La fila

Para mi tío Manuel, con toda admiración.

A pesar de ser domingo, me levanté temprano. Hasta entusiasmada. Por primera vez en mi vida me iba a tocar opinar. Aunque fuera sólo marcando un tache en una papeleta. Un tache negro, sí, pero el equivalente a estar en clase y levantar la mano para decir que sí o no, para contar entre los que están de acuerdo, o los que no, los que siempre pierden.
No importa, por lo menos, por una vez, alguien me va a preguntar lo que opino y el mío será uno de todos los taches que se junten para tener una postura.
Me bañé y me preparé un café, quería estar presentable y despierta, pensé que como era temprano y estaba decidida todo sería muy rápido y tendría tiempo después para desayunar copiosamente y ver a la demás gente pasar con la tranquilidad de quien ya cumplió su deber, pero apenas salir de mi casa empezaron a presentarse los obstáculos.
En la puerta me encontré con unas amigas que no le daban ninguna importancia a mis planes y me invitaban a pasar el día comiendo quesadillas y tomando tequilas en una trajinera en Xochimilco. Total, ya me había bañado. ¿Por qué diablos iba a querer desperdiciar una hermosa mañana de domingo en decir sí o no a gente que en realidad nunca iba a oírme? Aunque fue tentador, no lograron acabar con mi entusiasmo y rechacé la oferta, prometiendo que pronto las alcanzaría.
Apenas di una docena de pasos y me encontré con que la fila daba dos vueltas a la cuadra y se movía muy lentamente. ¿Qué más daba? Era domingo, desayuno o no, no tenía tanto qué hacer.
Después de un buen rato de estar de pie a pleno rayo de sol, decidí sentarme en la banqueta, me entretuve viendo una hilera de hormigas que parecía infinita desde mi perspectiva. Un punto negro sucedía al otro sin prisa y sin pausa. De pronto sin aviso alguno, alguien llegó por atrás de mí y me tapó los ojos.
—¡Hola! Adivina quién soy.
Adiviné enseguida que era mi jefe, lo cual no hizo la situación menos incómoda.
—¿Qué diablos hace aquí sentada? En vez de aprovechar su domingo haciendo cosas productivas. Esto no tiene caso.
Le di esquinazo lo más educadamente que pude y permanecí en mi lugar.
A ratos la línea avanzaba, pero muy lentamente y de pronto parecía como si alguien más se hubiera colado, porque retrocedíamos no poco, sino un par de cuadras. Un paso adelante y dos para atrás, como dice el dicho.
Pasaron muchos domingos. Lo vi todo. Tormentas, fiestas, temblores, gente que simplemente se levantaba y se iba, gente que después de un rato ya no podía levantarse.
Casi me pasa, me dolían las rodillas, me pregunté una y mil veces si no debía rendirme. Las noticias que llegaban desde el frente, no eran alentadoras. Todo lo que estaba ahí no era más que una ilusión. Igual que las hormigas, una fila que no llevaba a ningún lado.
Pero si llevaba, sólo era cuestión de esperar sesenta años. Aunque soy paciente, estoy ansiosa por ver qué sorpresas nos depara el hormiguero.

 

Catalina Kühne Peimbert

 

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Fuera de Gravedad

—Houston, tenemos un problema.

—Bueno Houston en realidad tenemos como seis problemas, pero con que me digan en dónde guardaron el helado deshidratado será suficiente.

Agucé el oído en espera de respuesta. Asentí satisfecha y abrí el compartimento de arriba a la izquierda. Bueno eso de “arriba” e “izquierda” era un decir. Todo dependía de por dónde quisieras ver las cosas. En todo caso floté hasta el compartimento y encontré el postre deseado. Me quité el casco y empecé a saborear el helado que se iba convirtiendo de galleta seca en cremosa sorpresa.

Respiré tranquila, los últimos días habían estado llenos de emociones fuertes. La misión por poco se cancela por culpa de un castigo de última hora, el Apollo 18 casi se incendia en el despegue y estuve a punto de vomitar todo el día, pero cuando salí de órbita, cuando pude ver la tierra desde la ventana como solo lo había hecho en fotografías, me di cuenta de que todo había valido la pena.

Después de acabarme el helado me dediqué a jugar con mi cuerpo desprovisto de peso alguno. Ahora entendía por qué a esa costumbre de la Tierra de atraernos al piso se le llamaba “Ley de Gravedad”, no había nada grave en estar dando volteretas por un cuarto, era magnífico y sobre todo divertido.

