Respirar con labios fruncidos

Inspire (inhale) lentamente, a través de su nariz, en dos tiempos.[i]

Cuando el mundo se pone pesado, respirar es más difícil de lo que creemos. Ya no se trata del mecanismo automático en el cual nuestro cuerpo permite la entrada de oxígeno a los pulmones. Cuando el mundo se pone denso, para respirar necesitamos bastante soledad. Callar nuestro entorno. Escuchar el viento, andar en piyama, hacernos un café, poner música para también ahí, en los acordes, respirar un poco.

Sienta cómo se agranda el vientre a medida que inhala

Para respirar requerimos separarnos de todo y de todos. Tomar un libro y echarnos en el sofá. Quedarnos dormidos. Esperar, sin movernos, a que llegue la tarde. Salir a caminar. Pararnos frente a un árbol. Dejarnos el cabello suelto. Abrir los brazos para después cerrarlos de nuevo y estrecharnos fuerte.

Frunza los labios, como si fuera a silbar o a apagar una vela

También podemos cantar y bailar solos. O brincar hasta lo más alto, hasta donde la rodilla dice ya basta. Y caer al suelo para soltar una carcajada que sea una bocanada de aire. Lejos de noticias que hablan de disparos masivos, de lobos solitarios, de opiniones que apoyan la posesión de armas para luego leer del incremento en las ventas de esas mismas armas, incluso después del conteo de las víctimas: diez, veinte, cincuenta o quinientas.

Espire (exhale) lentamente, a través de los labios, en cuatro o más tiempos

Hay ocasiones en que debemos buscar en la respiración y nuestro latir el propio ruido. Recordar quienes somos y pensar que, como nosotros, hay otros más que anhelan respirar. Y con ese convencimiento, reír de nuevo, confiar de nuevo. Creer otra vez que hay formas de coexistir en este mundo convulso.

 

Alisma De León

 

[i] https://medlineplus.gov/spanish/ency/patientimages/000267.htm

 

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Cómo se hace una autopsia

Ayer vi la foto de un niño muerto, de varios

la autopsia se le hace a cadáveres*

dos eran adolescentes, niños apenas

camiseta azul, pantalón naranja

y una playera verde que decía: México

 

la autopsia también se le realiza a fotografías

o a un país

 

¿cómo se realiza la autopsia de un país convertido en cascajos?

dónde si la morgue abarca miles de kilómetros

 

Para la autopsia los patólogos realizan un examen externo del cuerpo, sus cavidades y fluidos

¿cómo se realiza la autopsia en un cuerpo que son en realidad tantos cuerpos?

¿cómo se analizan los fluidos que no son sólo los de ese cuerpo sino que se unen a las lágrimas de todos los demás cuerpos?

¿cómo se le realiza la autopsia a un cuerpo contra una pared, a un cuerpo en el suelo, a un cuerpo con la palabra México en la espalda?

 

Una vez terminada la revisión, se vuelven a colocar los órganos dentro del cuerpo

y el pantalón naranja, la camisa azul

y toda la esperanza hecha cachitos

se coloca de nuevo dentro

dentro del cuerpo que posteriormente se cierra.

* https://www.vix.com/es/btg/curiosidades/5040/como-se-hace-una-autopsia

 

Alisma De León

Terror al espejo

Hace unas semanas me vi algunas arrugas más y me aterré como nunca. Era, sin duda, signo inequívoco del Apocalipsis. Supe que ya le quedaban poquísimos años a mi existencia y que no había hecho lo suficiente; estuve segura de no haber encontrado nunca mi vocación real, ese talento innato que todavía yacía adormecido en alguna parte, ese que cada uno de nosotros tiene en su torrente sanguíneo y brota a fuerza de constancia.

Iba y venía del espejo a mi cama sin poder dar crédito a lo que veía, porque eso no me podía estar pasando a mí con tantos planes por delante, con tanta vida.

Para evitar la hecatombe, me unté cuanta crema tenía a la mano sin checar siquiera la fecha de caducidad –después temí que la cara se me atestara de granos o se me enrojeciera a causa de infecciones por ingredientes caducos o ¡aún peor!, que amaneciera toda arrugada.

