Las navidades de Cristo

Cuando llegué a esta vida me di cuenta de que mi existencia sería un racimo de situaciones divertidas. Mis primeros dos meses fueron cálidos e inolvidables: estuve pegadito a mis tres hermanos, devorando como vampiros a nuestra abnegada madre. Hasta que un día me arrancaron del calor, me envolvieron en una cobija y me metieron en una mochila. Soporté el ruido ensordecedor de la motocicleta en la que me entregaron al comprador. Me cambiaron por trescientos pesos afuera de la casa donde hoy vivo.

Mi relación con mi familia comenzó hace ocho años con lo que los seres humanos consideran un acto hereje. Dicen que mi raza es originaria de México, en específico, del estado de Chihuahua, al norte del país, a las orillas del Río Bravo y muy cerca de El Paso, Texas. Peso tres kilos, estoy obeso, se me quebró un diente, he tenido cuatro novias y doce hijos que andan regados por la colonia, me apesta el hocico y solamente puedo hacer caca después de caminar seis cuadras y orinar tres postes. Octavio, El Gordo, es mi dueño. Eligió un nombre santo para mí: me llamo Cristo y soy un perro chihuahueño.

Como El Gordo es un Godínez, dice que necesita actividades que le liberen la mente y el espíritu. Es demasiado intenso; yo libero mi mente persiguiendo a Botas, el gato persa de la enfermera de enfrente. Octavio ve mucho cine raro, escucha música clásica y tiene seis libreros llenos. Yo he aprendido un poco del mundo gracias a mi experiencia a su lado. Me ha leído a los grandes filósofos, hemos visto documentales en Netflix y siempre estoy atento a sus pláticas.

Cuando me puso por nombre “Cristo”, El Gordo me explicó que era en honor a una escritora mexicana. Tiene dos fotografías de ella en la pared de la habitación. No se parece a ninguna vecina ni a ninguna de las tías que vemos cada Navidad. Creo que a veces Almita se pone celosa porque El Gordo habla mucho de ella. Mi nombre aparece en el cuento “El día que fuimos perros”, de Elena Garro. Hoy, 11 de diciembre, se cumplen 100 años de su nacimiento. Como a El Gordo le encanta ese cuento y en ese cuento hay un perro que se llama Cristo, pues, ni hablar, me tocó el nombre más azotado del mundo.

Hace ocho años, Octavio estaba enamorado de Almita. Decir “enamorado” es hacerle un favor. Lo traía cacheteando las banquetas, babeaba, no comía, no dormía; aquello no era vida. Yo aprovechaba porque la sopa, los tacos, la pizza y las hamburguesas terminaban en mi panza, lo que me hacía muy feliz.

Almita es una compañera de la oficina que venía de Ciudad Juárez. Como quería conquistarla, la investigó de cerca y se dio cuenta de tres de sus aficiones: la música, los perros y la carne asada. Parece que nadie se resiste a la carne asada de Monterrey. ¿Un bautizo? Carne asada. ¿Fin de cursos? Carne asada ¿Unas bodas de plata? Carne asada. ¿Navidad y año nuevo? Carne asada.

En aquel entonces, con tal de llamar la atención de Almita, El Gordo se compró todos los discos de Juan Gabriel, el “Divo de Juárez”. De septiembre a diciembre fueron cuatro meses de Juan Gabriel intensivo hasta que se aprendió todas las canciones. Una tarde llegó más feliz que de costumbre y me contó que en la oficina, al pasar por su escritorio, le tarareó  a Almita aquello de Tú estás siempre en mi mente / Pienso en ti, amor, a cada instante / Cómo quieres tú / Que te olvide si estás tú / Siempre tú, tú, tú, siempre en mi mente. Obviamente, Almita vio las señales. Yo también me enamoraría si la Carlota, esa grandota, como me la recetó el veterinario, la mastín inglés de la avenida, me susurrara Me gustas mucho / me gustas mucho tú / tarde o temprano seré tuya y mío tú serás.

