¿Cómo se hace?

Lo primero que compré cuando me pagaron por todo el esfuerzo que hice en una quincena, acomodando dulces en un Seven, cuando tenía como 15 años, fue una revista de Conozca Más.

Con esa edad, un sobre con 550 pesos y un vale de despensa de 50, me sentía una mujer autosuficiente. Pensaba en todo lo que podía comprar: libros, revistas, comida chatarra, más revistas, una moto, incluso; me veía con mi propia casa y viajando por todo el mundo. Me sentía una mujer pudiente. 

Compré revistas que hasta hace un mes, se fueron a la basura: Conozca Más, Muy interesante, National Geographic comics. Las leía tres o cuatro veces hojeándolas con delicadeza para que no se maltrataran. 

Un día, pasó un señor con una caja encima, tocó la puerta de mi casa y cuando salí, preguntó¿está tu papá o un adulto en casa? Antes podías decir con facilidad que no, que estabas sola, y no sabías a qué hora llegaban. La cosa es que ese señor vendía libros en abonos chiquitos. Me enseñó paquetes de diccionarios, enciclopedias ilustradas, de apoyo escolar, –todo lo mejor y más actualizado para que saques 10 en la escuela– lo repitió como cien veces. Terminé siendo su cliente porque, como dije en un principio, era una mujer muy pudiente y lo mejor, el señor también aceptaba vales de despensa como pago. Le compré un paquete de diccionarios, una enciclopedia, uno de Historia de México, Atlas, Biografías y mi adquisición más valiosa –cara–: un curso práctico de dibujo en cuatro tomos. Por ser buena clienta, de regalo en este último podía escoger un libro de los tres que estaban disponibles, así que llegó a : Pregúntale a Paty. Un libro de preguntas sobre la tierra, el espacio, el mundo animal, ciencias, cuerpo humano, historia y artes. Fue ahí cuando me di cuenta que me gustaba tener información de todo tipo y saber, sobre todo. ¿Para qué? Para nada, sólo por saber. Pregúntale a Paty, era como las revistas que ya tenía, sólo que el lenguaje era mucho más sencillo porque era para niños. La primera pregunta que aparecía en el libro era: ¿Cómo se formó el Universo? Y abajo, a un lado de la foto con planetas decía: Se piensa que una gran explosión hizo que las galaxias se esparcieran por todo el espacio, esta explosión es llamada Big BangUna pregunta y una respuesta corta. Todo fácil. Leí el libro completo. Más de 1000 respuestas de “¿Qué es?” o “¿Para qué sirve?”. Me convertí en una persona que tenía mucha información que a nadie le importaba. En una reunión con amigas nadie me iba a preguntar: ¿Cómo es Júpiter? ¿De qué color son las estrellas? ¿Cuáles son los animales de sangre fría? ¿Quién descubrió el subconsciente? ¿Por qué las personas tenemos distinto color de piel? ¿Cómo percibe el recién nacido a su madre? ¿Qué es un psicópata? ¿Qué obras son las más representativas de Frida Kahlo? No son temas de conversación interesantes a esa edad. Y toda mi información se quedó guardada.

Con el paso del tiempo y gracias a internet y el cable, llegaron a mí, programas de televisión: How do they do itHow does it workCinema Secrets. Ahora ya no sólo era papel. Podía saber cómo se hacía el chocolate, los chicles, la captsup, cómo funcionaba el aire acondicionado o una máquina para hacer café. Todo paso a paso desde el lugar dónde lo hacían. Como un gusto culposo, sí, acepto que paso algo de tiempo viendo esos tipos de programas que ahora están por capítulos colgados en la red, disponibles a la hora que quiero. Sigo metiendo información en mi cabeza como hace años, información que a nadie le interesa que le cuente, pero, que incluso, me da tranquilidad. 

En todas esas revistas, libros o programas las cosas se hacen o funcionan de manera lógica. Tienen un porqué y un cómo. 

No sucede tan fácil con la vida. Mucho menos cuando las preguntas te las haces a ti, ¿por qué lloras con una película? ¿Cómo se pide un abrazo? ¿Por qué sientes así? ¿Así, cómo? Pues, así. ¿Cómo decir “tenemos que hablar” sin remordimiento”Paty no tiene esas respuestas, ni tampoco ninguna máquina, ni siquiera la de hacer chocolate. Hay un porqué y un cómo, eso no lo dudo. ¿Pero por qué está tan adentro de uno? De eso tampoco tengo respuesta.