Y entiendo que la edad es sólo un número que establece nuestro tiempo en el mundo y el tiempo, sabemos, no es más que un invento del hombre. Lo comprendo bien. Y tampoco es que la vejez como tal me traume pero una zozobra me asaltaba cada que me veía al espejo.

Culpé al mundo, a las revistas con modelos jovencísimas, a mi yo del pasado que se quejaba de lo fea que estaba o de lo gorda o lo flaca, a mi yo del presente que recordaba a ese yo del pasado y se arrepentía de tanta queja porque ahora sí –ahora sí– tenía por qué preocuparse. Sentí todo el terror de saber que hoy estoy pero mañana sabrá quién en mi lugar.

En mi punto más bajo culpé a la iluminación, al ángulo de la luz que me daba en plena cara y supe que el responsable era el espejo. Lo maldije y decidí cambiarlo a la esquina más oscura del vestidor, lo de menos era lavarme los dientes con los mosaicos de acompañantes. Preferible salir con rastros de pasta en la comisura de la boca a facilitarle el trabajo al devorador de esperanzas. Entendía que todo lo malo que me sucediera de ahí en adelante sería culpa de él, supe que él hacía las veces de un vidente implacable que llega y sin preguntar si quieres, te lee tu mala fortuna. Con repulsión y no menos horror, lo retiré del baño.

Hablé con mi madre y le comuniqué mi angustia. Ella sonrió y dijo no pasa nada. Al colgar, hundí la cara en el colchón porque yo sabía que sí pasaba, entendía que desde ese momento no podría mirar ningún espejo sin saber que el monstruo come vida estaba ahí, escondido y al acecho.

Resolví que no había tiempo que perder, que ese era el momento justo para hacerlo, que si era cuestión de luchar por mi vida, más valía que me pusiera a ello y no escatimara recursos. Fui a la tienda y busqué entre todas las cremas aquellas que tuvieran anti oxidantes, pedí las más sofisticadas, esas que dejarían mi tarjeta de crédito ardiendo pero no importaba: algo trascendental estaba en juego.

Desde ese día, cada noche me las unto con rigor y miro desafiante al enemigo que ha regresado a su lugar en el baño. Aún ríe de mí, pero yo reiré más cuando vea que con el vapor de la regadera, él se oxida mucho antes que yo.

 

Alisma De León

Lo cierto es que los días no se detienen y las fotos se acumulan

Recuerdo una época en la que todo era tangible, incluso las fotos.

Tengo en mi laptop, sin temor a exagerar, alrededor de 10,000 fotos. Y es que –para quienes no somos fotógrafos profesionales–  la vida era muchísimo más simple antes de las cámaras digitales y los smartphone.

Al menos en mi vida, todo se complicó un poco hace nueve años. Justo cuando me adentré en el oscuro túnel de la tecnología y compré mi primer smartphone. También puedo afirmar que es desde entonces que vivo en un estado de angustia permanente: temo que mi celular caiga desde el segundo piso, que la pantalla cambie a negro y sea señal de que ha muerto; temo perderlo, atropellarlo, dejarlo sobre la cajuela y arrancar el carro sin darme cuenta; me da miedo que entren en mi casa y se roben mi laptop y mi celular con todos mis recuerdos.

Para mi infortunio algunas de las situaciones anteriores han pasado  –no diré cuáles–, por eso vivo pensando que de este fin no pasa, que ahora sí revisaré todas las fotos, aunque pase noches en vela, y seleccionaré aquellas dignas de ponerse en unos lindos álbumes. Porque yo estoy  chapada a la antigua y me parece que los recuerdos se aprecian mejor cuando pueden tocarse. Cuando están viéndonos con ojos fijos desde un bonito marco de 4×6 o 5×7 o desde la magnificencia y atrevimiento de uno 15×20 y no desde la acuosidad de esos portarretratos digitales en los que las imágenes pasan una tras otra y nos dicen hola por escasos segundos. Y es que la memoria no funciona así, al menos no la mía. Para recordar, requiero más tiempo, una preparación previa de la mente, algunos minutos para que los recuerdos que surgen a partir de la foto se vuelvan tridimensionales y la imagen se convierta también en sonido y  aromas lejanos.

