Historia de un paraguas

Hay cuentos que se parecen a otros cuentos, personajes que brincan de una historia a otra como los lobos, las brujas, las abuelitas y una que otra princesa que se queda dormida durante toda la historia o no duerme por un simple e infeliz chicharito, el guisante, no el futbolista.

Es por eso que pido un poco de indulgencia para el protagonista de esta historia que es un paraguas de color rojo.

Evoco alguna memoria visual en que sobresalía de todos los demás paraguas en una ciudad gris para encontrar el amor. ¿O era amarillo? No sé, en todo caso piensen en este como en otro capítulo de su vida.

Como todos tuvo sus momentos de gloria. Salió de la tienda, reluciente, hermoso y gran protector. De la lluvia, del sol, hasta de algunas señoras abusivas del metro. Funcionó como espada y bastón, provocó elogios entre la concurrencia. Pero su fortuna terminó y no porque lo perdieran como le ha pasado a tantos de sus compañeros olvidados en salas de espera, restaurantes, oficinas de gobierno, bancas del parque o casas ajenas. No, le pasó tal vez lo más terrible.

Un día sintió como empezaba a ceder el segurito que lo mantenía cerrado, hasta que se rompió y de pronto dio un salto del perchero y se abrió al llegar al piso, repentino y escandaloso como el hipo de un borracho.

En ese momento corrí desesperada inmediatamente a levantarlo, pero cuando traté de cerrarlo me di cuenta del terrible desperfecto. Ya poca gente se fija en ese tipo de cosas, pero por desgracia lo había comprado yo, una mujer supersticiosa que de ninguna manera consentiría tener un paraguas abierto bajo techo. Mala, malísima suerte.

No dudé un minuto en ponerlo de patitas en la calle. Así abierto, expuesto al vaivén del viento, no tuvo de otra que echarse a volar.

Fue irónico, pero se sintió más poderoso en el abandono. Se convirtió en globo aerostático, pájaro exótico, cometa de papel y de polvo de estrellas, nube con pretensiones nocturnas de súper luna.

Justo cuando estaba en el paroxismo de su ego, con las alas extendidas en la punta la montaña más alta, se desató la tormenta y un rayo certero lo convirtió precisamente en los pedazos de la propia lluvia para la que estaba planeado que se defendiera.

Algunas gotas rojas cayeron sobre mi nuevo paraguas negro, dándole un poco de contraste.

 

Catalina Kühne Peimbert

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Pies de plomo

La casa estaba envuelta en un silencio total, a tal grado que el ruido de mis pisadas rebotó contra las paredes haciendo eco, y eso a pesar de haber tomado la precaución de quitarme los zapatos. Me pareció la mejor de las ideas. Cuando planeé todos los detalles para colarme por la noche, en el número uno de mi lista decía con mayúsculas:

  1. ENTRAR DESCALZA.

Por supuesto que es necesario dejar los ruidos en su mínima expresión cuando una quiere pasar desapercibida, pero había una razón para que justamente esa precaución estuviera en el número uno de la lista, no solo era precaución, era un gusto. Resulta que odio los zapatos. Me parecen más que una prenda de vestir un instrumento de tortura, la cosa más incómoda que se haya podido inventar. Si por mí fuera nunca volvería a usarlos en mi vida. Y la vida que sabe más y que gusta de hacer chistes a nuestra costa, tomó nota y me concedió el deseo. ¿Quién lo hubiera dicho? Pero eso fue después.

Fue por eso que me volví una ladrona, porque por primera vez quería algo con todas mis fuerzas, algo sin lo que sentí que no podía seguir viviendo. Y aunque pregunté en donde lo habían comprado, busqué en todas las tiendas y sitios de internet y, finalmente, supliqué que me lo regalaran, no tuve una respuesta favorable.

Fue por eso que planeé lo que yo consideraba que sería el robo perfecto. Un robo que además ningún policía en su sano juicio querría perseguir porque no se trataba de llevarse nada que costara mucho dinero. No tocaría las joyas, ni la televisión de plasma o cualquier otro de los aparatos de última generación que estaban en casi todos los cuartos.

La casa estaba silenciosa y oscura. Era una noche sin luna y una casa con pocas ventanas, pero no había problema porque la conocía como a la palma de la mano. Había estado ahí muchas veces, hasta hace poco me consideraba una de las mejores amigas de la familia,  pero después de la actitud con la que me negaron lo que quería, ya no me importaba.