He pasado parte de mi vida buscando respuestas, pero cuando aparecen, me escondo, las ignoro o pienso que no son las correctas para seguir buscando. Todo sería más fácil si yo fuera una máquina de hacer chocolate.

Queriendo cambiar de vida, moviendo muebles

Cuando vivía con mis padres, en mi recamara movía los muebles por lo menos una vez al mes. Era una necesidad de ver el espacio diferente. Movía la cama; donde nace el sol o donde se oculta, pegada a la ventana, incluso llegué a ponerla en el centro de la recámara donde estorbaba. Movía el librero, el tocador, los muñecos de peluche, siempre para verlos en un lugar diferente, sin saber por qué.

Un día me encontré un libro. Feng Shui para mexicanos. Ese libro que encuentras solo en momentos de desesperación. En contraportada el libro me preguntaba: ¿cuándo fue la última vez que pintaste las paredes de tu casa? ¿Hace cuánto tiempo que no haces limpieza general? Y yo soy una persona que, si en un libro viene escrita una pregunta, pues le contesto. También decía: Quizá esa falta de mantenimiento o esa decoración que ya no te gusta hace que la energía se estanque en tu casa. Y yo dije; ¡claro! Eso pasa. La energía se está estancando. Aún no llegaba a los veinte años y sentía que mi energía y buenas vibras no andaban bien.

Me enfoqué en el libro que con varios pasos harían que mi Chi mejorara.

1.- Deshacerse de todos los objetos que estén rotos, descompuestos o que nunca usamos. Y me decía: ¿en qué bote de basura aviento mi corazón? Paso número uno, sin éxito.

2.- No conservar periódicos o revistas viejas. Tenía una gran cantidad de revistas de todo tipo. Recortes de periódicos y los suplementos dominicales de cultura. Paso dos, sin éxito.

3.- No permitir que se acumule la basura en nuestra casa; hay que sacarla todos los días. Paso tres, con éxito. Las moscas jamás las he tolerado.

4.- No debemos tener focos o lámparas descompuestas. Velas: rojas, blancas y una en forma de cirio. Porque los focos siempre se fundían. Paso cuatro, sin éxito.

5.- No tener un cuarto lleno de cosas viejas que no utilizamos y que sólo tengamos porque nos traen recuerdos. Mi recámara era ese cuarto que estaba lleno de cosas viejas que me llenaban de recuerdos. Dentro de mi recámara tenía un baúl donde guardaba más recuerdos, pero que no quieres tener a simple vista. Punto cinco, sin éxito.

6.- Regalar la ropa que ya no usamos a alguien que pueda aprovecharla. Engordé. Y tuve que regalarla. Punto seis, sin éxito.

El libro decía todo lo bueno que pasa con nuestra vida cuando acomodas las cosas como debe ser. Lo hice. Pero no funcionó. Hace 14 años no funcionó.

Esta semana moví muebles en mi propia casa. La sala cambió de lugar, el comedor está en otro. Mientras acomodaba una cortina me acordé de aquel viejo libro al que casi le rompo las hojas.

Sé que en el fondo uno mueve los muebles con toda la intención de mover nuestra vida. Ésta que de vez en vez se estanca. Deja de fluir. Se vuelve una estatua de barro pesada, sin gracia, que no es digna de exhibir. Movemos mesas, sillas, el librero, cambias el tono de luz, compras nuevos objetos, lo haces todo, y queremos que mágicamente las cosas nos hagan el cambio que tanto necesitamos.

Hay nuevas fotografías colgadas en la pared y sé que quiero regresar a esos lugares, a esa playa donde pasé una buena noche y desperté sólo para ver salir el sol.

Con el mismo corazón desganado, con la misma mente llena de dudas, nos sentamos en un rincón para disfrutar de nuestros nuevos cambios. De nuestros nuevos arreglos. Cambiar los muebles porque no tenemos la valentía de cambiar nosotros.

Buscando cosas que contar

Llevo unos días tratando de escribir sobre algo. No sé qué, sólo algo. Parece que mi cerebro ha estado congelado. Intento todas las formas que conozco para motivarme. Tomo café: con leche y sin leche; espero con ansia al chico vendedor de elotes y lo preparo, esta vez, con chile que pica para a ver si hay una reacción cerebral diferente. Me levanto y salgo a dar una vuelta, como chocolates –por esto del 14 de febrero tengo suficientes–, bebo una cerveza, vuelvo a comer, pero nada más no.

