Frascos

Fracaso y frasco comparten letras pero no circunstancia.

El frasco encierra, o puede encerrar: frijol, granos de elote, azúcar, clavos a medio oxidar, leche en polvo y una larga lista de objetos siempre que estos le quepan por la boca.

El fracaso, en cambio, almacena toda clase de otras cosas y es capaz de contener elementos de gran volumen: años de la vida, aspiraciones, recetas fallidas, afectos imposibles y cosas con engañosa apariencia de buena idea.

Al frasco se le puede dejar en la vitrina, debajo de la cama, adentro de la nevera. Es así que uno puede salir y hacer su vida, conducir el auto, besar a un bebé o contemplar la tarde sin que el recuerdo del frasco haga su aparición por la memoria.

El problema del fracaso es que se prende al cuerpo, que no a la ropa (situación que sería mucho más sencilla), y valiéndose de un sofisticado mecanismo se incrusta en cualquier elemento que uno se haya propuesto disfrutar. Se le puede ver allá, como un marsupial indeseado justo al final del jajajá o en el último sorbo del café.

Uno se puede llenar de frasquitos de todos los colores y tamaños porque nunca se sabe qué cosa requerirá almacenamiento. A quien guarda frascos se le llama precavido.

Por otra parte, uno puede llenarse también de fracasos de variada profundidad porque el anhelo es terreno fértil para su propagación. A quien guarda fracasos no se le llama de ninguna forma porque de los fracasos no se hace alarde, como sí se haría de los frascos.

Yo, por ejemplo, no tengo frascos secretos pero sí fracasos inconfesables de distintos modelos. Algunos con la boca más ancha que los otros.

Los frascos por lo general no varían de tamaño, por eso uno puede confiar en que la alacena no estallará un día, de buenas a primeras, ni se vaciará a menos que una mano intervenga. Con los fracasos es un poco distinto porque, cuando hay suerte o tiempo, llegan a desaparecer. Lo malo es que son autónomos en cuanto a su capacidad para expandirse y es ahí cuando la cosa se pone difícil.

Ojalá los fracasos se parecieran más a los frascos —pienso—, y ya con ese deseo contribuyo a la multiplicación.

 

Lolbé González Arceo

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A la espera

Esa mañana y rumbo al trabajo se repetía a sí misma que debía esperar. Había aguardado durante el fin de semana tratando de restarle importancia al tema; pero ya no le era posible ver lo sucedido como una nimiedad. A cada paso se convencía más: sabía que al llegar el lunes, su cuerpo volvería a temblar de gozo al estar frente a él. Pero también, y bien lo sabía, iba a sentir el vergonzoso descenso emocional, el descalabro, la ruptura de su propia imagen, sin saber cómo restablecer el vínculo entre los dos.  Si él la repudiara, si hubiera pedido cambio de departamento, o algo así, no podría soportarlo Se había esforzado en esperar hasta el lunes, y ya era lunes; un día como todos, o así debía de ser.

Al llegar a la oficina y verlo, la dicha la cubrió; él ya estaba allí, absorto en la revisión de unos folios. Se saludaron con un inocente buenos días y se aplicaron a su trabajo. Volvía a estar cerca de él, los dos muy próximos, juntos una vez más. Cada uno se enfrascaba en sus labores como si nada hubiera pasado.

Por el gran ventanal de la oficina entraba la luz lujuriante de verano, echándose con abandono felino sobre los sobrios muebles.  Las brillantes baldosas del pasillo ataviadas de luz, marcaban la distancia que mediaba entre los dos únicos ocupantes del enorme espacio.

Ella giró la cabeza hacia él y, con disimulo, observó al joven: pulcro, resuelto, atractivo, enfrascado en lo suyo… y distante.  Al menos está aquí, se dijo. El tenso ambiente parecía aguardar las palabras que no se daban. Era tan diferente a otras ocasiones cuando el silencio era roto por ella iniciando la charla. Pero no era así esta vez, y en el espacioso local imperaba, junto a la callada voz de los papeles, la indiferencia.

Era como si él también hubiera estado esperando al lunes, resuelto a ignorar el incidente. Qué tonta, se culpó; esperando el lunes solo se había desgastado maquinando aclaraciones y disculpas, y ahora estaba convencida de que aquel silencio era lo mejor para los dos.