Por eso añoro esa época en que llevaba el pequeño rollo a revelar y en una hora tenía las fotos listas y no acumulándose en mi computadora para siempre. Pero como el día es corto y mi organización no ayuda, tengo, además de todas las carpetas guardadas en mi laptop, 1,244 fotos más en mi celular y por cada una de ellas temo.

Y no quisiera sonar alarmista pero lo angustiante es que se trata de un fenómeno –a nada de volverse síndrome– que no sólo a mí me persigue (¡ojalá fuera la única!): cada que veo que alguien saca su celular y toma una foto, sé que esa también es una pobre alma atormentada.

 

Alisma De León

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

***

La vida, por ratos, te come los sueños.

***

Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

***

Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

***

Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Reflejo de luz sobre un objeto brillante o sobre una superficie u otra cosa

Reverberación es, por definición, lo que apunta el título de esta entrada. Pero sé que tiene, además, incrustada la palabra evocación. Porque así es con el brillo que nace del choque de un rayo de luz en la memoria, lo que sucede en quien lo recibe y proyecta.

Al decir reverberación, también puedo hablar de ideas que al enunciarse provocan el surgimiento de otras ideas más, complementarias o distintas. Como dar una caricia y recibir un abrazo.

Puede ser, por otra parte, que me refiera a prestar oídos a penas que son ajenas y compartir su peso para convertirnos en un objeto conductor de agobios, en una muñequita quitapenas, que por las noches escucha y absorbe. Que nos sana.

O podría estar contando de ese rayo de sol que se filtra por las cortinas y da en la amatista que corona el anillo de esa abuela que ya no está. O la claridad en la mejilla rosada de un niño que duerme hasta tarde.

Y es que la palabra reverberación tiene un significado establecido pero al mismo tiempo tantos más que llega a ser el brillo de la luna a mitad de un primer beso. O de un segundo y un tercero. Es el calor que surge y se asienta entre dos cuerpos que se rompen en mil fragmentos luminosos traducidos en vidas comunes y plenas.

Mi fascinación es tal porque con esta palabra puedo hablar de brillos, proyecciones, de cuerpos y (des)composiciones, del sol y varios atardeceres.

 

Alisma De León

Acerca de una alegría cauta y de cosas que quisiera no pasaran nunca

 

“Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del silencio”

Cristina Rivera Garza, “Dolerse, textos desde un país herido”

 

Esto sucedió un noviembre, hace tres años, pero podría haber sucedido ayer:

Planeaba dedicar el sábado para terminar de leer textos y no pude. Mis hijos y yo nos levantamos temprano y a las 7:45 a.m., cuando me encontraba preparando el desayuno, se desató un episodio más de los que la ciudadanía llama situación de riesgo. En mi ciudad, Reynosa, estas SDR pasan con más frecuencia de la que desearíamos. Lo diferente en esta ocasión es que, parte de ella, se desarrolló en el terreno contiguo al lugar en el que vivo.

Una camioneta, en plena huida, perdió el control y se estrelló contra el poste de luz de mi casa. La mañana se transformó en pesadilla. El grito de una mujer horrorizada se sumaba al entorno de gritos, voces, pausas y balas. Corrí por mis hijos, nos refugiamos en el clóset y tan solo una pared nos separó del terror.

Permanecimos escondidos durante hora y media. En ese tiempo, temí que alguien se brincara la barda y entrara a mi casa. Me atreví a salir del closet hasta que mi madre llamó para decirme que mi tía, quien vivía en la casa de al lado, le había dicho que los únicos que quedaban en la calle, rodeando mi casa, eran los de la Marina y el Ejército y que los sonidos que ahora yo escuchaba eran los de la grúa al retirar la camioneta.