Busco en internet cuentos, poesía o sólo tarjetitas con la foto de un gatito pero nada me parece tan interesante como para ponerme a escribir sobre eso.

¿De qué escribir? De comida, de la vida, de un gato, ¿de qué?

Me levanto y me voy a mi taller. Reviso los libreros y empiezo a hojear cada libro, o bueno, los que siento que me llaman, para ver si de alguna manera hay una palabra que retumbe en mí, pueda agarrarme a ella y escribir sobre eso.

No puedo decir que tengo libros de todos los temas, la verdad es que no. Los abro, paso sus páginas y en lugar de respuestas, me dan más preguntas.

Tengo varios libros de historia del arte y digo, ¿porque se sigue llamando bellas artes a las artes? No todo el arte es bello. Tengo dos biblias, una mucho más gruesa que la otra. Ahí mejor ni me meto porque no terminaría de preguntarme cosas.

Agarro Cinco Esquinas de Vargas Llosa, pero ése no, porque Rolando Garro me cae bien gordo. Luego me acuerdo como termina y digo: pobrecito. Me pregunto porque Vargas Llosa escribe así. Así, bonito. También lo cierro.

Tengo un libro que compré en preparatoria y lo mantuve oculto por mucho tiempo porque su nombre lo decía todo. Apolo, obras maestras de la fotografía erótica. Recuerdo que lo compré en una papelería por una cantidad para la que ahorré durante mucho tiempo. Apolo era el libro de hombres desnudos y Venus, el de mujeres. Ése nunca lo pude conseguir. Hojeé Apolo despacio, porque tiene más páginas y es fotografía.

Abro libros ganadores de concursos. Libros que tengo con el autógrafo del autor. Así, como fan. Libros de teatro, donde al leerlos puedo escuchar tonos de voz. Libros de antología de cuentos o poesía. Y también novelas. Abro sus páginas, leo, y ya se fue la mañana. Y aún no tengo idea de que escribir.

Después de comer, me pongo a leer a Oscar Wilde. Encuentro al gato negro y me acuerdo que yo quiero un gato. No tengo gato. Cierro el libro y me pregunto ¿por qué negro? ¿Por qué no amarillo con pechito blanco?

Libros de psicología que eran de mi padre. Los leyó y terminó vendiendo muebles. Libros de brujas, vampiros, brujería. No tengo libros de superación personal (cuido mi dinero). Libros que se han hecho película y me pregunto ¿tengo alguno de Harry Potter? No, no tengo. Libros de diseño, psicología del color, de dibujo, de pintura, diccionario del arte, revistas para aprender a dibujar. Abro todos y los hojeo. Y nada. Mi cabeza dice: es hora de un café.

Este es el caso de cuando escribes quejándote. Y se llenan dos cuartillas escribiendo de cómo no tienes de qué escribir. Y te acabas el café pensando que mañana si habrá cosas por contar.

Asenat Velázquez Jiménez

Luces por todos lados

Hay un dicho que dice: aunque todo tu camino esté lleno de sombras siempre hay una luz al final del camino.

Cuando era niña había una noche que en verdad me encantaba. Pero me encantaba de esa forma que uno nunca menciona por no saber explicarla. Desde hace muchos años, en diciembre, Veracruz celebra el día del niño perdido. Cerca de las siete de la noche la gente prende veladoras haciendo un pequeño camino hacia su casa. Hay velas encendidas por toda la ciudad, se apagan las luces y solo se ven en las calles pequeñas lucecitas que se tambalean de un lado a otro luchando por no apagarse. La ciudad se vuelve oscura, pero hay una sensación de paz y alivio por esas velas que alumbran el camino y sabes que de alguna forma llegarás seguro a tu casa. Yo tenía unas vecinas que eran muy católicas y esa era un punto a favor para esa noche, pues ellas se encargaban de que en nuestra calle no faltara ni un metro por iluminar.

Las luces de esa noche hacen referencia a la vez que, de niño, Jesús se perdió en Jerusalén y tres días después sus padres lo encontraron en el Templo de Salomón platicando con los sabios. Hoy en día también hace referencia a todos esos niños que se han perdido -robados, secuestrados- y las luces sirven para iluminar su camino de regreso a casa.

