PONCHADA

Estaba tranquila, mal que bien sosegada, confiada en que me esperaba una época en la que no habría sorpresas ni sobresaltos, ilusa de mí, me distraje solo un poco y se me rompió la burbuja.

Fue así, de repente, me quedé inmóvil de brazos caídos, sentada en el charco jabonoso de todas mis especulaciones, pegajosa e insegura.

Me moría de vergüenza al pensarme ahí a la vista de todos, sin esa hermosa capita transparente de jabón que hacía que los ojos se me vieran más brillantes y las formas más redondas, capaces de rebotar en cualquier superficie, volar un poquito y aterrizar suavemente –vamos, hasta con gracia– en el siguiente claro del bosque.

Lo peor es que era obvio que no tenía por qué acercarme a objetos punzo cortantes, es al ABC de los habitantes de las burbujas: “no corras hacia las tijeras”.

Pero no, esta vez (malhaya) la cabeza se me llenó de aire, el aire pasó a la burbuja, la infló más, creció, se sintió poderosa, hizo que desde dentro se perdiera un poco la visibilidad, que necesitara entrecerrar continuamente los ojos y no viera con claridad que eso que se estaba acercando de manera tan encantadora y musical era un alfiler con punta de diamante, que ni siquiera tuvo que dirigirse justo al centro para reventarme y ¡plaf!

Lastimera imagen con el pelo embarrado en la cara y tratando de fingir que ni me había salpicado tanto. No tanto.

Por un momento que pareció eterno, pero en realidad no duró nada, seguí confundida, volteando para todos lados, con disimulo primero, con una especie de digna resignación después, hasta que de pronto empecé a sentir el viento circulando de nuevo entre los pliegues de mi vestido, secándolo poco a poco. Fue entonces cuando me deslumbró un pequeño puntito brillante. ¡El maldito alfiler! Tan chico, tan insignificante, que una ráfaga un poco más fuerte se lo llevó arrastrando fuera de mi vista.

El aire se intensificó inflando mi pelo hacia el cielo, sus puntas culminaron caminitos de espuma coronándome con una nueva burbuja, más cercana, más compacta. Todo lo que quedó dentro, por cierto, se ve mucho mejor.

 

Catalina Kühne Peimbert

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Propia y estrecha

Hay días que te obligan, días en que no puedes evitar con ninguna de las trampas de costumbre legales o ilegales, conscientes o inconscientes; no puedes evitar, la caminata para dentro y no puedes impedir que el paisaje te parezca desagradable, angustiante, decepcionante.

Días en que pasas de largo sin echarle ganas al pozo sin fondo, en donde ya las ganas  se han perdido varias veces, mezcladas con sueños, con esperanzas de mejores versiones de una misma.

Porque hay días, que como todos los días te subes al caballo, pero puedes ver bien clarito a través de la polvareda que resulta que no eres tan valiente, tan correcta, tan justa, tan comprometida, tan relajada, tan buena, tan digna, tan responsable como parecías, esperabas, debías, prometías.

No son días agradables, claro.

Y lo que provoca son ganas de salir corriendo, de tirar la toalla, poner pausa, gritar corte, acomodar de una manera distinta todo.

Y no se puede.

Porque son días en que ni siquiera refugiándote en el sueño logras salir de la camisa de once varas que solita has decidido ponerte para salir a pasear.

Días calurosos en los que se te quema la cabeza,  te arden las orejas y el corazón suda abochornado.

No hay mucho que hacer, sólo respirar hondo y esperar a que pase, que pasará. Tampoco hay tanto que escribir, aquí valga una disculpa.

Pero hay días en que al hacer el recorrido, resultas propia y estrecha.

 

Catalina Kühne Peimbert

ATEA GRACIAS A DIOS

No me arrepiento de haberlo dejado. Me gustaría decir que tampoco de haber andado con él, por toda esa basura de autoayuda que dice que no hay realmente errores en la vida, que de todo se aprende algo, que renegar de los propios hechos, decisiones, parejas, es como escupir para arriba. Pero lo que me pasaba era justo eso, todo el tiempo sentía el gargajo de Damocles pendiendo sobre mi cabeza. Mi tranquilidad se fue para el cielo. Nunca pensé que la cosa fuera a tomar ese color.

