Lo cierto es que los días no se detienen y las fotos se acumulan

Recuerdo una época en la que todo era tangible, incluso las fotos.

Tengo en mi laptop, sin temor a exagerar, alrededor de 10,000 fotos. Y es que –para quienes no somos fotógrafos profesionales–  la vida era muchísimo más simple antes de las cámaras digitales y los smartphone.

Al menos en mi vida, todo se complicó un poco hace nueve años. Justo cuando me adentré en el oscuro túnel de la tecnología y compré mi primer smartphone. También puedo afirmar que es desde entonces que vivo en un estado de angustia permanente: temo que mi celular caiga desde el segundo piso, que la pantalla cambie a negro y sea señal de que ha muerto; temo perderlo, atropellarlo, dejarlo sobre la cajuela y arrancar el carro sin darme cuenta; me da miedo que entren en mi casa y se roben mi laptop y mi celular con todos mis recuerdos.

Para mi infortunio algunas de las situaciones anteriores han pasado  –no diré cuáles–, por eso vivo pensando que de este fin no pasa, que ahora sí revisaré todas las fotos, aunque pase noches en vela, y seleccionaré aquellas dignas de ponerse en unos lindos álbumes. Porque yo estoy  chapada a la antigua y me parece que los recuerdos se aprecian mejor cuando pueden tocarse. Cuando están viéndonos con ojos fijos desde un bonito marco de 4×6 o 5×7 o desde la magnificencia y atrevimiento de uno 15×20 y no desde la acuosidad de esos portarretratos digitales en los que las imágenes pasan una tras otra y nos dicen hola por escasos segundos. Y es que la memoria no funciona así, al menos no la mía. Para recordar, requiero más tiempo, una preparación previa de la mente, algunos minutos para que los recuerdos que surgen a partir de la foto se vuelvan tridimensionales y la imagen se convierta también en sonido y  aromas lejanos.

Por eso añoro esa época en que llevaba el pequeño rollo a revelar y en una hora tenía las fotos listas y no acumulándose en mi computadora para siempre. Pero como el día es corto y mi organización no ayuda, tengo, además de todas las carpetas guardadas en mi laptop, 1,244 fotos más en mi celular y por cada una de ellas temo.

Y no quisiera sonar alarmista pero lo angustiante es que se trata de un fenómeno –a nada de volverse síndrome– que no sólo a mí me persigue (¡ojalá fuera la única!): cada que veo que alguien saca su celular y toma una foto, sé que esa también es una pobre alma atormentada.

 

Alisma De León

XVIII. Úrsula

¡Verde! Así empezó Úrsula su jueves, con el celular que no sonó, despreocupado, en la mano. Se acabó el gas y se bañó con agua fría. Cuando llegó a la pequeña mesita redonda del antecomedor, vio los materiales de su taller terapéutico de Literatura restaurativa. Debía leer el famoso fragmento de la magdalena y luego hacer algo con eso. Lo había leído en la preparatoria. Anoche había comprado un paquete Tía Rosa con dos magdalenas y usaría una bolsita de tizana de lavanda para recrear la escena y luego escribir sus impresiones para compartirlas con sus compañeros. Idealmente iba a tomarse treinta minutos, ahora debía salir en menos de diez. Prendió el agua en la estufa. Leyó dos líneas antes de guardar las fotocopias en su bolsa: “Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme (…)”. Tuvo que servirse al agua cuando apenas se formaban las bolitas más pequeñas en el fondo del pocillo.

Llegó a estación Tormenta. Ya no alcanzó banca en el andén. Recargada en la pared, sacó la bolsita de las magdalenas. La abrió ayudándose con los dientes. Cuando tuvo el panecillo emblemático entre sus dedos, puso toda la atención porque de ahí debía obtener una experiencia sublime que la catapultara a su infancia. Primero dio un sorbo a la tizana de lavanda. Luego mordió la pequeña magdalena. Masa. Muelas. Saliva. Una alfombra de grasa vegetal se extendió sobre su lengua y sobre ella pasó sin garbo el dulce avainillado del pan esponjado que acaba de masticar. Las yemas de los dedos le quedaron con brillo. Dio un trago a su tizana tibia que sólo empeoró la sensación pastosa y estéril que enterraba a sus papilas en el fondo de la mediocridad.

