A la espera

Esa mañana y rumbo al trabajo se repetía a sí misma que debía esperar. Había aguardado durante el fin de semana tratando de restarle importancia al tema; pero ya no le era posible ver lo sucedido como una nimiedad. A cada paso se convencía más: sabía que al llegar el lunes, su cuerpo volvería a temblar de gozo al estar frente a él. Pero también, y bien lo sabía, iba a sentir el vergonzoso descenso emocional, el descalabro, la ruptura de su propia imagen, sin saber cómo restablecer el vínculo entre los dos.  Si él la repudiara, si hubiera pedido cambio de departamento, o algo así, no podría soportarlo Se había esforzado en esperar hasta el lunes, y ya era lunes; un día como todos, o así debía de ser.

Al llegar a la oficina y verlo, la dicha la cubrió; él ya estaba allí, absorto en la revisión de unos folios. Se saludaron con un inocente buenos días y se aplicaron a su trabajo. Volvía a estar cerca de él, los dos muy próximos, juntos una vez más. Cada uno se enfrascaba en sus labores como si nada hubiera pasado.

Por el gran ventanal de la oficina entraba la luz lujuriante de verano, echándose con abandono felino sobre los sobrios muebles.  Las brillantes baldosas del pasillo ataviadas de luz, marcaban la distancia que mediaba entre los dos únicos ocupantes del enorme espacio.

Ella giró la cabeza hacia él y, con disimulo, observó al joven: pulcro, resuelto, atractivo, enfrascado en lo suyo… y distante.  Al menos está aquí, se dijo. El tenso ambiente parecía aguardar las palabras que no se daban. Era tan diferente a otras ocasiones cuando el silencio era roto por ella iniciando la charla. Pero no era así esta vez, y en el espacioso local imperaba, junto a la callada voz de los papeles, la indiferencia.

Era como si él también hubiera estado esperando al lunes, resuelto a ignorar el incidente. Qué tonta, se culpó; esperando el lunes solo se había desgastado maquinando aclaraciones y disculpas, y ahora estaba convencida de que aquel silencio era lo mejor para los dos.

Sintió de pronto el impulso de agradecérselo. Después de todo él era tan gentil al no hacer alusión al hecho reciente, cuya reminiscencia la avergonzaba ahora.  Pero cómo empezar:  “Cuánto te agradezco el que… Gracias por… Qué bueno que…” Se dio por vencida. Era inútil, tenía el pensamiento entorpecido y la elocuencia   desahuciada.

Gran dilema para una mujer de costumbres antiguas y con ese fardo implacable de ser tan como era ella, pensó.  Bien, le daría las gracias y también ella intentaría no recordarlo más. Pero cómo iban a bloquear la asociación de ideas, la recreación los llevaría al recuerdo insalvable. Lo conducente era darle sepultura, como a un ave débil y agonizante que acabara de morir. Mencionar era revivir, no existía un modo de aludir a un no pensar, sin pensar en ello.  Recordaba aquella película donde un fiscal manipula a los miembros del jurado pidiéndoles no pensar en un caballo azul, logrando precisamente lo contrario, que surgiera en las mentes un imprevisto galopar color añil.

La memoria la hacía regresar otra vez al motivo de su sonrojo.  Pudo verse y oírse de nuevo ante él, expresándole sin pudor audaces pensamientos y deseos locos. Era como ver pasar una procesión de sombras culpables, cuando inexplicablemente habían brotado de sus labios las desatinadas palabras. Cómo había podido pronunciarlas con aquel desenfado, cómo fueron saliendo sin inhibiciones.   Sintió vergüenza.  ¿Por qué lo había hecho, si nunca había sido alentada por él, si sólo podía aspirar al impersonal aprecio del joven compañero de trabajo? Había expuesto algo tan valioso, su cercanía cotidiana, los gratos momentos de conversación.

Furtivamente volvió a fijarse en él; su rostro varonil denotaba concentración en el trabajo del día.  Aquel abordaje del pasado viernes, iniciado por ella a pesar de ser una mujer de habitual timidez, timidez que se había ido disipando al calor de las palabras y los sentimientos, permitiéndole pronto hablar sin cortapisas, al ir otorgándose a sí misma y en secreto los justificantes a su conducta inusual. Como si esperara la dispensa que otorgamos a los desconocidos cuando, en ciertas circunstancias, nos platican audacias un tanto vergonzosas, confesiones que recibimos con cierta indiferencia al no tener vínculos emotivos con ellos.

Luego, varias veces, llevándose de encuentro su vanidad femenina, se había preguntado ¿en verdad no le gusté, no le parecí guapa?   Era inútil el cuestionamiento ahora.  Quizá había intentado salir de su asfixiante existencia, un capricho tardío en su solitaria vida de mujer sola. Se preguntaba si él habría percibido esto. Pero finalmente qué importaba; ni ella misma lo comprendía del todo.  Mas no recapitularía ni en los gozos ni en las atriciones, pensó.  Nada había para celebrar, pero tampoco para reprocharse.  De qué le serviría ahora revolcarse pesarosa en el polvo del arrepentimiento.

