En el patio de atrás

Yo debía revolver con los dedos la viscosa y tibia sustancia roja: bien revuelta, mover y mover, suavemente y sin parar. Estábamos en el patio de atrás y sobre la mesa  había  hacha y  martillo, eran para dar el golpe en la cabeza. Yo ya había visto amarrar, colgar, despellejar y separar la piel. También había ahí un par de cuchillos bien puntiagudos: el más grueso para despellejar y el delgado para sangrar; esos los cuidaban  mucho porque se desafilaban al topar con hueso. Decían que se debe meter el filo muy bien entre el cráneo y la última vértebra, por la mera nuca, y cortar la yugular cuando todavía esté bombeando el corazón para que salga bien la sangre  y luego a comenzar a mover, a revolver, a no dejar que cuaje.  Mi pequeña mano seguía meneado el líquido al ir cayendo dentro de la cacerola que antes me había dado papá, y él sostenía y manipulaba la pieza colgada. Al terminar el trabajo el ayudante se llevó la cacerola a la cocina; iba riendo y decía que no cualquiera sabía guisar el cabrito en sangre, que ese platillo llamado fritada sólo quedaba sabroso cuando lo cocinaba mi mamá. Papá y yo nos lavamos las manos en la pileta del patio de atrás. Mientras iba poniendo en orden las herramientas me felicitó porque para mis ocho años yo había sido muy buena ayudante. También dijo que las niñas debíamos aprender otras cosas, diferentes, así como yo, que ya estaba aprendiendo a tocar el piano.

Graciela Ramos Domínguez

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Noche sin luna con vestido malva

Escucho su voz dulce diciendo algo sobre la moderación en la bebida mientras que, con indiferencia,  cruza las piernas y deja reposar su figura sobre el blando sillón. No parecen interesarle las miradas sorprendidas de los que están tomando algún jaibol o copa de coñac en la fiesta; uno de ellos bromea alegando no haberla escuchado bien, y ella repite:

—Hasta una gota de alcohol puede dañar el hígado y el cerebro—y sigue manteniendo  la misma sonrisa y su apacible mirada.

Así es mamá.

Se ve hermosa con ese vestido; le gusta ponerles nombre y este es “el de muaré color malva”, la tela sedosa parece agua de un lago de donde ella brotara fresca y perfumada de lirios. Yo veo todo desde el sofá del rincón donde me recostaron creyéndome dormida; a los demás niños los mandaron a otra sala de esta casa que está bonita pero afuera de la ciudad.

Los amigos y familiares están sentados a la mesa, o bailando, o escuchando la canción de moda, Mi cafetal, o la otra de “que se quede el infinito sin estrellas”. Es el cumpleaños de alguien. Cierro los ojos; en sueños oigo campanadas de reloj marcando media noche; escucho Las mañanitas, aplausos, voces, se felicitan, se abrazan; risas, brindis, chocan las copas y más música; tiempo después reconozco las voces de mis padres despidiéndose de los anfitriones.

Al salir, papá me lleva en brazos y así no siento frío. Pronto iré calientita en el regazo de mamá. Él se acomoda en el asiento, enciende los faros del Ford 54 nuevecito, color verde, y toma el volante rumbo a la brecha.

En el camino de pura tierra yo cierro los ojos y adivino los matorrales porque siento los huizaches rasguñar la lámina al paso del coche.

—Noche como boca de lobo—dice mamá.

Él le responde que sí porque no hay luna, y sigue manejando y silbando bajito el corrido de los contrabandistas y los aduanales. Yo me entretengo adivinando más cosas: cuando mamá y yo sentimos que nos vamos de lado, adivino que entramos a la curva; al volver a quedar derechitas, es que ya la pasamos.

De pronto la luz de unos faros entra de golpe por el parabrisas.

Entrecierro mis párpados y veo un auto atravesado en el camino; una figura sale y nos hace señas de parar. Nos detenemos y, sin saber cómo, de pronto junto a papá está un hombre, le veo la cara, una manga de uniforme de militar, su mano temblorosa y una pistola.

—Baje, amigo, ayúdeme por las buenas o si no…– Su voz es gruesa, rasposa, y huele mucho a alcohol.