Sintió de pronto el impulso de agradecérselo. Después de todo él era tan gentil al no hacer alusión al hecho reciente, cuya reminiscencia la avergonzaba ahora.  Pero cómo empezar:  “Cuánto te agradezco el que… Gracias por… Qué bueno que…” Se dio por vencida. Era inútil, tenía el pensamiento entorpecido y la elocuencia   desahuciada.

Gran dilema para una mujer de costumbres antiguas y con ese fardo implacable de ser tan como era ella, pensó.  Bien, le daría las gracias y también ella intentaría no recordarlo más. Pero cómo iban a bloquear la asociación de ideas, la recreación los llevaría al recuerdo insalvable. Lo conducente era darle sepultura, como a un ave débil y agonizante que acabara de morir. Mencionar era revivir, no existía un modo de aludir a un no pensar, sin pensar en ello.  Recordaba aquella película donde un fiscal manipula a los miembros del jurado pidiéndoles no pensar en un caballo azul, logrando precisamente lo contrario, que surgiera en las mentes un imprevisto galopar color añil.

La memoria la hacía regresar otra vez al motivo de su sonrojo.  Pudo verse y oírse de nuevo ante él, expresándole sin pudor audaces pensamientos y deseos locos. Era como ver pasar una procesión de sombras culpables, cuando inexplicablemente habían brotado de sus labios las desatinadas palabras. Cómo había podido pronunciarlas con aquel desenfado, cómo fueron saliendo sin inhibiciones.   Sintió vergüenza.  ¿Por qué lo había hecho, si nunca había sido alentada por él, si sólo podía aspirar al impersonal aprecio del joven compañero de trabajo? Había expuesto algo tan valioso, su cercanía cotidiana, los gratos momentos de conversación.

Furtivamente volvió a fijarse en él; su rostro varonil denotaba concentración en el trabajo del día.  Aquel abordaje del pasado viernes, iniciado por ella a pesar de ser una mujer de habitual timidez, timidez que se había ido disipando al calor de las palabras y los sentimientos, permitiéndole pronto hablar sin cortapisas, al ir otorgándose a sí misma y en secreto los justificantes a su conducta inusual. Como si esperara la dispensa que otorgamos a los desconocidos cuando, en ciertas circunstancias, nos platican audacias un tanto vergonzosas, confesiones que recibimos con cierta indiferencia al no tener vínculos emotivos con ellos.

Luego, varias veces, llevándose de encuentro su vanidad femenina, se había preguntado ¿en verdad no le gusté, no le parecí guapa?   Era inútil el cuestionamiento ahora.  Quizá había intentado salir de su asfixiante existencia, un capricho tardío en su solitaria vida de mujer sola. Se preguntaba si él habría percibido esto. Pero finalmente qué importaba; ni ella misma lo comprendía del todo.  Mas no recapitularía ni en los gozos ni en las atriciones, pensó.  Nada había para celebrar, pero tampoco para reprocharse.  De qué le serviría ahora revolcarse pesarosa en el polvo del arrepentimiento.

Desde ese momento le negaría la cabida a más emociones atormentadas… Después de todo, qué había sido si no un simple encuentro entre un hombre y una mujer, eso era lo que un hombre pensaría, y claro, con la peculiaridad inusual de haber sido propuesto por la mujer.  Y de ello ya se había arrepentido lo suficiente.  Ahora, él le extendía con gentileza el olvido, y ella estúpidamente hasta quería darle las gracias; qué patética.

Había sucedido como cuando los fuegos artificiales llegan inesperadamente y atemorizan y fascinan a la vez, así la poblaron chispazos de luminosa evocación. Se volvió a ver a sí misma, conviniendo con él una cita, fuera del sitio de trabajo, y se recordó confesándole sentimientos amorosos que la ahogaban. Aquella  noche junto a él, en íntima entrega, de pronto se halló  preguntándose,  “Qué hago aquí, qué es esto”, y reconocido tan solo un trastorno de los sentidos, de las pasiones incendiadas de dos, como si en ella habitara una extraña e irreconocible mujer  que había hablado desde dentro de sí.  Pero había sido ella, sólo ella quien, caprichosamente, se había atrevido, sin ninguna cortapisa, a entregarle su intimidad a un hombre, al decirle me gustas mucho, pienso en ti, te deseo, bésame.

