Una apuesta

Parece que entro al hocico de un animal justo cuando está expirando. Entre los altos muros se contiene un vacío hambriento y olor a humedad. El viejo mercado parece a punto de derruirse: a voluntad, plácidamente. Como quien se queda dormido una noche y olvida despertar al día siguiente. Y al siguiente. Son pocos los locales abiertos, incapaces de dar vida a un bodegón de tales dimensiones. Dentro del animal muerto serían sólo recuerdos agonizantes.

“Doña Tere”, dice el letrero de madera que anuncia aguas, jugos y esquimos. Y para no dejar lugar a dudas ella misma se presenta en cuanto me acerco y pasa un trapo maloliente para limpiar la barra de azulejo: Yo soy Doña Tere, la única Doña Tere en muchos kilómetros a la redonda, ¿qué te sirvo? Le confieso que tengo una resaca terrible. Ahora verás –dice optimista–, con lo que te voy a preparar te compones luego luego.

Un hombre parado a mí lado se lleva un vaso desechable a la boca. Su cuerpo es lánguido y el rostro abotagado, la piel pálida y las mejillas amoratadas como si toda la sangre del cuerpo se le amontonara ahí. Le faltan todos los dientes frontales, superiores e inferiores, pero aun así sonríe despreocupadamente después de tragar la bebida. Parece feliz, se le nota cierta tranquilidad en la mirada, pero no una tranquilidad o una felicidad cualquiera. El  señor sabe de renuncia. Se ve felizmente derrotado. Platica con su acompañante, un hombre más joven. Bromean, ríen, alburean. Intento poner atención pero no logro agarrar el hilo de la plática, el motor de la licuadora en la que se mezcla mi bebida sanadora es bastante ruidoso. Cuando por fin se calla, los dos amigos ya se están despidiendo, el más joven toma de un trago el residuo de su vaso y se retira sonriente.

Ese joven me recuerda mucho a mi hijo. Nomás que mi muchacho ya está muy enfermo –me dice Doña Tere como si retomara una platica pendiente–. Lleva meses así, los doctores dicen que es algo de los riñones que no funciona bien, no hay muchas esperanzas. Y está muy joven mi hijo –vacía la bebida en un vaso de unicel–. Tómele un poquito para vaciarle lo que queda. Doy un trago y le acerco el vaso. Pero tómele más, sobró bastante. Esta vez doy un trago más largo y el hombre canoso me imita con su vaso, bebe y después estira la mano pidiendo refill. ¿Otro, Don Luis? Ahora sí, uno y ya, Doña Tere. Ya me debe varios, ¿cuándo me paga? Pues ya sabe, como siempre, nomás que me den lo de mi pensión le vengo a pagar; ya qué falta. Doña Tere lo mira dudosa por unos segundos, pero parece seducida por la sonrisa desdentada de Don Luis y cede a sus encantos.

Pues ya le digo ­–me sigue contando mientras acomoda un banco y se sienta recargada en la barra del pequeño local–, yo creo que mi hijo ya no sale de ésta, los doctores no le dan muchas esperanzas y yo cada vez lo veo más débil; si usted lo hubiera visto antes de que se enfermara, era bien trabajador, estudió para contador y era de los buenos, que ya lo llamaban de acá, que ya lo llamaban para allá, se la pasaba viajando.

¿Y de dónde viene su enfermedad? ¿Le han dicho el motivo? Pues yo digo que fue la mala alimentación, su mujer no lo cuida, no le da bien de comer, mi hijo llegaba después de trabajar todo el día y nunca había de comer; la alimentación es bien importante, yo por eso les digo a los muchachos que trabajan acá que se alimenten bien para que no se vayan a enfermar.

A veces no es porque no quieran, Doña Tere, es porque no hay con qué –dice balbuciente Don Luis, quien ha estado escuchando muy atento–. No pues eso sí. Han cambiado tanto las cosas. Nosotros llegamos acá en el año de 1965 con mis padres. Estaba este señor de presidente, ¿cómo se llamaba? Tenía cara de diablo. Y sí era un malvado, ya ve todo lo que pasó. Pero hasta eso la vida no era tan complicada. Mi papá compraba a veces cien cajas de mango para surtir sus distintos locales, se vendía harto y se vivía bien, o por lo menos mejor que ahora. Ya son cuántos años de entonces, más de cincuenta. Empezó a bajar la venta, primero con los tianguis sobre ruedas, después llegaron las grandes tiendas y poco a poco la gente dejó de venir al mercado. También pasó el terremoto del 85, después del temblor todo cambió. Ahora con trabajos vendo una cajita de mango.