Papá baja de inmediato y sin titubear y los dos caminan hacia el auto del extraño que va apuntándole a la cabeza. Los faros de los dos coches juntos alumbran casi como de día y entonces veo algo más: hay una mujer tirada en el camino. Tiene el cabello amarillo y la cara ensangrentada, creo que está muerta.  El sujeto tambaleándose ordena cargarla al tiempo que mantiene la pistola pegada a la sien de papá, quien camina lentamente, la levanta del suelo y la lleva hasta el militar; este abre su cajuela y le manda meter allí el cuerpo de la mujer.

Las órdenes son acatadas con calma por papá. Pasan cerca, el hombre voltea para dentro del coche, nos ve con mirada horrible y ensaya una sonrisa que parece de demonio; apresura a papá llevándolo a empellones hacia los matorrales, siempre con la pistola cerca, muy cerca de la sien; de pronto mi padre voltea hacia nosotras, solo por un instante, y como si en esa mirada tomara vuelo, su puño gira y va a estrellarse furioso en el hinchado rostro del abusador. Lo violenta hasta hacerle soltar el arma, y sigue, salvaje, no para, los golpes arremeten, caen fieros, se renuevan, remachan, siguen, enardecidos, ya parecen nunca parar, y se detendrá solo hasta después de dejarlo inmóvil en el suelo. Nosotras desde el auto vemos que el hombre ya no se mueve, que ahora es él quien está lleno de sangre, como la mujer de cabello rubio, y papá vuelve a abrir la cajuela y lo avienta ahí dentro y la cierra de golpe.

Cuando vemos que papá ya viene hacia nosotras, mamá sonríe conmigo y sé que sus ojos iluminarán más la noche oscura el resto del viaje; me froto en su vestido de muaré malva cuando me acuna en su regazo, mientras ella vuelve a murmurar:

—Siempre se ha sabido: el alcohol daña al hígado y al cerebro.

Es que así es mamá.

   Graciela Ramos

Resistiendo en los llanos de Reynosa

Tengo la certeza de llevar en mi ADN sedimentos de caliza, elemento primero de la tierra que habito. Soy un animal de la llanura, aclimatada al lugar donde mi gente ha estado desde antes de los tatarabuelos. Ellos me predestinaron a nacer aquí para amar este suelo noble y bueno que, aunque árido, fue domado por nuestros antepasados a base de arduo trabajo; aquí llegó a prosperar la agricultura y la ganadería gracias a sus obcecados esfuerzos.

Aunque alguna vez también tuve mi hogar en otras latitudes y amé los años que pasé en la gran Ciudad de México, el sitio que he elegido para vivir es la ciudad de mi nacimiento. Por alguna ancestral razón me atrae vivir casi al nivel del mar, donde las variaciones de altura son mínimas o inexistentes.

Aquí nada obstaculiza la vista: ni montañas ni cerros. Siempre me sentí capaz de verlo todo, y de ello se deriva cierta sensación de poderío, firmeza y resguardo. “En el terreno plano no hay dónde se esconda el diablo.” Así dijo Amos Oz, el escritor israelí, refiriéndose al desierto y al terreno llano.

Pero si años atrás y en esta región pude —junto a mi familia y luego durante la crianza de mis hijos— tener a la ciudad como mía, casi sin darnos cuenta aquello cambió. Desde hace una década esto es diferente. La guerra sin cuartel llegó a esta ciudad ancha y plana, y todos sus habitantes sin distinción fuimos desposeídos de nuestra tranquilidad, lanzados a la ignominia, obligados a vivir recluidos en nuestras casas atemorizados la mayor parte del tiempo.

Aun así, la gente resiste, no se deja vencer, se expone, acude a su trabajo, los niños van a la escuela, mis alumnos del taller de escritura continúan sorteando balaceras al llegar o salir de mi casa, y yo, habiendo sido víctima de la violencia en tres ocasiones, he logrado volver a escribir lo mío tras un tiempo bajo la tierra, como la cigarra.

No nos rendimos; persiste en cada uno de nosotros la gran esencia original y esa nos salva. Además del impulso vital que se resiste a la muerte, los reynosenses amamos este suelo y este cielo y vencemos una y otra vez el temor que nos asalta día y noche al ver nuestra amada ciudad vejada, como jugada en una partida soez, en un lance enajenante, en un trueque cruel, irracional y diabólico.

