Clóset

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Un día, hace muchos años, descubrí que guardamos los recuerdos en los ojos. Es por eso que basta apretar la mirada para que la nostalgia nos caiga encima, para que el pasado nos aplaste con aquello que el corazón añora de aquellos días.

Sucede que llevamos en el interior de los ojos un clóset repleto de cajitas ordenadas, y no tanto, unas sobre otras. Su materia y forma varían de acuerdo al tipo de recuerdos que almacenan: algunas de ellas guardan incendios y al abrirlas, arden en la oscuridad detrás de los párpados. Otras más grandes albergan días lluviosos o mares enteros, y es suficiente moverlas un poco para que el clóset se inunde y se desborde hacia afuera.

Están también esas que guardan insectos: la de las mariposas que gustan de jugar dentro de los vientres o de los ciempiés que se divierten haciéndonos cosquillas en los labios.

A veces olvidamos manejar con cuidado las que encierran huracanes y sin querer éstos aparecen y alborotan todo, o despeinan; a lo largo del día es recomendable recurrir en repetidas ocasiones a las que guardan alguna canción para bailar, para sonreír, para llorar o para suspirar, y destapar de vez en vez las que guardan aromas para volver a los platillos de mamá, a los postres favoritos o  a la calma que habita en el sueño de un recién nacido.

Las hay de terciopelo o de cristal, de cartón o de acero. En forma rectangular o cilíndrica, de colores luminosos, estampados sicodélicos y hasta algunas que brillan en la oscuridad. Pueden llevar la etiqueta de algún nombre, alguna ciudad o alguna fecha. Existen, sin duda, las que en ocasiones olvidamos en los rincones y se empolvan, o se maltratan, pero siempre reaparecen y nos hacen estornudar con su polvillo, o nos apapachan en su melancolía.

He de decir que mi clóset se vuelve a veces mi lugar favorito. En ese momento, las cajitas de los recuerdos más recientes cobran vida, son las más pequeñas y traviesas, entonces brincan y bailan, y se carcajean, y me jalan hacia afuera con destellos de los días que me estoy perdiendo.

 

Abby García

Notas al pie del hartazgo

No pretendo convencer a nadie de que hay arte en esta hartura. La emprendí porque es el último recurso que me queda para acercarme a la sensibilidad.

Canción de tumba, Julián Herbert.

 

Hoy escribo desde el desencanto. O quizá siempre ha sido así, no podría decirlo.

Se me terminaron las obsesiones y los placeres culposos. No me apetece recurrir a mis anécdotas románticas ni a los cuentos viejos, tampoco a los poemas-muy-malos, ni a los textos sobre la empatía, mucho menos a esos sobre la gente que me quiere o sobre la que no quiero. Tal vez sólo es que no me apetece escribir.

Corrijo: –por favor no se ofenda, sépase apreciado y querido, amigo lector– lo que sucede es que generalmente escribo porque siento la necesidad de decir algo, aunque también lo he hecho aun con la sensación de no tener nada relevante que decir, otras veces he dicho más de lo que debía, y he escrito con intención y por diversión, con enojo, con amor, con entusiasmo. Hoy sólo no me apetece escribir, ni nada en absoluto.

Hoy, y desde hace muchos días, me estoy queriendo poco.

No es sólo la pelea con mi imagen o apariencia, también están los fracasos profesionales, las decepciones amorosas, los conflictos existenciales y un putamadral de frustraciones que suelo callar por hacer como que la vida sigue, aunque en realidad no avance. Cuando todo se acumula, e incluso si no hay nada acumulado, caigo en el limbo de la hartura.

Un día repruebas una materia, la ropa ya no te queda, tu crush deja de enviarte mensajes, en la oficina se quejan y se quejan de tu trabajo o alguien inicia una conversación sin preguntarte cómo estás, cómo te sientes, cómo estuvo el fin de semana. Lo más insignificante puede volverse detonador y todo explota: prefieres quedarte tirado en la cama, viendo el techo. O dejar de usar tus jeans favoritos. O bajar la mirada cuando parece que alguien te coquetea. O comerte dos órdenes de tacos porque es más sencillo que salir a correr por las mañanas. O ignorar todas las notificaciones del celular, preparar una maleta pequeña e irte a vivir a una ciudad desconocida, o mejor dicho, a una ciudad donde nadie te conozca.

Si puedes te duermes tres días, si no, sólo te dejas llevar por el modo automático. No se siente tan mal ir con la corriente, no se siente tan mal ser un zombi, pero no hay chispa, y al final lo único que deseas es mandar todo a la mierda, que el tiempo pase, que se desvanezca el hartazgo.

Porque ni tú mismo lo comprendes, te limitas a sentir. Ni siquiera es tristeza o depresión, es que de verdad estás hasta la madre. Y ninguna frase de ánimo te animará realmente. A veces sólo queda suspirar y cerrar los ojos.

Sé que visto desde el otro lado parece drama, pero hoy, y desde hace muchos días, de verdad la vida se está sintiendo muy mal aquí abajo y el mundo no parece un lugar cómodo ni seguro; hoy, y desde hace muchos días, la yo funcional se fue de vacaciones, dejó en su lugar a un zombi que para nada está de acuerdo conmigo.

