CASI FELIZ

Desde acá todo se ve más claro. Desde acá se ve la salida. Por ahí entré. Por la salida, decidida. Hice muchas cosas al revés. Llegué cuando todos se fueron, al final. Y ahora, en vez de bajar, permanezco arriba.

Aunque la verdad es que estando aquí, el arriba y el abajo pierden el sentido por completo.

Estoy tranquila, casi feliz.

Y pensar en el miedo que me daba, manos temblorosas, mirada itinerante, piel de gallina, no pensaba hacerlo nunca. Era una promesa. Olvidé mis preocupaciones por mucho tiempo. Cada vez que pasaba por la feria miraba hacia el cielo y respiraba tranquila.

Pero los años fueron empolvando la promesa, la oxidaron y le quitaron el brillo, hasta que lo único que quedó fueron sus cualidades de pretexto.

Un pretexto muy versátil por cierto, no lo creerían. Así son los pretextos nacidos y alimentados de miedo. El miedo engorda al pretexto y el pretexto al miedo, como si fuera una de esas serpientes que se comen su propia cola por toda la eternidad. Cada día más grande, cada día más gorda.

Primero fue la negativa a subir y poco a poco la negativa a todo lo demás.

Siempre dejé todo para otro momento. Seguro habría alguno más apropiado, seguro si esperaba un poquito más nunca me pasaría nada.

La vida me pasó de largo y se volvió plana.

Lo que sí sucedió fue que cada célula de mi cuerpo tenía miedo. Miedo a atreverse, a romper las promesas, a que nadie subiera con ellas, a dejar de tener miedo.

La promesa era mi barrera.

Me oculté tras ella de forma que nadie pudiera ver demasiado de mí. Ni siquiera yo misma. No la pasaba bien, no la pasaba mal. O no lo sé, no lo sabía.

Hasta hoy. Estaba dormida y desperté. Me despertó el ruido de las cancioncillas irreales e infantiles de la feria. Me despertaron sus chirridos mecánicos y las risas de los niños y los pregones del altavoz.

—¡Últimos días! ¡No se lo puede perder!

Recuerdo que me soñé viendo hacia la rueda que subía y bajaba, mientras todos sus ocupantes se reían de mí. Yo trataba de correr a su encuentro, pero estaba pegada al piso como una estatua a su pedestal. Trataba de gritar, de reclamar, pero mi boca no emitía sonido alguno. Trataba de llorar y lloraba. Me desperté llorando. Estaba dormida.

La música me tranquilizó, me dejó en una especie de duermevela, pero me levanté. Llegué hasta acá sonámbula.

Esperé en casa hasta que bajó el barullo. Me abrigué y tomé algo de dinero de la cartera. No cargué con nada más, preferí caminar.

Pude sentir las miradas de la gente sobre los hombros, aunque no me conocían sabían perfectamente que todo había cambiado.

El muchacho que la controlaba me advirtió:

—Estamos a punto de cerrar.

—No importa, sólo quiero dar una vuelta.

—Pero es que sería usted la única en subir. ¿No le importa hacerlo sola?

Le extendí un billete que cubría tres vueltas con la rueda llena.

—Si a usted no le importa, no.

Por supuesto que no le importó. Me ayudó a subir al asiento y aseguró la oxidada barra metálica a la altura de mi pecho.

—¿La quiere con luz y música?

—Por favor.

Un escalofrío me llegó con una ráfaga de aire.

—No tenga miedo.

—Si tengo, pero no importa.

Me sonrió y arrancó el juego. Conseguí dar dos vueltas en éxtasis absoluto. El importante viaje duró un instante. Después se oyó un crujido, se fundió la luz, cesó la música y la rueda de la fortuna se detuvo conmigo en el cenit.

El muchacho me hace gestos desde abajo para tranquilizarme.

Estoy tranquila, tengo el pretexto perfecto para no volver a hacer una promesa.