Recuerdo una noche en que caminaba de la casa de mi abuela a la mía en medio de todas esas velitas. La gente platicaba afuera de su casa y me imaginaba que realmente esperaban que Jesús llegara a su puerta, cansado y con hambre, con los huaraches rotos y su trajecito blanco como de sábana enredada en su cuerpo todo sucio.

Mi casa estaba en lo alto de un cerro y para ir a la escuela tenía que bajar por unas largas escaleras. Al siguiente día, ahí estaban las velas derretidas pegadas al suelo en cada uno de los escalones. Dice la biblia que María, después de traer el Jesús en la boca, encontró a su hijo. Para algunas historias de hoy no siempre hay velas suficientes que lleven a muchos niños de regreso a casa.

Hace algunas navidades, estando en la casa de mi abuela, lanzaron globos de Cantoya y los vi alejarse con su luz prendida. El fin de año que pasó, mi mamá me contó que de nueva cuenta mis primos llevaron muchos globos que lanzaron para despedir el año. Esta vez, no sólo fueron ellos, sino toda la ciudad lanzó esos globos que iluminaron el cielo. Me hubiera encantado verlos, la verdad que sí. Aunque me puedo imaginar a esas pequeñas luces que se desprendían de todos los cerros y se elevaban como luciérnagas.

Mi madre tiene un gusto grande por las luces navideñas, siempre le decimos que no le cuelga luces al gato porque no debe. En navidad ir a visitarla es encontrar la casa oscura, con pequeñas lucecitas colgadas por las paredes que hacen brillar las hojas de las plantas y las coronas de cristo que tiene floreando en su jardín. Navidad tiene algo muy bueno: las luces navideñas que la gente cuelga en sus casas y en sus pinos adornados.

Sí, tengo un gusto por las pequeñas luces en la oscuridad. Incluso por esos botones reflejantes de carreteras que las llantas aplastan constantemente, por la noche, al prender las luces del carro.

Quizá si sea cierto eso que dicen y todos buscamos esa luz al final del camino. Yo, por tener un laberinto de vida, busco en todas partes esa pequeña luz. Uno no sabe los misterios de la vida, pero quizá todas esas luces navideñas o todas esas velas encendidas tienen un objetivo más profundo: que la gente encuentre su luz, su pequeña luz al final del camino. Aunque nadie lo sepa realmente.

Asenat Velázquez Jiménez

Chavelita

Al cumplir los doce años dejó de ser Chavelita para convertirse en Isabel. A esa edad, sus pasos empezaron a tener sonido, el taconazo sonaba desde lejos y uno podía decir “ahí viene Isabel”, aunque al verla sus pasos se parecían más a los movimientos chuecos de un pato. Isabel era morena, chaparra, aunque prefería que le dijeran bajita para no sentirse ofendida. De niña era la virgen de todas las procesiones, siempre llamando la atención con su traje azul celeste con blanco, sentada en un carro alegórico, uniendo sus manos como si rezara. Los niños que la veían se preguntaban si se las amarraban para que no las bajara durante todo el recorrido, pero no, ella era tan auténtica que nunca perdía la pose.

De ser Chavelita a ser Isabel sólo tardó un día. El calor y el humo de una mañana la despertó de golpe. La Virgen de Guadalupe que cuidaba de ella, de sus hermanos y de su madre, se quedó dormida en la orilla de la ventada donde siempre estaba, dejándose caer y tumbando una vela que cayó sobre el traje azul celeste con blanco de Chavelita. Sólo escuchó el grito de su madre que decía: ¡Isabel, corre!

Nunca escuchaba el nombre de Isabel, ella era Chavelita y punto. Cuando volvió a escuchar de nuevo “¡Isabel, corre!”, supo que era a ella.

No hay muchos recuerdos de ese momento, sólo guarda una foto dentro de un libro que nunca empezó a leer. Una foto que no recuerda quien se la regaló, pero que de vez en cuando observa para no olvidarse de la cara de su madre y sus hermanos.