Decidí salir a dar un paseo a la superficie lunar. No era la primera, así que para la humanidad no iba a ser nada, pero para mí sin duda un gran salto. Y es que la Luna me quedaba un poco lejos todavía.

Tenía miedo de no lograr mi objetivo y quedarme para siempre volando en el espacio, miré la escotilla, una, dos, tres veces y no me atreví. Pensé en pedir instrucciones a Houston, pero sabía que eran unos inútiles.

Ya me lo había dicho mi abuela: “Si quieres vencer tus miedos, debes enfrentarte a ellos.”

Lo que pasa es que soy muy miedosa. No puedo ni ver el principio de una película de terror porque tengo las peores pesadillas. Me dan miedo los aviones, los coches a altas velocidades, los insectos, los fantasmas, los perros, gatos, ratas y ratones, los payasos…

Es una lista tan larga, que da miedo tarde o temprano.

Por eso me encanta el espacio exterior, acá todo se ve tan apacible y bello, las estrellas, los planetas y sobre todo aquel gran bulto plateado que crece y crece a cada segundo, la Luna.

Cuando era más chiquita estaba segura de que la Luna me seguía a todas partes, parecía tan obvio. Si tenía miedo, tan sólo tenía que voltear al cielo y ahí estaba. No siempre perfecta y redonda, a veces apenas como una sonrisa, a veces por la mitad, otras veces casi imperceptible, pero ahí estaba. Era seguro, tenía un efecto tranquilizador.

Por eso, cuando fui un poco más grande, la idea de ir a la Luna se convirtió en mi única obsesión.

Estudié todo lo que pude de mi amado satélite. Supe que no era que me siguiera, sino que era tan grande que parecía que me seguía (lo cual para mí era prácticamente lo mismo, no me ofendió para nada).

El caso es que con esta información y otra, un poco más científica y mucha más tecnológica, unos años después construí la nave que ahora me tenía a un paso, a un salto, a un vuelo de la Luna.

Bueno, ya era hora de enfrentar mis miedos porque tarde o temprano tendría que hacerlo.

¡Qué demonios! Abrí la escotilla de un golpe y me lancé a la aventura más desafiante y maravillosa de mi vida. Me sentí como un globo de esos que sueltan los niños el día de los reyes magos. Muy inflada de la cabeza, muy henchida de orgullo y a la vez volando ligero.

Ahora era yo la que seguía a la Luna, a mi pequeña Luna, ahora yo cuidaba de ella. Cuando por fin tuve los pies sobre la superficie todos los miedos parecieron esfumarse por arte de magia. Todo era paz y tranquilidad. Mantuve los ojos cerrados, aun cuando escuchaba a lo lejos el murmullo de todos los días.

—¡Niña! ¡Niña! ¿Por qué nunca me haces caso?

—Déjala, ya sabes que esa muchacha siempre está en la Luna.

Catalina Kühne Peimbert

Diván

Intenté dejar de ir a terapia, lo intenté por las buenas, pero mi psicóloga se negó en redondo.

—¿Está segura? No está lista para tomar decisiones por sí misma. Piénselo bien

—Estoy lista, estoy segura, estoy tomando la decisión –dije en un arrebato inusitado de lógica y valentía. La mujer me da terror. Con esa voz tan grave, los miles de diplomas que repiten su mirada severa colgando de las paredes, su insistencia en llevar las sesiones a manera tradicional conmigo sumida en la franca inferioridad del diván y sin tener posibilidad de ver la reacción de su cara ante los insospechados vericuetos que tomaba mi cabecita loca.

Además, claro, sabe demasiado.

Ante mi intentona, me demostró, por medios bastante crueles, que en los altos círculos de su profesión se conocen como “ponerle limón a la herida” que distaba mucho de estar curada y me devolvió a mi horizontal indefensión sin posibilidad de chistar.  A pesar de que eso yo ya lo sabía. ¿Acaso alguien se cure alguna vez de sí mismo? Lo dudo.

Deberían entender que vamos a terapia cuando nos sobra un poco de dinero y nos falta regodearnos un poco en nuestra miseria, nuestros conflictos, nuestra supuesta complejidad interior, narradas en la propia voz, en primerísima persona.

Pero una se cansa, aunque la otra no. Hice lo mejor que pude y le envié un correo explicándole que no volvería, me torturaba pensar en el cuidado que pondría en analizar cada frase confirmando mi inmadurez y mi locura, así que una vez terminado, di de baja mi cuenta e intenté desaparecer.

Pero no funcionó.