 

Catalina Kühne Peimbert

Cosa de nada

Estoy segura de que las cosas no importan. A veces son bonitas, incluso impresionantes, pero sólo son cosas. El problema es el significado. Porque una lámpara puede ser la amistad de dos ancianos; una casa de muñecas, la ilusión de una niña que cree que por una vez, todo va a estar bien; una pluma, la realización profesional de un joven de porvenir; un cuadro, el inicio de una vida en pareja. Y todo eso puede romperse, quemarse, perderse y finalmente, acabarse para siempre.

Debe ser por eso que cuando una está triste dice que se le rompió el corazón. A mí me pasó. Creía que lo tenía muy bien guardado y asegurado con muchos candados inexpugnables, pero un día se me ocurrió sacarlo de su caja, me descuidé y al suelo, todavía servible, pero roto.

El fenómeno que se presentó a continuación me dejó en medio de la oscuridad para ver lo que las fisuras habían dejado salir.

Sentimientos bastante podridos a fuerza del encierro. Algún chispazo de ira, de esa de verdad.  Y otra yo.

No estoy segura si es una que dejé atrás hace muchos años o algo distinto. O más bien si lo que pasó fue que siempre había estado ahí escondida, esperando a que la matrushka que la contenía se abriera para salir o simplemente esto fue el producto natural de tan estrepitosa caída.

Pero ahí está esa otra entidad y se está apoderando de todo. Como apenas la conozco, me sorprende reaccionado de maneras que nunca hubiera pensado y me hace sentir insegura, como cuando estás estrenando unos zapatos muy lindos, pero que te aprietan.

Quiero pensar más, pero la otra va y hace cosas. Cosas inexplicables. Saluda a todos por la calle. Tiene las emociones a flor de piel. Puede estar muy feliz, muy enojada, convencida de que todo se arreglará y de que está destinada al fracaso. Todo en cuestión de minutos.

Estoy cansada, me gusta el sillón nuevo que la otra compró. Es cómodo, yo nunca me hubiera atrevido. Tiene unas aplicaciones en dorado que no son lo mío. Pero es tan cómodo. Mientras la otra, yo misma, sigue trajinando, busca cosas. Tira cosas. Le dio por deshacerse de ellas. Juntó muchas cajas y las llenó con la parte de la vida que no le decía nada, todas las que yo había significado. Viéndolo bien esto era un exterminio. Tal vez auto infligido, pero exterminio al fin y al cabo. El suicidio de la historia.

Y yo simplemente no estoy segura de querer dejarlo todo así de drásticamente, de querer irme, pero ella me empuja, me mete a la caja de cartón con todas las demás cosas.

Al principio no se ve nada, pero poco a poco empiezo a acostumbrarme a la oscuridad y distingo,  primero texturas, después lo demás. Soy una muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca. Y me van a  tirar o a regalar porque sólo soy una cosa, porque mi humanidad se fue resquebrajando o encerrando en otras muñecas que no sienten nada más que están rodeadas de cosas.

Y las cosas no son importantes.

Catalina Kühne Peimbert

Espejito, espejito

Compré un espejo nuevo en una tienda de antigüedades, grande, de cuerpo entero. Tenía un hueco en la pared y el marco me pareció precioso, ni siquiera me fijé en el estado del cristal hasta que lo instalaron en mi casa y eso después de un par de días.  Yo no me había dado cuenta, no estaba usando el espejo para lo que sirven los espejos, sino como un adorno, hasta que una mañana que iba de salida, como no queriendo la cosa, noté una iluminación distinta y volví sobre mis pasos, me puse en el centro de su visor y me dije sorprendida:

–Pero qué barbaridad, qué guapa que te estás poniendo.

Seguí mi día muy segura de mí misma, de buen humor, arrasando con todo lo que se me presentaba en el camino, hasta que fui al baño de un café y al levantar la cabeza después de lavarme las manos vi a una persona muy distinta.

Peinado descompuesto, bolsas en los ojos y hasta unos kilitos de más. Lo atribuí al cansancio, pero volví al cuarto en donde colgaba mi nuevo espejo y ahí estaba mi más excelente yo, mirándome con cínica coquetería.

El gusto que me dio volver a esa apariencia me distrajo del fenómeno por un momento, pero la situación se repitió al día siguiente y al siguiente.