Desde ese momento le negaría la cabida a más emociones atormentadas… Después de todo, qué había sido si no un simple encuentro entre un hombre y una mujer, eso era lo que un hombre pensaría, y claro, con la peculiaridad inusual de haber sido propuesto por la mujer.  Y de ello ya se había arrepentido lo suficiente.  Ahora, él le extendía con gentileza el olvido, y ella estúpidamente hasta quería darle las gracias; qué patética.

Había sucedido como cuando los fuegos artificiales llegan inesperadamente y atemorizan y fascinan a la vez, así la poblaron chispazos de luminosa evocación. Se volvió a ver a sí misma, conviniendo con él una cita, fuera del sitio de trabajo, y se recordó confesándole sentimientos amorosos que la ahogaban. Aquella  noche junto a él, en íntima entrega, de pronto se halló  preguntándose,  “Qué hago aquí, qué es esto”, y reconocido tan solo un trastorno de los sentidos, de las pasiones incendiadas de dos, como si en ella habitara una extraña e irreconocible mujer  que había hablado desde dentro de sí.  Pero había sido ella, sólo ella quien, caprichosamente, se había atrevido, sin ninguna cortapisa, a entregarle su intimidad a un hombre, al decirle me gustas mucho, pienso en ti, te deseo, bésame.

Y había algo más.  Algo que se dio entre la cercanía de la piel, de la respiración, de las palabras surgidas entre los sentimientos y la pasión, en ese lapso eterno entre la sorpresa y la entrada al gozo, del placer, horas antes de la despedida.  Había aprendido que después de la entrega de dos cuerpos descubriéndose e inventándose, ya nada era igual entre ellos.  Pero así como paladeaba íntimamente su sueño realizado, también probaba ahora la amargura del arrepentimiento.

De nuevo miró hacia él, enfrascado en la lectura de algunos papeles.  Volvían a sus rituales, los dos bien plantados en la cotidianeidad. Comprobaba que no quedaba ningún resabio y, superado el peligro, se sentía bien. De nuevo amigos; pero no, el trato entre ellos nunca había alcanzado ni siquiera el rango de amistad. Ahora, de vuelta en la rutina, vivía el momento embarazoso, deseando decirle gracias por no acordarte, pero optaba por el silencio, un mudo gracias, un mensaje callado y sin riesgos, porque tras su atormentada penitencia a la espera del lunes, se sabía ya exculpada de su pecado de transgresión,

Y también sabía que ya comenzaba una nueva espera, distinta, larga e ilimitada, porque era ahora cuando empezaba a amarlo verdaderamente.

Graciela Ramos Domínguez

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Almohada

Todas las noches ella desliza las manos sobre la almohada, la acaricia y se dispone a dormir. Busca el placer del sueño aun sabiendo que al hallarlo también se arriesga y deberá estar dispuesta a cruzar el puente entre la vida y la muerte; ensaya, comprueba y juega a morirse un poco, confiada en  volver al día siguiente, con terquedad, a la vida. Posa la cabeza sobre la almohada y se deja ir hacia rumbos distantes, a universos donde no tendrá voluntad corporal ni registro mental coherente; parte hacia lejanos firmamentos, va hacia el ignoto y, paradójicamente, confiable sueño.

La almohada es la buena amiga que atestigua sus santiamenes y sus más íntimas vivencias. Cada vez que esa corta cabellera de mujer se posa en ella, sabe que también la consultará y algo habrá de relatarle. El cráneo, sólido estuche del cerebro, sensible maquinaria y joya exquisita, nervioso fruto, es merecidamente acogido en la sedosa y blanda superficie. Juntas, encuentran el óptimo apoyo para el sueño y el descanso. Así se realiza la unión perfecta. La cabeza se reclina a dormir feliz sobre las frescas fundas de algodón y seda, fragantes de sol y preñadas con fino y albo plumaje.

Cada oscurecer, al regresar la mujer a casa  tras la batalla cotidiana, añora el reposo.  Ese descanso necesario suele encontrarlo al amparo del sueño. Pero no siempre es fácil: a veces llega el insomnio y se agolpa, encrespado, y chocan y estallan rojos pensamientos acicateados por el vehemente monstruo de la noche. Y si sucede que al mismo tiempo la energía mental no procesada en la vigilia buscara salida, entonces ocurre el cataclismo. En la desdichada duermevela la volátil energía impregna la ropa de cama con malos presagios, miedos, y barruntos de llanto.

Pero la almohada todo lo resiste sin alterarse. Tolera el mal como algo necesario ya que, en contrapeso, ha sabido de blancas y dulces nubes y remansos de paz, de tiernos prados donde ambas se han entregado a sueños de esplendor, bañados por la suave luz del edén, bajo torrentes de amor y pasión. Tolera el castigo porque conoce de la inmutable segmentación de la existencia: sueño y vigilia, placer y dolor, vida y muerte.

Esta noche le es imposible alcanzar el sueño y el descanso. No puede explicarse qué le pasa. Evoca con angustia “El almohadón de plumas”, aquel cuento de Quiroga escalofriante y leído un día lejano. Siente a la almohada convertida en su enemiga, en el vampiro cruel que succionará su sangre y su aliento mientras ella se encuentra luchando entre insomnios y malos sueños, impotente, febril, agotada, y la loca de la casa se desata del todo y atrae más pesadillas tremebundas. No será sino hasta cerca del amanecer cuando amainará la tormenta y al fin podrá dormir en paz y, acaso, soñar.  Pero aun sabiendo que sueña siente cómo la maligna noche va envolviéndola con los cardos que se han adherido a la cama.