Y hoy ya no comparto más la frase de Amos Oz: “En el terreno plano no hay dónde se esconda el diablo.”. Porque Oz se equivocaba, su dicho ha cedido ante la cruel realidad. Resultó falso que el demonio nunca vendría aquí por no hallar donde esconderse; desdichadamente sí llegó el maléfico y siniestro campea por estos llanos. Diariamente lo vemos, lidiamos con él, trabajamos y resistimos, repitiéndonos a cada instante: prohibido rendirse.

 

Graciela Ramos Domínguez

Me gusta internet y el Colectivo Tranvía

Al escribir para este blog me siento obligada a confesar  mi desconocimiento en lo digital. Cuando hace nueve años quedé viuda, me percaté de mi inutilidad en lo concerniente a la mecánica, la electrónica y lo digital. Habían sido actividades propias de mi esposo, yo sólo me dejaba querer. La física tampoco era lo mío: él, infructuosamente, intentó involucrarme en el mantenimiento de albercas,  químicos, filtros, bombas. Que mira fíjate bien, que tan sencillo que trabajan, si es muy fácil, entra agua, filtra agua, sale agua limpia, sólo piénsalo como sístole y diástole… Ah sí, claro, sístole, diástole, así sí te entiendo, ándale, así sí, cómo no.

Supongo que me había quedado en la época de las cavernas. Desde entonces me acompaña cierto complejo de inadecuación. Como cuando quise renovar unas puertas –pero ya no existían y nadie las recordaba– aquellas puertas de madera sólida para las cocheras eléctricas, y sólo encontré metálicas. Acabé comprando unas de lámina delgadita como de lata de Coca-Cola. Los motores y  controles miniatura remplazaron de manera forzosa a los anteriores, sólidos y grandes y ridículos. Cuando tuve  problemas con el cable de la TV, el joven que vino soltó una burlona carcajada al ver mi control remoto tipo ladrillo. Ya d’esos no hay, seño. Y las lámparas fluorescentes del estudio se fundieron con diagnóstico de never more. Ahora son LED, apoco no conoce, seño.

Sufro de un atavismo difícil de explicar, pero que bien podría tener raíces en el rigor con que mi marido cuidaba de su instrumental y herramientas. Mi estigma me ha hecho quedar en ridículo, por decir lo mínimo, pues yo antes juraba que todo aparato, máquina o artilugio había llegado a casa como un ser total, integrado, y así debía seguir, coexistiendo en perfecta unión hasta que la muerte nos separara. Se aplicaba a todo, pero tomemos por ejemplo un aparato de sonido que perdiera el delgado cablecito con el mini audífono. Horror; de haber sucedido hubiera vivido maldito, impedido y sin uso; y es que esas cosas no sucedían en casa –o así suponía yo al escuchar las reconvenciones de mi marido al respecto. Solita, yo realicé la unificación final de la teoría del todo, pero en doméstico. Pongamos el caso del taladro, trae sus brocas, mismas que deberán vivir dentro de la cajita roja para siempre, cual monjas en claustro. Si una broca se llegara a perder, gran herejía, ya podías irte hundiendo en la desdicha.

Fue un albañil quien me liberó y me iluminó al respecto. Una tarde colgábamos unos cuadros y él necesitó usar el taladro de concreto. Fui por el pesado equipo y le hice entrega. Señora, la broca no está en la caja, me dijo. Yo vi todo negro. Sufrí un gran impacto. Estuve en trance por unos segundos, pues la idea de comprar otro taladro de esa calidad era impensable. El hombre al notar mi aflicción exclamó: No hay problema, todavía no cierra la ferretera, voy y compro una. Pero cómo comprar, insensato, comprar una pieza original del valioso taladro, imposible, pensaba yo. Y añadió: No se preocupe, yo aquí traigo feria. Feria, feria… pobre iluso, esto apenas yendo a la fábrica en Alemania. Pero no me quedaba más que esperar. En unos minutos regresó con la broca. Supe entonces que la mentada broca sí se podía compra acá, sin mayor trámite, y que costaba veinticinco tristes pesos.

Hubo más infortunios por mi anacronismo, pero lo más duro fue tener que brincar y agarrarme del tren de la digitalización. PC, laptop, IPhone, FB, Instagram, etcétera. Aunque el Twitter he llegado a tocarlo tímidamente gracias a la fina ayuda de Abby y Alisma.

