Tutsie

Mi debilidad son las mujeres y no me importa el físico a la hora de cogérmelas. Soy práctico, directo. No discrimino. En mí no caben complejos. Me encanta el sexo tanto como la poesía de Neruda. Suelo escribir después del coito. Eso me inspira.
Por mi vida han pasado morenas, pelirrojas, rubias, flacas, gordas, altas y bajitas. Nunca digo no cuando se trata de coger, pero entre todas ninguna se compara a Tutsie, una mulata que me arrancó del alma los mejores versos. Era una maestra en la cama. A veces le bastaban cinco minutos de leves caderazos para provocarme una eyaculación intensa.
Tutsie vivía en la misma vecindad que yo, en el barrio de Tepito, cada cual en uno de doce cuartos salitrosos de 6×3 que compartíamos con ratones y cucarachas. El baño estaba afuera, era colectivo. Yo siempre le cedía mi lugar a la hora de hacer fila. Ella me agradecía siempre la caballerosidad con una sonrisa.
Caderas anchas, pechos redondos y macizos, piel azabache y nalgas bien formadas. Así era Tutsie, curiosamente mitad jarocha y mitad cubana. Siempre anheló triunfar, ser una gran bailarina como su abuela materna en La Habana, pero no pasó de ser la estrella de un carnaval provinciano de Veracruz y, luego, la predilecta en burdeles de arrabal y la más codiciada en Sullivan, una calle de la Ciudad de México donde se encuentra la pasarela de rameras más grande del mundo.
A veces, después de sus jornadas, tocaba a la puerta, ya casi amaneciendo. Yo como siempre, desvelado y borracho, postergaba mis escritos para escucharla contar las odiseas que enfrentaba al prostituirse. Nunca faltaban los maniáticos. Lo que ella no sabía es que yo también era uno de esos.
—¿Y ahora qué haces, poeta? —me preguntaba con un acento caribeño y dulce.
Frente a una vieja máquina Remington que rescaté de un basurero, le decía: “Lo de siempre, escribiendo sobre esta ciudad marchita y deshojada.”
Tutsie se quedaba pensativa, como intentando traducir aquellas metáforas cursis que me publicaban en un diario local. A veces pienso que la editora lo hacía por lástima, al ver mi aspecto de viejo menesteroso más que un porte de escritor con un futuro lleno de éxitos.
En ese diario eternicé a Tutsie. Una vez me dijo: “¿Por qué no escribes sobre mí, poeta?”
Y yo le dije: “No hay poema que pueda describirte. No hay palabras que suenen como suena el mundo cuando mueves el culo. Si la ciudad estalla en ruido no es porque enloquezca, ese es su grito apache con el que alaba tu existencia a Dios.”
Y Tutsie se quedó pensativa otra vez, intentando descifrar con su lenguaje cotidiano mis palabras rebuscadas. ¡Pero qué poético era su modo de hablar e incluso su silencio!
Ella decía: “Poeta, a veces pienso que somos el sueño largo de una hormiga. Cuando despierte, se desvanecerán nuestras angustias como una cortina de humo.”
Luego de escuchar las palabras de aquella negra mujer, le daba un trago a la cerveza para deshacer una bola de sentimientos estremecedores que se me atoraban en el gaznate como una flema incómoda.
Después de conversar, ella siempre se acercaba a mí para abrazarme como una niña tierna, desprotegida, y yo la abrazaba como un viejo libidinoso a una bailarina exótica, como a una puta que merece el aplauso por la maravillosa ejecución de su trabajo. Y nos hacíamos uno en la incómoda tina que rescaté de un basurero para transformarla en una cama excéntrica.
Tutsie me abrazaba fuerte como quien abraza a un padre que no ve desde hace mucho tiempo. Y yo la estrechaba como a la mujer indecente que soñé para satisfacer mis fantasías sexuales. Siempre terminábamos bañados en sudor adentro de aquélla tina cochambrosa. Mientras mi cuerpo transpiraba alcohol, el de ella desprendía el olor del mar.
Algunas veces intenté decirle que dejara de prostituirse, que nos fuéramos a vivir a otra ciudad pero siempre terminaba ebrio y caía dormido junto a la máquina de escribir, soñándola bailar feliz sobre la nube de sus sueños. Así fue que le escribí un poema en uno de mis desvelos embriagados:

Tutsie sueña lo inalcanzable
mientras Dios la busca en Sullivan
a bordo de una limousine para besar su sexo
sin el más mínimo deseo que saciar su sed.
Lo inalcanzable para Tutsie es una nube,
una estrella,
un beso de amor,
que retoñe una flor bajo su vientre espinado.
Tutsie sueña con el final feliz que siempre
tuvieron sus muñecas…

Ese fue el último poema que me recibieron en el diario. La razón la ignoro, aunque deduzco que se dieron cuenta de mi falta de capacidad poética. Por desgracia, Tustie jamás pudo leerlo. Alguien tocó la puerta de mi pocilga durante la madrugada, pero al abrirla no había nadie. Un viento helado golpeó mi rostro soñoliento. Al amanecer vería en los periódicos una trágica noticia el mismo día de mi publicación. La encontraron muerta, estrangulada en un cuarto de hotel. Me tocó identificarla en el Servicio Médico Forense. Al regresar a casa, rompí la máquina de escribir al estrellarla contra el suelo. Bebí una cerveza caliente que reposaba sobre una mesa artrítica y le arrebaté a un ratón un pedazo de pan rancio. Estuve muchas horas con la mente en blanco. Decidí salir a recorrer una ciudad marchita que para mí ya no era la misma. El sueño largo de la hormiga parecía estar a punto del final. La ciudad se veía más triste que nunca. Faltaba la diosa de la noche. Definitivamente, faltaba Tutsie en Sullivan.

