Paisajes de colores

En la pintura tienes un poder ilimitado.

Puedes mover montañas y doblar ríos.

Bob Ross

 

En los mesabancos había muchos paisajes: una aureola boreal con diminutas estrellas, unas montañas grandes y negras y la silueta de unos pinos frondosos, un atardecer con árboles, un lago con un puente, más montañas –pero ahora con nieve en lo más alto–, un camino largo que te llevaba a adentrarte a un bosque tenebroso, un mar con una gran luna y rocas donde las olas se golpeaban, y unas palmeras.

En el salón, cuando los alumnos pintan, a veces –sólo a veces– hay silencio. Un silencio que hace que el aire acondicionado parezca viejo y suene más. Los gises pasteles suenan al tocar la hoja del block de dibujo. Es un sonido que no molesta, luego los dedos tallan los colores y se mezclan. Y ahí están, el rojo junto al amarillo y el naranja para luego hacer que aparezca un atardecer que me recuerda mis ganas de ir a una playa. En otro dibujo, el azul y el blanco se unen y el cielo se vuelve tan claro que necesitan dibujarle pájaros porque ¿quién no volaría en un cielo así? Un cielo claro que me recuerda las ciudades con muchos parques y fuentes y catedrales. En otro dibujo, en el cielo hay morados, violetas, rosas y me recuerda las ciudades con grandes edificios, mucha gente y muchos museos. Cuando existe ese silencio se oye cómo se tallan los pasteles sobre el papel, o cómo se raspan las barritas de colores y caen como si fuera azúcar sobre hojuela.

Siempre me ha gustado viajar y ver todos esos paisajes donde creo que hay mucho silencio, me recuerdan que quizá es tiempo de volver a salir.

Me gustan los paisajes solitarios –quizá tristes– yo misma hace años pintaba solo montañas. Montañas de todo tipo. Son sencillas y aprendí a hacerlas viendo en la televisión a Bob Ross, al que digo fue mi primer maestro, junto con su ardilla que llevaba algunas veces en el hombro.

Para Bob Ross todo era feliz: arboles felices, nubes felices, pinos felices, montañas felices, incluso los errores eran felices. Siempre diciéndote: es hora de tomar una decisión. Nos vamos a alocar. Saquémosle el diablo a la brocha. Pero lo que más se me quedó en la mente fue: puedes hacer lo que quieras en tu pequeño mundo.  Y así empecé a pintar montañas.

Yo pintaba paisajes tristes con árboles felices, como Bob. No hay nada de malo con tener un árbol de amigo, decía él. Y yo pintaba montañas con árboles.

Me gustan los paisajes en cualquier técnica de pintura. Me gustan más si son paisajes solitarios y nostálgicos. Me gusta contar los colores que tiene el cielo, porque, aunque sea un día nublado, el gris tiene muchos tonos.

Y como diría Bob Ross al despedirse: felices trazos.

 

Asenat Velázquez Jiménez

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Algunos llegamos para quedarnos

La ciudad siempre está fea; así le decimos aquí. A veces no me gusta hablar de la ciudad porque casi siempre está así, fea. Y no me refiero a fea de belleza, Reynosa es bella, tiene muchas cosas: un aeropuerto, un gran deportivo, un Centro Cultural de colores, muchas taquerías, tiene mi trabajo, a mi familia y a mis amigos. De esa forma no podría ser más que maravillosa. Pero aquí vivimos con el corazón palpitando pegado sobre la tierra; o la banqueta, o el mosaico o donde estemos parados tratando de vivir cada día.

¿Han jugado en la feria al tiro al blanco? En el fondo hay muchos patitos que tienes que derribar con el perdigón de una escopeta. Uno se prepara, toma la escopeta, pone su ojo en la mira. Tienes quince tiros, quince oportunidades de derribar patitos. Separas las piernas, te concentras, todo el ruido que hay alrededor se pierde, la música de los panes artesanales de a lado se ha ido y el de las cobijas dejó de sonar gangoso. Apuntas y disparas. Si le das a un patito puedes hacer que los Tigres del Norte toquen la de la Puerta Negra, o que, en un aparador, la bailarina exótica baile colgada de un tubo, un chango te orina si no le das al patito indicado. Depende de los puntos obtenidos pueden darte una alcancía de Winnie Pooh, y si no le diste a nada y los perdigones se fueron a otro lado, no pasa nada.

