Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

***

Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

***

La vida, por ratos, te come los sueños.

***

Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

***

Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

***

Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

***

A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

***

Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

***

Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

***

Tranvía somos todos.

***

A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Agitada, pero no revuelta.

Me tomé el Martini de un trago para poder comerme la aceituna rápido, pero sin contradecir las más elementales reglas de etiqueta.

No tenía ganas de tener paciencia, lo que resultó una pésima idea porque me quedé sola frente a una copa vacía mucho más tiempo del necesario. Podía pedir otro, claro, pero pensé que estar sola frente a dos copas vacías y medio borracha, no era la opción, así que ordené un vaso de agua equivocándome una vez más, porque para qué vas a estar sentada en un bar sin hacer lo único para lo que está diseñado, tomar. No agua. La ebriedad hubiera combinado perfectamente.

Volví a cambiar de opinión justo cuando el lugar empezó a llenarse ocultándome a mí y a mis pobres decisiones.

Otros se encargaron de abusar de sus bebidas con sincero entusiasmo y yo me sentí un poco perdida y defraudada. Levanté la mano para llamar nuevamente al mesero que no parecía percatarse en lo más mínimo de mi existencia.

Fue entonces que el tiempo como siempre, hizo lo que quiso y para mi sorpresa, transformó la media hora que permanecí en aquel banquito alto e incómodo en un par de décadas.

Cuando por fin se dignaron a hacerme caso, me di cuenta de que mis manos estaban llenas de manchas y mi cutis arrugado. No podía escuchar al mesero que prácticamente me gritaba al oído y, sin embargo, el lugar me resultó ruidoso y molestísimo.

Para colmo se me habían entumido las piernas y tuvieron que llevarme casi en andas hasta una butaca porque me negué rotundamente a irme sin mi trago.

– ¿Qué no le da vergüenza estar haciendo esos desfiguros a su edad?

Ante mis cada vez más airadas reclamaciones me miraban como si estuviera loca, como si no se hubieran tardado años en atenderme, pero no, ya no era la mujercilla pusilánime que se dejaba mangonear, que había entrado al caer la tarde. ¡De ninguna manera!

Las canas que me habían sacado en ese mismo lugar me daban el derecho de por una vez en mi vida hacer mi sacrosanta voluntad. Así que no cejé hasta que me trajeron un segundo Martini, aunque esta vez no me importó comerme la aceituna primero.

 

Catalina Kühne Peimbert

Tiempo Perdido

Me pasó su teléfono mi mejor amiga, pero me advirtió:

—Tú le marcas y le dices que te lo recomendó el Doctor Salvatierra y no olvides referirte a él como “licenciado”

—¿Es en serio?

—No te vas a arrepentir.

Seguí las instrucciones aunque me parecieran un poquito ridículas. Por suerte el licenciado resultó ser muy amable y me citó esa misma tarde usando la frase que más deseaba escuchar.

—Lo último que necesitamos es perder el tiempo.

Lo último.

El mismo me abrió la puerta de su oficina, que también era su casa y me condujo hasta ella después de bordear un mar de juguetes de todo tipo desperdigados en el piso.

—Veo que tiene niños pequeños.

—No, vivo solo desde hace mucho.

Seguí caminando con la idea de no volver a abrir mi gran boca hasta entender más a quien me estaba enfrentando.

El despacho, estaba decorado sobria y elegantemente, maderas finas en escritorio y libreros poblados de buenos volúmenes, cuadros de arte abstracto, todo más acorde con la edad que representaba, unos cincuenta años, que podrían parecer menos si no hubiera sido por la barriga y las canas. De todas formas era un tipo agradable, hasta guapetón.

Me invitó a sentarme, en una mesita de al lado había una tetera humeante y una cesta de pan dulce.

Tomé una taza y una magdalena de la canastita, principalmente para seguir con mi plan de permanecer callada hasta que se explicara, pero el té estaba soberbio y no pude evitar decírselo.

—Esto está delicioso.

Sonrió complacido.

—Lo sé y lo malo es que va a terminarse y usted se va a quedar queriendo más.

El comentario me cortó un poco, tuve la sensación de que me había excedido suponiendo que el té era para mí y que tal vez me estaba terminando la última taza, no de esa oficina, del mundo.