Así que me deslicé escaleras arriba hacia la recámara principal. La puerta estaba entornada y rechinó al empujarla, un rechinido digno de película de terror que me enchinó el cuero de la espalda, pero no dejé que el miedo me detuviera.

Avanzaba hacia dentro cuando me detuvo aquella suavidad inusitada en la planta de los pies colándose entre mis dedos. Ahí estaba el objeto de mis desvelos,  un simple tapete que parecía estar hecho tan solo de colas de conejos blancos bebés. Desde la primera vez que lo vi pensé que justo así se sentiría pisar esas nubes gordas que se ven desde la ventana del avión. ¡Era tan suave! Decidí esperar unos minutos más para disfrutar de aquella delicia. ¿Qué importaba si me daba ese gusto?

Mucho. Resulta que importaba mucho.

En el siguiente segundo sentí un golpe seco en los tobillos que me derribó al suelo.

Lo último que vi fueron los pies separados de mi cuerpo y a aquel delicioso tapete pintándose de rojo.

 

Catalina Kühne Peimbert

Helada

No sé cuánto tiempo más pueda soportar este frío, por más que el Sol me deslumbre a través de la ventana, me estoy congelando. Lo peor es que se trata ya de una segunda naturaleza, no sé si llamarlo así, o enfermedad, o maldición.

Hoy llegó de nuevo temprano. Conseguí evadirlo las primeras horas del día, mientras me tomaba el té en ayunas, incluso mientras corría por el parque, pero al entrar a la regadera, y a pesar de haber ajustado el agua a la temperatura exacta, cuando esperaba uno de los momentos más satisfactorios del día, el chorro gélido de la muerte volvió a caer sobre mi cabeza.

Una y otra vez revivo las muertes de mis personas cercanas, que se me acumulan como carámbanos en lo más recóndito.

No es tristeza, no soy  la hermana, la hija, la nieta, soy cada uno de ellos en sus últimos momentos, el miedo, la desesperanza, la resignación, el dolor, todo lo que sintieron en los momentos previos a su muerte, todo eso lo siento yo, todo se acumula como una ola helada indivisible que me golpea hasta hacerme caer de rodillas en el piso, hasta hacerme daño, hasta que la sangre diluida se va por la coladera, igual que se han ido yendo todos.

El agua se desperdicia mientras siento de nuevo la muerte de mi hermana sentada en el sillón con los ojos fijos en la memoria que nunca regresaría.

La muerte de mi padre en aquel accidente casero, con el pensamiento difuso, entre el alucine y el sueño eterno, de que a pesar de todo, su corta vida había valido la pena.

La muerte de mi bisabuelo maldiciendo al orgullo que no le dejó bajar la vista para dar el paso correcto en aquel escalón que le rompió a la vez la cabeza y la cadera.

La muerte de mi abuela entre almohadas, inmóvil el cuerpo y el cerebro, pero con todas las joyas puestas.

Así pasa por mi cuerpo el final de cada uno de los seres que tienen algo que ver conmigo.

Y duele, muchísimo, hoy más que nunca.

Puedo sentir como se me congela cada vello de la piel puedo sentir como el frío me encoge la cabeza y el corazón hasta que me petrifico y antes de dejar de sentir del todo, puedo sentir cómo mi muerte entumecida atacará a su próxima víctima.

 

Catalina Kühne Peimbert

Ocho de la mañana con cinco minutos

Todos los días a las ocho de la mañana, cuando paso por ese lugar, me entran ganas de suicidarme.

El cielo deja de ser inmenso y se cierra sobre mis hélices, siento como si una fuerza invisible me invitara a perder el control, a dejarme caer en picada sin preocuparme por las consecuencias, sin preocuparme por nada nunca más.

Ansias de morir, de terminar con todo de un solo golpe. La promesa de la nada se me antoja maravillosa.

Todos los días a las ocho de la mañana, el ruido que produzco me resulta casi imperceptible, solo alcanzo a distinguir un pequeño zumbido, constante, molesto, pero soportable. Lo siento lejos de mí, aunque venga de dentro, junto a la opresión en el pecho llega penetrante y cíclico, justo al mismo tiempo en que la angustia aparece de la mano de mis ganas de rendirme.