Después de la misa de seis, Chavelita sale de la iglesia. Cuando baja el sol, a lo lejos, sobre la calle de piedras se escuchan los taconazos de una niña. Dentro del lugar que ahora es su casa muchos hombres la esperan. Lleva siempre los ojos pintados y los labios color violeta. Hoy viste con falda floreada y blusa de tirantes. Entra, en la mesa al fondo el borracho más perdido le grita: “¡a tu salud, Chavelita!”. Se acerca, le arrebata la cerveza de la mano diciéndole: “¡soy Isabel! ¡Isabel!”, y de un tiro le rompe la botella en la cabeza haciendo una mezcla en el aire de sangre y alcohol, mientras el borracho cae. Se da la vuelta con toda tranquilidad, tiene la certeza que en ese lugar para ella las cervezas son gratis.

Asenat Velázquez Jiménez

Algunas cosas necesitan lentes

Tenía seis años cuando me colocaron los lentes. Ahí empezó más clara mi memoria, aunque tengo vagos recuerdos de cuando no los usaba, antes de ellos todo recuerdo es borroso. El oftalmólogo puso sobre mis ojos unos pequeños lentes grises de plástico con una cuerda rosita que rodeaba mi cabeza y se me enredaba en el pelo. En ese momento supe que muchas cosas en el mundo tenían que tener lentes.

Con lentes se veían mejor las letras, más claros los colores, el dolor de cabeza desaparecía, lo lejos era lejos y lo cerca era cerca. Descubrí que mi abuela era más canosa y arrugada de lo que yo suponía. Imaginé también (en aquel momento) que cuando estuviera viejita –por esto de usar lentes– quedaría ciega como mi abuelo, y la abuela tendría que andar pegada a las paredes como mosca y en silencio como fantasma.

En la noche cuando me acostaba y la luz se iba, tomaba mis lentes y me los ponía en el pecho. El corazón necesitaba lentes. Mi corazón era como una cajita que al ponerle lentes se abría para mirar los sueños.

En la primaria Lucas me decía cuatro ojos. Me quitaba los lentes y corría por el patio. Gaby, mi amiga, me dijo que yo le gustaba a Lucas. Lucas, necesitaba lentes. Él tenía que ver que a mí no me gustaba él ni tantito. Era güero; sus pelos llenos de gel se le paraban. Era como un pollo güero, remojado, flaco y sin plumas. Y me decía cuatro ojos.

Cuando murió mi abuela, mi madre dijo: tu tía llora tanto que va a formar un lago, y de tanto llorar, tu tía se va a secar. Con diez años mi imaginación llegaba a verla sentada en medio del agua llorando, inundada hasta el cuello y cuando no tenía más lágrimas, el agua empezaba a bajar enterrándola en el lodo como un renacuajo. Ahí supe que las lágrimas necesitaban lentes. Ellas debían ver que era necesario que mi tía llorara por la eternidad para que el lago nunca se secara.

A los 20 años descubrí que el amor es ciego, completa y estúpidamente ciego. El amor necesita usar lentes.

Ahora a los 30, ya no soy cuatro ojos como decía Lucas, ahora creo en eso de la intelectualidad. ¿Lucas? Desde quinto grado de primaria no sé de él. Probablemente sigue siendo un pollo güero remojado y sin plumas, desde chiquito se notaba que no mejoraría mucho.

Los lentes son fríos, cansan, lastiman, marcan la nariz. Usar lentes es tener la mirada tras un cristal que se ensucia y se limpia según el caso.

Sin lentes, no hay subtítulos en el cine. Las personas se vuelven fantasmas. Sólo cerrando los ojos a punto de escaneo puedo distinguir al bulto de persona que se acerca. Sin lentes no saludo en la calle. Porque nunca los vi.

Asenat Velázquez Jiménez

Suposiciones

¿Cuántos años tienes? –preguntó Liz.

Mañana cumplo 32­contesté.

¿Y no estás casada?

No.

¿Por qué no?

Pues, porque no.

Ya deberías estar casada y tener un hijo.

¿Y eso, por qué?

Porque ya estás muy, muy, grande.

Liz tiene ocho años. La conocí por media hora y al parecer después de tantas preguntas que hizo, de las cuales casi en todas mentí, mostraba certeza de lo que yo debería estar haciendo con mi vida. ¡Ay, Liz! Ojalá, no te vuelva a ver.

A diferencia de ella, yo no logro tener esa certeza de lo que significa ser muy grande. Y creo que muchos tampoco.

