XXII. Beata

Últimamente, el mundo que pasa delante de Beata, así esté en el trabajo, en el supermercado, poniendo orden en el departamento o preparando la cena para sus hijos, es un mundo de amores perdidos cuya flama extinta alumbra un proyector privado. Hoy, por ejemplo, ha ignorado a varios trenes en estación Tormenta por estar en la ensoñación de un beso muy largo que se dio en un cine hace más de veinte años. Surgió así, de la nada. Ya no vive quien le dio el beso. Ya no existe el cine en el que se besaron. No recuerda el nombre de la película, pero recuerda con exactitud los pormenores de aquel momento: John Malkovich hablaba con su esposa en la pantalla, eran un matrimonio que dormía en cuartos separados, como ella ahora, cuando la mano de su amigo tocó su pierna buscando su mano. No recuerda haberle visto a los ojos, sino a los labios. Pequeños, entreabiertos, a punto de algo eterno. La ensoñación fue interrumpida por la reescritura de aquellos labios a la luz de la muerte y la ausencia. El beso le pareció entonces algo más vivo.

Beata mira la pared de estación Tormenta. Todavía está la marca de la inundación que sufrió la estación el mes pasado. Hay pequeñas zonas de yeso ligeramente abombadas y el dibujo de líneas salitrosas es el testimonio del contacto profundo que pared y agua tuvieron hace un tiempo. Sonríe. Así absorbemos cuando estamos viviendo con el cuerpo.

Con el talón, discretamente, Beata da un pequeño golpe a la parte baja de la pared y el trozo de yeso cae vuelto polvo al piso. La zona donde su pie impactó a la pared queda desnuda. Nadie más observa.

Beata se recarga parada sobre esa minúscula zona de escombros y regresa al beso. Ahora a otro, al de un parque, a un beso malogrado, lleno de ansiedad. Pasan varios trenes antes de que Beata suba al que la llevará hasta la escuela por sus hijos.

 

Mónica Flores

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Credo

Creo en la primera partícula de energía que despertó la vida en la sopa probiótica de la cual emergieron los cielos y la tierra, los mares y todo lo que en ellos hay, creadora de todo lo visible y lo invisible y más allá.

Y en la Luz que nace en las miradas de quienes aman, odian, ríen, bailan, son profundamente felices o miserables con cada partícula de su ser.

Que por nosotros, los seres de risa fácil, de llanto fácil y de fáciles enamoramientos sin distinción de sexo, raza, especie, naturaleza o estatus ontológico, se realiza la vida en toda su plenitud, en toda su armonía y en toda su contradictoria complejidad.

Creo en la discreta utilidad de las cosas inútiles.

Y en la gente que cree ferviente, apasionada, ciegamente en lo que cree, porque ellos moverán los engranajes del mundo, para bien y para mal.

Sigo creyendo en los ojos reptilíneos de Tununa y en todos los universos posibles, alternos y amables que se revelan en los ojos de los gatos.

Creo en el milagroso poder de consolación que habita en los abrazos, en las palabras justas, en los nombres donde la alquimia transforma la coincidencia en amistad, en los libros y en su perfecta sincronía con las vidas de quienes los necesitan; en los vasos muy fríos de cerveza, en las copas de vino y en ciertas rebanadas de pizza.

Y por sobre todas las cosas creo en la literatura, esa zona donde se ha refractado la imaginación humana para desplegar múltiples modos de ser y de estar, desde donde podemos elegir amar o ser indiferentes, erigir puentes o dinamitarlos… Y creo que nada que contenga al menos en germen un poder de tales magnitudes puede ser condenado a la inutilidad.

 

Karla Marrufo

El mar

El mar no siempre me gustó. Hasta hace unos años le tuve mucho miedo. La idea de grandes olas, inmensas olas sacudiéndome de un lado a otro como un pez muerto me aterraba con sólo ver una imagen en alguna revista. En el cine, mi corazón se aceleraba y cerraba los ojos cuando en toda la pantalla las inmensas olas sumergían al barco que como, es típico, se quedaba a la deriva.