—Perdón, yo…

Ni siquiera me volteó a ver cuando ya estaba de pie echando un discurso:

—No solo va a querer más, sino que va a querer repetir la impresión exacta que le produjo ese primer sorbo. Ese es exactamente nuestro problema. Somos unos nostálgicos empedernidos. Pero yo he encontrado la solución y puedo vendérsela por un precio bastante razonable.

Pensé con auténtica codicia en la época en qué me emocionaban los regalos de navidad, o cuando un novio y yo no podíamos quitarnos las manos de encima ni un segundo, el primer orgasmo, el final de un libro que me movió hasta las lágrimas. Más aún. ¿Qué tal de lo que ni siquiera recordaba la primera vez? Como los sabores, los colores, el mar…

Sería perfecto, no importaba el precio, pagaría lo que fuera. Ya estaba sacando la cartera cuando volteé de nuevo hacia el pasillo y la imagen del licenciado de rodillas jugando a los cochecitos chocones me devolvió la cordura.

Le di las gracias y me despedí no sin antes devorarme la magdalena de un bocado.

 

Catalina Kühne Peimbert

CASI FELIZ

Desde acá todo se ve más claro. Desde acá se ve la salida. Por ahí entré. Por la salida, decidida. Hice muchas cosas al revés. Llegué cuando todos se fueron, al final. Y ahora, en vez de bajar, permanezco arriba.

Aunque la verdad es que estando aquí, el arriba y el abajo pierden el sentido por completo.

Estoy tranquila, casi feliz.

Y pensar en el miedo que me daba, manos temblorosas, mirada itinerante, piel de gallina, no pensaba hacerlo nunca. Era una promesa. Olvidé mis preocupaciones por mucho tiempo. Cada vez que pasaba por la feria miraba hacia el cielo y respiraba tranquila.

Pero los años fueron empolvando la promesa, la oxidaron y le quitaron el brillo, hasta que lo único que quedó fueron sus cualidades de pretexto.

Un pretexto muy versátil por cierto, no lo creerían. Así son los pretextos nacidos y alimentados de miedo. El miedo engorda al pretexto y el pretexto al miedo, como si fuera una de esas serpientes que se comen su propia cola por toda la eternidad. Cada día más grande, cada día más gorda.

Primero fue la negativa a subir y poco a poco la negativa a todo lo demás.

Siempre dejé todo para otro momento. Seguro habría alguno más apropiado, seguro si esperaba un poquito más nunca me pasaría nada.

La vida me pasó de largo y se volvió plana.

Lo que sí sucedió fue que cada célula de mi cuerpo tenía miedo. Miedo a atreverse, a romper las promesas, a que nadie subiera con ellas, a dejar de tener miedo.

La promesa era mi barrera.

Me oculté tras ella de forma que nadie pudiera ver demasiado de mí. Ni siquiera yo misma. No la pasaba bien, no la pasaba mal. O no lo sé, no lo sabía.

Hasta hoy. Estaba dormida y desperté. Me despertó el ruido de las cancioncillas irreales e infantiles de la feria. Me despertaron sus chirridos mecánicos y las risas de los niños y los pregones del altavoz.

—¡Últimos días! ¡No se lo puede perder!

Recuerdo que me soñé viendo hacia la rueda que subía y bajaba, mientras todos sus ocupantes se reían de mí. Yo trataba de correr a su encuentro, pero estaba pegada al piso como una estatua a su pedestal. Trataba de gritar, de reclamar, pero mi boca no emitía sonido alguno. Trataba de llorar y lloraba. Me desperté llorando. Estaba dormida.

La música me tranquilizó, me dejó en una especie de duermevela, pero me levanté. Llegué hasta acá sonámbula.

Esperé en casa hasta que bajó el barullo. Me abrigué y tomé algo de dinero de la cartera. No cargué con nada más, preferí caminar.

Pude sentir las miradas de la gente sobre los hombros, aunque no me conocían sabían perfectamente que todo había cambiado.

El muchacho que la controlaba me advirtió:

—Estamos a punto de cerrar.

—No importa, sólo quiero dar una vuelta.

—Pero es que sería usted la única en subir. ¿No le importa hacerlo sola?

Le extendí un billete que cubría tres vueltas con la rueda llena.