Recuerdo que en la secundaria la maestra de español nos pidió de tarea que hiciéramos una lista: cómo nos veríamos, qué estaríamos haciendo y qué habríamos logrado a los 20, 30 y 40 años. Tardé todo un fin de semana para hacerla. No era una lista cualquiera, era, a mi parecer, escribir mi destino sabiendo que todo lo iba a lograr. La lista la memorice punto a punto y la tiré a la basura.

Entre más cumples años la gente se empieza a interesar más en tu vida que en la de ellos mismos. Aprueban y juzgan con tal libertad que asustan. La verdad que yo no me he salvado de eso. Ya estás en edad de merecer. Y yo digo: ¿merecer qué? Apúrate porque se te va el tren.  ¿Pues a dónde tengo que ir?, déjalo que se vaya, ya vendrá otro. Muchas personas necesitan ponerte en un lugar donde visualmente encajes y no estorbes.

Entre los muchos placeres de la vida en la que ahora ¿estoy?, tengo y aprecio amigas con 5, 10, 15, incluso 20 años mayor que yo. Esto no quiere decir que entre más edad ellas sean más sabias. La verdad es que no – no todas-. Pero sus temas de conversación suelen ser muy interesantes. Tengo un espíritu viejo dijera un amigo de 50 años.

A los 32 se supone –según mi lista– que ya debería estar casada. Tener dos hijos. Una casa con chimenea y un gato angora.

Me pregunto si todavía las maestras piden esa clase de lista a sus alumnos, lista que luego viene a retumbar en la cabeza de los pobres cuando se ve que no se ha logrado. Una lista de suposiciones de vida.

A pesar de todas esas ideas modernas de la mujer, la gente tiene una necesidad inmediata de opinar sobre vidas ajenas. A los 30 empieza una especie de cacería de la que estoy segura nadie se salva.  Y ya no hablar de las de 40. Solteras. Sin hijos. O solteras con hijos. La cosa se vuelve peor. Dijera la vecina de mi mamá: pobre mujer que vive así, tan buena persona que se ve.

No voy a negar que de repente me entraba cierta mortificación por esa lista que no lograba completarse y estaba lejos de parecerse a lo que hoy vivo. Pero qué más da si es sólo una lista. Una lista a la que se le pueden agregar y quitar cosas.

Quizá sólo deba de preocuparme por dónde está mi AFORE y cuantos puntos tengo de INFONAVIT. Y dejar que la gente se siga preocupando por mi vida porque a veces, en serio, ando bastante ocupada.

Asenat Velázquez Jiménez

Monstruos, Cempasúchil y fiestas

Los primeros nueve años de mi vida los pasé en Papantla, lugar donde nací. Mi casa y las de mis amigos estaban alrededor de una gran cancha de basquetbol donde todas las tardes jugábamos. Era una cancha con casas alrededor; así lo platicaba en la escuela cuando nos preguntaban dónde vivíamos.

Durante todos esos años, no distinguía entre Halloween y Día de muertos. Para mí, todo era lo mismo: fiesta, comida y dulces. A pesar de que por cuestiones religiosas no celebrábamos el Día de muertos y mucho menos Halloween, siempre nos dejaban participar en todas esas festividades. Nuestros disfraces eran hechos por nosotros mismos; considerando también que, por obviedades religiosas no nos comprarían ningún disfraz. Mi hermano mayor se ponía una capa, se pintaba la cara y se ponía colmillos; yo, un sombrero de bruja, playera negra y una capa de luchador; mi hermano menor, enredado en papel de baño, simulaba una momia y caminaba sin doblar las piernas para que se viera más real. Y ahí íbamos. Ocho niños, entre mis amigos, mis hermanos y yo emocionados a pedir dulces: brujas, vampiros, luchadores, momias, Hello Kitty. El acuerdo era que al final, todo lo que juntáramos se repartiría en partes iguales. Lo triste del asunto, era que nuestros padres no nos dejaban ir mas allá de las casas que rodeaba la chancha. Así, que disponíamos de siete u ocho casas; sin incluir la del vecino que le caían gordo los niños.

Para juntar todo nuestro botín teníamos la valentía -o descaro- de pasar dos, incluso tres veces por la misma casa. A la hora de la repartidera regresaba con: naranjas, pan de muerto ¿?, mandarinas, caña, lima y solo uno que otro dulce. Así era en ese entonces. En Papantla todas las casas tenían árboles frutales y eso nos arruinaba nuestro Halloween. Por suerte ese mismo día Lucy -la hija única a la que le compraban todo- cumplía años. Y su fiesta era tan grande que tenía que hacerla en la cancha. También en la casa de Lucy, que siempre estuvo enamorada de mi hermano, -ventaja para mí- el altar de muertos era el más grande de todas las casas. Y es que allá, casi en todas había altares.