Su infancia había pasado casi tan inasible como los sabores agradables de esta mañana. Lo único que sabía hacer de niña era matar tardes. Todos en su edificio lo hacían en soledad. La única forma de matar las tardes era pasando todos los canales de televisión una y otra vez; alguna pausa para ir a la cocina, estirarse de puntitas y alcanzar la cajeta, las galletas Marías; dormir y despertar en el mismo programa en la interminable lista de los créditos. De su casa todos huían: sus padres, la luz del sol en las ventanas, lo divertido de cualquier juguete o juego. El tiempo era de una gordura desparramada que sólo podía organizarse con fragmentos dramáticos que tuvieran un principio, un desarrollo y un final. Se trataba de apagar la tele dos horas después de que los ojos ya dolieran de secos.

Sacó las fotocopias y se internó en las memorias de otro. Pasaron los trenes.

Se presentó con las manos vacías y perdió el turno para trabajar su asignación. Mientras los demás hablaban, Úrsula sintió que un enigma espigado, quizás como una lavanda trenzada con hojas de tilo, crecía agradable sobre su lengua.

 

Mónica Flores

La soledad y los pueblos

para quienes saben de la hospitalidad

y no dudan en compartir su saber

 

 

Siempre he sido sola. Así, con la contundencia del ser y no el capricho pasajero del estar. Y digo que he sido sola no porque no guarde lazos estrechísimos con seres a los que me vinculan muchas formas de amor, sino porque cuando estoy conmigo encuentro un sentido muy puro de realidad que se proyecta en los espacios que habito y los objetos que me rodean, como si a través de ellos se manifestara la vida misma en su más nítida expresión.

Esta suerte de soledad no implica estar aislada o incomunicada del prójimo, sino que tiene lugar en un instante de contemplación donde lo observado me absorbe por completo y me devuelve otra. Ante nuevos paisajes, imágenes, músicas y ritmos de vida suceden el asombro y esa cápsula de tiempo capaz de iluminar las cosas con nuevos matices.

Suele ser difícil sumergirse en esta soledad cuando lo cotidiano nos apresura con sus urgencias y pendientes, pero de repente, un descanso de segundos posando la mirada en una planta, en el agua que corre, en el viento balanceando el césped, puede también transportarnos a ese sitio.

Estos últimos días he visitado algunos pueblos pequeños, pequeñísimos a decir verdad (dos de ellos rondaban los 150 habitantes). Repasé sus callejuelas y sus monumentos históricos, sus ruinas y sus campos, sus iglesias y plazas. Más allá de los siglos que cargan a cuestas, en cada palmo de tierra, en cada muro derruido, en cada jardín cuidado con esmero y en cada fuente, fui encontrando múltiples espacios de esa soledad donde la vida se revela en todo su esplendor, como si en cada porción de espacio palpitara algo que florece únicamente para quien se detiene a mirar.

Ahora vuelvo a una de esas que llaman grandes ciudades y recuerdo con una enorme gratitud la hospitalidad de los pueblos, recuerdo también las palabras de Pavese que desde hace mucho tiempo me acompañan y explican a la perfección el sentido de esta soledad: “un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

 

Karla Marrufo

YO Y LOS ALACRANES

Mi signo zodiacal es escorpio. Y algunas veces he llegado a pensar que quizá esa es la razón por la que siento cierta simpatía hacia los alacranes; imagino que tal vez hay una conexión entre los caprichos de las estrellas, sus trazos, y nosotros; tal vez los escorpiones y yo recibimos los mismos influjos, benéficos o maléficos, las mismas melodías estelares.

Nunca había tenido la oportunidad de comprobarlo porque no me había topado frente a frente con uno. Todo esto que cuento era la pura teoría. Hasta que me mudé de casa.

Al primero de ellos lo encontramos un viernes. Un grupo de amigas estaba conmigo; era mi primera vez con un alacrán, y una de ellas, a quien considero una mensajera astral, fue la encargada de introducirlo en un botecito y de llevarlo a vivir a un terreno baldío, lejos de los constantes lloriqueos de los perros y de nuestra impredecible presencia.