Y había algo más.  Algo que se dio entre la cercanía de la piel, de la respiración, de las palabras surgidas entre los sentimientos y la pasión, en ese lapso eterno entre la sorpresa y la entrada al gozo, del placer, horas antes de la despedida.  Había aprendido que después de la entrega de dos cuerpos descubriéndose e inventándose, ya nada era igual entre ellos.  Pero así como paladeaba íntimamente su sueño realizado, también probaba ahora la amargura del arrepentimiento.

De nuevo miró hacia él, enfrascado en la lectura de algunos papeles.  Volvían a sus rituales, los dos bien plantados en la cotidianeidad. Comprobaba que no quedaba ningún resabio y, superado el peligro, se sentía bien. De nuevo amigos; pero no, el trato entre ellos nunca había alcanzado ni siquiera el rango de amistad. Ahora, de vuelta en la rutina, vivía el momento embarazoso, deseando decirle gracias por no acordarte, pero optaba por el silencio, un mudo gracias, un mensaje callado y sin riesgos, porque tras su atormentada penitencia a la espera del lunes, se sabía ya exculpada de su pecado de transgresión,

Y también sabía que ya comenzaba una nueva espera, distinta, larga e ilimitada, porque era ahora cuando empezaba a amarlo verdaderamente.

Graciela Ramos Domínguez

Historia de un paraguas

Hay cuentos que se parecen a otros cuentos, personajes que brincan de una historia a otra como los lobos, las brujas, las abuelitas y una que otra princesa que se queda dormida durante toda la historia o no duerme por un simple e infeliz chicharito, el guisante, no el futbolista.

Es por eso que pido un poco de indulgencia para el protagonista de esta historia que es un paraguas de color rojo.

Evoco alguna memoria visual en que sobresalía de todos los demás paraguas en una ciudad gris para encontrar el amor. ¿O era amarillo? No sé, en todo caso piensen en este como en otro capítulo de su vida.

Como todos tuvo sus momentos de gloria. Salió de la tienda, reluciente, hermoso y gran protector. De la lluvia, del sol, hasta de algunas señoras abusivas del metro. Funcionó como espada y bastón, provocó elogios entre la concurrencia. Pero su fortuna terminó y no porque lo perdieran como le ha pasado a tantos de sus compañeros olvidados en salas de espera, restaurantes, oficinas de gobierno, bancas del parque o casas ajenas. No, le pasó tal vez lo más terrible.

Un día sintió como empezaba a ceder el segurito que lo mantenía cerrado, hasta que se rompió y de pronto dio un salto del perchero y se abrió al llegar al piso, repentino y escandaloso como el hipo de un borracho.

En ese momento corrí desesperada inmediatamente a levantarlo, pero cuando traté de cerrarlo me di cuenta del terrible desperfecto. Ya poca gente se fija en ese tipo de cosas, pero por desgracia lo había comprado yo, una mujer supersticiosa que de ninguna manera consentiría tener un paraguas abierto bajo techo. Mala, malísima suerte.

No dudé un minuto en ponerlo de patitas en la calle. Así abierto, expuesto al vaivén del viento, no tuvo de otra que echarse a volar.

Fue irónico, pero se sintió más poderoso en el abandono. Se convirtió en globo aerostático, pájaro exótico, cometa de papel y de polvo de estrellas, nube con pretensiones nocturnas de súper luna.

Justo cuando estaba en el paroxismo de su ego, con las alas extendidas en la punta la montaña más alta, se desató la tormenta y un rayo certero lo convirtió precisamente en los pedazos de la propia lluvia para la que estaba planeado que se defendiera.

Algunas gotas rojas cayeron sobre mi nuevo paraguas negro, dándole un poco de contraste.

 

Catalina Kühne Peimbert

Mujer que indaga

Le dijeron acude, y fue sin prisa.

Escuchó que el problema era que había flores arriba de las flores que impedían distinguirlas. Flores que no dejaban ver los colores de otras flores.

Le dijeron voltea, y vio el árbol.

Advirtió que había demasiados pájaros cantando. Que había música de pájaros encima del trinar de otros pájaros que hacía imposible diferenciar el canto.