Conocí el mar desde niña, pero nunca he sabido nadar. Y la verdad es que meterme entre las olas saladas tampoco me resultaba algo muy grato. Mucho menos sentir esas algas tocándome las piernas, sentir un roce de algo que no se ve a simple vista me hacía pensar que era una medusa: de esas azules que dicen que si te toca hasta te puedes morir, un cangrejo -y sus grandes tenazas-, un tiburón de dos metros con sus dientes afilados, o peor; un pulpo. Todo pasaba por mi cabeza. Así que siempre que iba me quedaba en la orilla enterrándome los pies.

El mar, por alguna razón lo tenía presente hasta cuando dormía. Por años mantuve un sueño que se repitió constantemente: yo estaba en la orilla del mar; sola y, de repente, el mar empezaba a subir, se cubría toda la arena y yo me empezaba a enterrar sin poder salir. De inmediato -como pasa en los sueños -aparecía una palmera a mi lado y yo la empezaba a escalar muy rápido- en los sueños siempre tenemos habilidades y poderes- cuando me encontraba sobre la palmera, veía como el agua subía tapando toda la arena y empezaba a cubrir la palmera donde yo estaba. Gritaba pidiendo auxilio, pero nadie escuchaba. Cuando todo a mi alrededor estaba cubierto de agua y tocaba uno de mis pies, despertaba. Con sueños así, menos me gustaba el mar.

Pero las cosas que nos dan miedo tenemos que buscarle el modo.

En Tampico, con varias cervezas encima, unos amigos y una juventud de: somos invencibles, tomamos la ruta Tampico-Playa. Era más de media noche, sin gente alrededor, con unas sillas llenas de arena que jalamos hasta donde las olas tocaban nuestros pies. No sé si era el alcohol o qué, pero todo se veía realmente maravilloso, las olas brillaban, el sonido era agradable, y mis pies se enterraban cada vez que el agua tibia los cubría.

Con alcohol, el miedo se empieza a ir.

En Xalapa pasó casi lo mismo. Amigos -no recuerdo si había cerveza, pero es probable- y la misma juventud aventurera. La playa estaba a más de una hora. Encendimos el carro y tomamos algunas provisiones. Nos quedamos dormidos sobre una sábana que echamos sobre la arena, sin gente, sin luces, solo con el sonido de las olas golpeándose unas con otras. Guardo una foto que tomé casi a las seis de la mañana, desperté para ver salir el sol. Las olas de nuevo brillaban.

Quizá al mar siempre le tendré miedo. Tal vez por esos videos que he visto donde se sale y tapa toda la ciudad. O por ese sueño que aun puedo recordar claramente.

He disfrutado el mar, no digo que no. He admirado su belleza, su sonido, incluso su color cuando se ve a lo lejos. Me gusta cuando no hay gente, en la oscuridad, en el amanecer. En compañía.

Le he escrito al mar, muchas veces. Quizá porque pienso que está solo.

 

Asenat Velázquez Jiménez

Certezas

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Su voz se inserta en el espacio justo en el que aquello debió ser pronunciado. Ningún pájaro se escapa de su boca, no hay ave que se le atore en la garganta.

Hay un tiempo para todo. Está el tiempo en el que el mundo es hacia arriba, es preciso levantar la cabeza para mirar a los hablantes. Los frascos no se abren. La mano traza figuras fallidas, no por irreconocibles sino por involuntarias. Se es receptor de promesas que –ojalá, no siempre, vamos a ver si se puede, esta vez va a estar difícil– podrían no cumplirse.

Hay un tiempo para todo. Aprender a tejerse los cabellos alrededor del rostro para formar una especie de capullo. No mirar entre los espacios, trenzar hasta las rodillas. Los pies se me ponen fríos. Lo mejor será no mirar. Hay que mantener intacto el territorio de adentro ¿cuál adentro? ¿cuál intacto?

Hay un tiempo en el que las palabras se han estirado tanto que ya no significan nada. Se les mira desvencijadas sobre el mantel y es preciso tirarlas en el bote de basura, aquel que se abre con un mecanismo de pedal. Sabes que debes evitar observarlas mientras caen. Lo bueno es que no hacen ruido. Desvencijadas. Te lo dije.

Hay un tiempo para todo, incluso uno en el que es preciso tomar el propio rostro entre la mano. Luchar con la mandíbula, apretar los dedos. Dos años, siete meses, veinticuatro días, nueve horas, cuarenta y tres minutos. Resulta ridículo negarse a mirar.