Por Marcos Rodríguez Leija

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No más príncipes

Ana Luisa desvariaba por encontrar a su príncipe, emocionada, describía al hombre que importunaba sus sueños. ¡Por el afán de encontrarlo se había dado cada costalazo! Sus ilusiones se derrumbaban cuando, después de un tiempo, se dada cuenta de cuán lejos estaban de ser los héroes que ella creía.

En la madurez, Ana Luisa entendió por fin que los príncipes no existían. Decidió clausurar su corazón y se dedicó a luchar contra otro gigante: el aislamiento. Navegaba en él con desesperación, tratando de llenar cualquier recoveco con actividades que alegraran su vida.

Era obstinada y todo lo que se proponía lo lograba. Estaba conociéndose, aprendiendo a vivir con ella y ser su amiga. Ya lo había decidido: era mejor estar sola. Lo declaraba ante el espejo en voz alta y sonreía.

Una mañana cuando se dirigía al trabajo, su coche se apagó en pleno tráfico. Nadie se acomedía para ayudarla; al contrario, se les veía la cara de molestia y tocaban el claxon desesperados. Empezaba a ponerse nerviosa. Cuando marcaba en el celular para que vinieran en su ayuda, un hombre maduro se paró al lado de la ventana y, con voz grave, ordenó:

—Póngalo en neutral y yo la pucho.

Como autómata obedeció. Agarró su bolsa y cerró el carro. Se disponía a agradecerle al hombre su ayuda, cuando él le ganó y dijo con firmeza.

—Vamos, yo la llevo a donde vaya— y la tomó del brazo.

Ella pensó en negarse, pero entonces, como una nube, le llegó el recuerdo de sus cuentos de niña. Con disimulo observó la cara del hombre y supo dónde había visto ese rostro.

Magnolia De la Rosa Govea
@MAGNOLADELARG

La abue

Después de inmovilizar la pierna y cadera de Marina, el Dr. Manriquez dejó la habitación junto con los hijos de su paciente para darles las instrucciones que deberían seguir en casa. Cada hijo pidió a los propios que se quedaran cuidando a su “abue”, en lo que volvían, por si necesitaba algo.

—¿Te duele? —preguntó el menor de los nietos, mientras tocaba con curiosidad la pierna.

—Ya no —respondió tranquila.

—¿Y si toco más fuerte? ¿Así?

—Tampoco.

—Debes ser muy valiente, porque en navidad le hice lo mismo a mi papá y lloró como yo cuando me pegaron por hacerle eso.

—Bueno, no tanto —dijo— pero… ¿quieren saber cómo me hice esto? —les preguntó en tono misterioso.

—¡¡¡Sí!!! —contestaron en coro.

—Bien, todo empezó cuando yo tenía casi la edad de ustedes y quise bajar a un gato que estaba atrapado en lo alto de un poste, así que intenté subir primero por el árbol que estaba junto y después…

—¿Qué tiene que ver un gato y tú cuando eras niña, con lo que pasó ahorita? —interrumpió impaciente otro de los nietos.

—Es que fue cuando me di cuenta que podía hacer cosas que otros no.

—Los bomberos bajan gatos —añadió otro nieto—, yo los he visto.

—¡Sí es cierto! —Intervino un chiquillo más—, una vez los vi rescatar a un caballo de una coladera ¡y era enorme! Tuvieron que romper con martillos el suelo para que saliera.

—A mí me dan miedo los caballos —dijo el quinto nieto—. Tienen ojos muy grandes.

—¡Mi mamá se ríe como uno! —gritó espontáneo el primero.

Y mientras todos reían, en su mente, la abuela Marina continuó la historia de la niña que rescató a un gato.

Era verano y hacía un tremendo calor. Marina regresaba a casa después de haber ayudado a una vecina a limpiar su patio. Venía de prisa porque no tardaría en meterse el sol y a su mamá no le gustaba que llegara tarde. En el camino escuchó los maullidos lastimeros de un gato.

Descubrió al felino trepado en un poste pero le llamó la atención que el gato era pequeño, de solo algunos meses.

—¿Cómo llegaste hasta allá, amiguito? —dijo en voz baja mientras se acercaba al puntal de madera; examinó el paisaje y no vio a nadie. El gatillo, al verla, arreció los maullidos —No te preocupes, yo te voy a rescatar —volvió a decir quedito pero determinante.

Miró un gran árbol, junto al poste, con suficientes ramas para llegar a poco más de medio metro del micho. Empezó a subir y a subir sin mirar hacia abajo y cuando logró llegar a lo más alto, extendió los brazos, llamándolo.

Una piedra le pasó junto a su cabeza e hizo que se tambaleara un segundo, pero con rapidez se sujetó de las ramas.

—¡La primera fue de aviso, si lo vuelves a intentar te doy en la cabezota! —dijo una voz de niño desde el suelo.

—¡Eres un niño gallina, Aldo, y no te tengo miedo! ¡Nadie le tiene miedo a las gallinas! —gritó y volvió a levantar los brazos, esta vez más alto.

La segunda piedra salió disparada de la resortera. Un gritillo rompió el silencio. La caída de la niña sucedió sin que nadie pudiera evitarlo. El culpable salió corriendo. No llegaron bomberos, ni curiosos.

Marina yacía tirada sobre su costado; de pronto, de entre sus manos se asomó una bola de pelos. En el último instante había logrado alcanzar al gatillo. Unos minutos después se acercó a la cara de Marina. Los lengüetazos hicieron que ella recobrara, poco a poco, el sentido hasta que pudo sentarse allí mismo. No había rastros de sangre ni de cometas marcados en su cara. Lentamente tomó a su bigotón amigo y lo acarició con cariño.