A partir de entonces he encontrado por lo menos otros cinco. Los he hallado en la cama, en medio de las sábanas, en el patio de los perros, en el armario. Nos hemos vuelto hábiles al momento de la captura y tratamos de encontrar un sitio amigable, tranquilo, donde no corra peligro de ser capturado de nueva cuenta o, peor aún, masacrado.

A veces, cuando había pasado tiempo, me descubría pensando en los alacranes. En si eran felices, en si habrían sobrevivido a la falta de comida, a los zapatos, en si están de acuerdo conmigo en que un lugar despoblado es un mejor lugar para hacer la vida.

Por mucho tiempo no recibí señales de su parte; por supuesto, no hablo de postales o de notas de agradecimiento, pero imaginaba que si esa conexión existía, yo sería capaz de averiguar su parecer.

Pero ahora las cosas han cambiado. Ayer por la noche, casi a punto de dormir, encontré a uno de ellos. Habían sido días muy estresantes, llenos de trabajo y pendientes, y la verdad es que tardé un poco más de la cuenta en ir por el botecito en el que suelen pernoctar los huéspedes que reubico. Cuando regresé, se había esfumado, metiéndose en la parte hueca de un viejo escritorio. Esperé a que saliera, porque a pesar de mi simpatía nunca me planteé la cohabitación. Después de un rato, el animalito se asomó, pero al verme volvió al instante a su escondite. Seguí esperando, esperé mucho más de lo que podría contarles ahora, pero el alacrán nunca volvió y yo, que no creo ser inmune a las picaduras, decidí mudarme a la habitación contigua hasta que salga de ahí.

Mi marido cree que cualquiera de estos días el bicho debe salir de la rendija. Yo sé que no es así. Que terminaremos abandonando esta habitación y la que sigue. Sé que si él, o algún otro de su especie, sale, será nada más para desaparecer al instante. Yo me he resignado porque sé que no queda más remedio. Estoy segura de que me han estado observando y decidieron que yo también necesito unas vacaciones.

 

Nidia Cuan

Este tranvía en el que vamos todos

 

Para las tranvía –y para quienes nos leen– en nuestro aniversario

 

Tranvía: Vehículo que circula
sobre rieles en el interior de una ciudad
o sus cercanías y que se usa principalmente
para transportar viajeros.

 

Lo que a continuación cuento son pedazos aislados de una misma historia, como las estaciones que conforman nuestro Tranvía donde el todo es mayor a la suma de sus partes.

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Enero del 2014. Conversación por whatsapp con Abby:

Deberíamos armar algo.
¡Sí!, ¿qué se te ocurre?
Me gustaría alguna revista o espacio que ayude a impulsar a autores del norte.
¡Yastás! Entonces ahorita abro un blog.
¡¿Ya?! Nombre, espérate, primero hay que ver lo de la convocatoria, qué autores, el diseño…
¡Ya tenemos blog!

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La vida, por ratos, te come los sueños.

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Tranvía ha pasado por dos etapas: una como revista y otra como colectivo.
La revista duró sólo tres números y casi 5 meses. Si bien de diseño hermosísimo –según nosotras–, resultó difícil compaginar las tareas editoriales con el día a día de todas esas otras actividades que alimentan más el cuerpo que el alma. Así que aunque nos sentíamos orgullosas de esos pocos números logrados y de los escritores que pasaron por sus páginas, debimos hacer un alto.

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Sucedió en el 2015:
Estimados postulantes:
Se les transcribe a continuación la lista de los alumnos seleccionados para recibir el Taller virtual y presencial de escritura documental y desapropiación impartido por Cristina Rivera Garza.
En ese taller conocí a Nidia Cuan.

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Siempre he pensado que, con un poco de suerte, los talleres –cualquiera que sea la disciplina– hermanan. A Asenat la conocí en el 2008 en un taller de Orlando Ortiz; A Abby, en Reynosa, allá por el 2011, en uno de Graciela Ramos; a Cata en el 2010, en un taller virtual de Alberto Chimal y a Nidia, como ya dije, en el 2015 con Cristina Rivera Garza.