En la ciudad, nosotros somos los patitos, esperamos que, con suerte, no nos derriben.

Los titulares de los medios están llenos de malas noticias. Una madre ha muerto en medio de un enfrentamiento y sus dos patitos están tirados en la calle, uno mal herido y otro en su portabebé se ha quedado colgado al límite del juego. El patito más pequeño jamás volverá a ver a su madre o a su hermano.

Dicen que ella era de un estado vecino, y que en aquel lugar donde nació salió en todas las noticias y todos hablaron de ella. Aquí nos sorprendimos dos días y ya teníamos más muertos de que sorprendernos, no nos dan tiempo para pensar en la muerte de uno cuando ya hay otras que nos distraen. Algunos dicen que cuando uno muere instantáneamente nuestra alma no sabe que morimos y se queda en el mismo lugar por toda la eternidad. Me pregunto, ¿qué hará el alma de esa madre, sin familia en esta ciudad? ¿Quién dio el permiso para quitarle la vida y dejarla sola en una ciudad que quizá no quería?

Algunos han llegado a esta ciudad para quedarse; como mi familia, como algunos amigos. Para otros es un ir y venir para sentirse libre. Otros, no tuvieron más remedio que quedarse, aunque no quisieran.

Hace mucho que la feria desapareció de la ciudad. Y cuando, de vez en cuando, aparece, pocos le tienen confianza para lanzarse y estar en medio del bullicio. En esta ciudad es importante estar con los oídos despiertos, porque hay un sonido que todos conocemos y nos pone nerviosos y vulnerables.

—Hay balacera en tal lado. Se andan correteando. Le quitaron el carro a mi prima. Prendieron fuego. ¿Qué dice el Facebook? ¿Ya se terminó? ¿Podemos salir? Deja mandar mensajes para saber si están bien y avisar que sigo viva.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Tips para ocultar que estuviste llorado

Sécate los ojos. Ya, listo, ya lloraste suficiente. Busca una tela de algodón y sécate las lágrimas. Si no tienes algodón -que es una tela absorbente- busca cualquier tela que sea suave. No poliéster, no mezclilla, no nylon, no manta. Busca algo suave que proteja tus ojos y no duela cuando la pases por ellos.

Maquíllate nuevamente, recuerda siempre usar rímel contra el agua y fijador de maquillaje para no causar imperfecciones. Si ya tienes alguna experiencia en llanto sabrás que agachar la cabeza es buen modo para que las lagrimas caigan al suelo y no recorran el rostro maltratando tu maquillaje.

Sal a la calle tratando de evadir todo contacto directo. Camina como fantasma, no llames la atención. Pero, si es muy notorio que lloraste demasiado, deja de preocuparte, la gente no sabe como reaccionar a eso y tratara de evitarte para no preguntar cómo estás. Nadie sabe qué hacer con el llanto ajeno.

Si quieres evitar que sepan que lloraste, anota: mira el suelo, el azulejo, la tierra, todo lo que tus pies pisen. Camina y ve contando las líneas de la banqueta. Barre y siempre pon la mirada abajo; si es otoño, qué suerte, las hojas son demasiadas y tendrás que pasar mucho tiempo barriendo. Limpia tu zapato. Admira tu zapato, sí, son hermosos, de catálogo. Recoge una moneda, una hoja, un papel, una botella de agua, cualquier tipo de basura y con suerte recogerás un billete. Pon las manos cerca de tu panza y ve tus uñas, haz una cita con Paty, la muchacha que te arregla las uñas, llorar hizo que te las mordieras. Lee, de preferencia un libro de letras pequeñas. Escribe o haz rayas o puntos o flores, lo que sea pero que te mantenga con el lápiz en la mano y la mirada abajo, posiblemente es el momento de aprender a pintar. Pintar te mantiene la mirada abajo casi todo el tiempo si lo haces en una mesa, nunca en un caballete. Come con la mirada abajo. Ve hormigas caminar, cuenta cuántas son, qué hacen, invéntales una historia que sea tan larga que te mantenga mucho tiempo viendo hacia abajo. Usa gorra y agacha la cabeza, de vez en cuando levántala si no parecerás sospechoso de algún crimen. Ponte una burka, di que te convertiste. Usa lentes oscuros, de preferencia marca barata, si son caros la gente te los pedirá prestados para verlos y tendrás que descubrirte los ojos. Cúbrete con una mano, así, como si te estuvieras tapando el sol, para eso necesitarás caminar directamente bajo el sol, con el cielo nublado no funciona. Hazte el dormido. Ponte unas papas o pepinos o bolsitas de té y aprovecha para relajarte. Pica cebolla, busca dónde hay ofertas y cómpralas ahí. Pícate un ojo. Métete una pestaña, una estrella, una galaxia, métete a Dios por los ojos. Dios nunca es sospechoso de nada. Haz todo lo que tengas que hacer con la mirada abajo, todo.

