoria para quien corresponda: la verdad es que no gano mal (¿o sí?), pasa que, igual que a cualquier persona promedio de este país, no me alcanza para una chingada.

Manejo la oscura creencia de que al usar mis redes sociales en la computadora de la oficina, toda conversación, todo movimiento, toda búsqueda, click, me gusta o retuit, quedará grabado para siempre en el historial del servidor y su poderoso software vigilante que vendrá después, guadaña en mano, para juzgarme, acusarme y cercenarme los dedos y la nariz, sobre todo por todo lo emitido en horario laboral, por supuesto.

La cosa no queda ahí. Si por algún impulso emocional yo me viera en la necesidad de quejarme, no sé, de alguien, quien sea: qué miedo que el receptor de mi queja la haga pública o se la envíe al interesado. Qué vergüenza.

Ni hablar de la posibilidad romántica de enviar nudes o sextear, es algo inconcebible: en automático, todos a mi alrededor se enterarían de mi pecaminoso hábito. Para ambos casos, debo tener preparado un discurso para justificarme: que si la emoción del momento, que si la libertad sexual femenina, que si todo era una pequeña broma muy bien elaborada para desconcertar al otro: ¡mira, yo también guardé nuestra conversación! ¡También tengo fotos tuyas muy comprometedoras!

¿Porno? En mi historial no existe. ¿Qué tal que muero y quien se quede con mi laptop o celular le da por indagar en mis visitas más frecuentes en la red? No. No. No.

En mi defensa diré que todo es culpa de la edad. No es que tema a la pequeña inquisición que se ha formado aquí y allá, no, ni a los bandos rudos y técnicos, intelectuales, opinólogos, jueces y verdugos, que poseen la autoridad amoral para exponer, linchar, quemar y desprestigiar a cualquiera. No, no es que tenga miedo. No es que nadie antes que yo no haya hecho un screenshot o compartido un meme, o que nadie se haya quejado de su trabajo o del colega insoportable. Lo que pasa es que madurar es autocensurarse y yo ya estoy grandecita.

Abby García

Lloro porque quiero

No confío en la gente que no llora. Quizá porque soy una llorona con talento. Lloro cuando el camión no atiende a mi señal de parada porque va llenísimo, cuando no escucho el despertador y se me hace tarde, cuando el microondas no calienta bien mi comida y debo esperar otros dos minutos hambrienta. Creo con firmeza que si uno siente la necesidad de tirarse al llanto, debe hacerlo. Es sano, es puro, es reconfortante. No importa si es en medio de una junta de trabajo, a la espera en la línea de teléfono o de paseo en un centro comercial muy concurrido.

Tengo tal obsesión por la lloradera que en ocasiones busco excusas para llorar: que si el día está alegre y soleado, que si la lluvia entorpece el tráfico y los vuelve a todos unos pendejos, que si el arreglo floral de mi escritorio luce demasiado colorido entre tanto neutro. Ahí voy, a internet, con la ilusión de encontrar nuevas canciones de desamor, poemas sobre la muerte, películas tristísimas o recuerdos de momentos felices. Cualquier cosa. Lloro porque lo importante es romperse, qué más da si es de tristeza, nostalgia, alegría o ridiculez.

Sucede que la sensación que sobreviene al llanto me resulta revitalizadora y adictiva. Como si supiera, después de llorar, que todo, absolutamente todo, estará mejor: los pendientes en la oficina, el amor a distancia, el familiar enfermo, los trastes sucios o la cartera vacía. Todo se compone un poco. De pronto, que el camión tarde demasiado en pasar tiene algo de poético, la añoranza del pasado se convierte en motivación para el futuro o simplemente mi vida parece, por mucho, más afortunada que la de cualquiera por el solo hecho de poder llorar gracias a estas trivialidades.

Dicen que nada resolvemos al llorar, y así es como inicia la represión. Si eres mujer y estás en ánimo llorón: te va a bajar, son las hormonas, ¡qué pinche sensibilita, azotada e insoportable andas! Si eres hombre ni se diga: no tienes derecho, no puedes, no debes, que-ni-se-te-ocurra. Y entonces llorar es malo y anormal.

Yo, si no lloro al menos una vez a la semana, siento que mi cuerpo se expande y acumula aquello que me hace daño, y al liberarlo de esa presión dejo salir lo que puede echarse a perder para carcomerme desde adentro.

Lloro porque hay suficiente amargura en el mundo como para ser otra mujer indiferente. Lloro porque a veces siento que no puedo, aunque sepa perfecto que puedo y bastante bien. Lloro nomás porque pienso en la utopía de tener a alguien que me abra los brazos y reciba mis lágrimas, sin juzgarme: ¿quieres llorar?, aquí está mi hombro y mi pecho y un pañuelo; ¿quieres llorar y estar sola?, aquí me quedo y te veo, sin decir nada, sin moverme; ¿quieres llorar a gritos?, ven, te llevo a donde el silencio no sea un requisito obsceno; ¿quieres llorar con pizza y nieve y ver Netflix?, no busques más, te acompaño, ya conozco tu sabor favorito.