Al principio me parecía adorable que supiera todos y cada uno de mis movimientos, que estuviera al pendiente de mis amigos, mis lugares favoritos y se me apareciera con el menor pretexto solo para saludar o darme un regalito.

El sexo era espectacular, sabía exactamente lo que yo quería sin preguntar, terminaba gritando su nombre en el mejor de los orgasmos.

Pero algo cambió, o el amor se fue desgastando como a menudo sucede. De pronto empezó a tener problemas, en su trabajo, con su hijo, sus adeptos y se volvió insoportable, no se aguantaba ni él.

De un día para otro se volvió un adicto al trabajo, sentía que no se daba abasto y le dio por querer estar en todas partes al mismo tiempo. No me dejaba dormir nada, porque se levantaba al alba dizque para ayudar a los madrugadores y tenía la casa hecha un asco, porque entre sus nuevas manías se le ocurrió criar animales para que se juntaran.

Intenté hablar y no me oyó, todos a su alrededor debíamos hacer su sacrosanta voluntad.

Pronto me vi queriendo recuperar mi espacio, mi tiempo, mi libre albedrío. Cuando se lo dije, se puso como loco, primero lloró, después me echó todas las maldiciones que pudo. Escapé mientras echaba rayos y truenos por la boca, lo último que le oí decir es que si quería, podía ser vengativo e implacable. Que si lo fue.

Con sus habilidades de acosador logró meterme el pie en todos los aspectos de mi vida. Donde yo veía una rendija abierta, él se dedicaba a cerrarme todas las puertas. Me atacó con furia, a un desastre le seguía otro. No había pensado en los problemas que implicaba ser la ex de alguien tan poderoso.

No encontraba la salida. Hubo un momento que me sentía totalmente sofocada, casi a punto de la asfixia, pero ciertamente no fue capaz de ahorcarme. Dejé de temerle, de hecho en cuanto dejé de creer en él, se esfumaron todos mis problemas.

 

 

Catalina Kühne Peimbert

EL SEÑOR ECLIPSE

Como me encanta estar al día en todos los acontecimientos significativos de las redes sociales y del universo mismo, me informé muy bien acerca del fenómeno astronómico de ayer lunes.

Muy aliviada leí que el eclipse no tenía ningún efecto en el comportamiento humano, pero sí en el de los animales. Sin embargo,  juro, todo el día sentí como si una fuerza superior estuviera jugando conmigo, como si fuera una especie de marioneta cósmica.

Me alisté para el ejercicio matutino como toda una profesional, con buen ánimo, como cuando te propones volver a empezar la semana, pero también el año, que digo el año, la vida misma. Con toda la intención de “dejar atrás conductas, situaciones y personas alineadas con el viejo yo”, así idéntico a como lo sugirió la página de tremenda astróloga de las estrellas, del cielo y la pantalla. El truco consiste en creer que somos capaces de todo. Todo depende de la actitud.  ¿O no?

Tanto era mi entusiasmo que me tropecé apenas avanzados unos metros y caí en un charco “de hocico” como diría el clásico. No tenía de otra más que volver sobre mis pasos, en esas andaba cuando me percaté de que el regreso no era una posibilidad real.  Olvidé en la mesa del comedor las llaves de mi casa. Fue así que me quedé encerrada afuera. Empapada y sentada en una paradoja que me iba a hacer llegar tarde al trabajo. Sin cartera, sin llaves y sin desayunar. Un poema de carencias de la vida moderna.

Pero cuando se cierra una puerta, siempre se abre una ventana. No, no es que me haya colado como un ladrón en mi propia casa. Sino que recordé que el vecino guapetón de la otra esquina, tenía un duplicado de mis llaves por si había alguna emergencia. Emergencia teníamos. ¡Al ataque! Esto del eclipse se estaba poniendo interesante. Nada más se me olvidó que no me había bañado y el lodo que adornaba mi persona tenía un sospechoso aroma a alcantarilla. Fallé de nuevo.