Cuando te canses de fingir. Busca un lugar oscuro. Respira hondo, que la respiración sea tan profunda que sientas un bosque verde en tus pulmones. Acuéstate sobre unas sábanas limpias y llora. Déjate ir. En la oscuridad todos lloran de la misma manera y nadie se da cuenta.

 

Asenat Velázquez Jiménez

El bosque

A caperucita roja le gustaba el bosque. Los caminos llenos de flores, los grandes árboles verdes que dejaban pasar el sol y creaban una lluvia de rayos que caían sobre las hojas donde los grillos brincaban y cantaban y las ranas hacían el coro. Las aves eran de colores y todo lo que se oía era su canto y el ruido de las hojas que movía el aire en un bosque lleno de luz.

Pero caperucita un día se encontró con otro bosque.

Árboles grandes que tapaban la luz de la luna, troncos tirados que la hacían caer. Animales que no conocía, pequeños, que podían matarla si la tocaban. Las ramas formaban monstruos: se la iban a comer. Caminaba sobre hojas húmedas, había cosas que se movían por debajo de esas hojas. Podía caminar y caminar y siempre estaba sola. Había ruidos que no sabía de donde venían. Las aves lloraban o se burlaban. El bosque negro daba miedo. Pobre Caperucita.

Yo leí un cuento y se lo he leído a otros*. Otros por su parte lo han leído. Un cuento con una historia triste, un final triste, todo triste. Habla de una niña que a veces va a un bosque, ella no quiere ir, pero su mamá la lleva. Cuando ella camina para ese lugar se acuerda de otros cuentos donde también hay bosques…y lobos. Se acuerda que en de los cochinitos el lobo es fuerte pero no se comen a los cochinitos, en Blancanieves no hay lobo, que suerte, pero hay una bruja. El bosque a donde ella va es un cuarto, tiene ventanas, muñecas, y en esa historia hay un lobo. El lobo es malo, hace daño, se come a las niñas cuando no está mamá, hace llorar y hace que tenga miedo. El lobo se llama tío Enrique. Y es malo. En ese bosque el lobo se come a su presa, en un lugar oscuro, frio, con el temor de que todo lo que el lobo toque pueda doler, todo lo que ve es nuevo, todo da miedo. Así dice el cuento.

Cuando se lee ese cuento, muchos en silencio se identifican, aún se sienten dentro del bosque, con miedo. Quien lo lee o escucha, baja la mirada, se acomoda en la silla, se muerde un labio, se truena los dedos, se hace nudo la garganta, el estomago se oprime, hay taquicardias, sudoración, náuseas, se tapa la boca. Eso dicen que pasa cuando una persona tiene miedo.

El cuento lo leen en muchas ciudades, muchas casas, muchos sillones que soportan el peso de un mal recuerdo. Lo leen muchos corazones tristes.

En el bosque caminan todos lo que se sienten dentro del bosque, es tan negro que es difícil encontrarse entre sí. Cada uno tiene su camino lleno de hojas húmedas, caminan con forman grises. Caminan en silencio con el temor de que el lobo aparezca detrás de unas ramas.

 

Asenat Velázquez Jiménez

*Lea Érase que se era, en la página 15

 

Imaginando al enemigo

Tengo varios conocidos en Facebook que tienen enemigos imaginarios. Pelean con ellos, los insultan, les reclaman, los odian, los mencionan todo el tiempo que pareciera que fueran reales. Nadie les contesta, así que tengo sospecha que pelean con sus propios demonios. Son de los que se quejan hasta con su propio reflejo.