Hay un tiempo para todo, dice Eugenia. Sospecho que tiene un guion. Por lo menos, que ha escrito los pasos a seguir en el papel de las tortillas. Todo está apuntado ahí.

 

Lolbé González Arceo

En el patio de atrás

Yo debía revolver con los dedos la viscosa y tibia sustancia roja: bien revuelta, mover y mover, suavemente y sin parar. Estábamos en el patio de atrás y sobre la mesa  había  hacha y  martillo, eran para dar el golpe en la cabeza. Yo ya había visto amarrar, colgar, despellejar y separar la piel. También había ahí un par de cuchillos bien puntiagudos: el más grueso para despellejar y el delgado para sangrar; esos los cuidaban  mucho porque se desafilaban al topar con hueso. Decían que se debe meter el filo muy bien entre el cráneo y la última vértebra, por la mera nuca, y cortar la yugular cuando todavía esté bombeando el corazón para que salga bien la sangre  y luego a comenzar a mover, a revolver, a no dejar que cuaje.  Mi pequeña mano seguía meneado el líquido al ir cayendo dentro de la cacerola que antes me había dado papá, y él sostenía y manipulaba la pieza colgada. Al terminar el trabajo el ayudante se llevó la cacerola a la cocina; iba riendo y decía que no cualquiera sabía guisar el cabrito en sangre, que ese platillo llamado fritada sólo quedaba sabroso cuando lo cocinaba mi mamá. Papá y yo nos lavamos las manos en la pileta del patio de atrás. Mientras iba poniendo en orden las herramientas me felicitó porque para mis ocho años yo había sido muy buena ayudante. También dijo que las niñas debíamos aprender otras cosas, diferentes, así como yo, que ya estaba aprendiendo a tocar el piano.

Graciela Ramos Domínguez

PONCHADA

Estaba tranquila, mal que bien sosegada, confiada en que me esperaba una época en la que no habría sorpresas ni sobresaltos, ilusa de mí, me distraje solo un poco y se me rompió la burbuja.

Fue así, de repente, me quedé inmóvil de brazos caídos, sentada en el charco jabonoso de todas mis especulaciones, pegajosa e insegura.

Me moría de vergüenza al pensarme ahí a la vista de todos, sin esa hermosa capita transparente de jabón que hacía que los ojos se me vieran más brillantes y las formas más redondas, capaces de rebotar en cualquier superficie, volar un poquito y aterrizar suavemente –vamos, hasta con gracia– en el siguiente claro del bosque.

Lo peor es que era obvio que no tenía por qué acercarme a objetos punzo cortantes, es al ABC de los habitantes de las burbujas: “no corras hacia las tijeras”.

Pero no, esta vez (malhaya) la cabeza se me llenó de aire, el aire pasó a la burbuja, la infló más, creció, se sintió poderosa, hizo que desde dentro se perdiera un poco la visibilidad, que necesitara entrecerrar continuamente los ojos y no viera con claridad que eso que se estaba acercando de manera tan encantadora y musical era un alfiler con punta de diamante, que ni siquiera tuvo que dirigirse justo al centro para reventarme y ¡plaf!

Lastimera imagen con el pelo embarrado en la cara y tratando de fingir que ni me había salpicado tanto. No tanto.

Por un momento que pareció eterno, pero en realidad no duró nada, seguí confundida, volteando para todos lados, con disimulo primero, con una especie de digna resignación después, hasta que de pronto empecé a sentir el viento circulando de nuevo entre los pliegues de mi vestido, secándolo poco a poco. Fue entonces cuando me deslumbró un pequeño puntito brillante. ¡El maldito alfiler! Tan chico, tan insignificante, que una ráfaga un poco más fuerte se lo llevó arrastrando fuera de mi vista.

El aire se intensificó inflando mi pelo hacia el cielo, sus puntas culminaron caminitos de espuma coronándome con una nueva burbuja, más cercana, más compacta. Todo lo que quedó dentro, por cierto, se ve mucho mejor.

 

Catalina Kühne Peimbert

Lección: la fuente de la eterna juventud

Es un día lluvioso. Lluvioso como cuando Georgie salió a navegar su barquito de papel. Llevo el pantalón mojado hasta las rodillas y los pies húmedos y fríos. Espero bajo el techo de una tiendita, sin paraguas. Uno, dos, cinco camiones han pasado durante los cuarenta minutos que he estado esperando. Todos iban hasta la madre. Todos. Ninguno atendió mi señal de parada. De milagro pasa un taxi que se detiene sin que yo haga alguna señal. Subo sin pensarlo demasiado.