Por los daños en el poste, nos quedamos sin luz casi todo el sábado. Las lecturas pendientes para ese día trataban sobre la guerra, la que por lo general vemos y sabemos lejos pero después de esas primeras horas no sentía ánimos cuando una, desde hace muchos años ya, se libra a mí alrededor. Entonces comencé a preguntarme si sería posible escribir sobre el dolor desde el terror. Después recordé el horror al enterarme de lo sucedido a los estudiantes de Ayotzinapa y el dolor de saber, por otra parte, de todos los desaparecidos que tiene mi norte. Todos esos desaparecidos de los que nadie habla o habla poco y olvida fácil. Me enojó pensar que cada que algo pasa en mi tierra, si acaso se sabe, se convierte en noticia, tuits, de un día. Parte de algún programa informativo o de debate que termina por resumir nuestro presente en una frase: Tamaulipas es un Estado fallido. Eso somos. Y vamos a un corte.

Me encolericé, pero en esas primeras horas el dolor fue mi voz. Me costó alejar el sentimiento y comprender que sí, que quizá por fin, que tal vez Ayotzinapa nos ayudaría a poner un punto final a este enunciado de impunidad que se antoja eterno. Luego el sábado se me vino encima. Y la desesperanza y el sinsabor llegaron con esa hora y media en que estuve encerrada con mis hijos. Y me pregunté de qué sirve. Y esas horas se transformaron en herida al escuchar a un niño de siete años decirme que no podía quitarse lo que había vivido de la cabeza, un niño que lloraba si lo dejaba solo.

Esa mañana de noviembre, al despertar, les había prometido colocar el pinito navideño. Lo hicimos por la noche. El ser humano –nosotros– no se acostumbra; el ser humano –nosotros– tan solo sobrevivimos de la mejor forma posible. Y le seguimos.

Porque aunque de entrada nos paralicemos, después hay un resorte que nos impulsa a movernos, quizá más lento, quizá con una –ahora y para siempre– especie de alegría cauta. Al día siguiente a ese sábado, de pronto, al barrer, trapear, manejar, leer o escribir, me volvía el nudo a la garganta y con él, el miedo y de nuevo, las ganas de llorar.

Dice Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás: “A la hora de recordar, la fotografía cala más hondo” y, sin duda, las fotografías, como dice Sontag, movilizan, hacen patente el horror de lo que sucede en otros lugares y lo congelan en la memoria. Las fotografías, nos dice también, mueven a reflexionar; pero, aun así, ¿cómo se retrata el grito de la mujer que se encuentra en el lugar y momento equivocado, cómo su sonido? ¿Cómo el estruendo de una sucesión de balas? ¿Cómo el miedo constante? ¿Cómo hacerlo si no es con palabras? ¿Hasta dónde nos acercan, de verdad, al dolor y la realidad de quien vive la guerra? ¿Hasta dónde una imagen quebranta la inmunidad del ser humano que formula dictámenes de sobremesa acerca de lo que sucede en otra parte?

¿Hasta cuándo?

 

Alisma De León

La versatilidad de mi estrés o eso me pasa por leer a deshoras

Esta entrada tiene un trasfondo serio, aunque no lo parezca. Y es que el estrés en mi vida desde hace tiempo llegó para quedarse. Reconozco que es versátil: toma la forma de ronchas en mi espalda, diminutos puntos blancos en mis brazos, palpitaciones, migraña, dolor de estómago, pero lo peor es cuando me hace perder el sueño.

Y es terrible no sólo porque la alarma dictadora sonará haya dormido o no sino porque, además, con el paso de los días se me acentuarán los círculos negros en los ojos y encima de estresada, me veré (más) cansada, ojerosa y con las ilusiones desfiguradas.

Admiro sobremanera a esas personas que van por la vida con la seguridad reflejada en todo el cuerpo. Imagino que la naturaleza les dotó de un temperamento tal que toman cualquier decisión sin inmutarse y de esa forma van escalando peldaños con la agilidad de un atleta olímpico.

Las últimas noches el estrés me ha pegado en la manera de un repentino y asfixiante insomnio pero fue justo antenoche –a eso de las tres de la mañana y después de haberme leído todo mi timeline en twitter y haber diseminado algunos likes y RT– que me puse a leer acerca de la forma en que se supone debemos manejar el estrés.  Encontré un listado que, afirmaba, ayudaría a reducirlo.

