Acerca de una alegría cauta y de cosas que quisiera no pasaran nunca

 

“Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del silencio”

Cristina Rivera Garza, “Dolerse, textos desde un país herido”

 

Esto sucedió un noviembre, hace tres años, pero podría haber sucedido ayer:

Planeaba dedicar el sábado para terminar de leer textos y no pude. Mis hijos y yo nos levantamos temprano y a las 7:45 a.m., cuando me encontraba preparando el desayuno, se desató un episodio más de los que la ciudadanía llama situación de riesgo. En mi ciudad, Reynosa, estas SDR pasan con más frecuencia de la que desearíamos. Lo diferente en esta ocasión es que, parte de ella, se desarrolló en el terreno contiguo al lugar en el que vivo.

Una camioneta, en plena huida, perdió el control y se estrelló contra el poste de luz de mi casa. La mañana se transformó en pesadilla. El grito de una mujer horrorizada se sumaba al entorno de gritos, voces, pausas y balas. Corrí por mis hijos, nos refugiamos en el clóset y tan solo una pared nos separó del terror.

Permanecimos escondidos durante hora y media. En ese tiempo, temí que alguien se brincara la barda y entrara a mi casa. Me atreví a salir del closet hasta que mi madre llamó para decirme que mi tía, quien vivía en la casa de al lado, le había dicho que los únicos que quedaban en la calle, rodeando mi casa, eran los de la Marina y el Ejército y que los sonidos que ahora yo escuchaba eran los de la grúa al retirar la camioneta.

Por los daños en el poste, nos quedamos sin luz casi todo el sábado. Las lecturas pendientes para ese día trataban sobre la guerra, la que por lo general vemos y sabemos lejos pero después de esas primeras horas no sentía ánimos cuando una, desde hace muchos años ya, se libra a mí alrededor. Entonces comencé a preguntarme si sería posible escribir sobre el dolor desde el terror. Después recordé el horror al enterarme de lo sucedido a los estudiantes de Ayotzinapa y el dolor de saber, por otra parte, de todos los desaparecidos que tiene mi norte. Todos esos desaparecidos de los que nadie habla o habla poco y olvida fácil. Me enojó pensar que cada que algo pasa en mi tierra, si acaso se sabe, se convierte en noticia, tuits, de un día. Parte de algún programa informativo o de debate que termina por resumir nuestro presente en una frase: Tamaulipas es un Estado fallido. Eso somos. Y vamos a un corte.

Me encolericé, pero en esas primeras horas el dolor fue mi voz. Me costó alejar el sentimiento y comprender que sí, que quizá por fin, que tal vez Ayotzinapa nos ayudaría a poner un punto final a este enunciado de impunidad que se antoja eterno. Luego el sábado se me vino encima. Y la desesperanza y el sinsabor llegaron con esa hora y media en que estuve encerrada con mis hijos. Y me pregunté de qué sirve. Y esas horas se transformaron en herida al escuchar a un niño de siete años decirme que no podía quitarse lo que había vivido de la cabeza, un niño que lloraba si lo dejaba solo.

Esa mañana de noviembre, al despertar, les había prometido colocar el pinito navideño. Lo hicimos por la noche. El ser humano –nosotros– no se acostumbra; el ser humano –nosotros– tan solo sobrevivimos de la mejor forma posible. Y le seguimos.

Porque aunque de entrada nos paralicemos, después hay un resorte que nos impulsa a movernos, quizá más lento, quizá con una –ahora y para siempre– especie de alegría cauta. Al día siguiente a ese sábado, de pronto, al barrer, trapear, manejar, leer o escribir, me volvía el nudo a la garganta y con él, el miedo y de nuevo, las ganas de llorar.

Dice Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás: “A la hora de recordar, la fotografía cala más hondo” y, sin duda, las fotografías, como dice Sontag, movilizan, hacen patente el horror de lo que sucede en otros lugares y lo congelan en la memoria. Las fotografías, nos dice también, mueven a reflexionar; pero, aun así, ¿cómo se retrata el grito de la mujer que se encuentra en el lugar y momento equivocado, cómo su sonido? ¿Cómo el estruendo de una sucesión de balas? ¿Cómo el miedo constante? ¿Cómo hacerlo si no es con palabras? ¿Hasta dónde nos acercan, de verdad, al dolor y la realidad de quien vive la guerra? ¿Hasta dónde una imagen quebranta la inmunidad del ser humano que formula dictámenes de sobremesa acerca de lo que sucede en otra parte?