—Te dije que iba a rescatarte, amiguito. Aún no estoy segura cómo lo hice, pero una cosa sí sé: ese Aldo, será muy gallina pero buen tirador no es… bueno, estamos bien, que es lo importante.

Marina se dio cuenta de lo tarde que era y emprendió la carrera. Unas casas antes de llegar a la suya, se detuvo y miró al gato.

—Te llevaría conmigo pero a mi mamá no le gustan las mascotas; te voy a dejar aquí, con la señora de los gatos, ella te va a cuidar y estarás bien. Yo te veré por ahí de vez en cuando.

Le dio un beso en la cabeza, tocó la puerta y continuó su camino a toda prisa.

—¿Te sientes bien, abue? —preguntó de nuevo el nietecillo que tocaba insistentemente la pierna lastimada.

—Nunca me he sentido mejor.

—Es que llevas como cincuenta horas sin decir nada.

—¿En qué me quedé?

—En lo del gato; que estabas subiendo al poste para rescatar al gato.

—¿Gato, qué gato?

—¡Ay, abuelita, a ti ya se te va el avión!

En ese momento se abrió la puerta y entraron los hijos con el médico.

—¿Todo bien, mamá?

—Sí, hijo, todo bien, estos nietos que me hacen reír mucho.

—Bien, niños, despídanse de la abuela que nos vamos. Vendremos mañana a ver cómo sigues.

Cada uno de los nietos se despidió con ternura de su abuela. Una vez solos, el doctor miró inquisitivamente  a su paciente.

—No les habrás contado cómo fue que te lastimaste, ¿o sí?

—Estoy vieja, no idiota, Aldo, aunque por un momento estuve tentada. Los niños necesitan más héroes conocidos y menos alcohólicos anónimos ¿no crees?

—Si tú lo dices, vieja decrépita.

—Lo digo y lo sostengo, niño gallina. ¿Quién iba a decir que tú serías quien guardaría mejor mi secreto?

—Ya lo ves, no seré bueno para disparar, pero sí para guardar secretos. En cuanto al autobús que se quedó sin frenos, todos a bordo están bien y en las noticias sólo dicen que fuiste atropellada por un chofer irresponsable, y ahora te llaman ¡la abuela indestructible!

—La abuela indestructible, ¡tu abuela!

 

Jaime Fernández

@SastreValiente

Maravilla en llamas

El incendio no fue el verdadero problema, aunque ustedes digan que sí y que por eso estoy aquí. El verdadero problema, si me permiten contarles, es que yo, el día que nos casamos, escuché con atención la epístola de Melchor Ocampo, ¿la conocen? En especial aquello que dice: “Éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano”. ¿Ven? “Suplir las imperfecciones del individuo para llegar a la perfección”, digo, ¿qué le costaba? Ah, no, pero en lugar de eso, vivimos bajo otras normas y sobrevino este desastre. Estoy tan pero tan molesta.

No pueden saberlo pero esa vida casi nos funcionó, hasta ahora. Verán, nos casamos a los veintidós, tuvimos a nuestro primer hijo a los veinticuatro y al segundo, a los veintiséis. Tengo estudios de maestría, pero alguien debía cuidar de los niños. El problema, supongo, es que todos nos cansamos en algún punto.

El día del siniestro, como ustedes le llaman, tuvimos una de tantas discusiones. Hacía tres meses que había vuelto a mi trabajo (él no estaba contento con eso, pero lo prefería a amarrarse el cinturón y tener que abstenerse de sus salidas nocturnas), los niños no estaban en casa y yo había recibido un llamado de la oficina para una audiencia de última hora. El boiler estaba apagado, le pedí que lo prendiera y dijo que si tanta prisa tenía, lo encendiera yo. ¿Pueden creerlo? Algo tan simple como prender el boiler y se puso aristócrata. No es que necesitara de su ayuda, en realidad lo que necesitaba era ahorrarme algo de tiempo para poder salir cuanto antes.

Como pasaban los minutos y nadie se movía, bajé para hacerlo yo misma. Él, al verme salir, pasó a mi lado y en un arranque de presunción, se detuvo frente el boiler, abrió la puertecilla, sacó el encendedor y, al maniobrar con el fuego, vi que olvidaba colocar el regulador en piloto. Al instante, se escuchó la explosión y todo a su alrededor se prendió. El viento desvió el fuego y éste alcanzó las ramas de los árboles más retirados, de ahí se extendió a todas partes y entonces, llamas a mí, y no quedó lugar de la casa y el patio sin calcinarse. ¿Qué dónde estaba yo? Pues al primer flamazo, corrí y lo observé todo a una cuadra de distancia.

Después llegó la ambulancia y ustedes detrás. Una vecina, que me odia, me señaló. Vi a mi esposo irse en la camilla y a los bomberos intentar controlar el fuego. A mí me esposaron y la patrulla me trajo aquí.

Sé que me acusan de intento de asesinato pero, en realidad, no es más que un malentendido. Sólo soy una pobre casi viuda, ¿lo ven? Porque nada, se los aseguro, nada de esto hubiera pasado si él no fuera tan necio y si tan solo recordara que, en este mundo de mujeres maravilla, la inmortal soy yo.

Alisma De León

@azul_silencio

Caprichica

Desde que nació la complacieron en todo. Bastaba que levantara su manita y enseguida tenía a su disposición mimos, biberones y juguetes. Parecía tener la facultad para convencer a todo el mundo de hacer lo que ella quería. Con una sonrisa era suficiente, todo se le concedía. Privilegios en el trabajo, trato especial en las tiendas y supermercados y ni mencionar de las atenciones de miles de galanes, dispuestos a lo que fuera por ganar su aprobación.