Con toda la intención de realizar una comprobación científica invité a comer a mi amigo más feo para hacer el experimento.

El pobre pasó enfrente más de cuatro veces sin siquiera alzar la vista. Tan acostumbrado estaba a no gustarse. Cuando por fin dio con el rebote mejorado de su imagen, se quedó un largo rato paralizado, sin habla, disfrutando el momento. Aún después de unos minutos el efecto permanecía, por un instante pude notar en él algo que nunca antes había visto.

Si bien mirado hasta guapo estaba. Me le acerqué por la espalda para compartir la refracción.

Desde entonces compartimos también la cama y la vida.

Tenemos el espejo cubierto, reservado para ocasiones especiales, ha resultado la mejor compra que he hecho en la vida y ni siquiera es necesario estarlo jorobando con eso de que sí quien es la más bonita del reino, porque así sin trono, ni reino, tengo alguien que me comprenda.

Catalina Kühne Peimbert

Que toda la muerte es sueño

Bajé las escaleras de dos en dos, pisando fuerte, como si estuviera matando cucarachas. Si mi mamá estuviera aquí me regañaría por escandalosa.

“Las señoritas no deben caminar como si fueran elefantes.”

Y entonces claro, yo me pondría a pensar en una señorita elefanta, caminando de puntillas, vestida de bailarina de ballet y con las pestañas largas, largas y luego en que por más que le dé vueltas no recuerdo haber escuchado nunca los pasos de un paquidermo, pero eso no es necesariamente porque no hagan ruido, sino porque yo nunca he paseado con uno. ¡Ah cómo me gustaría haber crecido en África para caminar entre las manadas de elefantes todos los miércoles! O mejor los jueves que ya están más cerca del fin de semana y…

Pero tenía que dejar de divagar, necesitaba la cabeza pegada al cuerpo, sostenida por los pies, en la tierra. Y los pies haciendo todo el ruido posible para acallar el sonsonete de los últimos días.

Desde que me morí empecé a recibir instrucciones, había un ruido sordo persiguiéndome y no podía distinguir bien qué decía. Sonaba como un radio mal sintonizado a la lejanía, lograba distinguir sólo algunas palabras, que siguiera bajando y que me concentrara.

Pensé que acá en el otro mundo me iba a librar de regaños, pensé que iba a poder regresar como fantasma para jalarle las patas a los que me cayeran gordos, reencarnar en otros cuerpos, vivir otras vidas. Ser un perro o un deportista olímpico, o por lo menos estar en una nube tocando el arpa con un vestido blanco y hermosas alas. ¿A quién se le habrá ocurrido todo eso? ¿Sólo lo hicieron por inventar? Mi teoría era que no, que esos que cuentan lo que pasa es porque se murieron como yo, pero regresaron por alguna razón. Yo quería regresar, pero no porque tuviera algo que contar, no había visto nada, es que estaba aburrida y extrañaba todo, sobretodo la comida. Pero las escaleras no terminaban y de pronto se hicieron irregulares, como mi pensamiento y así como voy dando tumbos de una idea a otra, así me rodé escalera abajo, de una manera un poco más dolorosa y nada divertida.

Y ahí tienen otro mito de la muerte, nada de que se acaba el dolor, tardé bastante rato en incorporarme y estuve segura de que todos los puntos de mi cuerpo que habían tenido contacto con el piso se estaban poniendo morados a medida que pasaban los minutos.

Cuando ya estaba más recompuesta la voz se volvió mucho más nítida, al grado de que se materializó en una persona que por muy poquito no era idéntica a un ángel de los que tocaba el arpa. Muy bello o bella, nunca he sabido bien si los ángeles son hombres o mujeres, tal vez son simplemente ángeles. Yo tan chiquita y llevándome mis prejuicios a la tumba. Porque estaba claro que ahí era donde había llegado. Que como en los sueños era mi tumba, aunque no lo parecía. ¿Sería entonces pues que no era la vida, sino la muerte lo que era sueño?