Después de permanecer casi media hora colgada del timbre. ¿Qué más podría haber hecho? Me abrió con cara de pocos amigos, también sin bañarse, también recién despertada, pero hermosa como las primeras flores de la primavera, la novia del susodicho que en ese preciso momento tenía el gusto de conocer.

Ella no estaba tan gustosa, pero tuvo la delicadeza de darme mis llaves sin humillarme demasiado y por supuesto sin que tuviera oportunidad de ver ni rastro del vecino.

Logré entrar a mi casa, pero el viacrucis no se detuvo. El perro, literal, se comió mi tarea, se acabó el gas y tuve que bañarme con agua fría, como me quedé en casa más de lo normal, me encontraron del banco que me persigue por deudas del siglo pasado.

En fin que por suerte a eso de las doce del día, empecé a oír que los grillos cantaban, el cielo se oscureció y una pesada somnolencia se apoderaba de mí, así que hice lo que el cuerpo dictaba, me puse de nuevo el pijama y me metí en la cama. El perro se echó a mis pies rendido naturalmente afectado por el señor eclipse. Por un momento me sentí culpable, pero me tranquilicé al recordar que yo siempre he sido medio animal y es esa parte la que siempre hace que los problemas caigan desparramados hacia mi persona cual lluvia de estrellas. Eclipse o no.

Lo bueno que hoy anocheció dos veces y mañana, como siempre, aunque por partida doble, será otro día.

 

Catalina Kühne Peimbert

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

***

La vida, por ratos, te come los sueños.

***

Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

***

Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Agitada, pero no revuelta.

Me tomé el Martini de un trago para poder comerme la aceituna rápido, pero sin contradecir las más elementales reglas de etiqueta.

No tenía ganas de tener paciencia, lo que resultó una pésima idea porque me quedé sola frente a una copa vacía mucho más tiempo del necesario. Podía pedir otro, claro, pero pensé que estar sola frente a dos copas vacías y medio borracha, no era la opción, así que ordené un vaso de agua equivocándome una vez más, porque para qué vas a estar sentada en un bar sin hacer lo único para lo que está diseñado, tomar. No agua. La ebriedad hubiera combinado perfectamente.

Volví a cambiar de opinión justo cuando el lugar empezó a llenarse ocultándome a mí y a mis pobres decisiones.

Otros se encargaron de abusar de sus bebidas con sincero entusiasmo y yo me sentí un poco perdida y defraudada. Levanté la mano para llamar nuevamente al mesero que no parecía percatarse en lo más mínimo de mi existencia.

Fue entonces que el tiempo como siempre, hizo lo que quiso y para mi sorpresa, transformó la media hora que permanecí en aquel banquito alto e incómodo en un par de décadas.

Cuando por fin se dignaron a hacerme caso, me di cuenta de que mis manos estaban llenas de manchas y mi cutis arrugado. No podía escuchar al mesero que prácticamente me gritaba al oído y, sin embargo, el lugar me resultó ruidoso y molestísimo.

Para colmo se me habían entumido las piernas y tuvieron que llevarme casi en andas hasta una butaca porque me negué rotundamente a irme sin mi trago.

– ¿Qué no le da vergüenza estar haciendo esos desfiguros a su edad?

Ante mis cada vez más airadas reclamaciones me miraban como si estuviera loca, como si no se hubieran tardado años en atenderme, pero no, ya no era la mujercilla pusilánime que se dejaba mangonear, que había entrado al caer la tarde. ¡De ninguna manera!

Las canas que me habían sacado en ese mismo lugar me daban el derecho de por una vez en mi vida hacer mi sacrosanta voluntad. Así que no cejé hasta que me trajeron un segundo Martini, aunque esta vez no me importó comerme la aceituna primero.