Para Jimena la vida era pues un camino pavimentado y adornado a su gusto, donde nunca se había tropezado con ningún contratiempo.

En ocasiones ella misma se ponía obstáculos probando la paciencia de la gente.

Iba a una zapatería, tenía al dependiente dos horas yendo y viniendo con distintos modelos, para de pronto, levantarse con un mohín desaprobatorio sin comprar nada. No importaba, de todas maneras le regalaban la bolsa de promoción.

Hacía que su novio fuera por ella al aeropuerto a altas horas de la noche, le llevara flores y cuando llegaban a su casa lo despedía argumentando dolor de cabeza. No había problema, el novio la despedía con un beso, después de regresar de la farmacia con aspirinas.

Todo estaría muy bien, de no ser porque Jimena se aburría. Nada, nada, nada de nada le hacía ilusión. Empezaba a sentir un vació en el estómago cada vez que alguien le volvía a decir que sí a todo.

Se volvió distraída y taciturna, no valía la pena siquiera hacer el esfuerzo de ser simpática, menos encantadora, si de todas formas la gente haría lo que ella quisiera.

Un día que parecía como cualquier otro estacionó el coche justo enfrente de su oficina en un lugar prohibido. Cuando bajó su coche no estaba. Los vecinos le dijeron que se lo había llevado la grúa. Jimena preguntó al portero lo que debía de hacer y se encaminó a sacar el coche del corralón.

En las oficinas de tránsito se encontró con una fila larguísima en la que por supuesto, todos le iban cediendo el lugar, hasta que delante de ella sólo quedo una señora ya entrada en años, de aspecto humilde que no lograba hacerse entender con el tipo que atendía en la ventanilla.

El susodicho burócrata estaba en mangas de camisa y apenas prestaba atención a la señora. Estaba escuchando un partido de fútbol a todo volumen y gritaba eufórico con cada jugada de su equipo, haciendo un desagradable bailecito celebratorio a su compañero de oficina que por lo visto estaba perdiendo una apuesta por centésima vez.

Jimena sintió una extraña punzada en el estómago.

El tipo la vio por encima de la cabeza de la señora y le sonrió:

—Enseguida la atiendo, señorita.

Y volvió a la señora.

—Entonces, ya se lo dije, no puede recoger el coche a menos que me traiga copia de su credencial  de elector, de su licencia, de la tenencia, del pago de todas sus multas, comprobante de domicilio y recibo de teléfono.

—Pero en el reglamento dice que basta con los originales y es lo que yo traigo aquí…

—¿Y quién va a saber más señora, usted o yo? Vaya a sacar las copias y no pierda más mi tiempo y el de todos los que están esperando.

La punzada que remplazó el vacío que Jimena sentía en el estómago, le subió por la garganta, la boca y los ojos, hasta convertirse en una fuerte presión en las sienes que no le permitía mover la cabeza atenta a cualquier movimiento del burócrata.

—Es que no hay ninguna papelería por aquí y para cuando regrese con las copias, ya va a estar cerrado y es el tercer día que trato de sacar el coche y la verdad es que…

—¿Me está llamando flojo? ¡Eso es lo que siempre pasa con ustedes viejos ignorantes, uno se desloma trabajando para ustedes y no hay forma de hacerles entender nada!

La anciana bajó la cabeza y estaba a punto de dejar su lugar en la fila, cuando el tipo se agachó y casi de manera inaudible le dijo:

—Mire, pórtese bien, le saco las copias y el trámite hoy mismo, a mil pesos.

Una sensación de total tranquilidad se abrió paso en la cabeza de Jimena, al mismo tiempo que se puso frente al mostrador esbozando la mejor sonrisa que jamás había ocupado sus labios.

—Si escuché bien se ha ofrecido a agilizar el trámite a la señora, ¿no es así?

El tipo levantó la cabeza que se ruborizó y empapó de sudor en un solo segundo.

—Eh, este… no es lo que usted piensa, señorita, deme los datos de su coche y vemos enseguida que ha sido de él para que pueda seguir atendiendo a la señora.

—No, si me parece admirable que a pesar de que hace tan sólo un momento parecía tan molesto, haya recapacitado y vaya a solucionar el problema de esta dama, no sólo cumpliendo con su trabajo, sino además haciéndolo más rápido de lo normal.—El tipo la miraba estupefacto—. Porque dijo que le iba a sacar las copias y el trámite a mil por hora ¿no?

—Eso. Eso mismo dije, es cosa de cinco minutos a lo sumo.

En la radio el equipo contrario metió un gol, dándole la voltereta al partido.

 