Le dijeron abre los ojos, y miró al cielo.

Anotó que había estrellas dentro de las estrellas. Estrellas cuyo brillo desde adentro era más oscuro y triste.

Le dijeron es peligroso, y caminó hasta la orilla.

Vio la lluvia caer en el mar y a la línea que dividía ambas aguas unificarse hasta desconocer el final de la que cae y el inicio de la que descansa.

Le dijeron no lo sabrás nunca. Y pisó la arena y vivió los días y escuchó a los pájaros y se mojó en la lluvia y al ver las estrellas entendió que todo aquello no era mas que la vida escondida en sí misma.

 

Alisma De León

XXIV. Pina

Pina llevaba demasiados años en psicoanálisis y así como a los citadinos los delata la piel pálida, a los psicoanalizados los delata el musgo que deben rasurarse de la cara por las mañanas y la tierra que acumulan bajo las uñas cada vez que se ponen de rodillas para desenterrar su infancia. Han perdido frescura a cambio de tener en el piso de su memoria un catálogo de piezas identificadas, dispuestas y accesibles para explicar las siguientes piezas que se explorarán y clasificarán.

Pero Pina, justo ese día, se propuso vivirlo como “un día sin análisis”. ¿Podría dejar pasar las horas y tener una interacción con la realidad más instantánea? ¿Sería capaz de contener su instinto de escarbar a la primera provocación? ¿Existe la posibilidad de una mirada limpia? ¿Cómo sería pasar un día sin sentir el peso de todas las etiquetas y juicios que ya se había acostumbrado a cargar?

Pina casi muerde su puño al notar que de tres estaciones cercanas, sin chistar, ella había elegido estación Tormenta. Pero trató de que el nombre de la estación no le hablara, no le estuviera diciendo nada más sobre sí misma y sus acciones.

Si quería limpiar su mirada hacia las personas, debía dejar de juzgar lo más mínimo sobre ellas. Debía mirarlas y reconocer su total opacidad.

Pasaron diez minutos sin trenes y el andén se llenó. La gente miraba impaciente sus relojes. Punto. Tenían caras de angustia o fastidio. Punto. Pina se sintió afortunada por partida doble: durante diez minutos su mente había estado callada y además había conseguido asiento.

De pronto llegó un hombre que se sentó en la esquina izquierda de la banca al que Pina tuvo que mirar rápidamente a los ojos para no analizar su posible personalidad partiendo de juicios sobre la vestimenta, los colores elegidos, el tipo de zapatos, la higiene, etcétera.

—¿Puedo? —dijo él.

—Sí, claro —dijo Pina.

Pasaron dos minutos más sin trenes y el andén ya parecía un hormiguero. La gente se iba replegando hacia las paredes. Pina pensó que sería bueno platicar con el hombre y probar ser espontánea, fresca como si nunca hubiera pasado por un diván. Una mujer y dos hijos pequeños quedaron bastante cerca de Pina. La mujer, de pie, cargaba mochilas y tomaba a los niños de la mano mientras ellos decían “mamá, me quiero sentar”. “Mamá, ya me cansé”. “Mamá, tengo hambre”.

Pina le dijo al hombre que estaba sentado junto a ella en la banquita:

—¿Sabe? Cuando escucho la palabra “mamá” siento un deseo de sumergir los pies en agua caliente y quedarme dormida. Probablemente…

Y Pina habló durante 20 minutos más después de que el andén se hubo despejado.  Después de que la madre y sus dos pequeños lograron abordar. El hombre no supo cómo detener el flujo narrativo de esa mujer extraña que le estaba vaciando su vida y la ponía enfrente de él en piezas pequeñas y grandes con etiquetas, muy ordenada, catalogada, mientras salía tierra de sus uñas y un paño de musgo tupido comenzaba a cubrir su frente.

 

Mónica Flores Lobato

Objects in mirror (1)

*

Me recuerdo colgada de la ventana del asiento trasero, con la boca bien abierta, llenando los pulmones a tope

            ¿sí respiro más aire, viviré más?

mientras me perdía en el paisaje barrido por la velocidad y me dejaba golpear el rostro por el sol.