Con los niños, cierto día, en algún lado se había originado una pelea y era acarreada hasta el salón donde me encontraba. Podía ver a dos niños apunto de declararse la guerra con un guante blanco. Al preguntar qué pasaba, un tercer niño –amigo y defensor de uno de ellos– respondió: lo que pasa es que él es su enemigo. En una voz de seis años esa palabra es casi imposible de oír. El problema: le había aventado una uva a la cabeza.

Desde ese día, pensé varias veces, ¿tendré acaso un enemigo? Los he tenido, claro que sí. Dos niñas en el kínder no me querían, me arrebataban el Resistol, la plastilina y las tapitas para hacer un gusanito. Eran malas.

Más grande tuve algunos de los cuales me he querido olvidar, pero al ver su historial de vida terminé teniendo lastima por ellos.

No hablaré de las veces que me vi en el espejo. De eso no. Hay enemigos realmente graves.

La realidad es que creo que no tengo ninguno, pero ¿qué haría si yo tuviera un enemigo?

Me pongo a imaginar los enemigos que podría tener. Echo una ojeada a todos esos grandes enemigos de superhéroes y personajes de libros que hacen sufrir y, aun así, terminas amándolos. Soy sincera, en las películas y en los libros amo a los malos. Si yo tuviera un enemigo, me gustaría que fuera realmente interesante. Uno a quien presumir.

Como Batman, él siempre está ocupado por esa larga lista de villanos a los que tiene que matar. Superman, Spiderman, Capitán América, los Avengers, todos juntos para luchar contra los malos. Contra los que los quieren matar. Todos esos enemigos que tienen una vida triste de niños o por circunstancias de la vida se volvieron así: malos. Terminas por tenerles compasión.

Si el enemigo fuera mujer tendría que ser una vengativa, sin remordimiento, hipócrita y calculadora. Inteligente, eso sí. Siempre ver por el bien del género.

En cuestión de historia normalmente el malo pierde y el bueno gana, si nos cambian la formula incluso nos sentimos ofendidos. Yo necesariamente tendría que ser la buena para poder gozar del enemigo. Si no, qué chiste tendría.

Todo esto hablando un poco de fantasía. Que yo tuviera capa, antifaz, un cuerpazo, que toda la ropa ajustada me quedara de maravilla, que supiera artes marciales, que supiera pilotear cualquier avión, entendiera de tecnología y las balas nunca me tocaran. Sólo así querría un enemigo, de otra forma, creo que no gastaría tiempo con uno, uno de verdad.

 

Asenat Velázquez Jiménez

El mar

El mar no siempre me gustó. Hasta hace unos años le tuve mucho miedo. La idea de grandes olas, inmensas olas sacudiéndome de un lado a otro como un pez muerto me aterraba con sólo ver una imagen en alguna revista. En el cine, mi corazón se aceleraba y cerraba los ojos cuando en toda la pantalla las inmensas olas sumergían al barco que como, es típico, se quedaba a la deriva.

Conocí el mar desde niña, pero nunca he sabido nadar. Y la verdad es que meterme entre las olas saladas tampoco me resultaba algo muy grato. Mucho menos sentir esas algas tocándome las piernas, sentir un roce de algo que no se ve a simple vista me hacía pensar que era una medusa: de esas azules que dicen que si te toca hasta te puedes morir, un cangrejo -y sus grandes tenazas-, un tiburón de dos metros con sus dientes afilados, o peor; un pulpo. Todo pasaba por mi cabeza. Así que siempre que iba me quedaba en la orilla enterrándome los pies.

El mar, por alguna razón lo tenía presente hasta cuando dormía. Por años mantuve un sueño que se repitió constantemente: yo estaba en la orilla del mar; sola y, de repente, el mar empezaba a subir, se cubría toda la arena y yo me empezaba a enterrar sin poder salir. De inmediato -como pasa en los sueños -aparecía una palmera a mi lado y yo la empezaba a escalar muy rápido- en los sueños siempre tenemos habilidades y poderes- cuando me encontraba sobre la palmera, veía como el agua subía tapando toda la arena y empezaba a cubrir la palmera donde yo estaba. Gritaba pidiendo auxilio, pero nadie escuchaba. Cuando todo a mi alrededor estaba cubierto de agua y tocaba uno de mis pies, despertaba. Con sueños así, menos me gustaba el mar.

Pero las cosas que nos dan miedo tenemos que buscarle el modo.