 

Catalina Kühne Peimbert

Tiempo Perdido

Me pasó su teléfono mi mejor amiga, pero me advirtió:

—Tú le marcas y le dices que te lo recomendó el Doctor Salvatierra y no olvides referirte a él como “licenciado”

—¿Es en serio?

—No te vas a arrepentir.

Seguí las instrucciones aunque me parecieran un poquito ridículas. Por suerte el licenciado resultó ser muy amable y me citó esa misma tarde usando la frase que más deseaba escuchar.

—Lo último que necesitamos es perder el tiempo.

Lo último.

El mismo me abrió la puerta de su oficina, que también era su casa y me condujo hasta ella después de bordear un mar de juguetes de todo tipo desperdigados en el piso.

—Veo que tiene niños pequeños.

—No, vivo solo desde hace mucho.

Seguí caminando con la idea de no volver a abrir mi gran boca hasta entender más a quien me estaba enfrentando.

El despacho, estaba decorado sobria y elegantemente, maderas finas en escritorio y libreros poblados de buenos volúmenes, cuadros de arte abstracto, todo más acorde con la edad que representaba, unos cincuenta años, que podrían parecer menos si no hubiera sido por la barriga y las canas. De todas formas era un tipo agradable, hasta guapetón.

Me invitó a sentarme, en una mesita de al lado había una tetera humeante y una cesta de pan dulce.

Tomé una taza y una magdalena de la canastita, principalmente para seguir con mi plan de permanecer callada hasta que se explicara, pero el té estaba soberbio y no pude evitar decírselo.

—Esto está delicioso.

Sonrió complacido.

—Lo sé y lo malo es que va a terminarse y usted se va a quedar queriendo más.

El comentario me cortó un poco, tuve la sensación de que me había excedido suponiendo que el té era para mí y que tal vez me estaba terminando la última taza, no de esa oficina, del mundo.

—Perdón, yo…

Ni siquiera me volteó a ver cuando ya estaba de pie echando un discurso:

—No solo va a querer más, sino que va a querer repetir la impresión exacta que le produjo ese primer sorbo. Ese es exactamente nuestro problema. Somos unos nostálgicos empedernidos. Pero yo he encontrado la solución y puedo vendérsela por un precio bastante razonable.

Pensé con auténtica codicia en la época en qué me emocionaban los regalos de navidad, o cuando un novio y yo no podíamos quitarnos las manos de encima ni un segundo, el primer orgasmo, el final de un libro que me movió hasta las lágrimas. Más aún. ¿Qué tal de lo que ni siquiera recordaba la primera vez? Como los sabores, los colores, el mar…

Sería perfecto, no importaba el precio, pagaría lo que fuera. Ya estaba sacando la cartera cuando volteé de nuevo hacia el pasillo y la imagen del licenciado de rodillas jugando a los cochecitos chocones me devolvió la cordura.

Le di las gracias y me despedí no sin antes devorarme la magdalena de un bocado.

 

Catalina Kühne Peimbert

CASI FELIZ

Desde acá todo se ve más claro. Desde acá se ve la salida. Por ahí entré. Por la salida, decidida. Hice muchas cosas al revés. Llegué cuando todos se fueron, al final. Y ahora, en vez de bajar, permanezco arriba.

Aunque la verdad es que estando aquí, el arriba y el abajo pierden el sentido por completo.

Estoy tranquila, casi feliz.

Y pensar en el miedo que me daba, manos temblorosas, mirada itinerante, piel de gallina, no pensaba hacerlo nunca. Era una promesa. Olvidé mis preocupaciones por mucho tiempo. Cada vez que pasaba por la feria miraba hacia el cielo y respiraba tranquila.

Pero los años fueron empolvando la promesa, la oxidaron y le quitaron el brillo, hasta que lo único que quedó fueron sus cualidades de pretexto.

Un pretexto muy versátil por cierto, no lo creerían. Así son los pretextos nacidos y alimentados de miedo. El miedo engorda al pretexto y el pretexto al miedo, como si fuera una de esas serpientes que se comen su propia cola por toda la eternidad. Cada día más grande, cada día más gorda.