Soñaba con las sesiones, la veía por todas partes. No estoy segura de si era ella, o la paranoia combinada con la miopía, pero varias veces me pareció verla a mi alrededor. En el café donde había quedado con un amigo, en la parada del camión, en la papelería. Oculta tras esa mirada condescendiente. Tal vez estaba alucinando y por más que me molestara, tendría que volver a ponerme en manos profesionales, regresar suplicando arrepentida.

Pero no fue necesario. Ayer por la mañana salí de hacer ejercicio como todos los días y como todos los días decidí meterme un rato al vapor, me recosté boca arriba con el ánimo de descansar un poco cuando entre la bruma distinguí el cuerpo borroso de otra mujer envuelta en una toalla.

—Buenos días– saludé amablemente.

—¿Está segura de que son buenos? Piénselo bien y responda.

Aquella voz era inconfundible.

 

Catalina Kühne Peimbert

INVISIBLE

Cuando era chica y me preguntaban qué súper poder me gustaría tener yo decía que, por supuesto, el de la invisibilidad. ¡Vaya imbecilidad! Tenía la impresión de que me encantaría estar en un lugar viendo qué pasaba y lo que decía la gente de mí, mientras yo no estaba.

Vaya idea tonta (y acaso hasta ahora persistente) de que una siempre es la protagonista de todas las historias, de que estarás donde sea, aunque parezca que no.

Después, agobiada por la vida moderna y el cansancio, definitivamente me incliné más por la teletransportación o, de menos, ser la mujer elástica para poder alcanzar la cerveza sin necesidad de levantarme del sillón.

Pero pasó lo de siempre, tarde y mal se te cumplen los deseos y sucede que ahora nadie me puede ver. Y no hablo de que le caiga mal a todo el mundo, aunque ahora que puedo oír algunas conversaciones está claro que no soy monedita de oro, hablo de que la invisibilidad me fue concedida.

Al pasar de los años, fui convirtiéndome en una persona reservada, seguía la corriente de cualquier cosa en la vida, para no molestar y no ser molestada. Pocas veces expresaba mi opinión y jamás en voz alta, también me cuidé de jamás vestirme de manera que llamara demasiado la atención para evitar piropos y tocamientos. Calladita me vería más bonita. O no me vería en lo absoluto, porque hace ya meses que transito por este mundo como un fantasma.

Empezó en la calle, las personas con las que me cruzaba parecían ignorarme por completo, incluso cuando les soltaba un agradable “Buenos días”, no obtenía a cambio ni siquiera un movimiento de cabeza. Estuve a punto de morir atropellada varias veces, porque aun cuando nunca atravieso la calle cuando el semáforo no me lo permite, varios listillos se han pasado el alto conmigo enfrente como si me estuvieran centrando para obtener puntos en un videojuego.

En el trabajo pasó lo mismo, no me avisaban cuando había junta, no era tomada en cuenta para los ascensos, comidas, vamos, ni siquiera me incluían en la cadena de mensajes creada específicamente para burlarse del jefe.

Pero lo más doloroso acaba de pasarme en casa, apenas el domingo mi marido se dejó caer encima de mí en el sillón de la sala. Pensé que se trataba un poco de amor apache y mi idea era continuar con lo que fuera que hubiera empezado juguetonamente, pero cuando lo intenté, hundió todo el peso de su cuerpo sobre mi costado para acomodarse mejor, encendió la televisión y se puso a ver un partido de fútbol. Perdí por default.

 

Catalina Kühne Peimbert

 

Una chela y un cuento

Para Javi

¡Javi Birthday!

A veces la vida no es como quiero y a veces, eso me molesta más de lo que quisiera. Sobre todo, cuando los tropezones son más frecuentes y se unen para volverse una “mala racha”.  Me pongo insoportable y no quiero ver a nadie y mucho menos, ser vista. Así me pasó la vez que decidí ir a casa de mi mejor amigo a enterrar la cabeza como un avestruz, su casa tiene jardín, en la mía tendría que usar un taladro y no conseguiría el efecto tranquilizador del pasto natural y la tierra mojada.

Mi amigo fue comprensivo y por un rato me dejó estar, tenía otras cosas que hacer y entendía de lejos el sentimiento. Pero pasaron los días, los perros escarbaban con recelo alrededor mío y bueno, se acercaba la temporada de lluvias. Había que sacarme de ahí más temprano que tarde.