Y llega la mañana y se inicia una nueva contienda: ahora la almohada ejerce una abominable tiranía y la toma y usa como su auténtica víctima. Se adueña de su voluntad, sujetándola, impidiéndole desprenderse de la cama. Y  allí, desfallecida, viendo al techo, escudriñando las paredes, ensayando, jugando otra vez a morirse, la mujer  continúa,  mientras  se repite a sí misma que debe huir, y se dice cuán fácil sería levantarse, darse un baño, meditar, salir, caminar. Pero cómo hacerlo, si las piernas no obedecen, si se niegan a salir de esa sepultura de cobijas. En su forma más caprichosa, la cruel y dual almohada —una mitad hundida bajo el peso de la cabeza, otra mullida y victoriosa— atestigua la matinal derrota de la mujer que llora vencida.

Así permanece, entre las sábanas.

El tiempo transita inexorable y casi es medio día. De pronto le llega una como revelación y cobra valor en su conciencia un hecho aparentemente olvidado. Esa pesadumbre agobiante, ah, ahora lo comprendía todo, se debió a un mal recuerdo que la alcanzó el día anterior. Alguien, importante para ella, le había dicho: “no me gusta lo que escribes, no me gusta ni que escribas”, y ella se había convencido y hasta prometido no volver a escribir. Eso era lo que la atormentaba. Ella ni siquiera se percataba de la triquiñuela que a veces nos hace la mente para zarandearnos y tratar de cuadrar ideas y emociones.

Decir que dejaría de escribir. ¿Cómo iba ella a dejar de escribir? Eso no. Eso nunca. Había bloqueado el incidente intentando olvidarlo, el gran error fue hacerlo sin siquiera consultar con la almohada. Pero ahora ha revivido el suceso y se arrepiente, encuentra absurda la decisión tan impuesta desde afuera, y su absurda promesa de acatarla; decide volver al fondo de sí misma.  Se lo dice entonces a la almohada, aunque sabe que ésta, de algún modo, está ya enterada. Juntas concluyen en que pensar siquiera en que ya no escribiría había sido un compromiso en falso, incongruente e inadmisible.

Un tremendo impulso de escribir la invade de golpe; ahí, tirada aun, la alcanza un delicioso cosquilleo, la sensación de hormigas pequeñitas recorriéndole el cuerpo, caminando y recorriéndola toda entera, provocándole una sensación tan estimulante, como una erótica caricia. Repentinamente algo desde muy adentro le dice que puede ir en paz porque la pesadilla ha terminado.

Ahora logra desprenderse de la almohada con facilidad, se incorpora, y de pronto sabe que el sol sí salió y la familia la ha extrañado y la vida  espera y la gente  sonríe  y ante este prodigio ella vuelve a la escritura, sin intentar absolutamente nada más, ni pretender que sus escritos gusten o no, y  sin esperar con ello convencer a nadie de nada porque finalmente sabe que su mayor placer es escribir y se dice a sí misma que algún gusto  ha  de  darse en estos tiempos en que la gente ya no  puede darse el gusto de nada.

Y la almohada, ahora en paz, se dice satisfecha: “Lo mejor que ha hecho esta mujer en su vida, en lo único en que nunca ha fallado, ha sido en ser fiel a sí misma.”

Y esta noche la mujer, disfrutando anticipadamente del placer que le traerá ya más tarde el sueño sobre su almohada, decide seguir escribiendo. “Sólo por un rato más”, se dice por enésima vez. Así lo ha estado haciendo durante todo el día a través de horas gratísimas y placenteras, cuartilla tras cuartilla, revisando, releyendo, sin intentar salir a la calle, o comer, o hablar, pues, venido a ver, así es feliz y esto de escribir sin detenerse es lo que más desea hacer por ahora.

 

Graciela Ramos Domínguez

Espacios atrabiliarios

Despierto como eternizada entre las sábanas.  Estática sobre el lecho evito toda movilidad; de ser posible dejaría hasta de respirar.  Quisiera  convertirme en una cosa, un trebejo, un objeto inanimado siquiera por un rato,  y que nadie en este día supiera de mi despertar. Pausadamente voy abriendo los ojos. Mis  párpados se van apartando entre sí,  mientras mi cuerpo sigue inmóvil y sosegado bajo las sábanas. Nadie que me viera descubriría mi vigilia, a no ser por mis ojos abiertos a la luz de la mañana.

El  albor entrando a chorros refulgentes cubre ya la mitad del estudio, en este piso alto delimitado por benévolos y sabios muros de silencio donde me guarezco, donde me salvo del asedio y la opresión.  Aquí nadie entra salvo  la luz formidable arrollando el espacio, metiéndose por la ventana desprovista de cortinas.

Estoy en esta mi mitad de casa, en mi trozo de barrio,  en medio de  mi ciudad ya no tan mía, disminuida en la región ardua y espinosa de mi casi país desvalijado  y sin rumbo. Estoy aquí donde corre el tiempo y vuela la vida y  desfilan cosas aterradoras. Y no quiero pensar ya ni en lo pavoroso de allá afuera ni en lo arruinado de acá adentro.