Primero me aconsejaba reconocer  las cosas que no puedo cambiar y evitar las situaciones estresantes. Lo de reconocer las cosas imposibles de cambiar estaba bien, pero ¿cómo se evitan las situaciones estresantes? Pensé que para eso sería necesario vivir en una isla desierta y luego me dije que ni siquiera ahí porque con mis escasas habilidades para la supervivencia, ¿qué tal que azota un huracán de repente? Porque sin wifi y aplicación del Wheater Channel que me avise, ¿cómo me aviento a la tarea de prepararme con víveres de los árboles más cercanos? Después recomendaba seguir una rutina de ejercicio y pensé que eso sí podía hacerlo (incluso lo he hecho), luego recordé mi horario de trabajo, la casa, los niños, mis actividades extra curriculares y todas las otras razones que me llevaron a abandonar la caminadora. El artículo también me pedía que le dedicara tiempo a las cosas que disfruto. ¡Y yo lo hago!, casi grito ilusionada, pero luego me di cuenta que con mi rol de vida, en mi tiempo libre siempre debo escoger entre hacer lo que disfruto, comer o dormir (incluso últimamente me siento a comer en la barra de la cocina mientras veo un capítulo de mi serie de Netflix en el celular).

Entonces, ¿cómo me las arreglo para que mi cuerpo aguante sin dormir y así usar ese tiempo libre de no dormir en realizar lo que me gusta? Cómo explicarle al autor que si encima en el siguiente punto me recomienda dormir más, ahora sí me voy de espaldas porque si hago a plenitud lo que me gusta, no duermo y si duermo, sólo medio hago lo que me gusta.

Mejor dejé de leer, me levanté dándome de tropezones en la oscuridad, fui al baño, prendí la luz, me vi a la cara y me dije que más me valía empezar a amar mis ojeras –o comprarme un buen corrector para las mismas– y seguir trabajando en mejorar mi carácter, porque seamos sinceros, con este tipo de recomendaciones, ¿para cuándo les gusta una vida sin estrés?

Alisma De León

Mi ciudad en un búnker

A veces sueño que a mi ciudad la meten en un búnker, enterita

afuera quedan los toques de queda auto impuestos

las explosiones los balazos las caravanas la mixta

las voces en texto que dicen

se oyeron detonaciones en la Bermúdez

gente armada en el centro, atentos

SDR en Vista Hermosa, evite circular por la zona

 

Dentro, los niños juegan futbol en las calles

andan en bicicleta

 

Dentro, la ciudad recupera lo perdido

las salidas a deshoras los bares la juventud

recupera, también, la confianza en sí misma

se cuida pero no en exceso

sabe que puede rodear una calle sin que eso signifique que huye

sin que sea razón para que le confundan y disparen

 

Ahí dentro, vuelve a ser libre

 

El problema surge cuando se quiere mirar al cielo

y sólo está el gris del inmenso búnker

no hay sol ni nubes mucho menos constelaciones

entonces la libertad de andar y hacer vuelve a sentirse prisionera

y no se ve la salida

ni se pueden contar los años que faltan o los días

 

A veces sueño que a mi ciudad la meten en un búnker

que protege del peligro en que vivimos

pero, aún así, seguimos cautivos.

 

Alisma De León

#SiNosMatan

Catalina Kühne

#SiMeMatan

Si me matan me gustaría que en el momento en que inventen la historia de mi vida, sean un poco más creativos, que no sólo sugieran que mi comportamiento relajado en hábitos sexuales, sociales o inclusive de vestimenta, eran indicios claros de que merecía ser asesinada.

Unos pretextos con un enfoque más literario, algo, por ejemplo, en el género de la acción. Que sí, claro que era obvio que algo tenía que sucederme, pero como respuesta directa a mis acciones, porque en realidad mi otra yo, era una vengadora anónima y sanguinaria que se ejecutaba a la primera persona que se le pusiera en frente fuera hombre, mujer o quimera.

O apelando a la ciencia ficción, decir que no morí, que simplemente me deslicé asqueada a un universo paralelo en donde no es necesario cuidarse de nada, ni de nadie. Oh, adorable utopía.

También podría hablarse de un misterioso asesinato del tipo de Agatha Christie que incluyera pistas ocultas en letras de canciones infantiles y mensajes misteriosos traídos por guapos extranjeros desde un tren del Cairo.