No recuerdo bien dónde me pasó esto, ¿en Google? ¿Twitter? ¿Blog frustrado? Escriba su seudónimo, decían. Como siempre me han llamado Cielo y nací en Reynosa, de ingeniosa que soy pensé “Cielo en Reynosa” así o todo junto.  Inmediatamente lo perdí y para buscarlo procedí a googlearme. No me hallé. Lo que sí encontré fueron moteles así llamados y chicas escort que se anunciaban con mi mismo nick (ni las busquen, ya las quitaron) y se complementaban con fotos explícitas. Abochornada, preferí cancelar mi original seudónimo; qué pena, mala sintaxis y pésima ortografía en aquellos textos… qué vergüenza.

Mis lujos y placeres han sido y seguirán siendo mientras viva, los libros, la escritura y coordinar el Taller de Escritura Creativa. Me gusta internet para ponerme al día sobre autores nacionales y extranjeros. Y, ahora mismo, también para aprovechar la oportunidad digital de viajar en este maravilloso Tranvía literario.

 

Graciela Ramos

El día que se acabó el algodón

En los veranos de mi infancia mis padres solían llevarnos, a mis hermanos y a mí, al mar. Nos vamos al mar, gritábamos los niños, entre algarabía y búsqueda de trajes de baño, al irnos a la Playa Washington o a Puerto Isabel, Texas. El viaje al mar del domingo 28 de julio de 1957 fue — en mi mundo infantil— el día en que se acabó el algodón.

Viajábamos ese domingo de Reynosa a Matamoros. El radio hablaba del misterioso asesinato, dos días atrás, del presidente guatemalteco Coronel Castillo Armas y lo alternaba con noticias sobre el sismo de esa madrugada en la Ciudad de México. Dos trágicos hechos que me impresionaron menos que la conversación de mis papás; algunas palabras me eran desconocidas, yo aún no acababa la primaria: hablaron de desastre agrícola, dumping algodonero, plagas y corrupción. Y luego escuché: Se acabó el algodón. Como había pérdidas y deudas sólo quedó vender las tierras. El rancho El Rameño ya no era nuestro.

Y ese día quedó grabado en mi mente infantil como tajante certeza del fin de un mundo personal, esencial y hermoso. Mis recuerdos de siempre fueron de algodón, así fue desde que pude razonar. Para Reynosa este cultivo significó un gran auge, una era de bonanza cuya culminación nadie en la región esperaba ni deseaba. Pero llegó. Y cuando se nos fue el algodón, algo de la paz y la armonía del pueblo se fueron con él.

El algodón fue para los reynosenses de esa época sinónimo de provincia risueña. Fue  cultivo redentor, noble donante de blancos campos mecidos por el aire de la tarde. Su producción proveyó a la región de progreso y movimiento porque, directa o indirectamente, todo mundo tenía que ver con el cultivo. Los propietarios de ranchos algodoneros, sus esposas, hijos e hijas en edad de trabajar en las vacaciones escolares, todos tenían algún desempeño en la labor o en los negocios con las compañías algodoneras o en la reciba o en los camiones de carga. Era tal el auge que trajeron gente de otros lares para trabajar los campos algodoneros, a familias completas para la pizca del albo capullo, y aquí era jauja para los negocios.

Restaurantes, cafés, oficios, profesionistas, tiendas de curiosidades para el turismo norteamericano, mueblerías, tiendas de ropa, zapaterías, ferreteras, madereras, anunciaban la Gran Venta del Algodón o la Liquidación de la Cosecha, pues con las pizcas había dinero para todos. Por eso llegaban los circos en julio y agosto, y además cada año teníamos las fiestas del verano, alegres bailes y verbenas para elegir a la Reina del Algodón. Desde meses antes los desfiles de carros alegóricos comenzaban, daban el rol por todo el pueblo, con música y algarabía de cláxones y magnavoz para anunciar las fiestas de coronación, y entonces las flamantes camionetas pick up de los agricultores desfilaban con sus pacas de algodón, circulaban despacio y los niños y las niñas teníamos permiso de subirnos en ellas y ser parte de la fiesta popular, cantando, saludando; cohetes lanzados por los que seguían el desfile, anunciando las Fiestas del Algodón y su gran baile amenizado por las orquestas más importantes de México. Las niñas aún con calcetas podíamos asistir y desde nuestra  mesa veíamos bailar a las muchachas mayores con sus novios. El símbolo del algodón nos arropaba amorosamente, como pueblo cálido y bueno que éramos.