El tono en que Doña Tere termina la última frase sólo deja espacio para un largo y profundo silencio. Se puede escuchar la natural erosión de los muros. Sorbo mi bebida, Don Luis apura la suya. Miro el reloj, no tengo prisa por llegar a ningún lado, pero mis piernas se entumecen y siento ansiedad por moverme.

Don Luis me observa. ¿Qué hora es? Las dos de la tarde. Ya me voy a ver el partido, aposté quinientos pesos a mis Chivas; ahorita me pido una bola ahí en los mariscos y con esa me la llevo todo el juego, ya si veo que gano pues me alcanza para pedirme otros tragos. Suerte entonces, le digo. Gracias, gracias. Nos vemos Doña Tere, luego vengo a pagarle –dice Don Luis mientras se aleja chancleando y agita la mano. Si gana mejor me viene a pagar de una vez en lugar de gastárselo por allá. ¡Ah qué Doña Tere!

Yo también me levanto, me despido y camino buscando la salida. Entre los pasillos escucho la narración del partido. De pronto un ¡Gooool! llama mi atención, me asomo a un puesto de flores que huele a tumba abandonada y espero la repetición en el televisor. La anotación fue de Chivas, el marcador hasta ahora 1-0. Salud, Don Luis, digo para mis adentros y pienso que quizá la vida no es tan complicada, tal vez es más simple cuando uno aprende a renunciar.

Camino entre los corredores sin poder salir, recorriendo una y otra vez el mismo pasillo. Ya no escucho el televisor. Por ningún lado se ve Don Luis. A lo lejos oigo el ruido del exterior: el tráfico, el barullo urbano. Regreso sobre mis propios pasos para encontrar la salida y miro de reojo hacia el local de Doña Tere. Ella sigue ahí sentada, en la misma posición que cuando me despedí, la cabeza gacha y la mirada perdida. No, quizá la vida no es nada simple.

 

Edgar Ortiz Barrón

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Del olvido

La ruta de casa al trabajo y del trabajo a casa es diario la misma. Todos los días desde que él falleció. Antes también era igual, pero al menos podíamos salir un poco más tarde y evitar el transporte público. Nunca aprendí a manejar y ahora que él no está debo salir mucho más temprano, antes de que amanezca, caminar por las calles solas, cuidándome de los perros que a esta hora aún se ponen nerviosos cuando ven gente pasar. Ladra el primero con el hocico entre las rejas y el concierto inicia. Y las amenazas también. Algunos me reconocen, quizá por mi manera de caminar, de arrastrar los pies; quizá reconocen el olor de la fragancia que uso desde hace tantos años. No veo a los perros, sólo los escucho. Los odio porque son como mis recuerdos ladrándome desde un lugar muy lejano. Lo mismo todas las mañanas al salir y todas las noches al volver.

Detesto trabajar los domingos. Debo esperar un camión por horas en medio del frío, abordarlo y encontrarme con esas miradas llenas de cansancio y rencor. El traslado se hace eterno. No sé cómo todos los demás pueden dormir cuando parece que este camión se desbaratará en cualquier instante. En qué momento se me ocurrió sugerir que viniéramos a vivir tan lejos. Quería una casa grande, tan grande como la que tengo ahora pero no para mí sola.  Imaginaba a mis hijos viviendo todos juntos con su padre y conmigo. Después ellos partirían para dar paso a las reuniones familiares los fines de semana, con los nietos. En esta historia yo no trabajaría los domingos. En esta historia él aún estaría vivo. Tanto como lo estaba en el sueño de esta madrugada. Llegó caminando muy tranquilo, como si nada. Cruzó la puerta con bolsas de despensa repletas de latas, granos, leche y no sé qué tanto. Ya llegué, dijo sonriente y puso las bolsas sobre la mesa. Yo lo vi desde la cocina, sorprendida. No, sorprendida no es la palabra, estaba muy enojada. Verlo tan feliz y tan vivo me molestó. Cómo se atrevía a volver así, como si nada, de la muerte. ¿Y mi duelo? ¿Y mi tristeza de tanto tiempo? ¿Y mi amargura? ¿Cómo se justificaba ahora todo eso si él jamás había muerto? ¿Cómo me acostumbraría a verlo todos los días? ¿Qué haría cuando muriera de nuevo? Porque si estaba vivo irremediablemente moriría. No estaré presente, le dije, no esta vez. Le juré que no asistiría a otro velorio suyo sin importar cuántas veces muriera.

