Respirar con labios fruncidos

Inspire (inhale) lentamente, a través de su nariz, en dos tiempos.[i]

Cuando el mundo se pone pesado, respirar es más difícil de lo que creemos. Ya no se trata del mecanismo automático en el cual nuestro cuerpo permite la entrada de oxígeno a los pulmones. Cuando el mundo se pone denso, para respirar necesitamos bastante soledad. Callar nuestro entorno. Escuchar el viento, andar en piyama, hacernos un café, poner música para también ahí, en los acordes, respirar un poco.

Sienta cómo se agranda el vientre a medida que inhala

Para respirar requerimos separarnos de todo y de todos. Tomar un libro y echarnos en el sofá. Quedarnos dormidos. Esperar, sin movernos, a que llegue la tarde. Salir a caminar. Pararnos frente a un árbol. Dejarnos el cabello suelto. Abrir los brazos para después cerrarlos de nuevo y estrecharnos fuerte.

Frunza los labios, como si fuera a silbar o a apagar una vela

También podemos cantar y bailar solos. O brincar hasta lo más alto, hasta donde la rodilla dice ya basta. Y caer al suelo para soltar una carcajada que sea una bocanada de aire. Lejos de noticias que hablan de disparos masivos, de lobos solitarios, de opiniones que apoyan la posesión de armas para luego leer del incremento en las ventas de esas mismas armas, incluso después del conteo de las víctimas: diez, veinte, cincuenta o quinientas.

Espire (exhale) lentamente, a través de los labios, en cuatro o más tiempos

Hay ocasiones en que debemos buscar en la respiración y nuestro latir el propio ruido. Recordar quienes somos y pensar que, como nosotros, hay otros más que anhelan respirar. Y con ese convencimiento, reír de nuevo, confiar de nuevo. Creer otra vez que hay formas de coexistir en este mundo convulso.

 

Alisma De León

 

[i] https://medlineplus.gov/spanish/ency/patientimages/000267.htm

 

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Cómo se hace una autopsia

Ayer vi la foto de un niño muerto, de varios

la autopsia se le hace a cadáveres*

dos eran adolescentes, niños apenas

camiseta azul, pantalón naranja

y una playera verde que decía: México

 

la autopsia también se le realiza a fotografías

o a un país

 

¿cómo se realiza la autopsia de un país convertido en cascajos?

dónde si la morgue abarca miles de kilómetros

 

Para la autopsia los patólogos realizan un examen externo del cuerpo, sus cavidades y fluidos

¿cómo se realiza la autopsia en un cuerpo que son en realidad tantos cuerpos?

¿cómo se analizan los fluidos que no son sólo los de ese cuerpo sino que se unen a las lágrimas de todos los demás cuerpos?

¿cómo se le realiza la autopsia a un cuerpo contra una pared, a un cuerpo en el suelo, a un cuerpo con la palabra México en la espalda?

 

Una vez terminada la revisión, se vuelven a colocar los órganos dentro del cuerpo

y el pantalón naranja, la camisa azul

y toda la esperanza hecha cachitos

se coloca de nuevo dentro

dentro del cuerpo que posteriormente se cierra.

* https://www.vix.com/es/btg/curiosidades/5040/como-se-hace-una-autopsia

 

Alisma De León

Terror al espejo

Hace unas semanas me vi algunas arrugas más y me aterré como nunca. Era, sin duda, signo inequívoco del Apocalipsis. Supe que ya le quedaban poquísimos años a mi existencia y que no había hecho lo suficiente; estuve segura de no haber encontrado nunca mi vocación real, ese talento innato que todavía yacía adormecido en alguna parte, ese que cada uno de nosotros tiene en su torrente sanguíneo y brota a fuerza de constancia.

Iba y venía del espejo a mi cama sin poder dar crédito a lo que veía, porque eso no me podía estar pasando a mí con tantos planes por delante, con tanta vida.

Para evitar la hecatombe, me unté cuanta crema tenía a la mano sin checar siquiera la fecha de caducidad –después temí que la cara se me atestara de granos o se me enrojeciera a causa de infecciones por ingredientes caducos o ¡aún peor!, que amaneciera toda arrugada.

Y entiendo que la edad es sólo un número que establece nuestro tiempo en el mundo y el tiempo, sabemos, no es más que un invento del hombre. Lo comprendo bien. Y tampoco es que la vejez como tal me traume pero una zozobra me asaltaba cada que me veía al espejo.