Proyecto la mirada por la distancia que me separa de la ventana.  Entre ella  y mi sitio de reposo hay varios metros. Atravieso con la vista este íntimo sitio que me ampara; mis ojos disfrutan el paseo.  Apenas ahora me percato de que no es tan pequeño, son nueve o diez metros de inmensidad, de nada, y la nada luminosa del espacio siempre es un lujo.

Gozo al deslizar la mirada lentamente, de ida y vuelta, por el piso, las paredes, el área entre mi sitio y el ventanal, siempre bordeando, no quiero ni siquiera acercarme a los libreros o al escritorio, a nada que me haga pensar en el  trabajo.  Voy concentrándome, sigilosa,  apenas posando la vista sobre el tapete extendido entre mi descanso de almohadones y la ventana.  Miro el cielo raso, las paredes y la alfombra,  dando a los ojos todo el tiempo del mundo, y llego por último a los cristales de la ventana, por donde  constato el cielo pleno y matinal, azul y luminoso, contenido por un suave arco superior que suaviza las rectas del marco.  En el ángulo inferior veo parte del alero de la casa vecina.  A la derecha registro algo del techo del segundo piso de alguna construcción sólida,  como son las de por aquí, que funge como base y recorta el enmarcado del  cielo, otro alarde arquitectónico sobresaliente del panorama.

De pronto me sorprendo al ver aparecer en el cielo azul celeste,  una enorme parvada de lóbregas aves  volando en tropel hacia el poniente.  Son una gran cantidad, se vuelven más y más, y continúan, y siguen pasando frente a mí.  Son muchos los pájaros ahora. No se acaban. Revolotean.

Tras un buen rato observándolos veo disminuir su número,  poco a poco, cada vez son menos, y cuando dejo de verlos y creo que concluyó su procesión, aparece uno, es el último.  Se ha quedado hasta el final y ahora mismo quizá esté deseando alcanzar a sus compañeros, aunque  eso no lo puedo comprobar desde el limitado campo visual  que me ofrece el distante ventanal.  No me muevo y sigo viendo a través del cristal, mirando el cielo,  preguntándome si ese pájaro que se ha quedado atrás estará enfermo, o si tal vez fue abandonado por indolente,  o  quizá no desea  acompañar al grupo, será este su acto más rebelde, su negada y propia voluntad. Quisiera saber si logrará alcanzar a los demás. ¿Qué pasará con él?  ¿Será débil,  será diferente,  aborrecerá la competencia,  anhelará  estar solo,  lejos de todos,  pidiendo que a él lo dejen vivir, quizá ser sedentario?

Pero mi pensamiento se inhibe cuando  veo que irrumpen de nuevo los pájaros oscuros atravesando el aire, esta vez vuelan en sentido contrario, ahora van hacia el oriente.  Los veo pasar de regreso mientras continúo inmóvil, y solo mis ojos los siguen.  Vuelan con arrogancia, salpicando de negro el panorama azul celeste, en garbosos movimientos crean un calidoscopio,  giran y  hacen un remolino para modificar el rumbo… no podría decir más… ¿irán hacia el oriente o hacia el poniente? No logro precisarlo y los miro con un poco de angustia porque en su vuelo agresivo están a punto de estrellarse, de lacerarse entre sí. Violentos,  aleteando con desenfreno, buscando liberarse de todo mal, llevando su gran acrobacia a la espiral, con un arrojo espectacular y único.  De pronto  aparece un nuevo  grupo, son aves claras,  contrastan las oscuras con estas por su albor: son palomas saliendo del alero de la casa vecina que ahora se enfrentan en las alturas al  grupo de aves negras.

El paisaje volátil me recuerda  una vieja fotografía  instantánea en blanco y negro.  Aves distintas volando juntas, acercándose,  amenazantes, van unas contra otras pero sin mezclarse totalmente, atacan, zarandean, agitan  y remontan vuelo cual rehilete.  Sus donosas alas van abriéndose paso, cortando con ímpetu el espacio añil más allá de mi ventana, aproximándose y separándose violentamente de la casa, surcando inquietos los aires y, poco a poco, alejándose.  Al partir, imprimen en el modo de volar su sello de aves atrabiliarias, violentas e iracundas.  Y ahora se dispersan, una por una avanzan veloces hasta desaparecer en la lejanía.

 Vuelvo a cerrar los ojos por breves momentos, minutos, segundos,  el tiempo que sea, solo el suficiente para lograr levantarme y, así, poder  iniciar  la tarea atroz de enfrentar el día.

 

Graciela Ramos Domínguez

En el patio de atrás

Yo debía revolver con los dedos la viscosa y tibia sustancia roja: bien revuelta, mover y mover, suavemente y sin parar. Estábamos en el patio de atrás y sobre la mesa  había  hacha y  martillo, eran para dar el golpe en la cabeza. Yo ya había visto amarrar, colgar, despellejar y separar la piel. También había ahí un par de cuchillos bien puntiagudos: el más grueso para despellejar y el delgado para sangrar; esos los cuidaban  mucho porque se desafilaban al topar con hueso. Decían que se debe meter el filo muy bien entre el cráneo y la última vértebra, por la mera nuca, y cortar la yugular cuando todavía esté bombeando el corazón para que salga bien la sangre  y luego a comenzar a mover, a revolver, a no dejar que cuaje.  Mi pequeña mano seguía meneado el líquido al ir cayendo dentro de la cacerola que antes me había dado papá, y él sostenía y manipulaba la pieza colgada. Al terminar el trabajo el ayudante se llevó la cacerola a la cocina; iba riendo y decía que no cualquiera sabía guisar el cabrito en sangre, que ese platillo llamado fritada sólo quedaba sabroso cuando lo cocinaba mi mamá. Papá y yo nos lavamos las manos en la pileta del patio de atrás. Mientras iba poniendo en orden las herramientas me felicitó porque para mis ocho años yo había sido muy buena ayudante. También dijo que las niñas debíamos aprender otras cosas, diferentes, así como yo, que ya estaba aprendiendo a tocar el piano.