De entre sus trebejos sacó unos planos que habíamos hecho hace mucho y yo había olvidado por completo. Los planos para construir un porche en dónde un buen día nos sentaríamos a platicar de cualquier cosa con total tranquilidad.

—Yo creo que ya va siendo hora de poner manos a la obra, ¿eh?

Yo me hice la desentendida, desde el hoyo podía oírlo cargando materiales, serruchando tablas, midiendo cosas.

Después de unos días no pude evitar asomar un poco la cabeza y felicitarlo por como estaba quedando. Él no parecía estar tan convencido. Se quedaba viéndolo, daba unos pasos hacia atrás y meneaba la cabeza.

—¿En serio? No, como que le falta algo. ¿No crees?

Y sí, iba muy bien, pero yo quería opinar al respecto, después de todo era nuestro porche. Así que, si me incorporaba un poco y, me sentaba junto a mi hoyo, no habría problema. Además, ya me estaba doliendo un poco la espalda.

Al chico rato ya le estaba pasando los clavos y escogiendo colores de pintura. A partir de ese momento avanzamos rapidísimo, los planos que habíamos imaginado por tanto tiempo, por fin se hacían un lugar de tres dimensiones, una promesa de comodidad.

Llegó el día en que terminamos la primera mano de pintura y colocamos un par sillas. Era momento para volver mi cabeza al hoyo de la tierra.

Mi amigo, exhausto, se dejó caer en la silla.

—Ven, siéntate aquí y tráete una chela. Es lo mínimo que me merezco después de tanto trabajo, ¿no?

Una chela y un cuento.

Aunque él lo cuenta distinto.

Dice que llevamos años platicando de cualquier cosa tranquilamente.  Que el mundo es nuestro porche.

 

Catalina Kühne Peimbert

Examen de la vista

No me molesta usar lentes. Por un lado, el más evidente, aprecio que gracias a ellos puedo andar por la vida distinguiendo los contornos y apariencia de las cosas; y por otro, a diferencia de cuando era niña, ahora son bien vistas las personas con lentes, más bien las personas “inteligentes”. Perdón por divagar tanto, pero ese es en realidad del estereotipo originario y que aún se mantiene: que las personas que usan anteojos son inteligentes y de unos años para acá, resulta que ser inteligente es bueno, apreciado y hasta simpáticamente adorable. La cantidad de soberanos pendejos que usan gafas ya sale de mi jurisdicción.

El caso, pues, es que ya no me importuna ser cuatro ojos, hice paz con ese defecto genético.

Lo que no soporto es ir al oculista a que me chequen la graduación, siento que me obligan a hacer un examen que es obvio que voy a reprobar. Y recuérdese que soy la de lentes del salón que siempre se sienta hasta adelante: ¡No me gusta reprobar!

Aunque lo odie, a veces tengo que ir a checar como ha aumentado mi incapacidad visual, a pesar de que ya hay algunas máquinas que dan una graduación bastante aproximada automáticamente, han de hacerte pasar por la humillación.

Al principio todo va bien, pero siempre que nos vamos acercando a la cuarta línea la

A             Y              Ñ             K              Z

empiezan a parecerse más a arañitas patonas y engañosas y yo, con una gota de sudor en la frente pegada al aparato, escupo una letra cualquiera como quien tira los dados:

—¿Erre?

El malvado optometrista, sonríe de medio lado, lo sé, aunque no pueda verlo:

—¿Segura?

Dócilmente digo que no, que la verdad no distingo bien, aunque en mi mente la respuesta es menos amable.

—¡Claro que no! A eso vine, carajo.

Estoy previamente enojada cuando pasamos al ojo izquierdo, si ya me sé la fatídica línea de memoria, voy a recitarla como merólico y me va a dar igual tener mal la prescripción.  Tampoco voy a pasar por tonta, por quincuagésima vez: ¡Uso lentes!

Pero en esta ocasión las arañas que se me presentan en la iluminada pantalla circula, no tienen la misma estructura, son más, están más juntitas, entonces comprendo con emoción: ¡Tienen un significado!

Me esfuerzo en indicarle perfectamente al técnico cuál de los lentes está mejor, el uno o el dos, y por fin descifro la frase que tengo frente a las narices:

“No hay peor ciego que el que no quiere ver.”

 

Catalina Kühne Peimbert

DESCANSO ETERNO

Me pasa que de vez en cuando ya no aguanto más y me urge desconectarme de todo. Tengo necesidad de una pausa. Tengo el entusiasmo en los talones y lo voy arrastrando por el piso sucio.

