Sobre la literatura de imaginación

Está empezando a propagarse en México, entre cierto grupo de autores y lectores interesados, el término literatura de imaginación. Se le utiliza para hablar, sobre todo, de obras narrativas: algunas de la tradición ya conocida de la literatura mexicana y muchas producidas en la actualidad por escritores vivos, entre los cuales hay muchos jóvenes. Y las preguntas habituales de muchas personas que lo oyen mencionar son dos: o bien “¿No se supone que toda literatura requiere de imaginación?”, o bien “¿La literatura de imaginación es un género como la fantasía o la ciencia ficción?”.

Hay que dejar claro que lo que llamamos literatura de imaginación –yo mismo soy de quienes utilizan el término– no es un “género”, es decir, no es un tipo homogéneo de historias que nos interese promover: no es un conjunto identificable por sus personajes, sus argumentos y sus escenarios, como las narraciones de fantasía épica a la manera de J. R. R. Tolkien o, para el caso, las novelas sobre narcotraficantes. Ni siquiera es algo que se escriba o se pueda escribir únicamente en castellano o en México. Es, en cambio, lo que en otro tiempo se llamaba, sin dificultades ni confusiones, literatura fantástica. Podríamos ser todavía más precisos y hablar de narrativa que utiliza la imaginación fantástica: de las historias que emplean la imaginación, como casi todas, pero con el objetivo preciso de contar historias sobre sucesos que sabemos imposibles: la que logra el efecto de precisar y discutir lo que entendemos por realidad al ir más allá de sus límites.

 Este uso particular de la imaginación proviene de una corriente literaria que desde su comienzo admitió muchos tipos de obras diferentes: el Romanticismo de los siglos XVIII y XIX. Rehechuras de cuentos tradicionales, especulaciones sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, visiones de horror afincadas en la vida cotidiana y mucho más –incluyendo propuestas sin sucesores ni precursores evidentes, absolutamente inclasificables– ha sido el campo de lo fantástico durante siglos, y el interés por dividir ese terreno en “géneros” como horror sobrenatural, ciencia ficción y otros muchos no reduce la enormidad de las posibilidades narrativas de la imaginación fantástica como recurso: como estímulo creativo.

(Sólo en Hispanoamérica, la literatura fantástica –entendida como lo propongo en esta nota, llamada así explícitamente en muchas ocasiones– ha tenido una larga tradición y muchas figuras importantes, desde Gustavo Adolfo Bécquer hasta Jorge Luis Borges, Felisberto Hernández, Julio Cortázar o, en México, autores como Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Elena Garro o Francisco Tario. ¿Cuánto tienen en común las obras de estos autores que emplean la imaginación fantástica? En realidad, muy poco.)

¿Para qué intentar lo que en el fondo no es sino un cambio de nombre? ¿Por qué podría interesarnos el insistir en que nuestras obras no sean llamadas de fantasía? Porque el término, desgraciadamente, se ha desgastado con el tiempo: la mayor parte de las personas, debido a la influencia de los medios masivos, escucharán hablar de lo fantástico y pensarán en los libros de Harry Potter, en películas como El hobbit o series de televisión como Game of Thrones.

Peor aún, este desgaste facilita que se propague el prejuicio de que un escrito etiquetado como fantástico es invariablemente similar a alguno de esos pocos ejemplos muy difundidos…, y este prejuicio, por lo menos en México, viene unido a otro, según el cual toda obra de imaginación es intrínsecamente inferior, indigna de alguna manera. Las prácticas autoritarias que han imperado en largos periodos de la historia nacional, y el interés de muchos poderes fácticos en imponer una visión única de la realidad como una forma de control, pueden tener la culpa de esto; en cualquier caso la imaginación fantástica se encuentra en muchas ocasiones no sólo en la posición de ser subversiva, sino simplemente incomprendida.

Hay que asomarse a las obras de grandes autores nacionales como las que he mencionado; hay que asomarse a la obra de autores más jóvenes, o incluso emergentes, desde Verónica Murguía hasta Pablo Soler Frost, desde Mario González Suárez hasta José Luis Zárate, desde Daniela Tarazona hasta Rafael Villegas. Aun si no prospera la nueva denominación, tal vez nos podría servir para llamar la atención a una serie de formas y posibilidades de escritura muy diversa, muy viva, y que incluso a pesar de las dificultades no deja de ganarse lectores.

Por Alberto Chimal

@albertochimal

Alberto Chimal (Toluca, 1970) es considerado uno “de los narradores más polifacéticos e imprevisibles de la literatura hispanoamericana actual”, según la revista española Quimera. Además de narrador y ensayista, es tallerista literario y una autoridad en el campo de la escritura en medio digitales. Sus libros más importantes: Gente de mundo, Éstos son los días (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, 2002), Grey, Los esclavos, El Viajero del Tiempo, La generación Z, La torre y el jardín (finalista en la XVIII edición del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”).Su sitio: www.lashistorias.com.mx.