—Si a usted no le importa, no.

Por supuesto que no le importó. Me ayudó a subir al asiento y aseguró la oxidada barra metálica a la altura de mi pecho.

—¿La quiere con luz y música?

—Por favor.

Un escalofrío me llegó con una ráfaga de aire.

—No tenga miedo.

—Si tengo, pero no importa.

Me sonrió y arrancó el juego. Conseguí dar dos vueltas en éxtasis absoluto. El importante viaje duró un instante. Después se oyó un crujido, se fundió la luz, cesó la música y la rueda de la fortuna se detuvo conmigo en el cenit.

El muchacho me hace gestos desde abajo para tranquilizarme.

Estoy tranquila, tengo el pretexto perfecto para no volver a hacer una promesa.

 

Catalina Kühne Peimbert

Cosa de nada

Estoy segura de que las cosas no importan. A veces son bonitas, incluso impresionantes, pero sólo son cosas. El problema es el significado. Porque una lámpara puede ser la amistad de dos ancianos; una casa de muñecas, la ilusión de una niña que cree que por una vez, todo va a estar bien; una pluma, la realización profesional de un joven de porvenir; un cuadro, el inicio de una vida en pareja. Y todo eso puede romperse, quemarse, perderse y finalmente, acabarse para siempre.

Debe ser por eso que cuando una está triste dice que se le rompió el corazón. A mí me pasó. Creía que lo tenía muy bien guardado y asegurado con muchos candados inexpugnables, pero un día se me ocurrió sacarlo de su caja, me descuidé y al suelo, todavía servible, pero roto.

El fenómeno que se presentó a continuación me dejó en medio de la oscuridad para ver lo que las fisuras habían dejado salir.

Sentimientos bastante podridos a fuerza del encierro. Algún chispazo de ira, de esa de verdad.  Y otra yo.

No estoy segura si es una que dejé atrás hace muchos años o algo distinto. O más bien si lo que pasó fue que siempre había estado ahí escondida, esperando a que la matrushka que la contenía se abriera para salir o simplemente esto fue el producto natural de tan estrepitosa caída.

Pero ahí está esa otra entidad y se está apoderando de todo. Como apenas la conozco, me sorprende reaccionado de maneras que nunca hubiera pensado y me hace sentir insegura, como cuando estás estrenando unos zapatos muy lindos, pero que te aprietan.

Quiero pensar más, pero la otra va y hace cosas. Cosas inexplicables. Saluda a todos por la calle. Tiene las emociones a flor de piel. Puede estar muy feliz, muy enojada, convencida de que todo se arreglará y de que está destinada al fracaso. Todo en cuestión de minutos.

Estoy cansada, me gusta el sillón nuevo que la otra compró. Es cómodo, yo nunca me hubiera atrevido. Tiene unas aplicaciones en dorado que no son lo mío. Pero es tan cómodo. Mientras la otra, yo misma, sigue trajinando, busca cosas. Tira cosas. Le dio por deshacerse de ellas. Juntó muchas cajas y las llenó con la parte de la vida que no le decía nada, todas las que yo había significado. Viéndolo bien esto era un exterminio. Tal vez auto infligido, pero exterminio al fin y al cabo. El suicidio de la historia.

Y yo simplemente no estoy segura de querer dejarlo todo así de drásticamente, de querer irme, pero ella me empuja, me mete a la caja de cartón con todas las demás cosas.

Al principio no se ve nada, pero poco a poco empiezo a acostumbrarme a la oscuridad y distingo,  primero texturas, después lo demás. Soy una muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca adentro de otra muñeca. Y me van a  tirar o a regalar porque sólo soy una cosa, porque mi humanidad se fue resquebrajando o encerrando en otras muñecas que no sienten nada más que están rodeadas de cosas.

Y las cosas no son importantes.

Catalina Kühne Peimbert

Espejito, espejito

Compré un espejo nuevo en una tienda de antigüedades, grande, de cuerpo entero. Tenía un hueco en la pared y el marco me pareció precioso, ni siquiera me fijé en el estado del cristal hasta que lo instalaron en mi casa y eso después de un par de días.  Yo no me había dado cuenta, no estaba usando el espejo para lo que sirven los espejos, sino como un adorno, hasta que una mañana que iba de salida, como no queriendo la cosa, noté una iluminación distinta y volví sobre mis pasos, me puse en el centro de su visor y me dije sorprendida:

–Pero qué barbaridad, qué guapa que te estás poniendo.

