Nota Editorial

“No es la soledad con alas,

es el silencio de la prisionera,

es la mudez de pájaros y viento,

es el mundo enojado con mi risa”

Peregrinaje  (fragmento),  Alejandra Pizarnik.

¿Qué separa al hombre de la soledad? ¿Qué lo mantiene atado a, o alejado de, la locura? Cómo se cae. Cómo cambia el ahora por el hubiera. Por el tal vez. Por el si tan solo. Hablar de locura nos lleva a explorar el punto más alejado, la soledad más absoluta.

La locura nos muestra el sinsabor del desierto al que nos enfrentamos, en muchos casos y aún más, cuando estamos rodeados. Cuando reconocemos que ya no hay escapatoria al mayor de los temores. Al peor de todos los crímenes. A ése de terminar, poco a poco, con uno mismo.

            Tranvía 4 reúne textos que nos hablan de ese perímetro doloroso por el que transitan soledad y locura. Espero los disfruten.

ADL

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Tutsie

Mi debilidad son las mujeres y no me importa el físico a la hora de cogérmelas. Soy práctico, directo. No discrimino. En mí no caben complejos. Me encanta el sexo tanto como la poesía de Neruda. Suelo escribir después del coito. Eso me inspira.
Por mi vida han pasado morenas, pelirrojas, rubias, flacas, gordas, altas y bajitas. Nunca digo no cuando se trata de coger, pero entre todas ninguna se compara a Tutsie, una mulata que me arrancó del alma los mejores versos. Era una maestra en la cama. A veces le bastaban cinco minutos de leves caderazos para provocarme una eyaculación intensa.
Tutsie vivía en la misma vecindad que yo, en el barrio de Tepito, cada cual en uno de doce cuartos salitrosos de 6×3 que compartíamos con ratones y cucarachas. El baño estaba afuera, era colectivo. Yo siempre le cedía mi lugar a la hora de hacer fila. Ella me agradecía siempre la caballerosidad con una sonrisa.
Caderas anchas, pechos redondos y macizos, piel azabache y nalgas bien formadas. Así era Tutsie, curiosamente mitad jarocha y mitad cubana. Siempre anheló triunfar, ser una gran bailarina como su abuela materna en La Habana, pero no pasó de ser la estrella de un carnaval provinciano de Veracruz y, luego, la predilecta en burdeles de arrabal y la más codiciada en Sullivan, una calle de la Ciudad de México donde se encuentra la pasarela de rameras más grande del mundo.
A veces, después de sus jornadas, tocaba a la puerta, ya casi amaneciendo. Yo como siempre, desvelado y borracho, postergaba mis escritos para escucharla contar las odiseas que enfrentaba al prostituirse. Nunca faltaban los maniáticos. Lo que ella no sabía es que yo también era uno de esos.
—¿Y ahora qué haces, poeta? —me preguntaba con un acento caribeño y dulce.
Frente a una vieja máquina Remington que rescaté de un basurero, le decía: “Lo de siempre, escribiendo sobre esta ciudad marchita y deshojada.”
Tutsie se quedaba pensativa, como intentando traducir aquellas metáforas cursis que me publicaban en un diario local. A veces pienso que la editora lo hacía por lástima, al ver mi aspecto de viejo menesteroso más que un porte de escritor con un futuro lleno de éxitos.
En ese diario eternicé a Tutsie. Una vez me dijo: “¿Por qué no escribes sobre mí, poeta?”
Y yo le dije: “No hay poema que pueda describirte. No hay palabras que suenen como suena el mundo cuando mueves el culo. Si la ciudad estalla en ruido no es porque enloquezca, ese es su grito apache con el que alaba tu existencia a Dios.”
Y Tutsie se quedó pensativa otra vez, intentando descifrar con su lenguaje cotidiano mis palabras rebuscadas. ¡Pero qué poético era su modo de hablar e incluso su silencio!
Ella decía: “Poeta, a veces pienso que somos el sueño largo de una hormiga. Cuando despierte, se desvanecerán nuestras angustias como una cortina de humo.”
Luego de escuchar las palabras de aquella negra mujer, le daba un trago a la cerveza para deshacer una bola de sentimientos estremecedores que se me atoraban en el gaznate como una flema incómoda.
Después de conversar, ella siempre se acercaba a mí para abrazarme como una niña tierna, desprotegida, y yo la abrazaba como un viejo libidinoso a una bailarina exótica, como a una puta que merece el aplauso por la maravillosa ejecución de su trabajo. Y nos hacíamos uno en la incómoda tina que rescaté de un basurero para transformarla en una cama excéntrica.
Tutsie me abrazaba fuerte como quien abraza a un padre que no ve desde hace mucho tiempo. Y yo la estrechaba como a la mujer indecente que soñé para satisfacer mis fantasías sexuales. Siempre terminábamos bañados en sudor adentro de aquélla tina cochambrosa. Mientras mi cuerpo transpiraba alcohol, el de ella desprendía el olor del mar.
Algunas veces intenté decirle que dejara de prostituirse, que nos fuéramos a vivir a otra ciudad pero siempre terminaba ebrio y caía dormido junto a la máquina de escribir, soñándola bailar feliz sobre la nube de sus sueños. Así fue que le escribí un poema en uno de mis desvelos embriagados:

Tutsie sueña lo inalcanzable
mientras Dios la busca en Sullivan
a bordo de una limousine para besar su sexo
sin el más mínimo deseo que saciar su sed.
Lo inalcanzable para Tutsie es una nube,
una estrella,
un beso de amor,
que retoñe una flor bajo su vientre espinado.
Tutsie sueña con el final feliz que siempre
tuvieron sus muñecas…

Ese fue el último poema que me recibieron en el diario. La razón la ignoro, aunque deduzco que se dieron cuenta de mi falta de capacidad poética. Por desgracia, Tustie jamás pudo leerlo. Alguien tocó la puerta de mi pocilga durante la madrugada, pero al abrirla no había nadie. Un viento helado golpeó mi rostro soñoliento. Al amanecer vería en los periódicos una trágica noticia el mismo día de mi publicación. La encontraron muerta, estrangulada en un cuarto de hotel. Me tocó identificarla en el Servicio Médico Forense. Al regresar a casa, rompí la máquina de escribir al estrellarla contra el suelo. Bebí una cerveza caliente que reposaba sobre una mesa artrítica y le arrebaté a un ratón un pedazo de pan rancio. Estuve muchas horas con la mente en blanco. Decidí salir a recorrer una ciudad marchita que para mí ya no era la misma. El sueño largo de la hormiga parecía estar a punto del final. La ciudad se veía más triste que nunca. Faltaba la diosa de la noche. Definitivamente, faltaba Tutsie en Sullivan.

Por Marcos Rodríguez Leija

Hay días

Hay días

 

Nadie a la vista

simplemente vida en el mudo fluir de mi presencia.

 

No soy siquiera solo

triste siquiera

la soledad fecunda

gesta en el aroma de otro

tiene nombre propio

luz de imposible

el humo de un cigarro la convoca

alberga en el abismo de las letras

los visos del vacío la imaginan  violeta.

 

Cuervos de Odín aletean sobre el paso solitario

el olvido

olvidado

desboca en sinsentido.

Casta de abandonados la estirpe de los soledosos.

 

Hay días en que el silencio no tiene nada que decirme.

 

 

 

 

Beso para un hombre solo

 

La luna ciega

luna ciega

luna muda

 

A su paso por mi noche

su luna luz me besa la mejilla

su lunabrisa pone las manos en mis hombros

los vientres entrañas de mi historia

lobos instintos en mis seres

calman la sed con agualuna

amamantan lunaleche

cierro mis ojos

memorizo

efímeras caricias lunamieles.

 

Nubes blancas o negras

¡no importa!

la luna es ciega.

Tañer de gozo o de lamento

¡no importa!

la luna es sorda.

Nada en común nada en desacuerdo

¡no importa!

la luna es muda.

Por Martha Izaguirre

Perfil

El oráculo

levanta mis manos para sujetarte

 

entonces sostienen que estoy loco

y que el oráculo no existe

 

que el ronroneo andante de un felino es parcial

que no lame el contorno ni las heridas

 

diplomáticamente establecen una que otra cosa cierta

 

sus abrevaderos son vacíos

es por ello que mi silencio es vano y unánime

 

infiero entonces de no conversar de cristales húmedos

de no tentar los bordes

de  no tocarte ni una mano.

 

Por Uriel Hernández

Nos tocó ir de entierro

Repicaron las campanas de mi pueblo

sonaron tan metálicas y agudas

rasgando el silencio del sueño

sonaron las campanas y nos tocó ir de entierro.

 

Otra muerte más sin pizca de asombro dijeron los viejos

tan acostumbrados ya a vestirse de negro

las mujeres siempre puestas sacaron de sus bolsos el velo.

 

Pongan el ataúd al resguardo de cuatro fuegos

cubran lo de flores albas

y aromen lo con mil inciensos, que todo luzca solemne

que hoy nos tocó ir de entierro.