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A Nidia le entusiasmó Tranvía, con el mismo entusiasmo frenético pero amable que pone en tantísimas cosas más.
Se lo platiqué en uno de los recesos del taller. Estábamos recargadas en la barda de Casa del Arte en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Nidia opinó que debíamos sacar de nuevo la revista y quería ser parte del proyecto. Yo reí ante su frenesí y, por supuesto, me entusiasmé también. En eso de planear somos parecidas, en lo de meternos en broncas por no tener tiempo y no decir que no a casi nada, también. Pero éramos nosotras ideando, así que esas nimiedades pasaron desapercibidas.
El tiempo del receso se acabó. Nidia apagó su cigarro y volvimos a la clase pero la semilla del colectivo Tranvía estaba sembrada.

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Los sueños son semillas que con fortuna algún día, aún y a pesar de la vida misma, caerán en tierra fértil.

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Meses después le platiqué mi conversación con Nidia a Abby y al entusiasmo se le aunó la impaciencia milenial de Abby quien de inmediato, como en aquella primera etapa, ya quería tener el blog listo.
En mayo del 2016 iniciamos la búsqueda de las participantes y se ideó el formato. Deseábamos algo distinto. Queríamos escribir desde distintas partes de un mismo México. Ver la vida desde varios puntos de este mismo territorio nacional. Combinar personalidades y escrituras. Al esfuerzo (de Abby y mío) se sumó el de Nidia. Ella agregó la inteligencia de Karla y la sensibilidad de Lolbé. De Reynosa, se incorporó el realismo de Asenat y de Monterrey, la inocencia de Sandra. Del centro, la genialidad de la querida Cata, quien a su vez me habló de una guionista buenísima, Mónica, con la que trabajaba y quien a los pocos días se convirtió en nuestra estación Tormenta.
Cada una se volcó a la tarea de crear su estación, de darle un nombre y un lugar: una cara. Mentiría si digo que ha sido una tarea fácil. También mentira –aunque por omisión– si no les contara del enorme orgullo y alegría que siento cada que recibo sus textos y noto el camino que llevan sus palabras.
Hoy el colectivo Tranvía está de aniversario. Hoy el colectivo cumple un año de su primera publicación, hoy somos las mismas pero tenemos algo en común: la escritura en este espacio.

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Tranvía somos todos.

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A Cristina Rivera Garza le escuché decir que la escritura no es un acto solitario sino uno que sucede en comunidad. Porque se escribe con otros, decía.
Me gusta pensar que eso hacemos en Tranvía: escribir para y con el otro. De temas que nos interesan a cada una pero que también le pueden interesar a alguien más. Porque nos unimos a las pláticas que escuchamos en la calle o en las redes y las ampliamos en cada entrada. De esta forma, ese micro mundo nuestro que nace de lo que nos angustia o hace reír se vuelve parte de lo que vemos a diario. Fragmentos de otros.
Porque como bien apuntó Rivera Garza, no escribimos solas y nuestra escritura se ve afectada por nuestro entorno. Por eso escribimos para él y de él. Para entenderlo e iniciar una conversación desde este tranvía en el que vamos juntos.

 

A todos los que leen y especialmente a todas las que escriben, mi gratitud y cariño infinito.

Alisma De León

Escudo

Al final sólo nos queda la memoria, pero si la frontera entre el recuerdo y la imaginación es tan endeble ¿a partir de dónde construimos nuestras evocaciones?

Las mías, y esto lo he pensado ya varias veces, inician en la biblioteca de papá. Yo no tenía por costumbre hurgar entre sus libros sobre impuestos y retenciones gubernamentales pero esa mañana me desperté y mis pies de seis años se dirigieron a su estudio instalado en el rincón de un cuarto.

De la pared colgaba un cuadro de madera tallada con el escudo de la ciudad en donde podía verse un castillo y una criatura de proporciones extrañas que en su momento interpreté como un dragón.

Cuando papá no estaba en casa yo solía sentarme por mucho rato en su gran sillón del escritorio para mirar aquel escudo. Me preguntaba por qué lo tendríamos en casa ¿nos lo habría dado un rey?, ¿un presidente?, ¿era el premio a papá por ser el mejor contador del mundo?