Cuando quiero llorar, pienso en todas estas cosas para decidir si lo hago o no y por qué. Al final, siempre lloro sólo porque quiero.

 

Abby García

Elegir nuestras batallas

Cuando creemos poseer la verdad sobre algún tema, sentimos la obligación de compartirla. Buscamos la libre expresión, decir lo que opinamos respecto a lo que sea, pero lo que sentimos como obligación es sacar al otro de su error; debemos rescatarlo, corregirlo, encaminarlo hacia la verdad: la nuestra.

En el mejor de los casos podríamos quedarnos con la satisfacción de haber soltado nuestro sentir y dejar que el libre albedrío resuelva la situación. Pero no. No nos conformamos, no hay liberación del alma si el otro no cambia de parecer en el momento en que nos ha escuchado. Es necesario convencerlo, que acepte su error, que nos dé la razón y exprese que ahora está de acuerdo con nuestra idea. Pero el mundo no funciona así.

Para empezar la verdad es la verdad y no puede cambiarse. Es la relación entre la realidad y lo que conocemos. De ahí que Sócrates alegara sólo saber que no sabía nada. Las verdades científicas, por ejemplo, pueden replantear totalmente nuestra realidad. Como aquello de que existen sistemas solares más allá del nuestro donde también podría existir vida, cuando, no hace tanto, pensábamos que el Sol giraba en torno a la Tierra. No es que las verdades cambien, lo que sucede es que conocemos poco y descubrimos o redescubrimos conocimientos. Las verdades están ahí, pero nuestro alcance intelectual no da para conocerlas todas.

La verdad relativa, en cambio, es más un punto de vista generado por los contextos culturales del ser. Lo que para alguien de oriente es correcto, para un occidental puede ser absurdo. Pero en ninguno de los casos se trata de algo absoluto e irrefutable.

Es por eso que cuando entramos en discusiones de opinión, a veces nos topamos con argumentos bobos, o más bien nulos, que son defendidos a garra y diente. Otras veces somos nosotros mismos quienes opinamos de primer golpe, sin analizar, sin reflexionar, porque nos gana ese deseo por corregir al otro. Muchas de las veces no nos tomamos siquiera el tiempo para hacernos responsables de lo que decimos. No cuestionamos si nos estamos equivocando al opinar.

Con frecuencia creemos que no hay un punto medio dentro de la verdad. Pero si hablamos de estas verdades relativas que se prestan a debate, podría ser que el punto medio signifique la armonía para todos. Es decir, si Café Tacvba dice que repensará volver a tocar en sus conciertos La Ingrata para no inducir a la misoginia, ¡caray!, qué buena intención. Pero entonces yo me pregunto: ¿cuántos gatos negros se habrían salvado de su maldición si Poe no hubiera publicado el Gato Negro? No es que los Tacubos estén equivocados, son culpables de plantear una decisión exagerada, pero eso no invalida su discurso.

Mi punto es: satanizar a alguien por lo que dice, es un arma de doble filo. No propongo defender lo indefendible, ni consentir lo inaceptable. Pero creo que tanto los Tacubos, como cualquiera que emita su opinión, tienen puntos, ideas, argumentos que en algún momento de su discurso se unen al nuestro.

Últimamente he leído mucho en redes a usuarios que aconsejan, en circunstancias distintas, elegir bien nuestras batallas. Aplica también para decidir sobre qué opinar, sobre qué quedarse callado, sobre qué investigar más o sobre qué escribir y publicar. No se puede navegar con banderas de verdades absolutas en una sociedad que tiene como estandarte una revolución basada en la información; sobre todo si no sólo ejercemos el derecho a opinar, sino que también representamos ese pequeño porcentaje que es leído por otros. Debemos saber elegir con responsabilidad lo que vamos a decir, porque puede influir en lo que opinen los demás.

Abby García

Tú no sirves para amores, tienes el sueño pesado

(Aquí yace un pájaro.

Una flor.

Un violín).

Epitafio, Juan Gelman

Mientras preparo una mezcla para hornear un pastel, en la cocina suena La Zandunga; el viejo equipo de sonido está junto al sillón mecedora de mi abuelo. Hoy es su cumpleaños.

Mi abuelo pocas veces me reconoce, ya no mantiene conversaciones coherentes, es incapaz de valerse por sí mismo, ni siquiera puede ubicarse dentro de su propia casa. En ocasiones los recuerdos se le desbordan ajenos, luego desaparecen y pareciera que le falta el aire.

Desde su sillón mecedora, él observa lo que hago, con los ojos llorosos. Entonces noto que empieza a mecerse con suavidad, gesticula, quiere decir algo. Me acerco a averiguar qué le sucede. Intenta golpetear su rodilla con el índice tembloroso, y comprendo todo: mi abuelo trata de cantar. A bocanadas intenta seguir la letra de la canción, se mece al ritmo de la música aunque a destiempo.