Cuando llego al trabajo enciendo parrillas y horno, saco lo que necesito de la cámara de refrigeración y dejo todo listo para cuando lleguen mis ayudantes, como si yo fuera la pinche. Lo hago porque los domingos nadie llega temprano, pero sobre todo porque así los vacíos se llenan de cualquier cosa.

Mi jefa dice que podría jubilarme. Por mi edad y el tiempo que llevo trabajando recibiría una buena compensación como finiquito y una mensualidad más que suficiente para vivir el resto de mis días. Y si a eso le sumamos la pensión que recibo por mi difunto esposo podría, incluso, darme uno que otro lujo. Mis hijos también lo sugieren. Vaya, casi me lo han exigido. Se sienten culpables. Saben lo que implica para una mujer sola y de mi edad salir todos los días a trabajar. Y su conciencia los abruma. Les he aclarado que no tienen por qué sentirse así, que no es culpa suya, que no tengo necesidad más allá de la que me crea mi miedo a la soledad. Procuro no tocar ese tema con ellos, he notado que cuando lo menciono provoco un efecto contrario al que deseo. En cuanto digo que me siento sola cambian el tema y desaparecen durante días o semanas. Ni una llamada. Por ese mismo motivo he evitado platicarles que estoy perdiendo la memoria, que cada vez me cuesta más concentrarme y que he sufrido algunas quemaduras leves en el trabajo porque siempre estoy distraída, como incompleta. No les digo lo que me cuesta mantener una plática coherente cuando en ocasiones no puedo acomodar las palabras en una oración, porque las palabras simplemente pierden sentido como cuando se las repite muchas veces hasta que ya no significan nada. No les cuento, por supuesto, de mi insomnio provocado por alucinaciones nocturnas. Si les contara quizá ya ni siquiera llamarían de vez en cuando como lo hacen ahora.

Esta tarde he decidido probar una nueva ruta para volver a casa. He visto unos camiones que al parecer me dejarán más cerca que los que acostumbro. El recorrido será igual de largo, pero si logro evitar a los perros y sus molestos ladridos habré ganado mucho.

Cuando desciendo del transporte, al final del trayecto, me siento un poco embrollada. Las calles me parecen conocidas pero no estoy segura en qué dirección debo caminar. Todavía hay luz de día pero oscurecerá pronto y los ladridos comenzarán. Las calles están casi vacías. Es domingo. Después de recorrer unos metros decido volver sobre mis propios pasos y probar dando vuelta a la derecha en la siguiente esquina. Camino una larga cuadra. Aún reconozco la zona pero no estoy segura si voy en la dirección correcta.

Un hombre se acerca por la acera de enfrente, su rostro me parece familiar. Me acercó a él y le pregunto por la calle Lago Azul, mi calle. Ésta es la calle Lago Azul, me responde extrañado. Usted vive ahí, dice mientras señala mi casa justo frente a mí, a menos de diez metros. Camino hacia la puerta, busco las llaves en mi bolso. Los perros comienzan a ladrar. No encuentro las llaves pero sé que están ahí, las escucho sonar cuando revuelvo el desorden dentro del bolso.

 

Edgar Ortiz Barrón

La nave de los locos

En la plaza no queda un lugar tranquilo para sentarse a leer. Hace muchos años aquí el cielo era más azul. Un lugar para estar en paz. Poco a poco los alrededores se fueron llenando de escuelas, hospitales, seminarios, conventos y sanatorios mentales, cuyos pacientes, después de cierto tiempo de no recibir visitas, son expulsados a la calle.