Todos los días a las ocho de la mañana con un minuto, decido no prestar atención, ignorar el ruido por completo, con un poco de esfuerzo incluso logro incorporar aquel malestar a la normalidad, darle la vuelta a la almohada y dormir los últimos minutos antes de empezar el día y seguir con mi vida como si nada estuviera pasando, surcar el cielo y pretender que me olvido de que tengo miedo, terror de darme cuenta de que soy capaz de cumplir mis más oscuros deseos, de que tengo el poder para destruirme.

Hasta hoy a las ocho de la mañana en punto en que el ruido fue diferente, se volvió cada vez más fuerte, salió de mi cuerpo, rebasándome, ensordeciéndome. Todo perdió su cíclico compás.

Antes de que me diera cuenta ya me había dejado llevar por el momento y lanzado en picada directo a la ventana de mi cuarto, el impacto rompió una parte de la pared, los vidrios estallaron cayendo en astillas a los pies de la cama, las aspas, sin embargo, siguieron girando sin pausa, destrozando todo a su alrededor, no logro discernir si es solo eso lo que acaba conmigo, no puedo creer que al fin esté pasando, ni siquiera lo entiendo del todo.

De todas formas es doloroso, de todas formas me doy cuenta de que estoy muriendo, mientras recibo los golpes, los cortes, mientras los restos de mi cuerpo y de la maquina se confunden en un mismo amasijo de sangre, carne y fierros retorcidos.

La muerte no es tan dulce como me la imaginaba desde el cielo.

A las ocho de la mañana con cinco minutos, la nada que tanto añoraba.

 

Catalina Kühne Peimbert

PONCHADA

Estaba tranquila, mal que bien sosegada, confiada en que me esperaba una época en la que no habría sorpresas ni sobresaltos, ilusa de mí, me distraje solo un poco y se me rompió la burbuja.

Fue así, de repente, me quedé inmóvil de brazos caídos, sentada en el charco jabonoso de todas mis especulaciones, pegajosa e insegura.

Me moría de vergüenza al pensarme ahí a la vista de todos, sin esa hermosa capita transparente de jabón que hacía que los ojos se me vieran más brillantes y las formas más redondas, capaces de rebotar en cualquier superficie, volar un poquito y aterrizar suavemente –vamos, hasta con gracia– en el siguiente claro del bosque.

Lo peor es que era obvio que no tenía por qué acercarme a objetos punzo cortantes, es al ABC de los habitantes de las burbujas: “no corras hacia las tijeras”.

Pero no, esta vez (malhaya) la cabeza se me llenó de aire, el aire pasó a la burbuja, la infló más, creció, se sintió poderosa, hizo que desde dentro se perdiera un poco la visibilidad, que necesitara entrecerrar continuamente los ojos y no viera con claridad que eso que se estaba acercando de manera tan encantadora y musical era un alfiler con punta de diamante, que ni siquiera tuvo que dirigirse justo al centro para reventarme y ¡plaf!

Lastimera imagen con el pelo embarrado en la cara y tratando de fingir que ni me había salpicado tanto. No tanto.

Por un momento que pareció eterno, pero en realidad no duró nada, seguí confundida, volteando para todos lados, con disimulo primero, con una especie de digna resignación después, hasta que de pronto empecé a sentir el viento circulando de nuevo entre los pliegues de mi vestido, secándolo poco a poco. Fue entonces cuando me deslumbró un pequeño puntito brillante. ¡El maldito alfiler! Tan chico, tan insignificante, que una ráfaga un poco más fuerte se lo llevó arrastrando fuera de mi vista.

El aire se intensificó inflando mi pelo hacia el cielo, sus puntas culminaron caminitos de espuma coronándome con una nueva burbuja, más cercana, más compacta. Todo lo que quedó dentro, por cierto, se ve mucho mejor.

 

Catalina Kühne Peimbert

Propia y estrecha

Hay días que te obligan, días en que no puedes evitar con ninguna de las trampas de costumbre legales o ilegales, conscientes o inconscientes; no puedes evitar, la caminata para dentro y no puedes impedir que el paisaje te parezca desagradable, angustiante, decepcionante.

Días en que pasas de largo sin echarle ganas al pozo sin fondo, en donde ya las ganas  se han perdido varias veces, mezcladas con sueños, con esperanzas de mejores versiones de una misma.

Porque hay días, que como todos los días te subes al caballo, pero puedes ver bien clarito a través de la polvareda que resulta que no eres tan valiente, tan correcta, tan justa, tan comprometida, tan relajada, tan buena, tan digna, tan responsable como parecías, esperabas, debías, prometías.

No son días agradables, claro.