Antes de que se llame a los servicios de asistencia psicosocial, aclaro, no se trata de depresión, es una sensación de vacío, sí, pero mucho más cercana al aburrimiento. Un poco como cuando estás viendo algo en la televisión y no sólo adivinas quién es el asesino de la historia, sino cada puto diálogo con todo y onomatopeyas.

Es más fastidioso en la vida real. Te da por completar las frases de tu interlocutor o poner la mente en blanco, pero de veras en blanco y abstraerte de todo el asunto, como si tuvieras puestos unos audífonos que cancelan el ruido. Eso o corres el riesgo de bostezar e irte antes de tiempo, lo cual muy raramente cae bien.

Es entonces que prefiero ni siquiera estar por un rato y hago lo posible por tomarme unas vacaciones.

Muchas veces después de desaparecer por unos días, llego a tener la ilusión de que ni los colores, ni los chistes están tan deslavados como pensaba cuando me fui.

El destino que escojo es directamente proporcional a mi hartazgo, cada vez necesito una dosis más fuerte, más tiempo, más lejos. He llegado lejísimos. La última vez, tal vez demasiado.

Un día en que estaba especialmente intolerante y mal influenciada por la mercadotecnia se me ocurrió comprarme lo más caro que me ofrecieron la agencia de viajes. “Lo último que parece lo último: Paquete Descanso Eterno, el alivio de toda una vida”.

Y sí, es exactamente lo que están pensando. Una simulación de la mismísima muerte. Por obvias razones desconfié un poco, pero me enseñaron estudios súper serios, testimonios e incluso a un par de clientes a su regreso, que habían aceptado por un buen descuento, la presencia de testigos en su muy particular aduana. Y la verdad es que nunca había visto a nadie, tan contento y refrescado, volver de ninguna parte. Así que me animé.

Pero algo salió mal, parece que se les pasó la mano, porque resulta que ya no voy a poder regresar. Y no sé qué hacer, no quiero desilusionarlos, pero esto es muchísimo más aburrido.

Catalina Kûhne Peimbert

Las otras yo

Nada más práctico para la mujer moderna que el desdoblamiento de personalidad. ¿No es verdad acaso que sentimos que tenemos que partirnos en cuatro mil para alcanzar eficientemente los objetivos que nos impone el mundo heteropatriarcal?

Pues yo lo logré, cual Doctora Jekyll versión millenial, me dio por jugar a Diosa creadora y en vez de multiplicar el pan y los peces, me multipliqué a mí misma. Y no hablo de mi gran eficiencia y capacidades de guerrera luchona, no, me multipliqué literalmente.

No quisiera ponerme técnica, así que piénsenlo como un proceso de clonación, solo que diferenciado de acuerdo a las aptitudes necesarias para cada tarea.

Todo surgió por un problema que tuve en el banco y que me exigía dedicar la mitad de mi vida a pelearme con ejecutivos de cuenta que no se daban cuenta de nada y hacer filas interminables con los consecuentes corajes y ¡ay de mí! dónde se me pasara un plazo, se me olvidara una fotocopia o pusiera un poquito de mala cara ante el maltrato y la injusticia. Todo se volvía peor y aún más lento.

Fue entonces que decidí, en vez de ser, hacer una mejor versión de mí misma. Una mujer disciplinada, con el pensamiento estructurado y una paciencia de santo. Al mal tiempo buena cara y piernas de maratonista. El trámite burocrático es una carrera de fondo.

Como era una yo tan disciplinada, rara vez daba lata, se cuidaba de permanecer escondida de los demás y de no cruzarse mucho conmigo, porque, en primer lugar, se habría descubierto el engaño y en segundo, la verdad es que si es un poco raro verte como otra persona de carne y hueso. Los gemelos sabrán bien de lo que hablo.

El problema fue que la primera otra yo funcionaba tan bien, que no me pude resistir a repetir el experimento para cubrir el abanico de mis actividades más odiadas o difíciles.

Por ejemplo, una para decirle a mi jefe que tiene razón en todo y cuya máxima ilusión sea estar sentada en la oficina sin hacer nada, muy al pendiente por si cerca de las once de la noche, la llama de urgencia en busca de un poquito de la autoestima que no le han dado sus cinco posgrados.

O la “yo enfermera”, esa que va cuidando a todo el que se siente un poquito mal entre familiares y amigos, sin quejarse, ni dormir, ni comer más que lo necesario.