Me recuerdo con la mano extendida afuera del auto en movimiento, venciendo con trabajo el empuje del aire

            ¿podría la fuerza del aire arrancarme los dedos uno a uno?

 o disfrutando en secreto del punzante dolorcillo de los goterones de lluvia impactándose contra mi palma pequeña.

Me recuerdo repitiendo seis, quince, treinta y tres veces, “objects in mirror are closer than they appear”, como una suerte de mantra incomprensible,

            ¿sabías que cuando repites tu nombre muchas veces dejas de reconocerlo

                        de reconocerte en él?

nomina barbara, sonido y eco que a mis ocho años no era suficiente para invocar a dios ni para terminar de darle sentido a lo que yo empezaba a entender como vida.

**

Pero hoy soy yo quien va al volante y ya no recuerda. Le sostengo la mirada al semáforo en rojo porque sé que he olvidado el aire a tope en los pulmones, el dolor gozoso de la lluvia en las manos, el paisaje embarrado siguiéndonos durante todo el viaje.

Hoy me encuentro absorta en la calamidad del entorno, en las calles grises, en el calor, en la hostilidad de las palabras arrojadas por las ventanas de los automóviles, en la improcedencia de estar aquí.

Hoy encuentro en mí un dolor antiguo que se me desborda del cuerpo. Y lloro. A mares. A lágrima viva. A raudales

            como dicen.

Como Magdalena. Y como María. Y como Laura. Y como Beatriz. Y como Cecilia. Y como Fátima. Y como todas las mujeres que han llorado desde hace siglos con los ojos muy abiertos y el cuerpo entero comprometido, sintiendo la insuficiencia de los pulmones y la estrechez del pecho para contener la estampida de un llanto así.

Hoy lloro, en medio del tráfico, frente a un semáforo en rojo y alguien me mira. El espejo lateral me sorprende de pronto con la imagen de una mujer que llora y no soy yo. Nos miramos temblando en la misma incontinencia de nuestras lágrimas

            otra vez el punzante dolorcillo

            otra vez el aire a punto de hacer explotar los pulmones

                        ¿es esto la vida? ¿es esto el cuerpo?

y nos reconocemos, la mujer que llora y yo, nos acompañamos, de algún modo, nos abrazamos en medio del espejo. Seguimos llorando y no importa si nuestros nombres son Karla, María, Magdalena, Beatriz o Fátima. En este instante somos, hemos sido y seremos la misma mujer que llora desde hace siglos un dolor milenario, inexplicable.

***

La impaciencia de un claxon nos devuelve al tiempo. La luz verde nos urge a separarnos y continuar nuestros respectivos caminos. Nos incorporamos, corroboramos la permanencia de nuestros rostros en el otro espejo, nos sincronizamos para hacernos rápidamente de un pañuelo y eliminar los rastros del encuentro inesperado.

Regreso a buscarla. El espejo lateral ha quedado vacío de su imagen, pero lleno de la única certeza que tengo el día de hoy: “objects in mirror are closer than they appear”.

Karla Marrufo

Silencio personal

Cuando esperas algo con tanto amor e ilusión, intenta esperar en silencio. A veces compartimos de más, decimos cuanto nos viene a la mente y al corazón. Hacer partícipes a nuestros seres queridos de lo que nos ocurre, nos hace sentir más cerca de ellos. Las amistades se nutren con experiencias propias y compartidas. “Nada de lo que hagas en esta vida será legendario si tus mejores amigos no están ahí para verlo”.  Muchas veces es cierto, pero no necesariamente es una regla.

Es maravilloso descubrir la belleza de compartir los sueños sólo con uno mismo. Ser nuestros cómplices. Tener nuestros secretos. Disfrutarlo desde que es una cosquillita que se transforma en un sueño, hasta ver el proceso y, después, disfrutar del resultado. “Recordar es vivir”. ¿Qué si queremos compartirlo después? No pasa nada, pero nadie te quitaré el haberlo vivido en exclusividad.

Esta semana recordé tantísimas cosas (eso pasa cuando limpias tu habitación a profundidad) y me di cuenta que muchas no las había compartido con nadie: pensamientos, ideas, conclusiones, todas ellas encerradas en recuerdos, en objetos, cartas y fotos en mi habitación. Me sentí cómplice, sentí satisfacción y una pequeña pizca de maldad porque no se lo dije a nadie.

