La abue

Después de inmovilizar la pierna y cadera de Marina, el Dr. Manriquez dejó la habitación junto con los hijos de su paciente para darles las instrucciones que deberían seguir en casa. Cada hijo pidió a los propios que se quedaran cuidando a su “abue”, en lo que volvían, por si necesitaba algo.

—¿Te duele? —preguntó el menor de los nietos, mientras tocaba con curiosidad la pierna.

—Ya no —respondió tranquila.

—¿Y si toco más fuerte? ¿Así?

—Tampoco.

—Debes ser muy valiente, porque en navidad le hice lo mismo a mi papá y lloró como yo cuando me pegaron por hacerle eso.

—Bueno, no tanto —dijo— pero… ¿quieren saber cómo me hice esto? —les preguntó en tono misterioso.

—¡¡¡Sí!!! —contestaron en coro.

—Bien, todo empezó cuando yo tenía casi la edad de ustedes y quise bajar a un gato que estaba atrapado en lo alto de un poste, así que intenté subir primero por el árbol que estaba junto y después…

—¿Qué tiene que ver un gato y tú cuando eras niña, con lo que pasó ahorita? —interrumpió impaciente otro de los nietos.

—Es que fue cuando me di cuenta que podía hacer cosas que otros no.

—Los bomberos bajan gatos —añadió otro nieto—, yo los he visto.

—¡Sí es cierto! —Intervino un chiquillo más—, una vez los vi rescatar a un caballo de una coladera ¡y era enorme! Tuvieron que romper con martillos el suelo para que saliera.

—A mí me dan miedo los caballos —dijo el quinto nieto—. Tienen ojos muy grandes.

—¡Mi mamá se ríe como uno! —gritó espontáneo el primero.

Y mientras todos reían, en su mente, la abuela Marina continuó la historia de la niña que rescató a un gato.

Era verano y hacía un tremendo calor. Marina regresaba a casa después de haber ayudado a una vecina a limpiar su patio. Venía de prisa porque no tardaría en meterse el sol y a su mamá no le gustaba que llegara tarde. En el camino escuchó los maullidos lastimeros de un gato.

Descubrió al felino trepado en un poste pero le llamó la atención que el gato era pequeño, de solo algunos meses.

—¿Cómo llegaste hasta allá, amiguito? —dijo en voz baja mientras se acercaba al puntal de madera; examinó el paisaje y no vio a nadie. El gatillo, al verla, arreció los maullidos —No te preocupes, yo te voy a rescatar —volvió a decir quedito pero determinante.

Miró un gran árbol, junto al poste, con suficientes ramas para llegar a poco más de medio metro del micho. Empezó a subir y a subir sin mirar hacia abajo y cuando logró llegar a lo más alto, extendió los brazos, llamándolo.

Una piedra le pasó junto a su cabeza e hizo que se tambaleara un segundo, pero con rapidez se sujetó de las ramas.

—¡La primera fue de aviso, si lo vuelves a intentar te doy en la cabezota! —dijo una voz de niño desde el suelo.

—¡Eres un niño gallina, Aldo, y no te tengo miedo! ¡Nadie le tiene miedo a las gallinas! —gritó y volvió a levantar los brazos, esta vez más alto.

La segunda piedra salió disparada de la resortera. Un gritillo rompió el silencio. La caída de la niña sucedió sin que nadie pudiera evitarlo. El culpable salió corriendo. No llegaron bomberos, ni curiosos.

Marina yacía tirada sobre su costado; de pronto, de entre sus manos se asomó una bola de pelos. En el último instante había logrado alcanzar al gatillo. Unos minutos después se acercó a la cara de Marina. Los lengüetazos hicieron que ella recobrara, poco a poco, el sentido hasta que pudo sentarse allí mismo. No había rastros de sangre ni de cometas marcados en su cara. Lentamente tomó a su bigotón amigo y lo acarició con cariño.

—Te dije que iba a rescatarte, amiguito. Aún no estoy segura cómo lo hice, pero una cosa sí sé: ese Aldo, será muy gallina pero buen tirador no es… bueno, estamos bien, que es lo importante.

Marina se dio cuenta de lo tarde que era y emprendió la carrera. Unas casas antes de llegar a la suya, se detuvo y miró al gato.