Sueño me estaba dando. A lo mejor todo esto terminaba en un despertar sudoroso, pero con vida, tal vez me caí de la cama y por eso los golpes. Así es el subconsciente. Acomoda todo a su conveniencia.

Pero nada de despertar, poco a poco fui sintiendo el rigor mortis, pero en la cabeza. Mi ágil imaginación va cada vez más despacio, el cúmulo de pensamientos empieza a desaparecer y se convierte en uno solo, sencillo y plano como la línea plana del electrocardiograma de un muerto, una muerta. Yo.

Muerte cerebral.

“Las señoritas no deben platicar después de muertas.”

 

Catalina Kühne Peimbert

 

Desayuno cometas los sábados

Uno de los atractivos de escribir es que puedes tomar la realidad, hacerla un papalote y echarla a volar y ahí ir tirando de la cuerda para orientarla a donde mejor te parezca.

Así es como pretendo resolver un enigma que me lleva molestando casi un mes.

Resulta que me encanta desayunar, me atrevería a decir que el desayuno es mi comida favorita, si no fuera porque me gusta tanto comer. Pero creo que algo tiene de especial el cafecito, el pan dulce, los chilaquiles con huevo montado, enfrijoladas veracruzanas, tasajo con mole o etcétera. Sí, me gusta desayunar como diputado priista de los setenta. Pero la cocina no se me da, entonces los sábados voy a algún cafecito local a tomar mis sagrados alimentos.

Así fue como uno de esos sábados encontré en la mesa de enfrente a mi hombre ideal. Alto, guapo y leyendo un libro muy concentrado. Ante esa hermosa visión, solo se me ocurrió abrir mi propio libro y suspirar.

El siguiente sábado se me ocurrió volver un poco más arreglada, bañada por ejemplo, para no exagerar, pero verme un poco mejor. Aunque no tenía muchas esperanzas de que estuviera ahí.

Y sí estaba.

Por cerca de tres meses con todos sus sábados, excepto alguno en que de plano no pude levantarme. Nos encontramos, nos deseamos los buenos días, nos preguntamos nuestros nombres, nos sonreímos, hasta le regalé un par de mis libros y ¡nos abrazamos! y todo iba (según yo) muy bien.

Pero hace tres semanas que ni sus luces.

Por lo tanto he decidido pensar que era un asesino en serie que estaba casi listo para matarme y cuando leyó mis hermosos relatos para niños se abrió su negro corazón, decidió enmendar su vida y se fue a África de misionero.

O que era un agente secreto encubierto cuidándome de un peligro inminente que logró neutralizar y se fue al caer la tarde, con la satisfacción de la misión cumplida y el corazón roto.

O se despertó un sábado sin saber en dónde estaba, ni cómo se llamaba, sintiendo que tenía que estar en algún lugar, pero incapaz de recordar a cuál.

O algo así.

Depende que tan fuerte esté el viento.

Catalina Kühne Peimbert

 

La llorona

 

Para Abby

 

Me gusta que llueva. Más cuando estoy en un lugar abierto y puedo oler la tierra mojada. Más cuando sin darme cuenta, quedo atrapada en plena tormenta y me empapo. Así no se nota tanto que estoy llorando.

Ya hace un tiempo que el llanto me acompaña todos los días. Cualquier cosa puede desatarlo. Un niño jugando, una pareja de enamorados, un delicioso platillo, un paisaje perfecto, una canción. Las lágrimas empiezan a brotarme de los ojos sin control alguno, me resbalan por las mejillas y generalmente acabo con el llanto hasta el cuello, porque me olvidaba de enjugarlas.

He pasado por todas las etapas:

Negación.

—Esto no puede estar pasándome. Seguro que mañana ya estoy bien.

Miedo.

—Debe ser una nueva enfermedad incurable y mortal. Se me va a ir la vida por los ojos.

Y finalmente, resignación.

—Tengo los ojos limpísimos, además la gente creerá que soy muy sensible.

Ya busqué ayuda profesional, me hice estudios oftálmicos, neurológicos, psicológicos y hasta fui con un médico brujo. Pero de todos recibo la típica respuesta que una recibe cuando no saben de qué demonios se trata:

—Es una combinación de múltiples factores.