El dos de noviembre nos llevaban al cementerio. Había puestos de flores, comida y nieve en toda la entrada. Había tanta gente que no se podía caminar. Casi todas las tumbas eran visitadas y estaban adornadas, las que no, la gente les echaba una barrida y le ponía una que otra flor para no dejarlas en el olvido. Cuando empezaba a oscurecer llegaba más gente, traían tamales, dulce de camote, atole, postres, caña y fruta. Se te antojaba todo. Pero no podías comer, porque era para los difuntos que se supone, venían con mucha hambre. Entrada ya la noche llegaban los músicos y se armaba una fiesta, todos esperando a que esa persona regresara. Así fue mis primeros años.

Cuando llegué a Reynosa se acabaron las fiestas. No había Halloween. Porque aquí roban niños, decía mi mamá. Considerando también que no tenía amigos. Aquí en ninguna casa había altares. Pensaba: aquí nadie se acuerda de los muertos. Si yo me muero aquí, nadie me pondrá tamales. En Reynosa conocí los altares solo para concursos, cuál era el más bonito y había primer, segundo y tercer lugar.  Y al final, nos comíamos la comida de los muertos.

Ahora veo Halloween como la ocasión para comprar cosas en centros comerciales, sobre todo en noviembre que se inunda de ofertas por las cosas que no se vendieron. Y día de muertos. Puedo decir, que ya tengo varias personas a quienes recordar, a quienes ponerles una foto y colocarles flor de cempasúchil, pensando que me visitan. Hoy los muertos son míos. Ya no soy una acompañante al cementerio para los muertos de otros. Ahora los muertos me duelen a mí.

Así pasa, entre más crecemos, la muerte da un paso hacia nosotros. O de repente te avisan que tocó la puerta de alguien más y ese alguien la dejó pasar.

Asenat Velázquez Jiménez

Otoño: sus lunas, hojas caídas y recuerdos.

“Te regalo un otoño
un día entre abril y junio
un rayo de ilusiones
un corazón al desnudo.”

Juan Luis Guerra

 

Por la mañana me preparo un café y encuentro el pan tostado. Me siento junto a la ventana y aprieto el botón de encendido de la computadora. Es como un ritual. Suena el aire y en la puerta golpean las hojas que han caído del árbol. Es otoño.

En internet aparecen un sinfín de fotografías con paisajes bellos y títulos que dicen: Los 20 destinos más bellos para visitar en otoño. Aparecen: el norte de Italia, Vancouver, Escocia, Japón, Central Park en Nueva York, Alpes suizos, Nueva Zelanda, Australia, España. México no aparece, mucho menos, Reynosa. Por eso, quiero ir a todos esos lugares.

Aquí los arboles están por quedarse pelones. La gente barre todos los días porque les molesta el colchón de hojas que se junta a su puerta. Yo tengo que barrer, la cochera, aunque pequeña, se llena rápido de hojas, polvo y flores de bugambilia. Pero sólo lo pienso y sigo sentada al lado de la ventana mientras escucho a Juan Luis Guerra y me como el pan tostado con café.

Entre sorbos, me acuerdo de los Viveros de Coyoacán –a los que he ido varias veces–, imagino sus hojas desprendiéndose cada vez que una ardilla salta de rama en rama y cae una lluvia de hojas amarillas, rojas y marrón. Qué ganas de estar ahí –pienso– de seguro está el clima fresco y las hojas ruedan por todos lados.

En otoño llueve, entran días con sentimientos de nostalgia, melancolía y a veces tristeza. Creo que se suspira más, se extraña más y se sube de peso, aunque sea un poco. Busco en internet el video de la chica del clima y mantengo la esperanza de que me diga que los siguientes días la probabilidad de lluvia es alta y se presenta un tercero o cuarto frio. Aunque nunca sepa donde se quedaron los anteriores porque nunca los sentí.

Otoño está lleno de cosas bellas. La luna de octubre es tan grande que parecen que son dos abrazadas. Creo que en este mes los gatos salen más que en cualquier otro mes del año. Con suerte algún sábado por la tarde lloverá. Y veré películas, habrá café y nadie tocará la puerta.