¿Hasta cuándo?

 

Alisma De León

La versatilidad de mi estrés o eso me pasa por leer a deshoras

Esta entrada tiene un trasfondo serio, aunque no lo parezca. Y es que el estrés en mi vida desde hace tiempo llegó para quedarse. Reconozco que es versátil: toma la forma de ronchas en mi espalda, diminutos puntos blancos en mis brazos, palpitaciones, migraña, dolor de estómago, pero lo peor es cuando me hace perder el sueño.

Y es terrible no sólo porque la alarma dictadora sonará haya dormido o no sino porque, además, con el paso de los días se me acentuarán los círculos negros en los ojos y encima de estresada, me veré (más) cansada, ojerosa y con las ilusiones desfiguradas.

Admiro sobremanera a esas personas que van por la vida con la seguridad reflejada en todo el cuerpo. Imagino que la naturaleza les dotó de un temperamento tal que toman cualquier decisión sin inmutarse y de esa forma van escalando peldaños con la agilidad de un atleta olímpico.

Las últimas noches el estrés me ha pegado en la manera de un repentino y asfixiante insomnio pero fue justo antenoche –a eso de las tres de la mañana y después de haberme leído todo mi timeline en twitter y haber diseminado algunos likes y RT– que me puse a leer acerca de la forma en que se supone debemos manejar el estrés.  Encontré un listado que, afirmaba, ayudaría a reducirlo.

Primero me aconsejaba reconocer  las cosas que no puedo cambiar y evitar las situaciones estresantes. Lo de reconocer las cosas imposibles de cambiar estaba bien, pero ¿cómo se evitan las situaciones estresantes? Pensé que para eso sería necesario vivir en una isla desierta y luego me dije que ni siquiera ahí porque con mis escasas habilidades para la supervivencia, ¿qué tal que azota un huracán de repente? Porque sin wifi y aplicación del Wheater Channel que me avise, ¿cómo me aviento a la tarea de prepararme con víveres de los árboles más cercanos? Después recomendaba seguir una rutina de ejercicio y pensé que eso sí podía hacerlo (incluso lo he hecho), luego recordé mi horario de trabajo, la casa, los niños, mis actividades extra curriculares y todas las otras razones que me llevaron a abandonar la caminadora. El artículo también me pedía que le dedicara tiempo a las cosas que disfruto. ¡Y yo lo hago!, casi grito ilusionada, pero luego me di cuenta que con mi rol de vida, en mi tiempo libre siempre debo escoger entre hacer lo que disfruto, comer o dormir (incluso últimamente me siento a comer en la barra de la cocina mientras veo un capítulo de mi serie de Netflix en el celular).

Entonces, ¿cómo me las arreglo para que mi cuerpo aguante sin dormir y así usar ese tiempo libre de no dormir en realizar lo que me gusta? Cómo explicarle al autor que si encima en el siguiente punto me recomienda dormir más, ahora sí me voy de espaldas porque si hago a plenitud lo que me gusta, no duermo y si duermo, sólo medio hago lo que me gusta.

Mejor dejé de leer, me levanté dándome de tropezones en la oscuridad, fui al baño, prendí la luz, me vi a la cara y me dije que más me valía empezar a amar mis ojeras –o comprarme un buen corrector para las mismas– y seguir trabajando en mejorar mi carácter, porque seamos sinceros, con este tipo de recomendaciones, ¿para cuándo les gusta una vida sin estrés?

Alisma De León

Mi ciudad en un búnker

A veces sueño que a mi ciudad la meten en un búnker, enterita

afuera quedan los toques de queda auto impuestos

las explosiones los balazos las caravanas la mixta

las voces en texto que dicen

se oyeron detonaciones en la Bermúdez

gente armada en el centro, atentos

SDR en Vista Hermosa, evite circular por la zona

 

Dentro, los niños juegan futbol en las calles

andan en bicicleta

 

Dentro, la ciudad recupera lo perdido

las salidas a deshoras los bares la juventud

recupera, también, la confianza en sí misma

se cuida pero no en exceso

sabe que puede rodear una calle sin que eso signifique que huye

sin que sea razón para que le confundan y disparen

 

Ahí dentro, vuelve a ser libre

 

El problema surge cuando se quiere mirar al cielo

y sólo está el gris del inmenso búnker

no hay sol ni nubes mucho menos constelaciones

entonces la libertad de andar y hacer vuelve a sentirse prisionera

y no se ve la salida

ni se pueden contar los años que faltan o los días

 

A veces sueño que a mi ciudad la meten en un búnker

que protege del peligro en que vivimos

pero, aún así, seguimos cautivos.