Yo misma soy incapaz de distinguir si la persistente lloradera es puramente un reflejo físico o tiene que ver con una dolencia del alma. Se desencadena en la presencia de cosas o situaciones que efectivamente tienen un referente emocional, sin embargo por la falta total de control en el inicio y fin de cada episodio, no se puede descartar una condición extraña de mi metabolismo.

El incidente más largo duró doce horas. Terminé agotada y corrí a la tienda a tomarme tres botellas de Gatorade para evitar la deshidratación.

Ya lo manejo bastante bien, excepto porque el llanto ha perdido del todo su carácter de desahogo. No me siento ni mejor, ni peor después de llorar. Si me aqueja algún gran sufrimiento, una mala noticia, un dolor insoportable, es posible que me suceda en un momento en que ya estoy llorando y las lágrimas pierden el ritmo, el sentido, la justificación.

Por causa de mi padecimiento poca gente quiere estar conmigo.

Ando por ahí como la llorona de leyenda, pero sin gritos, sin hijos.

Solo encuentro sosiego en los funerales que ocurren en tardes lluviosas, así siento que nos emparejamos todos.

 

 

Catalina Kühne Peimbert

La bella durmiente

Abrí los ojos totalmente descansada, aunque un poco ansiosa. Al verme en el espejo hechizo de papel de aluminio que colgaba de la pared supe que estaba lista para lo que venía. Me precedían las murmuraciones, pero yo solo alzaba la cara y sonreía a mi público. La gente estaba ansiosa por oír la historia, así que tomé mi lugar y comencé a contarlo todo.  Desde pequeña me perturbaban horriblemente los ronquidos de mi mamá y de mi abuela, odiaba ese sonido, así que un día me prometí a mí misma que jamás me casaría con un hombre que roncara. Pero me incumplí.

Un día apareció José Luis con su sonrisa “Colgate”, sus brazos fuertes y sus buenas maneras y me enamoré perdidamente, tanto que aunque me enteré muy a tiempo que roncaba, de todas formas me casé con él.

Los primeros años, como es costumbre, fueron buenos. Mucho sexo, muchos viajes, muchas salidas. Además, creí haber puesto remedio al problema. Si me dormía antes que él, ya no oía los ronquidos y todos tan contentos.

Pero como atinadamente dice el príncipe de la canción: “El amor acaba” y mi marido y yo, poco a poco nos fuimos apartando, tanto de día, como de noche.

Eventualmente él acabó por tomar el sueño como la perfecta evasión a todos sus problemas y todo el tiempo que estaba en casa, lo pasaba durmiendo y desde luego, roncando.

Yo tenía que levantarme todas las mañanas a las siete, después de no poder dormir en toda la noche, bañarme y pasar una vez más a la cama a echarle una mirada de repugnancia a la masa gruñona e inane en la que se había convertido mi esposo.

La falta de sueño me estaba volviendo loca, no quería irme al sofá, no quería divorciarme, sólo quería dormir tranquilamente en mi cama.

Una noche, sin pensarlo mucho, decidí ponerle una almohada en la cara para acallar los ronquidos, pero éstos no cesaban, así que apreté un poco más y un poco más, hasta que finalmente se hizo el silencio.

Al día siguiente las cosas habían cambiado. Yo amanecí fresca como una lechuga, él azul.

Desde que llegué a la cárcel empecé a dormir como una bendita…

Hasta hoy a las tres de la mañana cuando el ruido me despertó de un brinco. Por un momento volví a mi lecho nupcial, pensé que era otro despertar de otro mal sueño, pero después de unos minutos recordé dónde estaba.

Nadie más que yo pudo haber roncado.

Catalina Kühne Peimbert

Respiros para olvidar

Para las tranvías, por el día de la amistad, que no se me pasó.