—Te llevaría conmigo pero a mi mamá no le gustan las mascotas; te voy a dejar aquí, con la señora de los gatos, ella te va a cuidar y estarás bien. Yo te veré por ahí de vez en cuando.

Le dio un beso en la cabeza, tocó la puerta y continuó su camino a toda prisa.

—¿Te sientes bien, abue? —preguntó de nuevo el nietecillo que tocaba insistentemente la pierna lastimada.

—Nunca me he sentido mejor.

—Es que llevas como cincuenta horas sin decir nada.

—¿En qué me quedé?

—En lo del gato; que estabas subiendo al poste para rescatar al gato.

—¿Gato, qué gato?

—¡Ay, abuelita, a ti ya se te va el avión!

En ese momento se abrió la puerta y entraron los hijos con el médico.

—¿Todo bien, mamá?

—Sí, hijo, todo bien, estos nietos que me hacen reír mucho.

—Bien, niños, despídanse de la abuela que nos vamos. Vendremos mañana a ver cómo sigues.

Cada uno de los nietos se despidió con ternura de su abuela. Una vez solos, el doctor miró inquisitivamente  a su paciente.

—No les habrás contado cómo fue que te lastimaste, ¿o sí?

—Estoy vieja, no idiota, Aldo, aunque por un momento estuve tentada. Los niños necesitan más héroes conocidos y menos alcohólicos anónimos ¿no crees?

—Si tú lo dices, vieja decrépita.

—Lo digo y lo sostengo, niño gallina. ¿Quién iba a decir que tú serías quien guardaría mejor mi secreto?

—Ya lo ves, no seré bueno para disparar, pero sí para guardar secretos. En cuanto al autobús que se quedó sin frenos, todos a bordo están bien y en las noticias sólo dicen que fuiste atropellada por un chofer irresponsable, y ahora te llaman ¡la abuela indestructible!

—La abuela indestructible, ¡tu abuela!

 

Jaime Fernández

@SastreValiente

Los conejos no hablan

Hubo un tiempo en el que los conejos podían hablar como los humanos. Todo empezó cuando el señor conejo, que iba por el bosque tratando de encontrar mejores tierras donde hacer su madriguera, se topó con una vieja cabaña. Con sigilo, caminó hacia atrás para rodear la choza pero un agradable aroma le hizo detener la retirada. Se dejó guiar por su olfato hasta donde se desprendía ese olor y encontró, colocado en el balcón, un delicioso pastel de manzana. Pensó que sería un buen regalo para la señora conejo que estaba triste porque sólo pudo dar a luz a dos conejos en su primera camada.

Regresó contento a su guarida, pero su esposa, que ya lo esperaba impaciente, le llamó la atención por haber tomado algo que no era suyo.

—Es lo que hacemos, tomar lo que está en el bosque —se justificó de inmediato.

—Se toma lo que está en la tierra, no en las ventanas de los humanos, ¡debes pensar en las consecuencias! —explicó ella.

—Pues para mí sigue siendo manzana —refunfuñó él con torpeza, mientras se rascaba la cabeza con sus patas.

Muy enfrascados estaban en sus diretes, que no se percataron cuando sus críos empezaron a caminar hacia el pay y, en menos de lo que canta un gallo, los dos gazapos terminaron con el objeto de la discordia.

Ambos padres se quedaron viendo uno al otro, ella con mirada acusadora y él sólo enseñaba los dientes y agachaba las orejas en señal de disculpa.

A la mañana siguiente, muy temprano, empezaron a escucharse ruidos desconocidos que salían del nido del señor conejo. Poco a poco las otras criaturas se acercaron a la entrada atraídas por los sonidos. Estaban a punto de tocar la puerta cuando, sin aviso, saltaron de ahí los conejitos corriendo y hablando en un lenguaje inusual.

—¡Están hablando humano! —dijo alguien, y todos murmuraron sorprendidos.

—¿Cómo es posible? —agregó otro, y más murmullos.

Los papás no alcanzaban a entender cómo había sucedido eso. No es que no les importara, pero sentían tanto orgullo por ser padres primerizos, que disfrutaron al atraer toda la atención.

Pasaron los meses y el rumor de los conejos parlanchines se extendió a lo largo y ancho de las otras tierras.