Seguí mi día muy segura de mí misma, de buen humor, arrasando con todo lo que se me presentaba en el camino, hasta que fui al baño de un café y al levantar la cabeza después de lavarme las manos vi a una persona muy distinta.

Peinado descompuesto, bolsas en los ojos y hasta unos kilitos de más. Lo atribuí al cansancio, pero volví al cuarto en donde colgaba mi nuevo espejo y ahí estaba mi más excelente yo, mirándome con cínica coquetería.

El gusto que me dio volver a esa apariencia me distrajo del fenómeno por un momento, pero la situación se repitió al día siguiente y al siguiente.

Con toda la intención de realizar una comprobación científica invité a comer a mi amigo más feo para hacer el experimento.

El pobre pasó enfrente más de cuatro veces sin siquiera alzar la vista. Tan acostumbrado estaba a no gustarse. Cuando por fin dio con el rebote mejorado de su imagen, se quedó un largo rato paralizado, sin habla, disfrutando el momento. Aún después de unos minutos el efecto permanecía, por un instante pude notar en él algo que nunca antes había visto.

Si bien mirado hasta guapo estaba. Me le acerqué por la espalda para compartir la refracción.

Desde entonces compartimos también la cama y la vida.

Tenemos el espejo cubierto, reservado para ocasiones especiales, ha resultado la mejor compra que he hecho en la vida y ni siquiera es necesario estarlo jorobando con eso de que sí quien es la más bonita del reino, porque así sin trono, ni reino, tengo alguien que me comprenda.

Catalina Kühne Peimbert

Que toda la muerte es sueño

Bajé las escaleras de dos en dos, pisando fuerte, como si estuviera matando cucarachas. Si mi mamá estuviera aquí me regañaría por escandalosa.

“Las señoritas no deben caminar como si fueran elefantes.”

Y entonces claro, yo me pondría a pensar en una señorita elefanta, caminando de puntillas, vestida de bailarina de ballet y con las pestañas largas, largas y luego en que por más que le dé vueltas no recuerdo haber escuchado nunca los pasos de un paquidermo, pero eso no es necesariamente porque no hagan ruido, sino porque yo nunca he paseado con uno. ¡Ah cómo me gustaría haber crecido en África para caminar entre las manadas de elefantes todos los miércoles! O mejor los jueves que ya están más cerca del fin de semana y…

Pero tenía que dejar de divagar, necesitaba la cabeza pegada al cuerpo, sostenida por los pies, en la tierra. Y los pies haciendo todo el ruido posible para acallar el sonsonete de los últimos días.

Desde que me morí empecé a recibir instrucciones, había un ruido sordo persiguiéndome y no podía distinguir bien qué decía. Sonaba como un radio mal sintonizado a la lejanía, lograba distinguir sólo algunas palabras, que siguiera bajando y que me concentrara.

Pensé que acá en el otro mundo me iba a librar de regaños, pensé que iba a poder regresar como fantasma para jalarle las patas a los que me cayeran gordos, reencarnar en otros cuerpos, vivir otras vidas. Ser un perro o un deportista olímpico, o por lo menos estar en una nube tocando el arpa con un vestido blanco y hermosas alas. ¿A quién se le habrá ocurrido todo eso? ¿Sólo lo hicieron por inventar? Mi teoría era que no, que esos que cuentan lo que pasa es porque se murieron como yo, pero regresaron por alguna razón. Yo quería regresar, pero no porque tuviera algo que contar, no había visto nada, es que estaba aburrida y extrañaba todo, sobretodo la comida. Pero las escaleras no terminaban y de pronto se hicieron irregulares, como mi pensamiento y así como voy dando tumbos de una idea a otra, así me rodé escalera abajo, de una manera un poco más dolorosa y nada divertida.

Y ahí tienen otro mito de la muerte, nada de que se acaba el dolor, tardé bastante rato en incorporarme y estuve segura de que todos los puntos de mi cuerpo que habían tenido contacto con el piso se estaban poniendo morados a medida que pasaban los minutos.