Y así me engolosiné con las dobles utilitarias y ya no sé qué hacer con ellas. Temo decir que cada una a su estilo ha sacado lo peor de mí, pero también lo mejor. Me siento vacía, deprimida y no hay dinero que alcance con semejante batallón. Incapaz de recurrir al asesinato/suicidio me despido por destierro indefinido, así que, si me ven y no les saludo, no se ofendan. Yo no fui.

Catalina Kühne Peimbert

Quijotas somos y en el camino andamos

Para Choche, Mar, Erika, Daniela, Pany, Rosy, Val, Caro, Claudia y Libertad.

 

Siempre había tenido la tentación, como todo el mundo supongo, pero ni en sueños se me había pasado por la cabeza que me ordenarían ser una súper heroína. Vaya legitimidad para defender las causas justas y combatir a los malos.

Me esperaba un futuro excelente, divertido y lleno de significado. Un futuro con causa.

Pero claro, en la descripción del puesto no advierten que tienes que correr varias veces alrededor de la Tierra a una velocidad imposible para hacerte merecedora del uniforme reglamentario y que, una vez que lo tienes, no es exactamente de tu talla. Es incómodo tratar de salvar a la humanidad con las botas apretadas o si te tropiezas a cada segundo con la capa.

En ocasiones debes recurrir a la invisibilidad para no molestar, aunque eso no quiera decir que aun siendo transparente, no te las arregles para pisar los callos equivocados.

Como a todas las paladinas de la justicia llega también el momento en que gracias a variaciones kriptoniticas y hábiles trampas que te pone el enemigo, combinadas, con –he de admitirlo–, una absurda vanidad, se pierde de vista el objetivo.

De tanto volar, te crees que algunas cosas son más pequeñas o menos importantes de lo que realmente son. O al revés.

Es cuando el público exclama:

¿Es que todo se ha perdido? ¿Podrá nuestra heroína salir de este tremendo predicamento?

Yo no sé decirlo, sólo estaba cumpliendo órdenes, lo que sí sé es que las películas de súper héroes siempre tiene secuelas y en las secuelas siempre aparecen los súper amigos… y amigas.

Así que tarde o temprano esta historia CONTINUARÁ…

Catalina Kühne Peimbert

Historia de un paraguas

Hay cuentos que se parecen a otros cuentos, personajes que brincan de una historia a otra como los lobos, las brujas, las abuelitas y una que otra princesa que se queda dormida durante toda la historia o no duerme por un simple e infeliz chicharito, el guisante, no el futbolista.

Es por eso que pido un poco de indulgencia para el protagonista de esta historia que es un paraguas de color rojo.

Evoco alguna memoria visual en que sobresalía de todos los demás paraguas en una ciudad gris para encontrar el amor. ¿O era amarillo? No sé, en todo caso piensen en este como en otro capítulo de su vida.

Como todos tuvo sus momentos de gloria. Salió de la tienda, reluciente, hermoso y gran protector. De la lluvia, del sol, hasta de algunas señoras abusivas del metro. Funcionó como espada y bastón, provocó elogios entre la concurrencia. Pero su fortuna terminó y no porque lo perdieran como le ha pasado a tantos de sus compañeros olvidados en salas de espera, restaurantes, oficinas de gobierno, bancas del parque o casas ajenas. No, le pasó tal vez lo más terrible.

Un día sintió como empezaba a ceder el segurito que lo mantenía cerrado, hasta que se rompió y de pronto dio un salto del perchero y se abrió al llegar al piso, repentino y escandaloso como el hipo de un borracho.

En ese momento corrí desesperada inmediatamente a levantarlo, pero cuando traté de cerrarlo me di cuenta del terrible desperfecto. Ya poca gente se fija en ese tipo de cosas, pero por desgracia lo había comprado yo, una mujer supersticiosa que de ninguna manera consentiría tener un paraguas abierto bajo techo. Mala, malísima suerte.

No dudé un minuto en ponerlo de patitas en la calle. Así abierto, expuesto al vaivén del viento, no tuvo de otra que echarse a volar.

Fue irónico, pero se sintió más poderoso en el abandono. Se convirtió en globo aerostático, pájaro exótico, cometa de papel y de polvo de estrellas, nube con pretensiones nocturnas de súper luna.

Justo cuando estaba en el paroxismo de su ego, con las alas extendidas en la punta la montaña más alta, se desató la tormenta y un rayo certero lo convirtió precisamente en los pedazos de la propia lluvia para la que estaba planeado que se defendiera.

Algunas gotas rojas cayeron sobre mi nuevo paraguas negro, dándole un poco de contraste.

 

Catalina Kühne Peimbert