Abby García

#SiNosMatan

Catalina Kühne

#SiMeMatan

Si me matan me gustaría que en el momento en que inventen la historia de mi vida, sean un poco más creativos, que no sólo sugieran que mi comportamiento relajado en hábitos sexuales, sociales o inclusive de vestimenta, eran indicios claros de que merecía ser asesinada.

Unos pretextos con un enfoque más literario, algo, por ejemplo, en el género de la acción. Que sí, claro que era obvio que algo tenía que sucederme, pero como respuesta directa a mis acciones, porque en realidad mi otra yo, era una vengadora anónima y sanguinaria que se ejecutaba a la primera persona que se le pusiera en frente fuera hombre, mujer o quimera.

O apelando a la ciencia ficción, decir que no morí, que simplemente me deslicé asqueada a un universo paralelo en donde no es necesario cuidarse de nada, ni de nadie. Oh, adorable utopía.

También podría hablarse de un misterioso asesinato del tipo de Agatha Christie que incluyera pistas ocultas en letras de canciones infantiles y mensajes misteriosos traídos por guapos extranjeros desde un tren del Cairo.

Vaya, aunque fuera que me hicieran un ataúd de cristal y me dejaran en animación suspendida esperando que llegara alguien a salvarme al darme un beso de amor verdadero.

También se valdría la clásica de que me suicidé, pero publicando mi carta en los periódicos, una carta en la que explicara con hermosas palabras e impecable retórica que este mundo ya no vale la pena porque sus inventos, además de ser una agresión directa a las víctimas, no tienen chiste, sabor, son trillados y aburridísimos.

*****

Abby García

#SiMeMatan

Que se sepa de una vez y que lo sepan por mí. Que se sepa antes de que me maten.

Viví cuatro meses en unión libre con un hombre que enseguida me dejó por otra.

Me gusta coquetear y bailar cachondo. Me gustan los tatuajes, tengo varios. Me gusta la literatura erótica y las historias perturbadoras de la Deep Web.

No me da pena pedir caguamas ni tomar directo de la botella. Abuso de las malas palabras a la menor provocación. Tuve un hijo fuera del matrimonio y sólo lleva mis apellidos.

Me he enamorado tres veces de hombres que conocí en internet. Volvería a hacerlo sin problema.

He regresado a casa de madrugada, caminando, sola y medio borracha. O muy borracha. He hablado con extraños. He bebido con extraños. He aceptado aventones de extraños. He besado a extraños.

Me maquillo sólo para subir selfies a mis redes.

No exijo pensión alimenticia pero a veces tengo que pedir prestado en el trabajo porque mi sueldo no me alcanza. Me acomplejan mis piernas y mi cadera ancha, aun así uso vestido, minifalda y pantalones entallados. Me quejo de estar soltera pero le digo que NO a los hombres que no me gustan.

He viajado sola. He comido sola. He visto porno, sola.

No me gusta lavar los trastes. Pospongo el quehacer hasta que no se puede vivir más en la casa. Creo en los horóscopos, en el tarot, en el karma, en la reencarnación, en un primer motor de todas las cosas y en la existencia de las buenas personas.

Juzguen ahora que lo saben. Júzguenme. Lo confieso por si me matan.

*****

Alisma De León

#SiMeMatan

Sería tanto lo que podrían decir:

era una descuidada, iba a cualquier lado, a cualquier hora, daba vueltas innecesarias, aceptaba compromisos sin fijarse, manejaba de noche, era divorciada, no iba a la iglesia, usaba escotes, maldecía, se maquillaba en exceso, llevaba siempre la boca roja, era lesbiana, tenía muchos novios –o no tenía ninguno–, acostumbraba andar por la calle sin  compañía, incluso la vieron en un cine o un café sola, alguna vez se la encontraron caminando con alguien que traía un tatuaje, ella misma tenía uno, dos o muchos –escondidos o a plena vista–, compartió casa con un hombre, de cascos ligeros, una golfa, una payasa, chocante, impertinente, con dos tarjetas de crédito hasta el tope, estudiante mediocre, ratón de biblioteca, coqueta, platicaba con quien fuera –hombre, mujer, joven o viejo–, salía a la calle en mini falda, pantalón a la cadera, leggins, necia, inconforme, usaba demasiado Facebook, Instagram, Twitter, chateaba con gente que apenas conocía, subía selfies, anunciaba donde estaba y lo que hacía, no medía sus palabras, andaba de fiesta hasta la madrugada, visitaba bares y cantinas, tomaba poco o en exceso –margaritas, vodka, tequila, cerveza–, fumaba, se drogaba a veces, era una creída, mala influencia, mala hija, mala madre, mala esposa, mala novia

Si me mataran mañana y se dijera algo de todo eso o todo eso junto, incluso tú, que sabes quién soy y la parte que de lo dicho es mentira, dudarías.

*****

Nidia Cuan

#SiMeMatan dirán

que era demasiado confiada, que le sonreía a los extraños, que siempre terminaba hablando con desconocidos. Si me matan dirán que revelaba mi información personal con demasiada facilidad, que tocaba mucho a las personas, que hacía muchas preguntas, que usaba vestidos cortos y pantalones entallados, que no me vestía como una mujer casada, que no me vestía como una mujer de mi edad. Dirán, seguramente, que siempre tuve amigas sospechosas, que me juntaba con “hippies” y drogadictos, que muchas veces salía sin mi marido, que tenía amigos que me llamaban a menudo por teléfono, que me escribían cartas, que me buscaban siempre. Dirán que tomaba terapia, que iba al psiquiatra, que nunca se sabía qué esperar de mí. Si me matan, dirán que salí de mi casa cuando tenía 18 años, que nunca me cuidé como debía, que les contestaba a los que me gritaban en la calle.