Graciela Ramos Domínguez

Noche sin luna con vestido malva

Escucho su voz dulce diciendo algo sobre la moderación en la bebida mientras que, con indiferencia,  cruza las piernas y deja reposar su figura sobre el blando sillón. No parecen interesarle las miradas sorprendidas de los que están tomando algún jaibol o copa de coñac en la fiesta; uno de ellos bromea alegando no haberla escuchado bien, y ella repite:

—Hasta una gota de alcohol puede dañar el hígado y el cerebro—y sigue manteniendo  la misma sonrisa y su apacible mirada.

Así es mamá.

Se ve hermosa con ese vestido; le gusta ponerles nombre y este es “el de muaré color malva”, la tela sedosa parece agua de un lago de donde ella brotara fresca y perfumada de lirios. Yo veo todo desde el sofá del rincón donde me recostaron creyéndome dormida; a los demás niños los mandaron a otra sala de esta casa que está bonita pero afuera de la ciudad.

Los amigos y familiares están sentados a la mesa, o bailando, o escuchando la canción de moda, Mi cafetal, o la otra de “que se quede el infinito sin estrellas”. Es el cumpleaños de alguien. Cierro los ojos; en sueños oigo campanadas de reloj marcando media noche; escucho Las mañanitas, aplausos, voces, se felicitan, se abrazan; risas, brindis, chocan las copas y más música; tiempo después reconozco las voces de mis padres despidiéndose de los anfitriones.

Al salir, papá me lleva en brazos y así no siento frío. Pronto iré calientita en el regazo de mamá. Él se acomoda en el asiento, enciende los faros del Ford 54 nuevecito, color verde, y toma el volante rumbo a la brecha.

En el camino de pura tierra yo cierro los ojos y adivino los matorrales porque siento los huizaches rasguñar la lámina al paso del coche.

—Noche como boca de lobo—dice mamá.

Él le responde que sí porque no hay luna, y sigue manejando y silbando bajito el corrido de los contrabandistas y los aduanales. Yo me entretengo adivinando más cosas: cuando mamá y yo sentimos que nos vamos de lado, adivino que entramos a la curva; al volver a quedar derechitas, es que ya la pasamos.

De pronto la luz de unos faros entra de golpe por el parabrisas.

Entrecierro mis párpados y veo un auto atravesado en el camino; una figura sale y nos hace señas de parar. Nos detenemos y, sin saber cómo, de pronto junto a papá está un hombre, le veo la cara, una manga de uniforme de militar, su mano temblorosa y una pistola.

—Baje, amigo, ayúdeme por las buenas o si no…– Su voz es gruesa, rasposa, y huele mucho a alcohol.

Papá baja de inmediato y sin titubear y los dos caminan hacia el auto del extraño que va apuntándole a la cabeza. Los faros de los dos coches juntos alumbran casi como de día y entonces veo algo más: hay una mujer tirada en el camino. Tiene el cabello amarillo y la cara ensangrentada, creo que está muerta.  El sujeto tambaleándose ordena cargarla al tiempo que mantiene la pistola pegada a la sien de papá, quien camina lentamente, la levanta del suelo y la lleva hasta el militar; este abre su cajuela y le manda meter allí el cuerpo de la mujer.

Las órdenes son acatadas con calma por papá. Pasan cerca, el hombre voltea para dentro del coche, nos ve con mirada horrible y ensaya una sonrisa que parece de demonio; apresura a papá llevándolo a empellones hacia los matorrales, siempre con la pistola cerca, muy cerca de la sien; de pronto mi padre voltea hacia nosotras, solo por un instante, y como si en esa mirada tomara vuelo, su puño gira y va a estrellarse furioso en el hinchado rostro del abusador. Lo violenta hasta hacerle soltar el arma, y sigue, salvaje, no para, los golpes arremeten, caen fieros, se renuevan, remachan, siguen, enardecidos, ya parecen nunca parar, y se detendrá solo hasta después de dejarlo inmóvil en el suelo. Nosotras desde el auto vemos que el hombre ya no se mueve, que ahora es él quien está lleno de sangre, como la mujer de cabello rubio, y papá vuelve a abrir la cajuela y lo avienta ahí dentro y la cierra de golpe.

Cuando vemos que papá ya viene hacia nosotras, mamá sonríe conmigo y sé que sus ojos iluminarán más la noche oscura el resto del viaje; me froto en su vestido de muaré malva cuando me acuna en su regazo, mientras ella vuelve a murmurar:

—Siempre se ha sabido: el alcohol daña al hígado y al cerebro.

Es que así es mamá.