Preguntar era algo que no me pasaba por la cabeza, prefería mirar el escudo y elaborar improbables hipótesis que siempre desembocaban en que papá era un hombre honorable y que aquel halo de virtud a su alrededor nos abarcaba también a nosotras, es decir, a mamá y a mí. A Julián todavía no lo incluía en el nosotros porque apenas era un bebé y yo ignoraba sus opiniones sobre las cosas importantes del mundo.

Fue en una de esas incursiones en su estudio que dejé de lado mis elucubraciones sobre el origen del escudo y comencé a rondar por sus libros que no tenían ningún dibujo, como los míos, y que estaban llenos de anotaciones, resaltados, subrayados y notas con letra preciosa. Fue en Enfoques para la administración de inventarios, con su solapa azul marino y letras doradas, que encontré dos billetes de quinientos pesos. Supuse que además de importantes, en mi familia éramos lo bastante ricos como para tener esos billetes por cada rincón de la casa, que el dinero había sido colocado ahí como una especie de juego de pascua y que yo había sido lo bastante lista como para encontrarlo.

Creí que mi premio podía ser el dinero, o bien, el reconocimiento familiar. Ante el reciente nacimiento de Julián al fin yo iba a tener una hazaña que los asombraría a todos.

Es así como fui corriendo hasta donde estaba mamá, los ojos se le iluminaron. “Lo sabía”, pensé.

—Nati –dijo mamá–, ¿de dónde sacaste eso?

Mi nombre en diminutivo me dio la clave de que había hecho algo extraordinario, que pronto escucharía las trompetas del triunfo. Le expliqué que había encontrado el dinero dentro de uno de los libros de papá, ella sonrió y lanzó una propuesta:

—Hagámosle una broma.

Esa complicidad era poco usual entre nosotras así que la percibí como parte del premio que me había ganado. La broma consistía, según me explicó mamá, en que yo le entregara a ella los billetes y ambas simularíamos que no habíamos encontrado nada.

Esperé toda a la tarde junto a la ventana a que papá llegara del trabajo. Cuando escuché el ruido del motor de su auto y el tintinear de las llaves corrí a mi cuarto para hacerme a la dormida.

Como nadie venía por mí para levantarme en brazos ni para felicitarme entre risas, pegué la oreja a la puerta. Pronto descubrí varias cosas, por ejemplo, que no éramos ricos. También supe que papá había escondido ese dinero de nosotras. Que mamá en realidad no quería hacer una broma, ella sabía desde el principio que aquello no iba a hacer reír a nadie.

Me enteré de que teníamos problemas de dinero y que aquella circunstancia enmarcaba las frustraciones, reclamos y gritos en medio de los cuáles había nacido mi hermano Julián.

Más tarde descubriría también que el escudo en la oficina de papá distaba mucho de ser el regalo de un rey.  Podía comprarse en una esquina del centro de la ciudad y en la compra de dos escudos venía de regalo un abrecartas de madera con el mango en forma de búho.

La semana pasada mi padre murió y yo regresé a casa en busca de aquel escudo, pero nadie, ni Julián ni mi mamá, supo darme razón acerca de él.

He pensado en mencionarle a mi madre el día del libro y el dinero pero temo mucho que por vergüenza u olvido ella haya trasladado ese recuerdo al cajón de las incertidumbres, de lo que quién sabe si fue. Y las pérdidas, ya se sabe, es mejor dosificarlas.

 

Lolbé González

Agitada, pero no revuelta.

Me tomé el Martini de un trago para poder comerme la aceituna rápido, pero sin contradecir las más elementales reglas de etiqueta.

No tenía ganas de tener paciencia, lo que resultó una pésima idea porque me quedé sola frente a una copa vacía mucho más tiempo del necesario. Podía pedir otro, claro, pero pensé que estar sola frente a dos copas vacías y medio borracha, no era la opción, así que ordené un vaso de agua equivocándome una vez más, porque para qué vas a estar sentada en un bar sin hacer lo único para lo que está diseñado, tomar. No agua. La ebriedad hubiera combinado perfectamente.

Volví a cambiar de opinión justo cuando el lugar empezó a llenarse ocultándome a mí y a mis pobres decisiones.

Otros se encargaron de abusar de sus bebidas con sincero entusiasmo y yo me sentí un poco perdida y defraudada. Levanté la mano para llamar nuevamente al mesero que no parecía percatarse en lo más mínimo de mi existencia.