Dirán, no me cabe duda, que fue una consecuencia lógica, que no se podía esperar otra cosa.

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Lolbé González

#SiMeMatan dirán:

Que nunca pagué las multas de tránsito.

Que pasé cuatro años sin devolver un libro a la biblioteca y otro me lo quedé para siempre.

Que tenía la sospechosa costumbre de planear qué ropa ponerme. Una coqueta.

Que usaba un piercing en la nariz, signo claro de inestabilidad.

Que me gustaba mucho estar sola.

Que iba a terapia.

Que me enojaba con facilidad o me emocionaba demasiado ante situaciones anodinas.

Que cantaba canciones de despecho en el auto como si tuviera roto el corazón a perpetuidad.

Que encontraba en todos lados un motivo para hablar de feminismo y a veces lo hacía hasta caer mal.

Que no entendía un comino de los trámites de hacienda y vivía con el miedo de me fueran a embargar.

Que, en ocasiones, se me antojaba un trago de cerveza como sólo se puede antojar un beso.

Que nunca superé la adicción a ciertos dolores.

Que renuncié a un trabajo estable para vivir quién sabe cómo.

Que adquirí una deuda bien grande.

Que una vez robé un chamoy de la farmacia, mentí, usé calzones gigantes, traicioné, no comí frutas, lloré, salí sin sujetador, pasé días sin comer, hice trampa en el examen, olvidé ponerme desodorante, me bañé desnuda en el mar.

Si me matan dirán que parecía una buena amiga/hija/nieta pero que estaba llena de secretos. Que por eso me mataron.

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Mónica Flores

#SiMeMatan

Dirán que era una control freak… pero hagan exactamente lo que les pido. Amen con locura a quienes amé y me aman, den apoyo y consuelo, porque cada persona a la que le falta alguien por violencia sufre lo indecible. Persigan y juzguen al asesino en lugar de ser viles conmigo. Al funcionario que no pueda garantizar justicia y seguridad para su pueblo o comunidad, (qué va a renunciar), sáquenlo. Aspiren a un pueblo nerd, sensible, solidario y bondadoso y hagan lo que tengan que hacer para construir en esa dirección.

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Asenat Velázquez

#SiMeMatan  (que no deberían. Nadie, absolutamente nadie debe matarme.)

Pero por si las moscas, me matan, no inventen cosas de mí, por ejemplo: que fui muy buena persona, una persona increíble o cosas por el estilo. Ya muchos saben que no es cierto, yo lo sé.

Si me matan, para no llevarme cosas pesadas a la tumba, informo que sufrí acoso callejero y da miedo, acoso laboral pero el jefe –es jefe – y siempre gana, violencia de pareja (de esa que hace que prefieras quedarte sola). Y sobreviví, así como muchas sobrevivimos.  Nos matan el alma, eso sí, de ahí nos quedamos muertas.

Si me matan, muchos dirán que es porque vivo en Reynosa. Pero informo que ya me apuntaron con armas largas y levanté las manos, estuve con mi grupo de estudiantes bajo los mesabancos mientras las balas cruzaban por la calle y salimos ilesos. Digan que me dedico al arte. Que no soy tan mala persona.

Si me matan puede ser que digan que es porque bebía cerveza, salía de noche, provoque a alguien, tenía un brazo desnudo, levante la ceja, mi cabello era provocador, llevaba zapatos abiertos y mi pie se veía expuesto e incitaba, o algo más absurdo.

Pero si me matan y mi cuerpo no aparece, entonces sí. Digan cosas bonitas, aunque sean mentiras. Porque siempre se hablará bien o mal del que no está presente.

Pero entiendan, nadie debe de matarme. No doy ni el permiso ni la autorización para hacerlo. Solo digo si me matan, porque hay cientos de mujeres que no alcanzaron a decirlo.

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Karla Marrufo

#SiMeMatan

dirán que era antisocial, depresiva, arrogante

que siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta

que mantuvo en la friendzone a varios hombres buenos

y que sin embargo solía usar vestidos escotados y cortísimos

dirán que viajaba sola o sólo con amigas que es lo mismo

dirán que vivía sola

caminaba sola

hacía las compras sola

paseaba al perro sola

se paseaba a sí misma sola

que se dormía en trenes, aviones, autobuses, como esperando a que algo sucediera

dirán que nunca se casó ni tuvo hijos, que despreció desde siempre su instinto maternal

dirán que era atea, agnóstica, esotérica y coqueteaba con la santería

que el orden impecable en su casa delataba sin duda un trastorno psiquiátrico

y que en realidad nunca tuvo amigos

dirán que sin embargo se le solía ver acompañada de lesbianas, homosexuales, transgénero, teatreros, músicos, literatos en general y poetas en particular, todos ellos tatuados, con los cabellos de colores y perforados de las narices y otras partes menos decentes

dirán que a veces se desaparecía semanas enteras

            seguramente para dedicarse a los sacrificios que exige la santería

            seguramente para participar de orgías pérfidas con esa caterva de hippiosos

            seguramente para empastillarse hasta la inconsciencia

y luego reaparecía como si todo estuviera tan normal

dirán que bebía demasiado

dirán que era abstemia y eso no es normal

dirán que parecía que siempre estaba mariguana

dirán que nunca fumó pero seguro se metía otras cosas

dirán que la mataron porque para un ser así no había lugar.