   Graciela Ramos

Resistiendo en los llanos de Reynosa

Tengo la certeza de llevar en mi ADN sedimentos de caliza, elemento primero de la tierra que habito. Soy un animal de la llanura, aclimatada al lugar donde mi gente ha estado desde antes de los tatarabuelos. Ellos me predestinaron a nacer aquí para amar este suelo noble y bueno que, aunque árido, fue domado por nuestros antepasados a base de arduo trabajo; aquí llegó a prosperar la agricultura y la ganadería gracias a sus obcecados esfuerzos.

Aunque alguna vez también tuve mi hogar en otras latitudes y amé los años que pasé en la gran Ciudad de México, el sitio que he elegido para vivir es la ciudad de mi nacimiento. Por alguna ancestral razón me atrae vivir casi al nivel del mar, donde las variaciones de altura son mínimas o inexistentes.

Aquí nada obstaculiza la vista: ni montañas ni cerros. Siempre me sentí capaz de verlo todo, y de ello se deriva cierta sensación de poderío, firmeza y resguardo. “En el terreno plano no hay dónde se esconda el diablo.” Así dijo Amos Oz, el escritor israelí, refiriéndose al desierto y al terreno llano.

Pero si años atrás y en esta región pude —junto a mi familia y luego durante la crianza de mis hijos— tener a la ciudad como mía, casi sin darnos cuenta aquello cambió. Desde hace una década esto es diferente. La guerra sin cuartel llegó a esta ciudad ancha y plana, y todos sus habitantes sin distinción fuimos desposeídos de nuestra tranquilidad, lanzados a la ignominia, obligados a vivir recluidos en nuestras casas atemorizados la mayor parte del tiempo.

Aun así, la gente resiste, no se deja vencer, se expone, acude a su trabajo, los niños van a la escuela, mis alumnos del taller de escritura continúan sorteando balaceras al llegar o salir de mi casa, y yo, habiendo sido víctima de la violencia en tres ocasiones, he logrado volver a escribir lo mío tras un tiempo bajo la tierra, como la cigarra.

No nos rendimos; persiste en cada uno de nosotros la gran esencia original y esa nos salva. Además del impulso vital que se resiste a la muerte, los reynosenses amamos este suelo y este cielo y vencemos una y otra vez el temor que nos asalta día y noche al ver nuestra amada ciudad vejada, como jugada en una partida soez, en un lance enajenante, en un trueque cruel, irracional y diabólico.

Y hoy ya no comparto más la frase de Amos Oz: “En el terreno plano no hay dónde se esconda el diablo.”. Porque Oz se equivocaba, su dicho ha cedido ante la cruel realidad. Resultó falso que el demonio nunca vendría aquí por no hallar donde esconderse; desdichadamente sí llegó el maléfico y siniestro campea por estos llanos. Diariamente lo vemos, lidiamos con él, trabajamos y resistimos, repitiéndonos a cada instante: prohibido rendirse.

 

Graciela Ramos Domínguez

Me gusta internet y el Colectivo Tranvía

Al escribir para este blog me siento obligada a confesar  mi desconocimiento en lo digital. Cuando hace nueve años quedé viuda, me percaté de mi inutilidad en lo concerniente a la mecánica, la electrónica y lo digital. Habían sido actividades propias de mi esposo, yo sólo me dejaba querer. La física tampoco era lo mío: él, infructuosamente, intentó involucrarme en el mantenimiento de albercas,  químicos, filtros, bombas. Que mira fíjate bien, que tan sencillo que trabajan, si es muy fácil, entra agua, filtra agua, sale agua limpia, sólo piénsalo como sístole y diástole… Ah sí, claro, sístole, diástole, así sí te entiendo, ándale, así sí, cómo no.

Supongo que me había quedado en la época de las cavernas. Desde entonces me acompaña cierto complejo de inadecuación. Como cuando quise renovar unas puertas –pero ya no existían y nadie las recordaba– aquellas puertas de madera sólida para las cocheras eléctricas, y sólo encontré metálicas. Acabé comprando unas de lámina delgadita como de lata de Coca-Cola. Los motores y  controles miniatura remplazaron de manera forzosa a los anteriores, sólidos y grandes y ridículos. Cuando tuve  problemas con el cable de la TV, el joven que vino soltó una burlona carcajada al ver mi control remoto tipo ladrillo. Ya d’esos no hay, seño. Y las lámparas fluorescentes del estudio se fundieron con diagnóstico de never more. Ahora son LED, apoco no conoce, seño.

Sufro de un atavismo difícil de explicar, pero que bien podría tener raíces en el rigor con que mi marido cuidaba de su instrumental y herramientas. Mi estigma me ha hecho quedar en ridículo, por decir lo mínimo, pues yo antes juraba que todo aparato, máquina o artilugio había llegado a casa como un ser total, integrado, y así debía seguir, coexistiendo en perfecta unión hasta que la muerte nos separara. Se aplicaba a todo, pero tomemos por ejemplo un aparato de sonido que perdiera el delgado cablecito con el mini audífono. Horror; de haber sucedido hubiera vivido maldito, impedido y sin uso; y es que esas cosas no sucedían en casa –o así suponía yo al escuchar las reconvenciones de mi marido al respecto. Solita, yo realicé la unificación final de la teoría del todo, pero en doméstico. Pongamos el caso del taladro, trae sus brocas, mismas que deberán vivir dentro de la cajita roja para siempre, cual monjas en claustro. Si una broca se llegara a perder, gran herejía, ya podías irte hundiendo en la desdicha.