 

Alisma De León

La magia de la comida

Escribo esto sentada en un avión, en el asiento 15C. A mi lado va un niño al que le calculo doce años. El niño se retuerce en su asiento, se estira, se inclina hacia enfrente, saca de su backpack una Dr. Pepper y una bolsa de oreos pequeñitos. En pocos minutos, se los acaba y se frota la cabeza, luego mira hacia los lados y sus ojos cafés de pestañas largas se topan con los míos por un segundo. Después del intercambio, continúo escribiendo en la pantalla diminuta de mi celular. Pienso en anotar de dónde vengo pero eso en realidad no importa, lo que importa son las ideas que regresan conmigo. Y de eso escribo. Acerca de ideas de sobremesa, porque es ahí, en la sobremesa, rodeados de unos platos a medias, de cuchillos, tenedores, cucharas y un enorme pedazo de pastel de chocolate con nieve, que la gente empieza a reinventar la vida, a reacomodar el mundo para hacerlo un poquito más suyo.

Y es que hay algo reivindicador en esa plática ligera, algo que entre bocados une a las personas –aunque los puntos de vista sean distintos, aunque exista un poco de carrilla, aunque repeles por dentro, aunque no tengas idea de esa serie de la que hablan, y que de entrada aborreces, en la que un hombre vive en una comunidad creada por sí mismo, rodeado de algo que imaginas como muralla, para no salir nunca y practicar la poligamia–. Pero para que la unión en la sobremesa suceda debes bajar la guardia, escuchar y hasta enojarte de la mejor forma que conoces: entre risas. Porque hay que reír con lo que te parece un absurdo –como la creación de un culto en el que casi todos los mandamientos estuvieran invertidos— y aún así, hablar y construir momentos que a su vez sean nexos porque de esta manera se edifica el mundo, con personas escuchando a otras, con distintas opiniones, recordando que incluso quienes te intimidan tienen tantos miedos e inseguridades como tú y que el secreto de una mejor vida reside en comunicarnos y para eso, a veces, sólo hace falta un buen plato de comida.

Alisma De León

De palabras como hilos

Imagino el lenguaje como una trenza. Las palabras como esos finos cabellos dispuestos para formarla. Pienso, también, en las palabras como hilos. Fantaseo en lo que sería si viniéramos al mundo con una palabra –sólo una– pegada al pecho. Dicha palabra adquiriría significado en base a nosotros y nos haría responsables de ella, de su cuidado y permanencia.

Por ejemplo, quizá habría quienes nacerían con la palabra anémona adherida al pecho; algunos apreciarían su sonoridad  y la dirían en voz alta inyectándole a la anémona una cierta dignidad. Quizá otra persona –en otro lugar del mundo– al acunarla, pensaría en el mar, en tentáculos flotando en silencio mientras resguardan en su interior a otras especies. Y la anémona se convertiría en una palabra protectora. Lo mismo sucedería con palabras como

perseverancia sombra sueño euforia resiliencia actitud coincidir depredador amor hijo cabrón palabra amar libertad corazón gracias coraje lapislázuli ternura volar confianza valor sueños deseos pinche feliz dualidad felicidad regalo fascinante creer andamio salamandra sonrisa analogía inmenso esperanza alegría sí relativo ataraxia Lisboa vehemente puente soledad terso justicia formidable confía recíproco bonetería sublime innovación ideas voluntad paz juego mezzanine monocotiledónea balance ágape Alcatraz siempre monstruo arena maya cerebro parsimonioso playa chocolate canela empatía silente compasión

que al pertenecernos y saberlas nuestras, harían del lenguaje –ahora sí– un medio en el que tendríamos una participación activa. Las palabras –en ese mundo utópico de mi imaginación– se convertirían en una responsabilidad a la vez puente entre cada uno de nosotros. Seríamos dueños de una palabra como hilo/cabello fino que entrenzaríamos con cuidado para hacer del lenguaje conformado por personas/palabras un lazo común y perdurable.