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Sandra Ramírez

#SiMeMatan

Si me matan quisiera conocer antes el papel que desempeñaré cuando esté inerte. ¿Seré una alcohólica? ¿Una drogadicta? ¿Una ramera? ¿O las tres cosas?

¿Representaré un caso de violación provocada?, ¿seré una infiel de quien se vengó su pareja? o ¿seré una mujer con problemas emocionales que no pudo con su lamentable vida?

Si ven mi cuerpo y no soy suficiente para un papel, quisiera saber cómo manipularán mi historia.

Si me culparán por viajar sola y ponerme a merced de cualquier asesino. Si mi derecho a decir lo que pienso me dará el pase directo a una fosa clandestina. Si no fui precavida cuando quise verme bonita para salir y usé un vestido corto con escote. Si comprar libros y no tener tiempo suficiente para terminarlos dará la señal para asesinarme.

Quiero tener claro si mi nulo interés por ser ama de casa, tener sexo, hijos, novio y una deuda hipotecaria, son razones suficientes para que cualquiera termine con mi vida.

Me gusta salir, gastar dinero que no tengo y hace rato que dejé de ahorrar para el futuro. Me desvelo aun cuando tengo sueño.  Veo series que no me gustan sólo porque son populares. Escucho música que no encasillo en ningún género.  Canto a todo pulmón de regreso a casa cuando manejo de noche. Continúo una discusión hasta desgastarme por buscar una empatía que no existe en la otra persona. Me apego a la gente porque siento que lo necesita y malamente me engancho cuando lo necesito yo.  Me falta frialdad.

Mando mensajes en la madrugada, reviso whatsapp aun cuando no recibo alertas de respuesta. No me gusta Facebook, pero parece un requisito social. Muestro mis sentimientos demasiado pronto. Sonrío, muchas veces, con esfuerzo. No me permito llorar, cuando lo hago desahogo el llanto luchando contra la asfixia que provoca. Me gusta besar. Disfruto dar un abrazo sin que me lo pidan, porque mi ego piensa tener lo que el otro requiere, pero muchas veces yo lo necesito más. Estoy enamorada de un chico mucho menor que yo. No me maquillo lo suficiente, no me visto llamativa, jamás me he pintado el cabello y tengo miedo de operarme la vista.

Quisiera saber, antes de cerrar los ojos, cómo quedará mi historia, o tener claro si se dejará por un lado la vida que tuve para inventar una a placer del público.

Planta de frijol

No sé bien por qué tengo muy pocos recuerdos de mi primera infancia. Si no fuera por las fotos que mi mamá se encargó de guardar, mi mente no podría recrear momentos importantes de mi niñez. De los pocos que puedo evocar sin fotografías, hay uno al que le tengo especial cariño:

—Los frijolitos lloran– me dijo mi abuelita materna–, lloran cuando nadie se los come.

Entonces mi mente infantil arrojó una escena de los frijoles que no me apetecía comer, con carita triste, en el bote de basura, llorando porque yo los había desperdiciado. Luego de un rato, con un machito de tortilla, me los comí a regañadientes hasta que no quedó nada en mi plato.

Al día siguiente llegué a la primaria entusiasmada por contar la historia a mis compañeros. Recuerdo que, con toda la fe que un niño puede tener en las historias fantásticas, les expliqué por qué no debíamos desperdiciar el manjar aquel. Algunos callaron atentos, otros rieron. La niña más popular, que ahora me parece la más cruel del grupo, se burló de mí y de mi abuela, nos llamó tontas y remedó mi narración. Más niños rieron a modo de burla. El niño bufón se sentó en una esquina del salón para emular un llanto ridículo y fingir que era un frijolito llorón. Nunca más volví a acercarme a platicar con ellos. Me pregunté muchas veces si algo malo les pasaba, por qué no creyeron la historia de mi abuelita, por qué se burlaron de los pobres frijolitos llorones. Hoy aún no me explico si fue que ellos habían crecido muy pronto o si yo me había tardado demasiado en madurar, porque yo de verdad creí, aunque tenía ya diez años, para mí no fue sólo un cuento. Supongo que gracias a mi abuela tengo la costumbre de no dejar comida en el plato. En el fondo aún pienso que si desperdicio esos alimentos, se pondrán muy tristes porque no me los comí.

Cada vez que tengo que tirar algo de comida a la basura, pido perdón a mi abuelita, que murió hace muchos años (y a todos los niños de África que no tienen qué comer), por las tortillas que se me quemaron, por la sopa vieja que ya no me comeré o por aquellas verduras que olvidé y perecieron en el fondo del refrigerador. Pero cuando se trata de frijoles, vuelvo a los días en que mi abuela me arrullaba en su mecedora de jardín y me hacía piojito, a esa muñeca de trapo que ella escondió durante meses para dármela en Navidad, a sus alcancías llenas de pennys que eran mis tesoros de domingo, a los mimos que sólo las abuelitas pueden darle a los nietos consentidos.