Catalina Kühne

@laderaizquierda

El increíble

Nunca un coraje se le había pasado tan pronto. Ni siquiera antes de la primera mutación, cuando todavía era un hombre común, un fulano de huesos delgaditos que, multa de tránsito en mano, quiso desquitar su furia pateando un hidrante. Aquellos episodios de ira representaban una lista de quebrantos en su antigua economía de gente normal: platos, cristales, macetas, electrodomésticos, cajeros automáticos. Ni qué decir de esta época. “No me provoquen, que cuando me disgusto no suelo ser yo”, alcanzaba a advertirle a los fanfarrones justo antes de que su garganta adoptara el regusto, la solidez y el color de un limón empedernido. Desde luego no era él. Esa balumba nervuda, terremoto con pelo y piernas, no era él exactamente, sino una reinterpretación suya, una versión extraña por decir lo menos; algo perteneciente quizás al mundo de la botánica. “Una masa”. Tal fue el modo como lo describieron antes de llamarlo el Increíble. Pero una vez reconocida su ulterior identidad, Increíble allá y acá: en el cielo, en la tierra y en todo lugar, demoliendo edificios mal parados, atrapando aviones con sus manos, creando pequeños tsunamis cada que algún idiota osaba hincharle los renacidos cogollos. Esta vez, sin embargo, la furia le duró bien poco. El cambio no había llegado, ciertamente, de improviso, sino a pasitos, desde mediados de febrero. Primero un tono paliducho en vez del verde habitual; luego, la cada vez menos firme insurrección del cabello. También esa como sensación de llevar un paréntesis dentro del cuerpo. Más de una vez pensó en tomar vitaminas, en recetarse una buena dosis de rayos gamma o por lo menos tomar un baño de sol. Quizá debió hacerlo, así tal vez se hubiera evitado la pena. “No soy yo”, se dijo tras del primer gruñido. Y luego otra vez, cuando se miró las manos, que, en lugar de verdes, se iban poniendo rosadas. El coraje siguió la ruta de sus piernas hasta ser absorbido por el suelo. Lo que sentía ahora ya no era furia, sino miedo. A decir verdad, lo que estaba sintiendo era algo cercano a la renuncia, a la resignación. El rosa, que ya le cubría la mitad del cuerpo, fue haciéndose más brillante. Brillante también su cabello, que descendía en cadejos colorados hasta la división del pecho, insuflado al límite como para lanzar un rugido. Lo que salió de su boca fue, vaya cosa, una armonía de trinos, y luego una parvada de petirrojos que salpicó el cielo. La primavera comenzaba.

Julio Pesina

@Hulkio

Soldaditos de polvo

Cuando era chiquito, me ponía una toalla amarrada en el cuello. Siempre jugaba a que era Superman o jugaba con mi espada y mi garra de los Thundercats pero, como me sudaba mucho la mano siempre prefería ser Superman, además Superman vuela y el Thundercats más chido andaba con puro calzón y me daba vergüenza. Me gustaba ser un superhéroe.
¿Tienes frío? ¿O tienes sueño? ¿Quieres que te cuente más cosas?
Te contaré de la noche que salí de mi casa, no me acuerdo bien, muchas cosas pasaron cuando estaba oscuro. Cuando ellos llegaron, ya nos habíamos acostado. Mi papá nos mandaba a dormir temprano aunque no tuviéramos sueño. Siempre me la pasaba despierto acordándome de Superman y lo chido que sería salir volando y regresar cuando ya tuviera sueño.
A ellos nada más los había visto de lejos y la vez que se llevaron a mi hermano cuando veníamos de la escuela. Se metieron porque rompieron la puerta, les dispararon a mi mamá y a mi papá casi al mismo tiempo. Agarraron a Sofi, ¿ya te conté de Sofi? Sofi es mi hermana, o era…creo que todavía es. Siempre presumía que ya no tenía que pararse de puntas para ver sobre la mesa, yo la seguía viendo chaparra-chaparra. Pero ya no estaba tan chiquita, tenía cuatro años. Le quitaron la ropa y uno de los señores se empezó a desabrochar el cinturón. Sofi gritaba mucho. Yo casi no veía donde estaba porque eran como cuatro los que la tapaban y ella, chaparra-chaparra, no se veía. En la mesita que estaba por la cama había un caracol que mi hermano el mayor… ¿Te he contado de él? Se llama Chon, bueno, se llama José pero yo le decía Chon. Chon es mi hermano, o era…creo que todavía es. Chon le había traído a Sofi un caracol de la playa como, amm, así de grande, ¿ves mi mano? Bueno, así de grande. Como Sofi gritaba y gritaba y lloraba y lloraba, yo le grité: ¡Sofi, el caracol! Sofi alcanzó el caracol porque ya se estaba cayendo de la cama y se lo puso en el oído. Ella nunca fue a la playa pero Chon le dijo que así se escuchaba. Después de un rato Sofi se quedó dormida. Los niños cuando lloran mucho se quedan dormidos. Cuando cerró los ojos y dejo de moverse, los soldados la dejaron. Espero que Sofi, al escuchar el mar, se haya convertido en sirena.
¿Te sigo contando o ya te dormiste? Muévete para acá, ahí ya está muy mojado.
Bueno, me sacaron de mi casa, afuera había más como ellos y llevaban a otros niños que vivían cerca. Todos iban llorando. En la escuela cada vez que un niño lloraba, nos burlábamos de él, pero ahí nadie se burlaba de nadie porque la verdad sí teníamos miedo. Nos llevaron a una casa y nos sentaron en el suelo, el soldado hizo que dejáramos de llorar, nos gritaba ¡cállense, mariquitas!, y le pegó con una pistola a Chuy. Cuando vimos el chorro de sangre que le sacó, todos nos quedamos calladitos. Ahí fue donde me dieron esto, ¿la ves? Se parece a la tuya, pero la mía dispara más lejos y pesa más.
Muévete para acá, ya volviste a dejar todo mojado, quítate esa playera ya está toda roja y mojada. ¿Te duele? ¿Tienes sueño? ¿Te sigo contando? ¿Ya te dormiste, verdad?
Qué bueno, porque afuera se escucha mucho ruido, nos han de andar buscando. Aunque te hayas dormido, te voy a jalar para acá, porque de tanto que se mueve la tierra aquí, se está llenando de polvo y casi no te puedo ver.
Allá arriba, donde se escuchan esos ruidos, hay muchos niños durmiendo. Espero que estén soñando bonito. Los he visto tirados desde que estaba encerrado en otra casa y ayer que corría para acá, me tropecé con muchos de ellos. Han de tener nuestra edad. Yo tengo 8 años. ¿Tú cuántos tienes? ¿Tienes miedo?
Mi mamá siempre decía que cuando tuviéramos miedo le rezáramos a Dios para que desde arriba nos viera y nos cuidara. Yo ya no le rezo, no quiero que nada más me esté viendo desde arriba, quiero que venga y nos saque de aquí… como lo haría Superman.