Vaya, aunque fuera que me hicieran un ataúd de cristal y me dejaran en animación suspendida esperando que llegara alguien a salvarme al darme un beso de amor verdadero.

También se valdría la clásica de que me suicidé, pero publicando mi carta en los periódicos, una carta en la que explicara con hermosas palabras e impecable retórica que este mundo ya no vale la pena porque sus inventos, además de ser una agresión directa a las víctimas, no tienen chiste, sabor, son trillados y aburridísimos.

*****

Abby García

#SiMeMatan

Que se sepa de una vez y que lo sepan por mí. Que se sepa antes de que me maten.

Viví cuatro meses en unión libre con un hombre que enseguida me dejó por otra.

Me gusta coquetear y bailar cachondo. Me gustan los tatuajes, tengo varios. Me gusta la literatura erótica y las historias perturbadoras de la Deep Web.

No me da pena pedir caguamas ni tomar directo de la botella. Abuso de las malas palabras a la menor provocación. Tuve un hijo fuera del matrimonio y sólo lleva mis apellidos.

Me he enamorado tres veces de hombres que conocí en internet. Volvería a hacerlo sin problema.

He regresado a casa de madrugada, caminando, sola y medio borracha. O muy borracha. He hablado con extraños. He bebido con extraños. He aceptado aventones de extraños. He besado a extraños.

Me maquillo sólo para subir selfies a mis redes.

No exijo pensión alimenticia pero a veces tengo que pedir prestado en el trabajo porque mi sueldo no me alcanza. Me acomplejan mis piernas y mi cadera ancha, aun así uso vestido, minifalda y pantalones entallados. Me quejo de estar soltera pero le digo que NO a los hombres que no me gustan.

He viajado sola. He comido sola. He visto porno, sola.

No me gusta lavar los trastes. Pospongo el quehacer hasta que no se puede vivir más en la casa. Creo en los horóscopos, en el tarot, en el karma, en la reencarnación, en un primer motor de todas las cosas y en la existencia de las buenas personas.

Juzguen ahora que lo saben. Júzguenme. Lo confieso por si me matan.

*****

Alisma De León

#SiMeMatan

Sería tanto lo que podrían decir:

era una descuidada, iba a cualquier lado, a cualquier hora, daba vueltas innecesarias, aceptaba compromisos sin fijarse, manejaba de noche, era divorciada, no iba a la iglesia, usaba escotes, maldecía, se maquillaba en exceso, llevaba siempre la boca roja, era lesbiana, tenía muchos novios –o no tenía ninguno–, acostumbraba andar por la calle sin  compañía, incluso la vieron en un cine o un café sola, alguna vez se la encontraron caminando con alguien que traía un tatuaje, ella misma tenía uno, dos o muchos –escondidos o a plena vista–, compartió casa con un hombre, de cascos ligeros, una golfa, una payasa, chocante, impertinente, con dos tarjetas de crédito hasta el tope, estudiante mediocre, ratón de biblioteca, coqueta, platicaba con quien fuera –hombre, mujer, joven o viejo–, salía a la calle en mini falda, pantalón a la cadera, leggins, necia, inconforme, usaba demasiado Facebook, Instagram, Twitter, chateaba con gente que apenas conocía, subía selfies, anunciaba donde estaba y lo que hacía, no medía sus palabras, andaba de fiesta hasta la madrugada, visitaba bares y cantinas, tomaba poco o en exceso –margaritas, vodka, tequila, cerveza–, fumaba, se drogaba a veces, era una creída, mala influencia, mala hija, mala madre, mala esposa, mala novia

Si me mataran mañana y se dijera algo de todo eso o todo eso junto, incluso tú, que sabes quién soy y la parte que de lo dicho es mentira, dudarías.