Cuando ya estaba más recompuesta la voz se volvió mucho más nítida, al grado de que se materializó en una persona que por muy poquito no era idéntica a un ángel de los que tocaba el arpa. Muy bello o bella, nunca he sabido bien si los ángeles son hombres o mujeres, tal vez son simplemente ángeles. Yo tan chiquita y llevándome mis prejuicios a la tumba. Porque estaba claro que ahí era donde había llegado. Que como en los sueños era mi tumba, aunque no lo parecía. ¿Sería entonces pues que no era la vida, sino la muerte lo que era sueño?

Sueño me estaba dando. A lo mejor todo esto terminaba en un despertar sudoroso, pero con vida, tal vez me caí de la cama y por eso los golpes. Así es el subconsciente. Acomoda todo a su conveniencia.

Pero nada de despertar, poco a poco fui sintiendo el rigor mortis, pero en la cabeza. Mi ágil imaginación va cada vez más despacio, el cúmulo de pensamientos empieza a desaparecer y se convierte en uno solo, sencillo y plano como la línea plana del electrocardiograma de un muerto, una muerta. Yo.

Muerte cerebral.

“Las señoritas no deben platicar después de muertas.”

 

Catalina Kühne Peimbert

 

Desayuno cometas los sábados

Uno de los atractivos de escribir es que puedes tomar la realidad, hacerla un papalote y echarla a volar y ahí ir tirando de la cuerda para orientarla a donde mejor te parezca.

Así es como pretendo resolver un enigma que me lleva molestando casi un mes.

Resulta que me encanta desayunar, me atrevería a decir que el desayuno es mi comida favorita, si no fuera porque me gusta tanto comer. Pero creo que algo tiene de especial el cafecito, el pan dulce, los chilaquiles con huevo montado, enfrijoladas veracruzanas, tasajo con mole o etcétera. Sí, me gusta desayunar como diputado priista de los setenta. Pero la cocina no se me da, entonces los sábados voy a algún cafecito local a tomar mis sagrados alimentos.

Así fue como uno de esos sábados encontré en la mesa de enfrente a mi hombre ideal. Alto, guapo y leyendo un libro muy concentrado. Ante esa hermosa visión, solo se me ocurrió abrir mi propio libro y suspirar.

El siguiente sábado se me ocurrió volver un poco más arreglada, bañada por ejemplo, para no exagerar, pero verme un poco mejor. Aunque no tenía muchas esperanzas de que estuviera ahí.

Y sí estaba.

Por cerca de tres meses con todos sus sábados, excepto alguno en que de plano no pude levantarme. Nos encontramos, nos deseamos los buenos días, nos preguntamos nuestros nombres, nos sonreímos, hasta le regalé un par de mis libros y ¡nos abrazamos! y todo iba (según yo) muy bien.

Pero hace tres semanas que ni sus luces.

Por lo tanto he decidido pensar que era un asesino en serie que estaba casi listo para matarme y cuando leyó mis hermosos relatos para niños se abrió su negro corazón, decidió enmendar su vida y se fue a África de misionero.

O que era un agente secreto encubierto cuidándome de un peligro inminente que logró neutralizar y se fue al caer la tarde, con la satisfacción de la misión cumplida y el corazón roto.

O se despertó un sábado sin saber en dónde estaba, ni cómo se llamaba, sintiendo que tenía que estar en algún lugar, pero incapaz de recordar a cuál.

O algo así.

Depende que tan fuerte esté el viento.

Catalina Kühne Peimbert

 

La llorona

 

Para Abby

 

Me gusta que llueva. Más cuando estoy en un lugar abierto y puedo oler la tierra mojada. Más cuando sin darme cuenta, quedo atrapada en plena tormenta y me empapo. Así no se nota tanto que estoy llorando.

Ya hace un tiempo que el llanto me acompaña todos los días. Cualquier cosa puede desatarlo. Un niño jugando, una pareja de enamorados, un delicioso platillo, un paisaje perfecto, una canción. Las lágrimas empiezan a brotarme de los ojos sin control alguno, me resbalan por las mejillas y generalmente acabo con el llanto hasta el cuello, porque me olvidaba de enjugarlas.

He pasado por todas las etapas:

Negación.