Un sonido inundó el lugar, la tierra tembló al caer una especie de pelota de futbol sobre una cueva. Las piedras cayeron sepultando todo. El polvo se levantó casi hasta tocar el cielo. Y Superman nunca llegó.

Asenat Velázquez Jiménez
@AsenatLdi

Los sueños de la Bella Durmiente

Durante su sueño de 100 años sólo las arañas sobre su cuerpo amaron a la Bella Durmiente.

***

Besó minuciosamente cada centímetro de la Bella Durmiente, excepto sus labios.

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Cuando el beso del Príncipe no la despertó tuvieron que hacer uso del desfibrilador.

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No fue feliz para siempre. La Bella Durmiente sufre, ahora, de un feroz insomnio.

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Esperó inútilmente que la despertaran de su sueño de cien años, a los Príncipes no les gustan las mujeres mayores.

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La Bella Durmiente sueña, camina dormida, abandona el Reino, recorre el mundo, el príncipe envejece esperando su regreso.

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El Príncipe despierta a Bella, nunca le dice (a nadie) del hueco justo al lado de su lecho, esa silueta en su cama.

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El Bosque Negro nunca se detiene. Cuando llegó por ella, la Bella Durmiente era ya una raíz.

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El Príncipe despierta a todos con un beso. No le dice a nadie la excitación que sintió con los Caballeros.

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La Bella Durmiente no existe. Es sólo un sueño del Bosque Negro.

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En el Castillo todos le piden a la Bella Durmiente que les hable sobre el significado de los sueños.

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Las voces en su cabeza siguen durmiendo.

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Ha vivido más en sueños que en la realidad. No está aquí por entero. Al príncipe no le sorprende que flote.

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Los Príncipes aman la comodidad y la corte entera los protege, hay bosques oscuros donde nunca entrarán por muchas princesas que los esperen.

José Luis Zárate
@joseluiszarate

Cenicienta en tres tiempos

I.

Empezó a envejecer por las rodillas. Al dolor estaba acostumbrada. Hacía ya varios años que era una cuestión permanente, pero lo que la tenía mal era la disminución en la movilidad, en la respuesta que recibía de su cuerpo cuando el cerebro le ordenaba hacer algo tan simple como subir una escalera. Era como si tratara de comunicarse con un desconocido, en un idioma también desconocido. Como si los cables hubieran sufrido de un corto circuito, de tanto uso, de la pura vejez. Se negaba a admitir lo evidente y a pesar del miedo, que era otra cosa que antes no tenía, de moverse. A pesar del miedo, se tomaba de un barandal y subía cada uno de los escalones que se le presentaran casi sin pausa, sin mucho pensarlo. Aunque por fuera pareciera que se tardaba años, ella lo hacía en un suspiro, sin tomar aire siquiera. Llegaba a la cúspide agotada, sorprendida, convencida de que nunca podría hacerlo de nuevo. Y como todo lo que sube tiene que bajar, la primera hazaña implicaba su contraparte directamente proporcional, pero aún más peligrosa, la caída era más fácil, más natural, casi estaba implícita. Era una de las pocas ocasiones en que si había alguien dispuesto a ayudarla a pasar el trance, aceptaba la ayuda. Lo más dignamente que pudiera y sin hacer mucha alharaca, pero daba las gracias y realmente lo agradecía.  Prefería no caminar si no era necesario. Casi no moverse.

La vista por lo pronto estaba en un grado aceptable. La pequeña distorsión se corregía con unos lentes bifocales que no la incomodaban en lo más mínimo, podía leer, ver la televisión, bordar.

Bordar era lo más le gustaba porque tenía la opción de estar pensando mientras o no. Dejar que su mente vagara sin ton ni son, o relajarse y hacer una tarea mecánica. En todo caso no había otras palabras dentro de su cabeza más que las suyas

La cabeza por cierto, le parecía que aún estaba en estado impecable. Todavía era buena para hacer cuentas. No se le olvidaban las cosas, ni su origen, ni su edad, ni su tristeza.

Recordaba perfectamente que estaba sola, que la soledad empezó siendo circunstancial hasta que se convirtió una férrea decisión personal. De tanto dejarlo para después le empezó a gustar a tal grado que luchó por ella, la defendió por sobre todas otras muchas cosas y ahora no había manera de echarse para atrás. Ni modo. De quien hubiera podido acompañarla no quedaba nadie. A estas alturas no iba a ponerse a buscar amigos. De todas formas ya se iba a morir y eso también lo recordaba. La sensación de alivio que experimentó cuando le dieron la noticia se fue disolviendo con las horas.

Mientras ensartaba el hilo en la aguja se dio cuenta del significado de una enfermedad terminal. No habría más oportunidades para nada y claro estaba también la tentación de hacer un recuento de todo lo perdido y de no estar de acuerdo con la vida que le había tocado en suerte. Los arrepentimientos. Lo no bailado que nadie tendría que quitarle. La vista se le nubló, pero se negó a parar la labor hasta que un dolor agudo le traspasó justo donde la uña se unía con el dedo. Se había pinchado. Una gota de sangre manchó la perfecta letra “C” de punto de cruz que estaba entre los aros del bordado. Por un momento sintió que volaba hacia otro lugar, un lugar cualquiera, un lugar desolado y cubierto de ceniza pegajosa.

Un lugar desolado cubierto de la ceniza de los muertos. La ceniza era ella misma, ya concluida  y esparcida por todos lados. Volvió a su dedo pinchado y le exprimió un poco la sangre, como si pudiera de verdad sacarse el corazón de esa herida y trasladarlo a otro cuerpo. Uno más joven, uno que pudiera volver a empezar. Le pareció que las arrugas desaparecían de sus manos.