P.d. De nacer con una, elegiría como mía: edificar.

 

Alisma De León

Atadas a un corsé

¿Cómo podemos hablar de igualdad sexual cuando existe una doble moral en la sociedad? ¿Puede una mujer, en esta época que se dice moderna, expresar libremente sus deseos sexuales sin ser tachada de puta? ¿Puede hablar sobre masturbación sin sentirse señalada? ¿Puede siquiera hacer referencia al término? Vivimos en un mundo que le permite a las mujeres acudir a las urnas y tachar un papel anónimo pero que todavía no la deja hablar en voz alta.

Hoy las mujeres trabajamos y se espera que aportemos tanto como el hombre a la economía familiar. Tenemos una jornada que no termina al salir de la oficina. Una jornada a la que debemos sumarle las actividades que realizamos dentro del hogar. Las mujeres continuamos siendo piedra angular en nuestra familia: cuidamos, alimentamos, educamos, mantenemos. Y nos cansamos. Las mujeres merecemos todos los esfuerzos que se han realizado para otorgarnos nuestra valía como ser humano.

En 1789, durante la Revolución Francesa, las mujeres se hicieron escuchar, por primera vez, en una marcha hacia Versalles. En dicha marcha exigían su derecho a votar. También han elevado su voz en contra de la discriminación y, ante todo, la han levantado contra esa violencia de la que seguimos siendo objeto.

Para que los esfuerzos sean fructíferos, el mundo debe empezar por vencer esa imagen patriarcal sobre el que está construido. Suprimir la noción de que la mujer es “parte de”, pero no complemento. Dejar de verla sólo como una costilla.

Resulta doloroso que –incluso– aún existan mujeres que se ven a sí mismas de esta manera, que se piensan inferiores y creen merecer el trato que obtienen. Mujeres que desconocen sus derechos. Derechos por los cuales otras han luchado desde hace tiempo.

En 1910 se empezó a conmemorar el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer y no fue, sino hasta 1952, en que dicha fecha quedó instituida por la ONU. Ese mismo organismo ha realizado diversas Conferencias Mundiales sobre la Mujer, siendo la primera en 1975. En esa conferencia se estableció un plan de acción que desembocó en el establecimiento del “Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer” (1975-1985). Durante ese tiempo se trabajó en el reconocimiento de la mujer y la reinstauración de sus derechos humanos.

En materia de derechos se ha avanzado, pero la tarea es complicada. Todavía nos rodean ideas preconcebidas –y arcaicas– que aplican prohibiciones a la mujer. Una de ellas, que por su misma simpleza resulta alarmante, es la que pretende establecer la forma en que debe –o no- vestirse. La ropa que usamos se vuelve prejuicio y actúa en nuestra contra. El uso de ropa “indecente” – llámenle mini falda, pantalón ajustado o escote- justifica la violencia sexual y sirve de excusa para restar valor a las acciones que se perpetran en nuestra contra. Se ha llegado a afirmar que si no utilizáramos mini falda, los embarazos no deseados disminuirían. Un absurdo, pero la prohibición a esta prenda ha tocado Coahuila, Veracruz, Guanajuato, Oaxaca y Sinaloa. ¿Qué pasa con las leyes? ¿Es más fácil estereotipar que castigar al que ofende?

Muchas mujeres son violentadas a diario. No sólo física, sino también emocional y verbalmente. Y para violentarlas sobran términos. Por ejemplo, el término “puta” se asocia a sexoservidoras pero también a todas aquellas mujeres que no se ajustan a los cánones establecidos. Las llamadas “buenas costumbres” prevalecen sobre el respeto a la individualidad. Aquí entra esa doble moral de la sociedad; esa sociedad que se dice libre de prejuicios pero que bajo las capas, no es más que una moderna versión de Salem.

En el 2011, diversas ciudades de México otorgaron un espacio a un movimiento que llevó por nombre, precisamente, “La marcha de las Putas”. Esta marcha tuvo su origen en un desafortunado comentario que el policía canadiense Michael Sanguinetti emitió en un seminario sobre agresión sexual que se llevaba a cabo en la Universidad de York, Toronto: “Las mujeres deben evitar vestirse como putas para no ser víctimas de la violencia sexual”. Esto provocó el descontento y se creó la marcha. El objetivo fue hacer patente la discriminación que existe hacia mujer; que la estigmatiza y la acusa de provocar la violencia de la que, en realidad, es víctima.