Por esto, al saber que ya no habría más algodón, aquel domingo de verano del 57 yendo al mar, sentí tristeza. Y comencé a sentir nostalgia por la imagen de papá, de sombrero tejano, regresando del rancho en su pick up, trayéndome matitas de algodón con flor. Esto lo tengo muy claro. Curiosamente no tengo recuerdos del mar de aquel día. No pude comprenderlo entonces, pero parte de mi infancia estaba terminando. Era difícil aceptar que ahora  el campo blanco bajo el sol del verano, el río Álamo de aguas transparentes y la represa, con su cascada de arcoíris, el arroyo claro con fondo de piedra lisa, lugar de mis  juegos infantiles – el querido Rancho El Rameño-, ya no sería más nuestro; era difícil entender que aquel inmenso reflejo de sol blanqueando el horizonte -el maravilloso algodón- se nos había acabado.

Por Graciela Ramos Domínguez

(Reynosa, 1946).Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

En septiembre

Después de comer, Cayetano Treviño, prestamista, subió a la terraza techada del segundo piso de su casa, única del rumbo hecha de ladrillos. El aire bochornoso de la intermitente lluvia de ese mediodía, hacía que todo pareciera transcurrir a paso lento.  Desde lo alto, vio con fastidio las viviendas del asentamiento irregular donde hacía años había decidido construir y habitar solo; eran chozas y tejabanes rodeados de charcos y lodo. El extremoso clima de la región les había dado varios años de sequía y ahora la copiosa lluvia no había parado en dos meses seguidos.

Esa mañana de septiembre el sol había salido pero ya para mediodía volvían la nublazón y la llovizna. Había sido abundante la comida y Cayetano se movía con lentitud. Irritado, decidió tomar una siesta. Además de  la pesada digestión, le agobiaba  recordar el sueño recurrente donde, la noche anterior, la Parca le volviera a avisar: Cuando veas pasar un fuego veloz y escuches el bramido de la bestia, vendré por ti.

Absurdo sueño; y ni modo de realizarse por ahora, con todo este agual, se dijo con sarcasmo y se recostó. Se fue quedando dormido en un sillón bajo el techo protector de su terraza, al arrullo murmurante de la creciente lluvia, ahora arropada por nubes cada vez más negras. En las noticias de un radio lejano alguien hablaba de presas, ríos y canales, que venían altos por las lluvias incesantes. Al mismo tiempo, por los caminos y brechas abiertas entre mezquites y huizachales ya circulaban de prisa las grandes lluvias. Pronto las aguas memoriosas inundaron las áreas bajas buscando llegar al lecho del río.

En segundos, el lodo avanzó en avalancha con velocidad rabiosa y al instante el  bravísimo torrente ya arrasaba con cercas, láminas, paredes, y las chozas y los  árboles eran arrancados de raíz. Cuando la gente abandonó en tropel sus pobres viviendas inundadas e intentó trepar sobre los techos, ya todo era inútil. Buscando salvarse, algunos desesperados vecinos irrumpieron en la casa de dos pisos. Ya se escuchaba el sonido del oleaje que pronto se convirtió en rugido y estruendo. Con el estrépito abajo, arriba, en la terraza, el dueño de la casa despertó de su pesado sueño. No comprendía nada. Por un lado los vecinos estaban junto a él, demudados sus rostros. Por el otro, viendo hacia la calle, pasaban frente a él, flotando como barcas danzantes, árboles, animales  y cuerpos humanos.

Pero mi casa es sólida, pensó con furtivo alivio. Todos los ojos estaban clavados en la encrespada avenida de aguas encontradas: las de la lluvia y las del desbordado río. De pronto miraron pasar flotando una choza y vieron por la pequeña ventana su interior: Adentro había una mesa con una lámpara de petróleo encendida, allí aun ardía el fuego, y este fuego corría, navegaba por el río que bramaba como animal herido, como  bestia enfurecida, ciega y obcecada. Segundos antes de la confusión de tinieblas que lo envolvería, Cayetano alcanzó a escuchar el estruendo de las voraces aguas arrancando los cimientos de su casa.

Por Graciela Ramos Domínguez

Graciela Ramos Domínguez (Reynosa, 1946). Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.