Tal vez no estaba tan bien de la vista, tampoco de la cabeza.

 

II.

La ciudad amaneció tapizada de un polvo fino  y pegajoso.  Los pocos automovilistas que habían decidido aventurarse a la calle tuvieron que estacionarse ante la poca visibilidad. Al intento de usar el limpia parabrisas seguía un sonido chillante, con la consecuente ralladura de vidrio.

Camila estaba sentada en la banqueta de la esquina de su casa esperando al camión escolar.

Dejó a su mamá y su hermana dormidas como todos los días. Se preparó el desayuno en silencio, un cereal para no dejar. Metió sus cosas en la mochila y caminó dejando sus huellas sobre la alfombra polvosa de esa mañana hasta ocupar su lugar de siempre. No le importó que la falda de cuadros se embadurnara con aquel polvillo omnipresente, ni que las calcetas perdieran la blancura, ni que el camión no apareciera.

Era la imagen de un mundo desolado en presencia de su último habitante, que en vez de entrar en pánico, hacía dibujos en el suelo con la rama de un árbol.

Camila escribía letras al azar y después las transformaba en otras. Luego con el pie aplanaba otra capa de esa tierra grisácea en su particular pizarrón y volvía a  empezar. Se oyó un ruido a lo lejos, como un trueno. Enseguida una llovizna del mismo polvo empezó a caer del cielo. Otra capa silenciosa de polvo que unificó el tono de todo el paisaje, con todo y su única inquilina. Ahora también ella era gris. Las trenzas, los lentes, los hombros. No pareció molestarle, seguía absorta en su mecánica tarea. Podría haberse quedado ahí para siempre, pero no. La tranquilidad se estrelló al ritmo de los típicos chanclazos de su mamá.

—Niña, ¿cuánto tiempo llevas allá afuera? Están diciendo en las noticias que hizo erupción el Popo. No va habrá clases. Tenemos que acuartelarnos en la casa hasta nuevo aviso. Alerta roja, ¡roja!

Volteó la cabeza lentamente como si su apatía pudiera conjurar esa terrible noticia, como si las cosas pudieran quedarse así. Deseó que una ola gigante de lava llegara y arrasara con todo, pero no. Tuvo que levantar la vista hacia la cabeza entubada de su mamá que estaba a punto de explotar, como el volcán.

De alguna manera el desastre natural era su culpa. Merecía un regaño desde luego.

Mientras su mamá seguía pontificando, Camila pensaba en cómo sobreviviría la cuarentena familiar.

Empezó por dejarse caer en el sillón para ver qué dirían los noticieros, pero no duró. La ceniza, la vida, la realidad no tenía cabida en ese hogar. Importaba todo lo no importante y al revés. La mandaron directo a volverse a bañar. Otro sinsentido. Tapó las coladeras, manchó las toallas de ceniza y aun así quedó totalmente cubierta del polvo traslúcido. Se quedó desnuda en la regadera ya cerrada. Observando como la luz se reflejaba en su piel. Se gustó tanto. Parecía un hada más poderosa que cursi. Tal vez la erupción era la señal de que por fin tendría súper poderes. Ya sabía que no era cierto, pero según lo poco que oyó al locutor de la tele, tendría que quedarse en su casa por lo menos una semana. ¿Qué más daba fantasear un poco? Otra vez la interrumpieron. Podría jurar que siguiendo el mismo ritmo de los chanclazos, empezaron los golpeteos en la puerta.

—Camila, ya salte que me toca bañarme. Todo está asqueroso, apúrate.

¿Qué importaba el tiempo? Un volcán puede esperar cientos de años sin explotar, tal vez no hacerlo nunca, vivir latente, como ella. No había necesidad de apurarse.

Se rehusó a abrir la puerta, empezó a trazar letras en el espejo, vocales y consonantes preciosas, enmarcadas en polvo de hada.

Los golpes continuaban cada vez más fuertes, cada vez más seguidos.  Camila no abría. Cuando los gritos histéricos de su mamá la cercaron y estaba a punto ceder. La tierra empezó a moverse imperceptiblemente en un principio, después el pequeño vaivén creció, como los golpes en la puerta. Camila se movía sin querer de arriba hacia abajo. Los pies resbalaron en los mosaicos. La cabeza pegó en el fregadero ahogando los gritos.

Silencio.

III.

La sensación era de soledad, como siempre. La vida era gris como siempre. Pero ahora la atmósfera le daba la razón. Su marido hizo como si no pasara nada, se bañó mientras ella permanecía sentada en el excusado con una toalla como turbante. La hizo a un lado cuando le estorbó para rasurarse, se vistió con todo y corbata, se untó el pelo de gel, tomó el portafolio y se acercó a darle un beso al aire que la rodeaba, no a ella, nunca a ella.

—¿Vas a salir con todo y la erupción?

—Claro, tengo que trabajar, tengo que ver que todo esté bien en la oficina, tengo una cita. ¿Tú no?

—No, yo no tengo nada.

—Que si no vas a ir a trabajar. Se te está haciendo tarde y ni siquiera te has vestido.

Ni siquiera, ni quisiera.

Se fue como siempre, ni un ademán de diferencia.

Ella siguió sentada con su toalla en la cabeza que con el poco aire que entró del mundo exterior se tornasoló cenicienta. Mejor dar el siguiente paso.

Nunca le había tocado tan poco tráfico. A pesar de que la ceniza aminoraba un poco la visibilidad y entorpecía la marcha, el camino estaba despejado. Se sorprendió al encontrar a la chica que vendía periódicos en el cruce del semáforo. Llevaba un sombrero de paja tapizado de ceniza y los diarios empaquetados en bolsas de plástico. Camila echó una ojeada, eran de hacía tres días. Sacó un billete grande de la bolsa.