Cuando tengo que tirar a la basura los frijolitos que no me comí, imagino que con la ayuda de sus lagrimones germinará una planta con el rostro arrugado de mi abuelita. Una planta de frijol es mi recuerdo más dulce de la infancia; una planta de frijol como la que debió brotar del experimento de primaria que llevé en un frasco lleno de algodón y agua, y que nunca se logró; una planta de frijol que a susurros me cuenta más historias fantásticas que lo niños tontos y malvados jamás creerán, historias que podrían ayudar algún día a que otros niños, obedientes y soñadores, coman con disciplina todo lo que sirve su mamá en el plato.

Una planta de frijol es mi abuelita.

De cómo empiezan a afectarme los treinta

Anoche soñé que me linchaban en el mundo virtual por decir algo en un mensaje supuestamente privado. ¿Cómo puede uno ir tan campante por la vida, contar intimidades y esas cosas, cuando existen las capturas de pantalla, las filtraciones de la nube y los ociosos que se divierten al quebrantar la privacidad de los demás?

Últimamente siento la paranoia de cuidar todo lo que digo en redes sociales (en la vida real no hay respaldo de información ni existe la caché, podemos atribuir todo a un fallo en la memoria). Intento ser prudente tanto en las conversaciones casuales de Whatsapp como al emitir mis opiniones personales en Twitter o Facebook. Muchas veces fracaso, claro está.

Una de las razones, no voy a negarlo, es que disfruto mucho quejarme. Aunque no me guste aceptarlo, soy noventa por ciento millennial, nativa digital, entonces mis quejas van de la mano con la tecnología. Soy una persona promedio, tengo una rutina bastante ordinaria y eso me permite tener a diario suficientes motivos para vivir en una queja constante. Pero, sobre todo, me encanta, me fascina, me complace chingón quejarme de mi sueldo. Así, cada vez que lanzo un improperio al respecto, me muerdo las uñas y la lengua ante la idea de que el comentario llegue a oídos de quien pudiera influir en la decisión de anular tan preciado detallito de mi vida laboral.

**Nota aclaratoria para quien corresponda: la verdad es que no gano mal (¿o sí?), pasa que, igual que a cualquier persona promedio de este país, no me alcanza para una chingada.

Manejo la oscura creencia de que al usar mis redes sociales en la computadora de la oficina, toda conversación, todo movimiento, toda búsqueda, click, me gusta o retuit, quedará grabado para siempre en el historial del servidor y su poderoso software vigilante que vendrá después, guadaña en mano, para juzgarme, acusarme y cercenarme los dedos y la nariz, sobre todo por todo lo emitido en horario laboral, por supuesto.

La cosa no queda ahí. Si por algún impulso emocional yo me viera en la necesidad de quejarme, no sé, de alguien, quien sea: qué miedo que el receptor de mi queja la haga pública o se la envíe al interesado. Qué vergüenza.

Ni hablar de la posibilidad romántica de enviar nudes o sextear, es algo inconcebible: en automático, todos a mi alrededor se enterarían de mi pecaminoso hábito. Para ambos casos, debo tener preparado un discurso para justificarme: que si la emoción del momento, que si la libertad sexual femenina, que si todo era una pequeña broma muy bien elaborada para desconcertar al otro: ¡mira, yo también guardé nuestra conversación! ¡También tengo fotos tuyas muy comprometedoras!

¿Porno? En mi historial no existe. ¿Qué tal que muero y quien se quede con mi laptop o celular le da por indagar en mis visitas más frecuentes en la red? No. No. No.

En mi defensa diré que todo es culpa de la edad. No es que tema a la pequeña inquisición que se ha formado aquí y allá, no, ni a los bandos rudos y técnicos, intelectuales, opinólogos, jueces y verdugos, que poseen la autoridad amoral para exponer, linchar, quemar y desprestigiar a cualquiera. No, no es que tenga miedo. No es que nadie antes que yo no haya hecho un screenshot o compartido un meme, o que nadie se haya quejado de su trabajo o del colega insoportable. Lo que pasa es que madurar es autocensurarse y yo ya estoy grandecita.

Abby García

Lloro porque quiero

No confío en la gente que no llora. Quizá porque soy una llorona con talento. Lloro cuando el camión no atiende a mi señal de parada porque va llenísimo, cuando no escucho el despertador y se me hace tarde, cuando el microondas no calienta bien mi comida y debo esperar otros dos minutos hambrienta. Creo con firmeza que si uno siente la necesidad de tirarse al llanto, debe hacerlo. Es sano, es puro, es reconfortante. No importa si es en medio de una junta de trabajo, a la espera en la línea de teléfono o de paseo en un centro comercial muy concurrido.

Tengo tal obsesión por la lloradera que en ocasiones busco excusas para llorar: que si el día está alegre y soleado, que si la lluvia entorpece el tráfico y los vuelve a todos unos pendejos, que si el arreglo floral de mi escritorio luce demasiado colorido entre tanto neutro. Ahí voy, a internet, con la ilusión de encontrar nuevas canciones de desamor, poemas sobre la muerte, películas tristísimas o recuerdos de momentos felices. Cualquier cosa. Lloro porque lo importante es romperse, qué más da si es de tristeza, nostalgia, alegría o ridiculez.