Primero fue la negativa a subir y poco a poco la negativa a todo lo demás.

Siempre dejé todo para otro momento. Seguro habría alguno más apropiado, seguro si esperaba un poquito más nunca me pasaría nada.

La vida me pasó de largo y se volvió plana.

Lo que sí sucedió fue que cada célula de mi cuerpo tenía miedo. Miedo a atreverse, a romper las promesas, a que nadie subiera con ellas, a dejar de tener miedo.

La promesa era mi barrera.

Me oculté tras ella de forma que nadie pudiera ver demasiado de mí. Ni siquiera yo misma. No la pasaba bien, no la pasaba mal. O no lo sé, no lo sabía.

Hasta hoy. Estaba dormida y desperté. Me despertó el ruido de las cancioncillas irreales e infantiles de la feria. Me despertaron sus chirridos mecánicos y las risas de los niños y los pregones del altavoz.

—¡Últimos días! ¡No se lo puede perder!

Recuerdo que me soñé viendo hacia la rueda que subía y bajaba, mientras todos sus ocupantes se reían de mí. Yo trataba de correr a su encuentro, pero estaba pegada al piso como una estatua a su pedestal. Trataba de gritar, de reclamar, pero mi boca no emitía sonido alguno. Trataba de llorar y lloraba. Me desperté llorando. Estaba dormida.

La música me tranquilizó, me dejó en una especie de duermevela, pero me levanté. Llegué hasta acá sonámbula.

Esperé en casa hasta que bajó el barullo. Me abrigué y tomé algo de dinero de la cartera. No cargué con nada más, preferí caminar.

Pude sentir las miradas de la gente sobre los hombros, aunque no me conocían sabían perfectamente que todo había cambiado.

El muchacho que la controlaba me advirtió:

—Estamos a punto de cerrar.

—No importa, sólo quiero dar una vuelta.

—Pero es que sería usted la única en subir. ¿No le importa hacerlo sola?

Le extendí un billete que cubría tres vueltas con la rueda llena.

—Si a usted no le importa, no.

Por supuesto que no le importó. Me ayudó a subir al asiento y aseguró la oxidada barra metálica a la altura de mi pecho.

—¿La quiere con luz y música?

—Por favor.

Un escalofrío me llegó con una ráfaga de aire.

—No tenga miedo.

—Si tengo, pero no importa.

Me sonrió y arrancó el juego. Conseguí dar dos vueltas en éxtasis absoluto. El importante viaje duró un instante. Después se oyó un crujido, se fundió la luz, cesó la música y la rueda de la fortuna se detuvo conmigo en el cenit.

El muchacho me hace gestos desde abajo para tranquilizarme.

Estoy tranquila, tengo el pretexto perfecto para no volver a hacer una promesa.

 

Catalina Kühne Peimbert

Cosa de nada

Estoy segura de que las cosas no importan. A veces son bonitas, incluso impresionantes, pero sólo son cosas. El problema es el significado. Porque una lámpara puede ser la amistad de dos ancianos; una casa de muñecas, la ilusión de una niña que cree que por una vez, todo va a estar bien; una pluma, la realización profesional de un joven de porvenir; un cuadro, el inicio de una vida en pareja. Y todo eso puede romperse, quemarse, perderse y finalmente, acabarse para siempre.

Debe ser por eso que cuando una está triste dice que se le rompió el corazón. A mí me pasó. Creía que lo tenía muy bien guardado y asegurado con muchos candados inexpugnables, pero un día se me ocurrió sacarlo de su caja, me descuidé y al suelo, todavía servible, pero roto.

El fenómeno que se presentó a continuación me dejó en medio de la oscuridad para ver lo que las fisuras habían dejado salir.

Sentimientos bastante podridos a fuerza del encierro. Algún chispazo de ira, de esa de verdad.  Y otra yo.

No estoy segura si es una que dejé atrás hace muchos años o algo distinto. O más bien si lo que pasó fue que siempre había estado ahí escondida, esperando a que la matrushka que la contenía se abriera para salir o simplemente esto fue el producto natural de tan estrepitosa caída.