—Dame todos y vete a casa.

La chica estuvo tentada, pero se negó.

—Si no estoy aquí vendiendo, qué voy a hacer.

Camila entendió.

—Quédate el billete, me lo vas descontando.

—Gracias, amiga.

Continuó con las ventanas cerradas, ya sentía como el fino polvo empezaba a transitarle por dentro del cuerpo. Milimétricos cristales que iban rasgando poco a poco el camino de las vías respiratorias, desde la mucosa de la nariz hasta los pulmones. Tosió con acento enfermo, pero nadie pudo oírla.

No había mucha diferencia con lo que hubiera sucedido de estar en casa o en el trabajo. Ahí, aunque pudieran oírla, era como si no hiciera el menor ruido. Era el árbol que caía en el bosque, con el bosque lleno de testigos, que eran unos expertos en ignorar las caídas de árboles. Ahora por lo menos tenía oportunidad de escucharse y preocuparse por sí misma. Esa tos no sonaba nada bien, pero era suya y derivaba tan sólo de su decisión. Esa era la idea. Camila escapó de todo, de su trabajo, de su casa, de su esposo, de su madre y hermana, de todas las escaleras del mundo.

Cuando se dio cuenta de que la tierra temblaba, el cielo se ponía gris y todo podría cambiar de un momento a otro, incluso terminarse, dejó de darle vueltas. Ya no podía esperar a que las cosas se arreglaran por un milagro. Era más pegajosa la rutina que soportaba a diario que la ceniza pertinaz. El desastre era su milagro, su acto de Dios.

Dejó una nota en el refrigerador:

“Tengo que ver el volcán de cerca.

C.”

Por Catalina Kühne Peimbert

@jipimami

(Ciudad de México, 1971). Narradora. Ganadora en la categoría de ensayo en el certamen los “Reconocimientos de Lenguaje Ciudadano” entregados por la Secretaría de la Función Pública y la Red del Lenguaje Claro. A.C.. Primer lugar en el  Segundo Concurso de Cuento realizado por el Museo de Arte Popular 2008 con el cuento “El mismo que viste y calza”. Ese mismo cuento fue publicado por Editorial CIDCLI y seleccionado en 2012 para las bibliotecas de aula de la SEP. En 2013 publicó el cuento “Iguanas, ranas” (Editorial CIDCLI) y “Al pie de la letra” (Editorial Colofón), ambos seleccionados por CONACULTA para coedición.

Nos han robado

Mi madre se pasea de una recamara a otra; revisa gaveta por gaveta y cajón por cajón. Su cuerpo de vieja parece ir detrás de su ímpetu investigador. Reacomoda objetos, limpia repisas, alza las camas, al tiempo que sigue buscando obstinada.

Después de un par de horas escucho que interroga, amable, a mi cuñada en la sala.

—¿De casualidad no has visto una toalla naranja?

Mi cuñada, quien junto con mi hermano y sus hijos pasan unos días en la casa, sonríe y da un “no” por toda respuesta. Entonces reconozco, antes de empezar, lo que ha de convertirse en una revolución verbal y permanente durante días. Sospecha no sólo de mi cuñada sino de mis dos hermanos, se inventa historias sobre los motivos que pudieron haber tenido para llevársela.

En mi casa las toallas son de colores indistintos, un par de ellas son guindas en combinación con los detalles de la cerámica. La toalla naranja resaltaba no sólo por su color, sino por su tamaño extra grande como para la playa. Quiero explicarle que no hay manera de que a alguien le interese robar una toalla, que su costo no debe alcanzar los doscientos pesos y que podemos sustituirla por otra. Abandono la idea y entro al baño a darme un regaderazo para salir a cualquier parte. Pienso que no tardará en encontrar la dichosa toalla o en olvidarse por fin de ella.

Al terminar de bañarme, encuentro la toalla en el closet del baño, lista para ser usada una y otra vez hasta el final de los tiempos. Pienso en la cara que pondrá al ver el gran descuido de no haber buscado en donde debió desde un principio.

Una vez cambiado, salgo con el codiciado objeto entre las manos. Ella sale a mi encuentro en el pasillo y, anticipándose a mi discurso, me grita que esa no es la toalla que busca, que la han cambiado, que aquella era más grande, mucho más suave, tan suave que uno no podía secarse porque las gotas resbalaban en su textura, que el color era más intenso, y que seguramente esa copia que sostengo entre las manos le pertenece a mi cuñada.

Le explico lo que a ella debería resultarle obvio, que las cosas se desgastan por el uso, que las telas se degradan por el constante lavado y que hasta pueden encoger su tamaño. Firme, me arrebata la toalla y la extiende.

—¿Qué no ves? —Me dice fuera de sí — ¿Crees que si fuera ésta no iba a reconocerla?

Me quedo pensativo, observo su rostro cruzado por pequeñas arrugas alrededor de los ojos, las cejas despobladas, el retoñar de su cabello canoso debajo de un rubio dorado claro de Miss Clairol y pienso que no puedo hacer otra cosa que unirme a su indignada postura: Nos han robado.

Por Hugo Sánchez García

@Oguhs

Poeta y narrador, nacido en la ciudad de Chihuahua, cuenta con la edad de 36 años. Ha publicado el poemario Impureza en la editorial Chihuahua Arde Editoras y textos varios en diversas revistas locales como Solar, Artificios y Frontera de Ciudad Juárez. Tiene estudios parciales en la carrera de Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua y es licenciado en Psicología. Ha sido invitado a diversos encuentros literarios, entre ellos al de “Verso Norte” organizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. En la actualidad forma parte del taller literario del poeta y traductor Enrique Servín Herrera y del taller de narrativa del escritor Roberto Ransom.