No crean que me acordé de otoño por la nostalgia, tampoco por el romanticismo. Fue por sentarme aquí al lado de la ventana y ver la cochera llena de hojas secas y flores de bugambilia. Hoy no barro, con el pensamiento flojo digo: si barro, mañana estará otra vez igual. Seguiré tomando café y viendo fotos de internet. Algún día iré a Vancouver y caminaré por sus bosques color ocre, o al menos regresaré a los viveros de Coyoacán.

Otoño me pone nostálgica, a veces me dan ganas de tomar mucho café y me da por acordarme de los que ya no están.

Asenat Velázquez Jiménez

Pesadillas y cosas que contar

En el cine siempre he deseado que cuando pasen películas de terror o suspenso las luces permanezcan prendidas y todos nos sentemos juntitos. Pienso que es el dinero peor invertido. Cerca de dos horas o lo que dure la película mis manos están sobre la cara y los ojos cerrados, los abro únicamente cuando en la película es de día. No sé el interés de los que hacen las películas –bueno sí, me doy una idea–, que todo lo malo y feo sale cuando es de noche, lloviendo, o se va la luz. Cuando veo películas de ese género –porque soy masoquista– las veo en un televisor, a medio día y con la luz prendida si es que esta nublado.

Contar leyendas de noche es algo que a casi todos nos encanta. La llorona, la niña que se aparece en no sé dónde, las personas que se transforman en animales, los ruidos raros, las cosas que se mueven, los muertos que se aparecen. Todos hemos tenido un contacto de ese tipo que deseamos platicar y si no se ha tenido se inventa porque ¿cómo estar fuera del círculo sin nada que decir? Pasamos la noche contado historias, aunque después nos dé miedo ir al baño, vamos acompañados porque seguro algo se aparece en el camino.

Pero hay un tipo de miedo donde no podemos sólo cerrar los ojos o decir: ya dejen de contar esas cosas y hablemos de algo más para quitarnos el miedo: los sueños, especialmente las pesadillas.

Hace unos días en una clase de pintura entre tantas cosas terminamos hablando de los sueños. Una niña -siete u ocho años- contó que había tenido una pesadilla que siempre se le venía a la mente. Su padre era secuestrado y, dentro de una casa, un hombre agarraba un machete y le cortaba la cabeza. Luego ella se despertó y estaba llorando. Contó que su almohada estaba muy mojada pero que no sabía si eran lágrimas o saliva. En lo de la almohada todos quitamos la cara de susto y nos reímos, aunque de forma nerviosa.

Me recordó mis pesadillas de niña. Podemos tener mil, pero siempre será solo una la que nos dará más miedo. Esa pesadilla vive nuestra mente por años, reapareciendo una que otra vez hasta que una peor llega.

A los siete años la pesadilla más terrible fue que un toro o algo similar me seguía junto con mi hermano. Y nosotros corríamos, pero –típico– no avanzábamos, permanecíamos anclados en el lugar y la «cosa ésa» corría hacia nosotros. En fin, mi hermano lograba pasar una cerca de púas y yo me quedaba sin moverme. Esa pesadilla duró cerca de 25 años hasta que otra ocupó su lugar. Yo iba manejando, y de repente un carro a mi lado se paraba y bajaban unos hombres armados, me bajaban con pistolas para subirme al otro carro. Me gritaban y golpeaban mientras me ponían algo en la cabeza. Desperté con el corazón a punto de infarto, pero sin almohada mojada. Al siguiente día no salí de casa -por si las dudas- y durante semanas al conducir y pararme en un semáforo veía a todos los que trabajan ahí como posibles sospechosos. Manejé con 40 grados de temperatura, sin aire acondicionado, con las ventanas arriba, el seguro puesto y el bastón del volante a un lado. Pensando: el señor que vende tunas seguro me quiere llevar. Eso era miedo.

Hay pesadillas soportables, las que empiezan en un lugar y no se sabe cómo una aparece en otro. Pesadillas fáciles de descifrar, y algunas no tan importantes en las que se olvida parte de la historia. Yo espero tener otra pesadilla que sustituya a ésta, porque definitivamente ésta no es buena.

Pero como dicen las abuelas: gracias a Dios sólo fue un mal sueño y el susto con un bolillo se pasa.

Asenat Velázquez Jiménez