En Tampico, con varias cervezas encima, unos amigos y una juventud de: somos invencibles, tomamos la ruta Tampico-Playa. Era más de media noche, sin gente alrededor, con unas sillas llenas de arena que jalamos hasta donde las olas tocaban nuestros pies. No sé si era el alcohol o qué, pero todo se veía realmente maravilloso, las olas brillaban, el sonido era agradable, y mis pies se enterraban cada vez que el agua tibia los cubría.

Con alcohol, el miedo se empieza a ir.

En Xalapa pasó casi lo mismo. Amigos -no recuerdo si había cerveza, pero es probable- y la misma juventud aventurera. La playa estaba a más de una hora. Encendimos el carro y tomamos algunas provisiones. Nos quedamos dormidos sobre una sábana que echamos sobre la arena, sin gente, sin luces, solo con el sonido de las olas golpeándose unas con otras. Guardo una foto que tomé casi a las seis de la mañana, desperté para ver salir el sol. Las olas de nuevo brillaban.

Quizá al mar siempre le tendré miedo. Tal vez por esos videos que he visto donde se sale y tapa toda la ciudad. O por ese sueño que aun puedo recordar claramente.

He disfrutado el mar, no digo que no. He admirado su belleza, su sonido, incluso su color cuando se ve a lo lejos. Me gusta cuando no hay gente, en la oscuridad, en el amanecer. En compañía.

Le he escrito al mar, muchas veces. Quizá porque pienso que está solo.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Tips para llorar… con el psicólogo.

Busca tu desdicha, sin duda hay muchas. Pero elige una.

Haz una cita. Siéntate frente a él, te pedirá que escribas una carta que después no recordará dónde la puso; ni qué decía. Pero inspírate y escríbela con todo el sentimiento. Cuéntale tus problemas. Llora. Por llorar mucho o poco no te cobrará más, así que aprovecha para sacar ese llanto que llevas dentro. Deja que escriba en su libreta café. Quizá esté jugando gato con él mismo o dibujando rayitas, es un misterio, nunca lo sabrás. Pero deja que escriba. Sécate las lágrimas, respira, saca tu espejo y revisa si no se te ha corrido el rímel. Cuando veas que ya no tienes los ojos rojos, paga tu consulta. Haz cita para la próxima semana.

Regresa a la cita. Siéntate frente a él. Deja que pregunte de qué hablaron la semana pasada porque no lo recuerda. Dile que no eres la divorciada, que te está confundiendo. Te dirá que lamenta confundirte así que te contara sobre esa paciente. Escúchalo. Tú no la conoces, pero ya sabes que se está divorciando, que le fueron infiel y tiene problemas con su madre. Siéntete menos desdichada, date cuenta de que muchos la pasan peor. Deja que escriba en su libreta que ahora es roja. Cuéntale tus dolencias. Llora. Es momento de que alguien le importe tu llanto. En su libreta ahora anotó sólo una palabra mientras apretaba los labios. ¿Que anotó? Recuerda que es un misterio. Para de llorar, saca tu espejo del bolso, revísate el rímel. Sí, ahora usas un rímel contra el agua. Paga tu consulta. Haz una nueva cita.

Entra a la cita. Siéntate frente a él. Deja que vuelva a preguntar de qué hablaron la semana pasada porque tampoco lo recuerda. Dile que no eres a la que se le murió el gato, que te está confundiendo. Te preguntará si te gustan los gatos. Tú di que sí, haz platica. Cuéntale del gato de tu madrina, de los mitos de los gatos negros y del que no te deja dormir porque anda en celo. Cuéntale tus males. Llora. Aquí has agarrado confianza y ya traes tus propios pañuelos. Ya no se te quedarán los mocos embarrados en las manos. Deja que escriba en su hoja. Hoy no hay libreta, de ningún color. Ahora el misterio se hizo tan grande que no te diste cuanta qué escribió. Permite que la doble y la meta en medio de un libro. Se perderá igual que la carta que escribiste al inicio. Pero no importa, ya lloraste tanto como querías. Saca tu espejo y acomódate las pestañas. Paga tu consulta. Haz una nueva cita. A la que sabes que no regresarás.

Sal del consultorio con una sonrisa. Camina como si todo se hubiera resuelto. De seguro te sientes curada. Y tu rímel está perfecto.