Pero ahí está esa otra entidad y se está apoderando de todo. Como apenas la conozco, me sorprende reaccionado de maneras que nunca hubiera pensado y me hace sentir insegura, como cuando estás estrenando unos zapatos muy lindos, pero que te aprietan.

Quiero pensar más, pero la otra va y hace cosas. Cosas inexplicables. Saluda a todos por la calle. Tiene las emociones a flor de piel. Puede estar muy feliz, muy enojada, convencida de que todo se arreglará y de que está destinada al fracaso. Todo en cuestión de minutos.

Estoy cansada, me gusta el sillón nuevo que la otra compró. Es cómodo, yo nunca me hubiera atrevido. Tiene unas aplicaciones en dorado que no son lo mío. Pero es tan cómodo. Mientras la otra, yo misma, sigue trajinando, busca cosas. Tira cosas. Le dio por deshacerse de ellas. Juntó muchas cajas y las llenó con la parte de la vida que no le decía nada, todas las que yo había significado. Viéndolo bien esto era un exterminio. Tal vez auto infligido, pero exterminio al fin y al cabo. El suicidio de la historia.

Y yo simplemente no estoy segura de querer dejarlo todo así de drásticamente, de querer irme, pero ella me empuja, me mete a la caja de cartón con todas las demás cosas.

Al principio no se ve nada, pero poco a poco empiezo a acostumbrarme a la oscuridad y distingo,  primero texturas, después lo demás. Soy una muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca. Y me van a  tirar o a regalar porque sólo soy una cosa, porque mi humanidad se fue resquebrajando o encerrando en otras muñecas que no sienten nada más que están rodeadas de cosas.

Y las cosas no son importantes.

Catalina Kühne Peimbert

Espejito, espejito

Compré un espejo nuevo en una tienda de antigüedades, grande, de cuerpo entero. Tenía un hueco en la pared y el marco me pareció precioso, ni siquiera me fijé en el estado del cristal hasta que lo instalaron en mi casa y eso después de un par de días.  Yo no me había dado cuenta, no estaba usando el espejo para lo que sirven los espejos, sino como un adorno, hasta que una mañana que iba de salida, como no queriendo la cosa, noté una iluminación distinta y volví sobre mis pasos, me puse en el centro de su visor y me dije sorprendida:

–Pero qué barbaridad, qué guapa que te estás poniendo.

Seguí mi día muy segura de mí misma, de buen humor, arrasando con todo lo que se me presentaba en el camino, hasta que fui al baño de un café y al levantar la cabeza después de lavarme las manos vi a una persona muy distinta.

Peinado descompuesto, bolsas en los ojos y hasta unos kilitos de más. Lo atribuí al cansancio, pero volví al cuarto en donde colgaba mi nuevo espejo y ahí estaba mi más excelente yo, mirándome con cínica coquetería.

El gusto que me dio volver a esa apariencia me distrajo del fenómeno por un momento, pero la situación se repitió al día siguiente y al siguiente.

Con toda la intención de realizar una comprobación científica invité a comer a mi amigo más feo para hacer el experimento.

El pobre pasó enfrente más de cuatro veces sin siquiera alzar la vista. Tan acostumbrado estaba a no gustarse. Cuando por fin dio con el rebote mejorado de su imagen, se quedó un largo rato paralizado, sin habla, disfrutando el momento. Aún después de unos minutos el efecto permanecía, por un instante pude notar en él algo que nunca antes había visto.

Si bien mirado hasta guapo estaba. Me le acerqué por la espalda para compartir la refracción.

Desde entonces compartimos también la cama y la vida.

Tenemos el espejo cubierto, reservado para ocasiones especiales, ha resultado la mejor compra que he hecho en la vida y ni siquiera es necesario estarlo jorobando con eso de que sí quien es la más bonita del reino, porque así sin trono, ni reino, tengo alguien que me comprenda.

Catalina Kühne Peimbert