El movimiento que empezó en Toronto, también se realizó en Gran Bretaña, Nicaragua y Honduras. En México se les unió Guadalajara, el D.F. y Oaxaca.

No hace falta demasiado análisis para darnos cuenta que los prejuicios son inversamente proporcionales a la extensión territorial de la ciudad. Entonces pienso: ¿qué pasaría si este movimiento se realizara en una ciudad chica? ¿Tendría o no afluencia? De ir, ¿quiénes irían?

Sería interesante observar la reacción de la sociedad en estos lugares. Se escandalizarían, sin duda, pero se sentaría un precedente. El haberlo visto en México resulta, por sí mismo, un hecho importante. Este movimiento puso en el escaparate que las mujeres somos libres de expresar nuestra sexualidad de la manera en que mejor nos convenga.

Habría que preguntarnos qué tanto se comprende nuestra sexualidad. Hay quienes todavía objetivizan a la mujer y, al hacerlo, nos anulan. Se nos vuelve dependiente de los deseos del hombre. Como si careciéramos de deseos y necesidades propias.

En 1962, Marilyn Monroe, en una entrevista que concedió a Richard Meryman, y que salió publicada poco antes de su muerte en la revista Life, declara algo que a veces olvidamos: “Todos nacemos como creaturas sexuales”.

Poco después la ONU empezó a luchar formalmente por reinstaurar nuestros derechos, pero, aún hoy, la mujer que exhibe su sexualidad y habla de ella, es considerada una provocadora.

Y es preciso que esto cambie.

La mujer es tan libre como el hombre, ya no está confinada al hogar y a la educación de los hijos. Su rol ha dejado de ser secundario y debe reconocérsele.

Vamos bien, pero falta lo más importante: modificar el comportamiento. Se ha cimentado la teoría, pero aún falta que la sociedad se reeduque. La raíz del problema reside en el pensamiento. Por más logros que se tengan en materia de Derechos Humanos, por más que se le haya otorgado el voto, por más que ella salga a trabajar, por más que opine si la sociedad no escucha, no hemos avanzado.

Escribo para hacer reflexionar a la propia mujer. O por lo menos intentarlo. Escribo para que la mujer deje de ser su peor verdugo. Para dejar de flagelarnos si no logramos nuestros objetivos. Escribo para las demás pero, más que nada, escribo para mí misma.

Vivo en el siglo XXI, en un país donde aún existen ciudades que se asombran al ver a una mujer sola entrar al cine, que estigmatizan de manera velada a la madre soltera, a las divorciadas, a las lesbianas. Rodeada de mujeres que soportan injusticias y que luchan contra ellas. En un mundo que se queja del machismo y convierte al feminismo en un acto de violencia. Un mundo que, de a poco, va perdiendo perspectiva.

Hoy tenemos fácil acceso a la información y ningún pretexto para no utilizarla. El camino es empedrado y angosto. El cansancio puede ser mucho, pero resulta más difícil caminar distancias largas si vamos atadas a un corsé.

Alisma De León

 

 

Fuentes:

Marta Lamas “Género, diferencias de sexo y diferencia sexual”

Mariblanca Staff Wilson. “Mujer y derechos humanos”

Marta Lamas, Proceso “La Marcha de las Putas”

Cavidades

ayer supe de un nombre clavado entre ladrillos, un nombre escrito desde un lugar en el que siempre es noche/en el que los silencios se evaporan y se vuelven cavidades que habitan/donde el idioma se desdibuja y se hereda un lenguaje que además de violencia es muerte, que se parece a la noche o a una niña que camina/porque la noche es también un animal tiznado que se esconde en los matorrales y atrapa por sorpresa a esa pequeña que transita/entonces todos nos volvemos ella: tirada en un baldío, golpeada, violada, rebanado su cuello, su garganta/no hay tranquilidad ni paciencia que nos aleje de la confusión y deseamos abandonar este lugar en el que siempre es noche/este lugar que es un cuerpo abandonado, que es ausencia y que es muerte/pero no podemos más que nombrarnos y habitar con ojos abiertos la cavidad del silencio e intentar con palabras condensarla para dejar que transmute en  presencia y un poco de esperanza.