Culpé al mundo, a las revistas con modelos jovencísimas, a mi yo del pasado que se quejaba de lo fea que estaba o de lo gorda o lo flaca, a mi yo del presente que recordaba a ese yo del pasado y se arrepentía de tanta queja porque ahora sí –ahora sí– tenía por qué preocuparse. Sentí todo el terror de saber que hoy estoy pero mañana sabrá quién en mi lugar.

En mi punto más bajo culpé a la iluminación, al ángulo de la luz que me daba en plena cara y supe que el responsable era el espejo. Lo maldije y decidí cambiarlo a la esquina más oscura del vestidor, lo de menos era lavarme los dientes con los mosaicos de acompañantes. Preferible salir con rastros de pasta en la comisura de la boca a facilitarle el trabajo al devorador de esperanzas. Entendía que todo lo malo que me sucediera de ahí en adelante sería culpa de él, supe que él hacía las veces de un vidente implacable que llega y sin preguntar si quieres, te lee tu mala fortuna. Con repulsión y no menos horror, lo retiré del baño.

Hablé con mi madre y le comuniqué mi angustia. Ella sonrió y dijo no pasa nada. Al colgar, hundí la cara en el colchón porque yo sabía que sí pasaba, entendía que desde ese momento no podría mirar ningún espejo sin saber que el monstruo come vida estaba ahí, escondido y al acecho.

Resolví que no había tiempo que perder, que ese era el momento justo para hacerlo, que si era cuestión de luchar por mi vida, más valía que me pusiera a ello y no escatimara recursos. Fui a la tienda y busqué entre todas las cremas aquellas que tuvieran anti oxidantes, pedí las más sofisticadas, esas que dejarían mi tarjeta de crédito ardiendo pero no importaba: algo trascendental estaba en juego.

Desde ese día, cada noche me las unto con rigor y miro desafiante al enemigo que ha regresado a su lugar en el baño. Aún ríe de mí, pero yo reiré más cuando vea que con el vapor de la regadera, él se oxida mucho antes que yo.

 

Alisma De León

Lo cierto es que los días no se detienen y las fotos se acumulan

Recuerdo una época en la que todo era tangible, incluso las fotos.

Tengo en mi laptop, sin temor a exagerar, alrededor de 10,000 fotos. Y es que –para quienes no somos fotógrafos profesionales–  la vida era muchísimo más simple antes de las cámaras digitales y los smartphone.

Al menos en mi vida, todo se complicó un poco hace nueve años. Justo cuando me adentré en el oscuro túnel de la tecnología y compré mi primer smartphone. También puedo afirmar que es desde entonces que vivo en un estado de angustia permanente: temo que mi celular caiga desde el segundo piso, que la pantalla cambie a negro y sea señal de que ha muerto; temo perderlo, atropellarlo, dejarlo sobre la cajuela y arrancar el carro sin darme cuenta; me da miedo que entren en mi casa y se roben mi laptop y mi celular con todos mis recuerdos.

Para mi infortunio algunas de las situaciones anteriores han pasado  –no diré cuáles–, por eso vivo pensando que de este fin no pasa, que ahora sí revisaré todas las fotos, aunque pase noches en vela, y seleccionaré aquellas dignas de ponerse en unos lindos álbumes. Porque yo estoy  chapada a la antigua y me parece que los recuerdos se aprecian mejor cuando pueden tocarse. Cuando están viéndonos con ojos fijos desde un bonito marco de 4×6 o 5×7 o desde la magnificencia y atrevimiento de uno 15×20 y no desde la acuosidad de esos portarretratos digitales en los que las imágenes pasan una tras otra y nos dicen hola por escasos segundos. Y es que la memoria no funciona así, al menos no la mía. Para recordar, requiero más tiempo, una preparación previa de la mente, algunos minutos para que los recuerdos que surgen a partir de la foto se vuelvan tridimensionales y la imagen se convierta también en sonido y  aromas lejanos.

Por eso añoro esa época en que llevaba el pequeño rollo a revelar y en una hora tenía las fotos listas y no acumulándose en mi computadora para siempre. Pero como el día es corto y mi organización no ayuda, tengo, además de todas las carpetas guardadas en mi laptop, 1,244 fotos más en mi celular y por cada una de ellas temo.