Por costumbre, guardo y tiro de todo, pero permanecen conmigo las cosas que para mí son más valiosas, ni una sola se va a la basura. “Sandra, ese suéter no volverá a quedarte, además,  ya no está de moda”, eso me dije cuando puse en la pila de “donar o vender” un suéter a rayas de colores talla chica, si me lo pongo me veré como tamalito.

La revelación llegó cuando por fin mi habitación estuvo de nuevo ordenada. “¿Cuántos años tengo?” pensé. ¿Cuántas de esas cosas guardé sin darme cuenta?

A veces es tan fácil sacar, tirar, dejar ir, y otras veces es impensable. No sé si es el tiempo surtiendo efecto, la edad que llega de golpe (y no me siento mayor) o simplemente las cosas dejaron de amarse o de doler porque todo tiene su función y tiempo de vida. En algún momento saldrán a la luz, en una plática casual o inspiradora. El tono de la conversación dirá si se comparte o no, pero comprendí que no es necesario compartirlo con todo el mundo.

Sí, sí se pueden ver cosas en mis redes sociales, y sí lo comparto sabiendo que la gente lo verá, No sé por qué lo hago. En general pienso que no me agradan las redes sociales. Aun así, tengo mi cuenta de Facebook y un cambio de foto de perfil cada cierto tiempo.

Es imposible no dejarse llevar, aunque sea un poco, por la marea, pero comprendí que intentar sostener el sueño de guardar las cosas para uno mismo tanto como sea posible, vale la pena.

 

Sandra Ramírez

AUTORRETRATO TEXTIL

Soy el pequeño mandil con estampado de panal que me empeñé en usar como vestido cuando era una niña y que olía al cajón de cedro del ropero de mi abuela.

Soy los vestidos de interminable tul, idénticos a los de mi hermana, que utilicé en contra de mi voluntad y dentro de los cuáles lloré porque ya quería ser adulta, cuando pensaba que eso implicaba la capacidad de decidir.

Los zapatos de piel marca Kinder, porque “para eso trabajo tanto, no para que usen zapatos de plástico, por mucho que los anuncie Xuxa”.

Soy mi primer reloj de pulsera, que me hacía sentir ocupada como los mayores a mi alrededor y, por tanto, importante.

Soy mi uniforme blanco y azul con falda por debajo de la rodilla, zapatos de charol de doble traba y calcetas hasta arriba, porque en mi escuela la vanidad era un pecado.

Soy un par de medias y payasito negro, maloliente y roído por la duela del salón de danza, que a veces se convertía también en pijama porque mi cuerpo exhausto no daba para más.

Soy la blusa de encaje que me puse la primera vez que se me ocurrió enamorar a alguien.

Soy todos y cada uno de los vestuarios cargados de sudor y nervios que fueron utilizados sólo una vez y luego condenados a una vida inútil.

Soy una universitaria camiseta cualquiera, tomada al azar porque no tenía ganas de vestirme, porque todo en la casa era un caos y había que dosificar la poca energía vital existente.

Soy una toga y un birrete pretenciosos y absolutamente descontextualizados, prometiéndome un futuro próspero, supuestamente garantizado por mis años de estudio.

He sido un arete en la nariz como marca de rebeldía y el posterior hueco en la nariz como signo afiliación al rebaño laboral.

Un uniforme institucional como ofrenda a mi empleador, cómo muestra de que no trataré de ir en contra de su autoridad y de que, en caso de tener ideas, las pasaré por oficio foliado.

Soy un pantalón negro y la cara lavada, en señal de protesta porque aquella tesis de maestría la escribí pero no fue mía, no se parecía a mí.

Soy la bolsa que lleva más de lo que sería práctico cargar sobre la espalda en un día cualquiera. Soy los zapatos de la semana reunidos y esperando en la puerta de la casa, con su generosidad para disculparme por no llevarlos a su sitio porque estoy muy ocupada, porque hoy si no puedo más.
Soy un tatuaje que no termina de asimilarse como inquilino de mi cuerpo.

Soy también y a escondidas un vestido negro que no uso pero que no me atrevo a desechar porque a veces percibo muy cerquita la muerte y quiero sentir que estoy preparada, que soy más lista que ella, que la vida (todavía) es hoy.