En la radio se escucha November rain. Le indico al chofer mi destino, no es muy lejos, y me dispongo a cantar en voz bajita mientras busco una distracción por la ventana. El chofer, un hombre que a simple vista luce mayor que yo, me nota apasionada por la canción y se anima a preguntarme:

—Oiga, ese es el video del barco, ¿verdad?

—¿Cuál barco?– contesto.

—El barco donde se tiran al mar.

—No, es el de la boda, donde empieza a llover.

—Ah, sí, ya me acordé… –creí que sería todo pero…– yo los fui a ver, cuando vinieron por primera vez a Monterrey, al Universitario, ¿se acuerda?, el Axl abrió golpeando un gong y luego el griterío de la gente, también fui a ver a Deep Purple, ¿los conoce?

—Sí, cómo no– ya tenía toda mi atención.

—Bueno. También vi al Ozzy, el que andaba de vocalista de Black Sabbath que comía murciélagos.

—¿Ah, sí?

—Cuando tenía como quince años me tocó ir a uno de Queen. Fíjese que yo tenía boleto pero como había tantísima gente pues no nos dejaron pasar y nos tuvimos que saltar la barda, nombre, ¡otra cosa!, esos eran conciertos, no como ahora. Al último al que fui fue al de Scorpions hace unos meses… esas sí son canciones no chingaderas, ¿verdad?

—Estoy de acuerdo –yo fascinada, omito el mal recuerdo de no haber asistido a ningún concierto desde que vivo en Monterrey.

—Me muero de ganas de ir a ver a AC/DC, pero esos sólo vienen al DF. Tengo 52 años y sigo rockeando –llegamos–, ése es el secreto para no envejecer– y sonríe de forma contagiosa.

Lo observo: casi no tiene arrugas ni canas, sus ojos verdes brillan cuando habla y sus brazos parecen bastante fuertes. Ya no parece tan mayor, pienso en un joven adulto de los ochenta, un rebelde sin causa. Le pago y le doy las gracias. Siga rockeando, me dice, y hace la señal de los cuernos con la mano “l..l,”. Sonrío pero tardo en contestar el saludo como Dio habría querido. Sólo puedo pensar en dónde carajos están mis discos de hace quince años y qué pasó conmigo, en qué momento dejé de ser joven para convertirme en un ser mortal común que se encabrona cuando llueve. Frustrada y vieja entro a la oficina, saco mis audífonos del cajón y busco el playlist más intenso que guardo en YouTube. Aunque claro, los milenials dirán que YouTube es muy de la vieja escuela.

 

Abby García

Respirar con labios fruncidos

Inspire (inhale) lentamente, a través de su nariz, en dos tiempos.[i]

Cuando el mundo se pone pesado, respirar es más difícil de lo que creemos. Ya no se trata del mecanismo automático en el cual nuestro cuerpo permite la entrada de oxígeno a los pulmones. Cuando el mundo se pone denso, para respirar necesitamos bastante soledad. Callar nuestro entorno. Escuchar el viento, andar en piyama, hacernos un café, poner música para también ahí, en los acordes, respirar un poco.

Sienta cómo se agranda el vientre a medida que inhala

Para respirar requerimos separarnos de todo y de todos. Tomar un libro y echarnos en el sofá. Quedarnos dormidos. Esperar, sin movernos, a que llegue la tarde. Salir a caminar. Pararnos frente a un árbol. Dejarnos el cabello suelto. Abrir los brazos para después cerrarlos de nuevo y estrecharnos fuerte.

Frunza los labios, como si fuera a silbar o a apagar una vela

También podemos cantar y bailar solos. O brincar hasta lo más alto, hasta donde la rodilla dice ya basta. Y caer al suelo para soltar una carcajada que sea una bocanada de aire. Lejos de noticias que hablan de disparos masivos, de lobos solitarios, de opiniones que apoyan la posesión de armas para luego leer del incremento en las ventas de esas mismas armas, incluso después del conteo de las víctimas: diez, veinte, cincuenta o quinientas.