Y no quisiera sonar alarmista pero lo angustiante es que se trata de un fenómeno –a nada de volverse síndrome– que no sólo a mí me persigue (¡ojalá fuera la única!): cada que veo que alguien saca su celular y toma una foto, sé que esa también es una pobre alma atormentada.

 

Alisma De León

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

***

La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

***

Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

***

Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Reflejo de luz sobre un objeto brillante o sobre una superficie u otra cosa

Reverberación es, por definición, lo que apunta el título de esta entrada. Pero sé que tiene, además, incrustada la palabra evocación. Porque así es con el brillo que nace del choque de un rayo de luz en la memoria, lo que sucede en quien lo recibe y proyecta.

Al decir reverberación, también puedo hablar de ideas que al enunciarse provocan el surgimiento de otras ideas más, complementarias o distintas. Como dar una caricia y recibir un abrazo.

Puede ser, por otra parte, que me refiera a prestar oídos a penas que son ajenas y compartir su peso para convertirnos en un objeto conductor de agobios, en una muñequita quitapenas, que por las noches escucha y absorbe. Que nos sana.

O podría estar contando de ese rayo de sol que se filtra por las cortinas y da en la amatista que corona el anillo de esa abuela que ya no está. O la claridad en la mejilla rosada de un niño que duerme hasta tarde.

Y es que la palabra reverberación tiene un significado establecido pero al mismo tiempo tantos más que llega a ser el brillo de la luna a mitad de un primer beso. O de un segundo y un tercero. Es el calor que surge y se asienta entre dos cuerpos que se rompen en mil fragmentos luminosos traducidos en vidas comunes y plenas.

Mi fascinación es tal porque con esta palabra puedo hablar de brillos, proyecciones, de cuerpos y (des)composiciones, del sol y varios atardeceres.

 

Alisma De León

Acerca de una alegría cauta y de cosas que quisiera no pasaran nunca

 

“Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del silencio”

Cristina Rivera Garza, “Dolerse, textos desde un país herido”

 

Esto sucedió un noviembre, hace tres años, pero podría haber sucedido ayer:

Planeaba dedicar el sábado para terminar de leer textos y no pude. Mis hijos y yo nos levantamos temprano y a las 7:45 a.m., cuando me encontraba preparando el desayuno, se desató un episodio más de los que la ciudadanía llama situación de riesgo. En mi ciudad, Reynosa, estas SDR pasan con más frecuencia de la que desearíamos. Lo diferente en esta ocasión es que, parte de ella, se desarrolló en el terreno contiguo al lugar en el que vivo.

Una camioneta, en plena huida, perdió el control y se estrelló contra el poste de luz de mi casa. La mañana se transformó en pesadilla. El grito de una mujer horrorizada se sumaba al entorno de gritos, voces, pausas y balas. Corrí por mis hijos, nos refugiamos en el clóset y tan solo una pared nos separó del terror.

Permanecimos escondidos durante hora y media. En ese tiempo, temí que alguien se brincara la barda y entrara a mi casa. Me atreví a salir del closet hasta que mi madre llamó para decirme que mi tía, quien vivía en la casa de al lado, le había dicho que los únicos que quedaban en la calle, rodeando mi casa, eran los de la Marina y el Ejército y que los sonidos que ahora yo escuchaba eran los de la grúa al retirar la camioneta.

Por los daños en el poste, nos quedamos sin luz casi todo el sábado. Las lecturas pendientes para ese día trataban sobre la guerra, la que por lo general vemos y sabemos lejos pero después de esas primeras horas no sentía ánimos cuando una, desde hace muchos años ya, se libra a mí alrededor. Entonces comencé a preguntarme si sería posible escribir sobre el dolor desde el terror. Después recordé el horror al enterarme de lo sucedido a los estudiantes de Ayotzinapa y el dolor de saber, por otra parte, de todos los desaparecidos que tiene mi norte. Todos esos desaparecidos de los que nadie habla o habla poco y olvida fácil. Me enojó pensar que cada que algo pasa en mi tierra, si acaso se sabe, se convierte en noticia, tuits, de un día. Parte de algún programa informativo o de debate que termina por resumir nuestro presente en una frase: Tamaulipas es un Estado fallido. Eso somos. Y vamos a un corte.