 

Después de que al despertador se le pasa la angustia de madrugar,  después de dejar a los niños en la escuela me invade un sentimiento de gran tranquilidad, como de haber pasado con honores por el primer y más cotidiano de los obstáculos. Mis pasos toman un ritmo un poco menos acelerado, siento que tengo un minuto para saludar al barrendero de la esquina y mirar ahora sí, como va a estar el día porque apenas amanece. Es una pausa agradable pues, para olvidarse de todo por solo unos minutos.  Hay varios momentos así a lo largo del día, de la vida. Respiros para olvidar.

Cuando después de por fin salir del trabajo, bajo las escaleras, entro a empujones en un vagón, soporto un par de estaciones de pie con los tacones puestos y de pronto se levanta la chica justo de enfrente de mí y puedo sentarme. La tranquilidad vuelve a asomarse. Puedo analizar con cuidado a la demás gente que va en el vagón, imaginarme las tormentas de la vida de cada una y la mía, gracias a ese hechizo, se desvanece fugazmente.

El problema es que creo que me estoy volviendo adicta. Quiero más. No puedo controlarme. La siesta de mi madre enferma puede ayudar a que se me olviden estas ganas de comerme una pila de hot cakes y seis de pastor con todo, cada media hora; si por alguna casualidad de la providencia el celular deja de servir, oh gran sosiego que hará que se borren de mi mente las cuentas por pagar, incluida la del teléfono; una improbable noche tranquila en este barrio y no pienso más en que mi perro es un poco distinto a los demás.

La buena noticia es que he aprendido a identificar esos momentos y puedo propiciarlos y aún más, alargarlos. Ya van varias veces que me pasa que me quedo en medio de una habitación y no tengo idea de que es lo que estaba a punto de hacer, o a dónde tengo que ir o porqué me puse de pie con tanta determinación.

El otro día; justo saliendo de la escuela de los niños me puse a caminar en círculos en el parque que está enfrente porque no tenía muy claro si era pez o pescado, o que era lo que estaba haciendo ahí, ni porque me saludaba un señor con una escoba y menos aún porque tenía en la mano las llaves de un coche que tampoco tenía idea de cuál era. Apreté el llavero automático como una salida de emergencia y una camioneta al lado mío me llamó con un timbre familiar.

Cuando escribo, también por suerte me pasa…

Aunque si les digo la verdad ya se me olvidó porque les estoy contando esto.

Catalina Kühne Peimbert

Caída libre

No sé cuantas veces en la vida me he caído, creo que en este caso lo más acertado sería darle la palabra a mis rodillas, que son las que más han sufrido el impacto contra banquetas, pistas de carreras de grava roja, rocas afiladas dentro del mar y hasta un cenote de la selva. Estos pies torpes tienen mundo después de todo. Mis sufridas rodillas tienen cicatrices permanentes que vuelven a convertirse en herida una y otra vez, con tanta persistencia que ya me impide apoyarme en ellas para buscar algo a conciencia debajo de la cama y ni hablemos de rezar, que de todos modos nunca hablamos, pero esa es otra historia.
Total que ya estoy acostumbrada y me lo tomo con bastante filosofía pensando que es lógico y que mientras más grande eres, más grande es la caída. Mis conocidos han perdido la paciencia y me suplican que ponga mas atención, pero lamentablemente, no parezco lograrlo.
El colmo fue lo del otro día. Era temprano así que todavía ni siquiera estaba cansada, sino iniciando el nuevo día cargada de energía y positivismo, o bueno, por lo menos de pie y de un humor aceptable. Entonces al dar el siguiente paso, el piso no estaba más abajo de mis pies, solo un hueco, el vacío.
Caí dentro de una coladera mal cerrada y fui descendiendo como Alicia, pero no al país de las maravillas. ¡Qué más hubiera querido yo! No, conocí el mismísimo inframundo mexicano. Había una nutrida sección de burócratas de los más distintos estratos, desde ex presidentes, hasta desidiosas secretarias condenadas a pintarse eternamente unas uñas que nunca les dejarían de crecer.
También había criminales de las más distintas variedades siendo inculpados por todos los delitos, menos el que habían cometido; furibundos profesionales condenados a ser amables con viejitas sordas, necias y amargadas y un largo etcétera.
Yo la verdad me sentí un poco confundida porque no me considero tan mala persona, pero tal vez en eso tampoco me había estado fijando bien y había llegado la hora de que me dieran mi merecido.
Diría que sudé frío y me temblaron las rodillas, pero no, bastante felices estaban de que esta vez no salieron raspadas, porque aterricé de pie, como si fuera un gato.
Estaba pues preparada para cumplir mi destino, incluso un poco ansiosa, acostumbrada a caerme, prefiero que me digan las cosas de golpe y porrazo.
Entonces se acercó hasta mí un individuo más bien chaparro y botijón que se frotaba las manos nerviosamente.
-Disculpe…
Me enderecé dignamente preparada a oír la sentencia que me esperaba.
-¿Sí?
-Es que usted no tiene que estar aquí.
-¿Ah no?
-No, todo esto es un error.
-¿En serio? Tal vez no hayan revisado bien los archivos. Soy muy distraída, no me fijo en nada. Conozco mucha gente que me diría que tan solo eso es una razón suficiente para ser castigada. Que yo misma me lo busqué, que si hubiera hierro en los ojos no estaría en esta situación.
El hombre me miraba angustiado y negaba con la cabeza como queriendo que me callara lo más pronto posible y así lo hice.
-Si me promete quedarse callada yo la regreso para arriba como nueva y aquí no ha pasado nada. Ande, hágame la balona, ¿que no ve? El que no se fijó fui yo, soy el encargado de las coladeras.