 

A las cuatro marcha el féretro

partiendo plaza como si fuera torero

tras él camina todo el pueblo

mudo, sombrío, aguantando el llanto y el lamento

 

Enmudecida el alma y atónita la razón

al final solo un grito al unísono se escucho

murió la justicia y la llevamos de entierro.

 

 

Por Norah Jauregui

La vida muerta o la muerte viva

La diferencia entre un hombre que mata y el que no se atreve a hacerlo es mínima. Imperceptible. Porque en esencia todos llevamos el espíritu criminal adentro, nace con nosotros, pero logramos esconderlo a fuerza de educación, amistad y un amorfo sentimiento de justicia. Mas en ocasiones se vuelve incontenible y se libera de su enclenque encierro para regarse por todas las venas. Caliente y sublime. Eso es lo que anima al asesino. Esa es la diferencia.

Lo mismo sucede al tratar de diferenciar locura y genialidad.

Según el IMSS, 25 millones de mexicanos padecen un trastorno mental. Se trata de la cuarta parte. Uno de cada cuatro. Estremecedor, pero nos da una idea de cómo nos hemos acostumbrado a convivir con algún problema mental, sea de nosotros, o de quienes nos rodean.

El límite para traspasar esta cosa que conocemos como razón es transparente. Mas su regreso casi siempre es imposible.

Hay casos emblemáticos.

Armin Meiwes fue un niño normal en la escuela, algo retraído y apartado de sus compañeros. En su familia vivió las sucesivas separaciones de su madre y al final de su pubertad vivía sólo con ella, sometido a una estricta disciplina. Cuando tenía 40 años, previo acuerdo de por medio, un 10 de marzo mató al berlinés Bernd Brandes. Antes de morir, Brandes pidió a Meiwes que le cortara el pene y se lo comieran juntos tras sazonarlo en un sartén con cebolla y ajo. Después, Meiwes lo descuartizó y comió algunas partes de Brandes durante los días posteriores.

Al ser detenido, Meiwes no mostró arrepentimiento. Sus vecinos no podían creer que el Caníbal de Rotemburgo –como lo conoció todo el mundo– hubiera hecho semejante cosa. Los expertos que lo examinaron, concluyeron que Meiwes sufre una fuerte perturbación mental y que no podía ser curado por medio de terapia. Fue condenado a cadena perpetua.

Daniel Dale Johnston nació en California en 1961. Durante su adolescencia comenzó a padecer trastornos mentales que a la postre lo llevaron a un trastorno bipolar. Pero Johnston se aferró a la música y nunca ha dejado de creer en ella. Grababa en cassettes mediante una grabadora casera y luego los obsequiaba a quienes se los pidieran. Poco a poco, sus cintas se volvieron de culto. Gente como David Bowie, Sonic Youth, Beck, The Flaming Lips, Matt Groening y Kurt Cobain alabaron e interpretaron sus melodías. Su música ha sido catalogada como “chispazos de lucidez”. Sus conciertos pueden llegar a ser  tan irregulares, que a veces sólo canta dos temas. En 2005 su vida fue llevada al documental The devil and Daniel Johnston. Actualmente vive en Texas y sigue grabando, aunque ya de manera digital. Su disco más reciente es Lost And Found.

Hay muchísimos más locos geniales. Como el pintor Richard Dadd, quien en 1842 degolló y desmembró a su padre; toda su obra posterior la hizo en el manicomio. José María Panero, el último poeta maldito que ha parido España; quien pasó los últimos años de su vida en varias clínicas mentales. Martín Ramírez, el migrante mexicano que, una vez en Estados Unidos y con una esquizofrenia paranoide deteriorada, pintó hasta morir en el albergue donde fue enclaustrado. David Nebreda, el barcelonés que se encierra durante meses en una habitación para luego compartirnos mediante autoretratos fotográficos su descenso al sótano de la locura.

De otro bando tenemos a Jeffrey Dahmer, Andrei Chikatilo o los hermanos Otis y Henry Lee Lucas. Todos ellos, individuos que encabezan las listas de caníbales famosos. ¿Qué motiva a estos hombres al homicidio con propósito de ingesta? Tal vez la última respuesta sea el hambre. Dicen los enterados que los mueve un desbordado afán de poder y control, de apropiación última de la víctima.

¿Por qué tanta fascinación por estas personas?

Como dice José Luis Zárate en su libro En el principio fue la sangre, “tal vez si los ciervos tuvieran una civilización le dedicarían tanto espacio a los leones, como nosotros se los dedicamos a los asesinos seriales”.