Ahora la plaza se ha convertido en un sitio turístico, sobre todo los fines de semana. Pancho camina con pasos acelerados pero cortos, quiere escapar del tumulto, intenta sacudirse el barullo como si espantara mosquitos que rondan su cabeza. Se sujeta el pantalón para evitar que se le vaya hasta las rodillas, uno de los zapatos le queda muy grande y provoca que tropiece continuamente. En la misma mano que sujeta el pantalón, enrollado, lleva un libro y un marcatextos, a la espalda un saco con sus pertenencias.

Los otros habitantes de la plaza ya se han acostumbrado a estas visitas de cada ocho días. Cecilia se monta a la cabeza una canasta vacía, hace varios años que vendió el último ramo de flores de los que cargaba allí, pero ella camina con orgulloso porte como si la canasta fuera rebosante. Pequeña de estatura y descalza va lanzando sentencias con voz enérgica, señalando a la gente. Malú habla de sus perros, esos pobres perros a los que no les puede dar de comer y que le quieren arrebatar porque están descuidados. El Fotos, viejo compañero de Malú, vende cigarros y dulces. Y sí, también toma fotos.

Pancho no acepta limosnas, no bebe, no mendiga comida. Si acaso, se asoma alguna noche por la ventanita de la cantina y espera paciente a que le den un itacate, agradece con un gesto y se retira. Un gesto. ¿Hace cuánto no platica con alguien? Una sonrisa es probable cuando recibe un libro, a Pancho le gusta leer. Cuando la plaza está desocupada, cuando no es domingo, va por todos lados leyendo. Se sienta en una banca; se acuesta boca abajo en el piso; se recarga junto al kiosco. Bajo la palmera lee y subraya con su marca textos. Pancho no platica, Pancho lee en voz alta.

Pero los domingos no son buen día, no hay donde sentarse a leer un rato. Mucho ruido, muchos distractores: los paseantes, los vendedores, los niños corriendo, el payaso y su silbato. Los domingos Pancho quisiera salir corriendo pero los pantalones se le caen y un zapato se le sale. Sólo puede caminar de un lugar a otro para que no se lo coma la ansiedad.

Hoy es domingo, poco más de medio día. Frente a los arcos de la plaza se estaciona una camioneta blanca, abre la puerta corrediza, bajan ocho, quizá nueve adultos, hombres y mujeres. De la puerta del copiloto desciende una mujer con uniforme de enfermera. Ella y dos mujeres mayores se sientan a la mesa de un café. Un hombre lánguido, enjuto, enciende un cigarrillo y lo fuma ansioso, se acerca a un gorrión que come migajas de pan del suelo. Otro hombre da vueltas sobre su mismo eje, como si tuviera un pie clavado al piso. El mayor de ellos se arrodilla y hace reverencias, balbucea, parece estar orando. Los demás apenas están ahí, en la catatonia. La camioneta se aleja.

Pancho observa desde la acera de enfrente, algo en aquel grupo peculiar llama su atención, intenta cruzar la calle. Los automóviles lo ponen nervioso. Da medio paso y regresa. Temerario se lanza al arrollo vial, aprieta los dientes como si así pudiera sujetar los pantalones a punto de caer, el marca textos apenas agarrado con las uñas, las letras a punto de desprenderse de sus páginas. Lo ha logrado, su sonrisa es única. Se sienta en un reducido escalón junto a la entrada del café, toma su libro y comienza a leer, hace breves pausas para subrayar y continúa por más de una hora. Lee pausado y de vez en vez levanta el rostro y sonríe. Leer, subrayar, sonreír, leer.

La camioneta regresa después de una hora, quizá dos, quién sabe. Se estaciona en el mismo lugar de hace un rato. El grupo y la enfermara abordan. Pancho deja de leer, dobla su libro y lo mete bajo el brazo, inquieto los mira a punto de partir, se acerca al vehículo, la puerta corrediza se cierra frente a él, su reflejo deformado aparece en la ventana. La nave de los locos se aleja ante la mirada dubitativa de Pancho. Quizá en otra ocasión, quizá el próximo domingo.

 

Edgar Ortíz Barrón

Laura y los gorriones

Desde hace años paso las tardes de los domingos en esta mesa al aire libre, en los portales de la plaza. Hasta la semana pasada, bebía y fumaba aquí toda la tarde, hoy cumplo seis días sin fumar. Dice Laura, mi mujer, que cuando la gente deja de fumar tiende a subir de peso, ya que la ansiedad incita a comer para paliar el vicio. A mí no me ocurre eso, al contrario, como menos que antes, pero quizá bebo más.