—Güelo, ¿recuerdas la canción?

— …

— ¿Güelito?

Detiene el baile. Me observa un segundo y su mirada se pierde en un punto lejano. Sus labios tiemblan, sus ojos se cristalizan de nuevo. La piel helada y reseca me sorprende cuando tomo su mano. Su mirada vuelve a mi rostro, luego a la estufa, a mi rostro otra vez, después al suelo y una sonrisa se asoma burlona en la comisura de sus labios. Asiente. Sí recuerda la canción.

—Aaaay, Zandunga –consigue entonar muy por detrás del ritmo y se le escapa una risita. Se mece de nuevo, en silencio.

La canción termina y mi abuelo sonríe ahora sin titubeos, con una sonrisa amplia que le cierra los ojos y le transforma el rostro. Ojalá pudiera repetir la melodía para invitarlo a bailar lento, lento.

Unas horas después, mi mamá, mi hermano y yo le cantamos las mañanitas. Mi abuelo, sentado en su sillón mecedora, frente a su pastel, se pierde en la luz de la única vela.

Abby García

Héroes por un día

La semana pasada presencié una situación que me dejó mal y con culpa. Un joven adolescente intervino en una discusión de manera poco común. Mientras dos muchachos mayores que él discutían sobre un dinero –que si uno se lo debía al otro, que si pensaba dárselo y que si no, etc–, el muchachito del uniforme de secundaria decidió atacar al (aparente) agresor para salvar al (aparente) agredido.

Cabe mencionar que, en la parada del camión, más de cinco personas observábamos la discusión antes del incidente, sin decir nada. Yo, con mi heredero en brazos, me debatía entre opinar o no, pues, fuera de los empujones y manotazos, no parecían hacerse daño entre ellos. Trataba de descifrar los gestos del joven agredido para captar alguna solicitud de ayuda, pero nada. Desde lejos la escena se percibía diferente, o eso creo.

El joven héroe creyó que presenciaba un asalto. Indignado por la indiferencia de los demás espectadores, tomó una gran piedra y la dejó caer sobre la cabeza del agresor, no sin antes (en milésimas de segundo) voltear a vernos con cara de asco y desprecio. Agredido y agresor, desconcertados, alegaron inocencia: “¿qué te pasa, idiota?”, exclamó el primero, “no es un asalto, pendejo, me debe dinero”, sentenció el segundo mientras trataba de contener la sangre con sus manos. El joven no supo dónde ocultar su vergüenza. El ya-no-agredido entregó un billete de cien pesos a su ya-no-agresor y huyó de la escena. “¿Y ahora qué vas a hacer?”, preguntó el ya-no-agresor, “¿te descalabro a ti también o qué?” y el joven adolescente, con la mirada en el suelo, contestó que sí. En cuanto el ya-no-agresor tomó la piedra entonces sí intervine pidiéndole que no lo hiciera. Escuché a una mujer que gritó “¡déjalo que le pegue!, ¡o llámale a la policía para que se lo lleven!” y yo no pude decir más que “él sólo quería ayudar”.  Un señor sugirió que fueran a la cruz roja y que el adolescente pagara los daños. No me quedé a presenciar la conclusión, mi camión hacía parada y mis opciones eran subir con culpa o quedarme, sin poder hacer nada por el chico, y esperar media hora más a que pasara otro camión.

El primer resultado de Google al buscar la definición de la palabra héroe cita Persona que se distingue por haber realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor. Sin embargo, si esta hazaña le sale mal, se vuelve entonces un personaje carente de perfección, poseedor de las virtudes y defectos comunes en una persona normal. Un antihéroe. Véase el ejemplo de Hancock, un hombre con poderes sobrehumanos que en cada intento por hacer una buena obra, termina por destruir media ciudad.

Diario espero en el mismo lugar para ir a casa. Me toca ver en la pared la mancha marrón de la sangre que dejó el joven herido y no puedo evitar preguntarme si debí hacer más, si debí intervenir desde el momento en que mi Hancock adolescente se acercó con la piedra (no reaccioné a tiempo), o si debí quedarme y asegurarme de que llegara con bien a su casa; porque sí, mi preocupación siempre fue él y no el joven herido. Me preocupaba –y me preocupa– su bondad malinterpretada, su heroísmo imprudente, pero sobre todo la pérdida de su fe en los adultos.

Pero no hice nada. Y desearía tener un poco de la valentía de ese muchacho. Porque en tiempos como los de ahora todos deberíamos ser héroes, debería preocuparnos lo que sucede alrededor nuestro, tendríamos que preguntarnos si podemos hacer algo por el otro. Aunque esto signifique recibir pedradas de regreso, aunque en ello se nos vaya el juicio y la caguemos. Porque como dijo Bowie: we can be (anti) heroes just for one day.

Abby García