*****

Nidia Cuan

#SiMeMatan dirán

que era demasiado confiada, que le sonreía a los extraños, que siempre terminaba hablando con desconocidos. Si me matan dirán que revelaba mi información personal con demasiada facilidad, que tocaba mucho a las personas, que hacía muchas preguntas, que usaba vestidos cortos y pantalones entallados, que no me vestía como una mujer casada, que no me vestía como una mujer de mi edad. Dirán, seguramente, que siempre tuve amigas sospechosas, que me juntaba con “hippies” y drogadictos, que muchas veces salía sin mi marido, que tenía amigos que me llamaban a menudo por teléfono, que me escribían cartas, que me buscaban siempre. Dirán que tomaba terapia, que iba al psiquiatra, que nunca se sabía qué esperar de mí. Si me matan, dirán que salí de mi casa cuando tenía 18 años, que nunca me cuidé como debía, que les contestaba a los que me gritaban en la calle.

Dirán, no me cabe duda, que fue una consecuencia lógica, que no se podía esperar otra cosa.

*****

Lolbé González

#SiMeMatan dirán:

Que nunca pagué las multas de tránsito.

Que pasé cuatro años sin devolver un libro a la biblioteca y otro me lo quedé para siempre.

Que tenía la sospechosa costumbre de planear qué ropa ponerme. Una coqueta.

Que usaba un piercing en la nariz, signo claro de inestabilidad.

Que me gustaba mucho estar sola.

Que iba a terapia.

Que me enojaba con facilidad o me emocionaba demasiado ante situaciones anodinas.

Que cantaba canciones de despecho en el auto como si tuviera roto el corazón a perpetuidad.

Que encontraba en todos lados un motivo para hablar de feminismo y a veces lo hacía hasta caer mal.

Que no entendía un comino de los trámites de hacienda y vivía con el miedo de me fueran a embargar.

Que, en ocasiones, se me antojaba un trago de cerveza como sólo se puede antojar un beso.

Que nunca superé la adicción a ciertos dolores.

Que renuncié a un trabajo estable para vivir quién sabe cómo.

Que adquirí una deuda bien grande.

Que una vez robé un chamoy de la farmacia, mentí, usé calzones gigantes, traicioné, no comí frutas, lloré, salí sin sujetador, pasé días sin comer, hice trampa en el examen, olvidé ponerme desodorante, me bañé desnuda en el mar.

Si me matan dirán que parecía una buena amiga/hija/nieta pero que estaba llena de secretos. Que por eso me mataron.

*****

Mónica Flores

#SiMeMatan

Dirán que era una control freak… pero hagan exactamente lo que les pido. Amen con locura a quienes amé y me aman, den apoyo y consuelo, porque cada persona a la que le falta alguien por violencia sufre lo indecible. Persigan y juzguen al asesino en lugar de ser viles conmigo. Al funcionario que no pueda garantizar justicia y seguridad para su pueblo o comunidad, (qué va a renunciar), sáquenlo. Aspiren a un pueblo nerd, sensible, solidario y bondadoso y hagan lo que tengan que hacer para construir en esa dirección.

*****

Asenat Velázquez

#SiMeMatan  (que no deberían. Nadie, absolutamente nadie debe matarme.)

Pero por si las moscas, me matan, no inventen cosas de mí, por ejemplo: que fui muy buena persona, una persona increíble o cosas por el estilo. Ya muchos saben que no es cierto, yo lo sé.

Si me matan, para no llevarme cosas pesadas a la tumba, informo que sufrí acoso callejero y da miedo, acoso laboral pero el jefe –es jefe – y siempre gana, violencia de pareja (de esa que hace que prefieras quedarte sola). Y sobreviví, así como muchas sobrevivimos.  Nos matan el alma, eso sí, de ahí nos quedamos muertas.

Si me matan, muchos dirán que es porque vivo en Reynosa. Pero informo que ya me apuntaron con armas largas y levanté las manos, estuve con mi grupo de estudiantes bajo los mesabancos mientras las balas cruzaban por la calle y salimos ilesos. Digan que me dedico al arte. Que no soy tan mala persona.

Si me matan puede ser que digan que es porque bebía cerveza, salía de noche, provoque a alguien, tenía un brazo desnudo, levante la ceja, mi cabello era provocador, llevaba zapatos abiertos y mi pie se veía expuesto e incitaba, o algo más absurdo.

Pero si me matan y mi cuerpo no aparece, entonces sí. Digan cosas bonitas, aunque sean mentiras. Porque siempre se hablará bien o mal del que no está presente.