Alisma De León

Salidas de emergencia

A veces parece que me preocupa todo. Me mortifica, por ejemplo, haber dejado abiertas las perillas de la estufa. Me preocupa, incluso, cuando sé que ni siquiera he cocinado. Imagino que al sonar el despertador me levanto aún dormida, bajo a la cocina, enciendo la estufa, entra un soplo de aire que la apaga y las perillas del gas quedan abiertas.

También pienso que no cerré las puertas de la casa o el portón. Al dormir, me persigue la sensación de que ocurrirá una emergencia y me encontrará por completo desprevenida. El pasado no me apura, lo que me mortifica es qué podría suceder, sucedernos. Y ni el plano psíquico se salva: hay días en que me angustia pensar en la persona que soy, lo que debo corregir, e incluso, me mantiene despierta ese otro yo en el que puedo convertirme si no presto atención a todo.

Por supuesto me alcanza tiempo para preocuparme por factores incontrolables como Trump; el clima; el futuro de los que quiero; lo que sucede en mi país, en mi ciudad; el precio de la gasolina; el racismo; la xenofobia; la homofobia y hasta el destino.

Como solución a esto me he inventado lo que denomino: salidas de emergencia. Pequeños trucos que mitigan mi escasez de control ante los acontecimientos. Como dormir con las llaves del carro y la casa a un lado de mi cama, arrancar hasta confirmar que el portón se cierra, no ver noticieros, dejar de leer los periódicos, apartarme de twitter a las siete y media de la mañana que es cuando Trump tuitea, comprarme un amplificador para escuchar música mientras bailo en la cocina, devorar un trozo de pan de elote o una bola de nieve, ir por una bolsa de gomitas y comerme las rojas, ver Netflix, leer un cuento, alejarme un poco de la vida y lo que hay en ella que no me gusta y concentrarme en apapachar y dialogar con quienes quiero, hablar incluso de lo que pasa en el mundo, aunque esto irremediablemente me devuelva a Twitter y entonces abra enlaces, lea noticias y me sienta con la obligación de escribir de esos acontecimientos que pasan y no me gustan para luego compartir una nota o un enlace o una foto y así no olvidar que las cosas suceden aunque nosotros pongamos pausa.

Alisma De León

¿Qué estamos haciendo?

La semana pasada dormí mal, me enojé con el mundo y la sociedad y también leí mucho sobre eso que acababa de suceder por primera vez en mi país. En Monterrey, un joven había accionado una pistola contra sus compañeros, herido a varios –incluida la maestra– y se había disparado a sí mismo. Sucedió pasadas las ocho de la mañana. A las nueve lo supe y en ese momento me pregunté, por primera vez en el día, ¿qué estamos haciendo?

Leí las notas en la prensa, vi las entrevistas y me enteré del video que la cámara de seguridad del colegio había captado. Me sumé a la petición de que dejara de circular. Después leí artículos que defendían la libre circulación del video y comentarios que decían que por qué nadie, en México, se había opuesto a que circulara la foto del menor sirio y ahora sí.

[Recordé cómo cada que te condueles por la desgracia en algún país, no falta quien salta y dice: ¿y en México? ¿Y nuestros muertos? Pero ahora –incongruentes como somos– no dudamos en revertir el argumento]

También se abogaba por la libertad de expresión, por la obligación que tiene la prensa de informar. Pero la prensa no estaba a ciegas, la sociedad tampoco: se estaba informando. Los medios tenían la historia completa –o la completaban conforme pasaban los minutos–, algunos transmitían un video con la historia narrada por el propio director de la escuela, con los mismos detalles que presentaría después el video. La historia estaba ya escrita en los diarios, en las redes. Circulaban también imágenes y esas imágenes –desde mi punto de vista– volvían innecesario el video. Además, también había que pensar en  los derechos de los menores que aparecían ahí, menores aún con vida, y en el dolor de cada una de las familias. Me negué a ver el video hasta que un compañero de escuela se lo envió a mi hijo de catorce años; mi hijo lo vio, llegó a mi cuarto y me dijo que nunca había sentido tanto miedo. Y por él, debí verlo.

Al terminarlo, sólo puede pensar: yo no necesitaba ver esto. Nadie lo necesitaba.

Entonces me pregunté por segunda vez: ¿qué estamos haciendo?

