Nos han robado

Mi madre se pasea de una recamara a otra; revisa gaveta por gaveta y cajón por cajón. Su cuerpo de vieja parece ir detrás de su ímpetu investigador. Reacomoda objetos, limpia repisas, alza las camas, al tiempo que sigue buscando obstinada.

Después de un par de horas escucho que interroga, amable, a mi cuñada en la sala.

—¿De casualidad no has visto una toalla naranja?

Mi cuñada, quien junto con mi hermano y sus hijos pasan unos días en la casa, sonríe y da un “no” por toda respuesta. Entonces reconozco, antes de empezar, lo que ha de convertirse en una revolución verbal y permanente durante días. Sospecha no sólo de mi cuñada sino de mis dos hermanos, se inventa historias sobre los motivos que pudieron haber tenido para llevársela.

En mi casa las toallas son de colores indistintos, un par de ellas son guindas en combinación con los detalles de la cerámica. La toalla naranja resaltaba no sólo por su color, sino por su tamaño extra grande como para la playa. Quiero explicarle que no hay manera de que a alguien le interese robar una toalla, que su costo no debe alcanzar los doscientos pesos y que podemos sustituirla por otra. Abandono la idea y entro al baño a darme un regaderazo para salir a cualquier parte. Pienso que no tardará en encontrar la dichosa toalla o en olvidarse por fin de ella.

Al terminar de bañarme, encuentro la toalla en el closet del baño, lista para ser usada una y otra vez hasta el final de los tiempos. Pienso en la cara que pondrá al ver el gran descuido de no haber buscado en donde debió desde un principio.

Una vez cambiado, salgo con el codiciado objeto entre las manos. Ella sale a mi encuentro en el pasillo y, anticipándose a mi discurso, me grita que esa no es la toalla que busca, que la han cambiado, que aquella era más grande, mucho más suave, tan suave que uno no podía secarse porque las gotas resbalaban en su textura, que el color era más intenso, y que seguramente esa copia que sostengo entre las manos le pertenece a mi cuñada.

Le explico lo que a ella debería resultarle obvio, que las cosas se desgastan por el uso, que las telas se degradan por el constante lavado y que hasta pueden encoger su tamaño. Firme, me arrebata la toalla y la extiende.

—¿Qué no ves? —Me dice fuera de sí — ¿Crees que si fuera ésta no iba a reconocerla?

Me quedo pensativo, observo su rostro cruzado por pequeñas arrugas alrededor de los ojos, las cejas despobladas, el retoñar de su cabello canoso debajo de un rubio dorado claro de Miss Clairol y pienso que no puedo hacer otra cosa que unirme a su indignada postura: Nos han robado.

Por Hugo Sánchez García

@Oguhs

Poeta y narrador, nacido en la ciudad de Chihuahua, cuenta con la edad de 36 años. Ha publicado el poemario Impureza en la editorial Chihuahua Arde Editoras y textos varios en diversas revistas locales como Solar, Artificios y Frontera de Ciudad Juárez. Tiene estudios parciales en la carrera de Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua y es licenciado en Psicología. Ha sido invitado a diversos encuentros literarios, entre ellos al de “Verso Norte” organizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. En la actualidad forma parte del taller literario del poeta y traductor Enrique Servín Herrera y del taller de narrativa del escritor Roberto Ransom.