Me encolericé, pero en esas primeras horas el dolor fue mi voz. Me costó alejar el sentimiento y comprender que sí, que quizá por fin, que tal vez Ayotzinapa nos ayudaría a poner un punto final a este enunciado de impunidad que se antoja eterno. Luego el sábado se me vino encima. Y la desesperanza y el sinsabor llegaron con esa hora y media en que estuve encerrada con mis hijos. Y me pregunté de qué sirve. Y esas horas se transformaron en herida al escuchar a un niño de siete años decirme que no podía quitarse lo que había vivido de la cabeza, un niño que lloraba si lo dejaba solo.

Esa mañana de noviembre, al despertar, les había prometido colocar el pinito navideño. Lo hicimos por la noche. El ser humano –nosotros– no se acostumbra; el ser humano –nosotros– tan solo sobrevivimos de la mejor forma posible. Y le seguimos.

Porque aunque de entrada nos paralicemos, después hay un resorte que nos impulsa a movernos, quizá más lento, quizá con una –ahora y para siempre– especie de alegría cauta. Al día siguiente a ese sábado, de pronto, al barrer, trapear, manejar, leer o escribir, me volvía el nudo a la garganta y con él, el miedo y de nuevo, las ganas de llorar.

Dice Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás: “A la hora de recordar, la fotografía cala más hondo” y, sin duda, las fotografías, como dice Sontag, movilizan, hacen patente el horror de lo que sucede en otros lugares y lo congelan en la memoria. Las fotografías, nos dice también, mueven a reflexionar; pero, aun así, ¿cómo se retrata el grito de la mujer que se encuentra en el lugar y momento equivocado, cómo su sonido? ¿Cómo el estruendo de una sucesión de balas? ¿Cómo el miedo constante? ¿Cómo hacerlo si no es con palabras? ¿Hasta dónde nos acercan, de verdad, al dolor y la realidad de quien vive la guerra? ¿Hasta dónde una imagen quebranta la inmunidad del ser humano que formula dictámenes de sobremesa acerca de lo que sucede en otra parte?

¿Hasta cuándo?

 

Alisma De León

La versatilidad de mi estrés o eso me pasa por leer a deshoras

Esta entrada tiene un trasfondo serio, aunque no lo parezca. Y es que el estrés en mi vida desde hace tiempo llegó para quedarse. Reconozco que es versátil: toma la forma de ronchas en mi espalda, diminutos puntos blancos en mis brazos, palpitaciones, migraña, dolor de estómago, pero lo peor es cuando me hace perder el sueño.

Y es terrible no sólo porque la alarma dictadora sonará haya dormido o no sino porque, además, con el paso de los días se me acentuarán los círculos negros en los ojos y encima de estresada, me veré (más) cansada, ojerosa y con las ilusiones desfiguradas.

Admiro sobremanera a esas personas que van por la vida con la seguridad reflejada en todo el cuerpo. Imagino que la naturaleza les dotó de un temperamento tal que toman cualquier decisión sin inmutarse y de esa forma van escalando peldaños con la agilidad de un atleta olímpico.

Las últimas noches el estrés me ha pegado en la manera de un repentino y asfixiante insomnio pero fue justo antenoche –a eso de las tres de la mañana y después de haberme leído todo mi timeline en twitter y haber diseminado algunos likes y RT– que me puse a leer acerca de la forma en que se supone debemos manejar el estrés.  Encontré un listado que, afirmaba, ayudaría a reducirlo.

Primero me aconsejaba reconocer  las cosas que no puedo cambiar y evitar las situaciones estresantes. Lo de reconocer las cosas imposibles de cambiar estaba bien, pero ¿cómo se evitan las situaciones estresantes? Pensé que para eso sería necesario vivir en una isla desierta y luego me dije que ni siquiera ahí porque con mis escasas habilidades para la supervivencia, ¿qué tal que azota un huracán de repente? Porque sin wifi y aplicación del Wheater Channel que me avise, ¿cómo me aviento a la tarea de prepararme con víveres de los árboles más cercanos? Después recomendaba seguir una rutina de ejercicio y pensé que eso sí podía hacerlo (incluso lo he hecho), luego recordé mi horario de trabajo, la casa, los niños, mis actividades extra curriculares y todas las otras razones que me llevaron a abandonar la caminadora. El artículo también me pedía que le dedicara tiempo a las cosas que disfruto. ¡Y yo lo hago!, casi grito ilusionada, pero luego me di cuenta que con mi rol de vida, en mi tiempo libre siempre debo escoger entre hacer lo que disfruto, comer o dormir (incluso últimamente me siento a comer en la barra de la cocina mientras veo un capítulo de mi serie de Netflix en el celular).