—Esto no puede estar pasándome. Seguro que mañana ya estoy bien.

Miedo.

—Debe ser una nueva enfermedad incurable y mortal. Se me va a ir la vida por los ojos.

Y finalmente, resignación.

—Tengo los ojos limpísimos, además la gente creerá que soy muy sensible.

Ya busqué ayuda profesional, me hice estudios oftálmicos, neurológicos, psicológicos y hasta fui con un médico brujo. Pero de todos recibo la típica respuesta que una recibe cuando no saben de qué demonios se trata:

—Es una combinación de múltiples factores.

Yo misma soy incapaz de distinguir si la persistente lloradera es puramente un reflejo físico o tiene que ver con una dolencia del alma. Se desencadena en la presencia de cosas o situaciones que efectivamente tienen un referente emocional, sin embargo por la falta total de control en el inicio y fin de cada episodio, no se puede descartar una condición extraña de mi metabolismo.

El incidente más largo duró doce horas. Terminé agotada y corrí a la tienda a tomarme tres botellas de Gatorade para evitar la deshidratación.

Ya lo manejo bastante bien, excepto porque el llanto ha perdido del todo su carácter de desahogo. No me siento ni mejor, ni peor después de llorar. Si me aqueja algún gran sufrimiento, una mala noticia, un dolor insoportable, es posible que me suceda en un momento en que ya estoy llorando y las lágrimas pierden el ritmo, el sentido, la justificación.

Por causa de mi padecimiento poca gente quiere estar conmigo.

Ando por ahí como la llorona de leyenda, pero sin gritos, sin hijos.

Solo encuentro sosiego en los funerales que ocurren en tardes lluviosas, así siento que nos emparejamos todos.

 

 

Catalina Kühne Peimbert

La bella durmiente

Abrí los ojos totalmente descansada, aunque un poco ansiosa. Al verme en el espejo hechizo de papel de aluminio que colgaba de la pared supe que estaba lista para lo que venía. Me precedían las murmuraciones, pero yo solo alzaba la cara y sonreía a mi público. La gente estaba ansiosa por oír la historia, así que tomé mi lugar y comencé a contarlo todo.  Desde pequeña me perturbaban horriblemente los ronquidos de mi mamá y de mi abuela, odiaba ese sonido, así que un día me prometí a mí misma que jamás me casaría con un hombre que roncara. Pero me incumplí.

Un día apareció José Luis con su sonrisa “Colgate”, sus brazos fuertes y sus buenas maneras y me enamoré perdidamente, tanto que aunque me enteré muy a tiempo que roncaba, de todas formas me casé con él.

Los primeros años, como es costumbre, fueron buenos. Mucho sexo, muchos viajes, muchas salidas. Además, creí haber puesto remedio al problema. Si me dormía antes que él, ya no oía los ronquidos y todos tan contentos.

Pero como atinadamente dice el príncipe de la canción: “El amor acaba” y mi marido y yo, poco a poco nos fuimos apartando, tanto de día, como de noche.

Eventualmente él acabó por tomar el sueño como la perfecta evasión a todos sus problemas y todo el tiempo que estaba en casa, lo pasaba durmiendo y desde luego, roncando.

Yo tenía que levantarme todas las mañanas a las siete, después de no poder dormir en toda la noche, bañarme y pasar una vez más a la cama a echarle una mirada de repugnancia a la masa gruñona e inane en la que se había convertido mi esposo.

La falta de sueño me estaba volviendo loca, no quería irme al sofá, no quería divorciarme, sólo quería dormir tranquilamente en mi cama.

Una noche, sin pensarlo mucho, decidí ponerle una almohada en la cara para acallar los ronquidos, pero éstos no cesaban, así que apreté un poco más y un poco más, hasta que finalmente se hizo el silencio.

Al día siguiente las cosas habían cambiado. Yo amanecí fresca como una lechuga, él azul.

Desde que llegué a la cárcel empecé a dormir como una bendita…

Hasta hoy a las tres de la mañana cuando el ruido me despertó de un brinco. Por un momento volví a mi lecho nupcial, pensé que era otro despertar de otro mal sueño, pero después de unos minutos recordé dónde estaba.

Nadie más que yo pudo haber roncado.

Catalina Kühne Peimbert