No borres sus datos. Porque en unos meses que te des cuenta de que no solucionaste nada, regresarás.

En tu lista de pendientes puedes borrar: ir a terapia. Puedes contar que fuiste y fue muy rápido y fácil.

Por último, te recomiendo comprar algún libro que hable de autoengaño.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

¿Cómo se hace?

Lo primero que compré cuando me pagaron por todo el esfuerzo que hice en una quincena, acomodando dulces en un Seven, cuando tenía como 15 años, fue una revista de Conozca Más.

Con esa edad, un sobre con 550 pesos y un vale de despensa de 50, me sentía una mujer autosuficiente. Pensaba en todo lo que podía comprar: libros, revistas, comida chatarra, más revistas, una moto, incluso; me veía con mi propia casa y viajando por todo el mundo. Me sentía una mujer pudiente. 

Compré revistas que hasta hace un mes, se fueron a la basura: Conozca Más, Muy interesante, National Geographic comics. Las leía tres o cuatro veces hojeándolas con delicadeza para que no se maltrataran. 

Un día, pasó un señor con una caja encima, tocó la puerta de mi casa y cuando salí, preguntó¿está tu papá o un adulto en casa? Antes podías decir con facilidad que no, que estabas sola, y no sabías a qué hora llegaban. La cosa es que ese señor vendía libros en abonos chiquitos. Me enseñó paquetes de diccionarios, enciclopedias ilustradas, de apoyo escolar, –todo lo mejor y más actualizado para que saques 10 en la escuela– lo repitió como cien veces. Terminé siendo su cliente porque, como dije en un principio, era una mujer muy pudiente y lo mejor, el señor también aceptaba vales de despensa como pago. Le compré un paquete de diccionarios, una enciclopedia, uno de Historia de México, Atlas, Biografías y mi adquisición más valiosa –cara–: un curso práctico de dibujo en cuatro tomos. Por ser buena clienta, de regalo en este último podía escoger un libro de los tres que estaban disponibles, así que llegó a : Pregúntale a Paty. Un libro de preguntas sobre la tierra, el espacio, el mundo animal, ciencias, cuerpo humano, historia y artes. Fue ahí cuando me di cuenta que me gustaba tener información de todo tipo y saber, sobre todo. ¿Para qué? Para nada, sólo por saber. Pregúntale a Paty, era como las revistas que ya tenía, sólo que el lenguaje era mucho más sencillo porque era para niños. La primera pregunta que aparecía en el libro era: ¿Cómo se formó el Universo? Y abajo, a un lado de la foto con planetas decía: Se piensa que una gran explosión hizo que las galaxias se esparcieran por todo el espacio, esta explosión es llamada Big BangUna pregunta y una respuesta corta. Todo fácil. Leí el libro completo. Más de 1000 respuestas de “¿Qué es?” o “¿Para qué sirve?”. Me convertí en una persona que tenía mucha información que a nadie le importaba. En una reunión con amigas nadie me iba a preguntar: ¿Cómo es Júpiter? ¿De qué color son las estrellas? ¿Cuáles son los animales de sangre fría? ¿Quién descubrió el subconsciente? ¿Por qué las personas tenemos distinto color de piel? ¿Cómo percibe el recién nacido a su madre? ¿Qué es un psicópata? ¿Qué obras son las más representativas de Frida Kahlo? No son temas de conversación interesantes a esa edad. Y toda mi información se quedó guardada.

Con el paso del tiempo y gracias a internet y el cable, llegaron a mí, programas de televisión: How do they do itHow does it workCinema Secrets. Ahora ya no sólo era papel. Podía saber cómo se hacía el chocolate, los chicles, la captsup, cómo funcionaba el aire acondicionado o una máquina para hacer café. Todo paso a paso desde el lugar dónde lo hacían. Como un gusto culposo, sí, acepto que paso algo de tiempo viendo esos tipos de programas que ahora están por capítulos colgados en la red, disponibles a la hora que quiero. Sigo metiendo información en mi cabeza como hace años, información que a nadie le interesa que le cuente, pero, que incluso, me da tranquilidad. 

En todas esas revistas, libros o programas las cosas se hacen o funcionan de manera lógica. Tienen un porqué y un cómo. 