Fue un albañil quien me liberó y me iluminó al respecto. Una tarde colgábamos unos cuadros y él necesitó usar el taladro de concreto. Fui por el pesado equipo y le hice entrega. Señora, la broca no está en la caja, me dijo. Yo vi todo negro. Sufrí un gran impacto. Estuve en trance por unos segundos, pues la idea de comprar otro taladro de esa calidad era impensable. El hombre al notar mi aflicción exclamó: No hay problema, todavía no cierra la ferretera, voy y compro una. Pero cómo comprar, insensato, comprar una pieza original del valioso taladro, imposible, pensaba yo. Y añadió: No se preocupe, yo aquí traigo feria. Feria, feria… pobre iluso, esto apenas yendo a la fábrica en Alemania. Pero no me quedaba más que esperar. En unos minutos regresó con la broca. Supe entonces que la mentada broca sí se podía compra acá, sin mayor trámite, y que costaba veinticinco tristes pesos.

Hubo más infortunios por mi anacronismo, pero lo más duro fue tener que brincar y agarrarme del tren de la digitalización. PC, laptop, IPhone, FB, Instagram, etcétera. Aunque el Twitter he llegado a tocarlo tímidamente gracias a la fina ayuda de Abby y Alisma.

No recuerdo bien dónde me pasó esto, ¿en Google? ¿Twitter? ¿Blog frustrado? Escriba su seudónimo, decían. Como siempre me han llamado Cielo y nací en Reynosa, de ingeniosa que soy pensé “Cielo en Reynosa” así o todo junto.  Inmediatamente lo perdí y para buscarlo procedí a googlearme. No me hallé. Lo que sí encontré fueron moteles así llamados y chicas escort que se anunciaban con mi mismo nick (ni las busquen, ya las quitaron) y se complementaban con fotos explícitas. Abochornada, preferí cancelar mi original seudónimo; qué pena, mala sintaxis y pésima ortografía en aquellos textos… qué vergüenza.

Mis lujos y placeres han sido y seguirán siendo mientras viva, los libros, la escritura y coordinar el Taller de Escritura Creativa. Me gusta internet para ponerme al día sobre autores nacionales y extranjeros. Y, ahora mismo, también para aprovechar la oportunidad digital de viajar en este maravilloso Tranvía literario.

 

Graciela Ramos

El día que se acabó el algodón

En los veranos de mi infancia mis padres solían llevarnos, a mis hermanos y a mí, al mar. Nos vamos al mar, gritábamos los niños, entre algarabía y búsqueda de trajes de baño, al irnos a la Playa Washington o a Puerto Isabel, Texas. El viaje al mar del domingo 28 de julio de 1957 fue — en mi mundo infantil— el día en que se acabó el algodón.

Viajábamos ese domingo de Reynosa a Matamoros. El radio hablaba del misterioso asesinato, dos días atrás, del presidente guatemalteco Coronel Castillo Armas y lo alternaba con noticias sobre el sismo de esa madrugada en la Ciudad de México. Dos trágicos hechos que me impresionaron menos que la conversación de mis papás; algunas palabras me eran desconocidas, yo aún no acababa la primaria: hablaron de desastre agrícola, dumping algodonero, plagas y corrupción. Y luego escuché: Se acabó el algodón. Como había pérdidas y deudas sólo quedó vender las tierras. El rancho El Rameño ya no era nuestro.

Y ese día quedó grabado en mi mente infantil como tajante certeza del fin de un mundo personal, esencial y hermoso. Mis recuerdos de siempre fueron de algodón, así fue desde que pude razonar. Para Reynosa este cultivo significó un gran auge, una era de bonanza cuya culminación nadie en la región esperaba ni deseaba. Pero llegó. Y cuando se nos fue el algodón, algo de la paz y la armonía del pueblo se fueron con él.

El algodón fue para los reynosenses de esa época sinónimo de provincia risueña. Fue  cultivo redentor, noble donante de blancos campos mecidos por el aire de la tarde. Su producción proveyó a la región de progreso y movimiento porque, directa o indirectamente, todo mundo tenía que ver con el cultivo. Los propietarios de ranchos algodoneros, sus esposas, hijos e hijas en edad de trabajar en las vacaciones escolares, todos tenían algún desempeño en la labor o en los negocios con las compañías algodoneras o en la reciba o en los camiones de carga. Era tal el auge que trajeron gente de otros lares para trabajar los campos algodoneros, a familias completas para la pizca del albo capullo, y aquí era jauja para los negocios.

Restaurantes, cafés, oficios, profesionistas, tiendas de curiosidades para el turismo norteamericano, mueblerías, tiendas de ropa, zapaterías, ferreteras, madereras, anunciaban la Gran Venta del Algodón o la Liquidación de la Cosecha, pues con las pizcas había dinero para todos. Por eso llegaban los circos en julio y agosto, y además cada año teníamos las fiestas del verano, alegres bailes y verbenas para elegir a la Reina del Algodón. Desde meses antes los desfiles de carros alegóricos comenzaban, daban el rol por todo el pueblo, con música y algarabía de cláxones y magnavoz para anunciar las fiestas de coronación, y entonces las flamantes camionetas pick up de los agricultores desfilaban con sus pacas de algodón, circulaban despacio y los niños y las niñas teníamos permiso de subirnos en ellas y ser parte de la fiesta popular, cantando, saludando; cohetes lanzados por los que seguían el desfile, anunciando las Fiestas del Algodón y su gran baile amenizado por las orquestas más importantes de México. Las niñas aún con calcetas podíamos asistir y desde nuestra  mesa veíamos bailar a las muchachas mayores con sus novios. El símbolo del algodón nos arropaba amorosamente, como pueblo cálido y bueno que éramos.