La primera vez que El Gordo invitó a Almita a la casa fue la noche del 24 de diciembre del 2008. ¿La primera Navidad juntos? Yo esperaba ansioso en la puerta. El día anterior visité la estética y me pusieron un moño rojo que yo lucía a la perfección. Cuando Almita me vio y yo la vi, tuvimos un amor a primera vista. Demostrando una inteligencia sobrenatural como para ser un Godínez, El Gordo tenía el combo completo: a Almita, la música, un perro. Solo faltaba algo: ¡la carne asada! Adivinen qué cenamos…

Pasaron dos semanas y Almita ya vivía con nosotros. Ella me saca a pasear, me rasca, me compra suéteres, a veces me consiente con un sobre de comida aguada. Los domingos me da barbacoa. Yo creo que somos una familia feliz.

Mis mejores recuerdos, además de la antigua época en la que comía de mi madre, han sido las fiestas de Navidad. Almita, El Gordo y yo nos vamos a la casa de la abuela, Doña Conchita. Hay un pino navideño, luces, comidas. Lo malo es que a veces me quedo sordo por los explosivos y no tengo más remedio que esconderme entre la ropa de Octavio. Nada como entrar a la casa de Doña Conchita y dejarse llevar por el olor a tamales.

Cada año, a cierta hora de la noche, toda la familia, que son como cuarenta mil adentro de la misma casa, se ponen muy serios y se reúnen alrededor del nacimiento. Doña Conchita, con una voz de abuela dulce, dice  Ya se siente la brisa de Pascuas. Está llegando la Noche Buena. Jesús viene como un pastor a congregarnos. La paz será para todos los hombres de buena voluntad en la noche buena. Damos inicio al Santísimo Rosario. Mi único problema es cuando toda la familia empieza a llamarme y me vuelvo loco y ando de un lado a otro hasta que Almita me carga y me tranquilizo de nuevo. No entiendo el motivo de que todos los tíos, los primos, los niños y hasta los invitados especiales me hablen en medio del rosario, cuando dicen ¡Señor, ven! ¡Cristo, ven! ¡Señor, no tardes! ¡Cristo, atiéndenos! Cuando empiezan a cantar los villancicos, yo me pongo a aullar. Navidad es reírse juntos de las tonterías que nos hacen felices.

Luego del rosario, se abre la fiesta de verdad. Hay pozole, tortas, pavo, espagueti, puré de papas, pastel de carne. Afuera, aunque haya treinta grados o dos grados bajo cero, hay un grupo de hombres asando pollos y carne. Yo siempre me la paso muy bien porque toda la gente es generosa conmigo. Supongo que soy irresistible con mi moño rojo y, ante mi mirada coqueta, me ofrecen un bocado de lo que están comiendo. Eso sí, cada rato tengo que ir a vomitar un poco en algún lugar secreto, donde nadie me vea, como las cobijas de Doña Conchita o a los rosales.

Ya que todo mundo terminó de cenar, se abre la pista de baile. Yo veo que hacen su show, con sus gorros, el confeti, las serpentinas y sus pasitos. Vamos desde lo más nuevo, el perreo de los sobrinos, la onda popera de los chavorucos, las despechadas de las tías solteras y Lupita Dalessio, hasta las más clásicas norteñas. Nunca falta Don Roberto, el tío lejano de El Gordo, que se pone bien borracho y, a todo pulmón, a eso de las cinco de la mañana, le dedica a su esposa que lo abandonó hace tres años, una canción muy bonita: Y te sentías abeja reina que ambicionabas, abeja reina, una colmena, abeja reina, de oro y seda.

Cuando la fiesta termina, ya todos se quedan dormidos. Yo vigilo a El Gordo y Almita que descansan en un sillón frente a la tele. Me meto entre ellos y nada me molesta. El día 25, me despierta el olor a menudo. Doña Conchita ya prendió la estufa. Frente al árbol de navidad hay montones de regalos. A mediodía todos están muy contentos, estrenando juguetes, celulares, zapatos. Yo siempre tengo regalos también: me dan huesos, pelotas y carnazas pero lo mejor, sin duda, fueron los mil kilos de comida que me regalaron la noche buena.