Y lo que provoca son ganas de salir corriendo, de tirar la toalla, poner pausa, gritar corte, acomodar de una manera distinta todo.

Y no se puede.

Porque son días en que ni siquiera refugiándote en el sueño logras salir de la camisa de once varas que solita has decidido ponerte para salir a pasear.

Días calurosos en los que se te quema la cabeza,  te arden las orejas y el corazón suda abochornado.

No hay mucho que hacer, sólo respirar hondo y esperar a que pase, que pasará. Tampoco hay tanto que escribir, aquí valga una disculpa.

Pero hay días en que al hacer el recorrido, resultas propia y estrecha.

 

Catalina Kühne Peimbert

ATEA GRACIAS A DIOS

No me arrepiento de haberlo dejado. Me gustaría decir que tampoco de haber andado con él, por toda esa basura de autoayuda que dice que no hay realmente errores en la vida, que de todo se aprende algo, que renegar de los propios hechos, decisiones, parejas, es como escupir para arriba. Pero lo que me pasaba era justo eso, todo el tiempo sentía el gargajo de Damocles pendiendo sobre mi cabeza. Mi tranquilidad se fue para el cielo. Nunca pensé que la cosa fuera a tomar ese color.

Al principio me parecía adorable que supiera todos y cada uno de mis movimientos, que estuviera al pendiente de mis amigos, mis lugares favoritos y se me apareciera con el menor pretexto solo para saludar o darme un regalito.

El sexo era espectacular, sabía exactamente lo que yo quería sin preguntar, terminaba gritando su nombre en el mejor de los orgasmos.

Pero algo cambió, o el amor se fue desgastando como a menudo sucede. De pronto empezó a tener problemas, en su trabajo, con su hijo, sus adeptos y se volvió insoportable, no se aguantaba ni él.

De un día para otro se volvió un adicto al trabajo, sentía que no se daba abasto y le dio por querer estar en todas partes al mismo tiempo. No me dejaba dormir nada, porque se levantaba al alba dizque para ayudar a los madrugadores y tenía la casa hecha un asco, porque entre sus nuevas manías se le ocurrió criar animales para que se juntaran.

Intenté hablar y no me oyó, todos a su alrededor debíamos hacer su sacrosanta voluntad.

Pronto me vi queriendo recuperar mi espacio, mi tiempo, mi libre albedrío. Cuando se lo dije, se puso como loco, primero lloró, después me echó todas las maldiciones que pudo. Escapé mientras echaba rayos y truenos por la boca, lo último que le oí decir es que si quería, podía ser vengativo e implacable. Que si lo fue.

Con sus habilidades de acosador logró meterme el pie en todos los aspectos de mi vida. Donde yo veía una rendija abierta, él se dedicaba a cerrarme todas las puertas. Me atacó con furia, a un desastre le seguía otro. No había pensado en los problemas que implicaba ser la ex de alguien tan poderoso.

No encontraba la salida. Hubo un momento que me sentía totalmente sofocada, casi a punto de la asfixia, pero ciertamente no fue capaz de ahorcarme. Dejé de temerle, de hecho en cuanto dejé de creer en él, se esfumaron todos mis problemas.

 

 

Catalina Kühne Peimbert

EL SEÑOR ECLIPSE

Como me encanta estar al día en todos los acontecimientos significativos de las redes sociales y del universo mismo, me informé muy bien acerca del fenómeno astronómico de ayer lunes.

Muy aliviada leí que el eclipse no tenía ningún efecto en el comportamiento humano, pero sí en el de los animales. Sin embargo,  juro, todo el día sentí como si una fuerza superior estuviera jugando conmigo, como si fuera una especie de marioneta cósmica.

Me alisté para el ejercicio matutino como toda una profesional, con buen ánimo, como cuando te propones volver a empezar la semana, pero también el año, que digo el año, la vida misma. Con toda la intención de “dejar atrás conductas, situaciones y personas alineadas con el viejo yo”, así idéntico a como lo sugirió la página de tremenda astróloga de las estrellas, del cielo y la pantalla. El truco consiste en creer que somos capaces de todo. Todo depende de la actitud.  ¿O no?

Tanto era mi entusiasmo que me tropecé apenas avanzados unos metros y caí en un charco “de hocico” como diría el clásico. No tenía de otra más que volver sobre mis pasos, en esas andaba cuando me percaté de que el regreso no era una posibilidad real.  Olvidé en la mesa del comedor las llaves de mi casa. Fue así que me quedé encerrada afuera. Empapada y sentada en una paradoja que me iba a hacer llegar tarde al trabajo. Sin cartera, sin llaves y sin desayunar. Un poema de carencias de la vida moderna.