 

Lolbé González Arceo

Pies de plomo

La casa estaba envuelta en un silencio total, a tal grado que el ruido de mis pisadas rebotó contra las paredes haciendo eco, y eso a pesar de haber tomado la precaución de quitarme los zapatos. Me pareció la mejor de las ideas. Cuando planeé todos los detalles para colarme por la noche, en el número uno de mi lista decía con mayúsculas:

  1. ENTRAR DESCALZA.

Por supuesto que es necesario dejar los ruidos en su mínima expresión cuando una quiere pasar desapercibida, pero había una razón para que justamente esa precaución estuviera en el número uno de la lista, no solo era precaución, era un gusto. Resulta que odio los zapatos. Me parecen más que una prenda de vestir un instrumento de tortura, la cosa más incómoda que se haya podido inventar. Si por mí fuera nunca volvería a usarlos en mi vida. Y la vida que sabe más y que gusta de hacer chistes a nuestra costa, tomó nota y me concedió el deseo. ¿Quién lo hubiera dicho? Pero eso fue después.

Fue por eso que me volví una ladrona, porque por primera vez quería algo con todas mis fuerzas, algo sin lo que sentí que no podía seguir viviendo. Y aunque pregunté en donde lo habían comprado, busqué en todas las tiendas y sitios de internet y, finalmente, supliqué que me lo regalaran, no tuve una respuesta favorable.

Fue por eso que planeé lo que yo consideraba que sería el robo perfecto. Un robo que además ningún policía en su sano juicio querría perseguir porque no se trataba de llevarse nada que costara mucho dinero. No tocaría las joyas, ni la televisión de plasma o cualquier otro de los aparatos de última generación que estaban en casi todos los cuartos.

La casa estaba silenciosa y oscura. Era una noche sin luna y una casa con pocas ventanas, pero no había problema porque la conocía como a la palma de la mano. Había estado ahí muchas veces, hasta hace poco me consideraba una de las mejores amigas de la familia,  pero después de la actitud con la que me negaron lo que quería, ya no me importaba.

Así que me deslicé escaleras arriba hacia la recámara principal. La puerta estaba entornada y rechinó al empujarla, un rechinido digno de película de terror que me enchinó el cuero de la espalda, pero no dejé que el miedo me detuviera.

Avanzaba hacia dentro cuando me detuvo aquella suavidad inusitada en la planta de los pies colándose entre mis dedos. Ahí estaba el objeto de mis desvelos,  un simple tapete que parecía estar hecho tan solo de colas de conejos blancos bebés. Desde la primera vez que lo vi pensé que justo así se sentiría pisar esas nubes gordas que se ven desde la ventana del avión. ¡Era tan suave! Decidí esperar unos minutos más para disfrutar de aquella delicia. ¿Qué importaba si me daba ese gusto?

Mucho. Resulta que importaba mucho.

En el siguiente segundo sentí un golpe seco en los tobillos que me derribó al suelo.

Lo último que vi fueron los pies separados de mi cuerpo y a aquel delicioso tapete pintándose de rojo.

 

Catalina Kühne Peimbert

Presagios

Los muertos ya son felices. Es la única certeza que tengo. Y el único consuelo.

 

Nunca imaginé qué sería de mi vida sin él, es que nunca quise saberlo en realidad; despertaba y de alguna forma sabía que estaba ahí, en casa o en algún otro lado. Ese domingo, el espejo quiso prevenirme, advertirme de lo contrario. Desde niña tengo la mala costumbre de pasar mucho tiempo viéndome al espejo: poso frente a él, bailo, canto, y me cepillo el cabello un rato: antes de dormir y cada mañana al levantarme.

 

El espejo es mi lugar favorito de la casa.