Ya pasado el alboroto, todo vuelve a la normalidad… Bueno, hasta el día 31, que otra vez nos vamos de fiesta pero ahora a la casa de Don Modesto, el abuelo de Almita que es un científico que ha ganado muchos premios. Yo agradezco tener una familia divertida, aunque, insisto, odio que me hayan puesto un nombre tan azotado.

Carmen Alanís

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Ramo de violetas

te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,

sin encontrarte nunca

Rosalía de Castro

La humedad de un sueño la despertó. Soñó que un hombre con un ramo de violetas la abrazaba en el centro de un prado, en el centro del mundo. No había límites ni muros ni horizontes. Sobre el césped, húmedo y brillante, flotaba una capa espesa de libélulas. El hombre metía la mano bajo su falda. De la vagina sacaba espigas de pasto y vainas de frijol.

Permaneció inmóvil bajo las sábanas durante unos minutos. Últimamente los sueños la sacudían de pies a cabeza. Por la ventana entraba el viento de marzo y los sonidos débiles de la noche dormida. Se levantó a enjuagarse el rostro. Frente al espejo, descubrió arrugas nuevas que rodeaban sus labios. Dibujó una sonrisa leve pensando en las manos del hombre de las violetas. Un hilo viscoso escurría por su muslo.

Sobre la mesa, una pila de libros y un jarrón. Siempre había colores frescos en la casa. Habló con las flores. ¿Qué les parece? ¡Espigas de pasto y una vaina de frijol adentro de mi cuerpo! Los nardos y las rosas descansaban en su misterio. Ahora no contestaron ni con el movimiento de una hoja.

Amalia apoyó la cabeza sobre el vidrio de la ventana. Tras el cristal, la luz amarilla de los faroles se mecía entre las copas de los árboles del parque. La ciudad era un monstruo acurrucado en la oscuridad. De pronto, de la quietud y el silencio, nació una certeza: alguien la esperaba en algún sitio.

El insomnio caminaba lento. Encendió un cigarro y empezó a leer un libro de poesía. Varias páginas sin sobresaltos hasta que la respiración se detuvo en unas líneas. Leyó en voz alta: “Yo no sé lo que busco eternamente / en la tierra, en el aire y en el cielo; / yo no sé lo que busco; pero es algo / que perdí no sé cuándo y que no encuentro.” Un repentino impulso la sacó de la calma. Ardió en el deseo: salir a buscar. Una voz la llamaba en la lejanía.

Se subió al coche. Condujo por la carretera, un túnel de terciopelo negro. La música de las guitarras hizo el camino más suave. ¿Dónde está el hombre de las violetas? ¿Por qué me está buscando?

Por fin, el amanecer abrió las manos. Después de siete horas de viaje, Amalia entró en un pueblo de tierra roja y campos verdes. De golpe, los recuerdos de los lugares más bellos que había visto. Ningún paisaje era tan hermoso como el que tenía alrededor. El sol ascendía. También crecía su ansiedad: aumentaba la sensación de estar muy cerca de lo que buscaba.

Caminó sobre la plaza. Un anciano alimentaba a las palomas que se posaban en sus hombros. Entró a desayunar en un restaurante antiguo. En las paredes había fotografías en tonos sepias. El dueño del café le contó la historia del pueblo.

En la esquina de una de las fotografías encontró al hombre con un ramo de violetas en las manos. Amalia regresó a casa tres días después. En la cama había crecido el césped.

 

Por Carmen Alanís

@LaBauba

Narradora. Ha trabajado en el área de libros y lectura en algunas instancias culturales. Promotora de lectura. Tallerista en temas de cultura escrita. Docente en áreas de literatura. Lectora en voz alta. Ha publicado en las revistas MiaUtopía, Variopinto, Snob y Barrio Antiguo.