Pero cuando se cierra una puerta, siempre se abre una ventana. No, no es que me haya colado como un ladrón en mi propia casa. Sino que recordé que el vecino guapetón de la otra esquina, tenía un duplicado de mis llaves por si había alguna emergencia. Emergencia teníamos. ¡Al ataque! Esto del eclipse se estaba poniendo interesante. Nada más se me olvidó que no me había bañado y el lodo que adornaba mi persona tenía un sospechoso aroma a alcantarilla. Fallé de nuevo.

Después de permanecer casi media hora colgada del timbre. ¿Qué más podría haber hecho? Me abrió con cara de pocos amigos, también sin bañarse, también recién despertada, pero hermosa como las primeras flores de la primavera, la novia del susodicho que en ese preciso momento tenía el gusto de conocer.

Ella no estaba tan gustosa, pero tuvo la delicadeza de darme mis llaves sin humillarme demasiado y por supuesto sin que tuviera oportunidad de ver ni rastro del vecino.

Logré entrar a mi casa, pero el viacrucis no se detuvo. El perro, literal, se comió mi tarea, se acabó el gas y tuve que bañarme con agua fría, como me quedé en casa más de lo normal, me encontraron del banco que me persigue por deudas del siglo pasado.

En fin que por suerte a eso de las doce del día, empecé a oír que los grillos cantaban, el cielo se oscureció y una pesada somnolencia se apoderaba de mí, así que hice lo que el cuerpo dictaba, me puse de nuevo el pijama y me metí en la cama. El perro se echó a mis pies rendido naturalmente afectado por el señor eclipse. Por un momento me sentí culpable, pero me tranquilicé al recordar que yo siempre he sido medio animal y es esa parte la que siempre hace que los problemas caigan desparramados hacia mi persona cual lluvia de estrellas. Eclipse o no.

Lo bueno que hoy anocheció dos veces y mañana, como siempre, aunque por partida doble, será otro día.

 

Catalina Kühne Peimbert

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Agitada, pero no revuelta.

Me tomé el Martini de un trago para poder comerme la aceituna rápido, pero sin contradecir las más elementales reglas de etiqueta.

No tenía ganas de tener paciencia, lo que resultó una pésima idea porque me quedé sola frente a una copa vacía mucho más tiempo del necesario. Podía pedir otro, claro, pero pensé que estar sola frente a dos copas vacías y medio borracha, no era la opción, así que ordené un vaso de agua equivocándome una vez más, porque para qué vas a estar sentada en un bar sin hacer lo único para lo que está diseñado, tomar. No agua. La ebriedad hubiera combinado perfectamente.

Volví a cambiar de opinión justo cuando el lugar empezó a llenarse ocultándome a mí y a mis pobres decisiones.

Otros se encargaron de abusar de sus bebidas con sincero entusiasmo y yo me sentí un poco perdida y defraudada. Levanté la mano para llamar nuevamente al mesero que no parecía percatarse en lo más mínimo de mi existencia.

Fue entonces que el tiempo como siempre, hizo lo que quiso y para mi sorpresa, transformó la media hora que permanecí en aquel banquito alto e incómodo en un par de décadas.

Cuando por fin se dignaron a hacerme caso, me di cuenta de que mis manos estaban llenas de manchas y mi cutis arrugado. No podía escuchar al mesero que prácticamente me gritaba al oído y, sin embargo, el lugar me resultó ruidoso y molestísimo.

Para colmo se me habían entumido las piernas y tuvieron que llevarme casi en andas hasta una butaca porque me negué rotundamente a irme sin mi trago.

– ¿Qué no le da vergüenza estar haciendo esos desfiguros a su edad?

Ante mis cada vez más airadas reclamaciones me miraban como si estuviera loca, como si no se hubieran tardado años en atenderme, pero no, ya no era la mujercilla pusilánime que se dejaba mangonear, que había entrado al caer la tarde. ¡De ninguna manera!

Las canas que me habían sacado en ese mismo lugar me daban el derecho de por una vez en mi vida hacer mi sacrosanta voluntad. Así que no cejé hasta que me trajeron un segundo Martini, aunque esta vez no me importó comerme la aceituna primero.

 

Catalina Kühne Peimbert