Espire (exhale) lentamente, a través de los labios, en cuatro o más tiempos

Hay ocasiones en que debemos buscar en la respiración y nuestro latir el propio ruido. Recordar quienes somos y pensar que, como nosotros, hay otros más que anhelan respirar. Y con ese convencimiento, reír de nuevo, confiar de nuevo. Creer otra vez que hay formas de coexistir en este mundo convulso.

 

Alisma De León

 

[i] https://medlineplus.gov/spanish/ency/patientimages/000267.htm

 

XXI. Daniela

7:51 am, Daniela aborda el tren en estación Tormenta.

Alguien le cede el asiento. No lo acepta, no lo necesita.

Inhala el aire caliente del vagón que huele a panqué horneado bajo pijamas. Hoy es la primera vez después del terremoto que sale “a la vida normal”: que va vestida para la oficina, que no estará en comunicación con gente que le era completamente desconocida hasta hace dos semanas.

También hoy es la primera vez que piensa nosotros viajamos juntos. Estoy segura entre nosotros. Para Daniela, ahora todo es nosotros. Nosotros esto. Nosotros aquello. En realidad Daniela no está segura aquí, como nadie que viva en este hoyo de corrupción, pero es fresco el descubrimiento del amor colectivo. Como vamos nosotros, estaremos bien. Nosotros es el círculo humano donde el terremoto sigue ocurriendo. El grito está al fondo de este silencio.

Observa a los jóvenes delgados que van a la escuela; a las mujeres, que curiosamente, ninguna va maquillándose; a los oficinistas; a los maestros; a los vendedores ambulantes. Los imagina con un casco amarillo en la cabeza; a todos sosteniendo una pala, una cubeta, una carretilla, charolas con comida; donde ve a alguien con un celular ahora ve a un conector, un organizador, un dador de ayuda. Se estremece. Los edificios siguen cayendo en ella y todo ruido es una alarma. Quisiera hacer algo pero los mira a todos y suspira, porque somos nosotros. Intercambia miradas que ahora no son esquivas. Los pasajeros asienten con la cabeza para saludar cuando son vistos.  La caída sigue y todos están despiertos bajo sus trajes y su ropa para el frío con los pulmones llenos de polvo.

Daniela no pudo llorar después del terremoto. Ni frente a las terribles ni corruptas noticias. Ni en las cuadras fantasmales acordonadas. Ni al mover la olla con el espagueti para cien personas; ni en los recorridos llevando ropa y almohadas. Ni en el albergue, cuando los niños reían y se correteaban sin voltear a ver a sus padres. Ni después de tres noches de insomnio y ansiedad. Fue hasta hoy, dos semanas después, a bordo de un vagón repleto de desconocidos.

 

Mónica Flores Lobato

Sugerencias para sobrevivir al caos

Lleva el nombre de todo lo que amas

y el reflejo del polvo que te sueña…

A.R

 

Recuerda que la palabra se desgasta en el lugar común, pero la rosa es rosa y es perfecta y su hermosura nada la detiene. Así la esperanza.

Lleva contigo siempre, entre los dedos, entre los dientes, en la punta de la lengua, el nombre con que dices el amor y te sobrepones al llanto. Aunque los puños en alto exijan silencio, compártelo cuantas veces puedas: estrechando una mano, caminando a la par con los desconocidos solidarios, intercambiando miradas en medio de la lluvia o entre la obstinada bruma del polvo.

Recuerda también sonreír, en la duda y en la adversidad, en el enojo o la tristeza, en la euforia y la desidia; sonríe sabiendo que en el más inesperado espejo de los días la sonrisa volverá, multiplicada.

Recuerda que el sentido común es el menos común de los sentidos y que uno puede perder muchos sentidos en la vida, menos el sentido del humor. Por lo tanto, continúa riendo.

Aférrate a las preguntas más que a las respuestas, en la duda caben todas las posibilidades y somos seres diversos, cambiantes, abiertos al asombro y a la desmesura; mientras que las respuestas nos niegan todo lo que podría llegar a ser.

Y recuerda que aunque parezca lo contrario, nuestras vidas no nos pertenecen. Estamos ligados a los otros, en el pasado y en el presente, y con cada crimen y con cada acto de amabilidad vamos gestando nuestro futuro.

 

Karla Marrufo