Catalina Kühne Peimbert

Zona de confort

Tuve que liberarme. Cuestión de vida o muerte. Sin exageraciones. Había oído hablar de lo dañino que resulta la rutina, pero no lo sabes hasta que lo vives en carne propia.

Ocupé por mucho tiempo aquella silla y efectivamente después de un tiempo no sólo me pareció cómoda, sino que se adaptó perfectamente a la forma de mi cuerpo. En las contadas ocasiones en que me levantaba podía ver la marca dejada por mi trasero, una especie de cuna cada vez más pronunciada, porque debido a la inmovilidad, admito que aumenté un poco de peso.

Al cabo del tiempo ya no sentí necesidad de levantarme. Implementé sistemas no tan complicados para las funciones biológicas básicas y me hice la reina de mi propio y pequeño feudo. La gente me saludaba con respeto al pasar, acostumbrada a la seguridad que les daba mi extrema confiabilidad.  Yo pensaba que no estaba nada mal convertirse en una estatua viviente, una referencia obligada para el transeúnte, como un faro que guía el camino hacia la tierra.

Sueños de grandeza.

No podía, o no quería ver que el proceso de descomposición empezaba. Por ejemplo, lo de la serena quietud no era algo tan voluntario, confieso que llegó un momento en que, aunque quisiera, me resultaba muy difícil realizar movimientos complicados, me dolía mucho todo el cuerpo y no lograba recordar bien a bien cómo desplazarme, ni para qué.

Y estaba igual o más entumecida del cerebro. Mis pensamientos tampoco avanzaban demasiado. La gente seguía saludándome educadamente, pero podía notar cómo al dar unos pasos lejos de mí, movían la cabeza con gestos que parecían de lástima, desaprobación o franca crítica hacia mi actitud.  Pesqué algunas palabras sueltas nada favorables. Pensé, aún aferrada que a mí qué me importaba el qué dirán, que mientras yo estuviera cómoda, que se riera la gente.

Pero un día al despertar me di cuenta de que estaba echando raíces. De mis pies atrofiados salían ramificaciones ásperas y espinosas que iban fijándose al suelo con una determinación insolente, algunas alimañas se me acercaban intentando hacer nido en mi cuerpo convertido en árbol hueco. En el primer intento de una por morderme las entrañas, decidí que había sido suficiente.

Hice acopio de toda la fuerza y valor que me quedaban y me incorporé pesadamente. Sentí el aire circulando por lugares que creía olvidados, sentí como la sangre circulaba por mis extremidades reviviéndome. Me arranqué las raíces, espanté a los animales y corrí a darme un baño.

Es bueno estar limpia antes de dar un salto al vacío.

Catalina Kühne Peimbert