Sucede que la sensación que sobreviene al llanto me resulta revitalizadora y adictiva. Como si supiera, después de llorar, que todo, absolutamente todo, estará mejor: los pendientes en la oficina, el amor a distancia, el familiar enfermo, los trastes sucios o la cartera vacía. Todo se compone un poco. De pronto, que el camión tarde demasiado en pasar tiene algo de poético, la añoranza del pasado se convierte en motivación para el futuro o simplemente mi vida parece, por mucho, más afortunada que la de cualquiera por el solo hecho de poder llorar gracias a estas trivialidades.

Dicen que nada resolvemos al llorar, y así es como inicia la represión. Si eres mujer y estás en ánimo llorón: te va a bajar, son las hormonas, ¡qué pinche sensibilita, azotada e insoportable andas! Si eres hombre ni se diga: no tienes derecho, no puedes, no debes, que-ni-se-te-ocurra. Y entonces llorar es malo y anormal.

Yo, si no lloro al menos una vez a la semana, siento que mi cuerpo se expande y acumula aquello que me hace daño, y al liberarlo de esa presión dejo salir lo que puede echarse a perder para carcomerme desde adentro.

Lloro porque hay suficiente amargura en el mundo como para ser otra mujer indiferente. Lloro porque a veces siento que no puedo, aunque sepa perfecto que puedo y bastante bien. Lloro nomás porque pienso en la utopía de tener a alguien que me abra los brazos y reciba mis lágrimas, sin juzgarme: ¿quieres llorar?, aquí está mi hombro y mi pecho y un pañuelo; ¿quieres llorar y estar sola?, aquí me quedo y te veo, sin decir nada, sin moverme; ¿quieres llorar a gritos?, ven, te llevo a donde el silencio no sea un requisito obsceno; ¿quieres llorar con pizza y nieve y ver Netflix?, no busques más, te acompaño, ya conozco tu sabor favorito.

Cuando quiero llorar, pienso en todas estas cosas para decidir si lo hago o no y por qué. Al final, siempre lloro sólo porque quiero.

 

Abby García

Elegir nuestras batallas

Cuando creemos poseer la verdad sobre algún tema, sentimos la obligación de compartirla. Buscamos la libre expresión, decir lo que opinamos respecto a lo que sea, pero lo que sentimos como obligación es sacar al otro de su error; debemos rescatarlo, corregirlo, encaminarlo hacia la verdad: la nuestra.

En el mejor de los casos podríamos quedarnos con la satisfacción de haber soltado nuestro sentir y dejar que el libre albedrío resuelva la situación. Pero no. No nos conformamos, no hay liberación del alma si el otro no cambia de parecer en el momento en que nos ha escuchado. Es necesario convencerlo, que acepte su error, que nos dé la razón y exprese que ahora está de acuerdo con nuestra idea. Pero el mundo no funciona así.

Para empezar la verdad es la verdad y no puede cambiarse. Es la relación entre la realidad y lo que conocemos. De ahí que Sócrates alegara sólo saber que no sabía nada. Las verdades científicas, por ejemplo, pueden replantear totalmente nuestra realidad. Como aquello de que existen sistemas solares más allá del nuestro donde también podría existir vida, cuando, no hace tanto, pensábamos que el Sol giraba en torno a la Tierra. No es que las verdades cambien, lo que sucede es que conocemos poco y descubrimos o redescubrimos conocimientos. Las verdades están ahí, pero nuestro alcance intelectual no da para conocerlas todas.

La verdad relativa, en cambio, es más un punto de vista generado por los contextos culturales del ser. Lo que para alguien de oriente es correcto, para un occidental puede ser absurdo. Pero en ninguno de los casos se trata de algo absoluto e irrefutable.

Es por eso que cuando entramos en discusiones de opinión, a veces nos topamos con argumentos bobos, o más bien nulos, que son defendidos a garra y diente. Otras veces somos nosotros mismos quienes opinamos de primer golpe, sin analizar, sin reflexionar, porque nos gana ese deseo por corregir al otro. Muchas de las veces no nos tomamos siquiera el tiempo para hacernos responsables de lo que decimos. No cuestionamos si nos estamos equivocando al opinar.

Con frecuencia creemos que no hay un punto medio dentro de la verdad. Pero si hablamos de estas verdades relativas que se prestan a debate, podría ser que el punto medio signifique la armonía para todos. Es decir, si Café Tacvba dice que repensará volver a tocar en sus conciertos La Ingrata para no inducir a la misoginia, ¡caray!, qué buena intención. Pero entonces yo me pregunto: ¿cuántos gatos negros se habrían salvado de su maldición si Poe no hubiera publicado el Gato Negro? No es que los Tacubos estén equivocados, son culpables de plantear una decisión exagerada, pero eso no invalida su discurso.

Mi punto es: satanizar a alguien por lo que dice, es un arma de doble filo. No propongo defender lo indefendible, ni consentir lo inaceptable. Pero creo que tanto los Tacubos, como cualquiera que emita su opinión, tienen puntos, ideas, argumentos que en algún momento de su discurso se unen al nuestro.