Fue entonces que el tiempo como siempre, hizo lo que quiso y para mi sorpresa, transformó la media hora que permanecí en aquel banquito alto e incómodo en un par de décadas.

Cuando por fin se dignaron a hacerme caso, me di cuenta de que mis manos estaban llenas de manchas y mi cutis arrugado. No podía escuchar al mesero que prácticamente me gritaba al oído y, sin embargo, el lugar me resultó ruidoso y molestísimo.

Para colmo se me habían entumido las piernas y tuvieron que llevarme casi en andas hasta una butaca porque me negué rotundamente a irme sin mi trago.

– ¿Qué no le da vergüenza estar haciendo esos desfiguros a su edad?

Ante mis cada vez más airadas reclamaciones me miraban como si estuviera loca, como si no se hubieran tardado años en atenderme, pero no, ya no era la mujercilla pusilánime que se dejaba mangonear, que había entrado al caer la tarde. ¡De ninguna manera!

Las canas que me habían sacado en ese mismo lugar me daban el derecho de por una vez en mi vida hacer mi sacrosanta voluntad. Así que no cejé hasta que me trajeron un segundo Martini, aunque esta vez no me importó comerme la aceituna primero.

 

Catalina Kühne Peimbert

XVII. Carmen

Carmen estaba un poco desconcertada en la antepenúltima banca del fondo del andén. ¿Realmente acababa de recordar su vida en el vientre de su madre? ¿Había avanzado a tal grado en la terapia que llevó hace años que el misterio previo al nacimiento ya no era un misterio, o alguno de sus psiquiatras, analistas, terapeutas, sus sueños, incluso sus lecturas, le habían sembrado un falso, falsísimo recuerdo? Sus dudas debían volverla una mujer llamativa porque la gente no podía evitar mirarla de reojo mientras ella esperaba paciente a que llegara el tren a la estación Tormenta.

Esto es lo que tenía vívidamente en su memoria: una temperatura cálida rodeándola. Un color específico, como durazno, como rojo, como negro rojizo. Casi un silencio. Un mundo al otro lado. Una atmósfera solitaria. Una percusión y un flujo potente. En un sueño, le pareció que vivía bajo el mar. En la vida real, ella nunca había ido al mar. En el sueño, ella sólo buscaba llegar al fondo para encorvarse y acercar su rostro vencido hacia las rodillas y seguir cayendo.

Carmen notó que su cuerpo quería decirle algo. Se siente como un corderito soñoliento al que la piel se le ha puesto fina. Lo primero que piensa: ¡estoy embarazada! Seguido por: imposible. Carmen no ha cogido en años. De pronto, una duda, que no sabe si es suya o también fue sembrada por los programas de Discovery Channel y sus propios deseos, tiene que hacerse responsable de sus propios deseos, se columpia en ella mientras trata de ser racional. ¿Y si tengo un embarazo psicológico como los animales? Carmen escuchó alguna vez la historia de una perrita que vivió muy trastornada por un problema así. Se imaginó llevando su propio deseo hasta las últimas consecuencias con todas las graduaciones posibles de locura. ¿No debería escribir esta idea en su bitácora de ideas raras en lugar de estar sintiendo que podría dar a luz después de un embarazo imaginario a un bebé imaginario?

Algunos pasaban y la miraban de reojo, otros primero veían su seno de fuera, sus brazos y luego le miraban la cara sin disimulo. Carmen estaba ensimismada pensando muchas cosas y las personas le parecían buenas mientras no despertaran a su bebé. Era un suéter, debía hacerse responsable por la realidad, su realidad, sus símbolos. Un suéter verde. Pero era un bebé si llevaba hasta el extremo su deseo, como la perrita que eligió cuidar de un calcetín, le podía pasar a cualquier creatura viva, y por si las dudas, ella pues le cantaría una canción al bebé sin importar si era suyo o si se lo había sembrado algún programa o algún hombre o un hijo de vecino o un perro alto. Alguien.

Mónica Flores Lobato

Antípodas

La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita.