Entonces, ¿cómo me las arreglo para que mi cuerpo aguante sin dormir y así usar ese tiempo libre de no dormir en realizar lo que me gusta? Cómo explicarle al autor que si encima en el siguiente punto me recomienda dormir más, ahora sí me voy de espaldas porque si hago a plenitud lo que me gusta, no duermo y si duermo, sólo medio hago lo que me gusta.

Mejor dejé de leer, me levanté dándome de tropezones en la oscuridad, fui al baño, prendí la luz, me vi a la cara y me dije que más me valía empezar a amar mis ojeras –o comprarme un buen corrector para las mismas– y seguir trabajando en mejorar mi carácter, porque seamos sinceros, con este tipo de recomendaciones, ¿para cuándo les gusta una vida sin estrés?

Alisma De León

Mi ciudad en un búnker

A veces sueño que a mi ciudad la meten en un búnker, enterita

afuera quedan los toques de queda auto impuestos

las explosiones los balazos las caravanas la mixta

las voces en texto que dicen

se oyeron detonaciones en la Bermúdez

gente armada en el centro, atentos

SDR en Vista Hermosa, evite circular por la zona

 

Dentro, los niños juegan futbol en las calles

andan en bicicleta

 

Dentro, la ciudad recupera lo perdido

las salidas a deshoras los bares la juventud

recupera, también, la confianza en sí misma

se cuida pero no en exceso

sabe que puede rodear una calle sin que eso signifique que huye

sin que sea razón para que le confundan y disparen

 

Ahí dentro, vuelve a ser libre

 

El problema surge cuando se quiere mirar al cielo

y sólo está el gris del inmenso búnker

no hay sol ni nubes mucho menos constelaciones

entonces la libertad de andar y hacer vuelve a sentirse prisionera

y no se ve la salida

ni se pueden contar los años que faltan o los días

 

A veces sueño que a mi ciudad la meten en un búnker

que protege del peligro en que vivimos

pero, aún así, seguimos cautivos.

 

Alisma De León

La magia de la comida

Escribo esto sentada en un avión, en el asiento 15C. A mi lado va un niño al que le calculo doce años. El niño se retuerce en su asiento, se estira, se inclina hacia enfrente, saca de su backpack una Dr. Pepper y una bolsa de oreos pequeñitos. En pocos minutos, se los acaba y se frota la cabeza, luego mira hacia los lados y sus ojos cafés de pestañas largas se topan con los míos por un segundo. Después del intercambio, continúo escribiendo en la pantalla diminuta de mi celular. Pienso en anotar de dónde vengo pero eso en realidad no importa, lo que importa son las ideas que regresan conmigo. Y de eso escribo. Acerca de ideas de sobremesa, porque es ahí, en la sobremesa, rodeados de unos platos a medias, de cuchillos, tenedores, cucharas y un enorme pedazo de pastel de chocolate con nieve, que la gente empieza a reinventar la vida, a reacomodar el mundo para hacerlo un poquito más suyo.

Y es que hay algo reivindicador en esa plática ligera, algo que entre bocados une a las personas –aunque los puntos de vista sean distintos, aunque exista un poco de carrilla, aunque repeles por dentro, aunque no tengas idea de esa serie de la que hablan, y que de entrada aborreces, en la que un hombre vive en una comunidad creada por sí mismo, rodeado de algo que imaginas como muralla, para no salir nunca y practicar la poligamia–. Pero para que la unión en la sobremesa suceda debes bajar la guardia, escuchar y hasta enojarte de la mejor forma que conoces: entre risas. Porque hay que reír con lo que te parece un absurdo –como la creación de un culto en el que casi todos los mandamientos estuvieran invertidos— y aún así, hablar y construir momentos que a su vez sean nexos porque de esta manera se edifica el mundo, con personas escuchando a otras, con distintas opiniones, recordando que incluso quienes te intimidan tienen tantos miedos e inseguridades como tú y que el secreto de una mejor vida reside en comunicarnos y para eso, a veces, sólo hace falta un buen plato de comida.

Alisma De León