Por la tarde repasé las redes y me encontré textos con argumentos simplistas y absolutos: son los videojuegos, es la narco violencia, los maestros, son los papás. Porque es fácil apuntar sin verse a sí mismo, es mucho más sencillo voltear hacia otro lado. Porque vivimos en un tejido social lastimado y les hemos heredado a nuestros hijos una sociedad en donde la violencia es la norma, una violencia que no existe sólo en los videojuegos o las películas, existe en las calles. Es real. Viven en un país en el que lo normal es jugar desde su cuarto, juntarse en casas y evitar los parques y las banquetas. Con un gobierno que nos ha puesto la violencia enfrente pero también con una sociedad que no ha dudado en salir de casa, vestida de blanco, y manifestarse en contra de sus vecinos. Pero es mucho más sencillo ser simplistas y decir que todo obedece a una sola razón, es mejor decir que es algo que podemos detectar fácilmente, algo externo. Mucho mejor que considerar que nos enfrentamos a una profunda incapacidad para entender nuestro entorno y que quizá, quizá, tenemos algo de culpa.

Y por tercera vez, pensé: ¿qué estamos haciendo?

Esa noche tuve insomnio y en esas horas en vela, tomé el celular, entré a twitter, busqué las cuentas de muchachos cuyo círculo tocara, aunque fuera de rebote, a esa Legión Holk de la que también me había enterado. Y aun con la tranquilidad que me daba el haber hablado con mis hijos sobre lo que ocurría, lloré y me angustié porque en esas cuentas vi esbozos de una generación confundida y no podía dejar de repetir: “¿qué estamos haciendo?”.

¿Qué estamos dejando que suceda? ¿Dónde comienza mi responsabilidad y termina la de mi entorno? ¿Cuándo vamos a dejar de culpar a los demás? ¿Qué les estamos comunicando a nuestros hijos? ¿Qué está pasando?

Espero que la respuesta al ¿qué estamos haciendo? que me persiguió ese día –y a todas mis otras preguntas– sea: ocuparnos. Porque aunque duela, hay que tomar un ápice de responsabilidad y voltear a vernos.

Alisma De León

El dilema de los gustos que sólo son eso o quizá no

Por años estuve segurísima de que mi color preferido era el amarillo. En primaria, cada que me daban a contestar un chismógrafó[1] y me topaba con “¿cuál es tu color preferido”?, escribía sin dudar: amarillo. Pero hace poco, ya con bastantes años más encima, me hicieron de nuevo esa pregunta. Contesté “amarillo”, pero luego pensé: ¿en serio? Entonces realicé un inventario mental de mi guardarropa  y no encontré ropa amarilla (si acaso una blusa que casi no me pongo), ninguna pared en mi casa es de ese color, ni un solo mueble o una libreta o la funda de mi celular: nada. Y tuve una revelación: me di cuenta de que todo en mi vida era un engaño, que yo era como la Julia Roberts de Runaway bride que no sabía si le gustaban los huevos revueltos, benedictus o estrellados porque siempre elegía los favoritos del prospecto en cuestión.

Me escandalicé, por supuesto, pero me tranquilizó un poco pensar que tampoco era idéntica a la runaway porque, para comenzar, mi gusto por el amarillo no tenía relación con ningún niño.

Recordé el día que elegí ese color. En esa hoja del chismógrafo, la mayor parte de las niñas había escrito rosa, los niños azul, negro, verde o blanco, pero nadie, absolutamente nadie había dicho amarillo. Entonces ese fue el que elegí. Porque aunque seguía las normas y reglas socialmente aceptables –ñoñaza forever–, en mi interior siempre ha existido una parte que lucha por ser diferente. Por rebelarse un poco.

Después de eso dediqué un par de días a repasar mis gustos para ver si, así como pasó con el amarillo, encontraba otro gusto adquirido en la infancia que más que hablar de mis preferencias, me hablara de quién era yo,  pero no encontré ninguno tan revelador como ése .

Mi amor desmedido por el sushi y el chamoy así como mi aversión férrea hacia el aguacate, la papaya, las lentejas y el pastel de tres leches sólo habla de lo que no quisiera toparme cuando me siento a la mesa. De nada más.

Y, por cierto, luego de un profundo y serio análisis cualitativo y cuantitativo supe que, aunque quise alejarme del cliché, mi color preferido sí es el rosa.

Alisma De León

[1] Cuaderno, por lo general Scribe forma italiana, en el que cada página constaba de preguntas que debían ser contestadas por todos los de un salón o un grupo de amigos. Puede decirse que el chismógrafo era el padre del Facebook de la actualidad.