J. Millás

Dicen que exactamente del otro lado del mundo tenemos un antípoda, una suerte de doble cuya vida transcurre de manera paralela a la nuestra, pues su pensar, sentir y actuar encuentran eco en el devenir de nuestra vida y viceversa. Aunque la vida propia y la de nuestro antípoda se interrelacionen con tal intensidad, dicen que resulta imposible llegar a coincidir con nuestro doble, ya que en el momento en que decidamos recorrer la mitad del mundo para llegar al otro extremo, es muy seguro que nuestro antípoda haya tenido el mismo pensamiento y llegue al punto de donde hemos partido.

Recordando las pésimas decisiones que he tomado en la vida, imagino a mi antípoda (a quien por razones que ahora desconozco llamaré Emilia) maldiciéndome por meterla en problemas con sus padres, por ser irresponsable, por decir que sí a todos, por no saberse perdonar, por no arriesgarse lo suficiente. Pero también, evocando aquellas situaciones en que no logro explicarme las razones de mis actos y mis palabras, un gesto de reclamo hacia Emilia se me escapa hasta el otro lado del mundo.

Quizás ahora Emilia esté escribiendo algo sobre mí, mientras combate un obstinado dolor de cabeza en una ciudad ajena fundada a la orilla de un río. Debe encontrarse en un punto de su vida donde ha depurado sus días de preocupaciones y compromisos, y aspira a llegar en cualquier instante a una serena calma largamente añorada. O no, tal vez esté preparando una gran sorpresa para nosotras y que yo aún no he logrado identificar en mi pensamiento.        

Saber que Emilia existe podría ser un modo de evadir mi responsabilidad, de escudarme en ella y culparla por mis actos y omisiones. Sin embargo, también es una forma de estar acompañada, de no enfrentarme tan sola a esa reconstrucción del mundo que he de habitar y que me habita. Ella, ahí, del otro lado, debe estar pensando lo mismo.

 

Karla Marrufo

LA QUE HACE BOLITAS DE PAPEL

Hace unas semanas me quedé un rato platicando después de una cena con amigos. Cuando me puse de pie para marcharme, alguien señaló mi porción de mesa y descubrí que había decenas de bolitas de papel formando una figura. Soy, por decir lo menos, una persona con niveles de ansiedad ligeramente más altos que el promedio, así que la confección de bolitas no me sorprendió. Lo que sí me inquietó es que, por más que lo intenté, no logré recordar el momento en el que tomé la servilleta, la hice añicos, amasé los papelitos entre índice y pulgar y los coloqué formando algo así como una espiral.

Me llevé esa preocupación hasta la cama. Pensé que seguramente se trataba de un problema de amnesia precoz y comencé a probarme a mí misma intentando recordar datos inservibles que sé bien que he intentado olvidar sin éxito durante los últimos veinte años, cuando me di cuenta de que a mi memoria no le cabría mucho más: la lista de cuarto año de primaria, el teléfono de mi mejor amiga en el preescolar, el anuncio radiofónico del Centro de Copiado Palmas. A los pocos minutos me quedé sin hipótesis alguna: todo lo recordaba con mucha exactitud; tal como recordaba gran parte de la cena, a excepción del momento que me atormentaba.

Como no podía dormir, encendí las luces de la habitación. Me quedé un buen rato viendo a la nada, al hueco de la ventana, a las aspas del ventilador que de repente parecían avanzar pasmosamente lento. Y de repente ocurrió. Posé la mirada en el librero nuevo y me di cuenta de que los libros, aparentemente en desorden, en realidad estaban clasificados siguiendo una sintaxis ininteligible para el resto del mundo pero que para mi resultaba no solamente familiar, sino espantosamente perfecta. Una espiral. Corrí hacia el armario y advertí que lo mismo pasaba con la ropa y con los trastes en el fregadero y las latas de atún en la alacena.

No sé muy bien cuándo una parte de mí comenzó a llevar esa doble vida. No guardo el menor recuerdo de mí organizando los estantes o doblando la ropa según los caprichosos de mis emociones. No podría ni siquiera explicar cuál es la lógica que sigue ese aparente orden que lo rodea todo. Tan parecido al azar. Pero debo reconocer que en todo caso la labor de esa otra que no soy me ha resultado de lo más útil. Estoy tan agradecida con ella que hoy por la noche, por ejemplo, he pensado en dejarle como ofrenda una decena de servilletas.

 

Nidia Cuan