Últimamente he leído mucho en redes a usuarios que aconsejan, en circunstancias distintas, elegir bien nuestras batallas. Aplica también para decidir sobre qué opinar, sobre qué quedarse callado, sobre qué investigar más o sobre qué escribir y publicar. No se puede navegar con banderas de verdades absolutas en una sociedad que tiene como estandarte una revolución basada en la información; sobre todo si no sólo ejercemos el derecho a opinar, sino que también representamos ese pequeño porcentaje que es leído por otros. Debemos saber elegir con responsabilidad lo que vamos a decir, porque puede influir en lo que opinen los demás.

Abby García

Tú no sirves para amores, tienes el sueño pesado

(Aquí yace un pájaro.

Una flor.

Un violín).

Epitafio, Juan Gelman

Mientras preparo una mezcla para hornear un pastel, en la cocina suena La Zandunga; el viejo equipo de sonido está junto al sillón mecedora de mi abuelo. Hoy es su cumpleaños.

Mi abuelo pocas veces me reconoce, ya no mantiene conversaciones coherentes, es incapaz de valerse por sí mismo, ni siquiera puede ubicarse dentro de su propia casa. En ocasiones los recuerdos se le desbordan ajenos, luego desaparecen y pareciera que le falta el aire.

Desde su sillón mecedora, él observa lo que hago, con los ojos llorosos. Entonces noto que empieza a mecerse con suavidad, gesticula, quiere decir algo. Me acerco a averiguar qué le sucede. Intenta golpetear su rodilla con el índice tembloroso, y comprendo todo: mi abuelo trata de cantar. A bocanadas intenta seguir la letra de la canción, se mece al ritmo de la música aunque a destiempo.

—Güelo, ¿recuerdas la canción?

— …

— ¿Güelito?

Detiene el baile. Me observa un segundo y su mirada se pierde en un punto lejano. Sus labios tiemblan, sus ojos se cristalizan de nuevo. La piel helada y reseca me sorprende cuando tomo su mano. Su mirada vuelve a mi rostro, luego a la estufa, a mi rostro otra vez, después al suelo y una sonrisa se asoma burlona en la comisura de sus labios. Asiente. Sí recuerda la canción.

—Aaaay, Zandunga –consigue entonar muy por detrás del ritmo y se le escapa una risita. Se mece de nuevo, en silencio.

La canción termina y mi abuelo sonríe ahora sin titubeos, con una sonrisa amplia que le cierra los ojos y le transforma el rostro. Ojalá pudiera repetir la melodía para invitarlo a bailar lento, lento.

Unas horas después, mi mamá, mi hermano y yo le cantamos las mañanitas. Mi abuelo, sentado en su sillón mecedora, frente a su pastel, se pierde en la luz de la única vela.

Abby García

Héroes por un día

La semana pasada presencié una situación que me dejó mal y con culpa. Un joven adolescente intervino en una discusión de manera poco común. Mientras dos muchachos mayores que él discutían sobre un dinero –que si uno se lo debía al otro, que si pensaba dárselo y que si no, etc–, el muchachito del uniforme de secundaria decidió atacar al (aparente) agresor para salvar al (aparente) agredido.

Cabe mencionar que, en la parada del camión, más de cinco personas observábamos la discusión antes del incidente, sin decir nada. Yo, con mi heredero en brazos, me debatía entre opinar o no, pues, fuera de los empujones y manotazos, no parecían hacerse daño entre ellos. Trataba de descifrar los gestos del joven agredido para captar alguna solicitud de ayuda, pero nada. Desde lejos la escena se percibía diferente, o eso creo.

El joven héroe creyó que presenciaba un asalto. Indignado por la indiferencia de los demás espectadores, tomó una gran piedra y la dejó caer sobre la cabeza del agresor, no sin antes (en milésimas de segundo) voltear a vernos con cara de asco y desprecio. Agredido y agresor, desconcertados, alegaron inocencia: “¿qué te pasa, idiota?”, exclamó el primero, “no es un asalto, pendejo, me debe dinero”, sentenció el segundo mientras trataba de contener la sangre con sus manos. El joven no supo dónde ocultar su vergüenza. El ya-no-agredido entregó un billete de cien pesos a su ya-no-agresor y huyó de la escena. “¿Y ahora qué vas a hacer?”, preguntó el ya-no-agresor, “¿te descalabro a ti también o qué?” y el joven adolescente, con la mirada en el suelo, contestó que sí. En cuanto el ya-no-agresor tomó la piedra entonces sí intervine pidiéndole que no lo hiciera. Escuché a una mujer que gritó “¡déjalo que le pegue!, ¡o llámale a la policía para que se lo lleven!” y yo no pude decir más que “él sólo quería ayudar”.  Un señor sugirió que fueran a la cruz roja y que el adolescente pagara los daños. No me quedé a presenciar la conclusión, mi camión hacía parada y mis opciones eran subir con culpa o quedarme, sin poder hacer nada por el chico, y esperar media hora más a que pasara otro camión.

El primer resultado de Google al buscar la definición de la palabra héroe cita Persona que se distingue por haber realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor. Sin embargo, si esta hazaña le sale mal, se vuelve entonces un personaje carente de perfección, poseedor de las virtudes y defectos comunes en una persona normal. Un antihéroe. Véase el ejemplo de Hancock, un hombre con poderes sobrehumanos que en cada intento por hacer una buena obra, termina por destruir media ciudad.