Sucedió entonces que los que ahí vivían empezaron a hartarse de ellos, pues hablaban y hablaban hasta el anochecer; y no sólo hablaban como humanos, sino que también reían como humanos; y les gustaba reír a costa de los demás: planeaban bromas para todo el que encontraran en su camino. Lo vigilaban muy de cerca, escondidos en los arbustos y cuando éste se hallaba distraído, salían gritando para que creyeran que eran humanos y el animalito huyera despavorido. Así hicieron con todos, hasta que los mapaches y demás roedores se fueron a vivir a los ríos; las aves dejaron sus árboles y volaron a las montañas; las arañas y serpientes no volvieron a salir de las piedras y así, poco a poco, el bosque empezó a quedar vacío.

Al ver lo que estaba ocurriendo, el papá conejo comprendió que había cometido un error y regresó a buscar ayuda en aquella cabaña. Luego de correr un rato, se detuvo a tomar aire. En eso estaba cuando de pronto escuchó una voz.

—Conejo blanco, ¿qué es lo que buscas?

—¿Quién eres? —preguntó asustado.

—No temas, sólo dime qué es lo que buscas y te ayudaré.

—Busco… debo encontrar a un humano, alguien que hizo… alguien a quien robé algo y ahora eso nos ha traído problemas —confesó.

—Yo puedo ayudarte —dijo la voz después de una larga pausa.

—¿De verdad? Pero, ¿por qué harías tal cosa? —volvió a cuestionar.

—Soy la que hizo ese pastel, del que no supe nada hasta hace unos días al escuchar los rumores de tus hijos —dijo, serena, saliendo de donde se encontraba.

—Ailév, la bruja de los bosques de Dulcan —murmuró sorprendido el conejo.

Avergonzado explicó a la maga lo ocurrido y ella, en un gesto de total misericordia, perdonó su acción pero le hizo ver que aún debía solucionar lo que había empezado.

—Tendrás que tomar una decisión —advirtió la bruja—, el conjuro que realice romperá el hechizo pero sólo salvará a uno de tus hijos, debes decidir a cuál.

—Ss…sí, puedo hacerlo —enfatizó aquél— pero ¿qué pasará con el otro? —preguntó temeroso.

—Si él está lejos de mí, se convertirá en humano; así que debo llevármelo.

El conejo recordó las palabras de su esposa: ahora enfrentaba la verdadera consecuencia de sus actos, sin embargo tenía que resolver ya. Justo estaba por decir el nombre de uno de ellos cuando se oyeron ruidos entre los matorrales; eran los críos que habían escuchado todo y al verse descubiertos salieron corriendo. Ya no hubo tiempo de hablar. La bruja y el señor conejo salieron tras ellos.

Se acercaban a los límites del bosque. Aliév sabía que era su última oportunidad sabía que su magia no tendría efecto si lograban salir de allí. Alcanzó a ver un pequeño claro y disparó. En el último instante ambos hermanos saltaron evitando el rayo que pegó directo en el suelo e hizo un profundo agujero. Se miraron con picardía y corrieron hacia él pero, antes de que ambos desaparecieran, papá conejo llegó de un brinco y pescó con su boca a uno de ellos. Finalmente, el hoyo se cerró.

Cabizbajo y con su hijo aún en su boca, el señor conejo llegó hasta donde estaba la bruja para preguntarle “y ¿ahora qué?” Ella le respondió que aún tenía que llevarse a su hijo pero que él podría visitarlos de vez en cuando. Reveló que a ella su hijo, al hablar humano, le sería de mucha utilidad, pero eso sí, aseguró que levantaría otro hechizo para que ya nunca, ni por error, ninguna criatura del bosque pudiera volver a hablar esa lengua. Después el conejo le preguntó por su otro hijo y la bruja se limitó a responder que cuando un encanto abre un hueco en la tierra, éste puede llegar a lugares insospechados y, ¿quién sabe?, tal vez en el futuro, alguien comentaría haber visto a conejo blanco que hablaba como humano.

Es por eso que, desde entonces, los conejos siempre tienen esa expresión tan seria, como si quisieran contarnos algo.

Por Jaime Fernández

@SastreValiente

Jaime Fernández (Xalapa, 1974). Narrador. Con su llegada crece y muere la posibilidad de otro hijo ilustre, mala influencia para muchos, pensador anónimo, juez y parte de su propia historia. Vaya, un “Artcidente” de la vida, adoptado por Reynosa, Tamaulipas.