Pero entiendan, nadie debe de matarme. No doy ni el permiso ni la autorización para hacerlo. Solo digo si me matan, porque hay cientos de mujeres que no alcanzaron a decirlo.

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Karla Marrufo

#SiMeMatan

dirán que era antisocial, depresiva, arrogante

que siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta

que mantuvo en la friendzone a varios hombres buenos

y que sin embargo solía usar vestidos escotados y cortísimos

dirán que viajaba sola o sólo con amigas que es lo mismo

dirán que vivía sola

caminaba sola

hacía las compras sola

paseaba al perro sola

se paseaba a sí misma sola

que se dormía en trenes, aviones, autobuses, como esperando a que algo sucediera

dirán que nunca se casó ni tuvo hijos, que despreció desde siempre su instinto maternal

dirán que era atea, agnóstica, esotérica y coqueteaba con la santería

que el orden impecable en su casa delataba sin duda un trastorno psiquiátrico

y que en realidad nunca tuvo amigos

dirán que sin embargo se le solía ver acompañada de lesbianas, homosexuales, transgénero, teatreros, músicos, literatos en general y poetas en particular, todos ellos tatuados, con los cabellos de colores y perforados de las narices y otras partes menos decentes

dirán que a veces se desaparecía semanas enteras

            seguramente para dedicarse a los sacrificios que exige la santería

            seguramente para participar de orgías pérfidas con esa caterva de hippiosos

            seguramente para empastillarse hasta la inconsciencia

y luego reaparecía como si todo estuviera tan normal

dirán que bebía demasiado

dirán que era abstemia y eso no es normal

dirán que parecía que siempre estaba mariguana

dirán que nunca fumó pero seguro se metía otras cosas

dirán que la mataron porque para un ser así no había lugar.

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Sandra Ramírez

#SiMeMatan

Si me matan quisiera conocer antes el papel que desempeñaré cuando esté inerte. ¿Seré una alcohólica? ¿Una drogadicta? ¿Una ramera? ¿O las tres cosas?

¿Representaré un caso de violación provocada?, ¿seré una infiel de quien se vengó su pareja? o ¿seré una mujer con problemas emocionales que no pudo con su lamentable vida?

Si ven mi cuerpo y no soy suficiente para un papel, quisiera saber cómo manipularán mi historia.

Si me culparán por viajar sola y ponerme a merced de cualquier asesino. Si mi derecho a decir lo que pienso me dará el pase directo a una fosa clandestina. Si no fui precavida cuando quise verme bonita para salir y usé un vestido corto con escote. Si comprar libros y no tener tiempo suficiente para terminarlos dará la señal para asesinarme.

Quiero tener claro si mi nulo interés por ser ama de casa, tener sexo, hijos, novio y una deuda hipotecaria, son razones suficientes para que cualquiera termine con mi vida.

Me gusta salir, gastar dinero que no tengo y hace rato que dejé de ahorrar para el futuro. Me desvelo aun cuando tengo sueño.  Veo series que no me gustan sólo porque son populares. Escucho música que no encasillo en ningún género.  Canto a todo pulmón de regreso a casa cuando manejo de noche. Continúo una discusión hasta desgastarme por buscar una empatía que no existe en la otra persona. Me apego a la gente porque siento que lo necesita y malamente me engancho cuando lo necesito yo.  Me falta frialdad.

Mando mensajes en la madrugada, reviso whatsapp aun cuando no recibo alertas de respuesta. No me gusta Facebook, pero parece un requisito social. Muestro mis sentimientos demasiado pronto. Sonrío, muchas veces, con esfuerzo. No me permito llorar, cuando lo hago desahogo el llanto luchando contra la asfixia que provoca. Me gusta besar. Disfruto dar un abrazo sin que me lo pidan, porque mi ego piensa tener lo que el otro requiere, pero muchas veces yo lo necesito más. Estoy enamorada de un chico mucho menor que yo. No me maquillo lo suficiente, no me visto llamativa, jamás me he pintado el cabello y tengo miedo de operarme la vista.

Quisiera saber, antes de cerrar los ojos, cómo quedará mi historia, o tener claro si se dejará por un lado la vida que tuve para inventar una a placer del público.