Como dije, llevo años visitando este lugar. Algunos pasan y saludan, nadie se sienta a mi mesa. No soy buena compañía, no me gusta hablar. A Laura le costó tiempo acostumbrarse. Sé que a veces se esfuerza demasiado porque me ama. Por eso no digo nada cuando no me mira a los ojos al decirme que saldrá con alguna amiga y pasará la noche en su casa. No hago ningún reclamo cuando se esconde para responder un mensaje desde su teléfono. Me hago el distraído cuando comemos en silencio y veo de reojo que lanza su mirada al vacío como anzuelo para atrapar un recuerdo; entonces tuerce la boca y se traga el recuerdo con dificultad.

Bebo media cerveza de un trago. Miro palomas y gorriones en el piso comiendo migajas. A Laura le gustaban los gorriones, durante un tiempo crió algunos hasta que le aburrieron. Se aburre con facilidad. Aún mantiene una pareja de ellos, la primera que tuvo y a la que le tiene especial cariño. Termino mi cerveza y de inmediato pido otra. Observo el anillo encendido recorriendo el cigarro de la mujer que fuma en la mesa frente a mí, lo escucho arder.

Laura dejó de fumar hace unos meses, de un día para otro comenzó a molestarle el humo y el olor, no me permitía acercarme a ella si tenía un cigarro en la mano o recién había fumado. ¿Cuánto tiempo tardará en desaparecer por completo el olor a tabaco en una persona que ha fumado treinta y cinco años?

Me sirven otra cerveza y doy un largo trago. Veo estacionar a “la nave de los locos” junto a la acera. Así le llaman, es una camioneta blanca, tipo Van. Cada domingo llega un grupo de pacientes de un sanatorio mental cercano a la plaza y les permiten pasear por los alrededores. El joven extremadamente largo y flaco que camina hacia acá se parece un poco a mí, lo he visto en otras ocasiones, tampoco le gusta hablar.

Se pone en cuclillas junto a las aves que comen las migajas del piso. Toma en sus manos a un gorrión. La pequeña ave se deja agarrar cual cachorro domesticado, se ve diminuta entre sus manazas. Él camina hasta mi mesa. Se sienta junto a mí. Deja asomar únicamente la cabeza del gorrión por un hueco formado entre pulgar e índice. Con la otra mano saca un trozo de pan del bolsillo. Arranca un pedazo con los dientes, lo mastica, asoma la punta de la lengua y alimenta al gorrión.

Cuando llego a casa le cuento mi tarde a Laura. Ella asiente a cada frase pero sin prestar atención a lo que digo. Pregunto si puedo llevar la próxima semana la pareja de gorriones que aún conserva y regalarla a aquel hombre, quizá le sirva como terapia y ella se liberaría de atenderlos. Asiente de nuevo. No estoy seguro si realmente me ha escuchado, parece que algo le preocupa. Pronuncia mi nombre y dice algo incomprensible con la mirada. Una pausa… “olvídalo”.

Las últimas noches han sido terribles. La necesidad del cigarro es apenas soportable a estas horas. Sirvo un trago y doy vueltas por la casa abriendo cajones, reviso entre los libros, en las repisas, enmedio de los cojines de la sala. Si encontrara un cigarro no lo fumaría, mi decisión es definitiva, pero me distraigo buscando. Cuando regreso a la cama observo una maleta escondida bajo las escaleras. Se parece a esa maleta que Laura compró hace años y nunca estrenó. No recuerdo la última vez que viajamos.

Laura descansa profundamente. Me meto bajo las sábanas, dudo poder dormir. Recuerdo la escena en la plaza. Mientras le daba de comer al ave, el joven flaco y desgarbado me miraba obstinadamente. Sin parpadear ni gesticular comenzó a apretar al gorrión en su puño y lo extendió hacia mí. El pico se abría cada vez más y lanzaba un chirrido detestable. Escuché cómo se quebraban sus frágiles huesos, como palillos. La imagen era grotesca, pero en la mirada encendida de ese hombre poco a poco se alojaba una envidiable paz.

 

Edgar Ortiz Barrón