Por esto, al saber que ya no habría más algodón, aquel domingo de verano del 57 yendo al mar, sentí tristeza. Y comencé a sentir nostalgia por la imagen de papá, de sombrero tejano, regresando del rancho en su pick up, trayéndome matitas de algodón con flor. Esto lo tengo muy claro. Curiosamente no tengo recuerdos del mar de aquel día. No pude comprenderlo entonces, pero parte de mi infancia estaba terminando. Era difícil aceptar que ahora  el campo blanco bajo el sol del verano, el río Álamo de aguas transparentes y la represa, con su cascada de arcoíris, el arroyo claro con fondo de piedra lisa, lugar de mis  juegos infantiles – el querido Rancho El Rameño-, ya no sería más nuestro; era difícil entender que aquel inmenso reflejo de sol blanqueando el horizonte -el maravilloso algodón- se nos había acabado.

Por Graciela Ramos Domínguez

(Reynosa, 1946).Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.

En septiembre

Después de comer, Cayetano Treviño, prestamista, subió a la terraza techada del segundo piso de su casa, única del rumbo hecha de ladrillos. El aire bochornoso de la intermitente lluvia de ese mediodía, hacía que todo pareciera transcurrir a paso lento.  Desde lo alto, vio con fastidio las viviendas del asentamiento irregular donde hacía años había decidido construir y habitar solo; eran chozas y tejabanes rodeados de charcos y lodo. El extremoso clima de la región les había dado varios años de sequía y ahora la copiosa lluvia no había parado en dos meses seguidos.

Esa mañana de septiembre el sol había salido pero ya para mediodía volvían la nublazón y la llovizna. Había sido abundante la comida y Cayetano se movía con lentitud. Irritado, decidió tomar una siesta. Además de  la pesada digestión, le agobiaba  recordar el sueño recurrente donde, la noche anterior, la Parca le volviera a avisar: Cuando veas pasar un fuego veloz y escuches el bramido de la bestia, vendré por ti.

Absurdo sueño; y ni modo de realizarse por ahora, con todo este agual, se dijo con sarcasmo y se recostó. Se fue quedando dormido en un sillón bajo el techo protector de su terraza, al arrullo murmurante de la creciente lluvia, ahora arropada por nubes cada vez más negras. En las noticias de un radio lejano alguien hablaba de presas, ríos y canales, que venían altos por las lluvias incesantes. Al mismo tiempo, por los caminos y brechas abiertas entre mezquites y huizachales ya circulaban de prisa las grandes lluvias. Pronto las aguas memoriosas inundaron las áreas bajas buscando llegar al lecho del río.

En segundos, el lodo avanzó en avalancha con velocidad rabiosa y al instante el  bravísimo torrente ya arrasaba con cercas, láminas, paredes, y las chozas y los  árboles eran arrancados de raíz. Cuando la gente abandonó en tropel sus pobres viviendas inundadas e intentó trepar sobre los techos, ya todo era inútil. Buscando salvarse, algunos desesperados vecinos irrumpieron en la casa de dos pisos. Ya se escuchaba el sonido del oleaje que pronto se convirtió en rugido y estruendo. Con el estrépito abajo, arriba, en la terraza, el dueño de la casa despertó de su pesado sueño. No comprendía nada. Por un lado los vecinos estaban junto a él, demudados sus rostros. Por el otro, viendo hacia la calle, pasaban frente a él, flotando como barcas danzantes, árboles, animales  y cuerpos humanos.

Pero mi casa es sólida, pensó con furtivo alivio. Todos los ojos estaban clavados en la encrespada avenida de aguas encontradas: las de la lluvia y las del desbordado río. De pronto miraron pasar flotando una choza y vieron por la pequeña ventana su interior: Adentro había una mesa con una lámpara de petróleo encendida, allí aun ardía el fuego, y este fuego corría, navegaba por el río que bramaba como animal herido, como  bestia enfurecida, ciega y obcecada. Segundos antes de la confusión de tinieblas que lo envolvería, Cayetano alcanzó a escuchar el estruendo de las voraces aguas arrancando los cimientos de su casa.

Por Graciela Ramos Domínguez

Graciela Ramos Domínguez (Reynosa, 1946). Escritora y pintora. Ha publicado libros de cuento, ensayo y dramaturgia (ITCA, UAT). Colabora en diarios, revistas y suplementos culturales y es promotora cultural independiente, así como en el programa de lectura itinerante “El escritor ante el lector” con el Instituto Tamaulipeco de Cultura. En 2011 fue merecedora de la medalla de oro en el Primer Concurso Estatal de poesía del Río Bravo. En 2012 coordinó el Diplomado de Escritura Creativa a invitación del IRCA.