Tal es el caso del Heidnik’s House of Horrors, la obra cumbre de una  banda de punk llamada Serial Killers. Grabado en 1988, este potente acetato es de esos que taladran los tímpanos sin piedad. Tras esta producción la agrupación se disolvió (antes grabaron un EP). Este disco es de culto por una macabra particularidad: como sello de autenticidad, se engrapó en cada una de las mil copias una bolsita con cenizas de algunos restos de las víctimas del asesino serial Gary Heidnik (cuyo método para someter a sus cautivas fue retomado en la novela de Thomas Harris, El silencio de los inocentes). De ahí el nombre del disco y la representación de Heidnik en la portada. Actualmente, este vinilo rojo sangre es una auténtica rareza y literalmente, inconseguible.

Existe una teoría que afirma que el consumo de carne animal proviene del canibalismo. Tal vez eso justifica nuestra inagotable sed de sangre.

Hace algunos ayeres comencé a leer un proyecto del periódico El Universal llamado La Revista, cada lunes me deleitaba con textos de mucha gente, ahí supe de un tipo llamado Alejandro Almazán. Me parecía y me sigue pareciendo que su labor periodística obedece a un olfato que poco a poco ha ido desapareciendo entre el gremio. Porque la inmediatez, las nuevas tecnologías y lo devaluado que resulta en estos días dedicarse al periodismo, nos somete a una atmósfera monótona y aburrida. Esa que nos quita las ganas de ir a recoger historias que ocurren por todas partes, esas que sólo esperan a que uno vaya por ellas.

Los de Almazán son textos sagaces y dinámicos, que demuestran que el autor, además de periodista, es también un gran lector, un hábito que muchos reporteros han olvidado o lo que es peor, despreciado.

En uno de esos textos de La Revista apareció en ese entonces la historia de Gumaro de Dios. Además de leerlo, también se lo recité a mi novia en turno mientras su mente estaba en alguna tienda de ropa departamental. Presté el ejemplar a cuanta gente se me puso enfrente hasta que ya no supe de él. En ese texto se cuenta la historia de un niño de campo que se convirtió en hombre y que en algún momento de su vida entró a la otra dimensión y desde ahí, mató y se comió a su pareja.

Después La Revista se convirtió en Emeequis. Y El caso de Gumaro se hizo un reportaje novelado (o una novela de no ficción). En ella, Almazán nos muestra el lado humano, común y afectivo de lo que para muchos es clasificado como un monstruo.

Si en un comienzo podemos sentir repulsión por este hombre, al final del libro, esta aversión se pulveriza. Como se evapora el odio que puede despertarnos Gary Gilmore, el protagonista en La canción del verdugo, de Normal Mailer, o también, como sucede con Dick Hickock y Perry Edward Smith, los homicidas de A sangre fría, de Truman Capote.

Almazán nos ofrece una especie de documental narrativo, en el que Gumaro le cuenta de sus demonios, de sus aberraciones, de sus recuerdos, pero también de sus sueños y sus tristezas. Percibimos el calvario de una familia humilde y abatida por los señalamientos, las carencias y la pena de que a su Gumaro le tocara ese destino. Casi visualizamos las condiciones inhumanas de las cárceles de provincia, así como su corrupción y su ineficacia como centros de readaptación social.

A Gumaro no le tocó ser pintor, músico o poeta. Su obra cumbre fue el canibalismo. Pero el de verdad, no el que fabricaron los notarrojeros, conocido como el poeta caníbal. Que en realidad no era lo uno, ni lo otro.

En Guerrero hubo el caso de un indígena que mató a su padre, lo cocinó y una vez guisado, lo repartió entre sus familiares. Éstos se dieron cuenta de su ausencia y al preguntarle al homicida, les contó sin tapujos lo que había hecho.

El caso no pasó de los notarrojeros y casi se olvidaba en mi disco duro de no ser porque una reportera, Marlén Castro, se atrevió a entrar al reclusorio de esta ciudad y entrevistarlo. Ahí le contó de las voces que le ordenaron cometer tan inusual acontecimiento.

Cuántos Gumaros en potencia habrá en cada ciudad. A cuántos los tenemos por compañeros de clase, vecinos, amigos, profesores, tíos o gobernantes. Con cuántas de estas atormentadas personas nos sentamos a lado en el camión, conversamos con ellos en un bar o en el chat.

Eso lo sabremos en breve. Cuando el siguiente de estos seres se atreva a cruzar la frontera más transparente. El camino sin retorno. La vida muerta o la muerte viva.

Por Paul Medrano