No sucede tan fácil con la vida. Mucho menos cuando las preguntas te las haces a ti, ¿por qué lloras con una película? ¿Cómo se pide un abrazo? ¿Por qué sientes así? ¿Así, cómo? Pues, así. ¿Cómo decir “tenemos que hablar” sin remordimiento”Paty no tiene esas respuestas, ni tampoco ninguna máquina, ni siquiera la de hacer chocolate. Hay un porqué y un cómo, eso no lo dudo. ¿Pero por qué está tan adentro de uno? De eso tampoco tengo respuesta.

He pasado parte de mi vida buscando respuestas, pero cuando aparecen, me escondo, las ignoro o pienso que no son las correctas para seguir buscando. Todo sería más fácil si yo fuera una máquina de hacer chocolate.

Queriendo cambiar de vida, moviendo muebles

Cuando vivía con mis padres, en mi recamara movía los muebles por lo menos una vez al mes. Era una necesidad de ver el espacio diferente. Movía la cama; donde nace el sol o donde se oculta, pegada a la ventana, incluso llegué a ponerla en el centro de la recámara donde estorbaba. Movía el librero, el tocador, los muñecos de peluche, siempre para verlos en un lugar diferente, sin saber por qué.

Un día me encontré un libro. Feng Shui para mexicanos. Ese libro que encuentras solo en momentos de desesperación. En contraportada el libro me preguntaba: ¿cuándo fue la última vez que pintaste las paredes de tu casa? ¿Hace cuánto tiempo que no haces limpieza general? Y yo soy una persona que, si en un libro viene escrita una pregunta, pues le contesto. También decía: Quizá esa falta de mantenimiento o esa decoración que ya no te gusta hace que la energía se estanque en tu casa. Y yo dije; ¡claro! Eso pasa. La energía se está estancando. Aún no llegaba a los veinte años y sentía que mi energía y buenas vibras no andaban bien.

Me enfoqué en el libro que con varios pasos harían que mi Chi mejorara.

1.- Deshacerse de todos los objetos que estén rotos, descompuestos o que nunca usamos. Y me decía: ¿en qué bote de basura aviento mi corazón? Paso número uno, sin éxito.

2.- No conservar periódicos o revistas viejas. Tenía una gran cantidad de revistas de todo tipo. Recortes de periódicos y los suplementos dominicales de cultura. Paso dos, sin éxito.

3.- No permitir que se acumule la basura en nuestra casa; hay que sacarla todos los días. Paso tres, con éxito. Las moscas jamás las he tolerado.

4.- No debemos tener focos o lámparas descompuestas. Velas: rojas, blancas y una en forma de cirio. Porque los focos siempre se fundían. Paso cuatro, sin éxito.

5.- No tener un cuarto lleno de cosas viejas que no utilizamos y que sólo tengamos porque nos traen recuerdos. Mi recámara era ese cuarto que estaba lleno de cosas viejas que me llenaban de recuerdos. Dentro de mi recámara tenía un baúl donde guardaba más recuerdos, pero que no quieres tener a simple vista. Punto cinco, sin éxito.

6.- Regalar la ropa que ya no usamos a alguien que pueda aprovecharla. Engordé. Y tuve que regalarla. Punto seis, sin éxito.

El libro decía todo lo bueno que pasa con nuestra vida cuando acomodas las cosas como debe ser. Lo hice. Pero no funcionó. Hace 14 años no funcionó.

Esta semana moví muebles en mi propia casa. La sala cambió de lugar, el comedor está en otro. Mientras acomodaba una cortina me acordé de aquel viejo libro al que casi le rompo las hojas.

Sé que en el fondo uno mueve los muebles con toda la intención de mover nuestra vida. Ésta que de vez en vez se estanca. Deja de fluir. Se vuelve una estatua de barro pesada, sin gracia, que no es digna de exhibir. Movemos mesas, sillas, el librero, cambias el tono de luz, compras nuevos objetos, lo haces todo, y queremos que mágicamente las cosas nos hagan el cambio que tanto necesitamos.

Hay nuevas fotografías colgadas en la pared y sé que quiero regresar a esos lugares, a esa playa donde pasé una buena noche y desperté sólo para ver salir el sol.

Con el mismo corazón desganado, con la misma mente llena de dudas, nos sentamos en un rincón para disfrutar de nuestros nuevos cambios. De nuestros nuevos arreglos. Cambiar los muebles porque no tenemos la valentía de cambiar nosotros.