 

Él despertó en la madrugada para salir a trabajar. Me dejó un beso en cada párpado y la promesa de volver a la hora del almuerzo. En un domingo normal, él hacía una pausa en su turno de 24 horas y volvía antes de que yo despertara. Aquel domingo llegó el mediodía, el sol que entró por la ventana fue quien me despertó. Adormilada fui directo al espejo de armar y comencé a cepillarme el cabello. En un momento, no sabría explicar cómo, mi reflejo se detuvo, me vio con ojos muy abiertos y me preguntó sin mover los labios: “¿Qué vas a hacer cuando él ya no esté?”. La imaginación buscó respuestas y me llevó lejos, a días que deseé imposibles; el temor cayó sobre mi ombligo y me dobló, me gotearon los ojos, se me desconectaron los músculos. De pronto la desesperación: no ha llegado, ya es tarde, no ha regresado. Algo surgió y se retrasó, repetí para tranquilizarme. De algún sitio en mi interior tomé fuerza y continué el día. El domingo terminó y él no llegó, tampoco llamó.

No me gustan los domingos, me deprimen. Los lunes, en cambio, son mi día favorito de la semana.

 

El lunes desperté extrañamente feliz. Evité en lo posible el contacto visual con los ojos de mi reflejo. Cepillé mi cabello con indiferencia, diez o quince minutos. Llegué a la oficina y me cambié los converse por tacones; preparé café y empecé a revisar mis pendientes con el playlist de los lunes. Escuchaba Yellow Ledbetter, de Pearl Jam, cuando sonó mi teléfono; el lamento del solo de guitarra me arrugó el corazón al mismo tiempo, con un sentimiento irreconocible. Si no supiera que es un músculo, juraría que en ese instante sufrí una fractura masiva de huesos del corazón.

Una voz femenina y fría pidió hablar conmigo. Soy yo, contesté dudando. Entonces se me vino de nuevo el miedo: (…) Hospital General (…) informarle (…) hospitalizado de urgencia (…) ¿es usted su pariente? (…) su presencia es necesaria.

¿Necesaria?, ¿necesaria-papeleo simple para tener la seguridad que alguien pagará la cuenta de hospital?, ¿necesaria-trasfusión de sangre urgente?, ¿necesaria-identificación de cadáver? ¿Qué tan necesaria es mi presencia?

 

La mujer colgó antes de que yo terminara de entender la “necesidad” de su llamada. Salí de la oficina corriendo, así, en tacones. Al llegar alcancé a verlo a través de un cristal en el pasillo del hospital. Me sonrió y levantó la mano, pero tuvo que taparse la boca para toser muy fuerte. Sus ojos miel lucían tristes. Sus ojos, sólo pude pensar en sus ojos, sin preguntarme cuál había sido la emergencia. Una enfermera estiró la cortina y me lo arrebató de la vista. Ésa fue la última vez que lo vi.

Nadie dijo nada. Me entregaron sus cosas en una bolsita de plástico. Y nadie dijo nada. Ni siquiera dijeron que las voces alarmadas que escuché detrás del cristal, ocultas por la cortina, eran las enfermeras y doctores que trataban de revivirlo. Nadie dijo nada. Nadie me dijo que cuando dejó de toser estaba muriendo. Nadie dijo nada. Hasta dos horas después, una mujer delgada y alta, de voz muy fría, fue quien lo dijo tan simple que tardé en unir las frases que llegaban a mí entrecortadas: sentimos informarle murió paro cardiaco.

No dije nada.

—Necesita traer estos documentos –me dio un papel– para que podamos entregarle el cuerpo.

El cuerpo. Suena tan ajeno. Su cuerpo. Un cuerpo que ya no significa nada más que un cuerpo muerto. Mi cuerpo, mi cuerpo vivo, su peso, cayó de nuevo sobre mi ombligo; me incliné hasta quedar hincada en el suelo, con los ojos goteando.

 

La mujer se alejó con prisa y yo quedé ingrávida en medio del pasillo. No dije nada. No sé cuánto tiempo pasé llorando. Recuerdo unos brazos que me apretaron por la espalda. Recuerdo un “tranquila, todo va a estar bien”. Recuerdo sus ojos. No sé cómo llegué a casa ni cómo encontré los documentos de la lista. No sé en qué momento cambié los tacones por los converse que había dejado en la oficina. Sé que no me gustan los domingos, que me encantan los lunes y el solo de guitarra de Yellow Ledbetter. Sé que paso mucho tiempo frente al espejo, cepillándome el cabello.

 

Sé que los muertos ya son felices. Son felices ellos que pueden flotar y volar, partir y volver y estar, y quedarse callados o gritar. Sé que son felices aunque nos vean llorando.

 

AG