Diario espero en el mismo lugar para ir a casa. Me toca ver en la pared la mancha marrón de la sangre que dejó el joven herido y no puedo evitar preguntarme si debí hacer más, si debí intervenir desde el momento en que mi Hancock adolescente se acercó con la piedra (no reaccioné a tiempo), o si debí quedarme y asegurarme de que llegara con bien a su casa; porque sí, mi preocupación siempre fue él y no el joven herido. Me preocupaba –y me preocupa– su bondad malinterpretada, su heroísmo imprudente, pero sobre todo la pérdida de su fe en los adultos.

Pero no hice nada. Y desearía tener un poco de la valentía de ese muchacho. Porque en tiempos como los de ahora todos deberíamos ser héroes, debería preocuparnos lo que sucede alrededor nuestro, tendríamos que preguntarnos si podemos hacer algo por el otro. Aunque esto signifique recibir pedradas de regreso, aunque en ello se nos vaya el juicio y la caguemos. Porque como dijo Bowie: we can be (anti) heroes just for one day.

Abby García

Vacaciones permanentes

When you’re on a golden sea

You don’t need no memory

Just a place to call your own

As we drift into the zone.

(Island in the sun – Weezer)

Si pudiera tener vacaciones de por vida despertaría temprano sin configurar ninguna alarma, sólo para ver caricaturas, y volvería a dormirme después del desayuno; caminaría por lugares desconocidos hasta que se me hincharan los pies. Tomaría el coche –que no tengo– para visitar todas las ciudades donde viven mis amigos y familia; olvidaría la fecha o el día de la semana en que vivo; usaría el celular sólo para tomar fotos y comería diario platillos que no puedo cocinar en casa. Si tuviera vacaciones permanentes tendría tiempo para pintar la cocina, para llevar a mi heredero al parque, para ver películas toda la tarde sin remordimientos por los trastes sucios.

Dicen que las buenas vacaciones son aquellas de las que tienes que reponerte, y que son buenas sobre todo si se deja atrás un ambiente hostil, si se convive con gente amada y si se conocen lugares nuevos o se vuelve a aquellos que llenan el alma.

La primera vez que deseé no regresar después de vacaciones tenía ocho años. Estaba en la casa de mis abuelos paternos, ubicada junto a las vías del tren en un pueblito pequeño del sur de Tamaulipas. Tenía muchísimo espacio para correr y jugar, según recuerdo, y cada año se convertía en el punto de reunión para toda la familia. Una tarde de ese verano deseé quedarme a vivir ahí: para poder ver a mis primos todos los días, para viajar en tren a diario, para despertar con el canto de los gallos y corretear pollos. Pero extrañaba la tele, o los canales de antena que no llegaban a ese lugar; quería al mismo tiempo tener a mis amigos de la escuela, mis juguetes, mi cama y a mis otros abuelos. Ya en la madrugada no podía dormir, me preguntaba, con algo de angustia, si lo que se veía a lo lejos, en lo más alto de un poste, era en realidad una lechuza-bruja o sólo algún producto de mi imaginación y la debilidad visual. La culpa la tenían los cuentos de miedo que mis primos residentes me contaron antes de irnos a dormir. En ese momento deseé más fuerte regresar a casa, a mi cuarto que no tenía ventanas.

Otros recuerdos vacacionales de aquellos tiempos son los trayectos en carretera. A esa edad yo obtenía mis gustos musicales de mi papá, así que él grababa en casete las mezclas más raras para regalármelas: desde Garibaldi, Bronco o Los Tigres del Norte, hasta Los Fantasmas del Caribe, Pega Pega o Tropical Panamá (no, mi gusto por el rock no es su herencia). Me emocionaba cada vez que él llegaba con un casete nuevo, no podía esperar el momento de ponerlo en el estéreo del coche y cantar juntos a lo largo de algún viaje. De ida o de regreso.

Con la adultez, las vacaciones se vuelven brevísimas, casi siempre se acaban antes de desear volver. Pero aunque el problema es regresar –el problema siempre es regresar–, la verdad es que uno llega a cansarse del tiempo libre. Las últimas que tomé duraron casi dos semanas, regresé a casa tres días antes de retomar mis actividades laborales. Durante esas tres noches me hizo falta cansancio para silenciar las voces en mi cabeza y los pendientes Godínez que gritaban ansiosos por mi regreso. El lunes nueve de enero a las 5:00 am recordé lo que se siente desear vacaciones permanentes.

La verdad es que si pudiera tener vacaciones permanentes, me hartaría la programación de antena o no podría elegir entre tantas opciones en la televisión de paga y el internet. Preferiría no salir pues las playas, las albercas, los lugares turísticos, incluso las carreteras estarían repletos de vacacionistas; las paredes de mi casa permanecerían blancas porque las vacaciones son para descansar, sólo eso. Pero lo más importante, el dinero se terminaría junto con la comida del refri y entonces llegarían las cuentas por pagar.

Si tuviera vacaciones permanentes seguramente buscaría algún empleo temporal, algún curso de verano, cualquier otra actividad para la que nunca tengo espacio en la agenda, algo, lo que sea para usar mi tiempo libre.

Abby García